El 19 de marzo y el 2 de mayo

Part 7

Chapter 74,061 wordsPublic domain

Hubo momentos angustiosos en que la turba se arremolinaba estrechándose, y parecía próxima a devorar al prisionero y a los jinetes que le custodiaban; pero estos sabían abrirse paso, y aclarándose el grupo volvía a aparecer la cara del mártir, asido con convulsas manos a los arzones, cerrados sus ojos, la frente herida y cubierta de sangre, las piernas flojas y trémulas, llevado casi en volandas y casi arrastrando, con la respiración jadeante, la boca espumosa, las ropas desgarradas. Parecíame mentira que fuese aquel el mismo hombre que dos días antes me recibió en su palacio; el mismo a quien vi asediado por los pretendientes, agitado y receloso sin duda, pero seguro aún de su poder, y muy ajeno a tan repentina, traidora y alevosa mudanza del destino... ¡Y los chicos más desarrapados se aventuraban entre los pies de las cabalgaduras para golpearle, y las mujeres le arrojaban el fango de las calles, menos asqueroso que las exclamaciones de los hombres... y estos no disparaban sus escopetas por temor de herir a los soldados! No creo que haya ocurrido jamás caída tan degradante. Sin duda está escrito que la caída sea tan ignominiosa como la elevación.

Los favoritos que dejaron su cabeza sobre el tajo de un cadalso, fueron sin disputa menos mártires que D. Manuel Godoy, llevado en vergonzosa procesión entre feroces risas y torpes dicharachos, sin morir, porque no matan los arañazos y pellizcos.

XII

Al fin entró en el cuartel la comitiva, y el populacho, azuzado sin cesar por los lacayos palaciegos, tuvo el sentimiento de no poder mostrar su heroísmo con el éxito que deseara. Alguno de los más celosos entre tan bravos campeones salió mal herido a consecuencia de que todas las piedras lanzadas contra el Ministro no seguían la dirección dada por la mano que las tiraba. Digo esto, porque en el momento en que Santurrias se encaramaba sobre los hombros de dos palurdos para poder asestar un golpe certero al infeliz mártir, recibió una peladilla de arroyo sobre la ceja derecha con tanta fuerza, que el benemérito sacristán cayó al suelo sin sentido. Al punto, los que más cerca estábamos, Lopito y yo, corrimos en su ayuda, y en unión de otras dos personas caritativas, llevamos aquel talego a su casa, pues Santurrias vivía pared por medio con mi buen amigo D. Celestino del Malvar. Luego que este vio entrar a su subalterno tan mal parado, cruzó las manos y dijo:

--Castigo de Dios ha sido, por las muchas blasfemias de este hombre y su abominable complicidad con los enemigos del Estado. No es esta ocasión de demostrar cólera, sino blandura: aquí estoy yo para curarle y asistirle, pues prójimo es, aunque un grandísimo bribón. Dejadle ahí sobre una estera, que yo prepararé las bizmas y el ungüento, con lo cual quedará como nuevo. Ánimo, amigo Santurrias, ¿estáis encandilado todavía? ¿Queréis que saque una de aquellas botellas que tanto deseáis? Tía Gila --añadió, dando una llave a la mujer que le servía--, abra usted la alacena y saque al punto una de las que dicen _La Nava, seco_, para ver si con la perspectiva de ella se reanima un tantico este hombre. Y vosotros, chiquillos --prosiguió dirigiéndose a los cuatro hijos de Santurrias, que exhalaban plañideros hipidos en torno al desmayado cuerpo de su padre--, no lloréis, que esto no es más que un rasguño alcanzado por este buen hombre en alguna disputa. No lloréis, que vuestro padre vive y estará sano dentro de una hora... Y si muriese, yo os prometo que no quedaréis huérfanos, porque aquí me tenéis a mí, que os he de amparar como un padre. Vamos, chiquillos, aquí no servís más que de estorbo. Idos a jugar... Vaya, para que os quitéis de en medio, os permito que toquéis un poquito las campanas, picarones... id a la torre; pero no toquéis fuerte: tocad a sermón o a completas.

Como se levanta la bandada de pájaros, sorprendida por el cazador, así volaron fuera del cuarto los cuatro muchachos, y un instante después todas las viejas del pueblo salían a sus puertas y balcones, diciéndose unas a otras: «Señora Doña Blasa, esta tarde tenemos sermón y completas. Buena falta hace, a ver si se acaban pronto estas herejías.»

Santurrias, que había perdido mucha sangre, recobró algo tarde el completo uso de sus eminentes facultades, y al abrir a la luz del día sus ojos, permaneció como atontado, hasta que volvió a adquirir su lengua el don de la facundia.

--¡Que lo ahorquen! --gritó--. Que nos lo den; que lo echen hacia ca, y nosotros le enjusticiaremos. Despachemos primero a los guardias de a caballo, y dimpués a él... No arrempujar, señores. Darle onde le duela. Pincha tú por bajo, Agustinillo, que yo con esta almendra le echo la puntería en metá la nariz. ¡Mil demonios! ¿Quién tira piedras?... ¡Muerto soy!

--No, yerba ruin: vivo estás --dijo D. Celestino, aplicándole una venda a la herida--. Mira esto que he puesto delante. Es una botella de aquellas que deseabas, borracho: tuya será cuando te pongas bueno, si prometes no decir disparates.

Después nos preguntó que en qué refriega había acontecido tan funesto percance, y Lopito y yo, cada cual con distinta manera y estilo, le contamos lo que había sucedido: el encuentro del Príncipe, su prisión y su suplicio por las calles del pueblo.

--Corro allá, voy al instante --exclamó fuera de sí D. Celestino--. Es mi bienhechor, mi amigo, mi paisano, y aun creo que pariente. ¿Cómo he de desampararle en su desventura?

Quisimos disuadirle de tan peligroso intento; pero él no reparaba en obstáculos ni menos en el riesgo que corría, haciendo pública ostentación de sus sentimientos humanitarios en favor del desgraciado valido. Nada le convencía, y después que dejó a Santurrias muy bien vendado, y ya algo repuesto de su malestar, tomó el manteo, vistiose a toda prisa y fue en dirección del cuartel.

--No se exponga usted --le decía yo por el camino--. Mire que son unos bárbaros, y en cuanto usted demuestre que es amigo del Príncipe, no respetarán ni sus canas ni su traje.

--¡Que me maten! --contestó--. Quiero ver al Príncipe... ¡Cuando me acuerdo de lo que me quería ese buen señor...! ¡Ah! Gabrielillo: lo que aquí vemos es espantoso y clama al cielo. Pase que algunos estén descontentos de su gobierno; pase que le tengan otros por mal Ministro, aunque yo creo que es el mejor que hemos tenido desde hace mucho tiempo; se puede perdonar que sus enemigos quieran derribarle y le insulten; se comprende que dichos enemigos, en un momento de coraje, le prendan, le arrastren, le ahorquen; pero, hijo, que esto lo hagan los mismos a quienes ha favorecido tanto; los que sacó de la miseria; los que de furrieles trocó él en capitanes, y de covachuelos en ministros; los que han vivido a su arrimo, y han comido sobre sus manteles, y le han adulado en verso y en prosa... ¡ah! esto no tiene perdón de Dios, y menos si se considera que se han valido para esto de los mismos lacayos, cocineros y criados de los señores Infantes... Hijo mío, me parece que veo la corona de España paseada por los patanes y los majos en la punta de sus innobles garrotes.

Llegamos al cuartel, cuya puerta estaba bloqueada por el populacho. D. Celestino se abrió paso difícilmente. Algunos preguntaron con sorna: «¿A dónde va el padrito?» y él, dando codazos a diestro y siniestro, repetía: «Quiero ver a ese desgraciado, mi amigo y bienhechor.»

Muy mal recibidas fueron estas palabras; pero al fin, más que la exaltada pasión pudo el tradicional respeto que al pueblo español infundían los sacerdotes.

--Hijos míos --les decía--, sed caritativos; no seáis crueles ni aun con vuestros enemigos.

La turba se amansó, y D. Celestino pudo abrirse calle por entre dos filas de garrotes, navajas, escopetas, sables y puños vigorosos, que se apartaban para darle paso. Yo estaba muy asustado viéndole entre aquella gente, y mi viva inquietud no se calmó hasta que le consideré sano y salvo dentro del cuartel.

Y los cuatro hijos de Santurrias seguían tocando a sermón y completas, y la iglesia se llenaba de beatas que, al tomar agua bendita, se saludaban diciendo: «Creo que aún no ha concluido todo, y que tendremos esta tarde otra jaranita.» Y el segundo acólito, creyendo que la cosa iba de veras, encendió el altar, y preparó las ropas, y abrió los libros santos. Y dieron las tres, las tres y media, las cuatro, las cuatro y media, y el cura no parecía, y las viejas se impacientaban, y el segundo acólito se volvía loco, y los cuatro hijos de Santurrias seguían tocando.

Y yo fui también a la iglesia, y sentado en un banco reflexioné detenidamente sobre la inestabilidad de las glorias humanas, hasta que al fin, observando que la impaciencia de las beatas llegaba a su último extremo y que empezaban a entablar diálogos pintorescos para matar el fastidio, salí en busca de mi amigo. Encontrele muy a punto en el momento en que regresaba del cuartel. Su rostro era cadavérico; su habla trémula.

--¡Ah, Gabriel! --me dijo--. Vengo traspasado de dolor. Allí sobre unas fétidas pajas, cubierto de sangre y pidiendo a voces la muerte, está el que ayer gobernaba dos mundos. Ni un alma compasiva se acerca a darle consuelo. Ayer cien mil soldados le obedecían, y hoy hasta los furrieles se ríen de su miseria. No creí que todo se pudiera perder tan pronto; pero ¡ay, hijo! el hombre es así. Gusta mucho de las caídas, y el día en que un poderoso de la tierra viene al suelo siempre es un día feliz.

--Sosiéguese usted --le dije--. Usted no recordará que mandó tocar a sermón y a completas. La iglesia está llena de gente. No hay más remedio sino subir al púlpito.

--Hablé con él --prosiguió sin hacerme caso--. El corazón se me parte recordándolo. Desde anteanoche hasta esta mañana estuvo en un desván, envuelto en un saco de esteras, muerto de hambre y de sed. La horrorosa calentura le devoraba de tal modo, que prefirió la muerte. Por eso salió el infeliz. ¡Pobre amigo mío! Yo le dije: «Señor, si cada uno de los que han recibido un beneficio de Vuestra Alteza le hubiera echado una gota de agua en la boca, su sed se habría apagado.» Él me miró con expresión de agradecimiento, y no dijo más; pero a mí se me caían las lágrimas. Todo esto ha sido obra del Príncipe de Asturias y de sus amigos. Bien claro se ve. Cuando el Príncipe fue de orden de su padre a calmar a la muchedumbre para que no despedazara al infeliz prisionero, los amotinados le aclamaban y obedecían. Y esto no ha de parar aquí. Ellos quieren la abdicación del Rey, y viendo que esto no es fácil de conseguir, tratan de irritar más al populacho para que D. Carlos coja miedo y suelte la corona. Ahora pusieron en la puerta del cuartel un coche de colleras, con lo cual ese bestia de pueblo creyó que el preso iba a ser puesto en salvo de orden del Rey. ¡Qué fácilmente se engaña a esos desgraciados! El ardid salió bien, porque la turba destrozó el carruaje, y después ha corrido hacia palacio dando vivas a Fernando VII.

--Ya me lo explicará usted detenidamente --repuse--. Ahora prepárese usted para ir a la iglesia, donde le aguarda una multitud de respetables señoras.

--¿Qué dices? Si no hay sermón esta tarde...

--Usted mandó a los cuatro muchachos que tocaran a...

--¡Es verdad, qué inadvertencia! --dijo muy confundido--. Y están allí esas buenas señoras, Doña Robustiana, Doña Gumersinda, Doña Nicolasa la del escribano. ¡Oh! ¿Qué dirá Nicolasa si no predico?

--Es preciso que usted haga un esfuerzo.

--Si no tengo ideas, si no sé qué decir. No puedo apartar mi mente del espectáculo que he visto. ¡Ah! ¡Cuánto me quería! ¡Si vieras cómo me apretó la mano! Yo lloraba a moco y baba. ¡Si a él se lo debo todo!... El fue mi amparo; él me dio este beneficio a los catorce años de haberlo solicitado, en seguida, como quien dice. Y lo mejor es que sin merecimientos por parte mía... No, no puedo predicar... estoy tonto... Esos endiablados muchachos todavía no cesan de tocar a sermón... ¡Oh! tendré que hacer un esfuerzo.

D. Celestino, comprendiendo la necesidad de no desairar a sus feligresas, entró en la parroquia y oró un poco, recogiendo su espíritu. Después subió al púlpito y predicó un sermón sobre la ingratitud.

Todas las viejas lloraron.

XIII

Ya era de noche cuando me avisaron que a las diez salía un coche para Madrid. Resolví partir, y por hacer tiempo hasta que llegase la hora de la marcha, fui a la taberna. Como en los días anteriores, el gentío era inmenso, los trajes pintorescos y variados, animadas las voces (aunque ya enronquecidas por el patriotismo), los gestos elocuentes, las patadas clásicas, los pellizcos propinados a Mariminguilla infinitos, el vino más aguado que el día anterior, pues por algo disfrutaba Aranjuez el beneficio de dos copiosos ríos.

Lopito y Cuarta y Media me convidaron a beber con demostraciones de entusiasmo, y el primero de aquellos consecuentes hombres políticos me dijo:

--Hoy sí que nos hemos lucido, Gabrielillo. Aquí me está diciendo el Sr. Cuarta y Media que esta noche ponen al Príncipe de Asturias, de modo que hemos de ir a darle vivas al balcón.

Pujitos distrajo mi atención, hablándome de que pensaba organizar una compañía de buenos españoles que desfilaran por delante de palacio en marcial formación como la tropa, con objeto de hacer ver a los Reyes que el pueblo sabe dar media vuelta a la izquierda lo mismo que el ejército. ¡Qué predestinación! ¡Qué genio! ¡Qué mirada al porvenir! Yo contesté a Pujitos, excusándome de formar parte de tan brillante ejército, por serme indispensable marchar del Sitio aquella misma noche.

Había oscurecido. Mariminguilla colgó el candil de cuatro mecheros para la completa, aunque pálida, iluminación de la escena, y aún me encontraba yo allí, cuando llegó la feliz, la anhelada noticia. Algunos entraron diciéndolo, y no se les dio crédito; otros salieron a averiguarlo, y tornaron al poco rato confirmando tan fausto suceso; y por fin un grupo, el más bullicioso, el más maleante, el más entrometido de todos los grupos de aquellos días, la comparsa de cocineros vestidos de patanes manchegos y de pinches convertidos en majos, entró anunciando con patadas, manoplazos, berridos y coces, que la corona de España había pasado de las sienes del padre a las del hijo. No dejaban de tener razón al entusiasmarse aquellos angelitos, porque en apariencia ellos lo habían hecho todo.

Comunicada por tan brillante pléyade la noticia, no podía menos de ser cierta, y en prueba de que los _patres conscripti_ la creyeron, allí estaban los mil cascos de los vasos rotos en el momento en que se convencieron del cambio de Monarca. También Mariminguilla tenía en sus brazos señales evidentes del alborozo fernandista, pues se redoblaron los pellizcos. La multitud, espoleada por Pujitos, partió a los alrededores de palacio a pedir que saliese el nuevo Rey para victorearle, y la taberna quedó desocupada en dos minutos. Pueblo y soldados, mujeres y chiquillos, todos se unieron al alegre escuadrón: su paso era marcha y baile y carrera a un mismo tiempo, y su alarido de gozo me habría aterrado, si hubiese yo sido el Príncipe en cuyo loor entonaban himno tan discorde las gargantas humedecidas por el fraudulento vino del tío Malayerba.

No quise ver ni oír más aquello, y fui a despedirme del incomparable D. Celestino, a quien hallé en el cuarto de Santurrias, ocupado aún en bizmarle y curar sus heridas. Luego que puso fin a esta operación, se ocupó en acostar a los cuatro muchachos campaneros, los cuales, fatigados de la batahola de aquel día, yacían medio dormidos sobre el suelo. Era preciso desnudarles como a cuerpos muertos, y al mismo tiempo hacerles comer las sopas de ajo que la tía Gila había traído en una gran cazuela. El señor cura, teniendo sobre sus rodillas al más pequeño de aquellos diablillos, le acercaba la cuchara a la boca, esforzándose en introducirla por entre los apretados dientes. Después, procurando despabilarle, decía:

--Vamos ahora a rezar todos el Padre Nuestro. Si vieras, Gabrielillo --añadió dirigiéndose a mí--, ¡cómo me han mortificado estos cuatro enemigos! Uno me ponía rabos de papel en la sotana; otro tendía una cuerda desde la cama a la mesa para que al pasar me enredara las piernas y cayese al suelo; otro calentó la llave de la alacena y me abrasé los dedos cuando fui a abrir; y por último, con mi sombrero hicieron un muñeco que decían era el Príncipe de la Paz, y después de arrastrarle por el patio, iban a meterle en el fogón para quemarlo. Afortunadamente la tía Gila acudió a tiempo. ¡Pero qué han de hacer, si ya no hay autoridad, ni se obedece a los superiores! Me parece que ahora van a venir tiempos muy calamitosos. Si cada vez que se les antoje quitar a un Ministro, salen gritando los cocheros de los Príncipes con unas cuantas docenas de labriegos y soldados de la guarnición, de antemano seducidos, vamos a estar con el alma en un hilo. Gabriel, aquí para entre los dos, ¿no es indecoroso, humillante, indigno que un Príncipe de Asturias arranque la corona de las sienes de su padre, amedrentándole con los ladridos de torpes lacayos, de ignorantes patanes, de bárbaros chisperos y de una soldadesca estúpida y sobornada? ¡Ay! Si yo no fuera un hombre corto de genio, y lo hubiera tenido para decirle al Príncipe de la Paz lo que se fraguaba; si él, siguiendo mis consejos, hubiera puesto a la sombra a tres o cuatro pícaros como Santurrias y otros... Porque créelo, hijo: este borrachón es, según me han dicho, el que ha embaucado a medio pueblo para hacerle tomar parte en el alboroto... por supuesto, que ha corrido dinero de largo. Yo de buena gana castigaría a este hombre execrable, a este pérfido sacristán; pero ¿cómo he de dejar sin pan a un viudo con cuatro hijos? Ya ves: se me parte el corazón al considerar que estos angelitos andarán por las calles pidiendo una limosna... Lo que antes te he dicho es cierto... El vulgo, esa turba que pide las cosas sin saber lo que pide, y grita «viva esto y lo otro», sin haber estudiado la cartilla, es una calamidad de las naciones, y yo, a ser rey, haría siempre lo contrario de lo que el vulgo quiere. La mejor cosa hecha por el vulgo resulta mala. Por eso repito yo siempre con el gran latino: _Odi profanum vulgus et arceo... et arceo_, y lo aparto... _et arceo_, y lo echo lejos de mí... _et arceo_, y no quiero nada con él.

Concluida esta filípica, me abrazó deseándome mil felicidades, y haciéndome jurar que le enteraría puntualmente de la situación de Inés. Salí al fin de su casa y de Aranjuez, y cuando el coche que me conducía pasó por la plaza de San Antonio, sentí la algazara del pueblo agolpado delante de palacio. Sus gritos formaban un clamor estrepitoso que hacía enmudecer de estupor a las ranas de los estanques y asustaba a los grillos, pues unas y otros desconocían aquella monstruosidad sonora que tan de improviso les había quitado la palabra.

El pueblo victoreaba al nuevo Rey. El plan concebido en las antecámaras de palacio había sido puesto en ejecución con el éxito más lisonjero. Todo estaba hecho, y los cortesanos que desde los balcones contemplaban con desprecio el entusiasmo de la fiera, tan brutal en su odio como en su alegría, no cabían en sí de satisfacción, creyendo haber realizado un gran prodigio.

En su ignorancia y necedad no se les alcanzaba que habían envilecido el trono, haciendo creer a Napoleón que una nación donde príncipes y reyes jugaban la corona a cara y cruz sobre la capa rota del populacho, no podía ser inexpugnable.

Hasta que nuestro coche no se internó mucho por la calle Larga no dejamos de oír los gritos. Aquel fue el primer motín que he presenciado en mi vida, y a pesar de mis pocos años entonces, tengo la satisfacción de no haber simpatizado con él. Después he visto muchos, casi todos puestos en ejecución con los mismos elementos que aquel famosísimo, primera página del libro de nuestros trastornos contemporáneos; y es preciso confesar que sin estos divertimientos periódicos, que cuestan mucha sangre y no poco dinero, la historia moderna de la heroica España sería esencialmente fastidiosa.

Pasan años y más años: las revoluciones se suceden, hechas en comandita por los grandes hombres y por el vulgo, sin que todo lo demás que existe en medio de estas dos extremidades se tome el trabajo de hacer sentir su existencia. Así lo digo yo hoy, a los ochenta y dos años de mi edad, a varios amigos que nos reunimos en el café de Pombo, y oigo con satisfacción que ellos piensan lo mismo que yo. D. Antero, progresista blindado, cuenta la picardía de O’Donnell el 56; D. Buenaventura Luchana, progresista fósil, hace depender todos los males de España de la caída de Espartero el 43; D. Aniceto Burguillos, que fue de la Guardia Real en tiempo de María Cristina, se lamenta de la caída del Estatuto. Reúnense junto a nuestra mesa algunos estudiantes jóvenes, varios capitanes y tenientes de infantería, y no pocos parásitos de esos que pueblan los cafés, probándonos que son tan pesados de pretendientes como de cesantes. Todos nos ruegan que les contemos algo de las felicidades pasadas para edificación de la edad presente, y sin hacerse de rogar, cuenta D. Antero la del 56; D. Buenaventura se conmueve un poco y relata la del 43; D. Aniceto da doce puñetazos sobre la mesa, mientras narra la del 36, y yo, mojando un terroncito de azúcar y chupándomelo después, les digo con este tonillo zumbón que no puedo remediar:

--Ustedes han visto muchas cosas buenas; ustedes han visto la de los grandes militares, la de los grandes civiles y la de los sargentos; pero no han visto la de los lacayos y cocheros, que fue la primera, la primerita y sin disputa la más salada de todas.

XIV

Me siento fatigado; pero es preciso seguir contando. Ustedes están impacientes por saber de Inés: lo conozco, y justo es que no la olvidemos.

Llegué, pues, a Madrid muy temprano, y después de haber acomodado mi equipaje en la casa que tenía el honor de albergarme (calle de San José, núm. 12, frente al Parque de Monteleón), me arreglé y salí a la calle, resuelto a visitar a Inés en casa de sus tíos. Mas por el camino ocurriome que no debía presentarme en casa de tales señores sin informarme primero de su verdadera condición y carácter. Por fortuna, yo conocía un maestro guarnicionero instalado en la calle de la Zapatería de Viejo, muy contigua a la de la Sal, y resolví dirigirme a él para pedir informes del señor D. Mauro.

Cuando entré por la calle de Postas, mi emoción era violentísima, y cuando vi la casa en que moraba Inés, me flaqueaban las piernas, porque toda la vida se me fue de improviso al corazón. La tienda de los Requejos estaba en la calle de la Sal, esquina a la de Postas, con dos puertas, una en cada calle. En la muestra, verde, se leía _Mauro Requexo_, inscripción pintada con letras amarillas; y de ambos lados de la entrada, así como del andrajoso toldo, pendían piezas de tela, fajas de lana, medias de lo mismo, pañuelos de diversos tamaños y colores. Como la puerta no tenía vidrieras, dirigí con disimulo una mirada al interior, y vi varias mujeres a quienes mostraba telas un hombre amarillo y flaco, que era de seguro el mancebo de la lonja. En el fondo de la tienda había un San Antonio, patrón sin duda de aquel comercio, con dos velas apagadas, y a la derecha mano del mostrador una como balaustrada de madera, algo semejante a una reja, detrás de la cual estaba un hombre en mangas de camisa, y que parecía hacer cuentas en un libro. Era Requejo: visto al través de los barrotes, parecía un oso en una jaula.