De Oñate a La Granja

Part 9

Chapter 94,057 wordsPublic domain

Entró en el cuarto doña Cayetana, con el quinqué encendido. _Fiat lux_. ¡Dios poderoso! Cuando don Pedro cogió con mano trémula la carta y vio en el sobrescrito la tan conocida y deseada letra de la incógnita, a punto estuvo de perder el conocimiento. Se dejó caer en una silla. En sus oídos zumbaba la campana gorda de Toledo.

—Hijo, no se asuste... —le dijo la patrona—. Le daré una tacita de caldo.

Por señas, pues hablar no podía, díjoles don Pedro que no quería caldo, sino que le dejaran solo con su carta, con su quinqué encendido, con su sensación hondísima de terror, de júbilo, no sabía de qué... Salieron las hembras, y lo primero que hizo el hombre, la carta sin abrir en su mano fría, fue recoger su espíritu y dar gracias a Dios... Era su letra, su letra, aunque un poco insegura; era ella misma, la divinidad, que o no se había muerto, o resucitaba en forma epistolar... ¡Ay, ay!..., ¿qué sería, qué diría..., qué...? Veámoslo.

«Señor don Pedro, mi grande y fiel amigo: No me he muerto, no... Pero si así lo ha creído usted, ¡qué poco, ¡Jesús mío!, ha faltado para que acierte!... He pisado el negro umbral; he visto la inmensidad eterna... Dios no me dejó dar el último paso, y quiso que atrás me volviera: me mandó vivir algo más, no sé cuanto..., presumo que no será mucho... Me sacramentaron..., por muerta me tuvieron. No duró menos de tres horas aquel simulacro de muerte. Sospecho que me amortajaron... Volví a este mundo: me encontré de súbito en la compañía de mis penas, por lo que conocí que vivía...

»Notará usted que mi pulso flaquea. Con gran esfuerzo puedo escribir esta, que no será larga, no. Diré no más que lo muy preciso... Manifestado el motivo de mi largo silencio, no necesitaría pedir a usted perdón. No obstante, lo pido. Considero lo que habrá sufrido usted, pobrecito capellán mío, y el sobresalto, la incertidumbre de su alma generosa. Creo yo que me han vuelto a la vida mi ansiedad, el deseo ardiente de hablar con usted, de hablar de Fernando, de proseguir mirando por él y luchando por recobrarle. ¿Le recobraremos? ¡Ay, mi pena es muy honda!... Pienso que ya no le veré más, que ha huido de nosotros para siempre, que se va, que se nos pierde en el torbellino de sus pasiones exaltadas... Quizás tengo yo la culpa, y esto me quita todo consuelo. Quizás mi intransigencia y excesivo rigor le alejan de mí..., y no puedo, no puedo resignarme a ello... Al borde del sepulcro, sintiéndome ligada a la vida por un solo pensamiento, vi claramente mi error, y juré enmendarlo en cuanto pudiera. Transijo..., cedo..., cedemos y transigimos, señor capellán. ¡Deshonor, rebajamiento, palabras vanas! Lo que importa es que Fernando viva; que esté, ya que no conmigo, cerca de mí; que yo le sienta próximo; que pueda dirigirle; que yo alimente mi cariño diciéndole lo que se me ocurra, aunque él no me haga caso. Comprenderá usted, señor don Pedro, la formidable razón de este anhelo mío. Nunca quise expresar mis sentimientos con explícita frase: dejándolos velados, como mi persona, me parecía que eran _más míos_..., no sé si me explico bien. Pero ya no, ya no más misterios inútiles..., ya me estorba la discreción, la delicadeza me es odiosa. Aunque la perspicacia de usted me ha cogido la delantera, yo quiero decirle lo que ya sabe, y así mi pobre alma se descarga de un insoportable peso. Fernando es mi hijo... Y esto que escribo quisiera que él lo leyese, y a él mismo se lo escribiría gozosa, añadiendo: “Hijo de mi alma, perdóname. Reconozco tu independencia; acato tu libre albedrío. Tus amores no me gustan, pero los respeto. Acabemos esta horrenda lucha. Dime tus condiciones, y nos entenderemos”.

»¿Qué le parece a usted, mi buen amigo? No estoy para más luchas. Viviré corto tiempo. Depongo mi orgullo, ridiculeces, artificios de clase y de nacimiento, cuyo valor es nulo ante la naturaleza, ante los afectos elementales. Me resta poca vida. En esta poca vida quiero tener un día, un solo día inefable: aquel en que yo pueda decir a mi Fernando lo que soy para él. Su corazón es noble. Tiene a quien salir. Confío que él hará muy dulce y bello ese día, ese gran día, después del cual pocos han de quedarme.

»¿Y dónde está? ¿A dónde ha ido a parar esa criatura, arrastrada de su vértigo y demencia? Mis noticias son vagas, incompletas; no me fío: no me inspiran los informadores que ahora me sirven la confianza de los que en otros días me comunicaban hasta el respirar de mi querido Fernando... Lo que sí tengo por indudable es que partió de Madrid el día 14 en la diligencia de Valladolid y Burgos. Antes de salir de aquí escribió a su amigote Escosura, que ha vuelto al servicio activo en el ejército de Córdova. Debo rectificar lo que dije en nuestra anterior campaña respecto al oficialete de Artillería y al apoyo y protección que daba a las locuras de Fernando. Un error de información me hizo atribuir al don Patricio la culpa de otro tarambana, amigo de los dos, y no menos desordenado en su vida. Espronceda, el poeta de las pasiones violentas, de los ayes de desesperación, cantor de piratas, corsarios y ladrones, fue quien alentó a Fernando a la rebeldía, enseñándole la teoría y práctica de los raptos de muchachas. El que de niño ya conspiraba, fundando los _Numantinos_, sociedad de jacobinismo infantil; el que en unión de otros chicuelos mal educados escandalizó a Madrid con la llamada _Partida del Trueno_, que se divertía en apalear, romper cristales y cometer mil desafueros, no podía inspirar cosa buena a ese ángel echado a perder. ¡Con tal maestro, qué había de hacer Fernando!

»Me consta de un modo indudable que Espronceda le ha incitado a correr tras de la chica de Negretti, calentándole los cascos con la poética al uso, que es en aquellas cabezas destornilladas lo que los libros de caballerías en la del pobre don Quijote. Esto de romper todo vínculo social; esto de despreciar toda conveniencia por satisfacer anhelos del alma soñadora; esto de querer traernos a la vida presente los hechos de generaciones medio salvajes, falaz armazón de dramas y poemas; esto de tomar en serio los delirios de los poetas del día para quienes la vida no es más que una visión de lo pasado, es muy del carácter de Espronceda, a quien yo metería de buena gana en una casa de orates. Su simpatía por Fernando se funda en la comunidad de errores, pues también Espronceda está enfermo de pasión insana, y corre tras de una _Aura_ que conoció en Lisboa cuando estuvo emigrado. Por último, mi señor don Pedro, el endiablado cantor de aventureros, cosacos y otras gentes de mal vivir, ha facilitado a Fernando su viaje al Norte, poniéndole en relaciones con un sujeto de historia, que va también hacia allá con fines que ignoro, aunque me da en la nariz que son políticos. Es el tal un sujeto llamado Rapella, natural de Palermo, que hace años andaba por Argel, ejerciendo la medicina; casó allá con una española; vino a Madrid, donde se estableció como cambiante, logrando injerirse en Palacio y ser honrado por Su Majestad con diferentes comisiones, entre ellas la de traer y llevar recados a Nápoles. Él fue quien acompañó a la princesa que vino a casarse con don Sebastián. Pero en lo que más se ha lucido el hombre ha sido en tender hábilmente los hilos de la intriga que ha dado en tierra con nuestro bonísimo Mendizábal. El siciliano servía de correo de gabinete entre Istúriz y la reina, y todas las noches iba al Pardo secretamente, no siempre solo, pues el mismo Istúriz u otros le acompañaron más de una vez. El viaje de este pájaro al Norte paréceme a mí que significa una nueva y desesperada tentativa para el arreglo con don Carlos, mediante un convenio de familia o pastel dinástico, que aún no ha sido puesto al horno y ya huele a quemado. Allá veremos.

»Pues bien, mi querido y respetable Hillo: en compañía de ese intrigante y correveidile salió Fernando de Madrid. Como Rapella lleva salvoconducto, podrán penetrar en el campo faccioso, en el campo cristino y donde quieran. ¡Qué cosas vemos en nuestra bendita nación! Ignoro si ese descarriado hijo intimará verdaderamente con su acompañante: me figuro que no, por más que cerca de él desempeña las funciones de secretario, o quizás las de escudero. Esto me enloquece... ¿Y aún no abrirá los ojos nuestro pobre Telémaco?

»Ya no puedo más. El esfuerzo que he tenido que hacer para escribir esta, solo Dios lo sabe. Pero mi voluntad se sobrepone a mi extremada languidez. Después de esta valentía, estoy más sosegada. No, ya no le impulsaré a usted a nuevas aventuras, mi pobre Hillo; ya no comprometeré más su buen nombre, su decoro. Han cambiado las cosas. Transigimos, y ya no es ocasión de decir a nuestro Mentor que se lance por senderos tenebrosos tras de su discípulo. Basta, basta de locuras. Pero si no hemos de perseguirle, pensaremos en averiguar su paradero, para que usted, con su dulce voz de amigo, le diga: “Ven, hijo, ven: todo se te perdona y todo se te permite”. Y como esto hemos de concertarlo juntos, se acabó el incógnito: me quito la careta. La invisible, la escondida tutora se revela por fin. El misterio es ya imposible. Mi revelación, eso sí, permanecerá como un hecho absolutamente reservado, secreta inteligencia entre usted y yo; no necesito de su juramento para saber que puedo contar con su incondicional lealtad en este punto.

»La persona que lleva esta carta es de mi confianza. Me traerá esta noche su respuesta; todo lo que usted quiera escribirme. Presumo no serán pocas las cosillas que tiene que contarme. No haga usted preguntas de ninguna clase a la intermediaria, porque es la discreción misma, y ya sabe que su única misión es llevar y traer los recados que se le confíen. Por ella sabrá usted el día y ocasión en que ha de verme, para que hablemos y dispongamos todo lo que nos dé la gana. Solo espero a reponerme un poco, dos o tres días no más. Me siento muy fatigada; vivo de milagro... Que me escriba, señor capellán; que me diga usted muchas cosas, muchas, aunque sea para reñirme. Adiós, hasta luego».

Leyó de nuevo la carta don Pedro, más que gozoso, alborozado; y aunque la carta no aclaraba por completo las dudas respecto a la condición social de la mascarita, la promesa que esta le hacía de quitarse el velo, que así ocultaba su rostro como su personalidad, motivo era de satisfacción y júbilo. Sin acordarse de comer ni parar mientes en que para este fin capital le había ya llamado dos veces Delfinita, no pensó más que en escribir a la velada, pareciéndole poco el papel que al volver a casa se le había ocurrido comprar.

«¡Vaya, que no ha sido esta mala corazonada! —se decía sonriente, preparándose de tintero y pluma—. ¿Por qué me dio aquel súpito de comprar papel?... ¿Por escribir a los primos? No, no, no era esto: tres veces les he escrito, y no me han contestado esos tunantes... Fue que yo barruntaba... Lo presentía dudándolo; lo creía temeroso de equivocarme... ¿Qué voz secreta me dijo en la calle de Fuencarral que esta noche necesitaría escribir?... ¿Qué travieso geniecillo...? ¡Oh, no hablemos de geniecillos los que creemos en el Espíritu Santo!».

XV

Es ahora forzoso que así el que lee como el que escribe corran en seguimiento del llamado Rapella con toda la celeridad que los medios de locomoción de aquellos calamitosos tiempos permitan. Ello es que como el tal siciliano, argelino, o lo que fuese, y las personas que le acompañan hacia el Norte nos han tomado la delantera en estos endiablados caminos, no hallaremos galeras bastante veloces ni postas bastante rápidas para darles alcance, como es nuestro deseo, en los llanos de Castilla. ¡Y gracias que a todo tirar y a todo correr, reventando un pobre rucio con alas, degenerada descendencia del Pegaso, podemos cazarles en un poblado llamado Gamarra, radicante a corta distancia, por el norte, de la nobilísima ciudad de Vitoria! Gran dicha fue para los que les perseguíamos que en aquel lugar se detuviesen los viajeros, pues de continuar su camino con la atroz arrancada que traían de Madrid, no les cogiéramos en toda la vida. Recorrido en diligencia el largo trayecto desde Madrid a Burgos, siguieron hasta Miranda en postas que pudieron conseguir con gran dispendio; de allí en carromato hasta La Puebla de Arganzón, donde alquilaron caballerías para llegar a Vitoria, y sin entrar en la ciudad, escabulléndose por las Brígidas y todo el contorno de poniente, fueron a coger el camino de Bilbao, hasta dar con sus molidos huesos en Gamarra Mayor. Detuviéronse allí con el doble objeto de tomar algún descanso y de procurarse medios de proseguir su caminata, la cual no podía ser ni cómoda ni divertida, metiéndose, como era su propósito, en un país en armas, en el cráter mismo de la espantosa guerra civil.

El parador propiamente dicho hallábase ocupado en aquellos días por portugueses de la legión mandada por d’Antas; los viajeros hubieron de albergarse en una casa próxima, casi llena también de soldados lusitanos y españoles, con mayor número de caballerías que de personas. Instalados sin ninguna comodidad, el furibundo apetito les sazonaba la mala comida, y el cansancio les hacía llevaderas las fementidas camas. Allí se les dijo que el país venía padeciendo desde el año 34 la continua invasión militar, alternando facciosos con isabelinos. Toda la Llanada estaba perdida, la labranza muerta, los ganados dispersos; el invierno había sido muy crudo; el deshielo de las grandes nevadas aumentaba extraordinariamente el caudal de los ríos, y al humilde Zadorra se le habían hinchado de tal modo las narices, que ningún cristiano se atreviera con él para vadearlo. Corría ya la segunda quincena de mayo, y aún había copiosa nieve en los altos de San Adrián y la Borunda.

De tres personas no más constaba la caravana que hemos venido persiguiendo, y era jefe o capitán de ella un sujeto espigado y enjuto, en quien podría verse la reproducción exacta de don Quijote, quitando a este diez años, dándole un poco más de carnes, y una ligera mano de belleza y frescura en el rostro. Pero si en la figura recordaba al hidalgo cervantino, en la palabra, dulcificada por el acento italiano, se perdía toda semejanza, y más aún en la expresión y modales, pues aunque de perfecta educación y notable finura, el personaje poseía todas estas prendas sin entonarlas con la gravedad ceremoniosa del gran caballero de la Mancha. El primer rasgo de carácter que sorprendía el observador en el aventurero Aníbal Rapella, al echarle la vista encima en su alojamiento de Gamarra Mayor, era la presunción, el cuidado de su persona. Llevaba infaliblemente consigo una cajita con los avíos y menjurjes de la decoración capilar y facial, y ya le cogiera la mañana navegando con mal tiempo en un falucho entre África y Europa, ya en la breve parada de diligencia o carromato, rodando por inhospitalarias tierras, nunca dejaba de consagrar a su _toalleta_, una horita larga, cuando menos media hora, en casos de premura. A esta devoción del buen ver unía el siciliano el orgullo de una salud de hierro, de la que hacía continuo alarde, y el apostolado de ciertos preceptos higiénicos que entonces ofrecían novedad. Así, en aquella fría mañana de mayo, entre siete y ocho, le vemos en mangas de camisa, al aire libre, lavoteándose con agua fría en un artesón que pudo procurarse. Y entre la admiración y risa de los que le contemplaban, sostenía, tiritando, que aquello era el puntal de la vida. Lo que hizo después, metido en su aposento, cuya puerta no se cerraba y cuya ventana tenía los cristales rotos, debió de ser largo y prolijo, porque el hombre quedó fresco, refulgente, afeitado con gran esmero, limpio y oloroso; su largo bigote relucía totalmente negro, y en la ropa no se veía una mota. Aún no había terminado, cuando se le presentó el que llamaremos segundo de la caravana, español y navarro, natural de Ablitas, que solo se parecía al escudero de don Quijote en llamarse Sancho (de apellido, no de nombre: Ezequiel Sancho), sujeto de mediana estatura y complexión recia, amarilla la tez, ojos verdosos, y el pelo en escobillón. Habíale mandado el señor con un recado que, por la razón que traía, debió de resultar infructuoso.

—No está el brigadier. Después de recorrer una por una las casas del pueblo, me ha dicho persona verídica que la brigada que manda ese señor no está ya en el ejército del Norte, sino en el de Aragón.

—La brigada podrá estar en otra parte; pero Narváez puede haber quedado mandando otra división. Al menos así se decía en Madrid.

—En Madrid dirán lo que quieran; pero el señor don Ramón María Narváez no está aquí, porque está en Aragón, a no ser que pueda un nombre estar mismamente en dos partes del mundo, Aragón y la Llanada de Álava.

—¡Cuerpo de tal, sí!... Como tú, que estás al propio tiempo aquí y en Babia... ¿Quién te ha dado esos informes?

—Un señor coronel a quien conozco desde que él tenía diez años. Serví en su casa: su madre, gran señora; sus hermanos, guapísimos. Como hijos de militar, arrimados a la milicia... La señora me regañaba porque en los ratos libres nos poníamos todos, niños y criados, a jugar a los soldaditos. A este le quise más que a ninguno, y el día que salí de la casa lloraba el pobrecico... Yo también lloré, porque le quería. Era un ángel... La señora nos hacía rezar el rosario de rodillas, y él se ponía junto a mí, haciéndome garatusas... Pues como iba contando, todos los hermanos siguieron la carrera militar..., este...

—¿Quién es?... ¡Acaba de una vez, condenado! —exclamó Rapella dando una patada—. Aburres al Verbo Divino con tus historias.

—A eso iba.

—Quién es, te pregunto.

—Don Leopoldo O’Donnell.

—Acabáramos.

—Decía que todos los hermanos, respirando como la madre por el absolutismo, se han ido a la facción; este es el único que ha dicho: «¡Pues libertad, ea!», y ahí le tiene usted con veintiséis años y ya coronel, propuesto para brigadier. ¡Me da un gozo cuando le veo!... Oiga usted: a los once años ingresó en el _Imperial Alejandro_; a los quince era la misma formalidad, tan gallardo con su uniformito...

—Basta... ¡Si no quiero cuentos, Sancho; si me apestan tus historias! ¿Dónde y cuándo has visto a O’Donnell? Te advierto que es amigo mío; luego nos hemos de ver, y si me cuentas algún embuste o le has contado a él alguna inconveniencia, ten por seguro que lo he de saber.

—Le encontré no hace un cuarto de hora, cuando volvía yo para acá, después de despernarme por todo el pueblo. Salía de su hospedaje, dos casas más arriba, con cuatro oficiales de su regimiento...

—¿Manda _Gerona_?

—_Gerona_, sí, señor. Por cierto que el año 34, siendo Leopoldito segundo comandante de la Guardia...

—¡Que no quiero historias, que no quiero historias! —gritó Rapella fuera de sí, esgrimiendo unas pinzas con que se arrancaba algunos pelos que asomaban en su nariz—. Adelante... A lo que te pregunto.

—Pues iba diciendo que en cuanto le vi, me fui derecho a él... ¡Qué sorpresa, qué alegría! Claro que me reconoció, y dijo: «¡Sancho!», así, con..., con confianza..., y yo dije: «Niño mío, mi don Leopoldito...», así, con..., con tristeza, porque me acordaba de aquellos tiempos felices, que ya no volverán... Me acordaba de cuando su mamá, aquella respetabilísima y santa señora...

—Sancho, que te pego.

—Voy..., voy... Pues hablamos un ratito..., le dije que venía al servicio de un señor diplomático...

—Muy bien.

—Y él se admiró..., y luego..., nada... Notando yo que quería seguir hablando con sus compañeros, de cosas del servicio, me despedí, y cuando le besaba la mano tuve el buen acuerdo de preguntar por el señor brigadier Narváez, y me dijo lo que consta.

—Vamos, hombre, gracias a Dios que dejas a un lado la paja y vienes al grano. Pues mira, Sancho, corre al instante en seguimiento del coronel de _Gerona_, y el mismo recado que te di para Narváez se lo encajas a él. ¿Has perdido la boleta con mi nombre?... Ahí la tienes: bien... Pues vas, le sueltas la boleta y le dices que deseo hablarle; que me señale hora y sitio... ¿Estás? Corre, Sancho amigo, que necesitamos ganar horas, minutos...

Salió Sancho presuroso, y el señor Rapella, abreviando los últimos trámites de su complejo tocador, dio golpes con los nudillos en una puerta próxima, diciendo a gritos:

—Fernando, hijo, ¿duermes todavía?

Como no recibiera contestación, empujó las mal ajustadas tablas que componían la puerta, y penetró en un camaranchón que recibía la claridad de un tragaluz del tamaño de medio pliego de papel. Allí, entre arcones cubiertos de polvo, sacos de paja y viejos instrumentos de labranza, yacía durmiendo bajo una manta Fernando Calpena, el cual, si despertó a las voces que daba su amigo, hubo de tardar algún tiempo en vencer el embrutecimiento que un profundo dormir en cuerpo tan cansado producía. Viéndole desperezarse, Rapella le dijo:

—Levántate pronto, y vístete y arréglate. ¿Conoces tú a O’Donnell?

—¿Enrique?

—No: Leopoldo.

—No le conozco. A su hermano sí: en Madrid le dejamos.

—Porque verás: tropezamos con un grave inconveniente. Mi íntimo amigo Ramón Narváez, con quien yo contaba para que nos proporcionase caballos, no está ya en este ejército. Yo, la verdad, aunque traigo carta para Córdova, no me atrevo a presentarme en el cuartel general en estas circunstancias... En el momento de iniciarse un movimiento de avance hacia las líneas de Arlabán, no me parece oportuno dar a conocer que vamos al cuartel de don Carlos.

—Sí; podrían creer que llevábamos noticias de los movimientos del ejército cristino —dijo Calpena sacudiendo la pereza—. ¿Y en efecto, se mueve Córdova?... Yo creí que soñaba, oyendo desde antes del alba cornetas y tambores... Soñé, ¡qué desatino!, que debajo de mi jergón se estaba dando la batalla de Bailén, y que no la ganaba Castaños, sino Mendizábal. Ya ve usted qué desatino...

—Intentaré entenderme con O’Donnell: le trato poco; es muy frío; parece un reverendo inglés. ¿Y a quién conoces tú en el ejército?

—A muchos. Pero con encontrar a Patricio de la Escosura, tendremos lo que queramos.

—Facilillo es hoy cogerle. ¡_Mali pri mia_! —dijo Rapella, lanzando una exclamación siciliana—. Ya siento que no entráramos en Vitoria.

—Si el ejército se pone en marcha, será como buscar una aguja en un pajar. ¡Fuera pereza!... ¡Ah!, también conozco a Juanito Pezuela y a Ros de Olano.

—Pues anda, hijo, anda, y mientras tú brujuleas por un lado, yo procuraré conquistar la fría voluntad del coronel de _Gerona_, y buscaré a Malibrán, grande amigo mío, y a Pepe Concha. También está en el cuartel real Mariano Girón, el hermano del duque de Osuna; a los dos les trato... Pero no es prudente que nos vayamos tan a fondo. Procurémonos tres caballerías, aunque sean de desecho, y escapemos hoy mismo por el camino de Villarreal, donde, según lo que allí nos digan, tomaremos la dirección más expedita para colarnos pronto en la mismísima corte del señor Pretendiente.

XVI

Arreglose Fernando a toda prisa, chapuzándose en agua fría, que el mismo Rapella con todo su empaque le trajo en un cubo, y al cuarto de hora ya corrían los dos por las calles del pueblo, inquiriendo y tomando lenguas en busca de estos o los otros amigos. El don Leopoldo recibió al italiano en medio de la calle con glacial cortesía, y a las primeras de cambio, hubo de oponer a su pretensión reparos y dificultades que equivalían a una cortante negativa. Así lo comprendió el otro, y como hombre agudísimo, de larga vista social, no insistió, absteniéndose al propio tiempo de preguntar cosa alguna que transcendiese a movimientos de tropas. Con astuta diplomacia, no ocultó al coronel que llevaba al cuartel de don Carlos una misión reservada cerca del infante don Sebastián Gabriel: