Part 10
—Arreglos de familia, ciertas negociaciones, ¿me entiende usted?, para las cuales llevo poderes de Su Majestad el rey de las dos Sicilias, de la princesa Carolina... y de otras elevadísimas personas..., asunto que, si bien de carácter doméstico, podría influir grandemente en la cosa pública, en la guerra, en la paz...
Oyó estas historias don Leopoldo con flemática atención, sin demostrar un interés muy vivo en tales componendas. Era un chicarrón de alta estatura y de cabellos de oro, bigote escaso, azules ojos de mirar sereno y dulce; fisonomía impasible, estatuaria, a prueba de emociones; para todos los casos, alegres o adversos, tenía la misma sonrisa tenue, delicada, como de finísima burla a estilo anglosajón. Despidiose, al fin, cortésmente del estirado Rapella, dejándole en extremo descorazonado. ¡Ah, si estuviera allí Narváez, aquel temperamento ardiente, imperioso, altanero, gran servidor de sus amigos! Para las situaciones de grande apremio, había puesto Dios en el mundo a los andaluces, con toda la vehemencia de sus afectos y todo el fuego de su torera sangre.
Más suerte tuvo don Fernando, que, a fuerza de huronear, metiéndose en los grupos de oficiales que a lo largo de la carretera encontraba, dio al fin con Ros de Olano, que a caballo venía con Pepe Cotoner. Grande y placentera fue la sorpresa de los simpáticos jóvenes al encontrarse en el propio teatro de la guerra a un disperso amigo de Madrid, con quien habían alternado _en los dorados salones_, como solía decirse. Los interrogatorios fueron festivos y breves por una y otra parte, pues no era ocasión de entretenerse en extensos relatos. Formuló Calpena la pretensión suya y de su compañero Rapella, a quien de nombre conocían los otros por la fama de su metimiento en Palacio, y no respondieron dando esperanzas de una fácil solución. Cuando les notificó que iban al cuartel de don Carlos, mostraron inquietud y asombro; pero Fernando se apresuró a quitar por su parte todo matiz político a tan desatinado viaje, diciéndoles:
—El objeto de mi compañero es un asunto de la Familia Real, cosas del rey de Nápoles y del infante don Sebastián; el objeto mío es apoderarme, por la fuerza o por la astucia, como pueda, de una mujer, de mi novia, que me ha sido robada infamemente. Es huérfana, señores, ¡cuidado!; se la disputo a un tutor, como en las comedias que ya están pasadas de moda.
Acogida fue tal revelación con grandes risotadas, y para predisponerles más a su favor, encareció Calpena los peligros y el dramático misterio de la aventura que emprendía sin auxilio de nadie, y en la cual, puesta resueltamente toda su voluntad, no veía más que dos términos: la victoria o la muerte. Imaginaciones lozanas, espíritus juveniles y entusiastas, que adoraban el bien y la belleza, Ros y Cotoner manifestaron a Fernando una simpatía ardorosa, y a este, que no a otro resorte, debieron los expedicionarios la solución de la dificultad en que les puso la ausencia del brigadier don Ramón Narváez.
A la hora y media de este coloquio de Calpena con sus amigos en medio del camino, él a pie, los otros a caballo, recibieron los viajeros dos magníficos jamelgos cojitrancos y un mulo lleno de mataduras, que les parecieron bajados del cielo, y las más gallardas cabalgaduras que habían visto en su vida. No quisieron entretenerse allí, temerosos de que se las quitaran, y tomando a toda prisa un par de bocados y algunos tragos de vino, picaron espuela por el camino de Villarreal; Rapella y Fernando caballeros en los rocines, Sancho con las maletas en el matalón.
Mientras estuvieron a la vista del pueblo no iban muy tranquilos, y arrimaban espuela y látigo a las caballerías para ponerse pronto a la mayor distancia; después aflojaron, porque harto les significaban las pobres bestias que por su edad y achaques no estaban ellas para largos trotes. En todo el día, nada les aconteció digno de referirse. A la caída de la tarde, merendaron de los abastecimientos que el precavido Sancho había cuidado de recoger en el parador, y a eso de las siete les dieron el alto las avanzadas carlistas. Como iban con toda seguridad, pues Rapella llevaba pasaportes y salvoconductos expedidos por quien podía hacerlo, y además cartas para Villarreal, Guergué y otros a quienes personalmente conocía, nadie les molestó, y siguiendo hacia el interior del Estado faccioso, franquearon, con ayuda de un guía del país, un alto monte hasta dar en un caserío próximo a Arechavaleta, donde se aposentaron y durmieron unas tres horas. Al siguiente día continuaron su marcha por laderas pobladas de bosque, hasta salvar la divisoria entre los ríos Deva y Aránzazu por Beloña, y a media tarde vieron bajo sus pies las torres y chapiteles de la noble Oñate, en la cual hicieron su triunfal entrada a punto de las seis.
Como a tal hora volvían a sus viviendas innumerables paseantes, la entrada de los tres viajeros en la capital del absolutismo por la calle _Zarra_ fue objeto de gran curiosidad y sensación. Los grupos de clérigos y señorones se paraban a contemplarles; los chiquillos corrían tras ellos; en ventanas y balcones asomaban las mujeres sus lindas caras. El tipo de caballero noble que a Rapella distinguía, la juvenil elegancia de Calpena, motivo fueron de comentarios, que corrían de boca en boca con la rápida transmisión propia del ambiente social de un pueblo aislado en que moran la ambición y la ansiedad. Favorables a los viajeros eran las opiniones que a su vista se formulaban aquí y allá, y el que menos los tenía por aristócratas castellanos o andaluces que venían a rendir pleito homenaje a la majestad del rey legítimo. Los más avisados creyéronles extranjeros, plenipotenciarios de alguna de las cortes del Norte, que llegaban con mensajes y quizás con dinero.
—Para mí —decía apoyándose en su bastón de puño de oro el señor don Francisco Bruno Esteban, canónigo dignidad de Osma y Teniente Vicario general castrense—, vienen de parte del rey de Prusia, y traerán un par de millones cuando menos, que de este envío y de tal plenipotencia hubo noticias no hace dos semanas.
—No hay nada de millones ni de prusianos —afirmó el Ordenador, jefe de la Hacienda militar y civil, señor Labandero—. Si acaso, traerá buenas palabras... Me da en la nariz que son de la familia del entusiasta, del generoso conde Roberto de Custine. ¿No notan ustedes el tipo de caballeros a la antigua?
—Ya lo hemos notado —dijo el orondo don Tiburcio Eguiluz, Superintendente general de Vigilancia pública—. Para mí, no es otro que el vizconde de la Rochefoucauld Jaquelin.
—Hombre, me parece que está usted soñando, señor don Tiburcio.
—Ya veremos quién sueña...
Por indicación de Sancho, que conocía la localidad, apeáronse junto al Ayuntamiento, a la entrada de la calle _Barria_, frente a la iglesia de San Miguel, la mayor y principal del pueblo. Allí les era fácil tomar lenguas de la mejor posada para los señores y de un parador para las caballerías. Viéronse al punto rodeados de diversa gente. Militares, paisanos, viejos, chiquillos y algunos clerizontes se abalanzaban a ellos deseosos de servirles, con la tradicional afabilidad vascongada. Sin que lo preguntaran, se les indicó el palacio de Artazcos, residencia de Su Majestad, quien aquel día se encontraba en Elorrio. Al oír esto, mostrose Rapella muy contrariado; pero habiéndole dicho los circunstantes que Su Alteza el infante don Sebastián permanecía en la villa y que residía en la Universidad, exclamó gozoso y enfático el siciliano:
—No podía Su Alteza, mi grande amigo, albergarse más que en el propio templo de la sabiduría.
Resolvió entonces entrar en una tienda de licores y pasteles que vio en el costado de la plaza, sin que le moviera otro propósito que librarse del enjambre de curiosos impertinentes y de chiquillos pegajosos, y allá se colaron también dos señores capellanes, extremando su cortesía.
—El mayor obsequio que pueden hacerme los que tan atentos se muestran, es llevar al Serenísimo señor Infante un aviso de mi parte. Basta con decirle que ha llegado su amigo Rapella y que desea pasar a ver a Su Alteza en cuanto este se digne señalar hora para recibirle.
No habían transcurrido quince minutos cuando a sus oídos llegaba esta grata respuesta:
—Su Alteza acaba de entrar de paseo, y dice que le espera a usted ahora mismo.
—Ya sabía yo —dijo reventando de satisfacción el siciliano y dándose un tono tremendo entre aquella gente—, ya sabía yo que me recibiría sin pérdida de tiempo. Tú, Fernando, espérame aquí. Si Su Alteza me convida a cenar, como espero, te mandaré recado. Entre tanto, busca por ahí, en lugar céntrico, un buen alojamiento para los tres.
Y partió al instante con un capellán por cada lado y detrás un reguero de gente diversa. En la puerta de la repostería dieron a Calpena razón de un alojamiento próximo, añadiendo que tenían que resignarse a vivir con alguna estrechez, por estar Oñate lleno de gente forastera, con tanto empleado y tanto señor de oficina. Más que en la comodidad del pupilaje, el pensamiento de Calpena se fijaba tenaz en el capital asunto que embargaba su ánimo, y al punto empezó a formular preguntas:
—¿Conocen ustedes a un señor don Ildefonso Negretti, que ha venido a la contrata de armas y municiones?
—¿Cómo dice usted...? ¿Negretti? El nombre no me suena. ¡Vienen tantos, unos a proponer pólvoras, otros armas, otros provisiones de boca! ¿Es por casualidad francés?
—No, pero quizás lo parezca. Ha venido con él una sobrina, hermosa joven, morena.
—Ya sé quien es: bajito, la ceja corrida; mira un poco torcido. Trae consigo una vieja y una señorita que parece tísica.
—¡Tísica! No puede ser, a menos que... —dijo Fernando en la mayor confusión—. A ver, denme las señas de esa enferma. Puede una salud robusta desmejorarse rápidamente con los malos tratos.
—Una damita flaca —dijéronle en vasco mal castellanizado—, con el pelo de color de cola de buey.
—No, no es esa... En fin: llévenme, si gustan, al alojamiento que crean mejor, y ya emprenderé mis indagaciones con toda calma.
Dos angelones como de doce a catorce años, guapines, rubios, cuyos rostros infantiles mostraban ya la seriedad y aplomo de la raza, le guiaron a la posada, de la cual era patrona la madre de uno de ellos, el más tierno, de aficiones militares, según contó a Calpena. EL otro, en quien ya la voz llueca manifestaba el paso de niño a hombre, estudiaba para cura, y por de pronto, aprendía música con su padre, organista de la iglesia mayor, y cantaba con él en las funciones. Hallábase la hospedería en una calle estrecha que pone en comunicación la _Barria_ con la de Santa María, y sale frente al torreón viejo del palaciote de Artazcos, morada del rey absoluto. Buena era ciertamente la tal casa; mas en días de tanta aglomeración resultaba estrecha, incómoda, y los huéspedes vivían en ella como sardinas en banasta, acomodándose cuatro en estancias donde tres no habrían tenido suficiente holgura. A Calpena le metieron en una alcoba donde moraban dos señores: un capellán nombrado Ibarburu, que del servicio castrense pasó a desempeñar la secretaría del _Despacho de Gracia y Justicia_, y un teniente coronel, impedido de una mano, que prestaba servicio burocrático en la _Junta Provisional Consultiva de Guerra_; llamábase Cerio, y era hombre muy vehemente, la pura pólvora, de un optimismo delirante. Con ambos trabó conversación y amistad Calpena en cuanto se instaló, y en la cena, servida a punto de las ocho, con lentitud y apreturas, por ser corta la mesa para veinte que a ella se sentaban, oyó mil noticiones y el animadísimo platicar de toda aquella gente. Entre los comensales descollaba como número uno de los habladores el tal don Ceferino Ibarburu, y metían bastante bulla don Teodoro Gelos, médico de cámara, vocal de la _Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía del Ejército_; don Juan Francisco de Ochoa, intendente, y el señor Sureda, gentilhombre de Palacio.
—¡Menuda paliza se habrán llevado a estas horas! —dijo Cerio, el incorregible soñador de triunfos—. Y si no se la han ganado todavía, se la ganarán mañana.
—¡Vaya con las gracias que quiere hacer el señor de Córdova! —dijo Ibarburu—. ¿Pues no se le ocurre al niño querer tomar las alturas de Arlabán?
Una carcajada burlona corrió de boca en boca por toda la mesa, y el señor Gelos, que se preciaba de táctico, aseguró que las alturas de Arlabán no las tomarían los cristinos ni con doscientos mil hombres.
—La desgracia que tuvimos en enero en aquellas posiciones, cuando las ocupó Narváez, fue por sorpresa...
—Como que entonces no nos cuidábamos de aquella posición —indicó el intendente—, y ahora la hemos fortificado. Es un hueso muy duro, donde se dejarán los dientes esos señores si intentan roerlo.
—Pero hablamos aquí sin conocimiento de causa —dijo Ibarburu emprendiéndola con las habichuelas—. ¿Quién asegura que los cristinos van contra Arlabán? Entiendo que el objeto de Cordovita es una simple demostración militar hacia la Borunda. Este caballero (_señalando a Calpena_), que acaba de llegar de Vitoria, nos dirá si las tropas enemigas se dirigían hacia la Barranca o hacia las lomas de San Adrián.
Declaró Fernando que a su paso por Vitoria, él y sus compañeros de viaje habían notado movimiento de tropas, sin poder precisar qué posiciones tomaban los cristinos ni a qué lugares, para él desconocidos, se dirigían.
—¿Pero el señor viene de Castilla? —dijo el gentilhombre Sureda mirándole con su lente, pues era algo cegato, de formas corteses y un tanto atildadas, calvo, muy limpio, prototipo de figura palatina para desempeñar un papel decorativo junto a los candelabros y mesas barrocas—. Yo entendí que estos señores diplomáticos venían de Francia, y me dijeron que traían la estafeta de Viena y Berlín. Dispense usted. No es que yo pretenda saber cuál es su misión. Ya sé que el otro señor ha sido invitado por Su Alteza.
—Es, según oí —apuntó Ibarburu—, napolitano, persona ilustradísima, que en Madrid ayudaba al señor Infante en sus investigaciones arqueológicas.
A todo asintió Calpena con medias palabras. De pronto, el médico Gelos, con notoria grosería, se dejó decir:
—¿Y qué...? ¿Nos traen ustedes _conquibus_? Porque para palabras bonitas, excusaban de venir... Dispense..., aquí somos muy francotes. Hace tiempo nos están mareando con el empréstito de Turín, que hoy, que mañana... Pero el tiempo pasa, y _la mosca_ no parece. Cuando vuelva usted a las cortes de Europa, señor mío, bien puede decir a esos caballeros que ya basta de protección platónica; que aquí luchamos por la causa de todas las potencias, por los tronos legítimos, contra las revoluciones y el jacobinismo, y que deben ayudar a nuestro excelso rey, no con _metáforas_ floridas, sino con metálicas razones... _por cuanto vos contribuisteis_... pues así venceremos más pronto... Digo más pronto, porque de todos modos, tarde o temprano, la victoria es segura. Está decretada por el Altísimo, y a donde no lleguen las valientes tropas de Su Majestad, llegará la intercesión de nuestra Generalísima invencible, la Virgen de los Dolores.
XVII
De aquel inoportuno y desconsiderado Gelos se contaba que había sido barbero, luego maestro de cirugía menor, pasando a titularse doctor en Medicina por una serie de transiciones lentas. No carecía de habilidad empírica; teníale el rey por un sabio, y puso en sus manos la asistencia de los heridos de su ejército: fue de los enviados desde Durango a la cura de Zumalacárregui, que resultó indocta, tardía, funesta. Distinguíase Gelos en el real de don Carlos por sus opiniones intransigentes; militaba con rabioso entusiasmo en el partido zaguero, arrimado a las violencias absolutistas, a la cacería y exterminio de liberales, partido en quien la barbarie no era inferior a la candidez. Llamábanse los tales _netos_, _puros_, y su ridículo y brutal fanatismo ocasionó el _menoscabo y vuelco_ de la Causa, como diría el historiador Mor de Fuentes. Entre los netos y las principales figuras del ejército real latía una guerra honda, que se manifestaba en la superficie con el tiroteo continuo de acusaciones solapadas. Los valientes jefes de división, sucesores de Zumalacárregui, detestaban a la camarilla, haciéndola responsable de todas las desdichas. En cambio, los puros, en cuyo negro enjambre descollaba la frailuna personalidad de don Juan Echevarría, tenían por traidores a Villarreal, Gómez, Zaratiegui, soldados valientes que habían ganado palmo a palmo el terreno donde Carlos V pretendía establecer un ridículo simulacro de organización política y administrativa. Era un Estado de papel, compuesto de denominaciones enfáticas, burocracia sin materia administrable, palaciegos sin palacio, intendencias sin dinero, ministros con las carteras y las cabezas totalmente vacías.
En la _posada de Iriarte_, que así llamaban al hospedaje de Calpena, marcábanse claramente los dos partidos, pues si Gelos y Ochoa se preciaban de facciosos a machamartillo, Sureda, Cerio, el mismo Ibarburu y la mayoría de los demás huéspedes no veían con buenos ojos la insolente preponderancia clerical; reconocían la lealtad y bravura de los militares, y mostrándose devotos de la Virgen, y asistiendo con edificación a todas las funciones de iglesia a que les llevaba la santurrona piedad del rey, fiaban, más que en los rezos y letanías, en el poder de las armas, en el eficaz aprovisionamiento de las tropas, en la política seria, dirigida con templanza y arte mundano. A menudo, en las conversaciones de la mesa salían a relucir estas diferencias, atemperándose los disputadores al tono forzosamente grave y al matiz opaco de aquella sociedad, donde eran mal mirados los que hablaban demasiado fuerte, y tachados de masones los que proferían palabrotas picantes.
—Si el señor Gelos me lo permite —dijo con exquisita finura el palaciego Sureda, echando vinagre en su plato de judías verdes—, indicaré que de los empréstitos y de levantar fondos en el extranjero se cuidará nuestro gran ministro don Juan Bautista Erro, que para algo le ha traído de Londres Su Majestad.
—Me aseguró ayer el señor obispo de León —manifestó Ibarburu, impaciente ya por meter su cucharada— que el ministro trae planes sublimes. Su Ilustrísima y don Juan vinieron juntos hasta la frontera... Es indudable que al salir de Londres dejó el señor Erro ultimado un empréstito de algunos milloncitos de libras esterlinas, _vulgo_ monedas de oro de a cinco pesos. No nos saldrá este grilla, como les salió a los cristinos el tal don Juan Mendizábal, que se vino también de Londres con mucho viento en la cabeza, y luego... ¿qué? Miseria, el inicuo despojo del clero regular, que es un robo, señores; es como sacarle a uno el reloj del bolsillo...
—Yo me alegro, sí señor, me alegro —dijo el señor Gelos, congestionado de tanto comer, y aflojándose el dogal que la servilleta le hacía en el cuello—. Ese escandaloso robo será la mecha que ponga fuego a la mina. Los cristinos, en su satánica demencia, desafían a Dios..., ¡le meten la mano en el bolsillo a Dios, señores, para quitarle lo que pertenece a la santa Iglesia!... Me alegro, sí, me alegro, para que vean, para que aprendan los que aún no están convencidos... Hablando de esto, decíame esta tarde el señor Echevarría: «Es lo único que faltaba para que Dios y la Virgen Santísima estuviesen de nuestra parte...». Pues qué, todos esos caudales, ¿de quién son sino de nuestra Generala? La piedad se los dio, el infierno se los quita. Bien, bien: esto nos favorece. ¡Imagínense ustedes la cólera de Dios cuando haya visto...! ¡Están locos, locos!..., y nosotros más locos todavía, si no nos aprovechamos de estos desaciertos del masonismo, abandonando los enjuagues y paños calientes para marchar decididos al exterminio de la impiedad, de la revolución.
—Muy bien: así habla un devoto fiel de la religión y el trono —dijo, al extremo de la mesa, uno que se ocupaba en partir nueces para sí y los inmediatos, y era un antiguo guerrillero cojo, empleado en la _Superintendencia de Vigilancia pública_.
—Yo no me meto en dibujos —declaró Cerio, comiendo también nueces, único postre que había— ni entiendo de si se deben llevar las cosas por lo blando o por lo duro. No pienso más que en el pie de paliza que a estas horas habrá dado Villarreal a Cordovita.
—¿Pero se ha roto el fuego ya? No hemos oído tiros.
—Yo, sí. Esta tarde, viniendo de paseo por el camino de Aránzazu, oíamos un espantoso tiroteo. Y unos viejos que bajaban del monte nos dijeron que ayer rompió el fuego la división de Espartero contra el castillo de Guevara, y que a la primera embestida quedaron patas arriba como unos dos mil cristinos; que uno de los muertos es O’Donnell, coronel del regimiento de _Gerona_, del cual solo han quedado doce hombres.
—Me parece, señor don Matías, que no está usted bueno.
—Hombre, quién sabe, quién sabe... ¿Y dice usted que unos viejos que venían...?
—De San Adrián, a donde fueron a retirar cuatro vacas. Pues sí: Ribero, con su división, atacó por Zuazo de Salvatierra, y toda la caballería que llevaba se precipitó en un barranco, donde ya pueden ustedes figurarse cómo quedaría. Desde aquí estoy viendo yo el montón de huesos de hombres y caballos.
—¡Bonito montón! También nosotros lo vemos, amigo Urra.
—No reírse, señores, no reírse —dijo con gravedad el intendente señor Ochoa—, que bien puede ser verdad lo que nos cuenta el amigo Urra.
—Y aún se ha dicho más —prosiguió don Matías—. Unas mujeres que venían de Ulibarri Gamboa contaron que reventó un cañón y mató a Córdova, entrándole un casco por semejante parte, con perdón...
—También cae dentro de la jurisdicción de lo posible —dijo don Teodoro Gelos—; pero hasta que no venga el parte, pongamos en cuarentena rigurosa todos esos barrancos llenos de caballería muerta, y esos cañones que se hacen añicos tan oportunamente... Como yo soy de los que creen en la Providencia..., ¡y lo digo muy alto!..., en la justicia divina..., no me río de esas noticias..., las oigo y espero.
El tal don Matías Urra, infeliz veterano del absolutismo, había comenzado su carrera gloriosa en la Regencia de Urgel y en el servicio privado del barón de Eroles. Emigrado a Francia, volvió a su tierra en calidad de ayuda de cámara del conde Penne de Villemur, el cual le tomó grande afición por su lealtad y esmero en el servicio. Deseando asegurarle un porvenir decoroso, le colocó, siendo ministro de la Guerra de don Carlos, en una humilde posición de Provisiones Militares. Poco después, el señor Arias Teijeiro, prendado de su fidelidad, se lo llevó a Gracia y Justicia como auxiliar de Secretaría, cargo puramente nominal, pues le ocupaban en diversos menesteres; tan pronto se le veía en _Correos_, como en la Comisaría de Vigilancia, siempre leal, atento a lo que se le ordenaba, celosísimo por la causa del rey y la religión. Queríalo todo el mundo en la llamada corte, y no por humildes eran menos apreciados sus servicios. Hombre sencillísimo, sin pretensiones, con tanta fe en la Causa como en Dios, distinguíase por su actividad en la transmisión de todas las gratas mentiras que eran el consuelo de la _ojalatería_ facciosa. No tenía familia, ni más amor que el rey, por quien habría dado cien veces su inútil vida. A más de poner en circulación mañana y tarde las nuevas fresquecitas de descalabros cristinos, del pánico que reinaba en Madrid, de la fuga de la Gobernadora, se había constituido en _avisador_ de todos los triduos, novenas, funciones mayores, rosarios y demás religiosos actos que en las iglesias y oratorios de Oñate se celebraban, para edificación de las almas y alimento de las esperanzas políticas. El bueno de Urra informaba puntualmente, preguntáranle o no; y dotado de actividad prodigiosa, iba de casa en casa anunciando:
—Esta noche desagravios en San Miguel; mañana trisagio en las Franciscanas; en Santa Marina completas y salve, y en Bidaurreta manifiesto y sermón del padre prepósito de San Agustín...