De Oñate a La Granja

Part 11

Chapter 113,982 wordsPublic domain

Continuó picando la conversación en el candente asunto de la embestida de los cristinos a las posiciones de Arlabán, que unos tenían por cierto y otros no, y al fin, hartos de judías, huevos cocidos, pescado en salmuera y nueces, empezaron a desfilar: los más impacientes y activos resolvieron no acostarse sin ver confirmadas o desmentidas las noticias guerreras que corrían, y para esto no había cosa mejor que dirigirse a los _centros_, donde seguramente habrían llegado partes.

—Yo me voy a _Guerra_ —dijo uno—, que algo sabrán allí.

—Y yo a Palacio —declaró Sureda—; entro de guardia esta noche.

—Pues yo —manifestó Ibarburu con retintín— me voy a _Gracia y Justicia_, donde tenemos multitud de asuntos al despacho, y francamente, ni el señor Arias Teijeiro ni yo gustamos de que se aglomeren los negocios.

Gelos se fue a la tertulia del señor Echevarría, al extremo de calle _Barria_, y Matías Urra no se acostaba sin meter sus narices en la botica, primero, y después en casa del señor vicario, su grande amigo.

Retirose Calpena contento a su dormitorio, porque el trato de aquellos señores, en general afables y comunicativos, dábale esperanzas del pronto esclarecimiento de su magno asunto, y fijándose especialmente en Urra, en quien vio un eficaz correveidile, sabedor de cuanto en el pueblo ocurría, se propuso utilizar con maña su oficiosa complacencia. Rendido de sueño, se acostó pensando que tal vez estaba muy cerca de Aura. Bien podía ser que la enamorada doncella se encontrase a la otra parte de aquel tabique o pared a que su lecho tocaba... Bien podía ser, Señor; y si no era tanta la proximidad, en otro cualquier sitio de la población o de los caseríos del valle se encontraría. Ya la estaba viendo; la sentía respirar, la alcanzaba con su mano... Quedose dormido con esta idea, y toda la noche se la pasó en un sueño, del cual lo sacó Rapella muy de mañana tirándole de una oreja.

—Levántate —le dijo— que es tarde y tenemos que hablar. Su Alteza me hizo el honor de invitarme a su mesa. Llegué muy tarde a la posada. Quisieron acomodarme aquí, en catre de tijera; pero yo, por estar solo, he preferido un camaranchón alto donde guardan las ristras de cebollas... Para poder uno arreglarse y hacerse la _toilette_, es indispensable una habitación independiente, por pequeña y mala que sea.

Notó Fernando, incorporándose para vestirse, que su amigo y jefe estaba ya perfectamente revocado en rostro, cabellera y bigotes, bien cepillado de ropa, limpio y oloroso. Se había sentado a los pies de la cama, por no hallar silla disponible. Ibarburu, en planta desde el amanecer, tomaba su chocolate en el comedor próximo. Cerio dormía entapujado con la sábana, y roncaba.

—¿Y qué tal? —le preguntó Calpena saltando del lecho—. ¿Cómo andamos de negociaciones?

—Chitón. Vístete, arréglate, y en la calle hablaremos. Yo me bajo, que tengo que dar órdenes a Sancho. Te espero en el pórtico de la iglesia. Ponte tu mejor ropa: vas a venir conmigo a ver al Infante, que desea conocerte.

Antes de veinte minutos se reunían Rapella y Fernando en el pórtico de San Miguel y lo primero que hicieron fue entrar a oír misa.

—Aquí, amigo mío —dijo el siciliano—, hay que atemperarse a las costumbres y a la atmósfera levítica del pueblo. Oigamos misa devotamente, y si cuadra oír dos, no será malo.

¡Miren qué casualidad! Por entrar en la iglesia, se les apareció Urra ofreciéndoles el agua bendita. Calpena se alegró de verle, y afectuosamente le preguntó:

—¿Se alcanza esta, amigo don Matías?

—Ya no... —respondió el vejete, deshaciéndose en amabilidad—. Pero entren los señores en la capilla del Sagrario y aguarden un poquito, que va a salir la del señor padre prepósito.

Oyeron su misa con gran recogimiento, y a la salida volvieron a encontrarse a Urra, que les embistió amabilísimo:

—¿No se quedan los señores a misa mayor?

—Hoy no podemos —dijo Rapella—. Nos aguarda el Infante, y quizás tengamos que ir antes de mediodía a Elorrio a presentarnos a Su Majestad.

—Su Majestad viene esta tarde. Por si no lo sabían, lo advierto a los señores. También les digo que para confesar, la mejor hora es entre nueve y diez. Ahora, ya ven los señores cómo están estos confesonarios. Hoy se nos ha venido junta toda la oficialidad de Artillería, que comulgará después en la tercera misa del Sagrario... Hasta más ver. Al señor Infante le hallarán ahora en misa.

Salieron, y por hacer tiempo hasta la hora de visitar al Infante y poder charlar a gusto, fuéronse a recorrer el pueblo, que en su pequeñez ofrece bastante interés, por la grandeza y hermosura de sus edificios públicos y particulares. Pasaron por delante de _Palacio_, subieron por la calle de Santa María hasta el camino de Legaspia, donde echaron un vistazo al convento de Bidaurreta, contemporáneo de doña Juana la Loca; bajáronse luego hacia San Antón, y cortando las calles _Zarra_ y su paralela _Ikasola Kalea_, fueron a parar junto al río, no lejos del gallardísimo edificio de la Universidad. En el curso de este largo paseo, sin que nadie pudiera oírle, Rapella expresó a su compañero la pena que sentía por el resultado escaso, más bien nulo, que en la primera entrevista con el Infante habían tenido sus negociaciones.

—Has de saber, y esto es reservadísimo, Fernando, que el tal don Sebastián no se da a partido. Creían allá que con ofrecerle dignidades y honores se le ganaba, y todos nos hemos equivocado de medio a medio. Y no son flojas prebendas las que desprecia o afecta despreciar: Capitán general del ejército español, reposición en el Priorato de San Juan de Jerusalén, categoría de Infante de España con renta fija de medio millón de reales, cesión del Real Sitio de Aranjuez para su residencia y acomodo de museos y colecciones, con la Flamenca y demás... Ya se ve: ha jurado odio eterno a la reina Gobernadora, y estos rencores personales son difíciles de reducir. Los que tratábamos al Infante en Madrid por los años del 31 al 33, le teníamos por inclinado al liberalismo templado. Yo frecuentaba su cuarto, con Martínez de la Rosa, con el matemático Vallejo y el humanista Tordera. Veíamos que la ilustración y el trato de los sabios podían en el príncipe más que la tradicional intransigencia borbónica. Créelo, resplandecía _el espíritu del siglo_ en derredor suyo, y poco adelantaba su madre, la Princesa de Beira, queriendo rodearle de tinieblas... Juró a Isabel, como sabes; todos le teníamos por un decidido campeón de la _angélica_ reina, cuando de la noche a la mañana, por piques o disensiones que permanecen veladas en el arcano de la intimidad doméstica, se nos tuerce el buen Infante, prendándose locamente de las ideas absolutistas... Para mí, y esto es reservado, Fernando, reservadísimo, para mí el cambiazo de este caballero ilustre data de los días que precedieron al casamiento secreto de la reina con Muñoz. No vio don Sebastián en los preliminares de este suceso toda la dignidad, todo el decoro que debe acompañar a los actos, a las pasiones mismas de las testas coronadas, y...

—Oí contar..., estas son hablillas de logias y clubs, que quizás no tengan fundamento..., pues oí decir que el Serenísimo don Sebastián, príncipe ilustrado, artista, matemático, políglota, reúne a estas prendas una mediana ambición..., lo que no tiene nada de particular, pues quien mucho vale, mucho alienta..., y debemos presumir que su ambición no se limitaría a los honores del Infantazgo..., soñaba con la Regencia.

—¡Qué disparate! Nunca le pasó a don Sebastián por la cabeza tal pensamiento.

—Perdone usted..., debieron pasarle ese y otros, si no cuando la muerte del rey, algún tiempo después..., ¿me entiende usted?... Al tener noticia del noviazgo, llamémoslo así, de la reina con Muñoz...

—El Infante se puso furioso...

—O se alegró..., lo humano es que se alegrara, porque el matrimonio morganático, en rigor de ley, debía inutilizar a doña Cristina para la Regencia.

—Patraña...

—O realidad. Yo me agarro a la filosofía de la historia, y reconstruyo con elementos humanos un personaje oscuro. El príncipe se alegró, diciendo para su sayo: reina casada, regenta eliminada. Pero la Gobernadora fue más lista; no declaró oficialmente sus nupcias; se entendió con Roma..., manda sus hijos a criar al campo. Ni siquiera figuran sus alumbramientos en el registro de la Facultad de Palacio. En la _Gaceta_, y dentro de las leyes del reino, es tan viuda de Fernando VII como lo era el 30 de septiembre de 1833, a las veinticuatro horas de expirar el padre de Isabel II. De modo que su amigo de usted se vio totalmente chasqueado, y es cosa muy natural y muy humana, que cae también dentro de la filosofía de la historia, que un príncipe, en tal situación de amargura y desengaño, se encariñe con el absolutismo y se lance a pelear por él.

—No conoces a Su Alteza, carísimo, como le conozco yo, ni estás al tanto de los acontecimientos. Déjame que te explique...

—¿Para qué? Doy por verídico lo que usted piensa y quiere contarme, y retiro mi hipótesis, querido Rapella... no es más que una hipótesis. ¿Qué nos importa, ni qué le importa a nadie que don Sebastián ambicionara la Regencia? ¡Si no se la han de dar, ni a nosotros han de darnos nada tampoco por averiguarlo!... Y a propósito, me ha dicho usted que me lleva a presencia de ese señor Serenísimo, y a eso, ilustre Rapella, tengo que oponer una resistencia heroica, porque yo no he venido aquí a ver príncipes más o menos serenos, ni a ocuparme de nada que no sea el interés grande, para mí inmenso, que me ha traído a estas tierras. ¿Qué trato hicimos en Madrid cuando nos reunimos para emprender este viaje? Pues se convino en que yo no le estorbaría a usted en sus negociaciones, y que usted me ayudaría en las mías todo lo que pudiese. ¿Fue eso lo tratado?

XVIII

—Eso fue lo convenido y lo cumplo lealmente —prosiguió el siciliano—. ¡Que si te ayudo! ¿Y si yo te dijera que ya no estoy tan ignorante como tú de la presa que perseguimos?

—¿Sabe usted algo? Por Dios, dígamelo, dígamelo pronto.

—Calma, que estas cosas son delicadas... Déjalo, déjalo de mi cuenta... ¿Pero tú sabes con quién hablas? ¿Te has enterado de que tu amigo Rapella es perro viejo en aventuras de amor? ¿Sabes que tiene sobre su conciencia de galán empecatado media docena de duelos con maridos celosos, burlas sin fin de padres severos o tutores ruines, y como unos diez raptos, dos de los cuales han sido del género novelesco, con escalamiento nocturno, incendio, pistoletazo y fuga a uña de caballo con la hembra a la grupa?

—Eso habrá sido en Sicilia, donde la vida romántica es cosa corriente.

—Eso ha sido en Italia, en España, también en Argel, con la circunstancia agravante del uso de cimitarra y del trato con eunucos y demás gentuza de serrallo. El caso tuyo es una simpleza, una comedia de principiante. Yo te respondo de que antes de tres días, si andan por aquí el tío de su sobrina y la sobrina de su tío, les encontramos, les sorprendemos y cargamos con la niña en pleno Estado absolutista y patriarcal, burlando tíos, clérigos, monjas, alcaldes, justicias, pues en ninguna parte son más fáciles las burlas que en estas sociedades rigoristas, donde se alambica la moral y se extreman las precauciones... ¿Me aseguras tú que la niña desea que la robes, que preferirá escaparse contigo a permanecer bajo el poder de su guardián? ¿Estás seguro de eso?

—Como de mi propia vida.

—¿Es ella valiente, de estas que corren tras el amor, como la mariposa tras de la luz, y que prefieren la quemadura y la muerte al aburrimiento de una vida regular?

—Es animosa, corazón grande, imaginación viva.

—Conozco el género. Pierde cuidado, niño.

—Pero dígame si ha podido averiguar...

—Cállate ahora. Pon tu asunto en mis manos.

—No puedo traspasar mi iniciativa. Si no me dice usted pronto lo que sepa, no le acompaño a la visita del Infante.

—Pues tú te lo pierdes, carísimo; porque si no me acompañas a la visita no te diré nada, y tardarás sabe Dios cuanto tiempo en averiguar lo que quizás sepamos dentro de media hora.

Calpena se paró en mitad de la calle para mirar fijamente la cara del italiano, que resplandecía de malicia, de doblez; cara de intrigante de oficio, curtido en enredos políticos de camarilla y en tramoyas mujeriles y palaciegas. Su fino sonreír dejaba entrever a Fernando un mundo de historias y una rutinaria destreza en artes que no se practican a la luz del día. Por un momento sintió desprecio del italiano, después miedo. Comprendiendo al fin la inconveniencia de huir de su lado en tal ocasión y en circunstancias tales, determinó seguir el impulso adquirido, hasta ver en qué paraban aquellos misterios.

—Pero yo quiero que me diga usted con sinceridad: ¿qué tengo yo que pintar en el palacio de Su Alteza, ni en qué bodegón hemos comido juntos ese señor y yo?

—Es sencillísimo. Su Alteza me preguntó: «Y ese joven que ha venido contigo, ¿quién es?». Contesté la verdad: que eres un chico de gran familia, instruidísimo, de una educación perfecta, así en lo moral como en lo intelectual..., que posees el latín como Tito Livio y Cicerón, y eres consumado humanista...

—Eh..., ¿qué bromas son esas? Me ha puesto usted en ridículo.

—Que sabes también el griego...

—Hombre, no.

—Algo de griego, le dije...; que posees vastísimos conocimientos en Historia y Arqueología.

—¡Ya escampa!

—Hijo mío, la verdad es una diosa muy bonita, que reside en el cielo, y como allá la obligan a estar siempre en cueros, nunca desciende a nuestra pobre Tierra... Es muy vergonzosa. Adorámosla como ideal; pero...

—Pero la realidad nos impone la idolatría del mentir, ¿no es eso?

—Sí, porque siendo mentiroso cuanto nos rodea, si blasonamos de verdaderos, o nos encierran por locos o nos apalean a cada triquitraque. Falso es todo lo que ves, carísimo, y en esta corte diminuta no hallarás más verdad que en la grande de Madrid; farsa es la religiosidad de la mayoría de estos cortesanos; hipócrita la creencia en el derecho divino de este pobre rey de comedia; engañoso el entusiasmo de los que mangonean en el ejército y en las oficinas. Solo es verídico el pueblo en su ignorancia y candidez; por eso es el burro de las cargas. Él lo hace todo; él pelea, él paga los gastos de la campaña, él muere, él se pudre en la miseria, para que estos fantasmones vivan y satisfagan sus apetitos de mando y riquezas. No imitemos al pueblo, el gran inocente, el eterno bobo del mundo civilizado, el polichinela sobre cuya joroba recaen todos los palos. Y pues hemos de comer y de vivir y abrirnos paso en el tumulto de esta mascarada, pongámonos la careta. Dime, simple, ¿piensas que la empresa de arrebatar a la mujer que amas es realizable con los procederes de la verdad?

—Eso no...

—Pues entonces déjate conducir. Silencio y entremos a saludar al Infante.

A este punto llegaban ante el grandioso edificio de la Universidad, fundación del oñatiense don Rodrigo de Mercado, obispo de Ávila. Calpena se detuvo a contemplar la mole gallarda, la elegancia de sus contrafuertes, exornados de exquisita labor plateresca. La acción del tiempo y de la humedad, desgastando aquella hermosa pieza arquitectónica, dábale una pátina musgosa, y espiritualizaba la morbidez pagana de sus líneas. En el portalón había guardia, por estar destinado el edificio, en aquel lastimoso imperio de Marte, a cuartel y oficinas militares. Soldados, oficiales de diversa graduación sin más distintivo que la espada, entraban y salían, y no faltaban los grupos de mujeres y chicos que acuden al reclamo de la milicia activa. En dos de las crujías del claustro bajo, divididas por endebles tabiques, se habían instalado dependencias, designadas sobre las puertas con toscos letreros.

En el claustro alto veíanse también rótulos indicadores de los diferentes ramos del organismo militar, a excepción de la crujía de poniente, separada de las demás por una cancela provisional, con mampara. Por allí se entraba a la rectoral y biblioteca, y a la residencia del príncipe. Un portero anciano, con casaca amarilla, les introdujo al instante en la biblioteca, donde comúnmente recibía Su Alteza las visitas. Era don Sebastián de estatura mediana, tirando a corta, de pocas carnes, el rostro grave y desapacible, con un poco de estrabismo en los ojos, bien afeitado, el cabello compuesto al uso con un poquito de melena ahuecada sobre las orejas, y la raya al lado izquierdo del cráneo. Si vulgarísimo era por su figura, no así por sus modales, de exquisita distinción: digno sin altanería, accesible, cariñoso, conservando siempre la superior postura. Sabía ser infante de España; sabía sostener su papel de ilustrado, peregrino papel en príncipes, y aun engalanarse con la flor de la modestia, que tan difícilmente se cría en la seca atmósfera de la adulación. Muy grata fue para Calpena la amabilidad con que don Sebastián Gabriel le recibió. Aunque Su Alteza disponía de poco tiempo, les mandó sentarse junto a una mesa atestada de mapas y librotes voluminosos.

—Ya me ha dicho Rapella lo mucho que usted vale. Siento que su venida a esta ciudad haya sido en ocasión tan impropia para platicar de cosas de arte, lenguas y literatura. También yo tengo mis aficiones; pero la guerra, ¡ay!, y esta situación de continua inestabilidad me privan de consagrarme a mis estudios favoritos. Confío en que vendrán tiempos mejores; ya iremos a Madrid, y allí, con toda calma... ¿Verdad, amigo Rapella, que iremos pronto a Madrid? ¿Qué piensa usted?

—Señor —dijo el siciliano inclinándose respetuoso—, puesto que Vuestra Alteza anhela volver allá, solo debo manifestarle que Madrid echa siempre de menos al mantenedor entusiasta de las artes y las letras.

—El señor Calpena —indicó el príncipe con gracia— no cree que vayamos pronto a Madrid; estima en poco la _causa_ que aquí defendemos. Se lo conozco en la cara. Naturalmente, tiene sus ideas, sus preocupaciones; trae todo el barullo liberal metido en la cabeza.

—Señor —replicó Fernando con firmeza—, puedo asegurar a Su Alteza que más de una vez, no solo aquí, sino en Madrid, he considerado posible y probable que la _causa_, por una serie de victorias decisivas, vea pronto expedito el camino de la capital de la nación.

—De eso se trata... —dijo el príncipe con orgullo, y variando al instante de tema, por ser muy de personas reales el hacer grata la conversación cambiándola oportunamente, prosiguió así—: Ya sé que es usted un gran latino.

—Señor, Rapella me quiere tanto, que abulta espantosamente mis pobres méritos.

—Yo también he tenido mis aficiones latinas, y cuando disponía de tiempo y de tranquilidad, los clásicos eran mi delicia. No crea usted, también me permití ciertos atrevimientos; traduje la elegía de Propercio _Ad amicum_...

—Si, sí..., la conozco. Es una en que se queja de que le han robado a su amada, y llora y se desespera. Si no recuerdo mal, empieza así:

_Eripitur nobis jam pridem cara puella._

—Justo; y luego dice:

_Et tu me lacrymas fundere, amice, vetas..._

—¡Ah, Propercio me encanta! También yo, con la presunción, con la audacia que dan los quince años, me metí a traductor... Sí, señor: traduje en verso libre la elegía _Hora mortis incerta_.

—¡Oh, sí! —exclamó don Sebastián con júbilo—. Es preciosísima. Comienza:

_At vos incertam mortales funeris horam_ _Quæritis, et qua sit mors aditura via..._

Aún repitió media docena más de versos, gozoso de mostrar su buena memoria, y después, cambiando el tono entusiasta por el quejumbroso, continuó:

—Ya ve usted si es triste abandonar los ocios dulcísimos de la buena literatura por esta actividad ansiosa, a que obligan los asuntos de un Estado incipiente, de un Estado en el cual tenemos que crearlo todo, y por el estruendo de la guerra, que siempre es cruel y bárbara aunque sea gloriosa... Desde que llegué a este país, no ne podido abrir un libro de los que han sido, en épocas más bonancibles, mi mayor deleite. Encargado por Su Majestad de organizar las Maestranzas de Artillería y de Ingenieros, y de atender a las mil dificultades que ocurren a cada paso por falta de utensilios, de material, de personal idóneo, me paso la vida en un trabajo azaroso, no siempre coronado por el éxito. Verdad que me ayudan hombres inteligentísimos; pero el entendimiento nos da ideas, no la materia para traducirlas en hechos. Hemos podido, a fuerza de tenacidad y de maña, establecer la fabricación de cureñas y montajes; hemos fundido algunas piezas... En fin, no estoy quejoso, y la historia dirá con qué pobres elementos hemos realizado trabajos tan difíciles. Asombra el considerar lo que pueden la inteligencia y la fe, ¿por qué no decirlo?, la fe de estos dignísimos oficiales, ayudada por la terquedad vizcaína. Con la fe hemos hecho algo que si no es mover las montañas, se le parece mucho.

—Y entiendo —agregó Rapella con oficiosidad— que en los proyectiles de obuses no tiene este ejército nada que envidiar al cristino.

—Algo hemos adelantado, gracias a las nuevas máquinas que nos ha traído Negretti...

Lo que siguió no pudo oírlo Calpena; fue un murmullo, dominado por la sonora y vibrante voz, que aun después de salir de los labios del príncipe continuaba sonando con estruendo: ¡Negretti! Era como un trueno... Tal fue la impresión recibida, que el joven no paró mientes en que proseguían conversando el Infante y Rapella. ¿De qué hablaban?... No lo sabía, ni se curaba más que de aquel Negretti que en sus oídos retumbaba.

—¿Es usted aficionado a estas materias, a la balística, a la fundición de metales?

—Sí, señor —replicó el joven impulsado de su gozo ardiente y del deseo de seguir tratando aquel tema antes de que Su Alteza pasase a otro—. Soy muy aficionado.

Turbose un instante. Comprendiendo al punto que un mentir descarado podría infundir sospechas, se apresuró a _ponerse en la rectitud_, como diría Hillo.

—Dispense Vuestra Alteza mi distracción... Quise decir: aficionado a Propercio.

En efecto: nada más imprudente que mostrar interés y conocimiento en las materias científicas de la Maestranza. Sobre que todo engaño de esta naturaleza sería pronto descubierto, aconsejaba la más vulgar discreción aparecer indiferente a tales trabajos, que sin duda se hacían con cuidadosa reserva, recatándolos de la mirada de gentes extrañas y forasteras.

—Soy enteramente lego, señor —repitió Fernando—, en cosas de milicia y de ciencia militar.

Y Rapella con seguro instinto acudió a reforzar esta idea, diciendo:

—Tenemos aquí a un hombre que desde niño ha ejercitado sus facultades en los estudios históricos y literarios, y fuera de ellos es un ángel de inocencia. Me permitiré hacer una observación. Su carácter altivo y la independencia de que goza son causa de que no haya ocupado aún en la esfera escolástica del reino la posición que le corresponde... Sí, sí, querido Calpena, hago traición a tu modestia, manifestando a Su Alteza que acaricias la ilusión de desempeñar en este apartado pueblo, tan propicio al estudio, el noble ministerio de la enseñanza... No te atreves a decirlo; pero yo sé que esa es tu idea... Te encanta este honrado país, te empujan hacia acá tus hábitos metódicos, tu carácter apacible; te solicita desde aquí, ¿por qué no decirlo de una vez?, la atracción que ejercen sobre tu espíritu las ideas de estos ilustres señores y el régimen absoluto. Conocedor de tus pensamientos, porque poseo tu confianza, quiero ser tu órgano de expresión; la facultad de la franqueza que te falta, yo la suplo con mi atrevimiento... Sí, sí, Serenísimo Señor, este joven sería feliz consagrando su vida y su talento a las tareas de la enseñanza en cualquier localidad de la nueva monarquía... Pues él no lo dice, lo digo yo, que le quiero como a un hermano, y no deseo más que su bien.