Part 12
Si a las primeras palabras del siciliano, Calpena vacilaba entre el asombro y la ira, por tan audaz mentir, antes de que Rapella terminase, ya pudo ver Fernando que aquel giro no era descabellado, y podía servir a la buena terminación de su asunto. Con la mirada y una leve sonrisa, prestó asentimiento a la declaración de su amigo, que obtuvo del Infante esta velada respuesta:
—Mucho me congratulo de las felices disposiciones y de los deseos de este joven, y por mi parte no he de oponerme a que los realice. Pero le advierto que no soy yo quien ha de decidirlo, pues ello incumbe al señor obispo de León, encargado de la Enseñanza. Para ejercer el profesorado en esta Universidad, la ley exige condiciones que sin duda podrá llenar cumplidamente el señor Calpena, aptitudes y conocimientos bien probados, pruebas también de piedad y de pureza de costumbres. Toda precaución es poca en las circunstancias de un Estado nuevo que quiere ser de todo en todo contrario al Estado caduco y corrompido que tenemos enfrente, y por eso se han establecido los ejercicios de reválida.
Diciendo esto, Su Alteza se levantó, señal de haber terminado la visita.
—Dispénsenme —les dijo alargándoles la mano, que Rapella besó—. Hoy es día de acontecimientos graves. Es seguro que han atacado nuestras posiciones por San Adrián. Desde muy temprano se oye tiroteo muy vivo...
Y no acababa de decirlo cuando entraron presurosos dos señores, uno de ellos Cerio, el otro un ayudante de González Moreno: traían noticias que comunicaron a Su Alteza sin que Rapella y su amigo pudieran enterarse. Las noticias no debían de ser muy buenas, a juzgar por la cara que puso don Sebastián al oírles. Volviose luego a los visitantes, con cierta premura, como queriendo significarles de una manera delicada que tomaran la puerta.
—No debemos entretener más tiempo a Vuestra Alteza —dijo Rapella.
Y el príncipe:
—Nos veremos otra vez... Ya sabe el señor... Reválida para la incorporación de grados, pruebas de piedad..., juramento de defender el misterio de la Inmaculada Concepción, de condenar la impía doctrina del regicidio, la absurda soberanía del pueblo, el filosofismo anárquico..., juramento de no pertenecer ni haber pertenecido a ninguna sociedad secreta..., en fin, vea la _Gaceta_, decreto del 9 de abril... Adiós, señores...
XIX
Observaron al salir a la calle grupos de presurosa gente que iba de una parte a otra. Por las palabras sueltas que oían, coligieron que no lejos de Oñate, en las alturas que dominan el valle de Aránzazu, se estaban batiendo cristinos y facciosos. En la plaza eran más compactos los grupos, y de ellos se destacaban clérigos y militares que acudían a _Palacio_ y a la Universidad en busca de noticias. No querían hablar Rapella y Fernando de lo que les incumbía hasta no encontrar un sitio solitario; con feliz acuerdo metiéronse en la iglesia, donde había terminado el culto de la mañana, y recorriéndola, como que admiraban los retablos, la espaciosa nave y la capilla en que reposan los restos del fundador de la Universidad, sin más testigos que algunas señoras y ancianos entregados a sus rezos y meditaciones, charlaron cuanto quisieron, _sotto voce_, cuidando de disimular al paso de algún sacristán o clérigo rezagado.
—A lo que parece, se están batiendo ahí arriba —dijo Rapella—. ¡Qué bien me vendría que se llevaran estos caballeros una paliza fenomenal! Confío mucho en Córdova y su gente.
—Yo también. ¡Pero si les pegan y se ven obligados a salir de Oñate...!
—Mejor. Derrotados y fugitivos entrarán en negociaciones más fácilmente que envalentonados y triunfantes. ¡Duro en ellos!
—Pues si en mi mano estuviera, yo detendría en este momento la espada de Córdova. Me conviene el _statu quo_ para las averiguaciones que pienso emprender esta tarde misma: si está Negretti aquí; si le acompañan su mujer y su sobrina; si no le acompañan; si ha dejado la familia en otra parte; si ha depositado a la sobrina en algún convento...
—Calla, hombre, calla. ¡Si te enterarás al fin de quién es Rapella!... ¡Si cuando tú vas a un punto ya estoy yo de vuelta! Todo eso que quieres saber, ya lo sé yo... ¿Por quién me tomas? ¡A fe que tengo bonito genio para estar tanto tiempo ignorante de lo que interesa a mis amigos!
La aproximación de un sacerdote que se detuvo en medio de la nave mirándoles atentamente, les obligó a callar.
—¿Quieres saberlo? —prosiguió el siciliano, libre ya del importuno clérigo—. Pues déjame terminar lo que diciendo venía. Para tu asunto es indiferente que evacúen o no evacúen la gloriosa villa de Oñate, porque... vamos, aplacaré tu curiosidad: Negretti está aquí; tu niña, no... Ya te contaré cómo lo supe.
—Cuéntemelo usted ahora.
—Silencio, que nos mira aquel tío gordo que parece un fraile vestido de paisano. Conviene que nos arrodillemos y hagamos como que rezamos un poco... Mucho cuidado con esta gente.
—No me tenga usted en esta ansiedad —dijo Fernando de rodillas, persignándose.
—Repito que para tu asunto es indiferente —prosiguió Rapella dándose golpes de pecho—, y para el mío de gran interés que les arreen a estos caballeros una paliza muy gorda. No encuentro en don Sebastián las blanduras que yo creía: la amistad y el cariño que en Madrid me manifestaba se recatan ahora, se revisten, como si dijéramos, de una capa de desconfianza. Su ambición, que es grande y legítima, no se rinde a los reclamos de allá mientras de este lado tenga flores el árbol de la esperanza. Venga un cierzo que arranque toda la flor del árbol, y la ambición del príncipe no será tan arisca... Pero yo no he venido aquí a negociar solo con don Sebastián Gabriel. Traigo otro grande embuchado para su tío, el rey absolutísimo, de quien no sacaré jugo mientras esté boyante y entero. Pero si sufre un descalabro y le cojo por ahí, con las manos en la cabeza, entre el barullo de sus soldados fugitivos, cree que se le aplacarán los humos. La Santísima Virgen, su inspiradora y Generala, ha de aconsejarle que me oiga, y que acceda a lo que le propondré... Esto es más que reservado, y no esperes que te lo diga.
—Ni me importa saberlo. Lo que ha de decirme usted pronto...
—Voy... Pues supe que Negretti está en la Maestranza por el señor Roa, secretario de Su Alteza, con quien habló anoche más de una hora de cosas de Madrid, de Oñate y de medio mundo. Aquí, sobre todo, hay materia larga para la historia y la chismografía. Dos partidos que se aborrecen cordialmente, que sin cesar se vituperan, se calumnian, tirándose al degüello, minan el suelo del flamante Estado absolutista, y el mejor día vendrá el terremoto que todo lo convierta en ruinas. Pero vuelvo a tu asunto.
—Por Dios, sí..., me tiene usted en ascuas. ¿De modo que el señor Negretti está en la Maestranza?
—Y la Maestranza en la planta baja de la Universidad. Hemos pasado junto a esta oficina cuando subíamos a ver al Infante.
—¡Ay!, ya me lo dijo el corazón... Allí trabaja Negretti, allí estudia. ¿Acaso vive allí?
—Eso no lo sé. Lo que sí puedo asegurarte es que tu niña no está en Oñate. No se separa de ella la mujer de Negretti, que es una vascongada como un castillo. Hasta hace unos días hallábanse en Durango; pero tu Aura se puso malucha, calenturas leves, anginas, no sé qué, y su tía se la llevó a un pueblo de la costa.
—¿Cuál? ¿Qué pueblo es ese?
—El nombre no me lo dijo Roa; pero lo sabremos, descuida.
—Salgamos de aquí. Me ahogo en esta iglesia.
Echaron un vistazo al claustro y salieron por él a la calle, Rapella deseando noticias; Fernando ávido de aire, de ver cielo y luz. La opresión de su pecho no le dejaba respirar. Halláronse en aquella parte de la plaza donde está cubierto el río, el cual corre un buen trecho por cauce abovedado, metiéndose por debajo del claustro de la parroquia. En los pórticos de esta, y en el ángulo que forma con la mole del claustro, hallaron mucha gente, grupos en que se condensaba la ansiedad, la avidez de noticias. Allí, mirando a _Palacio_, residencia del rey (en aquel día ausente), mirando al Ayuntamiento, donde estaban el _Principal_, el Estado Mayor y además la oficina del llamado _Ministerio Universal_, los pobres _ojalateros_ ponían su alma en el suceso del día. En el centro del más nutrido grupo un clérigo alto y bastote exclamaba, abriendo los brazos:
—¡Si no puede ser, Señor, si no puede ser! Conozco aquel terreno palmo a palmo. Conozco las fortificaciones de Arlabán como si las hubiera parido, y declaro que son intomables.
—Eso mismo sostengo yo —dijo otro en quien reconoció Calpena a uno de los huéspedes de su posada—. Si la acción ha sido en Salvatierra, ¿cómo es posible que los nuestros hayan dejado desamparado San Adrián?... No puede ser, no puede ser.
—Para mí —apuntó un tercero, que era el mismísimo señor Modet, personaje en otros días de gran valimiento, entonces en desgracia—, de lo que ha tratado Córdova es de apoderarse del castillo de Guevara. Por aquella parte sonaba el gran cañoneo. Llevaban tren de batir.
—¡Pero si acaban de decirnos..., y esto es para volverse uno loco..., que Espartero marchaba a las diez de Salvatierra hacia acá, como en dirección de Elguea! No puede ser, no puede ser.
Y con el _no puede ser_ lo arreglaban todo. Metiéndose Rapella en el grupo con la oficiosidad urbana que sabía gastar como nadie, les dijo:
—Permítanme una observación, señores..., y esto no es discurrir por conjeturas; es fijar los hechos, hechos indudables que yo he visto. Vengo de los altos de Aloña, y puedo asegurar que se distinguen perfectamente los batallones de Su Majestad, corriéndose desde San Adrián hacia poniente. ¿No es lógico ver en este hecho una hábil estratagema de Villarreal para caer sobre la retaguardia del enemigo y destrozarla?
—Cabalmente: tal era mi idea —dijo muy orgulloso el clérigo, que no era otro que el propio Echevarría, alma del partido neto—. Y si Villarreal no ha hecho eso, ¿de qué nos sirve? ¿De qué le ha servido la escuela de don Tomás? No basta decir: «Me bato, soy valiente». Un general en jefe es una cabeza, señores, una cabeza que a cada momento debe inventar algún ardid para engañar al enemigo.
Y un señorete pequeñín, agobiado bajo el peso de un disforme sombrero de copa, sujeto de circunstancias que desempeñaba en Gracia y Justicia el negociado de _Títulos del reino_, expresó con biliosa amargura una triste opinión:
—¡Pero si aquí no tenemos cabezas, en lo militar se entiende!... ¡Si las que parecen llenas las guardamos en casa para simiente, y mandamos a la guerra las vacías!
—Prudencia, amigo Barbáchano, y vámonos en busca de la puchera, que es hora. Esta tarde sabremos la verdad, y Dios y la Virgen nos la deparen buena.
Saludáronse, y disuelto el grupo, Rapella y Fernando se fueron a comer a la posada. En la mesa no se hablaba más que del militar suceso, que cada cual arreglaba a su gusto, tirando siempre a la favorable. El bueno de Urra llegó hasta el delirio.
—Puedo asegurar como si lo hubiera visto, señores, que esta mañana, a eso de las ocho, Espartero iba en desorden hacia Ulibarri Gamboa, perseguido por Simón de la Torre... Y me consta también, ¡oído!, me consta, que el _Requeté_ embistió solo a cuatro batallones, matando todo lo que quiso, y que quedó sobre el campo un O’Donnell, coronel de _Gerona_, y la flor de la oficialidad cristina...
No producían los optimismos de Urra, expresados con vivísima fe, el entusiasmo de otros días, pues por entre las encontradas noticias y opiniones flotaba en el espíritu de todos una sombra negra, el presentimiento de un revés, cuya importancia no podía calcularse aún. Gelos, bilioso y cejijunto, había perdido el apetito, mostraba desconfianza de Villarreal, y no se recataba de sostener que fue gran disparate quitar el mando a Eguía, cuyo único defecto era el carácter arrebatado, las palabras violentas. ¡Caramelos!, que blasfemase alguna vez, bregando con soldados, no quería decir que fuese descreído. Al contrario, era hombre muy pío, soldado de Dios, incapaz de transigir con la revolución usurpadora. De otros no se podía decir lo mismo, y..., más valía callar.
Hizo gala el señor Rapella, en todo el curso de la comida, de su exquisita urbanidad, y para cada uno de los comensales tuvo una frase grata. Manifestó que se abstenía delicadamente, porque así se lo ordenaba su carácter diplomático, de expresar opiniones de _política interior_ y del _giro de la campaña_, aunque hacía votos por que el Altísimo bendijera las armas de Carlos V. Buscó y halló coyuntura para deslizar en la conversación algunas ideas que enaltecieran su personalidad a los ojos de aquellos inocentes funcionarios de un reino ilusorio. Véase la muestra:
—Créanlo ustedes: _en el extranjero_, todas las miradas están fijas en este naciente reino... Si algo vale mi opinión, no esperen ustedes gran cosa de Roma. ¡Roma, señores...!, la conozco bien... Roma es Roma, la cabeza del orbe católico..., pero por lo mismo, por su misión universal y divina, no puede volver la espalda resueltamente a un Estado establecido... ¿De Viena y Berlín qué he de decirles? Es un asunto este del cual me permitirán que no diga nada. Turín y Nápoles son amigos leales, y harán todo lo que puedan... Pero con quien hay que tener mucho cuidado es con Londres, con ese _Saint James_ astuto, cuyo poder en el concierto europeo es indudable. Ya sabrán ustedes que a Canning le ha sabido mal el decreto de Su Majestad Católica contra los extranjeros que sirven en el ejército cristino. Este decreto inhumano no puede ser grato a la Inglaterra; esperamos que el rey don Carlos acuerde su revocación; de eso se trata... Su Majestad, que es un entendimiento luminoso, se hará cargo de las razones que se le exponen.
Y cuando le incitaban a ser más explícito, más se complacía en dejarles a media miel. Urra y los dos que a su lado machacaban nueces, le oían con la boca abierta. Gelos, que siempre desentonaba, salió por este registro:
—Demos un par de golpes buenos con las armas; inspire la Virgen a nuestros caudillos; únase la espada de san Miguel a la de estos valientes, y me río yo de Vienas y Berlines, y de todas esas cortes que tan mal nos agradecen la gran obra emprendida por nuestro rey de aplastar la serpiente de la revolución europea. Porque aquí, para que usted lo sepa y pueda decirlo por esos mundos, estamos combatiendo contra el filosofismo, y una de dos: o perecemos todos, o el filosofismo y el ateísmo no levantan más la cabeza.
—¿Y tendremos el gusto de verle a usted muchos días en Oñate, señor de Rapella? —le preguntó Sureda rivalizando en finura con el siciliano.
—¡Ah, oh...! No depende de mí el permanecer mucho en residencia tan grata... Si Su Majestad viene esta tarde, y tengo mañana el honor de ser recibido..., no sé..., tal vez... Mejor que nadie comprende usted que no puedo precisar si Su Majestad me retendrá algunos días, o se servirá despedirme mañana mismo.
Una voz tonante gritó en la puerta del comedor:
—Señores, Su Majestad el rey entra en Oñate. Ya viene como a dos tiros de fusil de Golibán.
Tumulto, levantamiento general, golpeteo de innumerables patas de silla:
—¡A esperar al rey, a recibir y aclamar al soberano! —gritaron a una.
Y el comedor se quedó vacío, el no muy limpio mantel lleno de migas y cáscaras de nueces. El pájaro del reloj, asomándose a la ventanita y haciendo sus cortesías, cantó las dos.
XX
El esquilón de la ermita del Santo Cristo, situada al extremo del pueblo por el camino de San Prudencio, fue el primer bronce que anunció la llegada del rey, y bien pronto a su alegre clamor se unieron las campanas de la parroquia de San Miguel, de las monjitas de Santa Ana y de los frailes de Bidaurreta, de San Antón y de Santa Marina. La gente corría presurosa hacia la plaza y calle _Zarra_, por donde necesariamente había de entrar, y aunque le estaban viendo de continuo, ni de verle ni de aclamarle se cansaban los buenos oñatienses, que tenían la dicha, la gloria más bien, de ser convecinos del representante del trono legítimo y de la santa religión. Le querían de veras, sin conocerle más que como se conoce a las imágenes de iglesia, que no hablan ni se mueven, pues si hablasen, quizás muchas de ellas no tendrían tantos devotos.
Allá corrieron también Rapella y Fernando, metiéndose entre el gentío que aguardaba en la plaza el paso del rey de Oñate, y colocados en el mejor sitio, viéronle pasar caballero en un alazán de mediano pelo, llevando a su derecha al infante don Sebastián, que había salido a encontrarle; a su izquierda a González Moreno; detrás la turbamulta del Estado Mayor: ayudantes, Asesor general, Mayordomo de Palacio, y otros que iban vestidos de paisano con sombrero de copa. Don Carlos vestía de capitán general, con sombrero de tres picos, sin más insignia que la cruz de Carlos III. Era el único faccioso que por razón de su alta categoría no usaba boina. Aclamado por el pueblo con gritos castellanos y vascuences, que se mezclaban formando una algarabía discorde, saludaba con la afabilidad fría y austera que contribuía no poco a fortalecer su prestigio ante aquella raza creyente, grave. Al satisfacer su curiosidad, tuvo también Fernando la satisfacción de que el personaje resultara como él se lo figuraba; que es un gusto sorprender en la realidad un reflejo de nuestras ideas. Vio, pues, Calpena en la encarnación del absolutismo el tipo que se había forjado en su mente; la cara de Fernando VII con menos nariz, más quijada, el labio grueso, bigote y patillas cortas, la mirada fría y oscura, de las que no penetran ni alumbran, señal de entendimientos apagados. Bien podía expresar la mandíbula del rey, más larga que saliente, la terquedad, que hacía las veces de voluntad firme, y su mirar vago el fatalismo religioso, que ocupaba el lugar de las ideas. La prolongación del maxilar hacia muy desapacible el soberano rostro, sin llegar a la fealdad que al de su hermano daba la trompa que tenía por nariz. Uno y otro eran diestros jinetes; se asemejaban asimismo en la desmedida soberbia y en la contumacia de sus creencias acerca del derecho divino, como enviados al mundo para oprimir a estos desgraciados pueblos.
Hizo Calpena mental paralelo entre su tocayo _Narizotas_ y el llamado _Pretendiente_, llegando a la conclusión triste de que si hubiera un infierno especial para los reyes, en el más calentito rescoldo de este tártaro regio debían purgar sus pecados contra la humanidad estos dos señores, que simbolizando la misma idea, por la supuesta ley de sus derechos mataron o dejaron matar tal número de españoles, que con los huesos de aquellos nobles muertos, víctimas unos de su ciego fanatismo, inmolados otros por el deber o en matanzas y represalias feroces, se podría formar una pira tan alta como el Moncayo. En todos los países, la fuerza de una idea o la ambición de un hombre han determinado enormes sacrificios de la vida de nuestros semejantes; pero nunca, ni aun en las fieras dictaduras de América, se han visto la guerra y la política tan odiosa y estúpidamente confabuladas con la muerte. La historia de las persecuciones del 14 al 20, de la reacción del 24, de las campañas apostólicas y realistas, así como del recíproco exterminio de españoles en la guerra dinástica hasta el Convenio de Vergara, causan dolor y espanto, por el contraste que ofrece la grandeza de tan extraordinario derroche de vidas con la pequeñez de las personas en cuyo nombre moría o se dejaba matar ciegamente lo más florido de la nación.
Considerados en lo moral, grande era la diferencia entre Fernando y Carlos, pues la bajeza y sentimientos innobles de aquel no tuvieron imitación en su hermano, varón puro y honrado, con toda la probidad posible dentro de aquella artificial realeza y de la superstición de soberanía providencial. Trasladados los dos a la vida privada, donde no pudieran llamarnos _vasallos_ ni suponerse reyes cogiditos de la mano de Dios, Fernando hubiera sido siempre un mal hombre; don Carlos un hombre de bien, sin pena ni gloria. En inteligencia, allá se iban, ganando Fernando a su hermano, si no en ideas propiamente tales, en marrullerías y artes de la vida práctica. Las ideas de don Carlos eran pocas, tenaces, agarradas al magín duro, como el molusco a la roca, con el conglutinante del formulismo religioso, que en su espíritu tenía todo el vigor de la fe. De la piedad de Fernando no había mucho que fiar, como fundada en su propia conveniencia; la de don Carlos se manifestaba en santurronerías sin sustancia, propias de viejas histéricas, más que en actos de elevado cristianismo. En sus reveses políticos, no supo Fernando conservarse tan entero como cuando ejercía de tiranuelo, comiéndose los niños crudos; don Carlos mantuvo su dignidad en el ostracismo y en la mala ventura, y acabó sus días amado de los que le habían servido. Fernando se compuso de manera que, al morir, los enemigos le aborrecían tanto como le despreciaban los amigos.
Entró el rey en Palacio, la casa-solar de los Artazcos, en la plaza, haciendo esquina con la calle de Santa María, no lejos del trinquete o juego de pelota. Era un bello edificio señorial, del mejor estilo del país, con airosos contrafuertes terminados en pináculos. Allí le esperaban don Juan Bautista Erro y el improvisado personal de dignatarios políticos y palatinos. El gentío continuaba dando vivas a la religión, al ejército y al rey; pero este no se asomó al balcón, sin duda porque graves asuntos le solicitaron desde el instante de su llegada. Vio Calpena que no cesaba de entrar y salir gente de viso, presurosa, y en la calle se acentuaba la ansiedad por las noticias de Arlabán. A media tarde, las impresiones no eran ya muy optimistas, salvo en aquellos que no se convencían nunca, resistiendo heroicos a toda realidad desfavorable.
Salió de Palacio don Juan Bautista Erro con cara mustia, incapaz de disimular las malas nuevas que traía, y al punto fue rodeado por los curiosos. Calpena se introdujo lo más cerca posible, y le oyó decir:
—Nada, señores, no nay que apurarse, pues no se acaba el mundo por un revés pasajero. La acción sigue, y esperamos que Villarreal tome el desquite mañana mismo.
Y se abrió paso con esfuerzo de sus brazos vigorosos. Calpena le observó bien, admirando su alta estatura, no inferior a la de Mendizábal; como este bien parecido, de edad poco más o menos la misma, vestido con cierto esmero inglés. Como los liberales a don Juan Álvarez, los facciosos habían traído de Londres al señor Erro, movidos de su fama de gran rentista, y entró el hombre en el real de don Carlos prometiendo atar los perros con longanizas, terminar la guerra en seis meses, como el otro, y sacar dinero de debajo de las piedras. Luego resultó que todo era ensueños, cuentas galanas, humo... Acompañado de su secretario el capellán Ibarburu, salió también el señor Arias Teijeiro, hombre vulgar y antipático, que improvisándose faccioso después de haber jurado a Isabel y hecho en Madrid aspavientos de liberalismo, había ganado el corazón de don Carlos y era en su corte uno de los más furibundos _ojalateros_. Descollaba por querer meter en todo el formalismo burocrático, por el flujo de dar y quitar empleos, y fue una de las más inútiles y maléficas yerbas que crecían en el campo de la facción, estorbando allí donde no podían hacer daño. Pasó muy estirado y cejijunto entre la multitud, negándose a satisfacer la natural ansia de los vasallos del _Pretendiente_; pero menos discreto Ibarburu, que en ningún caso desmentía su índole locuaz, formó corro al instante para decir _ore rotundo_:
—Señores, hay que tener calma y no ver un descalabro en lo que es pura y simplemente... una fase, una peripecia de la acción, que no ha terminado todavía. Ya vendrá esta noche el conocimiento total de la batalla, que ha sido, que es, mejor dicho, empeñadísima, desarrollándose en una extensión de muchas leguas. Lo que puedo asegurar, pues de ello se tiene noticia exacta, es que las bajas de los cristinos han sido horrorosas..., horrorosas.