Part 8
Y en un grupo que se formó después, agregándose varias señoras, repitió el grande hombre lo de los _ochocientos reales_ que le bastaban para vivir con su familia en el _cottage_ que poseía a noventa millas de Londres. También dijo esto, que es histórico y consta como en escritura:
—Si tuve ambición de ser ministro, ya lo fui; y si hacemos el inventario, me parece que estamos mejor que lo estábamos cuando me hice cargo, en septiembre. Conmigo traje mucho; conmigo no llevaré nada más que ojos para llorar la desgracia de mi inocente familia, a quien por la cuarta vez he arrebatado cuanto le pertenecía. Mis enemigos me llaman honrado y patriota, y esto no es flojo consuelo. Conserve yo tales motes, y todo lo demás nada me importa.
Hablando con el propio Nicomedes y con Olózaga, que vaticinaban una trifulca próxima, y con ella la segura rehabilitación del partido de Mendizábal y su nuevo llamamiento al poder, se mostró escéptico, desilusionado, sin entusiasmo por los pronunciamientos y sediciones, y sin malditas ganas de volver a empuñar el timón de bajel tan desconcertado y peligroso.
—Siempre que mi patria me llamó —dijo, y esto es también textual—, me encontró. Nada quise, nada recibí, nada recibiré. Tengo parientes aptos para los empleos públicos: no los han obtenido; y para que no me llamen descastado, les formé un capital de mi pensión por lo que me pedían. En mi retiro, en mi rincón seré siempre feliz, y podré decir: _Hice lo que pude, lo que debí; nada le he costado a mi patria_.
A la una próximamente se retiró a su casa, cuya escalera subió meditabundo, triste. Su amor propio se resentía de la conmoción del porrazo. Creíase capaz aún de grandes cosas, y el no poder realizarlas, ni siquiera emprenderlas, le inspiraba coraje de sí mismo y lástima de la nación que tal hombre se perdía. Reconociendo sus errores, sus inexperiencias, de unos y otras se lamentaba en el sombrío examen de su caída. ¡Oh, si se pudiera empezar de nuevo!... Pensando en su fama, en la gloria que ambicionaba, no vio muy claro su nombre en las doradas páginas de la Historia. Pensó también en las calumnias con que le había obsequiado el vano vulgo antes de su fracaso, y se dijo: «A estas horas no habrá un solo español que crea que entro en mi casa con las manos absolutamente limpias... Por Dios que tan limpias las habrá, pero más no». Al verle salir de casa de Seoane, Joaquín María López había hecho con cuatro palabras el exacto retrato del ministro de la Desamortización: «_Alma candorosa y apasionada, cabeza fecunda en recursos, corazón a la vez de héroe y de niño_».
Traspasada la puerta de su morada, recibió, como una onda salutífera, el embate de calor doméstico. Niños, mujeres, salían a su encuentro, personas queridas, deudos y parientes. Entre la turbamulta distinguió una modesta figura, un anciano, que en último término permanecía, medroso de avanzar a saludarle: Era Milagro. Al reconocerle, no sin dificultad, pues no había exceso de luz en el recibimiento, don Juan de Dios expresó contrariedad y lástima...
—¡Por Dios, Milagro, usted aquí todavía! Cuando le dije que se pasara por mi casa esta noche y me aguardase en ella, no contaba con esta inesperada cena en casa de Seoane. Dispénseme, amigo mío. Le he dado a usted un plantón horroroso.
—No importa, señor —dijo Milagro humilde y atento—. Mucho gusto en servirle.
—¿Desde qué hora está usted aquí?
—Desde las ocho, señor.
—¡Y es la una! Carambo... Dispénseme.
—No importa, señor...
—Carambo, es usted el empleado _no importa_.
—Dice bien vuecencia: ese es mi lema... Las infinitas cesantías que he padecido me han obligado a adoptar esa fórmula de resignación.
—Pues ahora... Cuando las barbas de tu vecino veas arder...
—Sí, señor: ya..., ya he puesto las mías de remojo.
—Será ministro de mi ramo el señor Aguirre Solarte, buena persona... Agárrese usted como pueda... Bueno, pues no quiero detenerle más. Un momento, señor Milagro.
Hízole pasar a su despacho, y en pie los dos, el caído ministro dijo al vacilante funcionario:
—Pues le he mandado venir a usted porque pienso utilizar sus servicios en trabajos que preparo para la defensa de mi gestión ministerial, si, como presumo, soy atacado y acusado con mala fe... Y por de pronto, antes de encargarle las copias de estados y documentos que tengo ya en casa, me hará usted un favor de otra índole.
—Vuecencia me tiene a su disposición para todo.
—¿Conoce usted a ese Maturana, diamantista que fue de Palacio?...
—Es grande amigo mío.
—Perito en alhajas, tasador, comerciante...
—Y hombre de gran conocimiento en todo lo concerniente a pedrería y metales preciosos..., muy relacionado con la grandeza, con los marchantes extranjeros... Trabajó treinta y tantos años para la Casa Real.
—Y le despidieron el año 14 por afrancesado, por amigo de Godoy..., no sé por qué ni me importa. Vamos al caso. Puesto que es tan amigo de usted, búsquele mañana mismo. Le dice usted que Mendizábal desea hablarle..., tener con él una conferencia...
Dicho esto, el exministro permaneció un momento taciturno, fija la mirada en el suelo, oprimiéndose con dos dedos el labio inferior...
—Conferencia, sí..., que hablemos detenidamente de un asunto...
—Bien, señor. Mañana, de nueve a diez, estaré en su casa.
—Y si accede, como creo, me le trae usted... No saldré de aquí hasta las doce.
Con esto quedó despachado el buen don José. Al despedirle, don Juan Álvarez Mendizábal le vio con pena salir... Era el ministerio, la poltrona, la oficina, el diario trajín político que cesaban, se perdían en una triste lontananza absorbidos por el pasado. Suspiró don Juan... ¡Carambo, qué importaba! Mejor: salía del país, y entraba en la familia.
XIII
Ya cargaba don Javier Istúriz, en medio de un gran barullo, la cruz de la presidencia ministerial, llevando por cirineos a don Ángel de Saavedra y a don Antonio Alcalá Galiano, cuando el gran Nicomedes Iglesias, que ningún sendero veía para sus ambiciones fuera de la travesura revolucionaria, extremaba la oposición al gobierno en la prensa y en las logias, con la añadidura de su hablar malévolo en cafés y tertulias, que era la peor y más terrible arma. Una tarde del florido mayo le encontramos en _Solís_, perorando con todo el veneno del mundo, en la mesa del rincón, al frente de una pandilla de desocupados, de los que matan las horas arreglando el país entre terrones de azúcar y copitas de aguardiente. Asistían al sacro colegio, entre otros puntos, Eleuterio Fonsagrada, un amigote suyo sargento de la Guardia Real, cuyo nombre no hace al caso, y el tísico Serrano, que amenazado de cesantía, llamaba a Cachán con dos tejas. Menos pesimista en lo tocante a su enfermedad, porque los aires primaverales le habían remendado el destruido pecho, se forjaba la ilusión de seguir viviendo; pretendía nada menos que ascender, tener dinero, darse buena vida; y si esto no podía ser, vinieran pronto las catástrofes a hacer tabla rasa de todo. Que su cadáver y el del país, su pobreza y la de la nación, tuvieran una sola inmensísima tumba. Los tiros de aquel destacamento de patriotas, después de hacer gran destrozo en las cabezas ministeriales, apuntaban a más altas cabezas.
—Me parece —dijo Iglesias, medio ronco ya de tanto vociferar— que esa buena señora tendrá que volverse pronto a su pueblo, a esa Parténope con que nos han mareado los poetas.
—En ese caso —indicó Serrano, más ronco todavía que su compañero—, ¿conservaremos la Regencia una, o estableceremos la trina?
—Tan torcidas pueden venir las cosas —afirmó Iglesias dando a sus palabras una intención profética y misteriosa— que ni Regencia necesitemos. ¿Quién sabe lo que puede sobrevenir? Tales disparates hacen en _Palacio_ y tan ciegos están _allí_, que los cálculos y previsiones de los más expertos fallan... Esto es ya una casa de locos. ¿Adónde vamos? La honda no sabe a dónde irá a parar la piedra.
—Pues todavía falta lo mejor. Resueltamente deja el mando del Norte el general Córdova —dijo Fonsagrada—. ¿A quién nombrarán?
—A cualquiera —indicó Iglesias—. Para lo que ha de nacer, lo mismo da Pedro que Juan. Esta guerra no se acaba ya por los procedimientos comunes. Puesto que no tenemos un Hoche...
El auditorio se quedó suspenso: ninguno de los presentes sabía quién era Hoche...
—Mientras no se haga un escarmiento como el de la Vendée, nada se conseguirá por las armas. Tendrán que partir a España en dos reinos, quedando para los liberales, o sea para la _angélica_, los estados de Getafe y Alcorcón.
—Madrid —dijo Serrano con humorismo catarral, echando luengas babas— se constituirá en República de Capricornio, bajo la presidencia de mi coronado jefe don Eduardo de Oliván e Iznardi...
—¿Y ese, no quedará cesante?
—¡Hombre! ¡Qué cosas tiene Iglesias! ¡Cesante el esposo putativo de la de Oliván! Buena se armaba; sí señor, buena, buena, como dice Miguelito. Esa, sin ser de Parténope, tiene más poder que la señora de Muñoz, y como se le atufaran las narices, como le dejaran cesante a su Eduardito, crujía el Estatuto y se tambaleaba el trono angélico... Ya lo verán ustedes: no pasan tres días sin que el señor Aguirre Solarte le dé un ascenso al primer manso de Madrid. Ya sabrá ella manejar el tinglado. No hay cambio de situación sin que Eduardito dé un paso adelante en su carrera. Tiene la historia contemporánea claramente escrita en su cabeza, como los ciervos llevan la cifra de su edad en cada rama.... pues...
Echose a reír la pandilla, y Nicomedes afirmó que los tiempos eran desastrosos, que todo anunciaba próximos cataclismos.
—Lo que ocurre en todos los órdenes contradice la verdad y la lógica. La realidad es más peregrina que las invenciones de los poetas.
Trocádose han las cosas de manera que nos parece fábula la Historia.
—Pues espérense ustedes un poco —dijo el de la Guardia, no Fonsagrada, sino el otro cuyo nombre no hace al caso—, que ahora va a venir lo más gordo.
—¿Qué? —preguntaron todos ávidos de mayores desatinos, de mayores calamidades públicas y privadas.
—Pues que se están preparando los datos para demostrar que la señora doña Cristina..., chitón, que esto es muy delicado..., que la señora doña Cristina, no contenta con los dinerales que le dejó _Narizotas_, y queriendo meterse en mayores negocios de minas de carbón y saneamiento de marismas, ha hecho pacotilla de todas las alhajas de la Corona, para venderlas. Y que no era floja cantidad de pedrerías la que guardaban en Palacio los reyes, desde el que rabió: cientos de miles de diamantes, cientos de miles de esmeraldas, celemines de perlas, entre las cuales había una grandísima, que Felipe IV llevaba en el sombrero, y había costado una fortuna.
—Algo de eso oímos anoche en _Tepa_ —dijo otro, anónimo también, pues el mismo Iglesias no sabía cómo se llamaba, exejecutor de apremios, encausado tres veces—. Y a lo que parece, el señor Aguado, don Alejandrón, no ha venido a otra cosa que al negocio ese de las alhajas.
—Se asegura que el tal Aguado viene a establecer, con dinero de la reina, una línea de barcos de humo, digo, de vapor.
—Pues yo, francamente —declaró Iglesias, alardeando siempre de autoridad—, sin defender a doña Cristina del cargo de allegadora, sostengo que eso de las alhajas es paparrucha. ¡Si todo el tesoro de Palacio se lo llevó Murat!
—Así lo han dicho para despistar a los incautos. Murat afanó lo que pudo; pero se dejó lo mejor. En fin, ustedes lo verán.
—¿Y podrá probarse...?
—En ello andan. No están los palillos en malas manos.
Presentose en esto don José del Milagro con cara tan mustia que daba lástima verle. Al llegar a la mesa, dejó sobre ella un fajo de papelotes que bajo el brazo traía, y se limpió fatigado el sudor de la calva.
—¿Que traes, Milagrito? —le dijo uno de los tertulios, que con él tenía confianza—. ¿Por qué tan patibulario?
—No es preciso que nos lo cuente —indicó Nicomedes—, pues el pobre trae escrita en su cara la sentencia fatal.
—¡Cesante! —exclamó Serrano, lívido, esputando.
—Hoy, señores, hoy —manifestó Milagro lúgubremente—, al llegar a mi oficina..., ya me lo anunciaba el corazón..., me encontré el jicarazo. Ese perro de Aguirre Solarte declara en este papelejo inmundo que el Estado no necesita de mis servicios... ¿Saben ustedes a quién le dan el triste hueso que yo roía? Pues al niño mayor de Oliván. ¡Válgame Dios, qué familia esa!
—Si apenas le apunta el bozo.
—Pero le apuntan los botones en la frente —dijo Serrano.
—¡Luego se espantarán de que haya revoluciones!
—Y de que arda Madrid.
—Y de que reviente España como un polvorín, harta de estas vergüenzas y de tanta injusticia.
—Pueden creerlo —agregó otro, que no bajaba el embozo de la capa, muerto de frío en pleno mayo—, la Milicia está que trina.
—La desarmarán, hombre —dijo Iglesias con amargura pesimista—. Si ya hemos visto para lo que sirve la Milicia: para formar en las _Minervas_ y hacer tonterías.
—¡Desarmarla!... ¿A que no se atreven?
—¡Pues no se han de atrever! Y el día en que toquen a desarmar, veremos a los bravos milicianos escondiéndose en las carboneras de sus cocinas, o entre las faldas de sus mujeres... Ya pasaron los tiempos de la vergüenza miliciana. Ya no hay un don Benigno Cordero, comerciante de encajes, que con un puñado de valientes sacuda el polvo a toda una Guardia Real en el Arco de Boteros.
—Poco a poco —dijo el sargento incógnito—, no se permiten alusiones _maquiavélicas_... La Guardia de hoy no es como la de ayer, _órgano_ del despotismo. Hoy la Guardia es o será _órgano_ del pueblo...
—De Móstoles querrá usted decir.
—Digo y repito que el Segundo Regimiento, por lo menos, no _rendirá parias_ al absolutismo.
—¡Hombre, _parias_...!
—En el Segundo Regimiento, que es el más ilustrado, reina un espíritu...
—¿Cómo es ese espíritu? —dijo Serrano—. No será el _espíritu del siglo_, que ese lo tienen cogido los moderados.
—Un espíritu..., muy bueno.
—Entonces será el de vino, que es el mejor que se conoce.
Como recayese otra vez la conversación en lo de las alhajas de la Corona, tomó la palabra Milagro para expresar una opinión, según dijo, de autoridad irrebatible. La _señora_ era inocente de la sustracción y venta de pedrerías de Palacio, y las acusaciones que en tal sentido se le hacían enteramente gratuitas y mentirosas. ¿Quién probaba esto? Quien tenía medios sobrados de conocimiento para demostrar que el verdadero y único afanador de aquellos tesoros fue el _señor don Joaquín Murat_, general de mamelucos y después rey de Nápoles. Y por de pronto no decía más, aunque algo más sabía: la discreción, la confianza que en él habían puesto personas ilustres, le vedaban entrar en pormenores de asunto tan delicado.
—¿Es cierto, Milagrito —le preguntó el que más familiarmente le trataba—, que le estás ayudando a _don Juan y Medio_ a escribir la defensa de los planes que no realizó?
—Yo no pico tan alto. El señor Mendizábal me ha encargado ciertos trabajillos; pero yo no le escribo su _Defensa_: en todo caso, lo que haré será ponerla en limpio... Y ya que hablamos de don Juan de Dios, diré a usted que la mayor de las infamias es sostener y propalar, como hacen por ahí más de cuatro deslenguados, que el señor exministro ha movido este zafarrancho de las alhajas palatinas para vengarse de quien tan sin razón le ha despedido del gobierno...
—Pues la cosa es muy lógica —apuntó Iglesias—: don Juan debe tomar el desquite... Yo en su lugar...
—Usted en su lugar no lo haría, señor don Nicomedes —afirmó Milagro con gran entereza, dando porrazos sobre el papelorio que tenía en la mesa—, porque es usted caballero, ni más ni menos que don Juan Álvarez Mendizábal, y aquí estoy yo para sostener, como lo sostengo, que don Juan Álvarez no es el que ha levantado esta polvareda contra la Gobernadora, sino el que se propone arrojar sobre el susodicho polvo un gran jarro de agua. Sí, señores y amigos: ese grande hombre, esa alma nobilísima, le dirá pronto a Su Majestad: «No te apures, hija, que yo, yo, el caído, el despedido, me dispongo a demostrar al mundo que no tienes arte ni parte en esa distracción de las piedras finas de tus mayores. Estate descuidada, que yo pago de este modo los agravios que recibo. Yo, Juan Álvarez y Méndez, caballero que tiene la verdad por Dulcinea, yo, yo..., yo lo demostraré».
Decía esto Milagro con grande vehemencia, dándose un fuerte golpe en la caja del pecho cada vez que pronunciaba un _yo_. Después le ofrecieron un vaso de agua, y apagó, bebiéndolo sin respirar, el volcán de indignación que en su seno ardía.
—No me parece inverosímil —dijo Iglesias— lo que Milagro nos cuenta. Mendizábal será lo que se quiera: un loco, un arbitrista, un hombre de triquiñuelas y de golpes de efecto..., pero le tengo por la persona más decente que ha calentado una poltrona ministerial... Por lo que usted nos dice, amigo don José, don Juan le amparará en su cesantía encargándole trabajillos...
—Espero que Su Excelencia no me abandonará. Con eso y mis traducciones daré de comer al ganado de casa. Vean lo que acaba de entregarme el editor don Tomás Jordán para que se lo traduzca: _El último Abencerraje_ y las _Cartas Persianas_. También llevo números de _El almacén universal_, para traducir articulitos de relleno, que me toma el amigo Mesonero para su _Semanario_, sin perjuicio de las leyendas caballerescas que pienso escribir para el mismo, género que gusta mucho. Ya tengo los _Infantes de Lara_ y _La peña de los Enamorados_... Haré tres o cuatro docenas; todo de asunto español, romántico, pero con buen fin.
—Sí —dijo Serrano—: todo torreones, reinas enamoradas, alguno que otro moro, y luego el indispensable laúd, que lo lleva y lo tañe un individuo que en los grabados nos pintan con medias muy ceñidas y unos zapatos de larguísima punta... Señores, yo pregunto cómo se podía andar por los caminos con semejante calzado...
En las convulsiones de la tos que le ahogaba, seguía diciendo:
—Me pongo furioso, furioso..., cuando me quieren hacer creer que hubo hombres..., ¡qué barbaridad!..., hombres que andaban en tal facha por los caminos... Mentira, mentira todo... Me ahogo... ¡y con laúd a cuestas!...
—Pero, Serranito —le dijo Iglesias, zumbón—, ¿qué nos importa que en la _Edad Media_ usaran, para andar de viaje, zapatillas puntiagudas? ¿O es usted de los que no creen en los _siglos medios_? Pues mire, aquí viene Ibraim, morisco auténtico, trasconejado...
—Es un caso de _metempsícosis_, como dice Juanito Donoso.
—Creo yo que este era uno de los que acarreaban ladrillo para la construcción de la Giralda.
—Hombre, no: era la acémila que llevaba los trastos de san Fernando y el cofre de doña Berenguela, cuando iban de viaje... Chitón, que ya le tenemos encima.
XIV
Acercábase Ibraim a la mesa, diciendo: «_Cabayeros_...», y al instante empezaban todos a divertirse con su credulidad y falta de seso, encajándole bolas terribles, que ningún estómago, como no fuera el del proceroso castrense, habría podido digerir. Muestra de paparruchas: Aquella misma tarde había junta de rabadanes de la Milicia para acordar el momento preciso de echarse a la calle toda la fuerza popular, proclamando la _Niña bonita_, o sea la Constitución del 12, _el mejor de los códigos_... Ya estaban de acuerdo Quesada, Van Halen, Rodil, el duque de Almodóvar, el de Ahumada y otros generales para secundar el movimiento, fraternizando tropa y milicianos... Se le daría el canuto a doña María Cristina, constituyendo, no Regencia triple, sino Directorio, formado por don Evaristo San Miguel, Palafox y el divino Argüelles. Luego sería nombrado Palafox _Primer Cónsul_... Del general Córdova decíase que se había pasado a don Carlos con parte de su Estado Mayor. Olózaga formaría el primer ministerio del Directorio, con don Eduardo Oliván de ministro de Hacienda, y el infante don Francisco de Marina... La Guardia Real se llamaría en lo sucesivo _la Guardia amarilla_, uniformándose de este color... Y el rudo capellán tragaba, tragaba, salvo en los casos de excesiva magnitud del notición que se le quería ingerir. Después él, llevando la información a otros círculos, lo trabucaba todo, y hacía unos pistos que corrían por Madrid y llenaban de confusión a los ciudadanos pacíficos. En el fondo no era mal hombre; a su amigo don Pedro no le guardaba rencor por la violenta escena y acometida de marras. Siempre que iba a la _mesa de Solís_, preguntaba a Iglesias con vivo interés por el señor de _Jiyo_.
Este no parecía ya por los cafés; pasaba el tiempo en casa, revisando las cartas de la incógnita, y poniéndolas por orden de fechas en paquetitos cruzados con balduque, o bien se iba despacio, solito, por las afueras, meditando en su triste suerte. Sus noches eran casi siempre malas, y las pasaba de claro en claro, sin poder conciliar el sueño. Padecía de un mal que tiene su denominación retórica, como achaque de poetas y de los héroes trágicos y épicos, y consiste en la presencia de personajes imaginarios que hablan, sombras de entes que han existido, y que vuelven a este mundo a manifestar algo de interés para los vivos. A tal forma de personificación llaman los eruditos _idolopeya_. Comúnmente, a don Pedro se le aparecía la incógnita en forma cadavérica, que dejaba entrever su hermosura, y se ponía a decirle cosas... «Me he muerto... ¿No ves que soy difunta?... ¡En buena te he metido, pobre capellán de secano!... Bien hubiera querido evitarlo; pero como me morí tan de repente..., ya ves... No puede una dejar de morirse cuando Dios lo dispone... Hice un gran esfuerzo por vivir un poco más, anhelando decirte lo que debía, y librar tu alma de tan grande zozobra, pobre clérigo; pero no pude..., y me morí pensando en ti y en él... ¡Pobre Fernando!, ¿qué hará?... Me maldice... Mi alma no halla la paz; la muerte no me ha dado el descanso... Horrible pena, ansiedad sin nombre me hacen insensible a las llamas del purgatorio. No me duelen las quemaduras: me duele la conciencia... Pedro Hillo, perdóname...». Recitado este parlamento u otro no menos espeluznante, la sombra se iba por donde había venido, y don Pedro se cubría la cabeza con la sábana, tratando de evitar la repetición de la _idolopeya_.
Por fin, ¡alabado sea Dios!, cuando él menos lo pensaba, tuvieron término feliz las angustias del bendito sacerdote, víctima de su inmensa bondad. La misma tarde en que ocurría la escena de café que poco antes se ha referido, quiso espaciar su ánimo don Pedro, y tiró hacia el Campo de Guardias, en cuya aridez esteparia estuvo dando vueltas y más vueltas como una media hora, deletreando los cardos y yerbecillas petisecas del suelo, hasta que sintió un deseo, una indefinible comezón de volverse a Madrid y a su casa. Ya caía la tarde cuando entraba por la Puerta de Fuencarral. En la calle del mismo nombre detúvose para comprar papel de cartas, pues tenía propósito de reanudar la comunicación epistolar con los parientes que le quedaban en Zamora; compró asimismo una cajita de obleas, y avivó después el paso hacia su domicilio, pensando en que para distraerse y evitar las _idolopeyas_ se pasaría la mayor parte de la noche escribiendo.
Pues, señor: llega mi hombre a la casa de Méndez, y al abrirle la puerta, Delfinita le da el jicarazo:
—¡Vaya unas horas de venir! Aquí ha tenido usted una señora esperándole toda la tarde.
El estupor de don Pedro fue tal, que se le atragantó la palabra. Creía soñar. Añadió la chica nuevas explicaciones, conduciéndole a su cuarto, pues el pobre clérigo no sabía por dónde andaba y se daba de hocicos contra las paredes.
—¡Una señora!... ¿De qué clase?... ¿Gran señora..., mujer..., criada?
—Bien vestida..., muy decente. Madre dice que parece criada de personas muy principales. Cansada de esperar se ha ido, dejando una carta. Mañana volverá por la contestación.
—¡Una carta!... Delfinita de mi alma, no bromees... Por Dios, una luz... ¿Dónde está esa carta?..., yo no la veo..., no veo...