Part 11
No acobardado del mal cariz del cielo, ni de la nieve que en espesa capa cubría la tierra, marchó resueltamente hacia el norte en busca del paso del Ega más próximo, que era el de Acedo. Escasos dineros llevaba: dos pesetas columnarias, y una regular porción de cuartos. Sus víveres eran un pan con chorizo entre la miga, que al salir le dieron los Pitillas; su compañía, sus pensamientos y el garrote. No llevaba media hora de marcha, cuando empezó a ser atormentado por una idea, y esta no le abandonó hasta el fin de la jornada. Era como un compañero de viaje que al compás de los pasos, y convirtiendo en voz humana el singular crujido de la nieve bajo los pies, le hablase al oído. ¿Qué decía? Pues que en el bolsillo del balandrán que puesto llevaba, generosa ofrenda de los Pitillas, había, cuando se lo dieron, una carta olvidada. Recordaba que en el momento de tomar la prenda de ropa de manos de la vieja, había registrado los bolsillos, encontrando en ellos un pedazo de yesca, dos cuartos, y un papel escrito. Rompió el papel la anciana, sin que a él se le ocurriese impedirlo, por no sospechar que pudiera ser interesante. Pues bien, al ponerse en camino dio en pensar que el papelejo era una carta de la persona cuyo nombre, pronunciado inopinadamente aquella mañana, había removido su ser todo. La hija de Ulibarri escribía muy mal, y firmaba solo con la sílaba _Me_, abreviatura de Salomé, con que de niña la nombraba su abuela. «Parece que es esto obra del demonio —pensaba—. Ahora veo los pedazos del papelejo, rotos y echados al viento por señá Martina, y creo recordar, creo recordar..., como no sea esto una artimaña del espíritu maligno..., creo recordar que en uno de aquellos pedacitos, que volaba delante de mis ojos, estaba escrito: _Me_... Y yo digo: ¿esto del creer recordar, es como recordar verdaderamente? Si vi pasar la palabra _Me_ por el aire, ¿cómo no me causó la impresión que ahora me causa el querer recordarlo? Luego no hubo tal palabra... ¿Y no podría suceder que viera la sílaba sin darme cuenta de lo que significaba?...».
Por todo el camino, sobre la blancura inmaculada de la nieve, fue viendo algo como huellas de una cabra, un signo que evidentemente decía: _Me, Me, Me_...
XX
La noche le cogió en el arrabal de Acedo: pidió y le cedieron albergue en una choza humilde, y a la mañana siguiente, muy temprano, se agregó a una cuadrilla de campesinos que le llevaron en borrico unas cuatro leguas. El tiempo había mejorado; pero al deshacerse la nieve, los caminos y senderos se ponían intransitables. Sin desmayar por esto, el peregrino seguía, y a medida que se aproximaba a las alturas de la Améscoa, iba encontrando gente que iba o venía, caballerías cargadas de provisiones, y alguna descubierta de soldados a pie o a caballo. En Galbarra encontró a dos conocidos, el uno aragonés, el otro navarro, y por ellos se informó de las posiciones de la tropa, sin dar a entender que deseaba conocerlas para evitar su encuentro. Agregaron que el Cuartel Real estaba en Artaza, y que allí permanecería cuando el ejército saliese a operaciones, pasada la fiesta de Navidad. Con estas noticias determinó emprender un largo rodeo, a fin de meterse en Artaza sin pasar por los pueblos donde acampaban las tropas de Zumalacárregui. Esto le ocasionó una tardanza de tres días, durante los cuales iba viendo el _Me, Me_, ya representado por la huella de cabras, ya por letreros diferentes, trazados con negro en esquinazos de iglesias o en tapiales de caserones.
Llegó a Artaza de noche. El pueblo dormía; los centinelas obligáronle a esperar el día para entrar en las calles, y arrimose a un vivac, donde encontró conocidos y amigos, entre ellos uno del propio Oñate. Este le notificó que se le tenía por muerto en la batalla de Arquijas, y que el señor Arespacochaga había mandado echarle responsos. Hablando de operaciones, díjole el mismo que pasada Navidad se emprendería la guerra por la parte de Guipúzcoa, donde andaban muy envalentonadas las divisiones de Espartero y Jáuregui.
No sentía Fago ningún interés por estas noticias de guerra; pero se guardó de dar a conocer su desencanto. Tales confianzas no podía tenerlas más que con su protector y amigo, el señor Arespacochaga, ante quien se presentó por la mañana, no causándole menos impresión que si fuese alma del otro mundo. Era el tal cortesano de don Carlos persona de muy cortas luces, ambicioso forrado en beato, de ideas comunes y palabras rebuscadas y ampulosas. Su edad no pasaba de los cincuenta años; era de buenas carnes, de rostro frío y redondo, afeitado; facciones que podrían llamarse eclesiásticas, con la salvedad de que carecían de toda expresión mística. Su mirada se esforzaba en ser aguda y luminosa; pero no lograba la vanidad lo que solo es privilegio de la inteligencia: resultaba un mirar de desconfianza oficinesca, o de comerciante en mercedes palatinas. Usaba en el trato social tosecillas, pausas, caídas de ojos, y otros medios auxiliares de expresión que conceptuaba indicadores de pensamientos recónditos: realmente eran un juego que respondía a la vaciedad de su inteligencia. Y como había otros más negados que él, para estos tenía un repertorio de frases comunes, adquiridas en lecturas o cosechadas en el trato de otros prohombres burocráticos, las cuales le servían para deslumbrar a la muchedumbre de casacón y sombrero de tres picos, que es sin duda la más fina y selecta variedad en la familia extensísima del humano vulgo.
Pues bien: serían las nueve de la mañana cuando el asendereado presbítero se presentó al señor Arespacochaga, el cual habría desmentido su carácter si no le recibiera con toda la gravedad que gastar solía, así en los actos ordinarios como en los más solemnes de la vida. A poco de entrar Fago, sirvieron a los dos el chocolate. Su Excelencia oyó, frunciendo el ceño, las explicaciones que el capellán le diera de su desaliento militar, de aquella inesperada fuga, que parecía una deserción, pues no estando herido debió incorporarse inmediatamente al 5.º de Navarra.
—Con estas cosas, señor de Fago, y estas rarezas de su carácter —dijo el consejero de Castilla— me ha puesto usted en ridículo, pues yo le aseguré al señor general en jefe que usted era un gran soldado y un sagaz estratégico: así me lo manifestaron personas que le conocen desde su juventud. Y ahora pregunto: ¿usted sirve o no sirve para las armas? Porque si en el terreno militar no ha de hacer nada en gloria y provecho de nuestro augusto soberano, lo mejor será que vuelva a ponerse la sobrepelliz y procure sernos útil en la esfera eclesiástica...
—Señor —replicó Fago con efusión humilde—, yo no sirvo: ni en una ni en otra esfera podré hacer nada de mediano provecho.
—Pues entonces, ¿a qué aspira usted?
—Aspiro a encerrarme en un recogimiento, y a dar de mano a todas estas contiendas, así políticas como militares, pues unas y otras las creo de una vanidad absoluta.
—Hubiera usted empezado por manifestarme esas ideas egoístas —dijo el consejero sin mirarle— y yo no le habría sacado de Oñate. Le tuve por un gran hallazgo, como hombre de inteligencia; después salimos con que era usted hombre de acción, y, a la primera prueba, nos resulta fallido... Hábleme con franqueza: ¿es que le falta a usted la primera condición de todo militar, el valor?
—De sobra he tenido esa cualidad en algunos momentos; en otros, la verdad, me ha faltado.
—Pero yo pregunto: ¿el valor personal, el arrojo del soldado, son indispensables en quien, como usted, según repetidas veces me han dicho, descuella por el sentido estratégico y las combinaciones?
—El valor personal es necesario siempre. Sin él todas las aptitudes guerreras no sirven para nada.
—Hombre, hombre..., no estamos conformes... Y yo pregunto: ¿cree usted poseer la ciencia estratégica, ese don innato, ese...?
—Francamente, señor, creí poseerla: en mi obcecación y soberbia llegué a imaginar que los pensamientos del general en jefe no eran más que una reproducción de mis propios pensamientos; pero ya me he curado de esa presunción ridícula... Yo no sé nada; yo no sirvo para nada.
—Hombre, hombre... Pues estamos bien. Me deja usted lucido... Aquí nos desvivimos por traer a la causa todos los elementos útiles, así religiosos como políticos y militares; descubro a Fago; creo haber hecho una adquisición, y ahora, usted mismo, con esa santa pachorra, me dice: «Señor, soy un necio», lo que significa que más necio fui yo al considerarle discreto.
Al llegar a este punto, el señor Arespacochaga, apurado el chocolate, y bebida con gran fruición el agua, empezó a medir la estancia, las manos a la espalda, jugando con los faldones de su larga levita. Fago continuaba sentado, y aun mojaba bizcochitos en el soconusco.
—No, no, señor mío —prosiguió el cortesano, alardeando de penetración y agudeza—, aquí hay algo que usted no quiere decir, algo que se propone ocultarme con esos artificios de su ineptitud, de su supuesta cobardía, etc., etc. Aquí hay algo, y yo, que veo mosquitos en el horizonte, veo el oculto pensamiento de usted, y le demostraré ahora mismo que a todos engañará, pero a mí no.
—Ni a usted ni a nadie —dijo el capellán mirando fijamente al consejero, el cual se paró ante él, y puso entre ambos una silla, en cuyo respaldo reforzaba con golpes sus severas palabras.
—Toda esa historia que usted me cuenta es una fábula grosera con que quiere ocultarme sus recientes inclinaciones al cristinismo, al liberalismo, al bando infame contra el cual peleamos... ¡Ah!, es esto, y no puede ser otra cosa... ¿Por qué no lo dice usted claro?
—Ni claro ni oscuro puedo decirlo, porque no es verdad. Grandes turbaciones he sentido; pero eso..., líbreme Dios. ¡Yo cristino, yo liberal! Señor don Fructuoso, es usted conmigo injusto, cruel, despiadado.
—¿Me negará usted que estuvo en el campo de Córdova en la mañana siguiente al combate de Arquijas?
—Estuve, sí señor, porque me perdí..., porque...
—Se perdió usted..., y tan perdido... Ya lo veo.
—Si yo me hubiera pasado al cristinismo, no estaría en este momento donde estoy...
—Es que..., bien podría suceder que acá se nos viniera con fines de espionaje... Valor se necesita para ello... De su conducta, señor capellán, deduzco que usted podrá ser todo lo que se quiera, pero cobarde no es.
—Sí que lo soy, señor don Fructuoso —dijo el otro poniéndose en pie—, pues usted me injuria gravemente, usted me llama espía, y yo... lo aguanto; yo... continúo respetando al que ha sido mi protector y mi amigo.
Viendo pasear al consejero con las manos en los faldones, Fago se sintió acometido de un vivísimo impulso: coger a su protector, y tirarle por la ventana.
—Permítame usted que me retire —le dijo, temiendo que su sangre impetuosa le lanzara bruscamente a una brutal acción.
—¡Ah!, no... ¿Cree usted que he concluido? ¿Cree que renuncio a obtener las explicaciones que estimo pertinentes?
—¿Explicaciones? Ya las he dado todas.
—Ahora lo veremos. Siéntese usted... Considere que, si se me alborota, me será fácil mandarle preso..., y un consejo de guerra decidirá si el curita Fago es simplemente un desertor medroso, o un valiente vendido a los enemigos de la fe.
—Mándeme, si gusta, al consejo de guerra, pues nada temo, ni me importa. Que me juzguen como quieran.
—Le digo a usted que se siente, y oiga.
—Oigo sentado...
—Pues... yo pregunto al capellán Fago: ¿quién es una mujer, una mujer digo, que la víspera de la batalla de Arquijas, se presentó en el Cuartel Real pidiendo noticias de usted?
—¿De mí?... ¿Una mujer? Lo ignoro —replicó el capellán palideciendo.
—Y bien se comprendía que no preguntaba la tal por un desconocido. Su lenguaje y el interés de sus interrogaciones demostraban confianza y antiguo conocimiento con el señor capellán.
—¿La vio usted? —dijo Fago con apagada voz, tragando saliva—. ¿Qué señas tenía?
—Alta, buena presencia, ojerosa..., vestida de negro.
—¿Edad?
—Como unos veinticinco años..., quizás menos.
Y creyendo ver en la intensísima palidez del clérigo indicio seguro de culpa, prosiguió con hueca severidad:
—Le vende a usted su turbación, y todo lo que diga no le servirá más que para enredarse en sus propias mentiras.
—Yo no miento... Por las señas, esa mujer es la hija de Ulibarri...
—¿Y cuándo hizo usted conocimiento con ella?
—¡Ah!, es cosa muy antigua, anterior a la época en que abracé el estado eclesiástico.
—¿Y que clase de relaciones...? ¿Se puede saber...?
—Se puede saber; pero no se sabe, porque yo no he de decirlo, ni a usted le importa nada ese asunto, enteramente personal y que nada tiene que ver con la guerra.
—¿Que nada tiene que ver con la guerra? Muy pronto lo dice.
—Lo digo y lo sostengo, sin más explicaciones.
La actitud resuelta y valiente del aragonés desconcertó al señor Arespacochaga, que se pasaba la mano por la frente, anunciando con este movimiento la pronta emisión de una idea luminosa.
—Si no se tratara más que de los grandísimos pecados mortales cometidos por usted en su vida de seglar licencioso, nada tendría que decir. Debo creer que usted limpió su conciencia de aquellos crímenes contra la ley de Dios, y que fue absuelto en el tribunal de la penitencia. Pero no se trata de eso. La mujer de quien hablamos no es, no puede ser extraña a la deserción de usted, ni a su visita al campamento enemigo.
—¡Qué absurdo! Pruébemelo usted.
—A eso voy. Dos días antes de aquel en que se presentó en Orbiso la señora esa, se recibió una carta dirigida al capellán don José Fago.
—¿Y la abrió usted?
—Naturalmente. Su Majestad me ha encargado del servicio de correos y policía. El estado de guerra me autoriza a leer todas las cartas, y mayormente las de mis subalternos. Usted es mi capellán; pero aunque no lo fuera..., aunque no lo fuera... La carta, muy mal escrita, le decía a usted que saliera al anochecer a la primera venta que hay en el camino de Antoñana, _Parador del Manco_ se llama, donde la firmante le esperaba para hablarle de un asunto.
—¿Y firmaba...?
—Firmaba _Me_.
XXI
—Es ella, es ella —dijo Fago poseído de febril inquietud, levantándose para espaciar su espíritu y respirar fuerte—. Pero, pero...
—¿Pero qué?... No sabe usted por dónde salir.
—¿La carta...?
—La mandé a su destino, y por mis vigilantes supe que el señor capellán acudió a la cita.
—Eso no es verdad, como no lo es que yo recibiera tal carta: se lo juro. Tiene usted un servicio de espías detestable. Le han engañado, señor mío.
—Para que vea usted que soy leal y que no quiero cogerle en una trampa —manifestó el consejero empleando toda su gravedad—, le diré que mis informes sobre el particular no son de los que alejan toda duda. Al punto de cita acudió un hombre de balandrán. No me han asegurado que fuese usted. Bien pudo suceder que la señora _Me_ citara a varios clérigos para celebrar algún concilio, o junta de rabadanes.
Esta broma no le pareció bien a Fago que sentándose otra vez dio un golpe en la silla que les separaba, diciendo:
—La señora _Me_ no tiene por qué celebrar concilios, ni es persona capaz de andar en tratos de mala ley, en enredos políticos o militares.
—¿Que no? ¿Se atreve usted a decir que no? Pues sepa que esa señora pasó la noche del 14 al 15 de diciembre en el alojamiento de los ayudantes del general; sepa usted que algunos días antes, el 10 o el 11, estuvo en Los Arcos en compañía del capellán de Gerona, con quien parece ha vivido o vive en gran intimidad. Es indudable que ha pasado de un campamento a otro, trayendo y llevando recados. Hay sospechas de que para sus espionajes se disfraza de monja, en compañía de otra mujer, figurando que pertenecen a la comunidad de dominicas de Los Arcos, desalojadas por los cristinos... ¿Qué tiene usted que decir? ¿Por qué me pone esa cara de estupor y atontamiento?
—Pongo esta cara porque realmente me siento atontado y estúpido. Paréceme que sueño; que oigo contar cuentos de duendes y trasgos. Yo me vuelvo loco, señor Arespacochaga, y no sé si creer o no creer lo que escucho.
—Pues yo, en mi sano juicio, sostengo que esa señora, disfrazada de monja, se ha visto con usted el día antes de Mendaza, quizás el mismo día, y le ha inducido a llevar proposiciones de componenda, quizás de traición al general don Luis Fernández de Córdova. Y usted ha visto a Córdova, no me lo niegue, y usted, antes de venir aquí, ha llevado a Zumalacárregui algún mensaje del jefe cristino, y usted...
—Señor mío —dijo el capellán con acento solemne, dueño de sí, no turbado ni balbuciente, sino con la energía y el aplomo de quien expresa la verdad, y pone la verdad sobre todas las cosas, sin exceptuar la vida—, yo, José Fago, por la orden sagrada que recibí, ante Dios que ha de juzgarme, ante los hombres a quienes entrego mi vida, juro que estoy inocente de todo delito de traición y espionaje, que no he visto a Córdova ni a Zumalacárregui, que no he visto a esa mujer a quien suponen ocupada en traer y llevar recados de uno a otro campamento, que todo lo que usted me cuenta es absolutamente desconocido para mí. Y si no es verdad lo que juro, que me mate Dios ahora mismo, y mande mi alma a los infiernos; y si usted no me cree, disponga que me lleven ante un consejo de guerra y me fusilen inmediatamente, pues para nada quiero una vida calumniada. Honrado soy en mi conciencia, y me basta; por eso no temo la muerte; casi la deseo, y matándome se me da la gloria del martirio, que apetezco, que ambiciono.
Esta vez fue Arespacochaga quien palideció, afectado por la actitud arrogantísima del capellán, por su voz entera y vibrante, por el fuego de sus ojos.
—¿Me cree usted o no me cree? —añadió Fago dando un paso hacia él.
No quiso el consejero dar su brazo a torcer tan pronto, ni declarar el efecto que la solemne manifestación del aragonés le había producido. Dominando su turbación, echó mano de su gravedad, del recurso de las medias palabras que nada dicen, y parecen revelar pensamientos hondos...
—Tengamos calma... Yo opino... ¿Cree usted que a mí se me engaña..., que no sé distinguir?... Poco a poco. Ya sabe que le aprecio, que le he protegido, que mi mayor gozo es verle triunfante de la calumnia...
—¿Me cree usted, sí o no?
—Calma, señor capellán... Puede que de esta conferencia salga la certidumbre de que no es usted traidor... Yo la deseo..., estoy dispuesto a admitir todas las explicaciones razonables.
—Y hay más —declaró Fago con enérgica resolución y acento firmísimo—: creo que todo eso que a usted le cuentan sus espías y polizontes, es falso. Unos por congraciarse con sus jefes y aparentar servicios ilusorios, otros por la recompensa pecuniaria que se les da, le traen a usted mil embustes y enredos... No hay, no hay, no puede haber tales tratos entre el ejército de la legitimidad y el ejército impío; yo lo niego: le engañan a usted, abusan de su credulidad, señor don Fructuoso.
—¡Carape!..., ahora sí que tengo a usted por un inocente, digno de que le entierren con palma —replicó el consejero alardeando de hombre agudo, sabedor de secretos gravísimos—. Admito..., ya ve usted si le considero..., admito que mi capellán no tenga parte alguna en esos enjuagues y componendas... Las manifestaciones que usted acaba de hacerme serían una hipocresía monstruosa si no fuesen verdaderas. Admito su inocencia, señor Fago; pero dudar de que existen proyectos contrarios a las grandiosas aspiraciones de nuestro rey augusto..., ¡ah!..., eso no, eso no puedo dudarlo; porque en mi mano tengo más de un hilo, que me traerá el ovillo de esta indigna conjura. Todos los servidores de Su Majestad no tienen el mismo grado de fe y entusiasmo. No diré que nos vendan al enemigo, eso no... Pero algunos, o por falta de convicción, o por exceso de soberbia, buscan la alianza con determinados personajes cristinos, proponiéndoles concesiones políticas, señor mío; ofreciendo cosas tan absurdas como el otorgamiento de una Constitución prudente, y libertades que no están ni pueden estar en nuestro programa, porque son contrarias al dogma religioso... Total: que se quiere acelerar el triunfo de la causa, por medio de un arreglo en el cual quedarían por el suelo las sagradas prerrogativas de nuestro soberano... Y yo pregunto: ¿triunfar de ese modo, es verdadero triunfo?
Fago no chistó. Las ideas expresadas por su patrono eran de tal extrañeza y novedad que no podía, sin mayor detenimiento, admitirlas ni rechazarlas.
—No hablo de traición, no —dijo el consejero en el tono de quien no quiere manifestar más que una parte de lo que sabe—, porque si ha llegado la hora de las intrigas, no ha llegado, ni quizás llegue, la hora de las traiciones. ¿Me entiende usted? Yo pregunto: ¿las operaciones de nuestro ejército obedecen a un plan conveniente y práctico? Yo creo que no. No se necesita ser estratégico de profesión para comprender que, derrotada la impiedad en Arquijas, nuestros soldados vencedores debieron perseguirla en el camino de Los Arcos, batirla aquí y en Viana, y después acometer sin miedo el paso del Ebro por Logroño, o por Cenicero, si el paso de Cenicero se creía más seguro. ¿Usted qué opina?
—Que por Cenicero.
—Y cuando todos creíamos que Zumalacárregui operaría sobre Los Arcos, nos hablan de una expedicioncita a Guipúzcoa. ¿Para qué? Para coger moscas, para perseguir a las columnas de Espartero, Jáuregui y Carratalá. ¿Usted no piensa como yo que esto es un disparate, y si no un disparate militar, una..., ¿cómo diré?, un pretexto para ganar tiempo, hasta que se pueda llegar a la pastelada política con Mina o con Córdova?
Y viendo que Fago, la mirada fija tenazmente en el suelo, no decía nada, le incitó con instancias a manifestar su opinión.
—Creo —dijo al fin el capellán—, y esta no es opinión técnica, sino de sentido común; creo que no estamos aún en disposición de pasar el Ebro. En Arquijas, según tengo entendido, no se cogió al enemigo ninguna pieza de artillería.
—Ta, ta, ta..., siempre el mismo cuento. A eso replico que si no las tomaron, fue porque no quisieron. Mis noticias son que el 5.º de Navarra tuvo los cañones cristinos poco menos que entre las manos.
—Eso no es verdad: lo niego como testigo que fui.
—Los batallones que mandaba Villarreal también pudieron ganar algunas piezas, y no las ganaron.
—Lo dudo.
Callaron ambos, y mientras el consejero se paseaba, Fago retrotraía su imaginación al día y campo de la refriega de Arquijas, buscando en sus recuerdos la certeza o falsedad de lo que su patrono afirmaba. Nunca había tenido Fago muy alta idea de las dotes intelectuales del señor don Fructuoso, y en aquella ocasión no encontró motivos para rectificar su criterio sobre este punto. Tiempo es de decir que se hallaban en una estancia grandísima de superficie, mas tan baja de techo que parecía un pajar; indigno alojamiento de funciones políticas y burocráticas que constituían algo semejante a un ministerio de nuestros días. El piso de madera ofrecía ondulaciones como las del mar; desnudas de todo adorno estaban las paredes, y los muebles eran dos papeleras desvencijadas y una mesa, que más bien parecía mostrador, atestadas de legajos. En una habitación próxima, abuhardillada y polvorienta, trabajaba el individuo que era como la representación sintética de todo el personal del departamento, un pobre chico, acólito en Oñate, donde le ayudaba las misas a Fago, en campaña escribiente, secretario y ayuda de cámara del señor consejero. Lo mismo le limpiaba las botas que extendía la minuta de un real decreto. Natural era que viviese con tales estrecheces y privaciones una corte ambulante, más rica en entusiasmo y fe que en materiales recursos, y en la cual las dependencias de un gobierno embrionario funcionaban difícilmente, corriendo de un pueblo a otro con los archivos en una galera, los tinteros vacíos, y las cabezas más llenas de esperanzas que de sólidas ideas.