Part 10
—Bien se ve que le han engañado esos puercos —dijo Saloma alargándole el jarro—. No hay más que verle para saber que es usted un mosén muy cuitadico, y que no sirve para manejar el chopo. Váyase, váyase pronto a coger el cáliz, para que Su Divina Majestad le perdone el meterse en estas _jerarquías_.
Y otra mujer saltó diciendo:
—En la cara se le conoce que es cobarde... ¿Qué le pasó, mosén?... ¿que al oír los primeros tiricos le entró lo que los vizcaínos llaman _bildurra_, y se le movieron las tripas?
La actitud silenciosa y sombría de Fago, confirmó a la baturra en su creencia, y por caridad, se apresuró a darle participación en la comida, que ya había sido apartada del fuego, y repartidas las cucharas, comieron todos de la misma cazuela en que las sopas habían hervido. No estará de más representar con cuatro perfiles a las personas que componían la cuadrilla parasitaria del ejército cristino. Saloma ya es conocida; la otra mujer tenía por apodo la _Maja de la seda_, y llevaba muchos años de ejercer el comercio ambulante, rodando por Rioja y Cinco Villas. Su patria era el Bocal; sus ojos bizcos fulguraban picardía y malas artes; su cuerpo igualaba en flexibilidad al de una lagartija. Comúnmente la llamaban _Seda_, y se titulaba esposa de otro punto de la partida, por mal nombre _el tonto de la Uva_, o simplemente _Uva_, de rostro atezado y cuerpo contrahecho. Era del Valle de Arán, y se hacía pasar por francés, hablando a veces un _patois_ de su invención. El vejete, que ostentaba el timbre glorioso de haberle cosido a Wellington una bota, la víspera de Arapiles, procedía también del Bocal de Aragón, y le llamaban el _tío Concejil_. Ganaba dinero con su mercadería ambulante, era consecuente en su filiación liberal, y había sido fiel parásito de Sarsfield, de Quesada, después de Rodil, y últimamente de _don Francisco_, que era su amigo. En Puente la Reina, el año 24, le había dado Mina la mano, cuando le llevó la noticia de que los realistas, escapados de Cirauqui al anochecer, habían llegado a Oteiza a las dos de la madrugada. Otros dos hombres había en la cuadrilla, que eran como bestias de _Uva_; cargaban enormes mochilas parecidas a cuévanos, repletas de tabaco.
Saloma era entre los parásitos como una huésped: daba un tanto al día por participar de su comida, y también comerciaba en pequeña escala. Conocía por sus nombres y apellidos a un centenar de soldados cristinos de todas armas; mas no se crea que andaba entre ellos con malos fines: les trataba, les tenía ley, se interesaba en sus triunfos, dábales alientos con palabras expresivas; pero se mantenía fiel al granadero Manuel Díaz, natural de Herramélluri, entre Haro y Santo Domingo de la Calzada; mocetón de buen ver, que más pronto tomaba las mozas que las trincheras de la facción. No era esta cuadrilla la única que seguía las legiones de la reina; había otras, y algunas promiscuaban, sirviendo a carlistas y constitucionales alternativamente, según les convenía.
A mitad de la comida, se arrancó Saloma con este grave aforismo:
—Un aragonés no puede ser cobarde, aunque sea clérigo, señor de Fago... Esto lo digo yo que soy de Borja...
—Es verdad —replicó el capellán haciendo honor a las calientes sopas—. Un aragonés es... un aragonés.
—Y está dicho todo. El día que se desbarate España, para volver a jacerla tendrán que poner por pedernal del cimiento los corazones de Aragón.
—Y que lo digas. ¿No piensa lo mesmo el señor cura?
—Lo mismo pienso, y en verdad os aseguro que deshonro a mi tierra, porque soy cobarde. Me creí valiente..., me engañé a mí mismo, me engañaron diciéndome que era yo muy entero.
—Y en cuanto oyó los primeros tiros...
—No, no fue a los primeros tiros, sino a los últimos.
—Eso sí que es raro —dijo Saloma—. Pues mire, padrico, ándese con cuidado, que si le cogen los faiciosos, le afusilan por desertor, y si le pescan los cristinos, no lo pasará bien... Ya se está usted quitando las _ensinias_ de sargento. Como no tiene uniforme, no le estorba el chaquetón; pero algo debe disfrazarse, que aunque sea _falso_, a veces no parece que lo es, y hasta podrían tomarle por un valiente triste, quiere decirse, _aflegidico_ por mor de amores o qué sé yo qué.
Tal era el desaliento de Fago y tan aplanante su pasividad, que no hizo el menor movimiento cuando Saloma descosió con sus puercas uñas las insignias que en las mangas llevaba.
—Y ahora, si no quiere que sospechen, quédese con nosotros —agregó la baturra—, y aquí comerá de lo que haiga. Si no tiene dinero para el gasto, no le importe, que a mí no me falta un duro para los amigos, y más si son de la tierra... Donde yo estoy está Aragón... Conque...
De tal modo sentía el clérigo deshecha y caída su voluntad que nada supo contestar a estas razones, y a todo asintió, agradeciendo al propio tiempo el socorro de comida y fuego que a los buenos parásitos debía. Pensando en aquella inesperada situación a que le había traído su destino, sorprendió y reconoció en su alma una glacial indiferencia política. Lo mismo le importaba hallarse entre liberales que entre facciosos. Empequeñecidos ambos bandos, eran de la misma talla mezquina ante la magnitud del tremendo conflicto que él llevaba en su alma. ¿Ni cómo podía ser de Dios uno de los ejércitos, y el otro no? Dios estaba en todos y en ninguno, y los hombres no se podían diferenciar ante Dios más que por sus conciencias. Pero con estos razonamientos y otros no podía calmar la suya, ni ver nuevos horizontes en su vida ulterior. ¿Qué haría? ¿A dónde trasladarse, qué partido tomar, y qué conducta preferir, y a qué ideas aferrarse?
Rasgó el sol con punzantes rayos la niebla, y se aclaró un espacio que permitía ver los objetos a distancia de tiro de fusil. Pero luego cerrose de nuevo la espesa cortina, y a oscuras quedáronse otra vez dentro de aquella ceguera blanca, que era como el ver que no se veía nada. Oíanse, no obstante, tambores y cornetas. Los batallones más próximos marchaban ya, sin que se pudiera saber a dónde. _Uva_, que había ido a explorar, volvió diciendo:
—San Fernando y la caballería de López vuelven a Mendaza. Los demás, sabe Dios por dónde andan.
—¿Y ellos?
—La facción, dicen que va hacia la Améscoa; pero no es más que un decir.
Las diez serían cuando acabó de deshilacharse la niebla, y la cuadrilla se puso en marcha, llevando el burro por delante: Fago se dejó llevar; no tenía voluntad. Vio soldados cristinos en marcha, caballos, acémilas; vio a Saloma hablando con sus amigos y conocimientos; vio un capellán en mula, en quien reconoció a un antiguo colegial de Vergara. Afortunadamente no fue conocido. _Uva_ se emparejó con él, y quiso distraerle con su charlar festivo; pero el aragonés, atacado de un mental marasmo, parecido a la imbecilidad, no acertaba en las contestaciones, y de rato en rato decía:
—Amigo _Uva_, ¿a dónde vamos? Yo quisiera ir a Veruela.
—No creo que vaigamos tan lejos. Pero usted, mosén, si quiere, por Los Arcos y Viana se puede pasar a Logroño, y de allí, caminito arriba, hasta Tarazona... En el coche de San Francisco, cinco días o seis.
Rendido de sueño, el infortunado capellán, aprovechando el descanso de la cuadrilla en un humilladero que les ofrecía comodidad, se tumbó en el rincón más abrigado, y mal envuelto en pedazos de manta que pusieron a su disposición las baturras, se durmió profundamente. Soñó primero mil disparates inconexos: que _Uva_ estaba jugando a la pelota con Zumalacárregui; que Saloma era la Saloma de Ulibarri, transfigurada físicamente; que _Seda_ iba del brazo del general Córdova por la calle principal de Ejea de los Caballeros, y, por último, su cerebro forjó una serie de imágenes y hechos, combinados con relativa lógica, imitando la realidad en todo lo que los sueños imitarla pueden. Viose en manos de los monjes de Veruela, que de nuevo le rescataban del infierno, entregándole a Dios... Otra vez se veía cubierto del traje eclesiástico, y pasaba de Veruela a un lugar sin nombre, con sus casas cimentadas en escalones sobre altísimas peñas. En el pico más alto estaba la iglesia, como un nido de cuervos, apoyando sus contrafuertes en las grietas musgosas de la roca. El sueño le representó después diciendo Misa en la iglesia roquera, delante de un grupo de fieles vestidos de negro, con cirios... No tardó en cambiar la decoración, y viose en otra iglesia pequeñita y oscura. También en ella celebraba, y en el momento de salir revestido con casulla blanca, por ser la fiesta del papa San Gregorio, oyó tiros cercanos, gran tumulto de batalla.
Los cristinos cercaban el pueblo; ya eran dueños de las casas exteriores, y seguían adelante, destruyendo todo lo que encontraban al paso. Mas él, impávido, apartando su mente de todo lo que fuese guerra y matanza entre cristianos, empezó su Misa. La decía despacio, muy despacio, recreándose en las bellezas del simbolismo litúrgico. Pero cuando llegaba a la consagración, los tiros sonaron en los propios muros del templo. El pueblo salió despavorido: mujeres y hombres acudían a la defensa armados de fusiles, palos, o esgrimiendo cirios, blandones, incensarios, y lo primero que encontraban. El acólito abandonó el altar, y de la caja del púlpito sacó una escopeta. El oficiante sintió el demonio de la guerra en su alma, dejó el cáliz sobre el ara, y sin pensar en quitarse las sagradas ropas, pues el aprieto del ataque no le daba tiempo para ello, corrió a la ventana, por donde entraba, con el grandísimo estruendo, humo y polvo de un batallar furioso. Alguien, no supo quién, puso en sus manos un fusil. Cogiolo, y saliendo intrepido a la ventana, echóselo a la cara. Los cristinos subían con escalas. Les recibió a tiros, acertando en todos. Cada disparo era una muerte. Mientras disparaba un fusil, le cargaban otro y otro. Llovían balas contra él; pero todas se estrellaban en su casulla como en una coraza milagrosa... Con gritos de coraje alentaba a los suyos, y con horribles expresiones blasfemantes denostaba a los enemigos que asaltaban la iglesia. Tantos mató que caían en racimos al pie del muro. Y él indemne, viva imagen del dios Marte, vestido de alba y casulla, mostrando un valor heroico y una pericia no inferior a su bravura. No contento con rechazar a los que osaron meterse por la ventana, salió al frente de su cuadrilla por la puerta lateral, y persiguió al enemigo en retirada, acuchillándolo sin piedad, machacando cráneos, rasgando vientres, cercenando piernas y brazos. En fin, que a poco de emprender esta feroz batalla, no quedaba un enemigo para contarlo. Transcurrió un lapso de tiempo, que apreciar no podía; mas al término de él, continuaba tan tranquilo su Misa, como si nada hubiese pasado. Su casulla, que era blanca al empezar, se había vuelto roja de la sangre de la batalla, y la festividad, que antes era de confesores, después lo fue de mártires. El vino de la consagración le supo a pólvora; el acólito, en vez de campanilla, tocaba un tambor... «¡Cuánto disparate, y qué sueño tan absurdo e irreverente!» dijo el capellán despertando a los tirones de pies que le daba _Uva_.
—Padrico, que nos vamos. Levántese si no quiere que le dejemos aquí.
—¿En dónde estamos? ¿Qué pueblo es este?
—El pueblo es Mirafuentes. Esto se llama el Cristo de la Caña... Volvemos a Los Arcos, amiguito, a repostarnos de municiones para emprenderla otra vez contra esos pillos, que no pelean; lo que hacen es escurrirse como culebras cuando les tenemos cogidos... Dese prisa, si no quiere quedarse.
En marcha ya, la mente del tránsfuga, que con el sueño se había despejado considerablemente, pudo hacer apreciaciones razonables de su verdadera situación, y la voluntad, libre ya del horrible desconcierto de la noche anterior, supo determinar algo conforme a lógica y al sentido común. «No se me había ocurrido hasta ahora que debo presentarme al señor Arespacochaga, mi protector y amigo, por quien he venido a estas endemoniadas aventuras. Debo manifestarle el estado de mi conciencia, mis horribles dudas, el espanto que me produjo la visión de Ulibarri, el desaliento que ahora me invade, y todo, todo, para que lo sepa y decida. Él me trajo; él dispondrá de mí».
—Amigos míos —dijo a los cantineros, parándose en mitad del camino—, cuando nos encontramos, la luz de mi razón hallábase apagada. Ya se ha encendido; ya veo claro. Agradeciendo a ustedes la caridad que me han hecho, me veo precisado a dejarles. Tengo que ir al Cuartel Real de Carlos V.
Diéronle medio pan y un palo, y despidiéndose afablemente tiró hacia el norte, camino de Mendaza y del puente de Arquijas.
XIX
Toda aquella tarde anduvo sin encontrar tropas. Las de Córdova fueron hacia el sur, y la división de Oraa habíase retirado por la estrechura de San Gregorio. Encontró, sí, gentes dispersas, que corrían a recobrar los hogares abandonados; rebaños fugitivos, y, de trecho en trecho, caballos muertos, despojados ya de sus arzones militares; algunos cadáveres de cristinos y facciosos, que nadie se había cuidado de enterrar, y multitud de objetos de vestuario y armamento, despojos tristísimos de la guerra. Ignorante de la verdadera residencia del Cuartel Real, confiaba que algún campesino adicto a la causa, y por allí casi todos lo eran, se lo dijese; mas no quiso formular su pregunta hasta no hallarse más cerca del terreno dominado por los realistas. Mas no le habría gustado encontrar al ejército, y si pudiera meterse en el Cuartel Real sin pasar por entre los batallones de Zumalacárregui, se creería dichoso.
Por la noche pidió albergue en el primer caserío que encontró, y allí le dieron noticias contradictorias respecto al Cuartel Real: que había pasado a tierra de Álava, que iba hacia el Baztán, que continuaba en la Améscoa... Confiaba que a la siguiente mañana no faltarían noticias ciertas, y se durmió sosegado, después de cenar habas mal cocidas y un poco de leche de ovejas. Lo que trajo el día subsiguiente no fue la noticia fidedigna que Fago deseaba, sino una nevada formidable. Amaneció todo el país cubierto de nieve, borrados los caminos, el horizonte ceñudo, el cielo arrojando copos. Era, pues, el tránsfuga prisionero de la naturaleza, como la noche anterior, y toda su voluntad resucitada no podía con el tremendo obstáculo de la nieve y del frío. Resolvió esperar, toda vez que sus patronos, con gallarda nobleza, le ofrecieron hospitalidad por todo el tiempo que quisiese. No se les ocultaba, juzgando por el habla, que era persona principal, quizás de alta categoría, y le escuchaban con respeto y se desvivían por agasajarle.
—Señor —le dijo el anciano, jefe de la familia, compuesta de viejas, muchachas y niños, pues todos los mozos estaban en la facción—, vocencia me dispensará si le digo que le hemos conocido, y que no tiene por qué ocultarse de nosotros. Aquí somos fieles a la causa, y puede estar tranquilo, pues. Sabemos que vocencia eminentísima es ese príncipe, primo hermano de la sacra católica real Majestad; ese que le nombran don Sebastián, don _Grabiel_, o no sé cómo, y que anda por estos lugares desaminando pueblos al ojeto de ver dónde se pone una grande fortaleza o laberiento de trincheras que piensan hacer, para que se apoyen las tropas, y den las batallas en regla. Aquí está vocencia seguro, y puede sacar los pinceles y compases para pintar la tierra y montes y honduras radicantes arriba y abajo. Yo también he sido militar, del 1.º de Zapadores: me encontré en Zaragoza con el comandante de Ingenieros señor Sangenís, y sé lo que son escarpas y contra-escarpas, líneas quebradas, y obras de tierra y fagina. De modo que aunque estoy algo mal de la vista, y por ello gasto antiparras, bien podré ayudarle, y conmigo las muchachas, que todas se despepitan por servir a la real persona.
Respondió Fago que él no era príncipe ni magnate, sino un pobre capellán del Cuartel Real, que se había extraviado en la acción de Arquijas, y deseaba volver a reunirse con los suyos. No se dio por convencido el viejo, y continuaba mirándole con las antiparras de redondos vidrios, montados en gruesa armadura de cuerno.
—Pues diré a vocencia que, para mí, el Cuartel Real está ya sobre Salvatierra, y las tropas van a forzar el paso de Pancorbo para plantarnos en Burgos en menos que canta un gallo.
Las viejas tomaron parte en la conversación, y propusieron a Fago darle un balandrán de cura que cogido habían en el campo de batalla. No le pareció mal este ofrecimiento, y aún le pareció mejor al ver la prenda de ropa enteramente ajustada a su talla y cuerpo, y tan buena que revelaba ser de canónigo. Aceptada desde luego, se la puso para abrigarse: el frío era intenso; seguía nevando, y no había que pensar en salir tan pronto. Los pastores que en cabañas próximas recogían su ganado aseguraban que el rey con toda su corte estaba en la Améscoa Baja, y también el ejército, y que hasta pasada Navidad no habría operaciones, por causa del mal tiempo. El viejo de las antiparras no se separaba de su huésped, tratando de hacerle menos aburridas las horas con su charlar continuo de la guerra, entreverado de anécdotas navarras, y de noticias referentes a linajes, familias y personas: de todo ello coligió Fago que había tenido posición y hacienda muy superiores a la pobreza en que a la sazón vivía. Era ribereño, de Murillo el Cuende, y se llamaba Fulgencio Pitillas. Comprometido en las campañas realistas del 22 y 28, Mina le había quemado sus casas y graneros, y quitádole los ganados. Todo lo perdió por defender una idea; pero no le importaba con tal de ver la idea victoriosa. ¿Qué valían unos cuantos carneros y algunos sacos de trigo en comparanza de la religión católica, y del trono legítimo? Dios sobre todo.
Oía esto con indiferencia el buen Fago, hasta que de concepto en concepto, picando el señor de Pitillas en uno y otro asunto, vino a resultar inopinadamente que había conocido a don Adrián Ulibarri. De tal modo se desconcertó el capellán al oír nombrar a la víctima de Falces, que en un punto estuvo que apretase a correr, poseído de un pánico semejante al que sintió en la batalla de Arquijas. Como el buen Pitillas era tan cegato que no veía _tres sobre un burro_, no advirtió la turbación y palidez del otro, y siguió diciendo que en sus buenos tiempos había tratado íntimamente a Ulibarri, y que la difunta de este, doña Saturnina Dorronsoro, y la difunta de Pitillas, doña Manuela Mendívil, eran primas segundas. Agregó que había sabido el fusilamiento de don Adrián, pena que le estaba bien merecida, por meterse a dar soplo a los cristinos de los movimientos de los leales; cosa fea, porque el buen navarro debía pertenecer en cuerpo y alma a la causa _disoluta_. Titubeó Fago entre nombrar a Saloma o callar este nombre, que removía en su alma heces amarguísimas; pero su ardiente curiosidad pudo más que su miedo, y Pitillas, contestando a la tímida pregunta, dijo:
—Esa desgraciada, que conocía muy bien el genio que gastaba su padre, no se atrevió a presentarse a él después del estropicio, y ahora...
—¿Ahora qué?
—Dicen que dicen... Yo no gusto de conversaciones, y mejor es que me calle.
—¿Luego vive?
—¿Que si vive? Ahora la tiene usted de ama de cura.
—¡Jesús mío!
—Dicen que dicen..., yo no digo nada... Volviose con el mismo que la perdió; este, que es un gran tunante, para esconder sus pecados debajo de la religión se hizo cura, y ella...
—Eso no es verdad, señor Pitillas —afirmó el capellán con acento tan distinto del que comúnmente usaba que el viejo se desconcertó.
—Yo no lo he inventado.
—Pues es falso, y quien lo haya dicho, miente como un bellaco.
—Así será, pues vocencia lo asegura. De que lo dicen respondo. Ahora, que sea o no verídica, no sé... Yo he creído que ella y él no se han metido en nuestra religión santísima, sino en otra de esas en que hay _clérigas_, quiero decir, donde los curas son al modo de matrimonios casados, y cada canónigo tiene su sacerdotisa para que le cosa la ropa... Eso pienso; no sé.
—¿Y dónde están?
—Que me condene si lo sé. Pero aquí viene este Fermín Iralde, que debe de saberlo, porque una noche contó que había visto a la Saloma tocando las campanas en la iglesia de un lugar, de cuyo nombre no me acuerdo.
Llegose al grupo un pastor cojitranco, con peales y zahones, hirsuto, de color gitanesco. Interrogado por Pitillas, dijo que Saloma era ama de un cura que peleaba en la facción.
—¿Y se llama...?
—No lo sé... Solo sé que es aragonés, y que está en el 5.º de Navarra.
—Eso no es verdad. Y ese clérigo, antes de meterse a soldado, ¿era quizás párroco de algún pueblo?
—Capellán del Cuartel Real.
—¿Y es el mismo que...?
—No, señor: es otro.
—Mentira, más mentira todavía. ¿De dónde habéis sacado esas fábulas indecentes?... Otra cosa. ¿Y dónde decís que habéis visto a Saloma Ulibarri tocando las campanas?
—Repicando..., cuando entraba en el pueblo Su Majestad don Carlos Isidro. La vio un pastor que se llama Orden.
—¿Dónde? ¿Qué pueblo era ese?
—Aranarache, en la Améscoa Baja.
—También lo niego. Yo sostengo que es falso de toda falsedad, y a ver quién es el guapo que me desmiente. Sois unos zopencos; hacéis mal en tomar en boca a personas honradas, que ni han escandalizado ni escandalizarán jamás. Saloma no es ama de cura, ni _clériga_, ni nada de eso, y al que diga le enseñaré yo el respeto que se debe a la mujer virtuosa: donde quiera que ahora resida, llorará la muerte de su padre y sus propias culpas. Para mí está o debe estar en algún recogimiento, casa de religión o cosa así.
—No se incomode vocencia —le dijo Pitillas tirándole del balandrán, pues Fago se había puesto en pie y accionaba enérgicamente con el garrote—. ¿A nosotros qué nos va ni qué nos viene en esto?
—Nos va y nos viene, señor mío, que no debemos dar curso a la calumnia, sino cortarla donde quiera que la encontremos. Yo salgo a la defensa de toda persona calumniada, ahora y siempre.
—Bueno, señor. Hágase cargo de que no hemos dicho nada, y vámonos a comer, que ya es hora.
Comió Fago de mal talante, y a cuanto le decían sus patronos contestaba tan solo con monosílabos incoherentes. Por la tarde, con gran sorpresa de toda la familia pitillesca, afirmó que no podía detenerse; y resistiendo a los halagos de aquella gente infeliz, se despidió, ávido de lanzarse a los caminos, de agitarse y correr, movido sin duda de la necesidad de ejercicio físico, o quizás de una impaciencia que ni él mismo sabía si era caballeresco-militar, caballeresco-religiosa, o caballeresco... ¿qué, Señor? El tiempo y los hechos lo dirían.