Zumalacárregui

Part 9

Chapter 94,107 wordsPublic domain

Al entrar en Zúñiga, donde Zumalacárregui rehizo a su gente, dándole descanso y municiones, Fago fue hecho sargento, sin pasar por la jerarquía de cabo. Así se lo notificó el coronel, elogiándole por su valerosa conducta. Todo el día 13 se ocuparon en preparar un nuevo combate, presumiendo ser atacados por Arquijas. Cortaron algunos árboles de la orilla izquierda, y destruyeron luego el puente de madera. Los heridos fueron llevados a Orbiso, donde estaba el Cuartel Real, que por disposición de Zumalacárregui debía replegarse, para mayor seguridad, a San Vicente de Arana, desde donde podría pasar fácilmente, franqueando los altos de Encía, a tierra de Álava. Tres batallones fueron situados en las alturas que dominan a Zúñiga, plantadas de olivos, y las restantes fuerzas las escalonó en las posiciones convenientes, esperando el ataque de Córdova. No tardó Fago en hacer estudio del terreno, y conceptuó seguro que los cristinos habrían de atacar por un flanco o por otro, o por los dos a la vez.

Sin duda una división pasaría el Ega por Acedo, a fin de embestir por el valle de Lana. Otro cuerpo de ejército podría presentarse por el valle de Santa Cruz. Quizás las dos operaciones se verificarían simultáneamente, en cuyo caso Córdova y Oraa tenían que dividir su ejército en tres partes. Pensó el novel sargento que el general, obligado a la adivinación de estos movimientos, sabría ya a qué atenerse. «Y si el general no lo adivina, lo adivinaré yo —se dijo, olfateando el aire como un sabueso que rastrea la caza—. Vendrán por un lado y por otro. Como no se prevenga don Tomás para este triple ataque, estamos perdidos». El 14 por la tarde, hallándose con su batallón en un olivar próximo a Zúñiga, vio venir al general con su escolta, inspeccionando las posiciones y enterándose de que sus órdenes estaban bien cumplidas. El coronel del 5.º le salió al encuentro y hablaron un rato, denotando en su actitud perfecta satisfacción del estado de las cosas. Zumalacárregui, que todo lo veía, vio también a Fago cuando este le hizo el saludo militar; paró su caballo diciendo:

—Ya sé, ya sé que tenemos un soldado más, excelente, bueno entre los buenos. Adelante, señor Fago, y no desmayar.

Y siguió su camino.

El capellán sargento se quedó meditando: en la mirada del general hubo de reconocer sus propias ideas, por virtud de una transfusión milagrosa, y se dijo: «Todo lo que yo pienso, lo piensa él; pero lo piensa después que yo... Está convencido de que nos atacarán por el frente y por las dos alas, y ha tomado sus medidas para esterilizar la combinación. El escalonar los batallones a lo largo de este camino demuestra una gran pericia; las posiciones son acertadísimas para acudir a una parte u otra con presteza y seguridad. Todo va bien, como a mí se me ocurre, como debe ser, como es, porque o se tiene lógica o no se tiene. Yo la tengo, y acierto siempre... Y como acierto siempre, señor don Tomás de mi alma (decía esto viéndole perderse con su escolta tras un grupo de olivos), debo manifestar a vuecencia que yo no me asusto de que pasen el Ega por la ermita de Nuestra Señora de Arquijas: al contrario, que vengan, que vengan pronto a esta orilla, donde hemos tomado posiciones inexpugnables. Y si mi jefe me lo permite, añadiré que yo no habría mandado cortar el puente. El río es fácil de vadear por esa parte. El puente habría sido para ellos una facilidad; la facilidad trae la confianza, y la confianza es la perdición cuando se está en una puerta que conduce a un calabozo. Trampa será para ellos este cerco de montañas. Mientras más pronto entren, más pronto conocerán que no pueden salir.

»Y ahora, se me ocurre meterme en el pensamiento del señor de Córdova. Si yo mandara las fuerzas cristinas, renunciaría al paso del Ega por Arquijas. Yo no combato nunca donde le conviene al enemigo, sino donde me conviene a mí. Pero el espíritu de imitación tiene tal fuerza, que el hombre de guerra no puede sustraerse a la atracción que ejercen sobre él los actos de su contrario. ¿Vas tú por allí? Pues yo detrás. Donde tú estás ahora, estaré yo mañana, y he de ir por el camino que tú recorriste... Pues no, señor... Iré por donde menos pienses tú que debo ir. Yo Córdova, después de amagar por Arquijas, llevaría durante la noche todo mi ejército a Campezu, y desconcertaría el plan de Zumalacárregui, es decir, el mío, porque yo lo he pensado, y él conmigo... Pero para este caso hay también previsiones, y yo vencería, obteniendo con mi victoria todos los cañones de batalla que trae Córdova; y reforzado mi ejército y cubierto de gloria, franquearía sin pérdida de tiempo la Sonsierra, caería sobre La Guardia, y luego sobre Haro y Miranda de Ebro. Pasado el Ebro, se salva Pancorbo, y ya estamos en Burgos...».

—Mi primero —le dijo el furriel despertándole bruscamente de su espléndido sueño militar—, para el rancho de hoy me han dado una cosa que llaman patatas. Mire, mire: son como piedras. ¿Esto se come?

—¡Qué bruto! Es una comida excelente. ¿De dónde eres tú?

—Mi primero, yo soy de Sansoáin, orilla de Lumbier. En mi pueblo no comen esto las presonas, sino las monjas por penitencia, según dicen, y los marranos, con perdón.

—Pues en el mío y en todos se cultivan las patatas y se comen, y saben tan ricas. Se introdujo en España este comestible cuando la guerra del francés. Muchos no querían comerlo por ser fruto traído de Francia; pero ya vamos entrando con él, que para el buen comer no hay fronteras.

—Mi primero, oí que comiendo estas pelotas sacadas de la tierra, se pierde la buena sangre, y nos volvemos todos gabachos o ingleses de la parte de mar afuera, diendo para La Habana. Yo no entiendo; pero le diré que las probé y me supieron al jabón que traen de Tafalla y Artajona. Si es para limpiar tripas, bueno va. Pero no me digan que esto cría sangre.

—Échales vino encima y verás.

—Con el vino solo me apaño, y estas pelotas que las coman los guiris, para que revienten de una vez.

—Ponlas y calla, y el que no las quiera que las deje. Si no tenemos bastante vino, yo lo compro de mi bolsillo: ya sabes que no me falta un duro para obsequiar a la sección. Pídele cuatro o seis pintas al _Riquitrún_, y tenlas aquí antes de que toquen a rancho.

—Mi primero, por si no lo sabe, pongo en su conocimiento que el _Riquitrún_ es muy malo, y siempre nos lo da con agua. Ese tunante ha sido sacristán, y esto basta para que no venda vino de ley. De usted se reía esta mañana, diciendo que en Oñate le ayudó la misa y que se equivocó usted tres veces, trabucando los latines, poniendo el cáliz donde no debía ponerlo, y haciendo muchas morisquetas.

—Miente el bellaco —replicó el capellán, pálido de ira—. Yo no me equivoco en la misa ni en nada. Y si vuelven a decirme tal injuria, el sacristán y tú sabréis quién es José Fago.

Al día siguiente, 15, atacaron los cristinos por Arquijas. Vadearon el río; se batían en las dos orillas bravamente, con mucha menos tropa de la que presentaron en Mendaza el día 12. No había duda de que aparecerían por Santa Cruz o por el valle de Lana. A las dos de la tarde se despejó la incógnita: Oraa se apoderaba de la Peña de la Gallina, y contra él fueron cinco batallones mandados por Villarreal e Iturralde. Zumalacárregui estaba en el camino que va de Zúñiga a Orbiso, en lugar culminante, y como adivinaba un tercer ataque por su derecha, tenía dispuestos cuatro batallones. Sereno y previsor, con su ejército y el enemigo metidos dentro de la cabeza, viendo y sintiendo la totalidad del terreno con sus varios accidentes y distancias, aguardaba el desarrollo de la acción con la tranquilidad del maestro que domina su oficio. Todo en aquel día feliz marchaba como el programa de una función histriónica, y los distintos papeles eran desempeñados con puntual exactitud, no solo por parte de los suyos, sino de los contrarios. El enemigo hacía lo previsto, lo calculado, sin ninguna iniciativa nueva, sin ninguna sorpresa o improvisación que desconcertara el plan general. Este, por su sencillez lógica, parecía la página más elemental de un tratado de estrategia.

Los cinco batallones de la izquierda realista, el 5.º entre ellos, atacaron la división de Oraa, sin darle tiempo a descansar de su fatigosa marcha. Iguales eran las fuerzas por una y otra parte; en bravura fuera difícil hallar diferencia. La que resultó a la caída de la tarde tuvo por causa la ocupación de mejores posiciones por los facciosos, y el desaliento de los cristinos al enterarse de que las tropas que rodearon el Ega por Arquijas volvían a pasar a la orilla derecha y se retiraban hacia el caserío de Acedo. Replegose Oraa a su primera posición de la Peña de la Gallina; los carlistas, sintiéndose con indudable ventaja, le acosaron; Iturralde quiso reponer su fama de la pérdida lamentable del día 12, y como hallara en los cristinos pasividad heroica y resistencia formidable, apretó los resortes de su máquina; puso en el último grado de tensión el vigor navarro, y, perdiendo gente, arrebató muchas vidas al enemigo. Toda la tarde combatió Fago con impávida constancia, comunicando su valor sereno a los hombres que estaban a sus órdenes, haciéndoles audaces y temerarios, al mismo tiempo que prudentes y astutos. Ya se venía la noche encima, cuando medio batallón de los de Oraa, revolviéndose desesperado, como el león herido, acometió con zarpazo furibundo al 5.º de Navarra, que fieramente le hostigaba. Trabose lucha a la bayoneta; corrió la sangre; cayó un frente de carlistas de más de veinte hombres, como la mies rápidamente segada por la hoz.

Pero aún había navarros en gran número para vengar a sus compañeros, y multitud de cristinos cayeron acuchillados sin piedad. Fago iba delante, pues había llegado el momento del ardor fogoso, de la embestida frenética con uñas y dientes. En el ardor de la refriega, y en una de esas pausas de segundos que median entre los golpes, vio entre los enemigos que avanzaban una figura extraordinariamente terrible, un hombre de cabellos blancos, corpulento... Desde lejos le miraba, y parecía dirigirle la afilada punta de la bayoneta al pecho o al estómago... El capellán se vio acometido de un miedo súbito: su consternación le privó como por ensalmo de toda su energía militar, arrancándole su conciencia de soldado. Aquel hombre, más bien irritada fiera que contra él venía, era Ulibarri, el propio don Adrián Ulibarri; no podía dudarlo: le vio como a diez varas; sus facciones no mentían, no podían mentir, ni había confusión posible con otra persona... En mucho menos tiempo del que se emplea en referirlo, el fantasma, o lo que fuera, estuvo a dos pasos... Fago reconoció la voz, la mirada: era él... Su terror fue inmenso..., se dejaba matar. Pero cuando solo un palmo distaba de su vientre la bayoneta del furibundo cristino, dispararon contra este los navarros dos o tres tiros que le hirieron gravemente. Cayó Ulibarri, y se volvió a levantar. Fago vio en sus ojos moribundos el odio y la ferocidad: una mano de tigre le agarró convulsiva el cuello: una voz le lanzó el mayor insulto que boca humana puede proferir... Recobró el capellán súbitamente su personalidad corajuda; dio un paso atrás, requiriendo su fusil armado de bayoneta, y se hartó de clavarla en el cuerpo de su enemigo.

XVII

Hecho esto, salió corriendo por encima del cadáver, impulsado de un instinto de fuga. Corrió hacia las líneas enemigas; no iba solo. Sus compañeros le agarraron; viose envuelto por los suyos, que retrocedían... Sin conciencia de sus actos, anduvo después largo trecho por entre los combatientes, pisando muertos y heridos, oyendo voces que ignoraba si eran de carlistas o de liberales, y, por último, fue a caer sin conocimiento al pie de un olivo. Nunca supo lo que duró su espasmo; al recobrarse de él, viose en completa oscuridad, pues la noche había cerrado ya. Las voces de sus compañeros sonaban cerca; distinguió algunas que le eran familiares. Dirigiose allá casi a tientas, porque apenas veía. «¿Es noche oscura —pensaba— o estoy yo ciego?». Miró al cielo, y vio algunas estrellas; luego empezó a distinguir los accidentes del terreno, y movibles bultos, pelotones de hombres que se alejaban.

Ya se consideraba próximo al sitio donde creía encontrar a los de su batallón, cuando se hizo cargo de que no tenía fusil. Trató de volver al pie del olivo donde había caído como desmayado, mas no acertó a encontrarlo. Los árboles salían a su encuentro, como diciéndole: «Yo soy, yo soy el olivo». Pero luego resultaba que no eran. Determinose a seguir sin fusil, y tampoco pudo reconocer la dirección que antes había tomado. Ni las voces se oían ya, ni los bultos informes se veían tampoco. Aquí y allá tropezaba con muertos. ¿Eran cristinos o carlistas? Por las boinas o morriones los determinaba fácilmente. Miró al cielo, buscando la Osa mayor para orientarse; pero ya no se veían las estrellas, y la tierra se iba envolviendo en una niebla blanquecina, cuyos vellones espesos venían de un punto que el aturdido capellán no pudo discernir si era el norte o el sur. Al fin, plantándose y llamando a sí toda su inteligencia, ansioso de encontrar una idea meteorológica, pudo hacer este razonamiento: «De allí viene la niebla; pues por allí está el río».

Anduvo presuroso en la dirección que estimaba contraria al curso del Ega. La niebla parecía perseguirle, y cuanto más andaba, más envuelto se veía en las masas lechosas. Ningún ruido turbaba la lúgubre quietud del ambiente. Los olivos iban a su encuentro; algunos troncos le cortaban el paso con brutal choque, sacudiéndole formidable testarazo; otros huían deslizándose por su flanco, y le azotaban el rostro con sus ramas mojadas. La tierra le abría zanjas en que se hundía, o le presentaba parapetos para hacerle caer de rodillas. Tropezó en un tronco, y al poner las manos en tierra tocó ropas, cabellos... Era un cadáver. «¿Será este? —pensó el infeliz capellán poseído nuevamente de glacial terror—. ¿Habré venido a parar junto al cuerpo de Ulibarri, a quien ensarté no sé cuántas veces con mi bayoneta?». Reconocido el muerto, vio que tenía barbas y casco. No era el alcalde de Villafranca... Más allá encontró un caballo; después otros muertos, y un fusil, que tomó. Era un arma cristina.

Siguió adelante, sin saber ya por dónde iba, pues lo desigual del terreno obligábale a variar de dirección a cada instante. «Paréceme —se dijo echándose fatigado en el suelo— que me encuentro en el campo de batalla de hoy, en el paraje donde rechazamos el ataque de los cristinos, a arma blanca, donde vi a Ulibarri vivo... No, no: esto o puede ser, porque sería un milagro... ¡Milagro! ¿Y quién me asegura que Dios no haya querido sacar de la tierra al buen don Adrián, y darle realidad o apariencias de vida para confundir con una imagen terrorífica mi estúpida arrogancia militar, para despertar mi conciencia de sacerdote, y enseñarme que las manos que cogen la hostia no deben derramar sangre humana? ¿Será esto? Ejemplos hay de apariciones sobrenaturales dispuestas por Dios para expresar a un alma extraviada la divina voluntad. Si Dios puede hacer que tomen forma corpórea los fenecidos para revelar la justicia y la verdad a los vivientes, ¿por qué no admitir, desde luego, el milagro de la presencia de aquel buen hombre en el campo de batalla? No hay que decirme que pudo ser el que maté persona que al muerto de Falces se pareciese. No era semejanza, era identidad: el que vi, el que maté, era el alcalde de Villafranca. Aún le estoy viendo; aún veo la blancura de sus cabellos, el ardor de su rostro; veo sus ojos iracundos que me traspasaban, que me daban más miedo que todas las bayonetas cristinas... Era él, era él. No es aquella imagen obra de mis sentidos, que la tomaron de la conciencia alborotada: era efectiva, real, y esta realidad solo Dios pudo disponerla. Creo en los milagros; creo que he visto al padre de Saloma, que le he matado, que por aquí debe de estar su cadáver».

Dio algunos pasos; anduvo un buen trecho a gatas, abandonando el fusil que poco antes cogiera, y luego se echó de nuevo en tierra, asaltado de ideas turbulentas que contradecían las ideas anteriores. «¿Y quién me dice que fuera real la muerte de don Adrián en Falces? ¿Quién me asegura que lo que vi en aquella tristísima noche y en aquella alborada sangrienta no fue el milagro verdadero? Bien pudo ser que mi conciencia y mis sentidos forjaran, por disposición del cielo, el suplicio del hombre que ofendí; bien pudo ser que Dios me pusiera ante los ojos mi ignominia en aquella forma. Si, en efecto, Ulibarri no pereció en Falces, nada tiene de absurdo que se me presentara en las filas cristinas, sin necesidad de milagro... ¡Ay!, en todo caso mi conciencia se alborota, estalla, ahogándome toda el alma. Milagroso o no, el hombre que vi y que maté en un momento de furor instintivo, me reveló con su presencia que estoy nuevamente encenagado en el mal, que escarnezco la sagrada orden, cogiendo en mis manos un arma y matando sin piedad cristianos con ella... ¡Si al menos fuesen moros!... Pero tampoco..., ni moros ni nada... Que los maten los militares, si necesario es para el cumplimiento de la ley de Dios y el triunfo del Evangelio... ¡Pero yo, yo matar!... Reventé a Ulibarri o a su imagen, por la ley física que nos mueve a defendernos cuando nos atacan... Es uno hombre sin poderlo remediar. Un santo haría lo mismo... Estalla el coraje cuando menos se piensa..., y al recobrarnos de la horrible locura, ni aun sabemos a ciencia cierta lo que hemos hecho. Llega un momento en que al hombre civilizado se le cae la ropa, y aparece el salvaje. Luego nos da vergüenza de vernos desnudos, y volvemos a encapillarnos la levita, la sotana, o lo que sea...».

Corrió luego desaforadamente, gritando como un loco:

—Estoy en pecado mortal... Piedad, Señor, piedad... En mí llevo el infierno, la guerra; mis planes estratégicos son los caminos de Satanás...; mi régimen de movilización de tropas, idas y venidas de demonios... ¡Piedad, Señor, piedad!...

Oyó cantar un gallo, por donde vino a conocer que eran las dos de la mañana, hora en que habitualmente deja oír su voz el reloj de la noche. Aventurose en la dirección del canto, creyendo encontrar un caserío; pero la niebla era ya tan densa que no sabía por dónde iba. Oyendo después que el gallo cantaba a su espalda, volvió hacia atrás, cada vez más perdido en el seno de aquella opacidad algodonácea que envolvía la naturaleza como un sudario. Había dejado de tropezar con olivos, y de pronto se presentó un escuadrón de ellos, plantados con orden y estorbándole el paso... Vino luego un parral, cuyas cepas a cada instante se le enredaban en los pies. Eran garras que le cogían, y horquillas que le enganchaban. El hombre volvió a arrojarse en tierra, exánime, más afligido aún de la negra desesperación que del cansancio. Lágrimas brotaron de sus ojos. No podía consolarse de haber dado muerte al que en rigor de justicia debió ser antes y después, y siempre, su matador... No con lloros y suspiros, ni con la pena ardiente, ni con el razonar febril, podía desahogar su alma, ni aliviarla de aquella colosal pesadumbre. Pasó algún tiempo en tan triste situación, y al fin amaneció: triste claridad se manifestaba al través de aquel pesado velo, más denso al avanzar el día, más lúgubre blanqueado por la luz. A veinte pasos no se distinguían los objetos: árboles y peñas desaparecían como tras una cortina. Los ojos llevaban consigo aquella ceguera de las cosas; el circuito blanco se movía con el espectador.

No hacía media hora que era día, cuando sintió el capellán voces humanas. ¿Por qué parte? No podía precisarlo. Tan pronto sonaban aquellos ruidos por su derecha como por su izquierda. O había gente por todas partes o la niebla jugaba con el sonido, echándolo de un lado para otro. Eran ecos extraños de voces roncas de mujeres, como disputando con voces más ásperas aún de hombres. Por un momento creyó escuchar la dureza del vascuence. Pero no: era castellano, tirando un poco a baturro. Creyendo reconocer voces de compañeros de la facción, anduvo en seguimiento del ruido; se equivocó de rumbo: llamó, le contestaron y, por fin, encontrose junto a un grupo de personas diversas, sentadas en el suelo. Habían encendido una hoguera para guisar algún comistrajo y calentarse. Algunos dormían: el aspecto de todos era de extraordinario aburrimiento y fatiga. No bien apareció junto a ellos el clérigo aragonés, saliendo como espectro de los blancos vellones de la niebla, fue reconocido por una mujer del grupo que asustada dijo:

—No es nadie. Creímos que venían carlistas. Es el clérigo de Villafranca vestido de paisano, y sin armas... ¿Qué le pasa, padrico? ¿Está su merced en servicio militar o sigue de capellán?... ¿Vienen más facciosos con usted? Nosotros somos gente de paz.

—Y vendemos aguardiente —dijo un vejete, señalando el borrico atado al árbol más próximo.

—Con esta condenada niebla nos hemos perdido —agregó otra mujerona que atizaba la lumbre—, y aguardamos a que abra para seguir a nuestro ejército.

—Según eso —dijo Fago, echándose en el suelo, gozoso del calor y de la compañía—, estoy en el campo cristino.

—¿Viene usted del campo faccioso?

—Sí; ayer tarde me separé de mis compañeros del 5.º de Navarra, y no he podido reunirme con ellos. Cegado por la niebla, he andado a ratos toda la noche, y en este momento ignoro dónde estoy.

—A poca distancia de Santa Cruz de Campezu... Mucho tiene que andar para juntarse con los suyos, que deben de estar en Zúñiga... Tómelo con calma; y para recobrarse del cansancio eche un trago de vino, y luego probará de estas pobres sopas. Aquí somos todos de paz, y estamos a ganar un pedazo de pan, con remuchísimo patriotismo... Yo he servido en Fusileros de San Fernando, con don Carlos España... Derrotamos al francés en Arapiles... ¿Sabe usted lo que fue Arapiles?

—¿Pues no he de saberlo?... Batalla ganada por Lord Wellington junto a Salamanca... Y a propósito: no sé aún el resultado de la acción de ayer entre Arquijas y Zúñiga.

—Por el cuento, parece que la hemos perdido.

—Quita allá —dijo Saloma—. ¿Tú qué entiendes? El retirarse Córdova es engaño, para cogerlos luego por allá..., qué sé yo. Nosotros nada sabemos. Córdova sabe más que el _tío Zamarra_, y por un lado o por otro le tiene que coger..., y como le coja, se acabaron los _asolutos_... ¿Qué les quedará si pierden ese general? Pondrán al frente de las tropas a un clérigo de misa y trabuco..., o el mismico don Isidro tomará las riendas, como quien dice, el rosario.

XVIII

En el abatimiento y confusión de su espíritu, no mostraba Fago gran deseo de conocer el resultado de los combates del día anterior. Batallas más terribles, libradas en el campo oscuro de su conciencia, secuestraban su atención, y compartida esta entre el conflicto propio y los hechos que el anciano cantinero refería, apenas pudo enterarse de la victoria facciosa, o se enteró de un modo incompleto, recogiendo solo retazos, noticias sueltas. Córdova se había retirado inopinadamente de Arquijas. Oraa fue rechazado en Lana, y Gurrea, que intentó atacar por la derecha, había llegado tarde. En retirada quedaron, pues, al anochecer los cristinos, y aún no se sabía por dónde andaban. Prisioneros de la niebla, los dos ejércitos aguardaban que el sol les libertase para volver a combatir en las mismas posiciones, o en otras.

—¿Qué le parece? —le preguntó el vejete—. ¿Pelearán en las mismas posiciones?... ¿Qué piensa, buen hombre?... ¿O es que, por no entenderlo, no piensa nada?

—No pienso, no se me ocurre nada —dijo Fago demostrando en el mirar y en el gesto extraordinaria confusión—. ¿Qué entiendo yo de posiciones?

—Es usted sargento, ¡contro!

—Soy un pobre cura que se ha visto obligado a... No sé lo qué digo... Dadme un poco e vino para que pueda coordinar las ideas.