Zumalacárregui

Part 12

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En pueblos tan pobres como Artaza, gracias que pudiera alojarse con relativo decoro la Católica Majestad, ocupando los cómodos aposentos de la casa del cura. Los del séquito, reducido en aquel tiempo, por consejo de Zumalacárregui, al personal absolutamente indispensable para el real servicio, se aposentaban donde podían, no desdeñando los desvanes, graneros y cuadras, cuando no se encontraba cosa mejor. Cien hombres escogidos daban escolta al Cuartel Real, y solían dormir en la sacristía o dependencias de la iglesia, o en la sala del Ayuntamiento, teniendo por cama común el suelo duro y frío. La suerte era que ninguno se quejaba: no hay colchón como la fe.

Antes de proseguir hablando, reconoció el consejero las dos puertas de la habitación, cerrándolas después cuidadosamente, y ni aun así dio a su voz toda la sonoridad que acostumbraba.

—Dejando a un lado si pudimos o no pudimos tomar piezas, ello es, amigo Fago, que esta desviación de las operaciones hacia Guipúzcoa es un gran desatino. Todas las personas entendidas en asuntos militares lo censuran: el rey..., y le advierto a usted que nuestro augusto soberano posee un gran conocimiento de las cosas militares..., el rey, digo, no parece muy satisfecho de las disposiciones tomadas últimamente por su generalísimo. Claro que esto no puede decirse, y yo se lo digo a usted con la mayor reserva...

—Y con toda reserva pregunto yo: ¿acaso Su Majestad piensa cambiar de general en jefe?

Al oír esto, volvió don Fructuoso al examen y revisión de puertas, y con la certidumbre de que nadie le oía, dijo:

—Aquí, en confianza, amigo Fago, estamos preparando un real decreto por el cual Su Majestad, inflamado en intenso fervor religioso, elige por Generalísima de sus ejércitos...

—¿A una mujer?

—A la Purísima Concepción, y se pone bajo el amparo de la excelsa Señora, para que dé la victoria a las armas que se esgrimen en defensa de la fe de nuestros padres.

—¡Oh!..., me parece muy bien. Es una nueva muestra de la piedad de este excelso príncipe... Pero la Virgen no ha de ponerse al frente de las tropas..., creo yo, y siempre ha de haber un hombre que desempeñe las funciones del orden práctico y material, en el bien entendido de que si esas funciones no son desempeñadas con criterio y rectitud, de poco valdría, ¡ay!, la tutelar protección de la Reina de los Cielos.

XXII

Tras una pausa en que uno y otro parecían embebecidos en hondísimas meditaciones, prosiguió Fago:

—Lo que pregunto a usted es si piensa Su Majestad variar de generalísimo... terrestre.

—No creo que, por ahora, de eso se trate. Su Majestad, mientras los acontecimientos no prueben que Zumalacárregui va por mal camino, no puede retirar a este su confianza. El señor es hombre de gran prudencia y tacto, y toma sus resoluciones después de bien meditadas...

—¿Hay acaso en el Cuartel Real personas que hayan demostrado o demuestren aptitudes excepcionales para el gobierno de un ejército?

—Acá para _inter nos_, amigo Fago, la organización de tropas y el llevarlas al combate y a la victoria, previo estudio del terreno en que han de pelear, me parece a mí que no es ciencia tan sublime como algunos creen. Vea usted lo que han tenido de Aníbales o Pompeyos nuestros generales más afamados. Y no quiero hablarle a usted de los guerrilleros. La mayor parte de ellos ladran... Para mí es cuestión de sentido común y un poco de sangre fría, ni más ni menos. En el Cuartel Real tenemos sujetos de gran conocimiento en estos asuntos, algunos del orden civil. Cuando el soberano nos hace el honor de reunirnos en su tertulia, hablamos, discutimos, y haciendo la crítica menuda de las marchas y disposiciones del general, unas veces nos parecen bien, y otras..., ¡qué quiere usted que le diga!..., nos parecen medianas.

—¿Y al consejo áulico de Su Majestad no asisten militares? La opinión de estos me parece muy digna de tomarse en cuenta, y no es esto despreciar el criterio de los señores del orden civil.

—¿Militares dice usted? Su Majestad tiene a su disposición a más de cuatro que se distinguieron en la guerra de la Independencia y en la campaña realista; hombres de conocimientos, de práctica en la manipulación de tropas, y señalados además por la firmeza y fervor de sus creencias religiosas. Sin ir más lejos, aquí está el señor González Moreno, de quien debemos esperar días gloriosos para la causa; persona muy sensata, muy grave, de las que a mí me gustan... ¡Pocas palabras, ¿me entiende usted?, una seguridad en el juicio, una entereza en el carácter!... Tenga usted por cierto que con ese no juegan los caballeros constitucionales y masónicos.

—Y ese señor González..., ¿quién es? Perdone usted mi ignorancia. ¿Con qué hazañas, o siquiera hechos de algún viso, ha ilustrado su nombre?

—Por Dios, amigo Fago, ¿de qué dehesa sale usted? ¿Es de veras que no ha oído nombrar al señor González Moreno, el afamado gobernador militar de Málaga, que en los últimos años de don Fernando VII descubrió y aniquiló la conspiración de Torrijos y otros corifeos del democratismo, atrayéndolos de Gibraltar a Málaga, y...?

—Ya, ya sé... Si he de hablar con franqueza, señor don Fructuoso de mi alma, esa página histórica no resulta muy gloriosa que digamos...; expreso lo que siento..., y bien mirado, ello es un acto político más que militar.

—Yo le aseguro a usted —afirmó el consejero enfáticamente—, y puedo probarlo, que el señor González Moreno posee en grado altísimo talentos militares, con los cuales emulará, _Deo volente_, a los caudillos más insignes.

Con estas salidas de tono, expresadas en el lenguaje oficinesco que tan bien manejaba, solía tapar don Fructuoso las bocas de diversos personajes, amigos o rivales suyos, con quienes comúnmente departía, y que si no le eran inferiores en cacumen, no le llegaban al zancajo en la emisión de conceptos graves, de fácil sonsonete persuasivo. Fingió Fago que se convencía, y aceptando al señor Moreno por un segundo Napoleón, se permitió poner en duda la ciencia militar de los que sahumaban con vano incienso la persona del llamado rey legítimo.

—Dejemos este asunto del cambio de general —dijo luego don Fructuoso desarrugando el ceño— a la autoridad augusta del soberano, y ocupémonos en lo que es de nuestra humilde incumbencia. Encargado estoy de velar por la seguridad de esta gloriosa monarquía; a mí me compete el acechar a los enemigos, el buscarles las vueltas y atajarles los pasos. Creo haber adquirido noticias de grandísimo precio para desbaratar las intrigas de los constitucionales; pero la red es tan espesa, amigo mío, que aún me falta coger muchos de sus hilos. Los que andan sueltos por ahí espero atraparlos con la ayuda de usted.

—¡Yo! ¿Qué puedo hacer yo, triste de mí?

—Mucho, amigo Fago, mucho. Las dudas que acerca de su lealtad me asaltaron al verle hoy, se han disipado. Creo en su inocencia. Para creer en su adhesión incondicional a la causa, necesito que me preste usted un servicio..., ¡ah!, un servicio que no vacilo en llamar eminente.

—Dígamelo pronto, y si es cosa que puedo y sé...

—¿Que si puede y sabe? No se le exige ciencia militar ni teología dogmática. Esta no es empresa de guerrero ni de sacerdote.

—¿Pues de qué?

—De hombre..., simplemente de hombre, señor Fago. La causa exige de usted en estos momentos que deje a un lado las aptitudes militares, si es que las tiene, y las disposiciones evangélicas, para no ser más que el José Fago vulgar, el de marras.

—No entiendo, señor don Fructuoso: explíquemelo mejor.

—Más claro: necesito que vaya usted en seguimiento de esa mujer, que la rastree, que la persiga, que la encuentre y me la traiga.

—¿Esa...?

—Esa _Me_..., o como quiera que se llame. No se haga usted el tonto. Yo le señalaré un itinerario seguro para encontrarla. Verá usted cómo no falla, y cobraremos esa hermosa pieza, ya se disfrace de monja dominica, ya de aldeana rústica o ama de cría. Para ganar su confianza y apoderarse de sus secretos, empleará usted los medios que crea eficaces, cualesquiera que sean, pues la santidad del fin todo lo justifica y ennoblece. Quiero decir que no sea usted remilgado, pues esa debe de ser pájara de cuenta..., en fin, ¿qué he de decirle, si usted mejor que yo la conoce?

—Señor don Fructuoso de mi alma —dijo el capellán con gran consternación, palideciendo—. Yo no puedo desempeñar esa comisión..., yo no quiero ni debo ver a esa mujer, a quien conocí y traté más de lo conveniente, en mis tiempos de seglar desalmado y libertino. Mi conciencia me prohíbe avivar el fuego que sofoqué para bien de mi alma... No me lance usted a ese peligro, por Dios; se lo ruego...

—¡Hombre, qué ridículos escrúpulos!... Yo no le digo a usted que caiga nuevamente en el pecado, ni de eso se trata. Ya sé que hablo con un sacerdote. Pero la causa es la causa, y no se la puede servir eficazmente sin algún sacrificio... No pido el sacrificio de la conciencia; basta con el de los actos, basta con una apariencia de... Poniéndome en su caso, entiendo que no me sería difícil conquistar o reconquistar la voluntad de esa hembra, conservando mi conciencia en paz, y ofreciendo a Dios la pureza de mis intenciones y el servicio que presto a la fe, como garantía de la nulidad de algún pecadillo formal que pudiera cometer..., formal digo, de forma, _per accidens_..., usted me entiende.

—Dispénseme usted —dijo Fago con grandísima turbación, la frente empapada en sudor frío—; pero yo no puedo, no me determino... Me entra el pánico, señor; ese pánico que me hizo correr en el campo de batalla. No soy dueño de mí, no tengo voluntad.

—Bueno, bueno: tranquilícese, amigo don José..., y piense con calma lo que le propongo, para que pueda darme de hoy a mañana su conformidad.

Trémulo y desconcertado, el capellán se levantó, tendiendo su mano a don Fructuoso. Quería marcharse, huir, correr. Sentía las ansias del pánico, y no se conceptuaba seguro hasta no poner la mayor distancia posible entre su persona y la del grave consejero, que era en aquel instante su demonio tentador. Aún quiso este retenerle, estrechando sus manos abrasadas; pero Fago no podía más, no. Si no escapaba pronto, su temblor se convertiría en ataque epiléptico. Despidiose con palabras balbucientes, y salió de estampía, tropezando en los muebles, haciendo retemblar las hojas de la puerta.

Largo rato vagó por el pueblo, recorriendo de punta a punta su calle única, empinada y fangosa, sin que con el desgaste de la energía muscular se calmase la vivísima agitación que le dominaba. Encontrose uno, dos amigos, y hablando con ellos de cosas en que fijar no podía ni el oído ni la atención, sintió un frío muy intenso, que le hacía dar diente con diente; después un calor que le abrasaba el rostro. Uno de aquellos señores, contador de la Real Intendencia, tomándole el pulso le dijo:

—Querido don José, está usted malo, muy malo: lo mejor que puede hacer es meterse en la cama, si es que la tiene, que en este condenado pueblo no podemos revolvernos los que componemos la corte. A mí me tiene usted en un pajar, y gracias que me ha tocado una patrona con buenos colchones... Si quiere, y no ha encontrado aún alojamiento, véngase conmigo.

Tan malo se encontraba el buen capellán, que no recordó el ofrecimiento que don Fructuoso le había hecho de su casa ministerial, y aceptó la invitación del otro sujeto, mejor dicho, se dejó conducir de él. En un camaranchón le metieron, y en el suelo le acostaron, sobre un mediano colchón, con abrigo de mantas y un grueso capote de su amigo. El resto del día y toda la noche pasó con calentura intensísima, inquietud y delirio; al día siguiente parecía mejorado; al tercero dijo el médico que se moría; al cuarto faltó poco para que le dieran el Viático. Una mejoría repentina hizo concebir esperanzas, y al octavo se le declaró fuera de peligro; pero su convalecencia había de ser larga. ¿Cuál era su enfermedad? Tabardillo, fiebre nerviosa, no sé qué. Ni él ni tampoco el médico lo sabían. Lo cierto fue que después de los crueles días de gravedad, se quedó aplanadísimo, como atontado, y sin ganas de vivir. Indiferente a todo, se pasaba los días mirando al techo, bostezando a ratos, y tarareando una monótona canción de los tiempos juveniles, que revivió en su memoria en los críticos días de ardorosa fiebre. Su amigo trataba de distraerle, y le proporcionaba buenos alimentos y aun golosinas para despertarle el apetito; mas nada conseguía. Ni aun el señor Arespacochaga, con su conversación grave y sus frases en estilo de cancillería, lograba sacarle de aquel estado de atónica tristeza. Pasó la Navidad, pasó el día de Año Nuevo (1835), y hasta la Epifanía no empezó el hombre a entrar en caja.

Por fin, gracias a Dios, dejó el camastro, y empezando a tomar alimento, recobraba las fuerzas del cuerpo y el vigor del espíritu. Aun después de restablecido conservaba la costumbre de permanecer largo rato mirando al techo, y era que como la estancia no tenía vistas al campo ni a la calle, sino tan solo a un sombrío corral, el techo hacía las veces de horizonte, y en él vislumbraba el convaleciente las extrañas cosas que, en las vagas lejanías de la naturaleza, recrean nuestra alma más que nuestros ojos.

—Ea, ya estamos bien —dijo Arespacochaga, entrando a verlo un día de enero—. Basta ya de hacer el niño mimoso, y el enfermito remolón. A la calle, al campo, y a defender la causa, que para eso vivimos todos. Conviene enterarle de lo ocurrido en este paréntesis de su enfermedad. ¿Qué dice?..., ¿que no le importa nada?

—No he dicho tal cosa. Ya sé que nuestro ejército opera en Guipúzcoa.

—Y yo puedo darle a usted noticia de acciones perdidas, de acciones ganadas. La fortuna se muestra ahora variable, caprichosa... Efectos, digo yo, de que no hay plan, o de que el plan obedece a móviles que no son militares. Verá usted. En Villarreal de Zumárraga, doloroso es confesarlo, recibió nuestra gente una soberana paliza: las cosas claras. ¿A quién se le ocurre presentar batalla con cuatro mil hombres a las fuerzas dobles o triples de Espartero y Carratalá?... Este buen señor, este don Tomás de mis pecados, dicho sea entre nosotros con la mayor reserva, paréceme a mí que ha perdido los papeles. Verdad que se desquitó en Ormáiztegui, por aquello de que es su pueblo natal, y no quiere hacer mal papel ante sus convecinos. En Ormáiztegui, hay que decirlo, quedamos bien, gracias al arrojo de Iturralde y a la pericia de Gómez. Los cristinos salieron con las manos en la cabeza, y a estas horas no se sabe dónde han ido a componerse la descalabradura... ¿Qué me dice usted de todo esto? Parece que le conmueve poco... Veremos si otro asunto le interesa más. Ha de saber el amigo Fago que, en vista de las repugnancias que me manifestó el día de su llegada, he pensado en encargar a otra persona la delicada comisión... ¿Qué, no se acuerda?... ¿Nos hemos quedado sin memoria? ¿Qué significa esa cara de sorpresa y estupefacción?... Más bien creía yo que durante su enfermedad no ha pensado en otra cosa, y que la fiebre le ha tenido en constante lucha con la imagen de...

—Con la imagen... ¿de quién?

—Ello es que la noche en que el pobre Fago estuvo peor, vine aquí... Usted deliraba, y no decía más que _Me, Me, Me_...

—¿_Me_ decía? Pues mire usted, don Fructuoso, bien pude pronunciar esa sílaba, porque, en efecto, soñé que la hija de Ulibarri estaba en Zumárraga hablando con nuestro general.

—La mitad de su sueño es cierta, la otra mitad mentira. En Zumárraga estuvo: noticias fidedignas tengo de ello. Pero no me consta que Zumalacárregui le hiciera el honor de admitirla a conferenciar... He sabido también que pasó por Ormáiztegui... Dos días antes la vieron en Elorrio, donde acampaba Espartero: iba la señora en compañía de un capellán que sirve a los constitucionales, tan pronto en el cuartel de Córdova, como en el de Espartero.

—Paréceme que usted, señor don Fructuoso, sueña más que yo.

—Ya lo veremos. Los sueños no son absolutamente obra de un cerebro desconcertado; los sueños nos ofrecen, en multitud de casos, maravillosas conexiones con la realidad. La historia sagrada y profana nos dice que por el conducto del sueño se han revelado a ciertos y determinados hombres verdades como puños. Dígame usted, puesto que la vio en Zumárraga: ¿cómo iba vestida?

—De monja.

—¿Lo ve usted?... Y digan que los sueños son burla de los sentidos. Monja, sí señor; vestidita de monja, lo que no quiere decir que lo sea. El traje es un artificio o salvoconducto para la conspiración que se trae esa señora, correveidile de una taifa de capellanes masónicos, y de carlistas vendidos a la nefanda Constitución. Y no va sola...

—En efecto, no va sola.

—La ha visto usted en compañía de un hato de religiosas expulsadas de Los Arcos, y que andan buscando un convento desmantelado donde meterse.

XXIII

—Es cierto —prosiguió el capellán—. En lo que no estamos conformes es en que la hija de Ulibarri sea falsa monja. Mis noticias son que ha profesado.

—¿Y por dónde, por quién ha recibido usted esa información?

—Por nadie, señor —dijo Fago con desprecio de sí mismo, paseándose—. No sé nada: es que lo pienso, lo he soñado... No me haga usted caso. Estoy demente.

—No es eso locura. Mi buen capellán fluctúa tristemente entre lo que le pinta su imaginación y lo que por mi boca le dice la realidad. Procure usted concertar su sueño con mis informes; ver si acierta el delirio, que bien podría ser, o si yo me equivoco, lo que no es improbable. Intente salir de su horrible duda, aceptando la comisión que le propuse.

—¿Pero no dice usted que ha encargado a otro...?

—Aún no ha salido y puedo darle contraorden.

—Y ese otro, ¿quién es?

—Un hombre muy listo, muy despierto, buena estampa, aficionadillo a las aventuras.

—¿Militar?... ¿No?... ¿Acaso pertenece también al estado eclesiástico?

—Casi no. No ha recibido más que la primera tonsura, y parece inclinado a seguir carrera muy distinta. La intendencia y la política le arrastran. Escribe como un águila cuanto sea menester en defensa de la causa, y demuestra extraordinaria agudeza y olfato para penetrar el sentido de los acontecimientos.

—¿Aragonés?

—De las Cinco Villas.

—No me diga usted más. Es Mariano Zapico... ¡Bah! ¡Y a un tonto semejante encarga usted misión tan delicada! Volverá trayéndole a usted sin fin de enredos.

—No, no: tiene que traerme a la monja verdadera o apócrifa.

—Yo creo que es auténtica... Si quiere usted saber la verdad, no ponga ese fino trabajo en manos tan toscas como las de Zapico.

—En las de usted quise ponerle —afirmó don Fructuoso con viveza—, creyendo fundadamente que ya le tenía cogido.

—Pues venga a las mías, ¡carambo!..., venga —dijo el capellán levantándose y dando dos briosas patadas que hicieron estremecer el frágil suelo del desván—. Yo desempeñaré esa comisión, pues ya veo que no sirvo para otra. Soy un desgraciado que todo lo ambiciona y nada realiza. Me falló la guerra, no sé si me fallará la religión. Mi voluntad, que otras veces se ha lanzado a las acciones briosas, movida de una gran idea, ahora se lanza movida de un instinto. Mi destino así lo quiere. No sé en dónde me meto. Dios sabrá por dónde salgo.

Frotábase las manos el consejero, y para animarle más en su propósito le dijo estas sesudas expresiones:

—No estoy conforme, amigo Fago, en que dé usted por muertas sus ambiciones militares, ni las ambiciones, propósitos más bien, del orden religioso. Para abrir camino a un hombre que, como el capellán Fago, posee inteligencia no común, no han de faltarle buenos padrinos. Aquí estoy yo, para declarar solemnemente que si me desempeña esta comisión como espero, quedo obligado a proporcionar a usted el mando de una columna volante de doscientos hombres. Quien puede disponerlo, lo dispondrá. Y en el caso de que mi buen capellán se decida por la religión, me obligo a premiar sus servicios, el día del triunfo, con una buena canongía, o un arciprestazgo de los mejores.

No se mostró el aragonés muy entusiasmado con estos ofrecimientos, y atento no más que a disponerse para la misión que se le encomendaba, pidió a don Fructuoso dos onzas, con lo cual creía tener lo necesario para su viaje. Díjole el consejero que aguardase hasta el día siguiente, porque la Real Intendencia estaba a la cuarta pregunta, y para proveerle de los fondos necesarios, era preciso retirarlos de otras obligaciones. Tenía que conferenciar con el mayordomo de palacio, con el superintendente, con el colector de rentas, y con media docena más de figurones y ministriles que a la sazón se alojaban, rodeados de papelotes, en las míseras casas, graneros o zahúrdas de Aranarache.

Al día siguiente, puestas en manos del capellán las dos peluconas, quiso don Fructuoso darle instrucciones y marcarle un itinerario, conforme a los datos que de sus golillas y soplones había recibido; pero Fago no admitió que en aquel punto se le dirigiera.

—¿Qué quiere usted? ¿Que yo busque a Saloma, que la encuentre, que la coja y me la traiga? Pues déjeme a mí la disposición de los pasos que tengo que dar para obtener este resultado. Y si lo obtengo, no me pregunte el cómo, el cuándo, ni el dónde. Yo me entrego a mi instinto, en la confianza que este sea más afortunado que lo fueron mis altas, mis nobles ideas. Adiós.

—Guíele Dios, y acompáñele la Virgen bendita.

—No creo que la Generalísima intervenga para nada en esto.

—Debo decirle, amigo Fago, que no tenga escrúpulos por tratarse de emprender la captura moral y física de persona perteneciente a una orden religiosa. Eso no; convénzase de que no es monja: si viste el santo hábito, es como disfraz de sus pérfidas maquinaciones. No haya, pues, escrúpulos; no haya, pues, el temor de ofender a Dios... Dios está con nosotros.

—¡Ah!... ¡Dios...! No llevo el propósito de ofenderle... Quizás me resulte que podré servirle, arrancando al demonio un alma hermosa, extraviada. Aún espero realizar una acción grande y bella. Puede que tras de este instinto surja un esfuerzo brioso de la voluntad. No lo sé. Me dejo llevar del instinto, que a veces nos guía mejor que la razón... Adiós otra vez.

Y salió en aquel mismo instante, solo, vestido de aldeano, y se perdió en las veredas fragosas que conducen a Maestu. ¿A dónde iba? Realmente no lo sabía, y al tomar aquella dirección, como habría tomado otra cualquiera, no hizo más que entregarse al ciego acaso, saboreando el goce de prever lo que le deparase, como saborean los jugadores las presunciones y corazonadas que preceden al manejo de los naipes.