Part 16
—Agustín, ponle en libertad. Nos ocultaremos donde nadie pueda descubrirnos. Si te dicen algo, si te acusan de haber faltado al deber, no les hagas caso y vente conmigo. ¡Cuánto te amará mi padre al ver que le salvas la vida! ¡Qué felicidad nos espera, Agustín! ¡Qué bueno eres! Ya lo esperaba yo; y cuando supe que el pobre preso estaba en tu poder, se me figuró que las puertas del cielo se abrían.
Mi amigo dió algunos pasos y retrocedió después. Había bastantes militares y gente armada en la plazuela. De repente se nos apareció delante un hombre con muletas, acompañado de otros paisanos y algunos oficiales de alta graduación.
—¿Qué pasa aquí?—dijo D. José de Montoria.—Me pareció oir chillidos de mujer. Agustín, ¿estás llorando? ¿Qué tienes?
—Señor—gritó Mariquilla con terror volviéndose hacia Montoria.—Usted no se opondrá tampoco á que dejen en libertad á mi padre. ¿No se acuerda usted de mí? Ayer estaba usted herido y yo le curé.
—Es verdad, niña—dijo gravemente Don José.—Estoy muy agradecido. Ahora caigo en que es usted la hija del Sr. Candiola.
—Sí, señor: ayer, cuando le curaba á usted, reconocí en su cara la de aquel hombre que maltrató á mi padre hace muchos días.
—Sí, hija mía: fué un arrebato, un pronto... No lo pude remediar... Tengo la sangre muy viva... Y usted me curó... Así se portan los buenos cristianos. Pagar las injurias con beneficios, y hacer bien á los que nos aborrecen, es lo que manda Dios.
—Señor—exclamó María toda deshecha en lágrimas,—yo perdono á mis enemigos; perdone usted también á los suyos. ¿Por qué no han de poner en libertad á mi padre? El no ha hecho nada.
—Es un poco difícil lo que usted pretende. La traición del Sr. Candiola no puede perdonarse. La tropa está furiosa.
—¡Todo es un error! Si usted quiere interceder... Usted será de los que mandan.
—¿Yo?...—dijo Montoria.—Ese es un asunto que no me incumbe... Pero serénese usted, joven... De veras que parece usted una buena muchacha. Recuerdo el esmero con que me curaba, y me llega al alma tanta bondad. Grande ofensa hice á usted, y de la misma persona á quien ofendí he recibido un bien inmenso, tal vez la vida. De este modo nos enseña Dios con un ejemplo que debemos ser humildes y caritativos, ¡porr...! ¡ya la iba á soltar!... ¡Maldita lengua mía!
—¡Señor, qué bueno es usted!—exclamó la joven.—¡Yo le creía muy malo! usted me ayudará á salvar á mi padre. El tampoco se acuerda del ultraje recibido.
—Oiga usted—le dijo Montoria tomándola por un brazo.—Hace poco pedí perdón al señor D. Jerónimo por aquel vejamen, y lejos de reconciliarse conmigo, me insultó del modo más grosero. El y yo nos casamos, niña. Dígame usted que me perdona lo de los golpes, y mi conciencia se descargará de un gran peso.
—¡Pues no le he de perdonar! ¡Oh señor, qué bueno es usted! Usted manda aquí, sin duda. Pues haga poner en libertad á mi padre.
—Eso no es de mi cuenta. El Sr. Candiola ha cometido un crimen que espanta. Imposible perdonarle, imposible: comprendo la aflicción de usted... De veras lo siento, mayormente al acordarme de su caridad... Ya la protegeré á usted... Veremos.
—Yo no quiero nada para mí—dijo María, ronca ya de tanto gritar.—Yo no quiero sino que pongan en libertad á un infeliz que nada ha hecho. Agustín, ¿no mandas aquí? ¿Qué haces?
—Este joven cumplirá con su deber.
—Este joven—repuso la Candiola con furor,—hará lo que yo le ordene, porque me ama. ¿No es verdad que pondrás en libertad á mi padre? Tú me lo dijiste... Señores, ¿qué buscan ustedes aquí? ¿Piensan impedirlo? Agustín, no les hagas caso y defendámonos.
—¡Qué es esto!—exclamó Montoria con estupefacción.—Agustín, ¿ha dicho esta muchacha que te disponías á faltar á tu deber? ¿La conoces tú?
Dominado por profundo temor, Agustín no contestó nada,
—Sí, le pondrá en libertad—exclamó María con desesperación.—Fuera de aquí, señores. Aquí no tienen ustedes nada que hacer.
—¡Cómo se entiende!—gritó D. José, tomando á su hijo por un brazo.—Si lo que esta muchacha dice fuera cierto; si yo supiera que mi hijo faltaba al honor de ese modo, atropellando la lealtad jurada al principio de autoridad delante de las banderas; si yo supiera que mi hijo hacía burla de las órdenes cuyo cumplimiento se le ha encargado, yo mismo le pasaría una cuerda por los codos, llevándole delante del consejo de guerra para que le dieran su merecido.
—¡Señor, padre mío!—repuso Agustín pálido como la muerte.—Jamás he pensado en faltar á mi deber.
—¿Es éste tu padre?—dijo María.—Agustín, dile que me amas, y quizás tenga compasión de mí.
—Esta joven está loca—afirmó D. José.—Desgraciada niña: su tribulación me llega al alma. Yo me encargo de protegerla en su orfandad... pero serénese usted. Sí, la protegeré, siempre que reforme sus costumbres... Pobrecilla: usted tiene buen corazón... un excelente corazón... pero... sí... me lo han dicho, un poco levantada de cascos... Es lástima que por una perversa educación se pierda una buena alma... Con que ¿será usted buena?... Creo que sí.
—Agustín, ¿cómo permites que me insulten?—exclamó María con inmenso dolor.
—No os insulto—añadió el padre.—Es un consejo. ¡Cómo había yo de insultar á mi bienhechora! Si usted se porta bien, le tendremos gran cariño. Queda usted bajo mi protección, desgraciada huerfanita... ¿Para qué toma en boca á mi hijo? Nada, nada: más juicio, y por ahora basta ya de agitación... El chico tal vez la conozca á usted... Sí, me han dicho que durante el sitio no ha abandonado usted la compañía de los soldados... Es preciso enmendarse: yo me encargo... No puedo olvidar el beneficio recibido; además, conozco que su fondo es bueno... Esa cara no miente: tiene usted una figura celestial. Pero es preciso renunciar á los goces mundanos, refrenar el vicio... pues...
—No—gritó de súbito Agustín, con tan vivo arrebato de ira, que todos temblamos al verle y oirle.—No, no consiento á nadie, ni aun á mi padre, que la injurie delante de mí. Yo la amo, y si antes lo he ocultado, ahora lo digo aquí sin miedo ni vergüenza para que todo el mundo lo sepa. Señor, usted no sabe lo que está diciendo, ni cuánto se aparta de lo verdadero, sin duda porque le han engañado. Máteme usted si le falto al respeto; pero no la infame delante de mí, porque oyendo otra vez lo que he oído, ni la presencia de mi propio padre me reportaría.
Montoria, que no esperaba tal exabrupto, miró con asombro á sus amigos.
—Bien, Agustín—exclamó la Candiola.—No hagas caso de esa gente. Este hombre no es tu padre. Haz lo que te indica tu corazón. ¡Fuera de aquí, señores, fuera de aquí!
—Te engañas, María—replicó el joven.—Yo no he pensado poner en libertad al preso, ni lo pondré; pero al mismo tiempo digo que no seré yo quien disponga su muerte. Oficiales hay en mi batallón que cumplirán la orden. Ya no soy militar: aunque esté delante del enemigo, arrojo mi espada, y corro á presentarme al Capitán General para que disponga de mi suerte.
Diciendo esto, desenvainó, y doblando la hoja sobre la rodilla, rompióla, y después de arrojar los dos pedazos en medio del corrillo, se fué sin decir una palabra más.
—¡Estoy sola! ¡Ya no hay quien me ampare!—exclamó Mariquilla con abatimiento.
—No hagan caso de las barrabasadas de mi hijo—nos dijo Montoria.—Ya le tomaré yo por mi cuenta. Tal vez la muchacha le haya interesado... pues... no tiene nada de particular. Estos eclesiásticos inexpertos suelen ser así... Y usted, señora Doña María, procure serenarse. Ya nos ocuparemos de usted. Yo le prometo que si tiene buena conducta, se le conseguirá que entre en las Arrepentidas... Vamos, llevarla fuera de aquí.
—¡No: no me sacarán de aquí sino á pedazos!—gritó la joven en el colmo de la desolación.—¡Oh! Sr. D. José de Montoria: usted le pidió perdón á mi padre. Si él no le perdonó, yo le perdono mil veces. Pero...
—Yo no puedo hacer lo que usted me pide—replicó el patriota con pena.—El crimen cometido es enorme. Retírese usted... ¡Qué espantoso dolor! ¡Es preciso tener resignación! Dios le perdonará á usted todas sus culpas, pobre huerfanita... Cuente conmigo, y todo lo que yo pueda... La socorreremos, la auxiliaremos... Estoy conmovido, y no sólo por agradecimiento, sino por lástima... Vamos, venga usted conmigo... Son las diez menos cuarto.
—Sr. Montoria—dijo María poniéndose de rodillas delante del patriota y besándole las manos.—Usted tiene influencia en la ciudad, y puede salvar á mi padre. Se ha enfadado usted conmigo, porque Agustín dijo que me quería. No, no le quiero: ya no le miraré más. Aunque soy honrada, él es superior á mí, y no puedo pensar en casarme con él. Señor de Montoria, por el alma de su hijo muerto, hágalo usted. Mi padre es inocente. No, no es posible que haya sido traidor. Aunque el Espíritu Santo me lo dijera, no lo creería. Dicen que no era patriota. Mentira, yo digo que mentira. Dicen que no dió nada para la guerra: pues ahora se dará todo lo que tenemos. En el sótano de casa hay enterrado mucho dinero. Yo le diré á usted dónde está, y pueden llevárselo todo. Dicen que no ha tomado las armas. Yo las tomaré ahora: no temo las balas, no me asusta el ruido del cañón, no me asusto de nada; volaré al sitio de mayor peligro, y allí donde no puedan resistir los hombres me pondré yo sola ante el fuego. Yo sacaré con mis manos la tierra de las minas, y haré agujeros para llenar de pólvora todo el suelo que ocupan los franceses. Dígame usted si hay algún castillo que tomar, ó alguna muralla que defender, porque nada temo, y de todas las personas que aún viven en Zaragoza, yo seré la última que se rinda.
—¡Desgraciada niña!—murmuró el patriota alzándola del suelo.—Vámonos, vámonos de aquí.
—Señor de Araceli—ordenó el jefe de la fuerza, que era uno de los presentes,—puesto que el capitán D. Agustín Montoria no está en su puesto, encárguese usted del mando de la compañía.
—No, asesinos de mi padre—exclamó María, no ya exasperada, sino furiosa como una leona.—No mataréis al inocente. Cobardes, verdugos: los traidores sois vosotros, no él. No podéis vencer á vuestros enemigos, y os gozáis en quitar la vida á un infeliz anciano. Militares, ¿á qué habláis de vuestro honor, si no sabéis lo que es eso? Agustín, ¿dónde estás? Sr. D. José de Montoria, esto que ahora pasa es una ruín venganza, tramada por usted, hombre rencoroso y sin corazón. Mi padre no ha hecho mal á nadie. Ustedes intentaban robarle... Bien hacía él en no querer dar su harina, porque los que se llaman patriotas, son negociantes que especulan con las desgracias de la ciudad... No puedo arrancar á estos crueles una palabra compasiva. Hombres de bronce, bárbaros, mi padre es inocente, y si no lo es, bien hizo en vender la ciudad. Siempre le darían más de lo que ustedes valen... ¿Pero no hay uno, uno tan sólo que se apiade de él y de mí?
—Vamos: retirémosla, señores; llevarla á cuestas. ¡Infeliz joven!—dijo Montoria.—Esto no puede prolongarse. ¿En dónde se ha metido mi hijo?
Se la llevaron, y durante un rato oí desde la plazuela sus gritos desgarradores.
—Buenas noches, señor de Araceli—me dijo Montoria.—Voy á ver si hay un poco de agua y vino que dar á esa pobre huérfana.
XXX
Vete lejos de mí, horrible pesadilla. No quiero dormir. Pero el mal sueño que anhelo desechar vuelve á mortificarme. Quiero borrar de mi imaginación la lúgubre escena; pero pasa una noche y otra, y la escena no se borra. Yo, que en tantas ocasiones he afrontado sin pestañear los mayores peligros, hoy tiemblo: mi cuerpo se estremece, y helado sudor corre por mi frente. La espada teñida en sangre de franceses se cae de mis manos, y cierro los ojos para no ver lo que pasa delante de mí.
En vano te arrojo, imagen funesta. Te expulso y vuelves, porque has echado profunda raíz en mi cerebro. No: yo no soy capaz de quitar á sangre fría la vida á un semejante, aunque un deber inexorable me lo ordene. ¿Por qué no temblaba en las trincheras y ahora tiemblo? Siento un frío mortal. A la luz de las linternas veo algunas caras siniestras; una, sobre todo, lívida y hosca que expresa un espanto superior á todos los espantos. ¡Cómo brillan los cañones de los fusiles! Todo está preparado, y no falta más que una voz: mi voz. Trato de pronunciar la palabra, y me muerdo la lengua. No, esa palabra no saldrá jamás de mis labios.
Vete lejos de mí, negra pesadilla. Cierro los ojos, me aprieto los párpados con fuerza para cerrarlos mejor, y cuanto más los cierro más te veo, horrendo cuadro. Esperan todos con ansiedad; pero ninguna ansiedad es comparable á la de mi alma, rebelándose contra la ley que obliga á determinar el fin de una existencia extraña. El tiempo pasa, y unos ojos que yo no quisiera haber visto nunca, desaparecen bajo una venda. Yo no puedo ver tal espectáculo, y quisiera que pusiesen también un lienzo en los míos. Los soldados me miran, y yo disimulo mi cobardía frunciendo el ceño. Somos estúpidos y vanos hasta en los momentos supremos. Parece que los circunstantes se burlan de mi perplejidad, y esto me da cierta energía. Entonces despego mi lengua del paladar y grito: _¡Fuego!_
La maldita pesadilla no quiere irse, y me atormenta esta noche, como anoche, y como anteanoche, reproduciéndome lo que no quiero ver. Más vale no dormir, y prefiero el insomnio. Sacudo el letargo, y aborrezco despierto la vigilia como antes aborrecía el sueño. Siempre el mismo zumbido de los cañones. Esas insolentes bocas de bronce no han cesado de hablar aún. Han pasado diez días y Zaragoza no se ha rendido, porque todavía algunos locos se obstinan en guardar para España aquel montón de polvo y ceniza. Siguen reventando los edificios, y Francia, después de sentar un pie, gasta ejércitos y quintales de pólvora para conquistar terreno en que poner el otro. España no se retira mientras tenga una baldosa en que apoyar la inmensa máquina de su bravura.
Yo estoy exánime y no puedo moverme. Esos hombres que veo pasar por delante de mí no parecen hombres. Están flacos, macilentos, y sus rostros serían amarillos, si no les ennegrecieran el polvo y el humo. Brillan bajo la negra ceja los ojos que ya no saben mirar sino matando. Se cubren de inmundos harapos, y un pañizuelo ciñe su cabeza como un cordel. Están tan escuálidos, que parecen los muertos del montón de la calle de la Imprenta, que se han levantado para relevar á los vivos. De trecho en trecho se ven, entre columnas de humo, moribundos en cuyo oído murmura un fraile conceptos religiosos. Ni el moribundo entiende, ni el fraile sabe lo que dice. La religión misma anda desatinada y medio loca. Generales, soldados, paisanos, frailes, mujeres, todos están confundidos. No hay clases ni sexos. Nadie manda ya, y la ciudad se defiende en la anarquía.
No sé lo que me pasa. No me digáis que siga contando, porque ya no hay nada. Ya no hay nada que contar, y lo que veo no parece cosa real, confundiéndose en mi memoria lo verdadero con lo soñado. Estoy tendido en un portal de la calle de la Albardería, y tiemblo de frío; mi mano izquierda está envuelta en un lienzo lleno de sangre y fango. La calentura me abrasa, y anhelo tener fuerzas para acudir al fuego. No son cadáveres todos los que hay á mi lado. Alargo la mano y toco el brazo de un amigo que vive aún.
—¿Qué ocurre, Sr. _Sursum Corda_?
—Los franceses parece que están del lado acá del Coso—me contesta con voz desfallecida.—Han volado media ciudad. Puede ser que sea preciso rendirse. El Capitán General ha caído enfermo de la epidemia, y está en la calle de Predicadores. Creen que se morirá. Entrarán los franceses. Me alegro de morirme para no verlos. ¿Qué tal se encuentra usted, señor de Araceli?
—Muy mal. Veré si puedo levantarme.
—Yo estoy vivo todavía, á lo que parece. No lo creí. El Señor sea conmigo. Me iré derecho al cielo. Señor de Araceli, ¿se ha muerto usted ya?
Me levanto y doy algunos pasos. Apoyándome en las paredes, avanzo un poco y llego junto á las Escuelas Pías. Algunos militares de alta graduación acompañan hasta la puerta á un clérigo pequeño y delgado, que les despide diciendo: «Con nuestro deber hemos cumplido, y la fuerza humana no alcanza á más...» Era el Padre Basilio.
Un brazo amigo me sostiene, y reconozco á D. Roque.
—Amigo Gabriel—me dice con aflicción.—La ciudad se rinde hoy mismo.
—¿Qué ciudad?
—Esta.
Al hablar así, me parece que nada está en su sitio. Los hombres y las casas, todo corre en veloz fuga. La Torre Nueva saca sus pies de los cimientos para huir también, y desapareciendo á lo lejos, el capacete de plomo se le cae de un lado. Ya no resplandecen las llamas de la ciudad. Columnas de negro humo corren de Levante á Poniente, y el polvo y la ceniza, levantados por los torbellinos del viento, marchan en la misma dirección. El cielo no es cielo, sino un toldo de color plomizo, que tampoco está quieto.
—Todo huye, todo se va de este lugar de desolación—digo á D. Roque.—Los franceses no encontrarán nada.
—Nada: hoy entran por la puerta del Angel. Dicen que la capitulación ha sido honrosa. Mira: ahí vienen los espectros que defendían la plaza.
En efecto: por el Coso desfilan los últimos combatientes, aquel uno por mil que había resistido á las balas y á la epidemia. Son padres sin hijos, hermanos sin hermanos, maridos sin mujer. El que no puede encontrar á los suyos entre los vivos, tampoco es fácil que los encuentre entre los muertos, porque hay cincuenta y dos mil cadáveres, casi todos arrojados en las calles, en los portales de las casas, en los sótanos, en las trincheras. Los franceses, al entrar, se detienen llenos de espanto ante espectáculo tan terrible, y casi están á punto de retroceder. Las lágrimas corren de sus ojos, y se preguntan si son hombres ó sombras las pocas criaturas con movimiento que discurren ante su vista.
El soldado voluntario, al entrar en su casa, tropieza con los cuerpos de su esposa y de sus hijos. La mujer corre á la trinchera, al paredón, á la barricada, y busca á su marido. Nadie sabe dónde está: los mil muertos no hablan, y no pueden dar razón de si está Fulano entre ellos. Familias numerosas se encuentran reducidas á cero, y no queda en ellas uno solo que eche de menos á los demás. Esto ahorra muchas lágrimas, y la muerte ha herido de un solo golpe al padre y al huérfano, al esposo y á la viuda, á la víctima y á los ojos que habían de llorarla.
Francia ha puesto al fin el pie dentro de aquella ciudad edificada á las orillas del clásico río que da su nombre á nuestra Península; pero la ha conquistado sin domarla. Al ver tanto desastre y el aspecto que ofrece Zaragoza, el ejército imperial, más que vencedor, se considera sepulturero de aquellos heróicos habitantes. Cincuenta y tres mil vidas le tocaron á la ciudad aragonesa en el contingente de doscientos millones de criaturas con que la humanidad pagó las glorias militares del Imperio francés.
Este sacrificio no será estéril, como sacrificio hecho en nombre de una idea. El Imperio, cosa vana y de circunstancias, fundado en la movible fortuna, en la audacia, en el genio militar, que siempre es secundario, cuando, abandonando el servicio de la idea, sólo existe en obsequio de sí propio; el Imperio francés, digo; aquella tempestad que conturbó los primeros años del siglo, y cuyos relámpagos, truenos y rayos aterraron tanto á la Europa, pasó, porque las tempestades pasan, y lo normal en la vida histórica, como en la Naturaleza, es la calma. Todos le vimos pasar, y presenciamos su agonía en 1815; después vimos su resurrección algunos años adelante; pero también pasó, derribado el segundo como el primero por la propia soberbia. Tal vez retoñe por tercera vez este árbol viejo; pero no dará sombra al mundo durante siglos, y apenas servirá para que algunos hombres se calienten con el fuego de su última leña.
Lo que no ha pasado ni pasará es la idea de nacionalidad que España defendía contra el derecho de conquista y la usurpación. Cuando otros pueblos sucumbían, ella mantiene su derecho, lo defiende, y sacrificando su propia sangre y vida, lo consagra, como consagraban los mártires en el circo la idea cristiana. El resultado es que España, despreciada injustamente en el Congreso de Viena, desacreditada con razón por sus continuas guerras civiles, sus malos gobiernos, su desorden, sus bancarrotas más ó menos declaradas, sus inmorales partidos, sus extravagancias, sus toros y sus pronunciamientos, no ha visto nunca, después de 1808, puesta en duda la continuación de su nacionalidad; y aun hoy mismo, cuando parece hemos llegado al último grado del envilecimiento, con más motivos que Polonia para ser repartida, nadie se atreve á intentar la conquista de esta casa de locos.
Hombres de poco seso, ó sin ninguno en ocasiones, los españoles darán mil caídas hoy como siempre, tropezando y levantándose, en la lucha de sus vicios ingénitos, de las cualidades eminentes que aún conservan, y de las que adquieren lentamente con las ideas que les envía la Europa central. Grandes subidas y bajadas, grandes asombros y sorpresas, aparentes muertes y resurrecciones prodigiosas reserva la Providencia á esta gente, porque su destino es poder vivir en la agitación como la salamandra en el fuego; pero su permanencia nacional está y estará siempre asegurada.
XXXI
Era el 21 de Febrero. Un hombre que no conocí, se me acercó y me dijo:
—Ven, Gabriel: necesito de tí.
—¿Quién me habla?—le pregunté.—Yo no le conozco á usted.
—Soy Agustín Montoria—respondió,—¿Tan desfigurado estoy? Ayer me dijeron que habías muerto. ¡Qué envidia te tenía! Veo que eres tan desgraciado como yo, y vives aún. ¿Sabes, amigo mío, lo que acabo de ver? Acabo de ver el cuerpo de Mariquilla. Está en la calle de Antón Trillo, á la entrada de la huerta. Ven y la enterraremos.
—Yo más estoy para que me entierren que para enterrar. ¿Quién se ocupa de eso? ¿De qué ha muerto esa mujer?
—De nada, Gabriel, de nada.
—Es singular muerte: no la entiendo.
—Mariquilla no tiene heridas, ni las señales que deja en el rostro la epidemia. Parece que se ha dormido. Apoya la cara contra el suelo, y tiene las manos en ademán de taparse fuertemente los oídos.
—Hace bien. Le molesta el ruido de los tiros. Lo mismo me pasa á mí, que todavía los siento.
—Ven conmigo y me ayudarás. Llevo una azada.
Difícilmente llegué á donde mi amigo, con otros dos compañeros, me llevaba. Mis ojos no podían fijarse bien en objeto alguno, y sólo ví una sombra tendida. Agustín y los otros dos levantaron aquel cuerpo, fantasma, vana imagen ó desconsoladora realidad que allí existía. Creo haber distinguido su cara, y al verla, tristísima penumbra se extendió por mi alma.
—No tiene ni la más ligera herida—decía Agustín,—ni una gota de sangre mancha sus vestidos. Sus párpados no se han hinchado, como los que mueren de la epidemia. María no ha muerto de nada. ¿La ves, Gabriel? Parece que esta figura que tengo en brazos no ha vivido nunca; parece que es una hermosa imagen de cera, á quien he amado en sueños representándomela con vida, palabra y movimiento. ¿La ves? Siento que todos los habitantes de la ciudad estén muertos por esas calles. Si vivieran, les llamaría para decirles que la he amado. ¿Por qué lo oculté como un crimen? María, Mariquilla, esposa mía, ¿por qué te has muerto sin heridas y sin enfermedad? ¿Qué tienes, qué te pasa, qué te pasó en tu último momento? ¿En dónde estás ahora? ¿Tú piensas? ¿Te acuerdas de mí y sabes acaso que existo? María, Mariquilla, ¿por qué tengo yo ahora esto que llaman vida y tú no? ¿En dónde podré oirte, hablarte y ponerme delante de tí para que me mires? Todo á obscuras está en torno mío, desde que has cerrado los ojos. ¿Hasta cuándo durará esta noche de mi alma y esta soledad en que me has dejado? La tierra me es insoportable. La desesperación se apodera de mi alma, y en vano llamo á Dios para que la llene toda. Dios no quiere venir, y desde que te has ido, Mariquilla, el universo está vacío.
Diciendo esto, un vivo rumor de gente llegó á nuestros oídos.
—Son los franceses que toman posesión del Coso,—dijo uno.