Zaragoza

Part 15

Chapter 154,068 wordsPublic domain

Hizo terribles esfuerzos por reanimarse; pero casi llegó á perder el sentido, más que por la gravedad de la herida, por la pérdida de la sangre, el ningún alimento, los insomnios y penas de aquellos días. Aunque él rogaba que le dejáramos allí arrimado á la pared, para no perder ni un solo detalle de la acción que iba á trabarse, le llevamos á su albergue, que estaba en el mismo Coso, esquina á la calle del Refugio. La familia había sido instalada en una habitación alta. La casa estaba toda llena de heridos, y casi obstruían la puerta los muchos cadáveres depositados en aquel sitio. En el angosto portal, en las habitaciones interiores, no se podía dar un paso, porque la gente que había ido allí á morirse lo obstruía todo, y no era fácil distinguir los vivos de los difuntos.

Montoria, cuando le entramos, dijo:

—No me llevéis arriba, muchachos, donde está mi familia. Dejadme en esta pieza baja. Ahí veo un mostrador que me viene de perillas.

Pusímosle donde dijo. La pieza baja era una tienda. Bajo el mostrador habían espirado aquel día algunos heridos y apestados, y muchos enfermos se extendían por el infecto suelo, arrojados sobre piezas de tela.

—A ver—continuó,—si hay por ahí algún alma caritativa que me ponga un poco de estopa en este boquete por donde sale la sangre...

Una mujer se adelantó hacia el herido. Era Mariquilla Candiola.

—Dios os lo premie, niña—dijo D. José, al ver que traía hilas y lienzo para curarle.—Basta por ahora con que me remiende usted un poco esta pierna. Creo que no se ha roto el hueso.

Mientras esto pasaba, unos veinte paisanos invadieron la casa, para hacer fuego desde las ventanas contra las ruínas del Hospital.

—Señor de Araceli, ¿se marcha usted al fuego? Aguarde usted un rato para que me lleve, porque me parece que no puedo andar solo. Mande usted el fuego desde la ventana. Buena puntería. No dejar respirar á los del Hospital... A ver, joven, despache usted pronto. ¿No tiene usted un cuchillo á mano? Sería bueno cortar ese pedazo de carne que cuelga... ¿Cómo va eso, señor de Araceli? ¿Vamos ganando?

—Vamos bien—le respondí desde la ventana.—Ahora retroceden al Hospital. San Francisco es un hueso un poco duro de roer.

María en tanto miraba fijamente á Montoria, y seguía curándole con mucho cuidado y esmero.

—Es usted una alhaja, niña—dijo mi amigo.—Parece que no pone las manos encima de la herida... Pero ¿á qué me mira usted tanto? ¿Tengo monos en la cara? A ver... ¿Está concluído eso?... Trataré de levantarme... Pero si no me puedo tener... ¿Qué agua de malvas es ésta que tengo en las venas? ¡Porr...! iba á decirlo... que no pueda corregir la maldita costumbre... Señor de Araceli, no puedo con mi alma. ¿Cómo anda la cosa?

—Señor, á las mil maravillas. Nuestros valientes paisanos están haciendo prodigios.

En esto llegó un oficial herido á que le pusieran un vendaje.

—Todo marcha á pedir de boca—nos dijo.—No tomarán á San Francisco. Los del Hospital han sido rechazados tres veces. Pero lo portentoso, señores, ha ocurrido por el lado de San Diego. Viendo que los franceses se apoderaban de la huerta pegada á la casa de los Duendes, cargaron sobre ellos á la bayoneta los valientes soldados de Orihuela, mandados por Pino-Hermoso, y no sólo los desalojaron, sino que dieron muerte á muchos, cogiendo trece prisioneros.

—Quiero ir allá. ¡Viva el batallón de Orihuela! ¡Viva el Marqués de Pino-Hermoso!—exclamó con furor sublime D. José de Montoria.—Señor de Araceli, vamos allá. Lléveme usted. ¿Hay por ahí un par de muletas? Señores, las piernas me faltan. Pero andaré con el corazón. Adiós, niña, hermosa curandera... Pero ¿por qué me mira usted tanto?... Me conoce usted, y yo creo haber visto esa cara en alguna parte... sí... pero no recuerdo dónde.

—Yo también le he visto á usted una vez, una vez sola—dijo Mariquilla con aplomo,—y ojalá no me acordara.

—No olvidaré este beneficio—añadió Montoria.—Parece usted una buena muchacha... y muy linda por cierto. Adiós: estoy muy agradecido, sumamente agradecido... Venga un par de muletas, un bastón, que no puedo andar, señor de Araceli. Deme usted el brazo... ¿Qué telarañas son éstas que ante los ojos se me ponen?... Vamos allá, y echaremos á los franceses del Hospital.

Disuadiéndole de su temerario propósito de salir, me disponía á marchar yo solo, cuando se oyó una detonación tan fuerte, que ninguna palabra del lenguaje tiene energía para expresarla. Parecía que la ciudad entera era lanzada al aire por la explosión de un inmenso volcán abierto bajo sus cimientos. Todas las casas temblaron, obscurecióse el cielo con inmensa nube de humo y de polvo, y á lo largo de la calle vimos caer trozos de pared, miembros despedazados, maderos, tejas, lluvias de tierra y material de todas clases.

—¡La Santa Virgen del Pilar nos asista!—exclamó Montoria.—Parece que ha volado el mundo entero.

Los enfermos y heridos gritaban creyendo llegada su última hora, y todos nos encomendamos mentalmente á Dios.

—¿Qué es esto? ¿Existe todavía Zaragoza?—preguntaba uno.

—¿Volamos nosotros también?

—Debe haber sido en el Convento de San Francisco esta terrible explosión,—dije yo.

—Corramos allá—dijo Montoria sacando fuerzas de flaqueza.—Señor de Araceli, ¿no decían que estaban tomadas todas las precauciones para defender á San Francisco?... ¡Pero no hay un par de muletas por ahí!

Salimos al Coso, donde al punto nos cercioramos de que una gran parte de San Francisco había sido volada.

—Mi hijo estaba en el Convento—dijo Montoria pálido como un difunto.—¡Dios mío, si has determinado que lo pierda también, que muera por la patria en el puesto del honor!

Acercóse á nosotros el locuaz mendigo de quien hice mención en las primeras páginas de esta relación, el cual trabajosamente andaba con sus muletas, y parecía en muy mal estado de salud.

—_Sursum Corda_—le dijo el patriota,—dame tus muletas que para nada las necesitas.

—Déjeme su merced—repuso el cojo,—llegar á aquel portal y se las daré. No quiero morirme en medio de la calle.

—¿Te mueres tú?

—¡Así parece! La calentura me abrasa. Estoy herido en el hombro desde ayer, y todavía no me han sacado la bala. Siento que me voy. Tome usía las muletas.

—¿Vienes de San Francisco?

—No, señor: yo estaba en el arco del Trenque... allí había un cañón: hemos hecho mucho fuego. Pero San Francisco ha volado por los aires cuando menos lo creíamos. Toda la parte de Sur y de Poniente vino al suelo, enterrando mucha gente. Ha sido traición, según dice el pueblo... Adiós, D. José... aquí me quedo... los ojos se me obscurecen, la lengua se me traba, yo me voy... la Virgen del Pilar me ampare, y aquí tiene usía mis remos.

Con ellos pudo avanzar un poco Montoria hacia el lugar de la catástrofe; pero tuvimos que doblar la calle de San Gil, porque no se podía seguir más adelante. Los franceses habían cesado de hostilizar el Convento por el lado del Hospital; pero asaltándolo por San Diego, ocupaban á toda prisa las ruínas, que nadie podía disputarles. Conservábase en pie la iglesia y torre de San Francisco.

—¡Eh, Padre Luengo!—dijo Montoria llamando al fraile de este nombre, que entraba apresuradamente en la calle de San Gil.—¿Qué hay? ¿Dónde está el Capitán General? ¿Ha perecido entre las ruínas?

—No—repuso el Padre deteniéndose.—Está con otros jefes en la plazuela de San Felipe. Puedo anunciarle á usted que su hijo Agustín se ha salvado, porque era de los que ocupaban la torre.

—¡Bendito sea Dios!—dijo D. José cruzando las manos.

—Toda la parte de Sur y Poniente ha sido destruída—prosiguió Luengo.—No se sabe cómo han podido minar por aquel sitio. Debieron poner los hornillos debajo de la sala del Capítulo, y por allí no se habían hecho minas, creyendo que era lugar seguro.

—Además—dijo un paisano armado y que se acercó al grupo,—teníamos la casa inmediata, y los franceses, posesionados sólo de parte de San Diego y de Santa Rosa, no podían acercarse allí con facilidad.

—Por eso se cree—indicó un clérigo armado que se nos agregó,—que han encontrado un paso secreto entre Santa Rosa y la casa de los Duendes. Apoderados de los sótanos de ésta, con una pequeña galería, pudieron llegar hasta los subterráneos de la sala del Capítulo.

—Ya se sabe todo—dijo un capitán del ejército.—La casa de los Duendes tiene un gran sótano que nos era desconocido. Desde este sótano partía, sin duda, una comunicación con Santa Rosa, á cuyo Convento perteneció antiguamente dicho edificio, y servía de granero y almacén.

—Pues si eso es cierto; si esa comunicación existe—añadió Luengo,—ya comprendo quién se la ha descubierto á los franceses. Ya saben ustedes que cuando los enemigos fueron rechazados en la huerta de San Diego, se hicieron algunos prisioneros. Entre ellos está el tío Candiola, que varias veces ha visitado estos días el campo francés, y desde anoche se pasó al enemigo.

—Así tiene que ser—afirmó Montoria,—porque la casa de los Duendes pertenece á Candiola. Harto sabía el condenado judío los pasos y escondrijos de aquel edificio. Señores, vamos á ver al Capitán General. ¿Se cree que aún podrá defenderse el Coso?

—¿Pues no se ha de defender?—dijo el militar.—Lo que ha pasado es una friolera: algunos muertos más. Aún se intentará reconquistar la iglesia de San Francisco.

Todos mirábamos á aquel hombre que tan serenamente hablaba de lo imposible. La concisa sublimidad de su empeño parecía una burla, y, sin embargo, en aquella epopeya de lo increíble, semejantes burlas solían parar en realidad.

Los que no den crédito á mis palabras, abran la Historia y verán que unas cuantas docenas de hombres extenuados, hambrientos, descalzos, medio desnudos, algunos de ellos heridos, se sostuvieron todo el día en la torre; mas no contentos con esto, extendiéronse por el techo de la iglesia, y abriendo aquí y allí innumerables claraboyas, sin atender al fuego que se les hacía desde el Hospital, empezaron á arrojar granadas de mano contra los franceses, obligándoles á abandonar el templo al caer de la tarde. Toda la noche pasó en tentativas del enemigo para reconquistarlo; pero no pudieron conseguirlo hasta el día siguiente, cuando los tiradores del tejado se retiraron, pasando á la casa de Sástago.

XXIX

¿Zaragoza se rendirá? La muerte al que esto diga.

Zaragoza no se rinde. La reducirán á polvo; de sus históricas casas no quedará ladrillo sobre ladrillo; caerán sus cien templos; su suelo abriráse vomitando llamas, y lanzados al aire los cimientos, caerán las tejas al fondo de los pozos; pero entre los escombros y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir que Zaragoza no se rinde.

Llegó el momento de la suprema desesperación. Francia ya no combatía, minaba. Era preciso desbaratar el suelo nacional para conquistarlo. Medio Coso era suyo, y España destrozada se retiró á la acera de enfrente. Por las Tenerías, por el arrabal de la izquierda habían alcanzado también ventajas, y sus hornillos no descansaban un instante.

Al fin, ¡parece mentira!, nos acostumbramos á las voladuras, como antes nos habíamos hecho al bombardeo. A lo mejor, se oía un ruido como el de mil truenos retumbando á la vez. ¿Qué ha sido? Nada: la Universidad, la capilla de la Sangre, la casa de Aranda, tal convento ó iglesia que ya no existe. Aquello no era vivir en nuestro pacífico y callado planeta: era tener por morada las regiones del rayo, mundos desordenados donde todo es fragor y desquiciamiento. No había sitio alguno donde estar, porque el suelo ya no era suelo, y bajo cada planta se abría un cráter. Y, sin embargo, aquellos hombres seguían defendiéndose contra la inmensidad abrumadora de un volcán continuo y de una tempestad incesante. A falta de fortalezas, habían servido los conventos; á falta de conventos, los palacios; á falta de palacios, las casas humildes. Todavía había algunas paredes.

Ya no se comía. ¿Para qué, si se esperaba la muerte de un momento á otro? Centenares, miles de hombres perecían en las voladuras, y la epidemia había tomado carácter fulminante. Tenía uno la suerte de salir ileso de entre la lluvia de balas, y luego, al volver una esquina, el horroroso frío y la fiebre, apoderándose súbitamente de la naturaleza, le conducían en poco tiempo á la muerte. Ya no había parientes ni amigos; menos aún: ya los hombres no se conocían unos ó otros; y ennegrecidos los rostros por la tierra, por el humo, por la sangre, desencajados y cadavéricos, al juntarse después del combate, se preguntaban: «¿Quién eres tú? ¿quién es usted?»

Ya las campanas no tocaban á alarma, porque no había campaneros; ya no se oían pregones, porque no se publicaban proclamas; ya no se decía misa, porque faltaban sacerdotes; ya no se cantaba la jota, y las voces iban espirando en las gargantas á medida que iba muriendo gente. De hora en hora el fúnebre silencio conquistaba la ciudad. Sólo hablaba el cañón, y las avanzadas de las dos naciones no se entretenían diciéndose insultos. Más que de rabia, las almas empezaban á llenarse de tristeza, y la ciudad moribunda se batía en silencio para que ni un átomo de fuerza se le perdiera en voces importunas.

La necesidad de la rendición era una idea general; pero nadie la manifestaba, guardándola en el fondo de su conciencia, como se guarda la idea de la culpa que se va á cometer. ¡Rendirse! Esto parecía una imposibilidad, una obra difícil, y perecer era más fácil.

Pasó un día después de la explosión de San Francisco; día horrible que no parece haber existido en las series del tiempo, sino tan sólo en el reino engañoso de la imaginación.

Yo había estado en la calle de las Arcadas poco antes de que la mayor parte de sus casas se hundieran. Corrí después hacia el Coso á cumplir una comisión que se me encargó, y recuerdo que la pesada é infecta atmósfera de la ciudad me ahogaba, de tal modo, que apenas podía andar. Por el camino encontré el mismo niño que algunos días antes ví llorando y solo en el barrio de las Tenerías. También entonces iba solo y llorando, y además el infeliz metía las manos en la boca, como si se comiese los dedos. A pesar de esto, nadie le hacía caso. Yo también pasé con indiferencia por su lado; pero después una vocecilla dijo algo en mi conciencia, volví atrás y me le llevé conmigo, dándole algunos pedazos de pan.

Cumplida mi comisión, corrí á la plazuela de San Felipe, donde después de lo de las Arcadas, estaban los pocos hombres que aún subsistían de mi batallón. Era ya de noche, y aunque en el Coso había gran fuego entre una y otra acera, los míos fueron dejados en reserva para el día siguiente, porque estaban muertos de cansancio.

Al llegar ví un hombre que, envuelto en su capote, paseaba de largo á largo sin hacer caso de nada ni de nadie. Era Agustín Montoria.

—¡Agustín! ¿Eres tú?—le dije acercándome.—¡Qué pálido y demudado estás! ¿Te han herido?

—Déjame—me contestó agriamente:—no quiero compañías importunas.

—¿Estás loco? ¿Qué te pasa?

—Déjame, te digo—añadió repeliéndome con fuerza.—Te digo que quiero estar solo. No quiero ver á nadie.

—Amigo—indiqué comprendiendo que algún terrible pesar perturbaba el alma de mi compañero,—si te ocurre algo desagradable, dímelo y tomaré para mí una parte de tu desgracia.

—¿Pues no lo sabes?

—No sé nada. Ya sabes que me mandaron con veinte hombres á la calle de las Arcadas. Desde ayer, desde la explosión de San Francisco, no nos hemos visto.

—Es verdad—repuso.—Gabriel, he buscado la muerte en esa barricada del Coso, y la muerte no ha querido venir. Innumerables compañeros míos cayeron á mi lado, y no ha habido una bala para mí. Gabriel, amigo mío querido, pon el cañón de una de tus pistolas en mi sien y arráncame la vida. ¿Lo creerás? Hace poco intenté matarme... No sé... parece que vino una mano invisible y me apartó el arma de las sienes. Después, otra mano suave y tibia pasó por mi frente.

—Cálmate, Agustín, y cuéntame lo que tienes.

—¡Lo que tengo¡ ¿Qué hora es?

—Las nueve.

—¡Falta una hora!—exclamó con nervioso estremecimiento.—¡Sesenta minutos! Puede ser que los franceses hayan minado esta plazuela de San Felipe, donde estamos, y tal vez, dentro de un instante, la tierra, saltando bajo nuestros pies, abra una horrible sima en que todos quedemos sepultados; todos: la víctima y los verdugos.

—¿Qué víctima es esa?

—¿No lo sabes? El desgraciado Candiola. Está encerrado en la Torre Nueva.

En la puerta de la Torre Nueva había algunos soldados, y una macilenta luz alumbraba la entrada.

—En efecto—dije,—sé que ese infame viejo fué cogido prisionero con algunos franceses en la huerta de San Diego.

—Su crimen es indudable. A los enemigos enseñó el paso desde Santa Rosa á la casa de los Duendes, de él sólo conocido. Además de que no faltan pruebas, el infeliz esta tarde ha confesado todo con esperanza de salvarse.

—Le han condenado...

—Sí. El consejo de guerra no ha discutido mucho. Candiola será arcabuceado dentro de una hora, por traidor. ¡Allí está! Y aquí me tienes á mí, Gabriel; aquí me tienes á mí, capitán del batallón de las Peñas de San Pedro, ¡malditas charreteras! aquí me tienes con una orden en el bolsillo, en que se manda ejecutar la sentencia á las diez de la noche, en este mismo sitio, aquí en la plazuela de San Felipe, al pie de la torre. ¿Ves, ves la orden? Está firmada por el general Saint-March.

Callé, porque no se me ocurría una sola palabra que decir á mi compañero en aquella terrible ocasión.

—¡Amigo mío, valor!—exclamé al fin.—Es preciso cumplir la orden.

Agustín no me oía. Su actitud era la de un demente, y se apartaba de mí para volver en seguida, balbuciendo palabras de desesperación. Después, mirando á la torre, que majestuosa y esbelta alzábase sobre nuestras cabezas, exclamó con terror:

—Gabriel, ¿no la ves, no ves la torre? ¿No ves que está derecha, Gabriel? La torre se ha puesto derecha. ¿No la ves? ¿Pero no la ves?

Miré á la torre. Como era natural, continuaba inclinada.

—Gabriel—añadió Montoria,—mátame: no quiero vivir. No: yo no le quitaré á ese hombre la vida. Encárgate tú de esta comisión. Yo, si vivo, quiero huir; estoy enfermo; me arrancaré estas charreteras, y se las tiraré á la cara al general Saint-March. No, no me digas que la Torre Nueva sigue inclinada. Pero, hombre, ¿no ves que está derecha? Amigo, tú me engañas; mi corazón está traspasado por un acero candente, rojo, y la sangre chisporrotea. Me muero de dolor.

Yo procuraba consolarle, cuando una figura blanca penetró en la plaza por la calle de Torresecas. Al verla temblé de espanto: era Mariquilla. Agustín no tuvo tiempo de huir, y la desgraciada joven se abrazó á él, exclamando con ardiente emoción:

—Agustín, Agustín. Gracias á Dios que te encuentro aquí. ¡Cuánto te quiero! Cuando me dijeron que eras tú el carcelero de mi padre, me volví loca de alegría, porque tengo la seguridad de que has de salvarle. Esos caribes del Consejo le han condenado á muerte. ¡A muerte! ¡Morir él, que no ha hecho mal á nadie! Pero Dios no quiere que el inocente perezca, y le ha puesto en tus manos para que le dejes escapar.

—Mariquilla, María de mi corazón—dijo Agustín.—Déjame, vete... no te quiero ver... Mañana, mañana hablaremos. Yo también te amo... Estoy loco por tí. Húndase Zaragoza, pero no dejes de quererme. Esperaban que yo matará á tu padre...

—¡Jesús, no digas eso! ¡Tú!

—No, mil veces no; que castiguen otros su traición.

—No, mentira: mi padre no ha sido traidor. ¿Tú también le acusas? Nunca lo creí... Agustín, es de noche. Desata sus manos, quítale los grillos que destrozan sus pies, ponle en libertad. Nadie le puede ver. Huiremos; nos esconderemos aquí cerca, en las ruínas de nuestra casa, allí en la sombra del ciprés, en aquel mismo sitio donde tantas veces hemos visto el pico de la Torre Nueva.

—María... espera un poco...—dijo Montoria con suma agitación.—Eso no puede hacerse así... Hay mucha gente en la plaza. Los soldados están muy irritados contra el preso. Mañana...

—¡Mañana!... ¿Qué has dicho? ¿Te burlas de mí? Ponle al instante en libertad, Agustín. Si no lo haces, creeré que he amado al más vil, al más cobarde y despreciable de los hombres.

—María, Dios nos está oyendo. Dios sabe que te adoro. Por Él juro que no mancharé mis manos con la sangre de ese infeliz: antes romperé mi espada; pero en nombre de Dios te digo también que no puedo poner en libertad á tu padre. María, el cielo se nos ha caído encima.

—Agustín, me estás engañando—dijo la joven con angustiosa perplejidad.—¿Dices que no le pondrás en libertad?

—No, no, no puedo. Si Dios en forma humana viniera á pedirme la libertad del que ha vendido á nuestros heróicos paisanos, entregándoles al cuchillo francés, no podría hacerlo. Es un deber supremo al que no puedo faltar. Las innumerables víctimas inmoladas por la traición, la ciudad rendida, el honor nacional ultrajado, son recuerdos y consideraciones que pesan en mi conciencia de un modo formidable.

—Mi padre no puede haber hecho traición—dijo Mariquilla, pasando súbitamente del dolor á una exaltada y nerviosa cólera.—Son calumnias de sus enemigos. Mienten los que le llaman traidor; y tú, más cruel y más inhumano que todos, mientes también. No, no es posible que yo te haya querido: me causa vergüenza pensarlo. ¿Has dicho que en libertad no le pondrás? ¿Pues para qué existes, de qué sirves tú? ¿Esperas ganar con tu crueldad sanguinaria el favor de esos bárbaros inhumanos que han destruído la ciudad, fingiendo defenderla? ¡Para tí nada vale la vida del inocente, ni la desolación de una huérfana! ¡Miserable y ambicioso egoísta, te aborrezco más de lo que te he querido! ¿Has pensado que podrías presentarte delante de mí con las manos manchadas en la sangre de mi padre? No, él no ha sido traidor. Traidor eres tú y todos los tuyos. ¡Dios mío! ¿No hay un brazo generoso que me ampare; no hay entre tantos hombres uno solo que impida este crimen? ¡Una pobre mujer corre por toda la ciudad buscando un alma caritativa, y no encuentra más que fieras!

—María—dijo Agustín,—me estás despedazando el alma; me pides lo imposible: lo que yo no haré, ni puedo hacer, aunque en pago me ofrezcas la bienaventuranza eterna. Todo lo he sacrificado ya, y contaba con que me aborrecerías. Considera que un hombre se arranca con sus propias manos el corazón y lo arroja al lodo: pues eso he hecho yo. No puedo más.

La ardiente exaltación de María Candiola la llevaba de la ira más intensa á la sensibilidad más patética. Antes mostraba con enérgica fogosidad su cólera, y después se deshacía en lágrimas amargas, expresándose así:

—¡Qué he dicho, y qué locuras has dicho tú! Agustín, tú no puedes negarme lo que te pido. ¡Cuánto te he querido y cuánto te quiero! Desde que te ví por primera vez en nuestra _torre_, no te has apartado un solo instante de mi pensamiento. Tú has sido para mí el más amable, el más generoso, el más discreto, el más valiente de todos los hombres. Te quise sin saber quién eras: yo ignoraba tu nombre y el de tus padres; pero te habría amado aunque hubieras sido el hijo del verdugo de Zaragoza. Agustín, tú te has olvidado de mí desde que no nos vemos. ¡Soy yo, Mariquilla! Siempre he creído y creo que no me quitarás á mi buen padre, á quien amo tanto como á tí. Él es bueno, no ha hecho mal á nadie; es un pobre anciano... Tiene algunos defectos; pero yo no los veo: yo no veo en él más que virtudes. No he conocido á mi madre, que murió siendo yo muy niña; he vivido retirada del mundo; mi padre me ha criado en la soledad, y en la soledad se ha formado el grande amor que te tengo. Si no te hubiera conocido á tí, todo el mundo me hubiera sido indiferente sin él.

Leí claramente en el semblante de Montoria la indecisión. El miraba con aterrados ojos tan pronto á la muchacha como á los hombres que estaban de centinela en la entrada de la torre, y la hija de Candiola, con admirable instinto, supo aprovechar esta disposición á la debilidad, y echándole los brazos al cuello, añadió: