Volvoreta

Part 8

Chapter 84,010 wordsPublic domain

La saludadora comenzó sus funciones. Se había comprado un barreño nuevo y la vieja lo puso sobre un banco, cerca de la cama del adolorido. Vació en él unos cuencos de agua. Fué preciso darle alguna prenda de ropa que hubiese estado en contacto directo con el cuerpo del mozo, y Chinto le entregó una tosca camisa de Ramón, de la que ella arrancó un trozo y lo apretó entre sus manos, hasta formar con él una pelota.

Luego cruzó sobre el barreño dos ramas de laurel. Era de rigor que las sostuviesen dos personas de la familia, y tuvieron que esperar a que el viejo concluyese de hacer llegar las chispas de su pedernal a la yesca guardada en el fondo de un trozo de cuerno de buey. Conseguido esto, encendió su cigarro y se acercó, cachazudo. Sobre las ramas cruzadas, la saludadora depositó el apelotonado jirón de tela, y prendió fuego por los dos extremos libres a la cruz. Se alzó un humo oloroso. La saludadora recitó en alta voz, solemnemente:

_¡Loureiro que fuches nado_ _e non fuches enxendrado,_ _sácall’o aire de vivo,_ _de morto ou d’escomulgado!_

Un profundo silencio. La emoción supersticiosa se había adueñado de todos aquellos espíritus propicios a ella. Se oía crepitar las ramas secas de laurel en la calma aparatosa, llena de misterio. El trozo de tela comenzó a arder con un humo espeso. Sobre el humo, las manos descarnadas de la vieja se extendían, y sus labios murmuraban un susurro de frases como en una oración. Cuando las ramas--apoyadas ya en los bordes por sus cuatro extremos--se quebraron, carbonizadas, cayeron al agua y en ella chirriaron los tizones.

La saludadora tomó en la oquedad de una mano el líquido y roció con él el rostro y la cama de Ramón. El exorcismo había llegado a su fin. Después buscó la anciana en el barreño el trozo de camisa, quemado ya, y entre sus dedos nudosos lo abrió al medio, como un fruto de madura pulpa, y se acercó a mirarlo a la luz. Escudriñaron en él sus ojillos grises. Opinó al fin:

--No fué otro que el zoqueiro de Treves, meu filliño. Ve aquí uno de sus pelos rubios.

Acercáronse todos a mirar.

--¡Infeliz!... ¡Era aire de muerto!

--¡Bien tiraba de él el camposanto, infeliz!

--¡Malpocado!

La choza estaba obscura ya; pero por la puerta abierta de par en par se veía una perspectiva de paisaje lleno del luminoso azul de los anocheceres.

* * * * *

La primera carta llegó, al fin. Sergio la recogió con la misma sorpresa y la misma alegría que si no llevase cerca de una semana esperándola. Huyó con ella, buscando un sitio donde poder entregarse a la lectura con un absoluto aislamiento. Su inquietud le hacía vacilar. El ruido de un regato que caía entre rocas le molestaba; más allá, era el rumor de un grupo de robles el que parecía turbar indiscretamente su atención. Por último, rasgó el sobre en la carretera; extrajo el papel: era la hoja de un cuaderno de notas, rayada fuertemente de azul. Leyó: «Apreciable Sergio»... Y cayó sobre su espíritu una gran tristeza. «¡Apreciable Sergio!»... Creyó adivinar que la carta le traía la decisión de una ruptura. Continuó leyendo con el corazón estremecido. «Apreciable Sergio: Sabrás que me alegro tener noticias de tu salud, y la mía es buena.» Continuaba después: «No me engañes con otra: quién sabe con qué mujer te estás entreteniendo; pero yo lo sabré... Suya afectísima», terminaba diciendo.

El joven quedó con los brazos caídos, inmovilizado de estupor. Tardó en comprender la carta. ¿Qué quería decir todo aquello, tan desatinado e incongruente? Él no había dado noticia alguna de su salud, ni Volvoreta podía presumir un engaño. ¡Un engaño!... ¿Con quién?... Volvió a leer la carta y tuvo tentaciones de romperla. La letra era ancha y desigual, y aun con el amparo de las rayas azules no consiguieron los renglones ser trazados derechamente. En algunas palabras faltaban sílabas y la ortografía en todas. Sergio creyó al principio que se trataba de una burla. La idea de que alguien hubiera podido interceptar su carta y mofarse de su lirismo extremado--en mofa soez de gente reunida en torno a una mesa de posada--y pergeñar aquella respuesta imbécil, le encendía en vergüenza y en coraje. Esperaba él una contestación como la suya, apasionada; el relato, también, de la odisea de Federica... Todas las preguntas de su carta quedaban sin réplica.

Pero pasados los primeros instantes, sosegada su razón, pensó que era un absurdo exigir de Volvoreta sentimentalidades literarias, y que los renglones trazados en aquel humilde trozo de papel correspondían a la comprensión aldeana de una carta de amor. Volvoreta había querido, sin duda alguna, mostrar cierta elevación epistolar, y había estampado al final aquel «suya afectísima», que habría retenido en su memoria alguna vez como detalle de distinción. Probablemente, las lucubraciones del enamorado eran ininteligibles para su lectora, y las cartas escritas hasta aquel día habrían quedado sin traducción, sin aprecio posible.

Rectificó su conducta, se afanó en ser sencillo y en usar expresiones vulgares en las misivas posteriores. Volvoreta contestaba sin apresuramientos, cada tres, cada cuatro días; sus cartas comenzaron a ser pintorescas. Rara era aquella en que su cordialidad no hallaba concreción en algún verso, probablemente copiado del cancionero popular. Uno, con especialidad, era frecuentemente repetido:

Te quiero más que a mi madre, y, si no fuera pecado, más que a la Virgen del Carmen.

En ocasiones venían también hojas de calendario, con poesías, dentro del sobre. Las cartas llegaban orladas, con unas ingenuas orlas hechas a mano, y al final, después de la rúbrica--en la que casi siempre se clavaba la pluma en el papel y despedía borrones--, Volvoreta dibujaba unas ramitas, o una flor, o una paloma. Una vez trazó un macaco abominable, con un cigarro en un oído, aunque bien se advertía que la intención era habérselo dibujado en la boca. Debajo decía: «A ver si te conoces.» Federica observó que Sergio usaba algunas veces los puntos suspensivos, y, creyéndolo de rigor, llenaba con ellos renglones de extremo a extremo, con una copiosa complacencia.

Al joven todo esto le parecía poco formal; pero quería sospechar que bajo tales inconsciencias se ocultaba, en su primitivismo adorable, un sincero amor. Cierto día en que el revés de la carta estaba absolutamente invadido por una rama formidable, en la que Volvoreta debía de haberse cegado a fuerza de trazar los redondelitos que simulaban las hojas, pensó Sergio:

--¡Pobre muchacha...! ¡Lo que ha trabajado aquí!...

Aquella frondosidad le enternecía, y para corresponder de alguna manera a semejante esfuerzo, le envió una postal de peluche, preciosa postal, casi tan gruesa como un libro, que tenía unos recortes de celuloide y un espejito en el centro.

XII

Fué en una de las noches finales de Enero cuando llamaron fuertemente a la puerta de la quinta. Los Abelendas se disponían a acostarse. Rafaela entró en el comedor, con un gesto de compunción en el rostro:

--Es el jardinero de la señora de Solís. Viene a pedir el caballo de Chinto, porque tiene el suyo cojo y ha de ir a la ciudad...

Doña Rosa preguntó, inquieta:

--¿Pasa algo en casa de los Solís?

--La niña, señora, que está a la muerte la cuitada.

--¡Válgame Dios, válgame Dios!... ¡Qué tormento para la pobre madre!... ¡Que vaya Chinto a sacar el caballo de la cuadra; en seguida!

Se asomó al pasillo para gritar a Rafaela, que se alejaba:

--Y que pregunten a la señora si podemos servirle para algo..., que iríamos allá...

Comentó después, suspirante:

--¡Qué desgracia!... ¡Jesús!...

Sabela suspiró también, contristada; pero no habló. Daban las once y rezaba a toda prisa una salve que, según sus preocupaciones, debía terminar antes de que cesasen las campanadas. Madre e hija fueron al mirador. Al través de los vidrios, donde espejeaban vagos reflejos, vieron la masa sombría de la casa de los Solís y, en ella, un mirador iluminado. Y esa luz que, a lo lejos, debía sugerir ideas de tibio hogar apacible, las espantó como la luz de un velatorio. En medio de la inmensa negrura del campo, entre la quietud y la indiferencia de todas las cosas y de todos los seres, ¡qué llamada desesperante hacia lo Infinito aquel resplandor que huía de la casa como para pedir el socorro de la enorme tristeza que alumbraba!...

Doña Rosa sintió lágrimas en sus mejillas. Se envolvió en una toca y salió. Isabel intentó acompañarla.

--No; acuéstate tú. Yo no podría dormir sabiendo tan cercana esa angustia. Sergio vendrá conmigo.

Y fueron. En casa de la Solís, la criada que les abrió la puerta tenía los párpados enrojecidos de llorar. Doña María, más pálida que nunca, con un extraño fuego en el fondo de los ojos, envuelta en un chal negro, los recibió. Fingió ánimos doña Rosa:

--Como supe que mandaba usted a buscar al médico... Por si acaso yo podía serle útil, he venido. Ya sabe que a las madres de familia la experiencia nos permite a veces poder servir... Pero no será cosa grave... ¿Verdad?

Doña María se sentó en una pequeña butaca, muy envuelta en un chal:

--Sí es. Es todo: es lo que faltaba... Esta maldición que me persigue... ¡No sé; yo no sé!... Maruja está muy grave, doña Rosa.

Tiritaba en su envoltura, hasta el extremo de oirse a veces cómo sus dientes chocaban. Explicó:

--Llevo tres noches sin dormir; por eso estoy así, destemplada...

--¡Dios mío!... ¿Cómo no avisó, cómo no avisó?...

Doña María bebió unos sorbos de una tisana humeante:

--Gracias, muchas gracias, amiga mía. No era cosa de causar molestias...

Tenía, casi constantemente, en los labios un ligero temblor que a veces se acentuaba y distendía las comisuras, como si fuese a llorar. Pero sus ojos estaban secos. Habló, refiriendo, con esa maternal prolijidad de detalles, las últimas evoluciones de la dolencia. Había sometido a Maruja a una sobrealimentación. La pesaba frecuentemente, y la vió aumentar un kilo en su peso. Mas de súbito, el estómago de la enferma se había negado a admitir alimentos. Toda la labor cuidadosamente realizada se desmoronó. En quince días, nada más que en quince días, consumóse el aniquilamiento. Maruja no pudo abandonar la cama. Estaba allí, inmóvil, blanca... Parecían haberle crecido los ojos....

--Lo horrible--confesó doña María, bajando la voz, en la que había un susto secreto del corazón--, lo horrible es que ella se ha dado cuenta ya... Muchas veces la he sorprendido llorando... ¡Llorando sin ruido, con un llanto espantoso!...

Ocultó ella la faz entre las manos y rompió a sollozar, angustiadísima. Todo su encorvado cuerpo se sacudía, como si lo fuese a romper el hipo convulsivo. Doña Rosa, traspasada por el horror de la confidencia, no pudo hablar. En un tremendo dominio de su desconsuelo, la madre se repuso bruscamente y calló, mirando para el obscuro vano de la alcoba, amedrentada ante la idea de haber sido oída. La de Abelenda la reprendió con dulzura...

--Se atormenta usted recordando...

Pero ella siguió:

--¡Oh, si usted la hubiese visto!... Pasa a lo mejor minutos y minutos mirando sus pobres manos, en las que no hay sobre los huesos más que la piel, tan transparente y tan sin sangre... «¿En qué piensas, Maruja?» «No pienso en nada, mamá»; y se vuelve, lentamente, hacia la pared, y está callada, con un silencio tenaz, una hora y otra. A veces finge dormir, pero yo la sorprendo de pronto, con los ojos abiertos y la cara humedecida de lágrimas... Y yo, entonces, pido mi muerte a Dios... Ya ve usted, doña Rosa, ya ve usted; son quince años los de mi Maruja; los otros dos murieron casi a esa edad. Los he amparado, los he defendido..., y murieron. ¿Es justo, es...? ¿Podrá haber quien sepa resignarse...? ¿Se puede morir a los quince años?... Si esto lo hace Dios, ¿por qué Dios me los dió?... Yo fuí buena; yo fuí siempre buena...

Lloraba esta vez sin sollozos; y entre el llanto repetía su frase obsesionadora, que era, en sus labios, como una acusación contra la saña de su destino:

--¡Yo fuí siempre buena... siempre buena!...

Cerca de las doce, un débil quejido de la moribunda la hizo levantar de la butaca. La alcoba estaba tenuemente alumbrada por una lamparilla. Los gemidos de la enferma se acentuaron. La madre, cerca de ella, le hablaba con una voz de sobrehumana ternura:

--¡Marujiña... vamos!... ¿Qué es, qué tienes tú?...

La adolescente agitaba el flaco cuerpecillo bajo las sábanas... Sus brazos se movieron un poco en el aire y se ciñeron a la materna cabeza, para volver a abrirse y caer nuevamente sobre el embozo, como si toda ella estuviese sacudida por una gigantesca angustia interior.

De pronto hizo esfuerzos por incorporarse, con los ojos iluminados por el miedo--los grandes ojos, que parecían mayores en las cuencas obscuras--; jadeaba en una congoja escalofriante. Doña María la ayudó a sentarse en la cama, de la que salió un tenue vaho de sudor de cuerpo enfermo:

--Pero, ¡qué es... di qué es! ¿Qué sientes, hijiña?

Casi había en su rostro el mismo terror y la misma ansia que en el de su hija. Y ésta acezaba, como si el pronunciar cada letra le costase un esfuerzo vital:

--No sé... no sé...

Después miró a su madre. Aseguró con su voz infantil, hecha más aguda y más débil por el sufrimiento:

--Esto es horrible, mamá... Yo no sé...

Y bruscamente se agarró a ella con una energía desesperada para gritar:

--¡No quiero morirme!... ¡Yo no quiero morir!... ¡Por Dios, yo no quiero morirme!...

Sonó, alterada por el espanto, la voz de doña María:

--¡Si no morirás, hijiña, no morirás! ¿Quién pensó en tal cosa?...

Sin fuerzas ya, Maruja volvió a caer en el lecho. Doña María se apartó para que no viese sus lágrimas. En medio de la alcoba se arrodilló, cayó más bien, y alzó al cielo sus manos, huesosas y marfileñas, en cuyos dorsos los dedos se clavaban con furia. Y elevó los ojos, llenos de ira y desesperación:

--¡Dios!... ¡Dios!...

Podía ser una súplica o una imprecación rencorosa la suya. Hízola salir la de Abelenda y la llevó a la butaca. Sergio, mudo, invadida el alma por un creciente miedo y una creciente piedad, no se movía del rincón donde al entrar se había sentado. Tenía también él un punzante deseo de llorar.

* * * * *

Casi al amanecer llegó el médico. Entonces el mozo salió de la estancia a desentumecer, más que el cuerpo, el espíritu, angustiado en aquella persistente presencia del dolor. En la cocina la servidumbre estaba levantada y despierta. No había más que una pequeña lámpara de acetileno encendida, y a veces corrían sombras misteriosas por las paredes. Cuando alguien andaba lo hacía en puntillas. La voz del jardinero resonaba como resuenan las voces en las casas desiertas, de donde han sido retirados los muebles. Un silencio, que era somnolencia o era expectación de lo sobrenatural, llenaba las habitaciones y los pasillos.

Cuando transcurrió Sergio le preguntaron:

--¿Cómo está la pobriña?

Y la más vieja criada opinó:

--Aún durará hasta que suba la marea.

Volvieron a callar. Sonaron después unas tenues pisadas. Doña María, envuelta en un chal negro, apareció. Llamó al jardinero:

--Llévate a los perros. Bien distantes... Adonde tú veas.

Se lo ordenó casi al oído, como temerosa de escuchar su propia voz, obsesionada por la idea de que un aullido advirtiese a Maruja...

Sergio se estremeció. Le parecía que toda la casa estaba ya ocupada por la Muerte.

* * * * *

Maruja expiró al amanecer. Aniquilada, sin fuerzas, vencida por lo implacable del Destino, doña María tuvo, sin embargo, tan sólo un momento de absoluta entrega al dolor. Después se dejó llevar. No hablaba ni sentía; sentáronla en un sillón en la galería de la casa, para que el fresco mañanero la reanimase y le hiciese bien, y allí se dejó estar, tiritando, con la mirada fija en un punto, tan refugiado su espíritu cuerpo adentro, que hasta la expresión había huído de sus ojos.

Era invernal el amanecer, y a la vista de aquellas gentes, fatigadas por la emoción y la vigilia, parecía más triste aún y más plomizo. Algunas aldeanas que arrendaban tierras de los Solís habían acudido e invadían la amplia cocina o se agrupaban en el jardín que rodeaba el edificio. Una, llegada de lejos, refería cómo había visto a media noche caer una estrella hacia el lado de la casa donde agonizaba la adolescente. Entonces se acordó de ella y adivinó que iba a morir.

--Es el tercer hijo que pierde--explicó un antiguo casero.

Y entonces, una vieja aldeana afirmó, avanzando en el grupo su mano encallecida:

--¡Es un meigallo; es un meigallo que cayó sobre los señores!... Algún mal ojo los vió que embrujó a sus hijos. ¡Mucha envidia hay por el mundo!... ¡Uno tras otro, los tres caraveles de mi alma! ¡Pobriños!...

Algo más tarde, los señores de la Gándara comenzaron a acudir. Poupariña llegó disculpando a Celsa, que no podría comparecer hasta la tarde, retenida por la turba infantil; doña Simona, la de Souto, traspasada de un dolor sincero ante aquel infortunio; Rodeiro, que tropezaba en los muebles y en las personas, sin dejar de murmurar a cada instante:

--¡Gran desgracia! ¡Gran desgracia, caray!

Más tarde fué don Miguel, al trote de su extraño caballejo color corinto. Había llegado hasta él la noticia por casualidad, cuando se preparaba a marchar al Carballo, donde se celebraba una fiesta.

Los labriegos abrieron camino y le saludaron respetuosos. Él se encaró con las criadas de la casa:

--¿Cómo no se me ha avisado a mí? ¿Por qué no mandasteis un propio a cualquier hora?... ¿Está eso bien?... ¿Qué habrá pensado de mí doña María?

Su indignación era sincera. Los criados intentaron disculparse. La señora no había ordenado... Ellos bien se habían acordado del sacerdote; pero... como el ama no lo mandase... ¿qué iban a hacer?

--¿Y luego?... ¿Va a estar en todo doña María?... ¡Bastantes cuidados le manda el Cielo a la infeliz!... ¡Andad, galopines, id a avisarla de que he llegado!

Entre los labriegos corrió un susurro de murmuraciones. ¡Entonces, habían dejado morir sin confesión a la señorita!... La aldeana vieja gimoteó:

--¡Mi joya!... ¿Qué pecado iba a tener? A estas horas es más feliz que nosotros.

La niñera había subido a advertir a su ama. Se detuvo temerosamente en la galería para anunciar:

--Está ahí el señor cura de la Gándara.

Y entonces doña María pareció salir de su ensimismamiento. Volvió la luz a sus ojos y oyó:

--¿Le digo que suba?

Doña María se volvió en la butaca para mirar a la servidora, como si desconociese su voz. Luego irguióse, casi bruscamente, con una insólita dureza en su rostro. Extendió una mano imperiosamente:

--¡No!

La criada vaciló, sin comprenderla.

--¡No, te dije!

Volvió a caer en el sillón... Le parecía que al arrojar de su casa al sacerdote en aquel momento había roto con el Señor, en una rebeldía contra su propio infortunio.

XIII

La cercana visión de la Muerte, su condición de próximo espectador de aquella dolorosa agonía y de aquella desesperada rebelión maternal, llenaron durante algún tiempo el ánimo de Sergio de una honda melancolía y de terrores súbitos. Toda la aldea le pareció repentinamente asombrada por la tristeza: los grandes olmos sin hoja, las brumas que entraban por la boca de la ría, densas y pesadas y blancas, como una pared que fuese avanzando lentamente; la mansedumbre del paisaje... todo le sugería pensamientos de desolación. ¡Y aquella lluvia eterna, insistente!... Miraba largo tiempo cómo en la vastitud de la gándara el viento arremolinaba los largos hilos que caían de las nubes plomizas, y cómo a veces hacía correr horizontalmente jirones tenues de humo, que eran agua menuda, y cómo los árboles se curvaban, luchando, y toda la casa se llenaba de frío y de rumor. Súbitamente, una racha impelía contra los vidrios un turbión, y el paisaje quedaba velado, como visto al través de un cristal de esmeril... Entonces Sergio, recogido en su rincón, invadida el alma de aquella tristeza, sentía el recóndito deseo de llorar.

Creía a veces advertir misteriosos dolores; se supuso enfermo, y la diaria contemplación de las tumbas del atrio y de la pequeña necrópolis de crecida hierba, guardada por dos cipreses, envuelta en la franja de un tapial, silenciosa y humilde, hacía acudir a sus ojos la humedad de una emoción.

Pero tuvo un sacudimiento. Una carta de Volvoreta le anunció que había hallado colocación. La casa parecía buena, aunque había muchos niños, y no la dejarían salir más que un domingo de cada mes. Sergio sintió una cólera irrazonable. Le indignaba la idea de que Federica hubiese de prestar humillantes servicios a unas gentes desconocidas. Aquello no debía ser. Escribió pidiendo detalles de las personas, de las costumbres, del trabajo que la imponían. Volvoreta tardó en contestar. Entonces el enamorado sintió recrudecidos sus celos.

Pensó que, como había ocurrido en la Gándara, ocurriría también en la ciudad. Otro señorito joven... u otro señorito no tan joven--recordó los requerimientos repugnantes de don Gerardo--le sucederían a él. Y él no pudo hallar, tras un examen detenido de las condiciones de Volvoreta, de aquella extraña naturalidad con que hacía donación de sí misma, ningún motivo de seguridades para creer en la lealtad de la novia. Llegaría a ocurrir, acaso habría ocurrido ya... Impotente y colérico, el enamorado lanzaba a su mente por el obscuro cielo de sus temores, y la mente volvía como un azor trayendo en el pico y en las garras imaginaciones celosas. Otro hombre avanzaba como él por un pasillo enarenado, por unas escaleras crujientes...; y Federica tenía, bajo sus ternuras, aquella misma expresión de tranquila inconsciencia...

Tardaban las respuestas de la ciudad. En una semana no llegó a su poder noticia alguna de Volvoreta. Y una noche, al volver de la rectoral, Sergio halló que su madre le esperaba, con un gesto serio en el semblante. Llevólo al comedor y cerró la puerta. Después extrajo de su bolsillo un papel en el que el amante advirtió las orlas rameadas y la tosca letra de Federica. Dióle un vuelco la sangre. Balbució:

--¿Qué es?

Y doña Rosa, muy grave, con un temblor en la mano que sostenía la carta reveladora, le dijo:

--Me da vergüenza hablarte de este asunto. Te has olvidado de quién eres y de quiénes somos, y tengo que recordártelo. Creí que no insistirías en eso que tuve como una falta de respeto a tu propia casa; pero eres un mal hijo y eres un hombre sin estimación.

Sergio callaba, arañando el mantel, con los ojos fijos en el suelo.

--¡Con una... criada; tienes amores con una criada!--escupía el humillante vocablo--. ¿Es eso digno?... Tu padre moriría de vergüenza, si pudiese verte, desdichado.

Avanzó, en un arranque de iracundia; puso sus manos sobre el hombro filial y le hizo encararse con el retrato en el que el señor Abelenda, envuelto en su toga, parecía ir a pronunciar un informe.

--¡De rodillas; a pedirle perdón, a jurarle que no volverá usted a ofender su memoria en el apellido que lleva!

Sergio se hincó.

--¡Rece usted!

Lo miró, ceñuda, y tras un silencio dirigióse a la puerta. Desde allí conminó, con voz encalmada, solemne, como si pronunciase un juramento:

--Si llego a saber que insistes en esta locura, te haré embarcar para América. Quedas advertido.

* * * * *

Al amanecer el día siguiente, Sergio huyó a la ciudad.

Durante la noche había madurado su decisión. Se había negado a cenar, y en la soledad de su alcoba se sintió torturado a la vez por la vergüenza y por la ira. Le sonrojaba que su madre se hubiese enterado de aquella continuidad del noviazgo y, más que nada, que hubiese leído la carta de Volvoreta, con sus incorrecciones, sus versos y sus corazones ardientes y sus palomas absurdas dibujadas con una sentimental sencillez. Pensó que todo aquello debía obedecer primero a una indiscreción y después a una deslealtad de Chinto, que habría hablado de las cartas consignadas a Ramón y se habría avenido a secuestrar alguna.