Volvoreta

Part 7

Chapter 73,949 wordsPublic domain

Sergio no recibía grandes luces de aquella enseñanza, porque las asignaturas que había de estudiar eran totalmente desconocidas para el párroco; en realidad, éste se limitaba a mirarle severamente cuando, en la enumeración del itinerario que había de seguir una carta certificada, olvidábase el estudiante de citar algún pueblo. Transigía difícilmente con que Sergio alterase, en su explicación, las frases empleadas por el autor de la obra. Terminada la clase, escribía en un cuadernito su parecer acerca de la aplicación del alumno, le sermoneaba a propósito de su conducta y de su misión en la tierra, y, a veces, le hacía merendar una taza de leche en la que desmigaba dorado pan de maíz.

Algunas tardes, Rodeiro, cuya hacienda no estaba lejos de la rectoral, aparecía en ella y disparaba contra don Miguel sus apotegmas revolucionarios o menospreciaba las condiciones de cazador de que el párroco hacía gala insistente. Le amenazaba de continuo con la presencia de Rosales, el director de _El Avance_, que, según él, había de instruirle en lo que era tirar a liebres y avesfrías. Don Miguel sonreía un poco picado en su amor propio:

--Bueno, hombre; pues que venga... Ya se verá. A aprender estamos.

Y Rosales apareció con Rodeiro en la tarde de un sábado. Rosales era un hombre de pequeña estatura, seco de carnes, de color cetrino, con ásperos bigotes recortados y largos dientes de tono marrón. Un vello abundante y negrísimo envolvía sus muñecas, y no se detenía más que ante la imposibilidad de crecer también en las uñas. Ante todo--él lo confesaba--era cazador; después, radical. Tenía algún dinero, que le permitía vivir con cierto desahogo, y gozaba en la ciudad reputación de periodista formidable, nunca vencido en polémicas, en las famosas polémicas con que él, muy de cuando en cuando, porque no gustaba de prodigarse, desvanecía de satisfacción a sus correligionarios.

Aquella tarde Sergio no dió su lección. Enfrascáronse deliciosamente don Miguel y su huésped en una charla acerca de su afición común, y al llegar la hora de la merienda--la partida había de ser al día siguiente, después que don Miguel dijese su misa, casi con el alba--sentáronse todos frente a un lomo de cerdo fiambre y a una panzuda botella de vino del Avia, el mejor de todos los vinos del mundo, en la opinión bien fundamentada de Rodeiro.

Las anécdotas inevitables surgían entre trago y bocado. Don Miguel suplicó:

--Venga mañana con nosotros, Rodeiro. Yo le presto escopeta.

--_Vade retro._ No están los caminos para andanzas.

Abrió un paréntesis para elogiar el vino y afirmó después, siguiendo el tema:

--Yo no creo en eso: bien lo saben. Yo continúo afirmando que es imposible cazar. Existe la escopeta, el perro, el monte, el cazador, la perdiz... todos los elementos. Pero lo que no ha ocurrido nunca es que ese cazador, auxiliado por su perro y haciendo uso de la escopeta, mate a la perdiz, o al conejo, o a la liebre.

Los otros soltaron la risa.

--¡Este Rodeiro!...--exclamó el radical.

--Pero si en su vida ha encañonado a un triste gorrión... ¿cómo se atreve a hablar, hombre?... ¡Venga con nosotros: venga a ver y a creer, caramba!...

--¡Oh!--ponderó el menospreciado--; ¡oh!... ¿quién le contó que yo no he ido de caza?... Mientras viví en Madrid, en aquel insoportable Madrid, todos los domingos... Iba con el jefe de mi negociado, don Ismael Zanón. Iba, claro está, a oxigenarme... Cazar, nunca he cazado nada.

Y contó largamente. Medio Madrid salía al campo los domingos. Las estaciones se llenaban de gentes que aún llevaban los ojos hinchados por el sueño y se dejaban arrastrar por canes corpulentos atados a una cadena, y sudaban bajo su chaquetón de pana, y su morral, y su cinto de cartuchería, y su terrible escopeta, y sus polainas, y su sombrero, en el que triunfaban las plumas de una perdiz o el rabo de una liebre sacrificados en un festín familiar. Los trenes mañaneros iban invadidos por este ejército de utopistas. En cuanto arrancaba la locomotora, los feroces perseguidores de alimañas abrían sus morrales y extraían el grasiento envoltorio, en cuyo interior hay siempre una tortilla de patatas o el yerto alón de un pollo. Y comían terriblemente, con un gesto que haría estremecer a las más animosas perdices.

Rodeiro iba también, cuidadoso de no revelar su escepticismo. Suponía de buena fe que si sus compañeros llegaban a descubrir que no era cazador ni creía en las patrañas cinegéticas, le fusilarían en un rincón del monte, como a un espía que pudiese venderlos. Callaba y andaba; sobre todo, andaba: kilómetros, leguas, miriámetros, y a veces, por el buen parecer, disparaba la escopeta, procurando hacer--decía--mucho ruido.

Su consciente complicidad le causaba divertimiento. En ocasiones se dividían los cuatro compañeros habituales, e iban dos por aquí y dos por allá, con el arma preparada, ojo avizor, escrutando en las matas de tomillo.

--En las matas--explicó él--, que apuntan en aquellos horribles montes castellanos como mechoncitos de pelo en un cráneo tiñoso.

Don Ismael y Rodeiro iban juntos frecuentemente. Don Ismael tenía un perro elefantíaco y estaba equipado espléndidamente para cazar; no le faltaba una tilde: desde las polainas al sencillo alicate para sacar el cartucho cuando el extractor está reacio. Don Ismael, sin embargo, nunca mataba pieza alguna. Un día, fatigados ya, sentáronse a la sombra de un olivar. Era en Aranjuez. En el valle se veía la fronda de los famosos jardines. Sobre la cinta acerada del Tajo se alzaba una neblina que seguía el curso del río: semejaba una rúbrica de humo en el aire. Descansaban los dos cazadores al lado de sus escopetas. Don Ismael miraba al cielo con melancolía.

--¡Poca suerte!--gruñó.

--¡Sí; poca suerte!--apoyó Rodeiro.

Don Ismael preguntó de pronto:

--¿Ha cazado usted mucho en su vida?

Rodeiro dió un silbido para hacer entender que el número de sus víctimas no podía contarse con palabras. Pero comprendió al mismo tiempo que un buen cazador debía saber referir alguna hazaña insuperable.

--Este verano--aseguró--cacé en mi tierra cincuenta liebres en un solo día.

--¡Oh, cincuenta liebres!--el asombro de don Ismael era sincero--. ¿Quizás con galgos?

Rodeiro replicó prontamente, sin dar importancia a su declaración:

--No; fué con reclamo.

Don Ismael tuvo un éxtasis de sorpresa.

--Es singular--murmuró como hablando consigo mismo--. Jamás he oído contar cosa semejante.

Y sintiéndose evidentemente inferior, confesó, tras pequeñas vacilaciones, como si se hubiese detenido a considerar si Rodeiro era hombre capaz de guardar una confidencia:

--Yo soy muy desgraciado. No acierto jamás. ¡Nunca he cazado nada, amigo mío!...

Y sin embargo, había ensayado, había consagrado un mes entero a ejercicios preparatorios. Compró entonces un conejo. Lo soltaba en el pasillo de la casa, y el pobre animal huía, azorado, a refugiarse donde se creía más seguro. Entonces don Ismael salía con el perro por el otro extremo del pasillo:

--¡Búscalo!...

Y el perro olfateaba y comenzaba su tarea investigadora. Don Ismael marchaba detrás con una escopeta de aire comprimido. Así se adiestraba él y adiestraba al perro.

--Nada conseguí--concluyó, mirando a la tierra, donde incontables esferitas daban fe de la existencia de los conejos y de las liebres--. Sin embargo, no se puede negar que hay caza. Ahí tiene usted al rey. El rey mata centenares de piezas en un solo día.

--¡Bah!--respondió Rodeiro, para consolar a su jefe--. ¡Así caza cualquiera!... Todas las piezas que le sueltan al rey llevan un collar de cascabeles.

--¿Usted cree?...

--Estoy bien seguro.

Y reanudaron su marcha en silencio. Don Ismael meditaba. En su cinturón los casquillos de los cartuchos brillaban como las tachuelas de una cincha... De pronto agarró a Rodeiro por un brazo. Jadeaba de emoción, inmóvil, con los ojos muy abiertos fijos en un punto del monte. Indicó en voz baja:

--¡Allí!...

Rodeiro sintió tambalearse su incredulidad. Junto a una mata de tomillo, a unos treinta pasos, se veía el cuerpo de un conejo, con las grandes orejas erectas. Lo contemplaron un minuto con estupefacción, como si fuese el primero que viesen en toda su vida. Después lo encañonaron. ¡Pum! ¡Pum! ¡Zas! ¡Plim!... Cuatro tiros. Enloquecían. Si en lugar de dos cartuchos tuviesen veinte en cada escopeta, hubiesen continuado hasta acabar. Cuando miraron, el conejo estaba en el mismo lugar en que lo habían divisado al principio. Vociferaron entonces como energúmenos:

--¡Hurra!

--¡Cayó! ¡Cayó!

Y corrieron hacia él, embriagados de alegría.

Muerta estaba, en verdad, la pieza. Pero su muerte era remota. Un sutil lazo de alambre unido a una estaquita le rodeaba el cuello. En la parte que descansaba en la tierra, su cuerpo se había hecho plano; corrían las hormigas por él; un ojo había desaparecido por completo. Podía hacer un día o dos que el animal había exhalado el último suspiro.

--¡Qué lástima!--gruñó don Ismael.

Y añadió, vacilante:

--Si a usted le parece... nos lo llevaremos... para no ir así, de vacío...

Cuando bajaron a Aranjuez ya era de noche. Brillaban los farolillos de la estación--rojos, verdes, blancos--como una verbena. Una muchedumbre de pescadores y de devotos de la cetrería--todo el gentío que por la mañana había salido de Madrid para asolar los montes y despoblar el Tajo--asaltó el convoy. Don Ismael, ya en el coche, colocó el conejo bien a la vista; un pescador colgó, próxima a él, la red con el botín ganado. En la red había hasta una docena de sardinas. Aquel vecino genial, desconocedor de la ictiología, trataba de encubrir su fracaso y había adquirido en Aranjuez los primeros pescados que le ofrecieron. ¡Gentes felices con sus inocentes patrañas!...

Pero he aquí que, ya en marcha el tren, comienza a difundirse por el vagón un olor sospechoso; se acentúa, se hace más y más intolerable... Rodeiro y su amigo comprenden y palidecen al mirarse. ¡Maldito conejo!... ¿Cómo es posible que sus compañeros de excursión creyesen la bella historia inventada por don Ismael acerca de la muerte de un animal que exhalaba un hedor tan repugnante?...

El pescador había olfateado varias veces. Luego dirigió una mirada de recelo hacia la carroña putrefacta que se escondía bajo la piel del conejo. Si se descubría todo... ¡Era el deshonor!... Pero don Ismael, tembloroso de miedo ante el ridículo, tuvo una idea. Se levantó, cogió el cadáver como para guardarlo en el morral, se acercó después a la ventanilla fingiendo mirar el paisaje, y arrojó disimuladamente el pequeño cuerpo corrompido.

Respiraron.

--Los conejos y las liebres--concluyó Rodeiro--que se sientan por las noches a ambas orillas de la vía para ver regresar el tren de los cazadores, han debido reirse entonces largamente.

Rosales y don Miguel habían celebrado la narración con carcajadas. La botella de Rivero de Avia estaba vacía. Mandaron servir otra, y el sacerdote reprendió jovialmente a Rodeiro:

--¡Cómo inventa, Dios mío!

Él aseguró que todo lo narrado era verdad.

--Tan convencido estoy de que en el monte no se puede cazar nada, que si alguna vez me acomete esa pasión seguiré un procedimiento distinto: haré que mi criada ate por una pata en mi huerto, aquí y acullá, conejos y gallinas. Luego saldré yo con mi escopeta... Esa es la caza ideal; créame.

Don Miguel lloraba de risa, porque se imaginaba los esfuerzos de un conejo para escapar, con la pata sujeta a una col, y el alborotado cacareo de las gallinas, y a su feligrés avanzando cautelosamente y haciendo fuego con tanto orgulloso contentamiento como si los cazase en pleno campo. Cuando pudo hablar, arguyó:

--¡Pero, hombre, no gustarle la caza!... Aunque no sea más que por admirar el trabajo de los perros... Mire usted que un buen perro, parándose...

Iba a perderse en una descripción; pero le interrumpió a gritos Rodeiro:

--¡Alto!... No siga usted. ¿Cómo voy yo a admirar a los canes?... ¿Entonces, usted no conoce mis ideas?... Todo lo que se dice acerca del perro es literatura, nada más que literatura. Eso de que es «el amigo del hombre»... «el fiel compañero»... ¡literatura! El perro es un animal de tendencias retrógradas; el perro llega a tener el concepto de la propiedad; defiende a ladridos y a dentelladas la hacienda del amo; es individualista; un instinto especial le hace abominar de los pobres; hasta los canes de los ciegos, que debían conocer la humildad, enseñan los dientes a los transeuntes. Además, tienen antipatías voluntariosas. Yo no puedo pasar delante de la taberna de «Miñoca» sin que su perro se lance contra mí. Una vez me mordió. Sin embargo, yo nunca le hice mal. Le digo a usted, señor cura, que cuando los hombres tengan sentido común, en vez de llamar amigo suyo al perro lo constituirán en símbolo de la burguesía.

--¡Calle usted, calle usted!

--¡Naturalmente!--vociferó Rodeiro--. Si el clero no defiende a los burgueses y a los esbirros de los burgueses, ¿quién los va a defender?...

--¡Es que usted es un ácrata!

Y la discusión derivó ya por esta senda tantas veces recorrida por ambos. Rosales no creyó correcto intervenir. Él era, al fin, huésped del cura. Sonreía y vaciaba la copa. Cuando los adversarios contendían acerca de Marx, se oyó un resollar profundo. El ilustre director de _El Avance_ había llevado su neutralidad hasta el discreto punto de quedarse dormido.

XI

Los senderos del bosque conocían la tristeza del enamorado. Con la lejanía de la amada su cariño se sublimó en sentimentalidad y hasta los menores detalles del pasado feliz se poetizaban. Había llegado a exaltar en términos novelescos aquella separación violenta, aquel extrañamiento de la dulce moza rubia y sumisa, cuyas actitudes de candor eran, precisamente, las que con más ahinco perseveraban en su memoria.

Y en esta hiperestesia espiritual, las sensaciones se hacían en él agudas, y muchos viejos espectáculos se le ofrecían como llenos de un vigor nuevo y como preñados de revelaciones. Era como si hasta aquel momento la vida, las gentes, las cosas mismas, hubiesen tenido guardados, hoscamente, secretos que ahora le revelaban con prodigalidad, con la misma con que en primavera nacen en todos los rincones y en todos los lugares del campo las cándidas flores de manzanilla. Los paisajes acentuaron su expresión ante él. Todas las tardes, al volver de Santa María, Sergio se internaba en el bosque; y aquel rumor solemne y continuo que iba y venía entre los árboles, y aquel estremecerse de las ramas desnudas, le invadían de emoción. Todo tenía un significado de ternura a sus ojos. A veces cesaba bruscamente el soplo del viento y el bosque entero quedaba inmóvil y silencioso, como si le sobrecogiese una aparición: las verdes agujas de los pinos ni aun se estremecían... Sergio pensaba entonces que su alma crecía en el silencio hondo y extraño y que su pensamiento se extraviaba en él, como si el Infinito le rozase. Era un vértigo momentáneo. Después volvía el rumor, desde lejos, desde la linde del bosque, y los árboles más próximos respondían y los inmediatos, y otra vez los remotos, y alguna piña verde caía con sordo golpe sobre el musgo, o cruzaba, piando, un ave invernal de obscuro plumaje. Casi en el centro de la arboleda había un pequeño claro. El musgo era allí suave y mullido, en grandes manchas, como cojines de terciopelo. Dos castaños muertos en la primavera pasada estaban aún en pie; pero sus ramas eran de negro color, carcomidas y rotas. La corteza de los abedules jóvenes brillaba con un tono de plata; el tojo crecido tapaba los huecos entre árbol y árbol; las ráfagas de viento marino no llegaban allí; era un relicario, donde el invierno vivía, el invierno gallego, verde, húmedo, melancólico, sentimental; pinos rumorosos, blanco plumón de espuma sobre las aguas de la ría, unos giros más revoltosos en el humo azul que sale entre las tejas, un abad bonachón que vigila el paso de su rocín peludo por el lodo de las corredoiras, risas de mozas en las «fiadas» o junto a las amplias chimeneas donde duerme el can y donde el pote ventrudo, que cuelga sobre la hoguera, tiene también cierto aspecto abacial y bondadoso.

Y pensaba el joven en cien cosas pueriles en esos largos instantes en que permanecía allí, recogido sobre el corazón de la Naturaleza; en esas cien nimiedades que salen de lo íntimo de un amor, suaves, cautelosas, meditativas, como lagartos al sol; pensaba en el frío de las cosas bajo el invierno: en el frío de un castaño lleno de humedad; en el aterimiento de todo el pinar, cuando, por las noches, bajo las estrellas inmóviles, pasaban las ráfagas del Noroeste, impetuosas y duras, llenas de olor de mar... Cuando desde su casa veía parpadear entre las tinieblas la luz de otra morada, distante, le parecía que era una luz perdida en los caminitos de la Gándara, que temblaba de frío... Tenía ahora esa irresistible propensión a personalizar los objetos, y sentía a veces en el misterioso mutismo de los árboles súbitos temores a lo sobrenatural. En más de una ocasión marchó, apresurado, por ocurrírsele de pronto que en el claro iba a aparecer con pisadas quedas y la boca entreabierta, como en una sonrisa taimada, el lobo astuto y hambrón de los cuentos gallegos, que habla con las gentes y finge la voz de los familiares cuando va a llamar a la puerta de las chozas, porque sabe que han quedado solas las mujeres.

Su más grande pena era no saber el paradero de Federica. ¿Se había marchado, en efecto, a la ciudad?... Soñaba frecuentemente que ella habría buscado acomodo en alguna casa de las cercanías, y que en cualquier impensado momento la había de hallar, quizá--se enternecía pensándolo--en la vivienda de unos labradores. Dormiría en la cama de castaño, de forma de arca, y comería el pan de maíz, y acarrearía brazadas de hierba húmeda, y se encorvaría sobre la tierra, y los instrumentos de labranza endurecerían la piel de sus manos... Todo esto por cariño hacia él, para vivir bajo el mismo trozo de cielo. Cuando la hallase así, las madreñas hundidas en el fangal de una encharcada corredoira, la apretaría contra su pecho; el olor aldeano habría triunfado del suave olor a romero que envolvía su piel; pero Sergio sabría encontrarlo escondido bajo el pañolón atado a la espalda, cerca de la carne joven.

O quizá... ¡Si Federica hubiese ido a la casa de la Cruz del Souto!...

Sergio se estremecía de iracundia y de celos. El cadete había marchado ya; pero tan sólo el recuerdo de aquella tarde en la carretera... Y la imaginación del joven se hacía trágica y se veía machacando con sus gruesas botas claveteadas el cráneo del pequeño Souto, con la teresiana puesta, sobre la misma gradería de piedra de la cruz.

En una de sus meditaciones le asaltó una sospecha. Acaso la novia, falta de ocupación, sin dinero, hubiese marchado a la casa de sus padres. Esto le obsesionó tan penosamente como lo anterior. Trataba de imaginarse a Dumbría como un inmenso pinar; sin saber por qué, asociaba a la imagen el puertecillo de Puenteceso y los pesados pataches en cuya cubierta ladraba un perro, y los carros rechinantes, cargados de troncos de pino... Volvoreta estaba en el pinar, o en los pataches, o en el carro... y cerca de ella, siempre cerca de ella, en el carro y en la barca y en el pinar, el aldeano aquel... el desconocido rival vehemente y furioso como un sátiro...

Pero Sergio se inclinaba más a creer que Volvoreta no se había alejado de la Gándara, y aun hacía solapadas indagaciones para descubrirla. Un día, al fin, lo consiguió. Carmela, la aldeana cuarentona que trabajaba a jornal en la finca, mientras desparramaba la simiente en los surcos, le dijo, socarrona:

--¿Sabe a quién vi ayer, señorito Sergio?

Aguardó un momento antes de añadir:

--A su rapaza.

Él sintió un vuelco en el corazón. Tardó también en preguntar:

--¿A qué rapaza, Carmela?...

--¡Boh!--la aldeana sonreía maliciosamente--. ¡Boh!... ¿A quién ha de ser, señor?...

Sergio la miró, vacilante. Decidióse y se acercó a ella, bajando la voz:

--¿Viste a Volvoreta?

--Vi. Así Dios me salve.

--¿En dónde está?

--¡Ay!... Dónde está no sé. Pero ayer, por lo menos, que fuí yo a la ciudad, en la ciudad estaba.

El mozo suplicó:

--¡Carmeliña... te he de regalar...!--no encontró qué regalar en el momento--. ¡Te he de regalar lo que quieras si me cuentas todo!...

La jornalera fruncía sus labios, llenos de arruguitas, satisfecha del apuro del joven.

--Pues todo... ya está. ¿Qué más quería?...

--¡Anda, Carmela!...

Y tras largo regateo de detalles, Carmela contó:

--Vive en la plaza...--no se acordaba del nombre--. ¿Sabe dónde está el Instituto?... Pues allí, en el 9. Hay una posada, y tienen cuadra también, que es donde yo dejo la caballería cuando voy al pueblo... Aún no encontró casa donde servir.

Agregó, volviendo al trabajo:

--Como guapa, es bien guapa, señorito.

Y Sergio aquella noche, encerrado en su alcoba, escribió a Volvoreta una larga carta en la que nada decía: era la espuma del contenido amor: una carta lírica en la que vertió una romántica tristeza. La releyó y quedó satisfecho.

Pensó en los medios de que la respuesta pudiese llegar a sus manos, y tras una larga cavilación resolvió que se la dirigiese a nombre de Ramón, el hermano de Chinto, que aún yacía enfermo en la choza. Él mismo escribió el sobre para sí propio, pegó el sello y lo mandó dentro de su carta, con un ruego porfiado de réplica: «¡Escribe pronto, escribe pronto; no vivo sin ti!»

Al siguiente día preparó a Chinto. Fué a verlo a la huerta.

--¿Cómo marcha tu hermano, hom?...

--Va yendo, nada más--se lamentó, sin gran pesadumbre, el criado--. No sé qué tiene en aquel cuerpo el pobre, que no sale de penas.

--¿No volvió el médico?

Chinto se encogió de hombros.

--¡Boh!... ¡Los médicos!... Ya vió... No le dan con el mal... Allí tenemos la receta...

--¡Pero Chinto!...

--¿Y usted sabe lo que costaba, señor, que no llegaban dos duros para ella?... ¡Y total... si ha de estar de Dios!...

Luego añadió, como para justificarse:

--Pero ya lo visitó la saludadora del Carballo, que tiene manos de santa. Dice que lo que trae a mal traer a Ramón es un «aire de difunto». Y luego él recordó que en el velatorio del zoquero de Treves se había sentado en la cama donde murió el hombre. Mañana quedó en venir la saludadora para quitarle el aire.

--¡Si mi madre se entera, Chinto!

Chinto volvió a hacer un mohín:

--¡Ojalá hubiésemos empezado por esto, que ya estaría bueno el pobriño!...

Sergio entonces deslizó su propuesta:

--Mira... Tengo un amigo que... ¿sabes?... no quiero que me escriba a casa... Mandará los sobres dirigidos a Ramón... Que no los abra, ¿eh?... Ya iré yo a recogerlos.

Chinto asintió y ofreció advertirle. Sergio, radiante, volvió a escribir el mismo día otra larga carta sentimental.

* * * * *

Con el aparente motivo de presenciar la curación del mozo, Sergio fué al siguiente día a la choza donde Ramón era consumido por el mal. Un grupo de aldeanas esperaba a Chinto; la saludadora del Carballo estaba entre ellas; era una anciana de ademán recogido, de boca picuda, y cuyas piernas salían como dos estacas ennegrecidas de los zuecos, de gruesa suela de castaño. El padre del doliente había abandonado también sus labores para estar presente al exorcismo. Las cortas patillas blancas lucían en su rostro carmíneo, y, apegado a las costumbres de la mocedad, gastaba el corto calzón de botones azules y la parda montera, y la gruesa polaina rematada sobre el pie en una borla decorativa. Sentado cerca del hogar, picaba sobre sus propias manos, callosas, los tabacos de a cuarto. Chinto le deseó al entrar:

--Buenas tardes, mi padre.

--Buenas tardes, hom.