Volvoreta

Part 6

Chapter 63,996 wordsPublic domain

Rodeiro fué a buscar en su tílburi a los de Abelenda para llevarlos hasta casa de don Manuel. Al llegar al crucero que se alzaba frente al parque, y que daba nombre al lugar, se apearon. Don Miguel se había anticipado a ellos y paseaba bajo los castaños sin hoja, charlando con otro cura que en los días de fiesta acudía a decir misa en la capilla de los Soutos. El cadete, vestido con su uniforme, pequeño y caprichoso como un _groom_, acudió a estrechar las manos de las mujeres, haciendo una estudiada ostentación de finura. Sergio y él se miraron apenas. Más tarde llegaron los de Acevedo; un matrimonio distinguido, que no tenía propiedades rurales, pero que había alquilado un hermoso _chalet_ al otro lado de la ría. Él era banquero y estaba ligado a Souto por razón de intereses. Habían llegado en automóvil. La hija, una joven de diez y ocho años, tenía entre las pieles, en que, pese a su opulencia, no se perdía su esbeltez, la delicada belleza de una joya en un estuche de terciopelo. Vestía con gran elegancia, y sus modales eran de distinción. Ahora venían directamente de la ciudad: tenían cerrado el _chalet_ hasta la primavera. El pequeño Souto se hizo su caballero desde que saltó del estribo del _auto_.

Todos iban diciendo:

--Felicidades, don Manuel.

Y luego se deseaban entre sí, muy afectuosos:

--Buen año nuevo; buen año nuevo.

Souto quiso enseñar las reformas que había hecho en su finca, y, pisando los húmedos senderos, fué preciso ver un nuevo estanque en el jardín, la parcela para los espárragos en la huerta, y el gasógeno para el acetileno, que había hecho instalar fuera de la casa, por temor a explosiones. Sergio, un poco turbado por la presencia de Luisa Acevedo, no hablaba, y aun procuraba esconderse tras el grupo, lleno de preocupación por sus botas recias de piel de becerro sin lustrar.

Avisaron para comer; pero los Poupariña no habían llegado. Aún se dejó transcurrir algún tiempo en el mirador de la casa--una amplia galería de cristales--, desde el que se dominaba el paisaje maravilloso. Al fin, los Poupariña entraron, deshaciéndose en disculpas. El marido explicaba:

--Con ésta así, tal como está, no se puede ir a ninguna parte: ni en caballo, porque teme caerse; ni en coche, por el traqueteo...

Y señalaba el vientre hinchado de su mujer.

--¿Otra vez?--observó, amablemente, el banquero.

--Siempre--afirmó Poupariña--. Siempre. Es infatigable.

Era verdad. En sus nueve años de matrimonio, Celsa había lanzado al mundo seis hijos. Delgada, envejecida, nadie se la podía imaginar sin el vientre abultado y el andar balanceante de su casi ininterrumpida preñez. Poupariña no sabía qué remedio poner, ni cómo reducir aquella obstinada maternidad. Le preocupaba el porvenir de tanto arrapiezo, para la vida de los cuales había de ser exiguo su patrimonio. Al fin concluyó por adoptar una alegre despreocupación ante lo irremediable. Fingía no saber nunca, de una manera cierta, el número de sus hijos y haberse olvidado de sus nombres. Para reducir a su mujer había ideado una coacción extraña. El romanticismo de Celsa le impelía a bautizar a sus retoños con nombres noveleros, que alarmaban al párroco de Santa María de la Gándara. A la hija mayor la llamó Irma; al segundogénito, Sigfredo; el tercero se bautizó con el nombre de Raúl. Poupariña fué tolerante y dejó hacer. Pero al llegar a este número planteó a su mujer, medio en broma, el problema:

--O no hay más chiquillos o los bautizo yo y les pongo los nombres que se me antojen.

Y nació el cuarto, y Poupariña le hizo llamar José, como él mismo; y nació el quinto, y se apeló Nicolás; y al sexto lo puso bajo la advocación del santo del día, que era San Robustiano. En un refinamiento de crueldad, cuando su mujer le enteró de que el séptimo comenzaba a bullir en sus entrañas, le buscó nombre ya antes de que naciese.

--Si se atreve a salir se llamará Exuperio.

Celsa protestaba:

--¡Eres un mal padre; estás matando el porvenir de tus hijos con esos nombres horribles!

Pero Poupariña era verdaderamente implacable.

Cuando les requirió doña Simona, sentáronse a la mesa. En casa de Souto se comía siempre espléndidamente, y en ocasiones señaladas, hasta con lujo. La mezcla de vinos alegraba a los comensales y soltaba las lenguas, y al final, cuando pasaron a la sala contigua, para fumar, se charlaba abundantemente. Don Manuel contó la historia de su salvamento una vez más; los invitados apreciaban, no obstante, de año en año, algunas sensibles diferencias en la historia. Del bañero, que, en rigor, había sido el que apresara al indiano ya entre aguas, no se hablaba en las últimas narraciones. Primero compartía el mérito con Simona; después fué un simple auxiliar; luego «había llegado tarde»; por último, su silueta, lentamente borrosa, se extinguió como la de un fantasma. Ahora, si alguien llegase a recordar su ayuda, el matrimonio Souto se hubiese reído buenamente como de una invención.

--Conque yo--explicaba don Manuel--me sentí ir para el fondo. A mí no me consta si fué el calambre o que me había agarrado algún pulpo, ¿eh?, porque por allí hay muchos. Y empecé a gritar y empecé a tragar salsa... Y una ola va y otra viene... ¡Tremendo aquello; estaba tremendo!...

--Como montañas--intervenía doña Simona.

--Claro está, nadie se atrevía a lanzarse al agua. Entonces ésta, ¡zas!, de cabeza. Todo el mundo se puso a gritar desde los andenes; estaba allí lo mejorcito de la ciudad: el capitán general, el gobernador, sus señoras... Y todos a gritar. Y ésta llega al fin junto a mí, después de una brega terrible; alargo los brazos para asirme...

--Y yo le dí una patada en la cabeza.

Don Manuel vaciló un poco, porque aquel detalle era nuevo. Pero lo suscribió en seguida:

--Eso es; tú me diste una patada en la cabeza. Una terrible patada...

--Naturalmente--explicó doña Simona a la concurrencia--; es lo que se hace siempre. Las personas que se están ahogando no reflexionan, y lo primero que hacen es aferrarse a su salvador y ponerlo en idéntico peligro. Lo que se suele hacer es darles, según se va nadando, una patada; se les atonta, y ya se les conduce fácilmente.

--Así fué, así fué...

Las señoras oían emocionadas. Los dos curas y Poupariña jugaban al tresillo cerca de una ventana. Rodeiro, desmoronado en un butacón, junto a ellos, fumaba un enorme puro. Su ancha cara hoyosa se había teñido de púrpura. Interrumpía a los jugadores con su charla constante y con sus advertencias:

--¡Entre sin miedo, Poupariña!

Poupariña miraba y remiraba sus cartas, haciendo un recuento de probabilidades. Argüía, festivamente:

--¡Que tengo treinta hijos, Rodeiro!

Rodeiro se desmoronaba melancólicamente en el sillón:

--¡Boh!--lamentaba--, ¡boh!... Más valen treinta que ninguno.

--¡Cásese, diablo!--gruñía don Miguel.

--¡Ah, terrible capitán Araña!... ¡Cómo gustamos de embarcar a la gente y quedarnos en tierra!... ¿Y usted?

--¡Hereje!--sonreía don Miguel, barajando.

Rodolfo mordía el puro y despedía como una bala el trozo seccionado.

--Oiga, don Miguel: hereje, y de los gordos, es un huésped que le voy a traer a mediados de mes: Rosales, el director de _El Avance_.

--¡Dios nos libre!

--Oiga: no viene en clase de ateo; viene a cazar, ¿sabe?... Ya le hablé de usted. Tenemos que armar una batida.

--¡Si caza lo que usted, no peligran las piezas!

--No, no; es una escopeta de cuidado.

Entonces comenzó a tocar un gramófono un trozo de _Elisir d’amore_. Rodeiro gritó:

--Ponga algo gallego, don Manuel. ¿No tiene nada de la tierra?...

Don Manuel asintió y le impuso silencio sin hablar.

Sergio, en un rincón ya penumbroso, se iba dejando invadir por el blando sentimentalismo de la música, propicio como nunca a él en la laxitud posterior a la comida. Miraba enfrente a Luisa Acevedo, tan hermosa, tan elegante; tenía una mano puesta sobre el brazo de la butaca, y se veía lucir las uñas pulidas y una esmeralda en un dedo, rodeada de pequeños brillantes. La alta bota de charol, la piel mate del escote insinuado, los rizos negros que bajaban a la frente, aquel sutil trazo de las cejas, que parecía hecho con lápiz... Sergio iba examinándolo todo detenidamente, y todo se le antojaba exquisito, insuperable en distinción y en gracia. A veces creía advertir que llegaba hasta su rincón el perfume de la joven, y aspiraba profundamente, cerrando los ojos.

Luisa no le había mirado ni una vez. El pequeño Souto charlaba de continuo con ella. En ocasiones llegaba hasta el rincón alguna frase:

--Este año, en el _skating_...

--... mañana dan un té...

Y se despreciaba a sí mismo y advertía crecer a Souto en su admiración. Él querría también entonces tener un traje distinguido y el don de hablar de aquellas cosas y aquellas personas brillantes, y poder, como Souto, inclinarse sobre el brazo del sillón para charlar con la joven y recoger tan de cerca su divina sonrisa. Se acordó de Volvoreta con cierto desdén. Si aquellas gentes supiesen que era el novio de Federica, una criada, ¡cómo se reirían de él!... Se advirtió insignificante. Cuando, pasado un momento, se encontraron solos el cadete y él en la galería, Sergio se acercó, un poco colorado, para decir:

--Supongo que no te habrá parecido mal lo de la otra tarde...

Souto fingió no recordar:

--¿Cuál?

--Lo de Federica.

El cadete echó un hilillo de humo entre sus labios exangües, como para indicar su indiferencia:

--¡Figúrate tú!... ¡Lo que me podrá importar a mí una criada!

Sergio asintió, vivamente:

--Por eso...

--¡Nada, hombre, por Dios; ya me había olvidado!

Dió otra bocanada y otorgó, petulantemente:

--Si tú tienes interés, puedes trabajarla...

--¡Oh, no! ¡Qué tontería!... ¡Ningún interés!

--No la creo difícil...

Tiró el cadete su colilla y entró, cortando la charla. Sergio se sentía humillado y permaneció un instante viendo cómo la noche iba envolviendo el paisaje, invadido él de amargura y de celos por Luisa.

A las seis, ya con noche, marcharon. Chinto, que había ido a llevar paraguas, porque la tarde tenía mal cariz, había enganchado el tílburi. Comentó confidencialmente con Sergio:

--Mucha grandeza hay en la Cruz del Souto. Comí un plato de carne asada, con unas cosas que diz que le llaman batatas, que así Dios me lleve como no probé cosa de dulce más rica en la vida mía. ¡Vaite que hay buenas larpeiradas en el mundo!

El tílburi pronto corrió por la carretera, bajo las altas ramas de los olmos centenarios. En un sendero, campo traviesa, brillaba la linterna con que Poupariña alumbraba cuidadosamente el camino para evitar a Exuperio bruscos sobresaltos dentro del hinchado vientre de la madre. El automóvil de los Acevedo bramó de pronto detrás del tílburi. Los focos potentes iluminaron la carretera hasta muy lejos y alargaron por ella, en caricatura, la sombra del cochecito y del caballejo. Pasaron, saludando, y pronto se perdieron en la lejanía. Isabel comentó:

--¡Qué bien vestida estaba la hija de Acevedo!

--¡Uf!; es insoportable... ¡Más orgullosa!...

La madre intervino:

--No diga, Rodeiro; es una muchacha muy guapa.

--¡Boh!... sin salir de la Gándara encuentra usted cualquier aldeana mejor. Volvoreta, sin ir más lejos...

--No diga, Rodeiro, no diga...

Y Sergio recibió aquellas palabras como un alivio a su tristeza. Volvió bruscamente todo su amor y le sacudió un ansia aguda de ver a Federica. El tílburi saltaba sobre los baches, y sus faroles alumbraban el camino con una luz amarillenta y hacían girar las sombras de los árboles alrededor de sus troncos; y a veces se advertía la tenue humareda que se desprendía del sudoroso caballo. Rodeiro lo animaba con chasquidos. Aquí o allá brillaba de pronto una charca. Los perros ladraban a lo lejos. Bajo las ramas de los olmos, cerrada entre muros de sombra, la carretera semejaba un túnel enorme.

Llegaron a la finca. Sergio entró el primero, con la esperanza de hallar a Volvoreta y besarla. Doña Rosa, después. Junto al camelio donde las blancas flores se deshojaban, en el enorme silencio de la noche, Rodeiro asió una mano de Isabel, emocionado:

--Sabeliña...

La joven se detuvo.

--¿Qué, Amaro?

Pero Rodeiro nada añadió. Estrechó lentamente la mano femenina y marchóse. Desde el umbral Sabela oyó los cascabeles del caballejo que desandaba el camino, y vió pasar y alejarse las lucecitas amarillentas del coche.

IX

Aquella noche de Reyes tuvo una decisiva influencia en el noviazgo y hasta en la vida de los dos jóvenes. Aún no habían concluído de cenar los de Abelenda cuando Federica entró, con cierto misterio en la voz y en las pisadas:

--Están ahí los de Carballo. Vienen a cantar los Reyes. ¿Pasan?

--Que pasen.

Sonaron en el vestíbulo las recias pisadas de unos zuecos. El ruido llenó la casa, envuelta ya en la obscuridad de la noche. En el corredor detuviéronse los pasos. Interrogó una voz:

--¿Se puede?

Entraron cuatro hombres. En el umbral inmovilizáronse, parpadeando, deslumbrados por la claridad del comedor. Dos eran casi ancianos; dos eran casi niños. Siguiendo la costumbre de todas las aldeas de Galicia, caminaban aquella noche de pazo en pazo y aun de choza en choza, cantando un romance de viejo sabor en que se cuenta la mística historia de los tres Reyes Magos que van desde el lejano Oriente de todos los relatos misteriosos, a hacer la ofrenda de sus dádivas al Niño Dios.

Saludaron; hubo un instante de silencio. Se miraron, tras unas toses de carraspera. Luego rompieron a cantar. Y la canción iba hablando del peregrinaje tras la estrella, y de cómo los tres monarcas llegaron a Belén, y de cómo la Virgen María salió a recibirles, y ellos se quitaron las coronas, respetuosamente. Todo el romance tenía una dulce ingenuidad. Los hombres, con una mano aplicada a la oreja, apoyada la otra en la larga vara de castaño, cantaban a grito herido. El más joven era un caso de unción, inmóvil, con su chaleco rojo, con sus zuecos ocultos bajo la gruesa capa de barro, cerrados los ojos, chillando hasta hacer hinchar las gruesas venas de su garganta... El romance terminaba con un galano llamamiento a la generosidad de los «fidalgos», y el asonante «aguinaldo» surgía finalmente y fatalmente. Hubo una pausa; y después de embolsada la peseta y de trasegado el buen vaso de vino, los hombres hablaron de la feria pasada, de las arrobas que pesaba el cerdo muerto, del coste de los bueyes... Entonces fué cuando doña Rosa se fijó en un rostro que asomaba a veces a curiosear por la puerta, a dos palmos del suelo, casi entre las piernas de los cantores.

--¿Quién está ahí?

Los del Carballo se rieron.

--Es Santiaguiño.

Le empujaron. Santiaguiño entró, algo ruboroso, alzando la boina sobre la frente, pero sin quitársela por completo. Traía su chaqueta de pana negra y la vara de fresno, más alta que él, bajo el brazo. Toda su carita redonda sonreía con la malicia aldeana.

--A las buenas noches--saludó.

--Empeñóse en venir con nosotros...--explicaron sus acompañantes.

--¿Y tu amo te deja, Santiaguiño?--preguntó Sergio, divertido con el aspecto del rapaz.

--Ya no tiene amo, señor--respondieron--. Marchóse de su casa porque no le pagaba el jornal.

Rieron todos. ¡Oh, Santiaguiño incomodado, requiriendo su hatillo de ropa y su vara de fresno, plantándose ante el labrador formidable que contrató sus servicios, y solicitando su dinero en una disyuntiva de reclamación judicial!...

--¿Qué pediste a los Reyes, Santiaguiño?

--¡Je!...

A Santiaguiño se le escapa una risita socarrona, y mira de soslayo las rodillas de sus compañeros, que están a la altura de su pequeña nariz, enrojecida por el frío. Santiaguiño no cree en los Reyes. En las morenas casitas aldeanas los pequeñuelos no esperan la visita de los Magos dadivosos. Los pequeñuelos han reunido el ganado al anochecer; sonaron sus vocecitas agudas, espoleadoras de las reses tardas, de los bueyes solemnes, de paso perezoso, que van arrojando dos conos de humo por sus narices contra el húmedo suelo, de los locos rebaños asustadizos, del caballejo que huyó relinchando, moviendo entre los tojos las trabadas piernas peludas... Después, ya en casa, el niño se durmió sin esa inquietud, sin esa ansia, sin esa noción de cercanía de lo sobrenatural que en esa edad y en esa fecha a todos nos ha rozado. No hay fantasía en las almas de los pequeños campesinos. La severa madre Tierra, buena y grave, sincera, educadora, no deja crecer las alas de ese pájaro de colorines que no sabe más que cantar. ¡Cómo va a pensar en los Reyes Santiaguiño!... Santiaguiño oirá, desde su cama dura, cómo pasan cantando los del Carballo, o los del Pinar, o los de la Cruz del Souto, y pensará que cuando él sea tan crecido como el señor Mingos, o el señor Chinto, o el señor Antón, podrá aspirar a que su amo no se niegue a pagarle los jornales.

Y pasará el canto, conmoverá una ráfaga las ventanas, se agitará una vaca en el establo, y los Reyes habrán transcurrido ya para el rapazuelo.

Ahora, bebido el último sorbo, enjugada la boca con el revés de la mano, se van los cantores. Vuelven a sonar sus fuertes pisadas.

--Vaya, ¡a la obediencia de ustedes!...

Y se pierden en el silencio y en las tinieblas.

* * * * *

Dos horas después, cuando Sergio creyó dormidos a todos los moradores de la casa, emprendió su caminata misteriosa. Federica estaba despierta. Al entrar en el cuarto, Sergio derribó el aguamanil, torpemente situado cerca de la puerta. Entonces una mano de la joven lo buscó entre las sombras y le apresó fuertemente con cierta angustia. Juntas las cabezas, Federica susurró a su oído:

--¡Por Dios! Rafaela no duerme...

Y quedaron inmóviles mucho tiempo. Se oyó rebullir--al través del tabique--en el jergón de la vieja criada. Después volvió a caer la quietud, más pesada y más honda, esa quietud en la que las arterias baten ruidosamente.

Sergio indagó:

--¿Está despierta?

Y con un soplo refirió Federica:

--La he oído quejarse hace un momento.

Esperaron aún. Volvoreta volvió a atraerlo para conjeturar, tranquilizadora:

--Quizás fuese en sueños.

Y como nada extraño ocurriese, ni turbase la calma de la casona ningún rumor, fué renaciendo la confianza en sus ánimos. La costumbre les había dado cierta seguridad en sus entrevistas, y a veces hasta saboreaban el peligro de una risa que pudiera ser escuchada o de un crujir del piso o del lecho que pudiera ser delator. El joven gustaba de permanecer inmóvil oyendo el ruido de las ráfagas que pasaban tan cerca, sobre sus cabezas, experimentando esa sensación de desleimiento que sufrimos cuando ponemos toda nuestra atención en el magno silencio de las noches. En esos instantes era feliz y se estremecía al pensar en salir de aquel abrigo y aquella inmovilidad para descender a su alcoba, por los fríos corredores de la casa. En estos momentos suyos de quietud satisfecha, Volvoreta solía dormirse, y a él se le antojaba tener una misión amparadora cerca de ella, y soportaba la molestia del brazo extendido bajo la cabeza femenina, para no turbar aquel sueño suave, seguro, venturoso.

De pronto, una mariposa de luz, un luminoso hilito, corrió por la pared del cuarto. Se lo advirtieron mutuamente, con un sobresalto que hizo separar sus cuerpos. Miraron. Bajo la puerta brillaba una línea amarillenta. Sergio se arrojó del lecho, temeroso. No habían sentido las pisadas; pero él pensó que acaso Rafaela... En un instante, las ideas se entrecruzaron y confundieron en su cerebro, como las alambres de un soporte caído. La raya de luz estaba inmóvil; el silencio era obstinado... Sospechó que la vieja criada, a quien Federica había oído quejar, se habría levantado para ir a la cocina a prepararse cualquier tisana... Eso debía de ser, porque la luz no se movía. Advertíase aquella raya amarilla, y también el ojo de la cerradura, encendido, y, en un lugar del estrecho tabique, donde faltaba un nudo, se transparentaba un pequeño disco de madera, con color sonrosado, como de carne...

Pero he aquí que se sintió un ligero rumor en el picaporte. Y lentamente, la puerta se abrió. Sergio estaba como petrificado, en pie junto a la cama. La puerta se abrió, y entró la mano de Rafaela, sosteniendo la palmatoria de cobre; y después el propio rostro de la mujer... Todo muy despacio, muy en silencio...

--¡Jesús!...

Y volvió a cerrar la puerta. Sergio seguía viendo, en la obscuridad, la cara de la vieja servidora, iluminada de abajo arriba por la luz, y sus ojos asustados fijos en él. La exclamación de sorpresa y de escándalo duró también mucho tiempo en sus oídos... Desapareció la luz; se oyó crujir el catre de Rafaela... Sin hablar, sin volverse hacia Federica, sin pensar casi, Sergio salió. Se fué en puntillas; no sentía el frío ni le importó pisar aquel escalón que chirriaba siempre y que él evitaba tocar... Entró en su alcoba, se arrojó en cama, y se tapó la cabeza, consternado.

Cuando despertó supuso que era temprano todavía; no había entrado aún su madre a llamarle, según costumbre; la casa estaba en silencio. Filtrábase una débil claridad por los resquicios de las contraventanas. Decidió esperar a que le avisasen, como habitualmente; y lo ocurrido la noche anterior volvió a su memoria con una intensidad que le hacía sufrir. Rafaela lo había descubierto todo. ¿Qué ocurriría?... Temblaba al escándalo como a una catástrofe. ¿Cuál sería la cólera y el desprecio hacia él de su madre, tan rígida, tan severa, sorprendida por el relato de un hecho indigno?... Tan monstruoso le pareció entonces a Sergio su proceder, que no creyó que Rafaela se decidiese a denunciarlo. Se prometió tener con ella una entrevista en la que había de procurar engañarla acerca del verdadero motivo de su presencia en el cuarto de Federica. Engañarla...--se paró a pensar--; pero, ¿cómo?... Resolvió confiarse a ella absolutamente, referir la verdad, atenuándola en lo posible, y suplicar el silencio, con la promesa de no reincidir nunca... Y no reincidiría. Ahora hacía un voto solemne de sustraerse a la tentación. Dedicóse a imaginar lo que había de decir a Rafaela. Oía mentalmente sus admoniciones y se dictaba las respuestas que creía indicadas.

Cuando sonaron pasos próximos a su estancia fingió dormir. Entró doña Rosa. Casi desde el umbral, gritó:

--¡Sergio!

Simuló no oir.

--¡Sergio!

Se desperezó y abrió un ojo.

--Es tarde ya.

Gruñó, como de costumbre:

--Voy... ahora...

Y volvió a cerrarse la puerta.

Lo de siempre, todo había pasado como siempre. Rafaela, pues, no había hablado. Se levantó, se zambulló en el agua y fué al comedor. La inquietud latía, sin embargo, en su pecho. En la mesa humeaba su gran taza de café; pero en los sitios donde solían desayunar la madre y la hermana tan sólo quedaban algunas migas de pan y unas manchitas de café sobre el tapete de hule. Miró el reloj y eran las diez. ¡Las diez!... ¿Por qué le habían dejado en cama hasta las diez?... Su madre, de pronto, se detuvo ante él, al otro lado de la mesa, y le dijo, severamente:

--Desde hoy irás todas las tardes a dar tus lecciones a don Miguel.

Nada más. Sergio bajó los ojos hacia el tazón. Al concluir tomó su libro y fué a estudiar al huerto. Rafaela fingió no verle pasar. Aquel día hizo una observación el enamorado. Volvoreta no sirvió la comida ni la cena, ni estuvo en el huerto ni en el jardín, ni se oyó en la casa su voz cantarina. Y tampoco al día siguiente, ni al otro...

Sergio supo, al fin, que en la mañana de eterna memoria Federica había recibido su salario, había recogido sus ropas y se había marchado a la ciudad. Supo también--Rafaela lo contaba en la cocina--que «ni aun se había puesto encarnada».

X

Todas las tardes, después de comer, Sergio seguía el camino de Santa María de la Gándara, y, ya en la casa rectoral, recitaba sus lecciones, mal aprendidas casi siempre, ante don Miguel, inmovilizado en una actitud seria e importante.