Volvoreta

Part 5

Chapter 54,000 wordsPublic domain

Como reiteración de este enfado celoso, Sergio no subió aquella noche las carcomidas escaleras que llevaban al cuarto de Federica. Hasta bien tarde meditó, ceñudo--en las sombras de su habitación, embozado en las mantas del lecho--, en aquel que se le antojaba asomo de coquetería y de falacia. La primera pasión siempre es celosa, y Sergio encontraba fácilmente graves motivos con que robustecer esta condición. ¿Podía creer que Volvoreta le quisiese?... Repasó hasta sus orígenes el breve curso de sus relaciones. Ella había cedido a todo sencillamente, naturalmente, sin arrebatos ni hipocresías, con la fluidez con que una fuente mana y con la indiferencia con que deja a unos labios acercarse a ella y beber. Jamás Federica le instigaba a ardor alguno y jamás lo rehusaba tampoco. Sus palabras de cariño, bien compendiosas, eran siempre contestaciones a las inquietas preguntas del mozo; por sus ojos verdes no pasaba nunca una turbación, ni un rubor por su rostro. Era como si las fuerzas sencillas de la Naturaleza, que hacen germinar al grano en el surco y florecer a las plantas humildes en los rincones de las tapias, sin estremecimientos, sin complicaciones, por pura función biológica, la llevasen a ella también a ser el manso eco de aquel amor que la había requerido. Nunca una caricia espontánea ni una charla de cariñosas naderías. Los elogios a su belleza la halagaban fugitivamente, con un halago invisible que hacía sonreir los labios bermejos y los verdes ojos grandes, tan llenos de candor, un candor que supervivía a todo, que quizá fuese el secreto fondo del alma.

--Lo mismo hubiese hecho caso a Chinto--pensaba ahora Sergio.

Desde la noche en que las hojas de maíz habían crujido bajo el peso de los dos cuerpos jóvenes, Sergio estaba roído por esta inquietud. Le parecía que, lo mismo que a él, Volvoreta había de entregarse a cualquiera. Cuando tardaba en volver de un recado, el novio, impaciente, atalayaba desde todos los balcones, víctima de tremendas sospechas. Mientras fumaba su cigarrillo en la amplia cocina, oía alguna vez las bromas de Chinto a la rapaza, bromas que a veces llevaban socarronamente disimulada alguna malicia que todos, hasta Volvoreta, reían sin reservas. Pero Sergio fruncía el ceño y clavaba en ella una dura mirada. Cierta vez, Rodeiro había elogiado a la servidora:

--Eres bien garrida.

Y Sergio le odió. Cuando, por las noches, después de regresar a su alcoba, se oía en el silencio de la casa el crujir de una viga o el gato fingía ruido de pisadas, Sergio cavilaba que alguien podía sucederle a él junto a la novia y salía al pasillo a escuchar. Todo callaba. Un minuto, cinco, diez, estaba él así, inmóvil, anhelante; por fin le atería el frío, y sus ojos, cansados de mirar en las sombras, comenzaban a ver como manchitas de colores que parecían volar en la obscuridad y que se extinguían cuando él parpadeaba. Entonces volvía al lecho, tiritando, un poco más tranquilo, pero dudoso aún en su deseo de volver a subir.

Se reprochaba a veces la propia flaqueza, pero la sinrazón vencía. ¡Tan guapa era, tan guapa!... No podía haber ningunos labios que tuviesen aquel sabor, ni ningún cuerpo aquel suave olor de romero y aquella gallardía, aquellas líneas, aquella tersura, ni ninguna cabellera el suave tono de color de miel, tan justo, tan bello... Una vez había visto todos estos encantos cuando la luna entraba por el tragaluz y llenaba el lecho con su dulce luz azulada. Volvoreta sólo protestó cuando el frío mordió en sus duras carnes, puestas al descubierto. Aquella única visión turbaba siempre con su recuerdo al enamorado. ¡Tan guapa, tan bien hecha!... Ni la hija de los Acevedo, que a veces llegaba a la playa toda vestida de blanco, en un bote, desde el otro lado de la ría, remando como un varón, ni ninguna señorita de la ciudad podía ser comparada con ella. Pensaba a veces que aquella broma suya de que un príncipe la había dejado abandonada en una choza al pasar por Dumbría podía ser una adivinación.

* * * * *

No se atrevió a reñir al día siguiente, ya templado su rencor. El agua del río amorataba las manos de Volvoreta, y él la contemplaba serio y meditativo, con cierta piedad. Pero una pregunta iba barrenando obstáculos dentro de su alma para formularse. Cuando ella terminó y tendió la blancura de las ropas sobre los tojos vecinos, para que el viento, ya que no el sol, las secase, rogó él:

--Siéntate un poco.

--Pueden venir.

Entonces Sergio se puso en pie y miró en torno. En un prado vecino, un rapazuelo de unos siete años, gravemente enfundado en un traje de hombre, apoyado en la larga vara de fresno, vigilaba el pacer de unas vacas. Sergio le gritó:

--¡Ei, Santiaguiño!

El rapaz berreó, sin moverse:

--¿Qué quer?

--Avisa si viene alguien, hom, que he de darte un pitillo.

--Bien está, sí, señor.

Se sentaron. El tránsito del agua por el cauce pedregoso llenaba todo el aire de un rumor. Callaron unos instantes. Sergio inquirió al fin, sin mirarla:

--¿Me has de decir lo que te pregunte?

Ella le contempló, sorprendida:

--Diré.

Hubo otra pausa. Él arrancó unas hierbecillas:

--¿Quién fué el primero?

Sonrió la moza:

--Tú.

Sergio arrojó las hierbecillas a la corriente del río:

--¡Boh!... Bien sabes que no. ¿Quién fué el primero?... Dime.

Aun añadió suavemente, para facilitar la confesión, mientras rapaba el suelo con sus dedos nerviosos:

--Es por saberlo, nada más...

Entonces Volvoreta fué atenuando poco a poco su sonrisa. Contestó, con su sencillez habitual:

--Fué allá, en Dumbría.

--¿Un mozo?

--Un mozo.

Y Federica, sin nuevo requerimiento, contó, en una evocación en la que más que el suceso descollaba el ambiente y las figuras de la aldea lejana:

--Nuestra casa estaba en el medio de un monte...

Y habló... Aquellos montes de Dumbría, todos llenos de pinos; manchas y manchas de pinares siempre verdes, siempre llenos de rumor, como el mar... En algunos de ellos se había perdido cuando era muy pequeña y abandonaba las vacas para ir a buscar entre el bosque algún pino macho y después tostar sus piñones al fuego del hogar. A veces, los leñadores derribaban centenares de árboles robustos; pero los pinos recién plantados iban creciendo y pronto volvía la fronda a extenderse. Después de la tala, quedaba el bosque aquí y allá lleno de las manchas blancas del tronco segado casi al ras del suelo. Gustaba ella de sentarse allí, y la fresca resina se pegaba a sus ropas humildes. Más tarde, las lluvias y el sol iban volviendo el tallo del color de la tierra, más ceniciento aún, y se resquebrajaba, con sus raíces secas hundidas todavía en el monte. Por la carretera, una larga procesión de carros chirriantes conducía los troncos hasta el mar, y embarcábanlos en pataches ventrudos que se balanceaban dentro de la barra de Puenteceso. Y en cada barco había un perro sucio que ladraba siempre desde la borda, como los perros de los pajares aldeanos. Ella había ido allí una vez. Y tan ajeno estaba ahora su pensamiento a la pregunta del amante que había motivado la evocación, que se detuvo a describir el aspecto del Monte Blanco--como si todo él estuviese hecho de arena--que hay a la orilla del mar. Sonreía, maravillada de hallar en su memoria, a pesar de los años transcurridos, un tan claro recuerdo del paisaje. Sergio preguntó, rencoroso contra aquella delectación y aquella memoria anterior a él, donde él no podía surgir nunca:

--¿Y tu novio?

No era novio. La pretendía; pero ella era niña aún: catorce años. Él tendría veinte. Sus viviendas no estaban lejanas. Los sábados, de noche, acudía él invariablemente a repiquetear con el canto de una moneda en la puerta de Federica, y una vez la emprendió a garrotazos con un mozo de parroquia distante que tunaba con ella. En las romerías la buscaba para bailar, pero ella le huía; quería libertad para divertirse. Una vez habían ido a una «palillada»; era en una casa distante, donde las mozas se reunían para hacer sobre sus almohadillas, moviendo rápidamente los palillos de boj, con un constante ruido, el encaje de Camariñas, que después vendían a los exportadores.

--¡Reímos bien! Al volver, él quería acompañarme; pero yo me escapé. Era ya muy tarde. Había que pasar un monte para llegar a mi casa. En el monte me alcanzó.

--¿Y fué entonces?...

--Fué.

Sergio censuró, malhumorado:

--Porque tú quisiste.

--Y ¿yo qué iba a hacer?... En un monte; fíjate... La vivienda más próxima estaba a un cuarto de legua... Ni gritar valdría.

--¡Ah!--exclamó él, sorprendido y colérico--. ¿Tampoco gritaste?

Y Volvoreta, sin bajar los ojos y como si apelase con su tono al buen sentido del enamorado:

--Ya ves...

--¡Oh!...

Y tras la exclamación de despechada ira, él continuó arrancando las hierbas una a una, con la mirada fija en el suelo. Después de una pausa, ella siguió:

--Luego, estaba empeñado en casarse conmigo; pero no quise. Se fué a América.

Alzó Sergio la cabeza para interrogar; pero volvió a su abstracción sin haber hablado. Todo aquello era absurdo: la indiferencia de la moza, su negativa a la proposición matrimonial... Y aquel tono sencillo que utilizaba en el relato que él creyó tener que escuchar entre lágrimas y rubores... Y no era por vicio; le constaba bien: ¡mujer más fría, más inerte!... «Es que no se da cuenta», meditó. Ahora tenía la dolorosa seguridad de que entre el aldeano que la asaltó en el monte, en la negrura nocturna, y sus relaciones presentes, Federica había vivido otras aventuras, resbalando por ellas con aquella naturalidad que conservaba toda la expresión infantil de sus ojos. En la capital... mientras sirvió en la capital... Preguntó bruscamente:

--¿Tú estuviste en casa del cuñado de los de Souto?

--Estuve dos años.

--Y él, ¿no te hizo el amor?

Volvoreta rió francamente, con los ojos llenos de alegría. Se incorporó un poco como quien va a contar algo interesante:

--Hizo...; don Gerardo... ¿sabes?... Una vez me regaló un pañuelo de seda, y otro me enseñó unos pendientes... ¡Qué risa con don Gerardo!... Era un sucio: en los dos años que llevé en la casa nunca pidió agua para bañarse.

--Pero tú le harías caso.

Ella hizo un gesto de repugnancia:

--¿Sabes qué?... Que siempre que tenía yo al pequeñito en los brazos, venía a cogérmelo para pellizcarme... Nada más.

Él se indignó:

--¡Bueno, vete; no quiero oirte!

--Si te digo que no hubo nada. ¡Asco de viejo!

--¡Vete!

Se levantó y se fué haciendo un mohín.

Sergio siguió la margen del río hacia el mar, desazonado por el disgusto de aquellas revelaciones provocadas por él y en las que aún se complacía en escarbar su alma. Santiaguiño atravesó el prado corriendo y se plantó frente a él, muy grave dentro de su chaqueta de pana, las manos en los bolsillos y la vara de fresno bajo la axila:

--¿Y luego? ¿No me da ese pitillo?

Se lo arrojó. Santiaguiño se puso al socaire de un vallado para encenderlo. El joven siguió su caminata. Desvióse un poco del río para subir a las viejas ruinas de un fortín abandonado que, a la vera del mar, sobre un promontorio, atalayaba la ría. Apenas quedaban en pie algunas dentadas paredes. Sobre su suelo crecían la hierba y las ortigas, cubriendo las piedras en que se desmoronaban los muros. Una puerta conservaba aún su dintel, y, borrosamente esculpido, un escudo de armas. Cuando Sergio leía alguna novela de Benito Vicetto, la imagen de estas ruinas se suscitaba en él. Las reconstituía, las ornamentaba, y se figuraba que dentro, en las remotas edades del feudalismo, se había entregado a la orgía el feroz caballero Corno-de-boi, o se había desarrollado la terrible tragedia de los Boborás. Y veía también a las Hermandades de Galicia sitiar el castillo y arrasarlo, y se imaginaba el penacho de humo, torcido por el viento del mar, y las ventanas transparentando en la noche la interna hoguera. Rodeiro, que era un fervoroso admirador del Walter Scott galiciano, le facilitaba estos libros.

De la playa, bajo las mismas murallas del fortín, subía una tenue humareda. Sergio, sentado sobre las piedras grises, con las piernas colgantes en el vacío, miró. Unos marineros habían encendido una fogata, y sobre ella, apoyado en dos pedruscos, se ennegrecía un caldero donde cocían peces. La lancha fondeada cerca de las rocas apenas se movía en la unánime calma del mar. Los hombres estaban tumbados sobre la arena. Un marinero le saludó. Era de la Gándara. A veces llegaba hasta la casa de Abelenda a vender pescado. El padre del mozallón había muerto hacía apenas una semana, envuelta su barca por una ola al salir de la ría. El hijo llevaba un pañuelo negro como luto.

--¿Quiere un bocado?--ofreció.

Y Sergio:

--Gracias. ¿Qué tal de pesca?

--Aún no empezó. Vamos a la ardora.

Un viejo de mentón pronunciado intervino:

--No: buena pesca ya la hicimos. Ahí va un arroás[1], con el vientre abierto, por el medio de la ría. Aprecio más su muerte que llenar la lancha de pescado. Toda la sardina escorrentan...

[1] Delfín.

Los marineros comentaron riendo la caza del odiado enemigo. El viejo opinó aún:

--Pues yo digo que los barcos de guerra debían dedicarse a matar arroás. Así servirían para algo útil.

Los pareceres dividiéronse. Sergio volvió a entregarse lentamente a su preocupación dolorosa. ¿Qué concepto era el que Federica guardaba de su propia honestidad, hasta de su propia valía de mujer guapa?... ¿Cómo se formularían los deberes y los derechos sentimentales dentro de aquella adorable cabeza, en aquel corazón de ritmo uniforme, que no suscitaba desequilibrios, ni arrebatos, ni alteraciones, que no ponía una inflexión emocionada en la voz que contaba el drama de la iniciación?... El drama: para Sergio era un drama bestial. El monte negro..., los foscos pinares todos llenos de rumor..., la inmensidad hostil del cielo en los novilunios..., las ásperas manos forzudas del campesino... ¡Si pudiese imaginar también el rostro de Federica, contraído por el terror!... Pero la veía con aquel mismo gesto con que hizo el relato. ¿Por qué este absurdo había ocurrido así?

El gris del mar brillaba ahora herido de soslayo por las últimas luces de la tarde. Después se tornaría más obscuro y opaco; simularía en su quietud como una llanura donde los pies podrían asentarse y andar. Y con la noche tendría también esos misteriosos matices que luce el mar bajo la suave claridad de los astros. Las montañas de la opuesta orilla iban sumergiéndose lentamente en sombras... La eterna y vieja belleza del crepúsculo, suavemente tamizado por las nubes, se mostraba un día más con su sencillez inmutable. Y los humildes hombres de la playa caminaron hacia su embarcación. El hijo del ahogado saludó, riente. Y Sergio pensó en lo extraño de aquella risa, cuando entre las aguas que iba a surcar el mozo vagaba aún el hinchado cadáver del padre, esperando ser arrojado un día a cualquier playa, sin ojos, con los labios comidos por los cangrejos, con el vientre deforme... Sin embargo, era así y debía ser así... En aquella hora de paz, atalayando los montes y el mar y la curva línea de la Gándara, imbuído por la gigantesca solemnidad de las cosas, Sergio tuvo un atisbo de comprensión: comprendió la pequeñez del cadáver del marinero, invisible, perdido entre las aguas con la misma indiferencia que el del delfín; comprendió la naturalidad del amor... ¿Por qué torturarse complicándolo con morbosidades? Para la muerte y para el amor, para las miserias que sabemos miserias y para las miserias que creemos grandezas, la Naturaleza tiene el mismo gesto dulce, la misma mirada candorosa de Volvoreta: la misma misteriosa tranquilidad. Las fuentes brotan para los labios; del mantillo que forman en el bosque las hojas caídas y muertas se nutren árboles nuevos... Y todo en una gran placidez inmutable.

Estos viejos axiomas se insinuaron en el alma de Sergio, y la idea de su egocentrismo se diluyó y sintió un gran bien en advertirse ligado sutilmente a los montes, al mar, a las rocas, al río, a las nubes obscuras, como átomo de una obra gigantesca, de obscuro significado, en la cual sus sentimientos y sus voliciones eran como el estallido de una burbujita en el mar.

VIII

El día primero de todos los años, don Manuel Souto reunía en su pazo a las familias señoriales de los alrededores y celebraba su fiesta con un almuerzo. Don Manuel Souto era el segundón de una casa distinguida, que había emigrado a Cuba casi en la niñez y que había hecho allí, tras veinte años de trabajo en un almacén de ropa blanca, una fortunita codiciable. Entonces compró un billete de primera en el más ostentoso vapor de lujo que salió de la Habana después de la fecha en que liquidó sus asuntos, y desembarcó en La Coruña, seco, como si toda la humedad de su organismo la hubiese sudado en aquellos cuatro lustros de calores tórridos, con el estómago averiado, hundidas las sienes, bailándole las canillas dentro de un blanco pantalón y oculta la precoz calva bajo un _jipi_ de quinientas pesetas. Su familia se había ido extinguiendo. La casa de la Gándara (un viejo y enorme edificio de piedra, de esos que los antiguos señores hacían alzar estratégicamente como centro para el cobro de sus rentas forales) estaba casi derruída. Él la reconstruyó confortablemente. Mientras las obras se realizaban vivía en la capital, donde su pesada cadena de oro y los puros con su retrato en la anilla le habían dado una reputación y, consecuentemente, una consideración de hombre riquísimo.

Pensó en matrimoniar; quería que cuando la casa de la Gándara estuviese terminada, fuese su inauguración pareja de la inauguración de una nueva vida que le llevase, por de pronto, calor de cariño; y después, unos rubios chicuelos; precisamente rubios. Como fruto de las lecturas folletinescas con que alguna vez distraía en la Isla sus escasos ocios, don Manuel tenía un concepto excesivamente literario de los niños, y se los imaginaba tiernamente blondos, con exclusión de todo otro matiz.

Pensó en casarse, pero cierta timidez, cierto enmohecimiento por desuso de sus facultades de conquistador, le retenían en el celibato. Una mañana veraniega, don Manuel, según su costumbre, tomó su baño de mar. Salió de su caseta de lona un poco cohibido, porque se le ocurría siempre pensar, al verse a pleno sol sobre la arena de la playa, que sus piernas eran demasiado peludas y demasiado prominente su nuez. Creía que todas las miradas se clavaban en él con mofa. Entonces daba una carrerita, sofocaba un grito al tocar el agua, se zambullía y surgía después, con los ojos cerrados, resoplando, caído el escaso pelo sobre la frente, desmoronado el bigote a la usanza china, goteando por los codos taladrantes y por la nariz y por la bolsa que formaba el flojo bañador. Luego volvía a hundirse en el agua y se alejaba nadando.

Pero aquella mañana, a veinte metros mal contados de la orilla, donde ya no hacía pie, el señor Souto sufrió un calambre; sintió que los músculos de sus piernas se entorpecían, se inmovilizaban... le acudió súbitamente la idea de la muerte; dió unos chillidos, manoteó en vano y tragó al hundirse un gran sorbo de agua. En la arena, la gente comenzó a gritar. Un bañero se echó a nado en su auxilio. La señorita Simona Rúa, hábil nadadora, que estaba cercana a don Manuel, dió unas brazadas y le asió por el bañador. Entre sus dos salvadores, Souto fué llevado a la playa: lo pusieron diez minutos boca abajo, le friccionaron, hiciéronle beber coñac, y el hombre pudo ir por su pie hasta casa. Aquella noche tuvo corro en el casino y se vió obligado a explicar muchas veces lo que había sentido al irse al fondo.

Al día siguiente, un periódico contó el suceso bajo este título: «Salvado por una señorita.» Y en la narración había párrafos elogiosos para «el arrojo temerario de la distinguida señorita de Rúa, que, despreciando su propia vida, salvó la de nuestro opulento convecino el señor Souto». Tras el elogio desmesurado había una enérgica excitación a las autoridades para que se concediese a la salvadora una medalla o una cruz.

Souto, al leer el periódico, se acusó repentinamente de ingrato. En verdad, él no se había dado cuenta de quién le había llevado a tierra firme. Alguien le dijo que la de Rúa «había echado una mano». Inquirió: «¿Cuál de las hermanas?» «La mayor.» Y procuró recordar el rostro huesudo y el cuerpo sin garbo de Simona, a quien él había visto alguna vez en los paseos. Pero creía haber cumplido ya con las cien pesetas que había dado al bañero el mismo día del accidente.

El suelto del periódico le inquietó. Algo había que hacer. ¿Qué pensaría aquella señorita?... Se dió a meditar, salió apresuradamente, compró en la primera joyería una sortija de brillantes y se la envió a Simona con una carta en que reconocía galantemente deberle la existencia, y le rogaba que aceptase «aquellas tres gotas de luz cristalizadas, en recuerdo de las incontables y amargas gotas en que él había estado a punto de fenecer». La señorita de Rúa aceptó el reconocimiento, pero devolvió la sortija. Él entonces, confuso, advirtiéndose culpable de indelicadeza, la visitó para dar fe más viva de su gratitud. Simona declaró solemnemente que no había hecho más que cumplir con su deber. El señor Rúa, viejo magistrado, pronunció acerca de todo aquello un breve discurso y le invitó a almorzar. Presentólo a los demás invitados con una frase concisa: «El salvado por Simona»; como si Souto no pudiese ser ya otra cosa en el mundo, y sus veinte años dando salida a la ropa blanca del almacén, y sus dolores de estómago y su riqueza fuesen caminos misteriosos por los que la Naturaleza le hubiese ido llevando, previsora, a aquel destino.

Luego, alguna vez, en los paseos, se acercaba a saludar a la familia Rúa y aun daba unas vueltas con las jóvenes por la alameda. En el casino, en sus círculos de amistad, le hablaban de Simona frecuentemente:

--Porque usted le debe la vida...

--¡Claro, como usted le debe la vida!...

A don Manuel, el novelero romanticismo de la historia le placía; pero se lamentaba en su interior de que su salvadora fuese tan fea y tan flaca, con aquel largo mentón y aquellos ojos diminutos y aquella nariz que colgaba sobre los labios, como una gota de carne pronta a caer en el exiguo pecho desde su altura. Intentó enamorar a la hija de un rico conservero, francamente guapa; pero a las primeras insinuaciones ella protestó:

--¡Si le oyese a usted Simona Rúa!...

--¿Y si oyese?--se atrevió a desdeñar él.

--Pero, ¿no está usted comprometido con su salvadora?

Desde entonces Souto comprendió, melancólicamente, que su destino estaba trazado, y que aquel chapuzón iba a tener en su vida consecuencias más transcendentales de lo que hubiera podido presumir. Las gentes le empujaban a un romántico desenlace. Creyó adivinar que si no procedía de acuerdo con esta opinión de las gentes, su descrédito sentimental estaba consumado. Se le tendría por un hombre sin corazón, incapaz de la virtud suprema del reconocimiento. Él mismo se dijo que su deber le impelía categóricamente a tal solución. Y sus relaciones con Simona se hicieron más frecuentes, y un día, en medio de la satisfacción de quienes ya lo habían previsto, se casaron.

Cerca de cuatro lustros habían transcurrido ya. Sin embargo, la historia del salvamento no había cesado de ser recordada entre ellos, con sucesivas modificaciones, que le daba una novedad lenta y constante. Don Manuel solía decir siempre:

--Si no fuese por mi mujer, no tendría el gusto de hablar con ustedes...

Pero su gesto aburrido y la escasez de su entusiasmo sugerían la idea de que estaba pagando una tremenda deuda día por día y mes por mes...

* * * * *