Volvoreta

Part 4

Chapter 43,908 wordsPublic domain

Sonrió él en la sombra. Metió parte del embozo bajo la espalda de Volvoreta, le dió una palmadita de despedida; y súbitamente, esclavo de su hondo temor, comenzó otra vez el peregrinaje. En la escalera sufrió angustias mayores, porque el descender en la obscuridad era mucho más difícil que el subir. Creyó que no se acababan nunca los peldaños. Ya en el pasillo del primer piso, sus pasos fueron más ligeros. Entró en su dormitorio, dando un profundo suspiro de placer, como si saliese de una pesadilla. Se zambulló en cama. Tenía los pies helados, helados, con algunas arenas del pasillo incrustadas en ellos. Se arrebujó apretadamente y quiso saborear sus sensaciones de la noche; pero se durmió.

Soñó que quería correr hacia Volvoreta. Volvoreta le esperaba con sus rizados cabellos del color de la miel y su blusa blanca de los domingos. Él quería correr, porque su madre le perseguía; pero sus pies no podían apartarse del suelo. Corría, corría, y no avanzaba ni un solo punto...

V

Meditó Sergio después en su cobardía de la víspera, en la brevedad de su estancia en el cuarto de Volvoreta, y se hizo reproches y se prometió una mayor decisión. Vencido el misterio de la empresa, el éxito obtenido le alentó. Tenía para él una enorme e intensa poesía de aventura aquella visita cautelosa, aquella obscuridad que los hacía invisibles, el secreto de la andanza mientras la gente confiada dormía... Le pareció que los pasillos y las escaleras que recorrió, sin ver, en una duradera y lentísima caminata, no eran los pasillos y las escaleras tan conocidas de su casa, sino que el genio travieso de la noche y el de los amores lo habían transformado todo. Sentía aún la dulce presión de los tibios brazos en torno al cuello, y ansiaba volver a entregarse a aquella caricia turbadora, no probada jamás.

Al encontrarse Federica y él se sonrieron, como cómplices de una misma travesura. Pero, evidentemente, ella no concedía una gran importancia a lo ocurrido. Hubiera ansiado Sergio contarle con todo lujo de detalles la excursión nocturna; mas no hubo ocasión. Tan sólo al cruzarse en un pasillo pudo decir brevemente:

--Hoy volveré.

Y ella, que marchaba hacia el comedor, no hizo el menor gesto, y al hablar con doña Rosa su voz tenía el mismo bello timbre de siempre, sin que lo alterase la emoción.

Fingió estudiar durante toda la tarde en la galería. En realidad soñaba. Vió cómo los árboles se doblaban ante las ráfagas. Vió salir a Chinto, cubierto por un capote de paja cosida, que era su aldeano impermeable, chapoteando en el lodo con sus zuecos de aguda punta retorcida. Vió en el mirador de la casa de los Solís cómo doña María asomábase, enlutada y triste, a contemplar el cielo. Los ojos de la madre se apenaban más ante aquel espectáculo de la nube igual y plomiza, sin principio ni fin, uniforme, que vertía incansablemente la lluvia. Apenas se adivinaba por una ligerísima luminosidad el sitio donde el sol estaba oculto en el cielo. Y en aquel sitio se obstinaba el mirar de doña María, como si rogase, como si mentalmente hiciese al astro magnífico la confidencia de todo su drama y le pidiese que dejase llegar alguno de sus rayos vivificantes a aquella caseta del jardín, techada de vidrio, donde las tablas estaban ya ennegrecidas por la lluvia, para que el rayo fuese como una lanzada que matase el germen del mal en los pechos aquillados de sus hijos.

Pero a Sergio el espectáculo del agua implacable le producía ahora un íntimo contento. Sentía gratitud hacia los hilos de lluvia que rayaban el campo y hacia la negra nube inmóvil que los dejaba caer, porque a esto debía el sabroso goce de su alma. ¡Bendita lluvia!... Aunque llegase a pudrir el grano en los surcos, ¿no había sido ella la madre de este florecimiento de sensaciones felices en su corazón?...

Y aquella noche volvió a subir; y a la siguiente, y todas... Cada vez tenía mayor confianza en la impunidad; pero no lograba sacudir por completo el temor que se enroscaba en él, a lo largo de aquellas inacabables excursiones, en las que antes de asentar un pie tanteaba el sitio donde apoyarlo, para resbalar después con igual cautela las frías manos por las ásperas paredes. Llegó a familiarizarse hasta tal punto con los incidentes del trayecto, que sabía en qué lugar rechinaba una tabla del piso y cuál era el peldaño que crujía escandalosamente bajo su presión. Volvoreta casi siempre estaba dormida al llegar él, y él tenía siempre el mismo sobresalto, el mismo miedo a sorprender con su llegada y que gritase, sin darse cuenta exacta de quién era el nocturno visitante. Pero ahora Volvoreta ni aun rebullía en el lecho. Extendía siempre sus brazos, como en la primera noche, y, juntas las cabezas, se hablaban nimiedades de enamorados; él, de pie, encorvado, en una violenta postura, sin apoyarse mucho en la cama, por miedo al crujido del jergón. A veces se desprendía del lazo tibio de los brazos y se incorporaba para librar a su espalda de la tortura de aquella actitud de arco. Pero conservaba entre sus manos las manos de Federica, como si temiese al soltarlas que las sombras cavasen un abismo entre ellos.

En alguna ocasión, el mismo contenido tono de su charla, una frase trivial cualquiera, les provocaba un loco deseo de reir, tanto más fuerte cuanto más se lo prohibían sus temores. Y entonces Volvoreta, menos dueña de sí, sentía hinchar sus carrillos de risa y la risa se escapaba al fin de pronto, con el mismo ruido que hace una gaseosa al destaparse; esto terminaba por vencer los esfuerzos de Sergio sobre su hilaridad, y ambos reían ahogadamente; ella escondía la cabeza bajo las mantas, para sofocar el rumor, y él sentía su cuerpo hipar en la jocundidad contenida. Después se asustaban mucho y quedaban un largo rato escuchando, por si en la alcoba de Rafaela se advertía algún ruido sospechoso.

--Querría estar siempre a tu lado en esta alcoba--susurraba Sergio.

Y era verdad; no había para él en toda la casa un lugar de mayor sugestión. Pensaba, ya en su lecho, muchas veces, que era más grata aquella otra estancia de techo aboardillado, donde se sentía fuertemente el paso de las ráfagas, donde la lluvia tecleaba ruidosamente sobre el cinc, donde se veían pasar, tras los cristales del tragaluz, las nubes negras y las blancas nubes, procesionales, y también el parpadeo de una estrella que parecía estar en lo sumo nada más que por curiosear lo que en la alcoba ocurría: tal brillo de mirada humana tenía su mirada; tal se veía, entornando un poco los párpados, cómo el haz de sus rayos llegaba hasta dentro de la misma alcoba, al través del cristal.

Cuando el nimbus se abría, alguna vez en descanso de la lluvia, y la luna asomaba por el desgarrón momentáneo, entraba poco a poco en la alcoba una suave luz misteriosa, que iba creciendo a medida que la gasa de nieblas disminuía ante el satélite. Entonces surgían todos los objetos de la obscuridad; se veía la blancura de la palangana de hierro esmaltado, lucir en un rincón; y las sayas colgadas de clavos en las paredes, como pequeños fantasmas con un capuchón puntiagudo; y brillaba extrañamente un diminuto espejo, semejando una ventana abierta en el tabique, y a la cama llegaba a veces la luz azulada del astro y se veía su raudal bajar del vidrio, recortando en el aire su forma prismática, a la manera de esos raudales que en los cuadros místicos bajan desde el cielo para envolver las figuras de los santos. Las sombras huían hasta el rincón donde el tejado y el suelo se unían en una arista, y se agazapaban allí. Y Sergio podía ver, un poco confusa, sin embargo, la cara de Federica, en la que los cándidos ojos verdes lucían como si concentrasen la dulce luz; y veía también el bulto de su cuerpo adorable acusándose bajo la colcha de tela rameada. Callaban entonces, porque les parecía que en la claridad habían de sonar más fuertes sus palabras. Sergio conservaba en los ojos la visión de la silueta adivinada bajo las ropas, y cuando se volvían a hacer las tinieblas paseaba sus dedos sobre la colcha, desde los pies hasta la garganta de la novia, y al llegar allí la besaba. Volvoreta permanecía inmóvil, sin protestar, sin estremecerse.

Cuando sus manos, heladas por el contacto de las paredes, tocaban los brazos o los hombros de la joven, ella sofocaba un grito que la fría impresión estaba a punto de arrancar. Entonces guardaba un momento aquellas manos bajo las tibias sábanas, y él permanecía un instante así. Pero a medida que se aproximaba el invierno, el aire que se deslizaba en la casa por las rendijas de las puertas, el tránsito brusco de su lecho templado a la atmósfera húmeda y fría de los pasillos, le aterían. Llegaba a veces al final de su peregrinaje tiritando, y tenía que esperar un poco para poder hablar, porque sus dientes entrechocaban.

Y fué una de esas noches crudas, que en los vidrios del tragaluz hacía condensar en gotitas de agua el vapor de la atmósfera, cuando la destemplanza le decidió a cortar su visita.

--Me muero de frío; me voy.

Y ofreció ella entonces, sin pensarlo, con aquella misma sencillez con que había hablado en la noche lluviosa, bajo el alpende:

--Entra en la cama; te abrigarás un poco, hasta entrar en calor.

Aún preguntó él, sobrecogido:

--¿Me dejas?

Federica bajó el embozo. Fué él, lentamente, lentísimamente, inclinándose sobre el lecho, tendiéndose poco a poco... Pero las hojas de maíz seco crujían y alborotaban, con un ruido semejante al del agua que cayese abundantemente sobre una plancha de hierro enrojecida. Decidió abreviar aquella tortura y se acostó de un golpe sobre la cama. Volvoreta estiró las mantas sobre él. Estuvieron un instante inmóviles. El corazón del joven latía con fuerza. Estaba tendido sobre un brazo y lo estiró para librarlo de la presión dolorosa. Entonces tropezó con los duros pechos femeninos. Entre las sábanas había aquel olor a romero de Volvoreta, el olor de su fina piel... En el declive que formaba el jergón hacia el centro fué resbalando el joven, hasta encontrar el cuerpo de la moza. Todo el cuarto era tinieblas y toda la casa silencio...

* * * * *

Así fué cómo Sergio Abelenda tuvo su primera querida.

VI

El grito de doña María de Solís llegó hasta la casa.

Vióse correr a una criada por el mirador con aire azorado, y un minuto después volver a cerrar apresurada las ventanas de guillotina, que batieron fuertemente en su encaje. Entonces doña Rosa, asustada, se echó un viejo chal sobre los hombros y salió.

--¡Dios mío: algo ha pasado en casa de los de Solís!...

Y atravesó el jardín y orilló un pequeño trozo de carretera y entró en la finca próxima. El jardinero ensillaba nerviosamente un caballejo castaño, de larga crin.

--¿Qué ha ocurrido?

--La señorita Maruja se puso mala de repente.

Doña Rosa subió. La niñera, trémula aún, torturaba entre sus dedos la punta del delantal, en el comedor, a la puerta de una alcoba en penumbra. Doña Rosa preguntó en voz baja, llena de ansiedad sincera:

--¿Están ahí?

Y como la criada afirmase, pasó.

Pero se detuvo casi a la entrada. Hacia el fondo de la amplia alcoba se veía blanquear la cama de Maruja: la luna de un armario reflejaba un trozo. Habían entornado, casi hasta unirlas, las contraventanas, y la claridad exterior se dibujaba en sus intersticios formando como una T que en el trazo superior, junto al dintel, tenía los extremos aguzados. En la semisombra, los lienzos que en la pared pendían de cordones de seda, eran imprecisas manchas obscuras. Doña María inclinaba su sutil silueta, más enflaquecida aún por el luto, sobre el lecho donde su hija reposaba. Se oía su voz, toda llena de inflexiones dolorosas, como si de un momento a otro fuese a romper a llorar.

--Muy quietecita, ¿sí?... ¿Has de estar muy quietecita?... Así, boca arriba; sin moverte...

Sus manos arreglaban las almohadas en torno a la cabeza de la enferma. Hubo un silencio. Después, la voz débil de Maruja indagó, temerosamente:

--¿Era sangre, mamá?

Se hizo mimosa el habla de la madre:

--¡No, hijiña, no!... ¿Cómo iba a ser sangre?... ¡Qué tonterías se te ocurren!... Fué el desayuno que te hizo daño, bobiña. ¿Cómo iba a ser sangre?

Quería fingir risa ante la sospecha de la adolescente; pero sus palabras temblaban con un espanto contenido. Doña Rosa, inmóvil, sintió llenarse de lágrimas sus ojos.

--Quietecita, ¿eh?

Y doña María se alejó. Entonces se vió sobre la blancura del embozo y de las almohadas amarillear el rostro de la enferma, con los ojos hundidos en un halo de negrura. Al dar espalda al lecho, el llanto retenido arrugó en mil arrugas la flaca cara maternal, e hizo bajar como para un sollozo las comisuras de sus labios. Acudió a sofocarlo con su pañuelo. Miró a doña Rosa con una mirada de desesperación, a la que los párpados rojos y el brillo de las lágrimas silenciosas daban una trágica intensidad, y salió al comedor y avanzó hasta el último rincón de la galería. Entonces abrazó a doña Rosa y lloró convulsivamente sobre su hombro:

--¡También ésta se me va; también ésta!...

Doña Rosa balbuceaba consuelos:

--¡Vamos, doña María... no se ponga así!... ¡Dios es bueno!...

--¡Oh, bien sé lo que tengo que esperar!...

Entonces la criada rompió a llorar en el comedor. Doña María la llamó, imperiosamente:

--¿Qué le ocurre a usted? ¿Por qué llora?...

Calló la rapaza, hipando aún, con las mejillas rojas. Doña María ordenó:

--Pase en silencio a la alcoba. Como la señorita la oiga llorar, la despido a usted.

Después, a solas en la galería, explicó. Había sido una cosa imprevista. Maruja parecía estar bien de salud; comía regularmente, no se quejaba de nada; alguna que otra vez, dolores de cabeza que pasaban pronto. Aquella mañana había estado jugando con su hermano Juan. Repentinamente, al bajarse a coger la pelota con que se distraían, tuvo un vómito de sangre, poca. Doña María, al verla, había dado un grito, y Maruja, asustada, sufrió un desvanecimiento.

--Creo que ha visto la sangre; yo quise engañarla, pero me parece que la desdichada lo sabe tan bien como yo... ¡Pobre hija mía!...

Doña Rosa volvió a intervenir para deslizar un rayo de esperanza. ¿Cuántas personas conocía ella y también la señora de Solís que habían tenido hemoptisis en su juventud y que después habían curado?... Allí estaba en el cementerio de la Gándara el antiguo cura, don Francisco Javier, que hasta cumplir los cuarenta todos los años tenía algún vómito de sangre, y que murió a los sesenta y tantos, de una indigestión. Las cosas ocurrían siempre como Dios las ordenaba, y no estaba bien entregarse a desconsuelos prematuros.

--¡Pero en esta edad, doña Rosa; como los otros!...

--Los otros estaban en la ciudad. La aldea es más sana.

--Sí, la aldea... la aldea...

Doña María paseó una mirada por el campo entero, por la carretera donde el agua brillaba en los surcos, por los olmos crecidos, sin hojas ya, por la lejanía de los prados y de las tierras donde las semillas, bajo la humedad, iniciarían entonces la misteriosa evolución de la vida en sus entrañas harinosas, y miró también al cielo gris, sin sol, y al trozo de mar que ahora se veía al través de los desnudos troncos del bosque. Y parecía pedir a todas estas cosas indiferentes algo del oxígeno que exhalaban y de la vida que sabían hacer germinar, y también su suprema e inmóvil quietud, su insensibilidad para todos los males que conturban al hombre.

* * * * *

El médico llegó por la tarde y permaneció un largo rato en la casa de los Solís. Antes de que regresase a la ciudad, Chinto fué a requerirle en nombre de doña Rosa, y él acudió a saludarla.

--¿Qué?... ¿Muy mal?...

Naturalmente; muy grave. Para ir tirando unos meses. Y el hijo menor, el entablillado, con el mal de Pot. Aquello no tenía remedio. Era una familia de tuberculizados. Gracias a la higiene meticulosa, y a la existencia ordenada, y a la sobrealimentación, podían fingir una apariencia de vida; pero en cuanto el organismo hacía una demanda de fuerzas para su desarrollo, la economía presentaba su quiebra. Habló, luego, con cierta circunspección, del difunto señor Solís, de su vida de crápula, de taras y de estigmas... Doña Rosa le ofreció una copita de tostado del Rivero, y él la bebió, desnudando lentamente su mano derecha para cogerla.

Al salir, Chinto se acercó, levantando un poco por el ala su sombrero mugriento:

--Entonces... Ya que el señor facultativo está aquí..., bien podía, de paso, echar un ojo a mi hermano Ramón, que el pobre no se tiene de pie hace diez días.

El doctor, contrariado, miró su reloj. Inquirió doña Rosa:

--Y ¿qué tiene tu hermano, Chinto?

--Yo no sé... Para mí que es «andacio».

El médico intervino:

--¿Está aquí?

--Como estar aquí, no está, no, señor; pero le coge de camino.

--Andando, entonces.

Sergio fué también, más por dar un paseo en el automóvil del doctor que por cariñosa curiosidad hacia el doliente. Chinto, al fin, indicó una choza, situada casi al borde de la carretera. Entraron. La choza estaba formada por trozos de piedra pizarrosa, unidos, más que con argamasa, con arcilla. Tenía la forma de un cajón negruzco, con vetas de líquenes amarillentos, y el tejado bajaba desde el muro posterior, con un pronunciado declive. Entre las tejas crecían ortigas y se escapaba el humo del hogar, falta de chimenea la vivienda. Una sola ventana daba una dudosa luz al interior; el suelo estaba pisado de tierra. Empujaron la puerta, pintada de verde y partida horizontalmente en dos, y nadie salió, ni se alzó voz alguna en el obscuro recinto. El médico comentó, esperanzado:

--No hay nadie dentro.

--No hay, no, señor--replicó Chinto--; porque van en el campo. Pero Ramón está.

Y gritó:

--¡Ay, Ramón!

Una voz, entre malhumorada y doliente, contestó:

--¿Qué quieres?

Y en una especie de arca, próxima al muro del fondo, hubo un rebullir de trapos.

--¡Ay, Ramón--insistió Chinto--, levántate, hom, que aquí te traemos al facultativo!...

Pero el doctor ya se había aproximado. Encendió una cerilla. El enfermo, con la barba descuidada, revuelto el pelo, se incorporó, parpadeando ante la proximidad de la luz. Se dejó tomar el pulso; enseñó la lengua, y mientras apretaba el brazo contra el cuerpo para sostener el termómetro en la axila, Chinto paseó su mirada, satisfecha, por el grupo del médico y de Sergio y del _chauffeur_, imponente con su chaqueta impermeable y sus polainas de cuero, y murmuró, alegre:

--Lo que es... bastante señorío te traigo. ¡Si no sanas de ésta!...

En una hoja arrancada de su cartera, el doctor, sin detenerse a explicar, recetó nerviosamente. Chinto tomó el papel entre sus dedos deformes.

--Dios se lo pague, señor.

Ordenó el médico entre dientes, al marchar:

--Tres cucharadas al día. Dieta. Que no salga al trabajo.

Y saltó al coche. Chinto aún indagó, un poco defraudado por todo aquello:

--Dígame, señor: y esto, ¿costará mucho?

Repasó el doctor la receta de una ojeada:

--Unas doce pesetas. Manden a buscarlo a una botica de la ciudad.

--Bien está, sí, señor.

Y mientras el automóvil se alejaba salpicando la turbia agua de los baches hasta las cunetas, Chinto, caviloso, dobló muy bien doblado el papel, y lo guardó en el bolsillo del chaleco, donde acostumbraba guardar las colillas de sus propios cigarros.

Dos mujerucas, atraídas por la detención del automóvil ante la choza, se habían acercado a observar, con las manos ocultas en el pañolón cruzado sobre el pecho, surgiendo sus canillas de las zuecas como dos estacas.

--¿Qué dijo?--curiosearon.

--Lo que dijo no sé; pero como él dejó la receta...

Y meditó, rascándose la frente:

--¡Caray!... ¡También... doce pesetas!

--¡Ave María!--comentó una mujer.

--Mércase un cocho pequeño--calculó la otra.

Chinto encogióse de hombros.

--Mi padre verá...--resumió; y volvió a entrar, buscando la receta en el bolsillo para dejársela a su hermano.

Una mujeruca gritóle aún desde la puerta:

--Eso no es más que el andacio, Chinto, que hay mucho andacio en la Gándara y más allá de la Gándara.

Sergio saltó a la carretera y volvió hacia la quinta, sin esperar por el criado. La tarde declinaba, y el verdor de las matas era más obscuro, y el aire tenía, en el crepúsculo que se iniciaba, una extraña diafanidad. El camino estaba desierto, bajo el varillaje de los olmos que sobre él se cruzaba y al través del cual se veía el cielo como al través de una red; todas las hojas habían caído ya, y en alguna horquilla de las ramas se veía quizá un nido abandonado, negro, del mismo color de la corteza. Las llantas de goma del automóvil habían dibujado sus relieves en la blanda superficie de la carretera, y Sergio las seguía, silbando, con aquella abstracción, con aquel extraño sentimiento que diluía su espíritu cuando se hallaba solo en la vastitud del campo callado. Pero súbitamente se detuvo. De una corredoira que salía al camino real acababa de surgir Volvoreta. Y Volvoreta no iba sola. Sergio lo advirtió, con un furioso afluir de sangre al cerebro. Volvoreta iba con un jovencillo vestido de cadete. Después de la ceguera de sorpresa, Sergio conoció en él al hijo de los señores de la Cruz del Souto, que había vuelto de Toledo a pasar en el pazo las Navidades. Hirviente en cólera, conteniendo el impulso celoso, se acercó. Pudo oir decir al cadete:

--... paso poco tiempo; pero estaba seguro de no haberla visto... Tan hermosa como es usted...

Sergio los sobresaltó con su presencia repentina. Prescindiendo del acompañante, el joven, pálido, cruzó sus brazos ante Federica, asestándole una fiera mirada:

--¡A casa!...

Ella dió un paso atrás.

--¡Pronto!...

Marchó, acelerando el andar, sin volver la cabeza. Entonces él se volvió hacia el cadete, que batía su pantalón gris con el espadín jactanciosamente. Miró su figurilla menuda, de adolescente, y alzó la cabeza para preguntar con una sonrisa desdeñosa:

--Y tú, Souto, ¿qué haces aquí?...

--¡Ya ves!--fanfarroneó el pequeñuelo.

--¿Vienes de enseñarte por las fincas con tu traje de máscara, Souto?

--Vengo de donde quiero.

El enamorado avanzó un poco:

--Pues si te vuelvo a encontrar entreteniendo a mis criadas, te hincho las narices de un puñetazo, y no sería la primera vez. Recuerda.

Hablaba casi pegado a él, dominándolo con su estatura, con fuego en los ojos. El cadetillo, un poco pálido, quiso protestar:

--Yo haré lo que me parezca.

Pero él lo empujó:

--¿Harás que te golpee ahora?...

Souto le miró rencorosamente y marchó. Cuando estaba algo lejos, arrepintióse Sergio bruscamente de no haberle pegado. En un impulso de ira, miró en rededor, cogió un trozo de cuarzo de un montón que blanqueaba al margen del camino, y lo arrojó contra el jovenzuelo. Souto, sin volverse, dignamente, torció por una corredoira. Entonces echó a correr. Sergio lo adivinó, porque la teresiana sobresalía de las paredes que encajonaban el sendero. Y esta huída le llenó de orgullo y aquietó su rencor. Continuó hacia la finca, sin cólera ya, pero con un celoso roer de amargura contra Volvoreta.

VII