Part 3
Y Federica entró. Dibujóse toda ella en la luz que llegaba del comedor hasta la galería y hasta un trozo del huerto. Fué descolgando del cordel donde se secaban los encajes trabajados por Isabel, puestos aquella tarde al sol. Cuando se acercó al extremo obscuro donde Sergio anhelaba, los brazos del joven la ciñeron fuertemente. En voz muy tenue, junto al rostro de la rapaza, afirmó como si suplicase:
--¡Te quiero; te quiero!
Y la besó. El cuerpo de la joven, sudoroso por el ajetreo de la jornada, olía a romero, un humano olor a romero. Y aquel olor se obstinó toda la noche en la memoria de Sergio y le permitió volver a gozar el instante dichoso y paladearlo diez veces, cien veces, con la misma fuerza de la realidad gustada.
* * * * *
Cuando Sergio veía salir a Federica por el portón con el enorme lío de ropa, bien atado, puesto sobre la rubia cabeza, marchaba él hacia el río por caminos recónditos. Se encontraban allí. Ocurría una vez por semana. El resto del tiempo, encerrados en un disimulo cuidadoso, apenas si podían concederse una breve charla en el jardín, un furtivo beso en un pasillo, un contacto de apariencia casual cuando Federica servía a la mesa. Todo con un sobresalto, con un temor que hacía palpitar sus corazones.
El río estaba distante, oculto de la casa por la suave curva de la gándara y por tojos crecidos. A sus orillas erguíanse sanguiños y álamos jóvenes de hojas plateadas, que cruzaban sus copas de una a otra margen. Charlaban los novios mientras ella batía en la piedra blanqueada del lavadero las telas chorreantes y enturbiaba el agua con el jabón. Sentía Sergio, viéndola así, un sordo rencor contra la injusticia de la suerte.
--No debías tú venir al río. Mi madre hace mal en mandarte...
Ella le miraba riente, sin compartir su cólera:
--No me hace daño.
--Tú naciste más bien para señorita.
Se sentía halagada y suspendía el recio frote en la tela:
--¿Por qué?
Y le gustaba oir cómo él analizaba sus gracias: las cejas de trazo fino, el suave color de miel del pelo recogido sobre la nuca, los grandes ojos, la silueta airosa, pese a la redondez especial de las formas. Terminaba él:
--Tú eres la hija de unos señores que te abandonaron en la aldea. Cuando menos lo pienses te reclama el príncipe, tu padre.
Una vez preguntó:
--¿Por qué te llaman Volvoreta?
Y ella, sencillamente:
--Por ser así, ¿sabes?, un poco traviesa... Tenía muchos novios... A lo mejor, tres a un tiempo... Los sábados llegaban los mozos de aldeas distantes a llamar a la puerta de nuestra casa para tunar conmigo.
Él calló, pensativo y celoso.
--Era por risa, no creas: no me gustaban. Ya ves, en cuanto pude me marché a la ciudad.
Los domingos eran para el enamorado los días más felices. Esperaba, soñando, la hora de la tarde en que Federica había de obtener licencia para alejarse del _chalet_. Por la mañana era preciso acompañar a su familia a la misa de Santa María de la Gándara. Atravesaba los caminitos aldeanos sin advertir el airecillo mañanero, lleno de todos los perfumes del monte, ni el brillo del sol, ni aquel aspecto especial de los campos, sin gente más que en las veredas; mujeres engalanadas con pañuelos en la cabeza y refajos chillones o negras faldas de merino, y aldeanos que lucían la blanca camisa de lienzo, y sobre un hombro la chaqueta de remontas de pana; gentes que saludaban respetuosamente, cediendo el angosto paso:
--Buenos días nos dé Dios, doña Rosa y la compaña. ¿Y luego?... ¿Se va a oir la misa?
--Para allá vamos.
--¡Vaya, que Dios les ayude!
La pequeña iglesia, cercana al mar, amarilleaba bajo los líquenes. La cuerda de las campanas caía sobre la fachada, y el acólito las hacía sonar desde el mismo atrio. Don Miguel decía la misa con lentitud. Después, en el presbiterio, pronunciaba invariablemente un sermón, en el que a veces hasta hacía reproches a personas determinadas, a las que nombraba sin eufemismo. Los aldeanos le oían con sumisión. Sus homilías tenían a veces este tono:
--Ved el caso de Mingos, el del Pinar, que hizo un pozo en la Xesteira y se gastó todo el dinero que le dieron en la taberna de la _Miñoca_. Y su mujer anda layando con el hambre y sus hijos también. Después queréis que con estos ejemplos en la feligresía ampare Dios vuestras cosechas, y cuando pedís que cesen las lluvias no vos acordáis de vuestros pecados. En cuanto a María, la de Gayoso, y a Rosendo _el Tolo_, que den gracias a que están presentes los señores de Abelenda y de la Cruz del Souto, más los del Pinar; si no, bien les iba a poner colorados por los ejemplos que están dando en todas las corredoiras de la Gándara, que parece que no, pero yo bien me entero de todo.
Después de la misa, en el atrio, los aldeanos formaban grupos pintorescos. Los señores de los contornos que tenían asiento en el presbiterio se detenían también a charlar brevemente antes de seguir los divergentes caminos. El atrio estaba alfombrado de hierba. En un rincón veíase el sepulcro de los Rodeiros--el más hidalgo apellido de la Gándara--, humilde y blanco, con un escudo borroso. Cerca de él, un corpulento castaño lo envolvía totalmente en sombra, y a veces sentábanse las rapazas en la losa para palicar. Poco a poco se diseminaba por el campo el gentío, alegrándolo con los colorines de sus trajes, y don Miguel salía presuroso hacia la blanca y vecina casa rectoral, en hambrienta demanda del desayuno.
Por la tarde doña Rosa y su hija salían casi siempre a visitar a alguna amistad. Entonces Volvoreta, bien rizada, bien gentil dentro de su blanca blusa y de su falda negra, con una anilla de cobre, brillante a fuerza de frotarla con arena, en un dedo, se presentaba a pedir permiso y salía a pasear. Sergio la esperaba en la arboleda y por ella vagaban, al abrigo de las miradas de todos, hundiendo sus zapatos en el musgo, un poco sojuzgado él por esa solemne gravedad misteriosa de los bosques.
Los árboles iban cambiando lentamente el tono de sus hojas. Desde la quinta se veían sus copas como masas moradas y amarillentas y de color sepia y verdes aún.
Cubrían a veces los senderillos del bosque las hojas caídas, y estallaban bajo los pies las pequeñas ramas secas desprendidas por los vientos de otoño. El mar iba tomando un color plomizo, entre la augusta calma de las altas riberas.
Al fin vinieron las primeras nubes en masas formidables, por el Sur. El sol, débil, miró tristemente a la tierra, en una despedida para sabe Dios cuántas semanas. Las nubes avanzaron y cubrieron la redondez del cielo. Aún se sostuvo el tiempo así algunos días. Las primeras gotas sorprendieron a los novios en lo alto del monte, cierta tarde en que Volvoreta había ido a recoger, para el fuego, las piñas caídas de las ramas. Abandonaron el saco a medio llenar y corrieron los jóvenes a ocultarse bajo el saliente de una roca quebrantada por la dinamita para alguna construcción aldeana. Todo el paisaje de la gándara estaba ante ellos. Vieron blanquear, bajo el choque de la lluvia, las aguas pizarrosas de un trozo de la ría; vieron el turbión deshacerse en largos hilos y borrar los horizontes, y, en una cañada frontera, al otro lado de la gándara, fingir humo en los remolinos a que le obligaba el viento. Brillaron las tejas de las casitas, y todas las parcelas que guardaban ya entre sus surcos la siembra de los cereales, se ennegrecieron más aún bajo la lluvia. Recogidos, apretados sus cuerpos, un poco inclinados bajo el reborde de la roca, veían los jóvenes llover, con esa alegría extraña que la lluvia produce cuando se presencia bajo la guarida segura. No hablaban. El espectáculo de un labriego que allá abajo abandonaba su labor, saltando sobre la húmeda tierra, para recogerse bajo un alpende vecino, les hizo reir, gozosos. Y nuevamente enmudecieron, y del vasto espectáculo de la lluvia en el monte redujeron su mirar, un poco abstraídos, a la visión de cómo unos erizos de castaña, vacíos ya, tirados ante la roca, iban siendo limpiados de tierra por el golpear de las gotas, y cómo otros, con sus púas hacia abajo, iban llenando de agua la blancura de su concavidad.
IV
Al través de los surcos que las gotas de lluvia trazaban en los cristales de la galería veíase el campo tan sólo como una informe mancha verde. Sergio, en pie, frotaba sus dedos húmedos contra las láminas de vidrio, y se complacía en arrancar estridentes gorjeos que crispaban los nervios de Sabela.
--¿Quieres estar quieto?--le gritó.
Y él enfundó sus manos en los bolsillos y dió un suspiro ruidoso que empañó el cristal:
--Entonces... ¿qué quieres que haga?... No he visto cosa más desagradable que la lluvia.
Doña Rosa intervino, mirándole severamente sobre sus gafas:
--Yo creo que sí: los libros de estudio.
Él calló. Realmente estaba desesperado contra aquel incesante aguacero que encharcaba los campos desde hacía una semana ya. Las deliciosas entrevistas con Volvoreta habían terminado desde entonces. ¡Oh, aquel tedio de la casa, llena siempre del rumor de la lluvia, alterada alguna vez la quietud por los gritos de Rafaela contra los aldeanos que no limpiaban sus zuecos antes de entrar y manchaban de lodo los pisos!... Sergio iba frecuentemente a la cocina, con el pretexto de fumar. Aunque doña Rosa lo sabía, no consentiría jamás que su hijo arrancase ante ella una bocanada a un cigarro. Desde que era bachiller, Sergio podía fumar en la cocina, por un acuerdo tácito. En alguna de sus frecuentes ausencias, preguntaba ahora la madre a Isabel:
--¿Dónde está tu hermano?
--Debió de ir a fumar.
Doña Rosa observaba:
--Fuma mucho estos días. No me gusta eso.
--¿Qué le vas a hacer?... Se aburre.
Federica entró aquella tarde en el comedor a anunciar:
--Está ahí doña María, la de Solís, que pregunta por la señora.
Doña Rosa alzó la cabeza de la costura para inquirir, con un leve asombro:
--¿Doña María, la de Solís?
--Sí, señora.
--Que pase, mujer.
Y madre e hija abandonaron sus quehaceres, y sacudieron de sus regazos los trozos de hilo que se habían desprendido de las labores.
Avanzaron al encuentro de su vecina. Sabela dió, como siempre, un ligero saltito para no pisar una baldosa de la galería, donde el pico del carpintero había trazado, quizás para distinguirla, una pequeña cruz.
La señora de Solís entró. No eran frecuentes sus visitas. Tan sólo en alguna ocasión señalada--Año Nuevo, fiesta de días, enfermedad--la triste señora aparecía un momento «para cumplir», y, pretextando el cuidado de los hijos, volvía a marchar sin haber reído, sin haber hablado apenas, sin haber aceptado un dulce ni una fruta, ni un dedalito del vino tostado del Rivero que doña Rosa solía ofrecer sólo en esas grandes ocasiones.
--¿Qué milagro, doña María?... Siéntese.
A pesar de la vecindad, se veían, en efecto, mucho menos que los demás señores de la Gándara. Doña María se sentó, quedamente, con aquel aire silencioso que le había impuesto su dolorosa costumbre de andar por alcobas de enfermos. Resaltaba su palidez sobre las negras vestiduras, y el carmesí de los párpados, irritados por el llanto y el insomnio, sobre su palidez. Pero en toda su figura había una gran distinción, y en su rostro esa dignificación amarga que dan los pesares. Cruzó las manos lívidas, y habló:
--A molestarlas, doña Rosa, a molestarlas.
--¡Por Dios!...
--Quería saber si tienen ustedes alguna estufa, algún calorífero, para pedírselo prestado.
Doña Rosa miró a su hija, como en consulta.
--Hay mucha humedad--continuó doña María--; ya ve, para dormir los niños con las ventanas abiertas... Y como la casa es grande... Yo encargué a la ciudad una salamandra. Pasado mañana me la traerán, y pasado mañana les devolvería la estufa.
Doña Rosa se lamentó:
--¡Dios mío, nosotras no hemos tenido jamás nada de eso! ¡Qué pena, doña María!... Gracias al Señor, como salud tenemos, y el frío no es mucho en esta tierra...
--No, el frío no; pero la humedad, la humedad...
Casi gimió, con los ojos espantados:
--¡Un catarro viene tan pronto!... ¡Y después!...
Hubo un silencio. Doña María miró al través de los cristales el cielo plomizo, cubierto por una sola nube inmóvil.
--Hace siete días que no hay sol...
Luego clavó sus ojos en las pálidas manos cruzadas:
--¡Yo no sé qué hacer...; no sé qué hacer!...
Doña Rosa intervino con consuelos. ¿No era exagerado todo aquel temor?... Los niños no parecían estar mal; paliduchos y delgados, sí; pero la aldea se encargaría de darles colores y grasas. Allí estaban los hijos de los labriegos, semidesnudos, durmiendo en paja, mojados cuando llovía y quemándose con el sol; comiendo tan sólo borona y caldo de unto. Y tan fuertes y colorados. La aldea es salud. No había que tener preocupaciones extremadas. Dios es bueno: aprieta, pero no ahoga. Y si Maruja tenía quince años ya, y Dios se había llevado a los otros a los diez y seis, ¿iba a suponerse que se había de repetir la desgracia?... ¿No era absurdo?...
Doña María la miraba sin cambiar su expresión de pena. Después suspiró hondamente. Se levantó como una sombra:
--¡En fin!... Perdonen la molestia.
--¿Qué molestia?... Lo que siento yo es no tener lo que desea, doña María. Ya sabe que toda la casa y todos nosotros... Y cualquier cosa que se le ocurra...
Acompañáronla hasta los mismos umbrales del portón. Ella marchó como una sombra negra, entre la lluvia; y doña Rosa suspiró al volver, penetrada de toda aquella honda angustia de madre que en su propia maternidad hallaba un eco de compasión gigantesca.
* * * * *
Por la noche, deslizándose al amparo de los salientes aleros, esperó Sergio bajo el alpende la presencia de Federica, avisada por él. Esperó unos minutos que se le antojaron inacabables. Desde los canalillos que las tejas formaban caían al suelo chorros de agua, que habían cavado débilmente la tierra, a lo largo del cobertizo, en su persistente choque. Cuando Sergio chupaba el cigarrillo, se avivaba el ascua y veía brillar los goterones en su rápido descenso. La lluvia, invisible en la noche, dejaba oir su sordo rumor en todo el campo encharcado.
Federica llegó al fin, cubriendo su cabeza con parte de la falda, recogida sobre los rubios cabellos como un mantón:
--¿Qué quieres?
Él arrojó el cigarrillo, que se apagó en el agua:
--Que no podemos seguir así. Es preciso idear algo para vernos.
Ella meditó:
--¡Esta dichosa lluvia!...
Callaron un instante. A sus espaldas, hasta tocar con el techo del alpende, se hacinaba el tojo tierno, dispuesto para mullir los establos y hacer de él, ya pisado, cama para las bestias, y después abono de las tierras. Y su recio olor de monte bravo se diluía en el ambiente húmedo. Sergio opinó:
--¿Quieres que le hable a Mingos, el casero, para que nos deje reunir en su choza?
Receló ella:
--Lo sabría tu madre.
--¡Entonces... no sé!
Descubrió de pronto Volvoreta:
--Podías subir a mi alcoba cuando todos durmiesen.
Sergio quedó un momento confuso. Le latió más fuerte el corazón al escuchar la proposición inesperada, como si antes de precisarse en su magín, toda la encantadora sensación de la aventura le hubiese ya recorrido la sangre, en un giro loco. Pero Volvoreta había sugerido el recurso con un absoluta naturalidad. Sergio, temeroso de despertar un arrepentimiento, dijo con sencillez:
--Es verdad.
--Pero ve con cuidado. Ya sabes que el cuarto de Rafaela está al lado del mío. ¡Si nos sintiesen!... ¡Por Dios!...
Y separáronse. Sergio permaneció unos minutos bajo el cobertizo, saboreando la temerosa delicia del proyecto. Le pareció estar abocado a una empresa de novelón. La densa obscuridad de la noche le sugería ideas de sagacidad y de astucia, y se vió a sí mismo atravesar la casa entre las tinieblas y trepar hasta los cuartos de la servidumbre, cauto y silencioso, como un ladrón de folletín o como un conspirador heroico. Chinto salía entonces de la casa y pasó junto al cobertizo sin verle, en las sombras profundas. Él se había recogido y hasta había contenido el aliento. Este incidente le dió una alta idea de su disposición de hombre misterioso y le hizo tener una alegre confianza en sí.
Durante la cena miró alguna vez a Federica, como para recordarle el complot. Federica, gravemente, no parecía darse por enterada. Sergio pensó entonces, ante toda aquella serenidad, que ella tenía una decisión y una valentía superior a la suya, y se reprochó el no haber tenido él la misma idea de la cita en la alcoba. Se escrutó y tuvo que confesarse que no se le habría ocurrido nunca.
Cuando, después de su habitual presencia en la cocina para dar órdenes a la servidumbre, doña Rosa reapareció en el comedor y deseó buenas noches a sus hijos, Sergio sintió agigantada su emoción. Besó a su madre y se retiró a su cuarto. Eran las diez. Sentóse indeciso, sin saber cómo llenar todo aquel tiempo que faltaba aún para el momento de la aventura. Al fin, temeroso de que la luz le delatase, desnudóse, se metió en cama y sopló la bujía.
Esperó. Llegaba de la cocina muy amortiguado el ruido del fregoteo de Rafaela. Podía saberse cuándo agitaba la vajilla dentro del barreño y cuándo la colocaba sobre la limpia piedra del vertedero para que escurriese el agua humeante. Los platos hacían al superponerse un ruido más agudo; los pucheros de hierro, más hueco y sordo. Después tintinearon, al caer sobre el granito, desde el paño que las secaba, las cucharas, los tenedores... Sergio seguía a la vieja criada en todos los momentos de su ocupación, hasta en todos sus ademanes, como si la estuviese viendo. De pronto un portazo estremeció la casa, y se oyó el ruido metálico de la barra de hierro que ajustaba Chinto en sus encajes para reforzar la seguridad de la vivienda. Luego, unos pasos resonaron en la escalera que conducía al piso aboardillado donde estaban las habitaciones de la servidumbre, de las dos criadas nada más, porque Chinto dormía en el bajo, para mayor tranquilidad de doña Rosa. Sergio pensó que aquellos pasos eran los de Federica, que se retiraba siempre antes que Rafaela.
Y esperó más. Por fin los tramos rechinaron bajo el andar de la vieja criada. Arriba, al través del techo, se sintió aún el rastrear de sus pies. Más tarde cayó el silencio sobre la casa toda; un silencio en el que al joven le parecía que toda idea de tiempo diluíase y escapaba al cálculo. Pero en el silencio fueron naciendo mil pequeños rumores y mil ruidillos sólo perceptibles en la anhelosa atención del enamorado: el crujir de una viga, las pisadas misteriosas del gato, que cruzaba ante su dormitorio, dueño de las estancias y de los pasillos llenos de sombra; después el viento comenzó a quejarse bajo las puertas, como en invierno. Fué un momento en que la lluvia dejó de caer. La ventana del cuarto se estremecía en sus encajes, y a veces se sentía la furia de las ráfagas estrellarse contra la casa toda, hermética y muda en la enorme soledad del campo, entre tinieblas, mientras los árboles se encorvarían gimientes, y en los prados la hierba sería como una cabellera peinada en un mismo sentido por el viento.
Las ráfagas traían hasta la casa un sordo rumor--quizá el de los árboles, quizá el del mar--en el que Sergio creía descubrir también el silbido arrancado en los alambres del telégrafo que seguían la cercana cinta de la carretera, y que cortaban el vendaval como una espada afiladísima, oscilando un poco entre poste y poste.
Pero las ráfagas cesaron. Cayó un fuerte aguacero, y su apremiante llamada en los cristales llenó toda la casa con su ruido. Después amainó, y volvió la lluvia a su lenta mansedumbre.
Sergio esperó aún, receloso. Se le ocurrió pensar--tumbado boca arriba en el lecho, abiertos los ojos en la obscuridad--qué clase de mujer era aquélla, inocente o ducha en amores, que por propio impulso y con tal sencillez daba una cita de tamaño riesgo--él no pensó «tan escabrosa»--. Pero ni su inexperiencia, ni su edad, ni la inquietante emoción que sufría, le permitieron grandes meditaciones acerca del tema. El reloj del comedor dió las doce. Temió él haber contado mal, y esperó a que las repitiese. Entonces se deslizó de su cama; a obscuras se embutió en el pantalón, en la chaqueta... Iba descalzo... Abrió la puerta de la alcoba... Salió...
Ante la puerta, sin separar sus dedos del pestillo, aún escuchó un buen rato. Después se decidió a andar... Apoyaba ambas manos en la pared, como si quisiese descargar sobre ellas todo el peso de su cuerpo. El piso estaba enarenado, según la costumbre del país, con una arena traída de la playa, y al ser restregada contra la madera producía un leve rechinamiento. El joven ponía, para impedirlo, sus pies de plano, y algunas arenas gruesas le producían dolor.
Llegó a la escalera. Tenía en sus oídos el tic-tac del corazón y el sordo runrún de la lluvia... Subió un peldaño, otro... algunos crujían, y Sergio se detenía entonces, anhelante, con los ojos abiertos, abiertos... Creía él que en aquel momento su madre y su hermana y Chinto y Rafaela se removían entre las sábanas, prontos a despertar. Pensó también en que a veces doña Rosa sufría insomnios duraderos... Al llegar al primer recodo de la escalera, un tablón carcomido gimió bajo sus pies largamente. Entonces pensó en desandar el camino y volver a su cuarto; pero ya estaba más próximo el de Federica... Continuó... En el pequeño pasillo, al que daban los dormitorios de las dos mujeres, se oía la fuerte respiración de Rafaela. Esto le dió vigor. Empujó lentamente la puerta de la alcoba de Federica. Pensó que estaría ella detrás. Esperaba que sus manos avanzasen para guiarlo. Creía ser tocado por ellas a cada instante, y esta presunción de unos brazos en la sombra le produjo una inquieta nerviosidad. Pero ningún cuerpo vivo rozó el suyo. Entró con cautela extremada, temiendo derribar algo, extendidas sus manos hacia el frente, comenzando a encontrar interminable aquella horrible excursión entre las tinieblas y el silencio, respirando con la boca abierta para que ni aun se advirtiese el rumor de sus aspiraciones.
Al fin sus muslos tropezaron con algo. Bajó las manos, cuidadoso. Bajo ellas sintió el tibio bulto de Federica, acostada, cubierta por las ropas del lecho. Le secó los labios una oleada de emoción. Se inclinó sobre la bella cabecita; susurró tenuemente:
--Soy yo...
Ella no se movió; volvió a advertirle:
--Federica, soy yo...
Apoyó sus manos en el cuerpo tendido, con una suave presión. Federica dió un fuerte suspiro y se estiró en el lecho. ¡Dormía! ¡Gran Dios, dormía!... Sergio se maravilló sinceramente. Volvió a apremiar, con la punta de sus dedos, el cuerpo perezoso. Y de pronto, tras un rebullir que se tradujo en un ruidoso alboroto de las secas hojas del jergón, los calientes brazos de Federica se enroscaron a su cuello. Y él, entonces, buscó sus labios y los besó, estremecido:
--¿Dormías?
Y ella, con voz aún enronquecida por el sueño y llena de añoranza de él:
--Sí.
Sergio tuvo que sacudirla:
--¡No grites, mujer!... Pueden oirnos...
Entonces bajó mucho la voz, como una niña a quien se reprende, para repetir:
--Sí.
Continuaba con los desnudos brazos sobre el cuello del joven. No se veían. El rumor de la lluvia era más fuerte en el pequeño cuarto; se sentía su repiqueteo en el cinc del tejado y sobre los vidrios del tragaluz. Sergio se iba sintiendo presa del frío. En la cima de su empresa ocurríasele ahora, preferentemente, la terrible idea de tener que volver a su estancia con todas las mismas minuciosas precauciones. En la alcoba contigua, al través del delgado tabique de madera, se oyó el ruido del jergón donde Rafaela debía de haberse agitado. Entonces Federica iba a decir algo al oído de Sergio; pero éste la hizo callar, con sobresalto.
--¿No oíste?--dijo apenas él, con la tenuidad de un suspiro--. Debe de estar despierta.
Le invadió el miedo. Dió otro beso a la novia:
--Bueno, me voy.
Ella tornó a abrazarle. Aún le retuvo para pedir:
--Tápame bien.