Part 9
En aquel estado de rencorosa exaltación, Sergio se creyó más enamorado que nunca y menos dispuesto a consentir que se alzasen nuevas vallas entre él y la campesina de Dumbría. Desde el momento en que la idea de escapar se formuló en su voluntad, la acogió con resolución irrazonada. Huiría. Huiría para no volver. Se imaginó que aquella huída suya a la ciudad era como si se marchase a una región recóndita y lejana en la que su rastro se perdiese, y que detrás de él no había de quedar otra cosa que el sentimiento de quienes le impelían a abrazar el heroico partido. Hasta tuvo un momento de melancólica complacencia al suponer a su madre acongojada, arrepentida ya de su rigor, y a Rafaela y a Chinto paseando por la Gándara, durante el resto de sus días, el hondo pesar de haber provocado aquella catástrofe de la desesperación de un Abelenda que huía de su hogar con un hatillo y andaba cuatro leguas a pie para no volver nunca.
Pensó en escribir una carta, y hasta llegó a precisar algunos términos pomposos. Pero desistió. En una antigua maleta de cuero agujereado por la polilla guardó alguna ropa y todas las cartas de la ausente. Guardó también los libros de estudio--él se proponía ser un hombre y ganar «a pulso» su carrera--. Esperó el alba, despidiéndose mentalmente de los obscuros pasillos tantas noches cruzados con los pies descalzos, y de aquella alcoba donde, en lo sumo de la casa, entraba a veces la luna por un tragaluz. Con las primeras tintas grises del día abrió su balcón, arrojó la maleta y se descolgó él mismo sobre el blando y húmedo suelo del jardín. Una idea sentimental le hizo coger una flor del frondoso camelio; envolvió la casa en una mirada, creyó un deber suspirar hondamente y echó a andar carretera arriba...
Por fortuna suya, no llegó a llover; manteníase el cielo entoldado y corría todo a lo largo del camino un fresco viento que agitaba las ramas desnudas y hacía rizar el agua de los charcos. Dormía aún la Gándara; pero en algunas heredades veíase confusamente las sombras de aldeanos madrugadores. Sergio apresuraba el paso, con un creciente temor a ser descubierto. Cuando llegó a lo alto de la cuesta se volvió para abarcar el paisaje que abandonaba, como había visto en una estampa de asunto de emigración que había en su casa... _El adiós a la aldea._ Cambió de mano su carga y siguió apresurado.
La primera legua la anduvo sin fatiga. Después comenzó a estorbarle la maleta. El día había abierto ya y pasaban por el camino, en la misma dirección que el joven, vendedores de piñas y aldeanos que llevaban a la ciudad la leche de sus vacas en panzudos jarros de metal. Sus caballejos menudos, de abundante crin negra, arrojaban en el frío mañanero largos chorros de vapor. Al pasar, las gentes saludaban:
--Buenos días nos dé Dios.
Sergio contestaba:
--Buenos días.
Y las veía alejarse, estimulando con sus voces a las bestias.
La doble fila de olmos había quedado muy atrás. Ahora la carretera corría casi bordeando el mar, lleno de olas perezosas que tenían blancas tildes de espuma. La ría era ancha y los montes fronteros aparecían brumosos. Un bote de parda vela venía hacia la costa, dando bordadas, muy caído hacia estribor. Y allá lejos, cerca ya del mar libre, se veía como puntos negros la escuadrilla de traineras salida antes del alba de todos los pequeños puertos vecinos, arriadas las velas, dejándose zarandear por las olas llegadas del confín temeroso.
Cuando hubo andado la segunda legua, Sergio se arrepintió de aquel arrebato de amor a la ciencia que le había hecho guardar en la maleta los libros de estudio. Seguramente eran ellos los que la hacían pesada. La dejó sobre un poyo y flexionó varias veces el brazo para desentumecerlo. Entonces se tronchó el peciolo de la camelia que llevaba en el ojal del gabán, y hubo de continuar el viaje asiéndola blandamente con la mano libre. Por último, como le molestase, la arrojó sobre un montón de grava. Hacia el final de la legua número tres tuvo tentaciones de solicitar que le dejasen ir en alguno de los caballejos que aún pasaban, o subirse a los carros chirriantes bajo montañas de hortalizas. Pero desde un pino paraje vió, repentinamente, la torre del faro de la ciudad, que se alzaba a lo lejos, destacándose sobre el fondo gris del cielo y el fondo gris del mar. Cobró alientos. Comenzaron a aparecer a los lados del camino alegres casas de recreo, con bosques de eucaliptos y verjas labradas; en la carretera el lodo había crecido--un lodo negruzco--y las rodadas de los carros lo surcaban profusamente. Más allá eran pequeñas casitas de obreros las que formaban calle; los chiquillos, medio desnudos, jugaban en las cunetas, y las gallinas se paseaban con sordo cacareo entre su prole, huyendo despavoridas al advertir la proximidad de un transeunte o el ruido de un carro.
Y en otro instante, más lejos, por encima de los tejados de una fábrica, otra vez el mar... y la ciudad entera, con su semicírculo de blancas casas y la mancha obscura de los jardines casi en la ribera, y el castillo alzado en un islote a la entrada del puerto, y el rebrillar de los cien mil cristales de los miradores y tres grandes buques anclados hacia el centro de la bahía, más allá de los vaporcitos pesqueros y de los barcos de cabotaje. Y sobre todo el conjunto, las cúpulas de las iglesias, rompiendo aquí y allá la confusión de tejados, y más alta aún, como una flecha hundida en la pesada nube gris, la torre del faro, obscura, aguzada, firme, haciendo la centinela del pueblo y del mar, envuelta en el pardo capotón de su granito...
Silbó cerca un tren. Como respondiéndole, el ronquido de una sirena llenó todos los ámbitos, y todos los ecos lo repitieron. Y entonces, uno de los grandes buques se movió lentamente sobre el agua quieta de la bahía y el humo de sus chimeneas se extendió, agitándose, como un pañuelo en una despedida... Sergio se sintió alegre y entró en la ciudad.
* * * * *
Fué a albergarse el enamorado a la misma modesta casa de huéspedes en donde estuvo en los días en que lo llevaban a la capital para hacer sus exámenes del Bachillerato. Pretextó ir a continuar sus estudios. Puso a la vista sus libros, desembarazó de lodo su calzado, se acicaló todo lo que el contenido de su maleta le permitía, y, después de comer, se lanzó a la calle.
Dedicóse a vagar ante la casa donde Volvoreta había encontrado empleo. Le pareció un poco estrecha, con cierto aspecto de humildad que le hacía tener la vieja pintura verde de sus galerías, que el sol había ido rebajando de tono. La calle no era muy concurrida y Sergio pudo avizorar desde un extremo el portal de la vivienda, en palpitante ansia de la aparición de la amada. Transcurrió una hora, dos. Sergio se apoyó en la jamba de una puerta y continuó esperando. Federica habría de salir o de entrar en algún momento... Pero Federica no entró ni salió. Otra hora, otra... El enamorado pensó en subir; pero le retenía el temor de comprometer a la moza. Desde la acera opuesta atisbó largamente la galería; vió aparecer en ella una mujer de media edad, en cierto desarreglo; después unos chiquillos, que consagraron diez minutos al deporte de aplastar, en competencia, sus naricillas sobre el cristal; luego, un hombre, maduro ya, que miró insistentemente a Sergio, tamborileó en los vidrios y volvió a entrar. En toda la tarde no pasó en la galería cosa de mayor transcendencia que las narradas.
Desanimado, mustio, Sergio vagó por la ciudad, en un soliloquio de conjeturas. Su anhelo le condujo a la posada donde antes se había hospedado Volvoreta. Estaba próxima al gran edificio cuadrado y sobrio del Instituto, en un grupo de casitas humildes. A la puerta, sentadas en la piedra del umbral, departían dos mujeres del pueblo. Tras sus cabezas se veía el estrecho portal y un pasillo, y más allá la amplia cocina, donde había el resplandor de una cansada luz vacilante.
Sergio inquirió:
--¿Está la dueña?
Una de las mujeres respondió, sin alzarse:
--¿Qué le quería?
El joven explicó, un poco turbado:
--Deseo saber si conoce el paradero de Federica, de una tal Federica que estuvo aquí.
--¿De una que anda a servir?
--Sí.
--¿Que es de allá, de Dumbría?
--Eso es: de Dumbría.
--¿Y luego? ¿Qué le quiere?
--Le traigo un encargo de sus parientes.
La mujer volvió la cabeza hacia el portal y gritó:
--¡Ay, Federica!
Sergio balbuceó, asombrado:
--Pero... ¿está aquí?
--¡Federica!--tornó a vocear la mujer.
En el vano del pasillo, sobre el fondo de luz, destacóse la negra silueta de la joven.
--¿Qué?
--Ven, que te llaman.
Avanzó. La enorme plaza estaba sumida en el azul de Prusia del crepúsculo. Preguntó Volvoreta desde el portal:
--¿Quién es?
Y Sergio, con la voz conmovida:
--Soy yo.
Se admiró la joven:
--¿Y tú?... ¡Vaya, Señor!... ¡Quién contaba contigo!...
Salió a la calle. Llevaba una saya vieja y una blusa de algodón, desprendida de la cintura. Sonrió frente al novio:
--¿Cómo estás aquí?
Las dos mujeres le miraban con atención. Sergio, un poco azorado, propuso:
--¿Puedes salir?
Hizo ella un gesto y bajó la voz para contar:
--Les estoy ayudando ahí dentro. Pero un momentito, si no es más que un momentito... Espérame...
Marchó y volvió a salir con una negra toquilla sobre los hombros. Fueron hacia el centro de la plaza.
--Pues yo estoy aquí por ti.
--¡Boh!--rió ella, incrédulamente.
Sergio se incomodó. ¡Era aquél un buen recibimiento!... Le había visto llegar como si acabasen de verse la víspera: ni un arrebato, ni un cariño, ni una frase de júbilo. ¡Era de mármol!... Se lo había dicho mil veces. ¡Era de mármol!... El tonto era él en seguir queriéndola y en preferirla a todo y en pasar apuros y correr aventuras por ella. ¿Así es como se paga un amor?
Ella callaba, un poco sorprendida, sin comprender la razón de aquella iracundia. Y así hubo una pausa. Sergio al fin la rompió, preguntando:
--¿Por qué has vuelto a la posada?
Y ella explicó. Había abandonado a aquella familia; no estaba contenta; era preciso pasarse los días con los cuatro pequeñuelos arracimados...; no podía salir...; la cocinera, por otra parte, le tenía muy mala voluntad. Se detuvo a contar con aire lastimoso alguna mala jugada padecida. Sergio escuchaba, con un sordo rencor contra aquella gente:
--¡Salvajes!...
Añadió después, meditativo:
--No me gusta que andes así... de casa en casa...
Ella se encogió de hombros. ¿Qué iba a hacer?... Era verdad: ¿qué iba a hacer?... ¡Si ellos pudiesen estar juntos!...
--¿Tú querrías?
Y ella, con el mismo ademán y la eterna sencillez inconmovible:
--¿Por qué no?...
--¿Cuánto te cobran en la posada?
Una peseta; le cobraban una peseta diaria. Le daban caldo y pescado; como había mucha gente, Volvoreta tenía que compartir su cama con una moza de Narahío que estaba también sin empleo. No lo pasaba mal: era gente muy buena.
Sergio oía, malhumorado. La situación de Federica no era fácil y la suya mucho peor aún. Se le descubrió, en un atisbo, la locura cometida; pero de su debilidad propia sacó fuerzas de rebelión. Fué preciso que acallase tiránicamente sus meditaciones, porque ahora que veía logrado su objeto, advertía que en la ausencia había poetizado con exceso a la novia, y aquella blusa desceñida y aquella toca de pelo de cabra, rota en algún punto, y los viejos zapatos que asomaban bajo la sucia falda, le causaban cierto malestar. El reloj del Instituto dió una hora con el toque apresurado de sus campanas. Volvoreta quiso tornar. Anunció él entonces:
--Mañana vendré a buscarte.
--Bueno.
--Pero...--vaciló un instante--quiero que estés arreglada...; no como hoy...
--Estaré arreglada.
Atravesaron la plaza sombría, y en el portal obscuro la besó. Entre el resplandor amarillento de la cocina se veían pasar unas sombras, y a veces llegaba el estrépito de una tapadera de metal que caía sobre las losas. Como sintiese el ruido de las pisadas en el portal, salió la posadera y miró:
--¿Quién está ahí?
Acercóse. Era una mujer gorda y pequeña, de fuertes brazos desnudos:
--¿Quién está ahí?
--Estoy yo--contestó Volvoreta.
Continuó la otra avanzando; curioseó a Sergio muy de cerca para ver su cara en la penumbra. Dulcificó la voz:
--Buenas noches.
Y después, limpiándose las manos con el mandil:
--¿Es éste tu mozo?
--Es, sí, señora.
--Vaya...; por muchos años.
Sergio sonrió y dió un gruñido, saludando para marchar. Sin saber por qué, le había molestado aquella pregunta y aquella respuesta. Y mientras se alejaba a buen paso, se dibujó en su memoria el retrato al carbón del señor Abelenda, con su toga solemne y su birrete hexagonal.
XIV
Al día siguiente Volvoreta no fué sola al paseo; acompañábala la moza de Narahío, recia, pequeñita, casi cuadrada, picado por las viruelas el rostro, y con reciente olor a los bueyes que cuidaba en los montes de su tierra. Sergio tuvo un disgusto, y aun suplicó a Federica que influyese para que su amiga se quitase el mandil. Pero el mandil tenía un precioso «entredós» y formaba un lazo fastuoso sobre la grupa de la moza, y ella se resistió tenazmente a despojarse de la prenda servil. Alumbrados por el brillante sol de la tarde, bajo las miradas de los vecinos, marcháronse los tres. Sergio, contrariado, yendo un paso más adelante que las jóvenes, creyendo que todo transeunte que por casualidad les miraba seguía pensando: «¡Vean al de Abelenda con dos criadas, el muy...!»
Procuró conducirlas hacia las afueras. Al morir el día, como se tratase de volver a la ciudad, pensó Sergio con rabia en su tránsito ante los ojos de la multitud junto a la moza de Narahío, y decidió hacerlas entrar a merendar en un figón que descubrió en los arrabales. La moza de Narahío pidió pasteles; no los había; entonces reclamó una lata de pimientos morrones; le gustaban mucho y tenía formada un alta idea de su distinción. Los comió con pan y bebió una botella de vino.
--La gaseosa--declaró, disculpándose--tira por el flato y no la puedo tomar.
Sergio casi no despegó los labios durante el paseo, ceñudamente preocupado en la contemplación del ridículo. Al despedirse recriminó a Federica:
--Otra vez, si no has de salir tú sola, me avisas. A la moza de Narahío, que la pasee su padre.
¡Se había atrevido a darle la mano al despedirse; una mano sudorosa y dura!... Si no estuviese tan indignado, se habría echado a reir.
Después, vagando él solo por las calles, entre el hervidero de la Avenida, bajo las cascadas de luz de los focos, mareado por el bullicio de la ciudad, Sergio se advirtió aislado, empequeñecido, falto de ayuda, y sintió la melancolía trepar por él. Le causó tristeza en ese momento, hasta que su madre no hubiese ordenado su captura... A nadie importaba; nadie le recordaba. ¿Qué hacer ahora en la ciudad, desconocido, inservible, aislado?... Había traído de la Gándara veinte pesetas, todos sus caudales; aquella tarde había gastado dos. Como en la fonda le cobraban diez reales diarios, tenía apenas dinero para vivir una semana. Después... tendría que claudicar, volver a cerrar su maleta y desandar las cuatro leguas. ¡Qué grotesca entrada la suya en la finca!... Llegó a pensar que su madre no querría recibirle. Pero él no volvería así. Primero--lo pensó con lágrimas en los ojos--, primero embarcaba de polizón en un trasatlántico, como había hecho el hijo de Miñoca, y se iba a América.
Poco a poco la animación de la Avenida le separó de sus meditaciones. Encontró un placer en mezclarse entre los grupos, en aspirar el olor a flores de las mujeres que pasaban, en ver cómo la caja llena de luz de un tranvía se acercaba o marchaba con destellos lívidos de vez en vez entre sus ruedas o en el trole, en admirar la extensión pulimentada del asfalto, donde la luz de los focos tenía un suave reflejo, en dejarse absorber por la compacta masa humana que iba y venía por la calle Real, brillante como un ascua entre los resplandores que cruzaban los escaparates de acera a acera.
Inesperadamente una mano se posó en su hombro. Se volvió. Los ojos pequeños y vivos de Amaro Rodeiro le miraban severamente, casi al través de los grandes bigotes.
--¿Qué haces tú aquí?
Sergio tuvo un sobresalto:
--Nada.
--Ven conmigo.
Siguieron una calle transversal y se detuvieron cerca de los malecones penumbrosos en que el mar chapoteaba.
--A ver. ¿Cómo fué eso?
Pero el joven había recobrado su entereza. Adivinó en Rodeiro un enviado de su madre. Replicó:
--¡Cómo había de ser!... Que yo soy un hombre ya, e hice lo que debía.
Quiso verter un capítulo de quejas; pero no encontró qué decir. Embrollóse en puerilidades. Rodeiro interrumpió entonces:
--Todo eso es una estupidez. Es preciso que pidas perdón a tu gente. Lo malo es--se retorcía el bigote, preocupado--, lo malo es que tu madre no quiere ni oirte. Está furiosa contra ti.
Y luego, como si hablase consigo mismo:
--Y no hay para tanto, ¡qué diantre!... La moza lo vale, ¿eh?... Yo en tu caso... no sé...
Sergio declaró, envalentonado:
--No volveré a la Gándara. Si ustedes me llevan, escaparé otra vez. Me iré a América.
--Tú no eres más que un majadero. ¡América!... ¿Qué ibas a hacer en América, desdichado?...
Sergio no sabía qué hacer en América y calló. Más sumiso, fué contando dónde se albergaba y cuánto dinero tenía. Rodeiro le preguntaba secamente. Al fin le despidió:
--Ya veremos lo que puedo hacer, mientras no se dulcifica tu madre. Quiere que la vida te dé una lección, y hace bien. Pero no es cosa de dejar que te mueras de hambre. Ven a verme todos los días. A la una y media salgo del despacho. Espérame a esa hora. ¡Valiente lío has venido a armar tú!...
Y se marchó, con un gesto de disgusto. Abelenda fué, en lo sucesivo, a esperarle a la puerta del viejo caserón donde funcionaban las oficinas de Hacienda. Al tercer día le dijo Rodeiro:
--Tu madre no quiere saber de ti, y le sobra razón. Tengo seis duros que te manda tu hermana, pero no te los doy; pudiera ocurrir que los gastases en tonterías. Serán para la dueña de la fonda.
La suerte del joven le preocupaba. Gruñía delante de él, frecuentemente:
--¡Si pudiese encontrar para ti algún destino!... Pero está tan mal esto...
Sin embargo, antes de que la semana transcurriese pudo brindarle una ocupación. Fueron juntos a visitar a Rosales, y Rodeiro presentó a su protegido:
--Aquí está el cristiano de quien le hablé: un mozo despierto, que ha de dejarme quedar bien.
Rosales le miró apenas:
--Créame, Rodeiro, le admito por ser usted el recomendante; pero no estamos en condiciones de hacer aumentos en la nómina. Aquello no marcha todo lo bien que debiera. La gente es así: se pasa la vida clamando por alguien que la defienda, y cuando surge un Quijote le vuelve la espalda. Éste es un país muerto, querido; no hay salvación. Si no fuese por los compromisos que uno ha aceptado locamente, yo me habría retirado ya a mi casita y mandado a paseo a todo el mundo...
Rodeiro ponderó:
--De este muchacho no tendrá usted quejas que darme.
El periodista se detuvo en sus paseos por el gabinete:
--¿Trabajó ya en otros sitios?
--No; no ha trabajado; la verdad...
--¡Mejor, caray!; prefiero gente nueva; así la forjo a mi gusto. En cuanto vienen de hacer una gacetilla en cualquier papelucho no hay quien les aguante. Bien; pues que vaya mañana por la redacción, a las cinco, y charlaremos...
Al salir, Sergio oyó, estupefacto:
--Ya lo sabes; mañana, a las cinco, en la redacción de _El Avance_. Hete aquí hecho un periodista.
Y ante el susto del joven, Rodeiro rió de buena gana:
--No hay otra cosa, chico; aún tenemos que bendecir nuestra suerte. ¿Qué? ¿No te agrada eso?
Sí, le agradaba, pero sentía un gran temor; asustábale el exceso de prestigio del cargo y el misterio que sospechaba él tras la palabra «periódico». Rodeiro le tranquilizó: ya se iría enterando; la labor de él no podía ser más fácil: recorrer los centros oficiales en busca de noticias que ni aun tendría que redactar. Poco trabajo. Verdad era que también daban poco dinero: diez duros. El resto, hasta reunir lo preciso para la fonda, se lo daría el propio Rodeiro, mientras no se ablandaba doña Rosa. Y ¡qué diablo!... entrar así, en un periódico, no era cosa baladí, ni mucho menos. El periodismo es una escala...; siendo avisado... Podía citar él centenares de personas que habían conseguido altos puestos, hasta la celebridad, escribiendo para la Prensa. Todo consistía en saber manejarse. Sergio era joven, no era tonto... podía hacerse un porvenir.
--Yo creo que tu madre se pondrá muy contenta.
* * * * *
Veinticuatro horas después, Sergio Abelenda era gacetillero de _El Avance_ y ocupaba un puesto en la larga mesa común.
_El Avance_ era redactado casi todo él durante la noche. A las diez en punto, don Agustín Rosales entraba en su despacho, y poco después sonaba imperioso el timbre en demanda de café. Don Agustín no escribía nunca; pero ingería pasmosas cantidades de café para tener despierta la inspiración en caso preciso. Su principal labor era poner títulos y apostillas a los trabajos de sus redactores. Un telegrama, por ejemplo, en que se reproducían las declaraciones de un ministro, lo encabezaba con este epígrafe: «Palabras, palabras y palabras»... Si era una simple noticia local en la que se contaba cómo un marinero borracho había golpeado a su mujer, don Agustín, tras leerla con escrúpulo meditativo, trazaba debajo, sumariamente: «¡Lástima de cárcel!»... A veces era aún más compendioso. Escribía: «¡Bestia!»... Los lectores de _El Avance_ sabían encontrar la sabia mano de Rosales en estas filigranas, y la admiración hacia el terrible polemista crecía.
Dos eran los redactores del periódico: Muñiz, que era el literato de la casa, y Prego, que escudriñaba durante el día los periódicos de la región, y por la noche se encorvaba sobre los telegramas, siempre mustio, siempre callado, con las solapas sucias, con los ojos enrojecidos... Era un republicano de corazón; había hecho promesa de andar de luto hasta que volviese el régimen de la democracia, y las pocas veces que dejaba oir su voz era para hacer citas de Nakens y de Alfredo Calderón; su espíritu no podía soltar esas muletas. Despreciaba a Muñiz por banal y culpaba a Rosales de comedimiento. No había escrito más que un solo artículo, titulado «¡A la lucha!», en el que excitaba a los hombres de ideas avanzadas a una actuación violenta; ofrecíase a morir el primero en las barricadas y opinaba que «era preciso correr si no se quería llegar tarde», porque a él le constaba que España hallábase agonizante, bajo la tiranía y la concupiscencia. De este artículo nadie le habló jamás, y su amargura se acrecentó desde entonces, inconfesadamente.
Muñiz simpatizó en seguida con Sergio. Muñiz firmaba con el galano seudónimo _Juan del Lirio_. Sergio, al enterarse, se admiró: ¿era Muñiz _Juan del Lirio_?... Él había visto esa firma muchas veces y admirado sus divagaciones preciosistas, y hete aquí que este joven vestido con afectación, grueso y con los ojos abultados, era auténticamente _Juan del Lirio_... ¡Quién iba a suponer!... Muñiz lo envolvió en su protección. En su primera charla aseguró que él era, positivamente, el escritor regional que con más lectores contaba. Después, ya puesto en el camino de las confidencias, no tuvo recelo en afirmar que su sentimentalidad le daba un gran partido entre las mujeres.
--Y mire usted, debe ser mi sino: todas me tocan histéricas. Cada amor mío es una novela de refinamientos y de exaltaciones. Figúrese: ellas histéricas y yo histérico también...
--¡Ah!--balbuceó Sergio, sin comprender, en tono de condolencia ante el mal--; ¿usted también es histérico?
--Histérico; sí--aseguró, resignadamente, Muñiz.
Continuó. Ahora estaba en relaciones con una estupenda mujer, que tocaba el piano vestida con una bata de encaje y con lazos azules en los muslos. A lo mejor interrumpía la ejecución, vertiendo lágrimas, y se abrazaba a él, pidiendo que le jurase que morirían juntos.
--Ya ve usted; esto es terrible.
Pero tenía otras dos... Era para no acabar la historia.