Part 13
Sin reponerse aún del asombro, Sergio pudo encontrar un ademán lleno de un desdén en el que bullía la cólera.
--Nada tengo que hablar con usted. A Federica es a quien necesito ver ahora mismo.
El banquero repuso con su más dulce voz:
--Federica sentirá mucho no poder salir de su cuarto, mi joven amigo.
--¿Es que lo va a impedir usted?--indagó retadoramente el despechado.
--No--explicó con sencillez Acevedo--. No. Es que está en camisa.
Abelenda dió un paso hacia él, con lumbre en los ojos. Extendió una mano airada, indicando el pasillo, y gritó:
--¡Salga usted de esta casa!
El banquero rió sabrosamente, con el mismo sosegado regocijo de quien en su butaca del teatro oye un chiste feliz.
--¡Es curioso!--comentó--. Durante un mes le he dejado visitar a Federica, se ha sentado usted en mi diván, me ha arañado la mesa del comedor para grabar sus iniciales, me ha roto la lámpara de la mesa de noche y el travesaño de una silla, y en nuestro primer encuentro, cuando usted me debía dar rendidamente las gracias, quiere arrojarme de una casa que es mía, porque la pago yo. ¡Juventud, juventud!... En fin, querido, yo le perdono todo esto de buena gana; pero hágame el favor de dejar mi sombrero, en el que ya advierto desde aquí una dolorosa abolladura.
Abelenda, afrentado y lívido, aulló:
--¡Es usted un miserable y ella una mujerzuela sin decoro!... Pero yo me vengaré de los dos.
Arrojó con furia el sombrero contra el aparador, derribando las copas, y se lanzó contra su rival. Acevedo se puso en pie bruscamente y apresó con su fuerte mano la del agresor. Luego, sin abandonar su tono de extremada finura, que la camisa desabrochada y los caídos tirantes subrayaban con fuerza cómica, aconsejó paternalmente:
--Querido joven: ha dado usted sus buenas tres patadas contra la puerta de la alcoba, abolló mi sombrero y hasta me parece que consiguió romper la vajilla. Basta ya. Debe usted estar satisfecho de sí mismo. Por otra parte, como los espectáculos heroicos muy prolongados me impresionan y despiertan mi emulación, le ruego que elija rápidamente entre marcharse por la puerta o salir por la ventana... ¿Me oye?
Le arrastró hasta el pasillo. Su mano era una tenaza sobre la muñeca de Sergio, y tanta era la energía de su presión, que ya en los peldaños, después de cerrada la puerta tras el joven, sintió éste en sus ojos lágrimas de dolor, de dolor físico y de rabia, de humillación y de vencimiento. Lloró en la obscuridad de la escalera. ¡Oh..., si tuviese un arma!... Por el placer de apuñalar el cuerpo de los traidores daría su propio vivir... Frente a la casa juró, con llanto de ira en el rostro:
--¡He de vengarme! ¡He de vengarme!... ¡Habéis de acordaros de mí!...
Anduvo por calles obscuras, para evitar que las gentes advirtiesen su agitación y sus ojos enrojecidos. El ansia rencorosa le dominaba. En aquel momento, más que el abandono de Volvoreta le dolía la burla glacial de Acevedo, su tono de irónica finura, aquella consciencia de superioridad con que le había abrumado. ¡Y aquel sutil rasgo de desdén que le aconsejó presentarse con los tirantes caídos!... ¡Oh, los tirantes caídos del señor Acevedo!... No podría olvidarlos ya nunca, aunque viviese una eternidad, aunque en lo sucesivo todo fuese dicha en su existencia. Comprendía que el recuerdo de los tirantes balanceándose tras las piernas de su rival serían como un fantasma de oprobio perenne en su memoria.
Se detuvo un instante, vacilando, porque se le había ocurrido la idea de esperar al banquero y agredirle. Pero desistió al evocar el tipo alto, fuerte, musculoso, de su burlador. Tuvo de pronto una inspiración luminosa. Casi saltó de alegría al advertirla brotar en él, seguramente urdida por los diablillos de la venganza. ¿No tenía en sus manos el más clamoroso medio de devolver el mal, centuplicado? Haría en _El Avance_ un terrible artículo contando los devaneos del monstruo. Vertería toda su hiel, acumularía en torno del asunto tantos detalles protervos que sería el escándalo de toda la ciudad. Súbitamente se le ofreció el título: _Las hazañas de un sátiro_. Añadiría otros subepígrafes: _Doncella secuestrada._--_La complicidad de una bruja_... Veía ya en su imaginación la primera plana de _El Avance_ con estas líneas en las grandes letras del tipo reservado para lo sensacional. Veía también al banquero arrastrado a la ruina, sin reputación, perseguido por el desprecio de la gente...
Pero se le ocurrió que acaso Rosales no quisiera... Meditó, calculó... Al fin decidióse astutamente a deslizar en la sección de sucesos la noticia de que «un conocido banquero, cuyas iniciales eran J. A., y una joven con la que hacía vida marital, habían promovido un escándalo»... Esto le pareció ya de una habilidad refinada. El pueblo se enteraría lo mismo; la familia de Acevedo también... ¡Su familia!... ¡La vieja beata de los dientes postizos, la niña cursi de los pechos blandos!... ¡A todos ellos debía humillaciones y rencor!
Y... ésta sí que era la más cabal venganza: llevar la guerra a su hogar, referir a la esposa todo lo ocurrido, encender la hoguera de los celos... Era un arma de doble juego, con la que hería de un golpe a dos enemigos. Visitaría a la mujer antes de que el banquero regresase. Espoleado por la maligna idea, corrió, más que anduvo, hacia la casa de su rival. Reía y pronunciaba en alta voz frases conminatorias. Preguntó en la puerta:
--¿Está el señor Acevedo?
No estaba.
--¿Y la señora?
Le invitaron a pasar. Lleváronle al comedor, que ya conocía.
--Haga el favor de esperar un instante.
Esperó en pie, nerviosamente, palpitándole con fuerza el corazón. Vió sobre la albura del mantel la fina vajilla, ya dispuesta, y pensó, lleno de gozo, que quizá aquella noche no se cenaría en la casa.
Oyó pasos en el corredor; volvióse bruscamente. Era Luisa. La joven le dirigió apenas su habitual mirada de indiferencia, fué hacia el costurero, revolvió después en el cajón de una mesita, de espaldas a él. Sergio sentía hervir la sangre; torturaba sus manos, con una amarga sonrisa de victoria. No pudo contenerse. Habló, subrayando todas sus frases.
--No me saluda usted porque me cree el novio de su criada.
Ella se volvió a mirarle, sorprendida, con sus grandes ojos obscuros llenos de altivez, soberbiamente hermosa, más morena la piel del escote en el contraste con la nítida blusa.
El joven sucumbió al deseo de humillar aquella belleza. Agregó:
--Pero se equivoca, señorita; ahora el novio de su criada es su padre de usted.
Luisa se irguió, coloreado bruscamente el rostro. Sergio avanzó hacia ella, implacable, encendidos los ojos:
--¡Su padre de usted!... le ha puesto un cuarto a Federica en la calle del Inferniño, en el número doce...
Luisa gritó, llena de vergüenza y de miedo:
--¡Mamá!
--¡Llámela usted; he venido a decírselo!...
--¡Mamá!...
Ahora se había puesto pálida y su voz tenía un velo de emoción. La señora de Acevedo entró apresuradamente:
--¿Qué ocurre?
Abelenda repitió, enardecido:
--¡Ocurre que su esposo es el amante de su antigua criada; ocurre que la tiene sostenida en la calle del Inferniño, en el doce!... Puede usted ir. ¡Yo lo he dejado allí hace un instante!...
Estaba rojo de cólera; hablaba con voz roncamente contenida, a borbotones, jadeando:
--¡Puede usted ir! ¡Hace un mes! ¡Él la hizo salir de esta casa!... ¡Se han estado burlando de usted y de mí!... ¡Ya lo sabe!
Los ojos aterrados de la mujer iban de su hija a Sergio y de Sergio a su hija.
--¿Qué insolencia es ésa?... ¡Salga usted!...
El joven insistió gritando:
--¡Es verdad! ¡Es verdad!... ¡Los he visto yo; les pueden sorprender ustedes si se dan prisa! ¡Con la criada!... ¡Es el novio de la criada!...
La señora alzó sus manos, traspasada de horror, gemebunda:
--¿Qué dice este hombre, Luisa; qué dice este hombre?
Pero Luisa, más grave, más pálida que nunca, se limitó a hacer sonar un timbre. Acudió un servidor. La hija del banquero extendió un poco teatralmente su índice para indicar a Sergio:
--¡Échelo usted a la calle!
El joven se resistió; pero las manos vigorosas del hombre lo levantaron casi en vilo. Entonces, a medida que se iba viendo alejado del comedor, dióse a vociferar, cada vez con más energía:
--¡En la calle del Inferniño, en el número doce!...
Era como si desease dejar bien grabado en la memoria de ambas mujeres el lugar del nefando delito. Hacíase arrastrar por el mozo; luego pataleó. Lastimado en las canillas, el hombre blasfemó en voz baja y le dió disimuladamente un puñetazo en el estómago. Esto obligó a Sergio a atenuar sus berridos; pero siguió más lastimosamente, sosteniendo:
--¡En el Inferniño!... ¡En el doce!... ¡En el Inferniño!...
Y ya en la escalera, se sentó, heroicamente decidido a seguir gritando las señas de la casa hasta enronquecer. Pero oyó abrir la puerta y echó a correr por los escalones, temeroso de los puños del fámulo. El fámulo, no obstante, limitóse a arrojar el sombrero del joven, que había quedado en el pasillo. Sergio lo sintió caer blandamente a su lado; lo limpió con un codo y se marchó...
XX
Hizo a Muñiz la confidencia de su desgracia una noche en que volvió a ver a Volvoreta presenciando una función desde una butaca de anfiteatro. Él había subido buscando un seguro rincón desde donde contemplarla a su antojo sin que le sorprendiesen. Con Federica estaba la vieja aborrecible. ¡Tan galana la moza! En sus orejas había unas chispitas de luz que sustituían los largos pendientes de amatista regalados por Sergio, unas maravillosas amatistas de dos centímetros, que colgaban en péndulo y que le habían costado tres reales. Volvoreta reía a veces con una sencilla felicidad. Buscó el enamorado al banquero con mirada de odio y no lo vió. Acaso aquel día se habría marchado a la aldea, adonde poco después de la terrible escena en su casa se había ido su familia, según la costumbre anual. Sergio se advirtió invadido de melancolía; reabrióse y sangró la reciente herida del engaño. Luego, en el diván de _El Avance_ hizo a _Juan del Lirio_ la confesión de todo su drama.
El compañero le animó con algunas sabias máximas de su experiencia.
--El ramo de criadas--dijo--tiene, en efecto, procederes indelicados. Ha hecho usted mal en confiar. Carece usted de experiencia, y me causaría satisfacción que mi ejemplo pudiese ser provechoso para usted. De todas maneras, lo que a usted le ocurre no tiene interés.
Suspiró y pasó la mano por sus cabellos.
--Dramas, los que yo vivo, compañero. No puede usted ni soñar... ¡Si yo quisiese escribir novelas!...
Adoptó a su vez el tono confidencial.
--¿Sabe por qué no vine anoche al periódico?... ¿Recuerda usted aquella mujer que fué al baile conmigo?
Sergio indagó, después de explorar en su memoria.
--¿Aquella tan gruesa?
Muñiz vaciló antes de afirmar. Sí... un poco gruesa... pero tenía las carnes como el mármol.
--Ya le dije que yo tengo la desgracia de tropezar siempre con histéricas. Anoche me recibió a obscuras, envuelta en una túnica blanca, con la melena suelta. Entraba la luna por los cristales de la galería y ella me esperaba en aquel raudal de luz. Quiso que yo recitase unos versos que la he dedicado, y ella fué, ínterin yo declamaba, tocando levemente en el piano el «Sueño», de _Manón_. La poesía es estupenda. Voy a decirle a usted...
Y a media voz repitió las estrofas. Hablaban de una noche de verano. El poeta había salido a recorrer por los montes, porque se le había incendiado en lujuria toda la sangre. Por fin encontraba una fuente; pero a su alrededor había siete ninfas, que resultaban ser los siete pecados capitales. El desdichado seguía abrasándose y trotando por valles y colinas. De pronto sonaba una música: era la música de las esferas celestes, verdaderamente inefable, entre la que se distinguía el arpa de la luna. Todos los astros expresaban de este modo su condolencia por la satiriasis que aquejaba al poeta, y le decían: «¡Amor, amor!» Él gritaba también desesperado: «¡Amor!», y la fuente suspiraba asimismo, excitada por aquel espectáculo. Se advertía después que temblaba la tierra, «como una amada ardiente», y un fantasma envuelto en gasas corría a los brazos del vate. ¿Era un rayo de la luna? ¿Era su novia?... El poeta no lo sabía. En aquel instante todo le era igual. Los instrumentos siderales terminaban acometiendo un _fortísimo_, y el escritor agradecía el interés que demostraban por sus ansias carnales.
--Cuando terminé, los dos teníamos los ojos llenos de lágrimas. Después, entre mis brazos, ella tuvo una de esas crisis de histerismo. «¡Llámame Filis, llámame Filis!»--decía. Y yo:--«¡Mi Filis divina, mi Filisiña adorada!...» De pronto se queda rígida, pone en blanco los ojos y comienza a debatirse en un ataque y a gritar. Figúrese usted el tremendo conflicto, porque tiene alquilada una habitación a un empleado de Aduanas, que podía acudir y sorprendernos. No pude salir hasta el amanecer.
Hizo un gesto de profunda amargura.
--Estas escenas acaban conmigo. Tengo el corazón destrozado, los nervios rotos; sé que mi vida será corta; pero la habré consumido en amar.
Rodeiro interrumpió el diálogo con un saludo:
--Buenas noches a todos. Y denme el pésame.
En el despacho del director suspendióse la charla.
--¿Qué le ocurre entonces a don Amaro?
Lo peor, lo peor que ocurrirle podía. Aquella mañana habían llegado las órdenes de ascenso y estaba trasladado a Segovia. Con la categoría a que ahora se elevaba ya no podría nunca, hasta alcanzar el retiro, desempeñar sus funciones en la provincia. Su dolor era grande.
--Estuve a punto de renunciar a todo...
Intentaron consolarle; pero él se obstinó en sus lamentos. Fuera de Galicia viviría en una eterna nostalgia. Él no se sentía hermano de un rudo aragonés, de un frívolo andaluz, de un castellano seco y rígido. Eran otras razas, como eran otras las tierras en que vivían, sin la dulzura, sin el tierno encanto de las tierras galicianas; países en los que se creía que el gallego es un eslabón entre el hombre y las bestias; que vive en la inmundicia y en la sordidez; que habla una jerigonza en la que la _o_ es cambiada en _u_; que es incapaz de toda delicadeza... ¡Dulcísimo idioma de la poetisa del Sar y del enamorado Macías, en que el amor tiene una cuna de palabras mimosas y blandas como el plumón de un ave!
En el enternecimiento de su espíritu Sergio escuchaba las frases de su protector, refiriéndolas a su obsesión penosa. Se preguntaba en qué otra lengua podría hallarse un nombre tan suave, tan bien timbrado, tan justo para representar la mariposa--con la fragilidad de sus alas bonitas, con el ir y venir ocioso de su vuelo juguetón, vacilante--, tan grato para ser dicho, que tanto se hincase en el alma y se fijase en la memoria como el amado nombre de «volvoreta». Repitió la palabra una vez y otra vez, saboreándola. Sintió entonces en el corazón como un ansia de ser poeta, para rimarla, para poderla engarzar en otras muy tiernas, henchidas de saudade, de agarimos, de dulce y tembladora emoción... Hacer un collar de inmateriales palabras y ceñirlo a aquella alma que un vuelo juguetón trajo hasta él y otro vuelo juguetón había llevado. ¡Volvoreta, volvoreta!...
Amaro recordaba entonces unos versos de Pondal, quejumbrosos y solitarios y sencillos, como el _alalá_ de un mozo en un anochecer:
_San Pedro de Bradomín_ _n’a pobre terra de Xallas:_ _¡cánto fai que non te vin!_
Y Sergio pensó en la Gándara y se llenaron sus ojos de llanto. «¡Cuánto tiempo hace que no te veo, amada tierra de la Gándara!--meditó--. ¡Cuánto tiempo hace!...» Y la nostálgica marea creció en él: su espíritu se aromó con el aroma bravo del bosque donde él creyó a veces ir a encontrar el lobo de los cuentos, y con el aroma que traían los aires del mar, y con el aroma del tojo quemado en los hogares; se arrodilló ante el recuerdo del pinar rumoroso, siempre en verdor, y de las tardes en que las casas enrojecían bajo el beso del sol, y de los días en que la niebla guardaba en algodones el campo, y de aquella lluvia sugeridora que invitaba a sentarse en un rincón de la galería y a soñar, hablando en pereza.
Él quería vivir siempre allí; tener un caballo que le pasease bajo los toldos de zarzas de las corredoiras, y una lancha en que acunar su melancolía en el quieto mar, cerca del romántico rincón en que se alzaban las ruinas del castillo poblado por él con los fantasmas de los héroes de _El lago de Limia_ y de _Los hidalgos de Monforte_. Y que cuando en el atrio de la iglesia su cuerpo hallase una tumba, los señores de la Gándara que tuviesen asiento en el presbiterio dijesen al salir de la misa:
--Ved dónde yace un amador desgraciado que no pudo nunca olvidar.
Alguien preguntó:
--¿Cuándo marcha, Rodeiro?
--Dentro de un mes.
Abelenda decidió marchar también. Regresaría a la Gándara, después de escribir a Volvoreta una carta rebosante de amargura, en la que le culpase de haber destrozado para siempre su alegría. Pensó súbitamente que quizá su madre se negase a recibirle. Se vió forzado a deducir que no le quedaba otro camino que el de América; iría a América a morir sin ambiciones, sin cariños, encerrado en una fiera misantropía. Durante toda la noche contempló ceñudamente su porvenir. Hizo en una cuartilla el borrador de la carta a la ingrata, rebosando lirismo; pero se acordó de la incomprensión en que habían quedado las otras epístolas y desistió de enviarla. Rompió el papel lentamente y aventó sus trozos.
--Soy--decidió--el más desventurado de los hombres.
Y la seguridad de esta supremacía le hizo quedarse más satisfecho de sí mismo.
XXI
Amaro Rodeiro no tuvo que insistir para convencimiento del mozo. Le había dicho con voz grave, con cierta tristeza en la ancha faz bondadosa:
--Es preciso que vuelvas. Se acabó la aventura. Tu madre conviene en que no se hable jamás de lo ocurrido. Cree la pobre que estos meses de vida fuera de su amparo te han servido de lección. Ahora quedarías abandonado en la ciudad. Mi ascenso me obliga a partir... ¡Otra vez a Castilla!...
Había suspirado melancólicamente. Añadió:
--Esta tarde marcharemos en mi tílburi.
Y Sergio calló, también melancólico.
Partieron. Fué como una caminata hacia la paz. Cuando la copa de un árbol ocultó la última pared blanca y el más saliente tejado rojo del pueblo, llegó el blando sosiego campesino hasta el último rincón de sus ánimos. Atrás quedaban las preocupaciones ciudadanas, dispersas como tropel de brujas sorprendidas por el canto del gallo o por la aparición del ofuscante sol a la mitad de su aquelarre.
Sergio iba sintiendo poco a poco penetrar en él la suave paz campesina y levantarse evocadores mil recuerdos sutiles, como si volviese de un largo destierro. Callaba, mirándolo todo con avidez. En el polvo de la carretera, las rodadas le parecían como la indicación bondadosa que en los cuentos de niños guía a los personajes hacia la hospitalaria casita del bosque o hacia el palacio extraño donde un buen rey de barbas blancas pide la solución de tres enigmas como precio fijado a una breve mano de princesa.
Al pasar el coche, saludaba un campesino o miraba, curiosa, una mujercilla jineta en un caballejo de piel obscura, de larga crin. Todo era quietud veraniega; hasta en el cansado rodar del coche parecía sentirse el mandato imperativo de la calma. Humeaba una casita junto al charco de una represa, y un álamo negro, torcido, parecía ir a caer para formar puente sobre el terso cristal. Y en un recodo se mostró de pronto la ría, plana, inmóvil, en el verde vaso de los montes que la rodeaban; y en medio de un intenso azul, robado al cielo, la mancha sepia de una dorna, y en la dorna la motita roja de un pañuelo de mujer, que volvía acaso de mariscar en los bajos arenosos que descubría el reflujo.
La amargura de su desengaño tuvo aún un aleteo en el alma juvenil, al divisar los grandes olmos de la carretera de la Gándara. Pero el mismo paisaje amigo le devolvió la paz. Deseó fundirse en él. ¡Sentirse árbol, sentirse mata, sentirse hierbecilla!... ¡Dios mío; si pudiese contarse todo lo que dice al alma el enorme silencio de la tarde aldeana!... ¿Quién lo narró jamás? ¿Imagináis el contraste de la verdad con el artificio del poeta que busca palabras, del pintor que elige colores? ¿No habéis advertido muchas veces esta sugestión del campo, esta enérgica reclamación que hace de vuestra alma, de vuestro cuerpo mismo? Llegáis; habéis saltado del automóvil o del coche; tenéis en lo íntimo cierta sensación de hombre que está descentrado, fuera de medio; que condesciende a pisar el barro de los caminos estrechos y a escuchar la infantil charla aldeana; entráis como un ateo cortés en un templo. Y poco a poco, el recogimiento, la grave quietud, penetra en el alma como una suave admonición, y corre por vuestro espíritu como si hallase abierto en él un viejo cauce. ¿Qué eres tú, voz aldeana, qué eres tú, que tienes tan aguda angustia en tu paz?
Y la voz habla lentamente, y el alma la oye con un íntimo amargor, como una mujer que llorase al saber la pena de un amador desdeñado.
Eres la verdad. Eres el aldeano ignorante, que no siente el ansia ponzoñosa de saber; que siembra y recoge; que al sembrar piensa que el desamor ajeno no puede estorbar el crecimiento de la planta nueva; que al recoger tiene el alto orgullo de su obra. Eres la mujer sencilla que no sabe engañar. Eres la ley sabia y la ley fuerte de la Naturaleza. Y en ti es santa la ignorancia del hombre y en ti es santa siempre la caricia de amor, por ser de amor, y en la fuente donde bebió un sediento, bebe otro sediento, feliz por hallar el agua fresca y rumorosa, sin el escrúpulo atormentante de que otro cariño descubrió antes el manantial y aplicó a él sus labios ansiosos.
Y la voz aldeana os dice:
--Tú eres así también; tú debes ser así; las pobres ideas tuyas son como las plantas parásitas de mis campos, y ellas te han podido ocultar la verdad.
Y sentís entonces un punzante dolor, como si hubieseis negado a la madre humilde, a la madre buena, porque no fuesen de moda sus vestidos o fuese torpe su hablar. La vida debiera ser así: conocer tan sólo los pequeños misterios, las pequeñas sensaciones del campo, sin torturas, sin retorcimientos del alma. Sentirse aldeano rudo. Mejor, sentirse alondra que canta, cuervo que pasa, mastín perezoso y atento a la vez. Mejor aún: sentirse árbol, mata, hierbecilla.
Ser primero semilla en el surco, en la grieta, donde el azar la pusiese. Romper la tierra, subir. Ser alfombra blanda, ser sombra amparadora. Gustar el bien de soportar un nido; gustar la alegría de la lluvia y la caricia del sol. Y a veces, cuando el viento llegase del mar o bajase de las montañas, mover la copa poblada y cantar como cantan los árboles: sordamente, con un contenido placer de sanidad.
Y al fin, un día, muchos días, ir muriendo poquito a poquito, secándose una a una las hojas, haciéndose leñoso el tronco flexible; y morir así con la más bella muerte, sin saber de pasiones, sin saber de tristezas, sin saber del bien ni del mal. En un divino egoísmo; con un alma diminuta, extraña, que no conociese una traición, que no debiese una gratitud, que no hubiese soñado nunca con moverse del palmo de tierra del barranco o del cerro donde cayó una vez la semilla que trajo una ráfaga loca.
¡Si se pudiese borrar la vida y recomenzarla! ¡Si se pudiese elegir! ¡Si pudiésemos matar el germen atormentante, venenoso, de la vida ciudadana!... Con qué tristeza se piensa que en todo el campo no hay tierra bastante para sepultar el maleficio del ambiente vivido, tan poderoso que una sola amargura suya entenebrece. Con qué devoción, con qué ansia extrahumana se recibiría la limosna de esta paz en que nos sentimos extraños.
¡Oh, ser árbol, ser roca, no saber, no querer, no importar nada, no tener un alma enloquecida siempre con uno, siempre en un monólogo de obsesión, de tormento!
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