Volvoreta

Part 12

Chapter 123,924 wordsPublic domain

--Entonces, ¿qué?... ¿He de reducirme a la caza inocente de la liebre y de la perdiz?... Yo soy un cazador de sangre; yo debía estar persiguiendo águilas y preparando trampas para los leones. Ahora, éste es un país atrasado, donde no hay ni un triste chacal, y yo no puedo irme al centro de África. Pues seguiré cazando gatos. Al fin, el gato ¿qué es?... El gato es un tigre pequeño. Cuando los acoso, se agazapan, se les hincha el pelaje, bufan como una pantera, brillan sus ojos, de furor, como el ascua de mi cigarrillo... Y saltan sobre mí... Como usted lo oye: saltan sobre mí, magníficamente. Es el minuto de mayor emoción... Además, cada gato tiene su manera especial de morirse: no hacen como los conejos, ni como las liebres... Ayer le rompí a uno la espina dorsal... Se arrastraba hacia mí sobre las patas delanteras, mayando, con medio cuerpo vivo y el otro medio inerte, mirándome con la rabia de su impotencia para herirme... Fué emocionante... Palabra de honor...

Rodeiro gemía, compadecido:

--¡Es horrible! ¡Es horrible!... ¡Usted no tiene entrañas!...

* * * * *

Algunos tipos pintorescos rompían de cuando en cuando la monotonía de las noches de redacción. Era a veces un _globe-troter_, que refería cómo estaba ganando un premio de miles de pesetas por andar por el mundo a pie y sin dinero, por incomprensible capricho de una sociedad científica; o era el personaje notorio recién llegado a la ciudad y en torno del cual se formaba grupo; o era el prestímano o el guitarrista que iba a trabajar en este o el otro teatrito y que se obstinaba en hacerles anticipadamente testigos de su mérito.

Cierta noche la puerta de cristales se abrió para dejar paso a un hombre gordo, de largas barbas, de abundante ceño, que conservaba un aire atrayente y de distinción dentro de su pantalón raído y sus botas despedazadas y su corto gabán color café, visiblemente cosido para otras espaldas menos robustas.

El hombre hizo una reverencia en el umbral y se acercó a la mesa:

--Salud. El señor director, ¿está visible?...

Se avisó a Rosales. Cuchichearon largamente. Al fin avanzaron hacia el despacho, y el polemista, entre la vaga curiosidad de sus contertulios, dejó caer estas palabras:

--Un compañero nuestro, expulsado de Portugal por conspirar por la idea.

Corrió un murmullo de simpatía. El hombre del gabán color café hizo otra reverencia y volvió a decir:

--¡Salud!...

Cediéronle un sitio en el sofá y dirigiéronle algunas preguntas. Él contó su odisea. Era portugués, de Matusinhos, pero criado en Buenos Aires; se había puesto de acuerdo con la masonería lusitana. Tratábase de hacer saltar la Monarquía con la fuerza redentora de una máquina infernal que habían construído en un sótano. Todo estaba tramado. Pero surgió un traidor: descubriéronles. Dos conspiradores habían fallecido misteriosamente en la cárcel.

--Los otros ocho fueron enviados a Lourenço Marques, donde hay antropófagos.

--¿Antropófagos?--clamó, asombrado, el concurso.

--¡Antropófagos!--afirmó el hombre de las barbas, con una sombría seguridad, moviendo el ceño peludo como los pliegues de un acordeón--. ¡Antropófagos!... La Monarquía sostiene algunas tribus en ese instinto para que se nutran con los deportados... Mis pobres compañeros--agregó con voz ronca--han sido devorados ya a estas fechas...

Elevó, con lento ademán de comprimida iracundia, una de sus anchas manos vellosas, en las que las uñas negreaban. La mano se mantuvo un poco tiempo en el aire, entre el silencio piadoso; después descendió sobre la copa de coñac de Rosales, la apresó y la vació en la boca del fugitivo. Todos comprendieron que su tribulación era amarga y profunda.

Continuó su relato. Él había conseguido huir, disfrazado de buhonero. Anduvo y anduvo--allí estaban sus botas destrozadas--al través de los campos, durmiendo en los pajares, muerto de ansia y de hambre... Cuando pisó tierra de Orense se volvió para enseñar su cerrada mano peluda a Lusitania. Luego... él pensó que en la capital de Galicia había radicales organizados y numerosos que le ampararían... Y helo aquí...

Prego, que se había ido acercando a la dirección, y que durante la historia había tenido estremecimientos de furia y crispaciones de piedad, se adelantó, conmovido, y estrechó fuertemente las manos del hombre que había luchado contra la tiranía. Don Agustín puso al terrible relato una de sus apostillas dogmatizantes...

--La hora de la libertad--dijo--no está lejana, sin embargo.

Y descendiendo al bajo nivel de las necesidades físicas, ofreció:

--¿Quiere usted café, camarada?... Aún queda un vaso bien cumplido...

El portugués aceptó, y aceptó también un cigarro. Sujeto por la gratitud, ya no se separó de ellos en toda la noche. Desatendido por los redactores, que trabajaban, consagróse a hojear periódicos. A las cuatro y media, cuando Prego se puso en pie para marchar, el hombre de Matusinhos leía el vigésimosexto diario. Prego insinuó:

--Cuando usted quiera.

El conspirador sonrió tristemente.

--¿No podría quedarme aquí?... Dormiría en este diván un par de horas... Si usted me permite...

Prego comprendió, e invadió su espíritu una honda pena. Por impulso del bien llevó la mano a sus bolsillos; pero la mano volvió a salir vacía y no pudo ofrecer más que un apretón cordial.

--Quédese usted, compañero. Si le llevase a usted a mi casa estaría peor. Ni aun tengo un diván como éste...

El luso hizo un amplio gesto de comprensión y estrechó otra vez con sus dos manos la del periodista.

--Dormiré aquí muy bien, compañero.

Se tumbó, con los pies por alto, como un toro herido. Prego contempló con amargura las botas gastadas, descosidas, del mártir de la idea, que dejaban ver un dedo sucio y engarabitado. Suspiró y despidióse.

--¡Salud!

--¡Salud!--gruñó, al través de sus barbas, medio dormido ya, el extranjero.

* * * * *

Fué cotidiana la visita del portugués, adueñado ya del diván como de un lecho definitivo. Contaba episodios de su vivir en la Argentina y pedía tabaco a los contertulios, sin abdicar de la dignidad de sus ademanes. Su vivir era paupérrimo. Una noche salió a recoger un gato asesinado por Rosales, y ante la repugnancia de _Juan del Lirio_ lo envolvió en varios periódicos, sobre la mesa de redacción, asegurando que al día siguiente lo haría convertir en un guiso suculento.

Pasada la primera impresión novelesca, fué extinguiéndose la aureola del fugitivo. En el despacho de don Agustín comenzaba a verse con desagrado su gabán marrón y sus calzones con flecos y su avidez para el café con leche. Se prescindía de su opinión en las discusiones, y cierta vez que estalló una tormenta, don Agustín se atrevió a rogarle que saliese a pedir un paraguas a su mujer. El revolucionario concluyó por refugiarse junto a Prego. Terminados sus quehaceres, Prego atendía con solicitud al de Matusinhos y sostenían eternos diálogos en voz misteriosa. A veces, sin embargo, se oía a Prego asegurar:

--¡Es preciso que libremos la gran batalla!

El luso asentía, agitando sus barbas rubias.

Prego añadía aún:

--La Patria sufre.

Y el conspirador entonces fruncía varias veces el abundante ceño, como si se advirtiese él mismo traspasado por aquel dolor.

Fué una madrugada, solos ya, cuando el extranjero puso solemnemente su mano sobre un hombro del periodista y le miró con fijeza.

--Usted, camarada, tiene un corazón apostólico. Usted sería incapaz de una traición.

Prego se sintió impresionado por estas frases. Llevó su diestra hacia donde latía la víscera elogiada e intentó hablar. Pero el conspirador lo impidió con un gesto:

--¡Lo sé, lo sé, amigo mío!

Y bruscamente se puso a recorrer la estancia, mesándose las barbas, agitado, como en lucha consigo mismo. Al fin arrastró hacia Prego una silla, después de arrojar sobre la mesa el cadáver de un gato que había tendido sobre el asiento, con un desdén que reveló al periodista toda la grave preocupación que embargaba al radical, alejándole de los bienes terrenos.

--Amigo mío--confesó el portugués--, mi misión no ha terminado aún. Yo he hecho promesas a nuestros correligionarios de la Argentina, que he de cumplir a todo trance... La muerte no me aterra... Mi sangre será la que fertilice muchos espíritus...

Abrió una pausa y aclaró. El plan del comité revolucionario era dar primero «el golpe» en Portugal, y poco después en España. Prevenidas las autoridades, dificultado hasta la imposibilidad su regreso a Lisboa, la primera parte del complot debía ser aplazada prudentemente. Pero él estaba decidido a realizar la segunda. Él rompería las cadenas, él iría a Madrid... ¿Cómo?... He ahí la cuestión. Todo el dinero enviado de la Argentina--muchos miles de duros--estaba en poder de uno de los deportados. El brusco y desdichado fin de aquella conjura, que terminó obscuramente en la panza de unos caníbales, le había impedido coger ni un solo _vintem_ de los fondos comunes. Él no podía presentarse así en la corte; su aspecto de vagabundo despertaría la atención de los agentes; le vigilarían...

--Además, yo tengo esta desgracia... Fíjese usted... Mis ojos, mi barba, el color de mi rostro... Yo tengo todo el aspecto de un anarquista ruso... Esto me ha causado grandes perjuicios más de una vez. ¿No me nota usted, en verdad, la traza de un anarquista ruso?

Prego convino en que «tenía un aire»... Después de esta corroboración el hombre de Matusinhos mesó, como si las fuese a arrancar, aquellas barbas con las que le había castigado su estrella.

--Necesito cierta cantidad para cambiar todo este aspecto; usted debe orientarme. Algunas insinuaciones que hice a don Agustín y a sus amigos no dieron resultado. Son gente tibia... No tienen opiniones firmes.

--Son burgueses--condenó el periodista.

--¡Son burgueses!--rugió el portugués--. ¿No habrá nadie que quiera colaborar en esta obra de redención?... ¡Oh, qué terrible tristeza para quien como yo tiene hecho el sacrificio de su vida, ver que los demás no quieren hacer el de unas cuantas despreciables pesetas!...

Y exaltadamente, quemando con su aliento fétido la cara de su interlocutor, expuso el plan terrible. El régimen herido en la persona de su más alto representante. España libre y feliz, la democracia triunfando. Invitó a Prego a considerar el espectáculo de una larga hilera de frailes y monjas marchando hacia las fronteras, diligentes y numerosos como hormigas que huyesen de su hormiguero inundado... Las catedrales convertidas en escuelas, el pan libre, disuelta la Guardia civil, y un Gobierno de amor y de concordia asentándose sobre estas sólidas bases.

El periodista reflexionaba sombríamente.

--¿Cuánto dinero necesita usted?

Poca cosa. Con mil pesetas, el más rotundo de los éxitos estaba asegurado. Prego gimió invadido por el desaliento:

--¡Mil pesetas!... Es una enorme cantidad... Nunca podríamos encontrar mil pesetas.

Sepultó su rostro entre las manos para meditar. Inclinado sobre él, como un rubio y gordo Satán que tentase un alma, el hombre de Matusinhos fué rebajando poco a poco la cifra. Quizás con seiscientas pesetas... Acaso con quinientas... Apurando mucho, con trescientas cincuenta... Tendría que hacerse un traje, que vivir en Madrid unos días o unas semanas, mientras la ocasión no llegase. Sin alzar la cabeza, como quien aventura una loca esperanza, preguntó el periodista:

--Cuarenta duros... ¿podrían bastar?

Los brazos del portugués cayeron melancólicamente a lo largo del cuerpo y se abatió su abultada frente. ¡Pch!... Cuarenta duros... poco dinero...

--¡En fin!--suspiró--. Mi suerte está ya decidida... Pensaba suicidarme después... De esta manera no hará falta... Moriré de hambre... Sólo deseo que mis fuerzas duren lo bastante para poder apretar el gatillo...

Prego ofreció entonces, como quien acaba de resolverse a algo heroico:

--Cuente usted con los cuarenta duros. Se los daré yo.

Brillaban sus ojos. El fugitivo le abrazó fuertemente, con una alegría reveladora de un monstruoso amor por la causa. Desparramó sobre Prego una lluvia de encomios; después, como para premiar su buena acción, le hizo el regalo de una confidencia importantísima:

--Es preciso que usted conozca todo el alcance de nuestra obra... Jamás se habrá hecho una extirpación tan radical de la tiranía...

Se alzó, hizo jugar los ojos terriblemente bajo las peludas cejas movibles. Y como sus dedos tropezasen con el cadáver del gato, crispáronse sobre él y lo suspendieron en el vacío.

--Morirá la fiera--dijo, con una significación que estremeció a Prego--; pero morirán también sus cachorros.

El periodista se opuso. No, los cachorros no. Él era padre. Precisamente aquel dinero que había de entregar al conspirador estaba destinado a llevar salud a su hijo. Él suplicaba respeto para la tierna vida de las criaturas. El portugués, visiblemente disgustado por aquel sentimentalismo, dejó caer el cuerpo del gato.

No estaba conforme. Su procedimiento alejaba todo peligro para lo futuro. Al fin se allanó a respetar la vida de las mujeres. Pero los infantes... Volvió a interceder el periodista. Su cómplice rogó:

--Siquiera el primogénito...

--¡Ni una gota, ni una gota de sangre inocente!

Resignóse el conspirador. Estrecháronse las manos.

Y aquella noche, mientras deshacía para acostarse el lazo de su corbata de luto, Prego pensó que bien pronto podría sustituirla por otra de más vivos colores. Besó a su hijo y suspiró--metiéndose en la cama al pensar que a costa de los glóbulos rojos de aquella escuálida criatura se estaba preparando un porvenir de libertad para la patria.

* * * * *

Dos días después de la marcha del luso, que desapareció con el sigilo que convenía a sus trágicas intenciones, Sergio contó al llegar al periódico, arrojando sobre la mesa unas cuartillas de notas:

--Hoy traigo una noticia interesante para Prego. La Policía está buscando a su amigo.

Prego se puso un poco más verde:

--¿Al portugués?

Sergio rió. ¿Portugués?... El hombre de las barbas era de Túy y se llamaba Cadaval. Había trabajado en Vigo como vigilante de Consumos y estaba reclamado por un delito de abusos deshonestos.

--Parece que es de todo cuidado el señor...

Prego calló. Inclinóse sobre las cuartillas y continuó escribiendo:

«Telegrafían de Salónica...»

XIX

Inesperadamente le vió pasar montado en el caballejo peludo, con los pies casi llegando a las losas, seco y desgarbado, luciendo la chaqueta de pana que no salía del arcón más que en los días dominicales o para acompañar a su dueño en las excursiones a la ciudad. Abelenda quedó un instante inmovilizado por la emoción. Luego dióse a correr tras él, gritando:

--¡Chinto!... ¡Eh, Chinto!...

El servidor detuvo al fin su cabalgadura; hizo un aspaviento de asombro y se apeó, alzando levemente el ala de su fieltro:

--¿Y luego, señorito?

Miráronse largamente, con júbilo:

--¿Cómo están en la Gándara?

Bien. Estaban bien. Chinto había venido a hacer unas compras. Detalló con minuciosidad el contenido de los paquetes sujetos a la albarda. Sergio miró al caballo con ternura y acarició su pescuezo oculto bajo la larga crin negra. Tuvo placer en llamarle por el nombre que la bestia llevaba, impuesto por admiración de Chinto hacia el bandolero de Grañas del Sor.

--«¡Mamed!»... ¡Oooh, «Mamed»!

Y todo suspirante de añoranzas, inquirió:

--¿Y... por allá, Chinto?

«Por allá»... nada. Chinto comenzó afirmando que no pasaba nada. Después, poco a poco, con la cautelosa mesura del paisano gallego, se decidió a verter en los ávidos oídos del joven unas cuantas noticias. Exuperio había brotado ya del inagotable vientre de la de Poupariña. Los castaños estaban enfermos de una plaga incombatible, muchos con la hoja amarilla, como si fuese en otoño, ¡una pena!... Doña María de Solís «llevaría el ramo» en la fiesta de la patrona de la Gándara. Había hecho donación de un altar nuevo, y todas sus alhajas lucían ahora sobre la imagen de la Virgen, en la iglesia parroquial. Iba para santa doña María de Solís. Con lluvia o con viento, todas las mañanas marchaba a pie por las corredoiras hasta el lejano templo para oir la misa con una devoción edificante. Desde que entraba hasta que, un buen rato después de terminado el oficio, volvía a su hogar, permanecía arrodillada sobre las duras losas, cubierta de luto, rezando con un fervor que conmovía. Una vez desmayóse en la iglesia. Había hecho construir un oratorio en su casa, y se ofreciera a ir andando a visitar la Virgen milagrosa de Pastoriza, para llevarle un niño de cera del tamaño de su hijo Juan. De la piedad de doña María se hablaba dos leguas más allá de la Gándara. Por las tardes, cuando bajo la bóveda de los olmos paseaba el enfermito del mal de Pot, entablillado en su coche, la madre infeliz iba detrás orando siempre, con su rosario entre los dedos sin sangre, con su rostro de Dolorosa, sin ver, sin oir los saludos, mentalmente arrodillada ante Dios, tendidos sus brazos, toda su alma prosternada en una constante súplica de misericordia para los dolientes hijos.

Pero Sergio apenas escuchó la ponderación de los cristianos méritos de la infortunada. Preguntó, extrañándose él mismo de advertirse lleno de cordial interés hacia la causante de sus tribulaciones:

--¿Y Rafaela?

--Va yendo.

--¿Y «Miñoca»? ¿Y el señor cura de Santa María?

--Va yendo, también.

Todos «iban yendo»: los criados, las vacas, los de la Cruz del Souto, el camelio del jardín, los albaricoques de la huerta... En aquel modismo galiciano, que es respuesta grata y preferida porque nada dice ni compromete, Chinto abarcó a todos los seres de la Gándara. Tras un silencio, el joven se decidió a indagar.

--Y mi madre... ¿habla de mí?

--Hablará--evadió el campesino--. Conmigo no habla.

Sergio suspiró. Hubo otro silencio. Después el aldeano aventuró su parecer de que el mozo no estaba tan grueso como antes, ni tenía aquel buen color. Abelenda apresuróse a afirmar:

--Pues estoy muy fuerte. No se te ocurra decirles...

Volvió a acariciar melancólicamente el cuello de «Mamed» y enredó con sus crines de potro cosaco venido a menos. Chinto despidióse porque las sombras se avecinaban. Montó. Cuando iba a partir, Sergio tuvo una idea repentina. Sacó fanfarronamente la única peseta que llevaba y se la entregó:

--Toma para que bebas en la taberna de «Miñoca».

Pensó que acaso Chinto lo contaría y que era ésta una suave y elocuente manera de afirmar su triunfo, su medro, su conquista del vivir, ante aquellos que le habían tan fácilmente o con tanto rigor abandonado. Vió cómo «Mamed» emprendía un trote dificultoso, y a medida que se alejaban el hombre y la bestia, sintió él crecer la añoranza en su espíritu.

Cuando dejó de verlos suspiró y echó a andar lentamente.

Más que nunca se advirtió en aquellos instantes abandonado y solo, y como nunca le fué hostil la ciudad y las gentes. Anochecía, y la larga calle de San Andrés, la de mayor tráfico, estaba en esa hora de máxima animación en que a los grupos de paseantes se suman los grupos de obreros que salen del trabajo y los de modistas alegres, y en que los carros pasan con prisa, retumbando sobre los adoquines, vacíos ya, con una trepidación que hace saltar incesantemente al guía, de pie sobre las tablas, como el conductor de un carro de combate. En una acera y en otra, el río humano iba y venía. Apenas lograba hacerse oir, entre el estrépito, la campana de San Andrés, que tocaba al _Ángelus_. Ante la iglesia, un enjambre de niños chillaban como golondrinas y corrían entre la luz azul que ya llenaba la tarde. Desde los bancos de piedra, unos mendigos harapientos les miraban correr, indiferentes. Poco a poco, el crepúsculo se hizo más azul. Desembocó un tranvía, iluminado ya, como una carroza de mascarada. Fueron encendiéndose perezosamente los faroles, casi ocultos por las acacias de bola. Y de acera a acera, como en una batalla, los escaparates fulmináronse los reflejos de su luz.

Abelenda sentía un afán de ternura. Como un lazarillo a un ciego, su corazón íbalo guiando hacia la casa de Volvoreta. Todo el sentimentalismo de aquella hora de nostalgias concretóse en torno de Federica y la nimbó. ¡Dulce Federica!... ¡Cómo fué para el joven un blando sedante el recuerdo de tu tibio regazo y de tus cándidos ojos y de los frescos colores de tu cara de niña hecha prematuramente mujer!... Ahora no le esperaría ya; jamás había ido tan tarde. Junto a ella, sentados cerca de la ventana, a obscuras aún el gabinetito, Sergio cogería las manos de la novia y murmuraría con voz de emoción:

--¿Sabes a quién he visto?... He visto a «Mamed».

Y evocarían. Volvoreta quería bien a «Mamed», con el cariño de las aldeanas hacia las bestias. Sergio la oiría contar nuevamente aquel episodio de la blusa que medio le había comido «Mamed» con la indiferente voracidad de los caballejos galicianos, cuyos estómagos tienen un eclecticismo generoso para todas las substancias, aun para aquellas de las que nunca se soñó que pudieran sufrir la acción de los jugos gástricos: papeles, cuerdas, tojo, zapatos viejos, hasta cascos de botella, según afirmaba Rodeiro, conmovido por esta superioridad del caballo de Galicia sobre sus congéneres de las demás partes del mundo.

Llegó Abelenda ante la casa. Estaban cerrados los balcones. Subió. Tardaron un instante en contestar a su aldabonazo. Al fin la anciana tía de Volvoreta abrió.

--Buenas noches, señora.

La vieja le detuvo.

--No me gusta que venga a esta hora, Sergio. Se lo he dicho ya. Los vecinos ven y murmuran.

Sergio sonrió, amablemente:

--Por una sola vez...

--No; ni por una sola vez. Ya es de noche. No quiero andar en lenguas de nadie. Si no se marcha ahora, no le dejaré entrar ni aun por el día.

Abelenda se admiró del rigor de la amenaza. La puerta estaba entreabierta nada más y la anciana la retenía, evidentemente dispuesta a impedir que entrase. Sergio fingió acceder:

--Por lo menos, avise a Federica de que estoy aquí.

La vieja gruñó, malhumorada:

--Federica no está. Váyase.

Empujó contra él las tablas de pino.

Bruscamente, Sergio sintió como un golpe en el corazón. Extendió su brazo por la abertura hacia el interior de la casa y gritó, ceñudo:

--¡Ese sombrero!... ¿De quién es?

Acababa de ver, colgado de la percha, frente a él, en el pasillo angosto, un sombrero de varón. Sin responder, la anciana empujó desesperadamente la puerta, ahincando todo su cuerpo con una contracción que llenaba su rostro de arrugas. El joven forcejeó también, lleno de una rabia silenciosa. Entró. La mujer abalanzóse a él para sujetarle. Cerróse la puerta con gran ruido. Abelenda se apoderó del sombrero, nerviosamente, temblando como ante un drama terrible, y corrió al comedor. En la alcoba de Volvoreta había luz. Sergio intentó entrar; pero la puerta estaba cerrada. Gritó a la mujer, que le había seguido llena de espanto:

--¡Llame usted a Volvoreta; llámela usted!

Y sin esperar a que le obedeciese, dió dos terribles patadas en las vidrieras.

--¡Llámela usted!

Dió otra patada, que estuvo a punto de hacer saltar los cristales.

Entonces oyéronse pasos en la alcoba. Una mano hizo girar la llave. Sergio plantóse ante la puerta, blandiendo el sombrero hongo, apretados los dientes, pálido, enardecido, clavado su mirar en los cristales esmerilados que transparentaban la luz tenue y rosada del dormitorio.

Y bañado en aquella luz rosada y tenue, tranquilo, sonriente, en mangas de camisa, balanceándose tras él los sueltos tirantes, apareció ante el joven el señor Acevedo. Como si se hubiese empapado en la luminosidad de la alcoba, su calva estaba enrojecida; de las orejas parecía brotar la sangre. Pero la idea de la agitación que simulaba delatar este bermejo tono de la cabeza del banquero era disipada por la serenidad de su sonrisa, un poco burlona... Sergio, inmovilizado por la sorpresa, permaneció con el hongo revelador en el aire, en actitud de quien va a cazar una mariposa. La sonrisa del banquero se llenó de bondad.

--Siéntese, joven.

Se sentó él mismo, cabalgando una pierna.

--¿Qué le ocurre a usted?