Part 14
Pero en el joven el ambiente amigo recuperó súbitamente su influjo. ¡Tanta ternura había en el olor de la brisa que llegaba del mar, atravesando el bosque de pinos!... Cuando abrazó a doña Rosa, grave, pálida, rompió a llorar. Luego, ante el severo retrato de su padre, entogado, solemne, tuvo la tentación de una reverencia.
Amaro cenó con ellos, para atenuar lo violento de las primeras horas. Después, acodado en la galería, mirando la negrura de la noche, esperó a que enganchasen el caballejo que había de llevarle a su caserón. Isabel asomóse también. Callados, desvaída la atención en la sombra infinita, permanecieron así largo tiempo. Un fuerte aroma campesino crecía en la tibieza del aire encalmado. Débiles rumores llegaban alguna vez, acaso el zumbido de un insecto, acaso el rozar de las tiesas hojas de maíz contra el cuerpo del invisible perro vigilante que atravesaba la era... Muy lejos se oyó el chirrido de los carros que venían de las aldeas remotas a buscar la arena de la playa. Entornando los ojos, Isabel hacía llegar los destellos de algún astro de cambiante color hasta la misma tierra tenebrosa, claros y rectos como un haz de saetas milagrosas de suave luz.
En la casa de los Solís había una ventana iluminada: la del oratorio donde doña María, entre su servidumbre, guiaba con suspirante voz el santo rosario. Las cuentas de azabache eran invisibles sobre su negro traje; destacábanse en el marfil de las manos y volvían a fundirse con el triste luto. Ella, cerrados los ojos, pálida, esquelética, gemía las palabras de la oración, que el murmullo de voces le devolvía. Después, cuando los servidores marchaban, aún rezaba largamente ante el Cristo sangrante y trágico, cuya sombra hacía temblar en la pared la lamparita de aceite. Cada noche doña María pronunciaba un nuevo voto de sufrimiento, de penitencia cruel, a cambio de la vida de sus hijos, más transparentes, más ahilados de mes en mes, cargados de amuletos ineficaces, tristes, serios...
Isabel dijo al fin, en voz baja, como si temiese romper el encanto de la enorme quietud:
--¡Cuánta paz hay en la noche! ¡Parece que alrededor de nosotros todo ha desaparecido!
Rodeiro calló. Pasaron unos instantes.
--Isabel.
--¿Qué?
Pero Rodeiro tornó a enmudecer. La joven contempló nuevamente la estrella diminuta para prolongar sus hilos de luz. Otra vez, pero más mimosa, más cerca, más apagada, la voz varonil susurró:
--Sabeliña.
Y siguió todavía más próxima:
--Tengo que decirle que estoy enamorado de usted, que siempre estuve enamorado de usted...
Un silencio. La voz, más emocionada, casi temblorosa, agregó:
--Dentro de un mes marcharé; si quiere, antes de un mes nos despedimos los dos de la Gándara en la iglesia de Santa María...
* * * * *
Al dar las once el reloj, doña Rosa miró, soñolienta, la esfera:
--Ya son las once.
Sergio repitió con la misma entonación de escándalo de su madre:
--¡Ya son las once!...
En la estancia parecía haberse amortiguado la luz; había un suave sopor en el ambiente, en las personas, en las cosas. Se había oído correr en la puerta los pasadores de hierro, y después, las pisadas estrepitosas de los zuecos de Chinto, que regresaba, cumplido aquel su último deber de la jornada. Rafaela, antes de subir a su alcoba, había entrado en el comedor. Arrimada al quicio, con sus manos ocultas bajo el mandil, contemplaba a Sergio visiblemente, casi maternalmente complacida de su regreso. Chinto apareció también a recibir órdenes. Era preciso que acompañase a Rodeiro con un farol por entre los campos tenebrosos. Rafaela inquirió, viendo soliviarse a Sergio en su silla:
--¿Tiene sueño ya?
--Sí, tengo sueño.
--«Allá» no se acostaría tan temprano.
--No.
Aventuró aún:
--Acaso a la una de la noche.
--Más tarde.
--A lo mejor, a las tres.
--Más.
Rafaela interrogó, asustada:
--¿Y qué harán a esas horas, señor?...
Explicó Chinto con aire de hombre bien enterado, que habla a un ser de inferior cultura:
--Hacen esas cosas que ponen los papeles, mujer.
Sergio entró en su cuarto. En los vidrios del balcón, el fondo negro de la noche hacía espejo para su imagen. Desde fuera, aquella ventana iluminada tendría a lo lejos un apacible encanto misterioso. ¡Oh, el grato hogar!... Desnudóse, se zambulló en el lecho, apagó la luz. Oyó el crujido de aquellas escaleras que tantas veces había subido, y que gemían ahora bajo el peso de la anciana criada. Y entonces volvió a pensar en Federica, pero sin rencor ni pasión, como algo muy distante ya. Pensó un minuto. El sueño envolvía en gasas su facultad evocadora. ¡La cama era tan blanda, tan amparadora la quietud, tan profundo el recogimiento de la noche!...
Y casi vencido ya por el sopor, recordó con el mismo espanto de Rafaela aquellos hombres que a esa hora comenzarían su labor en _El Avance_, llenando cuartillas con «esas cosas» complicadas y absurdas que «se ponen» en los periódicos...
FIN