Vida de Don Quijote y Sancho

Part 21

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Y cuando éste declaró a D. Antonio Moreno quién era: _Oh, señor--dijo D. Antonio--, Dios os perdone el agravio que habéis hecho a todo el mundo en querer volver cuerdo al más gracioso loco que hay en él. ¿No veis, señor, que no podrá llegar el provecho que cause la cordura de Don Quijote a lo que llega el gusto que da con sus desvaríos?_ Y por este hilo siguió ensartando sus pareceres. ¡Triste modo de pensar, pues no quiere que sane, por parecerle loco _gracioso_ y por tomar gusto de sus desvaríos! No se sabe qué deplorar más, si la pequeñez de alma de Sansón Carrasco o la de D. Antonio Moreno.

Quieren a Don Quijote para reirle las gracias y tomar gusto de sus desvaríos, y por haberlas reído antaño tienen ogaño que llorar, y por haber tomado de sus desvaríos gusto les tiene que disgustar la vida hoy.

Yo lancé contra ti, mi señor Don Quijote, aquel muera. Perdónamelo; perdónamelo porque lo lancé lleno de sana y buena, aunque equivocada intención, y por amor a ti, pero los espíritus menguados, a los que su mengua les pervierte las entendederas, me lo tomaron al revés de como yo lo tomaba, y queriendo servirte te ofendí acaso. Triste caso éste de que no nos hayan de entender cosa alguna a derechas, y no más por defecto de cabeza que por vicio de corazón. Perdóname, pues, Don Quijote mío, el daño que pude hacerte queriendo hacerte bien; tú me has convencido de cuán peligroso es predicar cordura entre estos espíritus alcornoqueños; tú me has enseñado el mal que se sigue de amonestar a que sean prácticos a hombres que propenden al más grosero materialismo, aunque se disfrace de espiritualismo cristiano.

Pégame tu locura, Don Quijote mío, pégamela por entero. Y luego que me llamen soberbio o lo que quieran. No quiero buscar el provecho que ellos buscan. Que digan: ¿qué querrá? ¿qué busca? y conjeturando por los suyos, no encuentren mis caminos. Ellos buscan el provecho de esta vida perecedera y se aduermen en la rutinera creencia de la otra; a mí, mi Don Quijote, déjame luchar conmigo mismo, ¡déjame sufrir! Guárdense para sí aspiraciones de diputado provincial; a mí dame tu Clavileño y aunque no me mueva del suelo, sueñe en él subir a los cielos del aire y del fuego imperecederos. ¡Alma de mi alma, corazón de mi vida, insaciable sed de eternidad e infinitud! sé mi pan de cada día. ¡Hábil? No, hábil, no; no, no quiero ser hábil. No quiero ser razonable según esa miserable razón que da de comer a los vividores; ¡enloquéceme, mi Don Quijote!

¡Viva Don Quijote! ¡viva Don Quijote vencido y maltrecho! ¡viva Don Quijote muerto! ¡viva Don Quijote! ¡Regálanos tu locura, eterno Don Quijote nuestro! Regálame tu locura y deja que en tu regazo me desahogue. Si supieras lo que sufro, Don Quijote mío, entre estos tus paisanos cuyo repuesto todo de locura heroica te llevaste tú, dejándoles tan sólo la petulante presunción que te perdía. ¡Si supieras cómo desdeñan desde su estúpida e insultante sanidad todo hervor de espíritu y todo anhelo de vida íntima! ¡Si supieras con qué asnal gravedad ríen las gracias de la que creen locura y toman gusto de lo que estiman desvaríos! ¡Oh Don Quijote mío, qué soberbia, qué estúpida soberbia la soberbia silenciosa de estos brutos que llaman paradoja a lo que no estaba etiquetado en su mollera y afán de originalidad a todo revuelo del espíritu! Para ellos no hay quemantes lágrimas vertidas en silencio, en el silencio del misterio, porque estos bárbaros se lo creen tener todo resuelto; para ellos no hay inquietud del alma, pues se creen nacidos en posesión de la verdad absoluta; para ellos no hay sino dogmas y fórmulas y recetas. Todos ellos tienen alma de bachilleres. Y aunque odian a Barcelona, van a Barcelona y allí te vencen.

_Seis días estuvo Don Quijote en el lecho, marrido, triste, pensativo y mal acondicionado, yendo y viniendo con la imaginación en el desdichado suceso de su vencimiento_, sin que le sirviesen los consuelos de su fiel Sancho. El cual veía bien que era él allí el más perdidoso, aunque su amo el más malparado. Y pocos días después emprendieron su regreso a la aldea, _Don Quijote desarmado y de camino, Sancho a pie, por ir el rucio cargado con las armas_. Así es desde que vencieron a Don Quijote; son rucios los que llevan sus armas.

En el camino encontró a Tosilos, el lacayo, que le contó cómo los Duques le hicieron apalear, y Doña Rodríguez se volvió a Castilla y su hija entró monja. Así había acabado una de las aventuras a que dió mejor remate Don Quijote.

CAPÍTULO LXVII

De la resolución que tomó Don Quijote de hacerse pastor y de seguir la vida del campo en tanto que pasaba el año de su promesa, con otros sucesos en verdad gustosos y buenos.

Caminando, caminando, llegaron al lugar en que habían topado a _las bizarras pastoras y gallardos pastores que en él querían renovar e imitar a la pastoral Arcadia_. Y al reconocerlo, dijo Don Quijote: _si es que te parece bien, querría, oh Sancho, que nos convirtiésemos en pastores siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo compraré algunas ovejas y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias y llamándome yo el pastor Quijotiz y tú el pastor Pancino, nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos. Daránnos con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los extendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz la luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto el canto, alegría el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos hacernos eternos y famosos no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos._

¡Válgame Dios y con qué tino se dijo aquello de «cada loco con su tema» y cuán bien conocía a su tío la sobrina de Don Quijote cuando al encontrarse el cura y el barbero, en el escrutinio que de su librería hicieron, con LA DIANA de Jorge de Montemayor y querer perdonarla exclamó: _¡Ay, señor! bien puede vuestra merced mandar quemar como a los demás; porque no sería mucho que habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos se le antojase de hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo_.

Parece, al volver Don Quijote de Barcelona, ir en camino de curarse de su heroica locura y de prepararse a bien morir, mas en viendo el prado de otrora, sueña de nuevo con hacerse eterno y famoso, no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos. Porque ésta era su radical locura, éste su resorte de acción, ésta, como vimos al principio de su historia, la causa que le movió a hacerse caballero andante. El ansia de gloria y renombre es el espíritu íntimo del quijotismo, su esencia y su razón de ser, y si no se puede cobrarlos venciendo gigantes y vestiglos y enderezando entuertos, cobraráselos endechando a la luna y haciendo de pastor. El toque está en dejar nombre por los siglos, en vivir en la memoria de las gentes; ¡El toque está en no morir! ¡En no morir! ¡No morir! Ésta es la raíz última, la raíz de las raíces de la locura quijotesca. ¡No morir! ¡no morir! Ansia de vida; ansia de vida eterna es la que te dió vida inmortal, mi señor Don Quijote; el sueño de tu vida fué y es sueño de no morir.

Con tal de no morir cambiabas tu profesión de caballero andante por la de pastor endechante. Así tu España, mi Don Quijote, al tener que recogerse a su aldea, vencida y maltrecha, piensa en dedicarse al pastoreo y habla de colonización interior, de pantanos, de riegos y de granjas.

Y por debajo de esa ansia de no morir ¿no andaba, mi pobre Alonso, tu soberano amor? _Las pastoras de quien hemos de ser amantes_--dijiste--_como entre peras podemos escocer sus nombres, y pues el de mi señora cuadra así al de pastora como al de princesa, no hay para qué cansarse en buscar otro que mejor le venga_. Sí, siempre era Dulcinea, la Gloria, y por debajo de ella siempre era Aldonza Lorenzo, la suspirada doce años. ¡Y cómo suspirarías ahora por ella! ¡cómo la llamarías! ¡cómo grabarías un día y otro su nombre en las cortezas de los árboles y hasta alguna vez en tu corazón! ¿Y si así llegaba ello a su noticia y se daba cata y venía a ti, desencantada?

¡Hacerse pastor! Es también, mi Don Quijote, lo que se le ha ocurrido a tu pueblo luego que ha vuelto de América derrotado en su encontronazo con el de Robinsón. Ahora habla de dedicarse a cuidar y cultivar su hacienda, a alumbrar pozos y trazar canales para regar sus resecas tierras; ahora habla de política hidráulica. ¿No será que siente el remordimiento de sus atrocidades pasadas por tierras de Italia, Flandes y América?

Leed PATRIA, el hermoso poema de Guerra Junqueiro, el poeta de nuestro pueblo hermano, el pueblo portugués. Leed esa amarga sátira y llegad al fin de ella, cuando aparece vestido de monje carmelita el espectro del condestable Nunalvares, el vencedor de Aljubarrota, que luego entró en religión. Oídle hablar, oídle hablar del dolor que purifica y redime, del dolor que

Como no ar o vento sobre o vento Como no mar o vaga sobre o vaga Só na dôr tem a dôr socegamento

y llegad a cuando en un éxtasis descuelga la vieja espada de Aljubarrota, tinta en sangre fraternal, y exclama:

Porém, se a patria, ja na derradeira Angustia e mingoa onde a lençou mac dano, Terra d'escravos é, terra estrangeira.

Rutila espada, que brandí ufano! Antes un velho lavrador mendigo Te erga a custo do chão, piadoso e humano!

Volte a bigorna o duro ago antigo! E acabes, afinal, relha de arado. Pelos campos de Deos, a lavrar trigo

y arroja su espada al abismo de la noche, exclamando:

Deos te acompanhe! Seja Deos louvado!

Y luego entra en escena «el loco»--o _doido_--el pobre pueblo portugués, nuestro hermano, y echa de menos los tiempos en que fué campesino.

Fosse eu ainda o camponez adusto, Lavrador matinal, risonho e grave, D'alma de pomba e coração de justo!

Sentime eu ainda a musica suave Da candura feliz no peito agreste, Qual em rorida brenha um trino d'ave!

Em vez do mundo (fome, guerra e peste!) Conquistasse, por unica vitoria, Os thesoiros sen fim do amor celeste.

Nunca de feitos meus cantasse a Historia; Ignorasse o meu nome a voz da Fama E a minha sombra humilde a luz da Gloria.

Vivesse obscuro e triste, herva da lama; Nas alturas, porém, fosse contado Entre os que Deos aceita, os que Deos ama.

Es todo lo contrario de Don Quijote y Sancho. Busca nuestro Caballero en la vida pastoril hacerse eterno y famoso; busca en ella este pobre loco portugués ser olvidado, expiar sus culpas y redimirse en el dolor,

Dôr temerosa, Dôr idolatrada O Dôr, filha de Deos, mãe do Universo!

¿No buscan, en el fondo, una misma cosa? ¿No buscaba lo mismo Don Quijote echándose al mundo a deshacer entuertos y proponiéndose dedicarse al ejercicio pastoril? ¿No busca nuestro pueblo ahora, con los pantanos y canales y la política hidráulica, lo mismo que buscó con sus atrocidades en América?

El pobre loco portugués, _o doido_, luego de confesar sus culpas, sus glorias

Minhas glorias!... infamias e vergonhas De ladrão, de pirata e de assasino!

pide la cruz, pide el dolor, y muere en la cruz, en cuya cabecera «desenhada a sangue, esta ironía:--_Portugal, rei do Oriente!_» muere bendiciendo el llanto que brota de sus ojos

porque és o mar de pranto que os meus crimes verteram pelo mundo...

bendiciendo la sangre que corre de sus heridas porque es

o mar de sangue do meu orgulho e minha iniquidade...

¿Es esto lo que pide y busca nuestro loco, nuestro pueblo español? No, no es esto precisamente. No es que no cante sus hechos la Historia, que ignore su nombre la voz de la Fama, y su nombre humilde la luz de la gloria; no, no es esto.

Se retira a la vida pastoril, derrotado en la de caballero andante, para poder hacerse eterno y famoso no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos. Cambia de camino pero no de estrella que le guíe.

¿Ha de renunciar el pueblo a toda acción quijotesca y encerrarse en su natal dehesa a purgar sus antiguas culpas, cuidando de su ganado o labrando su tierra y sin poner su mira mas que en el cielo? ¿Ha de pensar tan sólo en ser allá en las alturas contado entre los que Dios ama? ¿Ha de volver a su apacible vida de antes de lanzarse a sus aventureras empresas? ¿Tuvimos esta vida nunca? ¿Tuvimos paz?

No basta como ideal de vida de un pueblo el de mantener la vida misma en el mayor bienestar y holgura, ni aun basta la felicidad. Menos aún abrazarse al dolor. No puede ser ideal de un pueblo el ideal ascético, destructor de la vida.

¿Aspirar al cielo? No; ¡al reino de Dios! Y a todas horas, día tras día, alza por miles de bocas nuestro pueblo esta plegaria a nuestro Padre que está en los cielos: ¡venga a nos el tu reino! «¡Venga a nos el tu reino!» y no «llévanos a tu reino»; es el reino de Dios el que ha de bajar a la tierra, y no ir la tierra al reino de Dios, pues este reino ha de ser reino de vivos y no de muertos. Y ese reino cuyo advenimiento pedimos a diario, tenemos que crearlo, y no con oraciones sólo; con lucha.

Pudesse eu, d'alma libre e resoluta, Olhos no fogo da manha nascente, Erguer ainda os braços para a luta! Não, como outr'ora, para a luta ardente Da riqueza e grandeza, é vaidade... Da fortuna, que é sombra que nos mente... Seja a hora do prelio a eternidade! E o globo estreito a arena, onde ñao cança A batalha do Amor e da Verdade!

¡Esta, la batalla del Amor y de la verdad! Y en tal pelea ha de ser el pueblo todo un Don Quijote, un pastor Quijotiz más bien.

Cavalleiro de Deos, ergue-te e avança! Põe na bigorna os cravos de Jesus; Bate-os cantando... E o ferro da tua lança! Faz a hastea de lança d'una cruz; Vae, cavalleiro de viseira erguida; Dá lançadas magnánimas de luz!...

¡Hay que pelear, sí, a lanzadas de luz!

Encerrémonos, bien está, en la natal dehesa, pero a cobrar fama pastoreando y cantando. Es un derivativo de la acción heroica; es otra nueva empresa. Vayamos a manejar el cayado con mano movida por el corazón mismo que nos hizo manejar la espada. Es el ejercicio pastoril ahora gobierno, que «no consiste--dice el Maestro Fray Luis de León en los NOMBRES DE CRISTO, libro I, cap. VI--en dar leyes, ni en poner mandamientos, sino en apacentar y alimentar a los que gobierna». ¿Apacentarlos y alimentarlos con qué? Con amor y verdad.

Pueblo moribundo se ha llamado a tu pueblo, Don Quijote mío, por los que embriagados con el triunfo pasajero olvidan que la fortuna da más vueltas que la tierra y que aquello mismo que nos hace menos aptos para el tipo de civilización que hoy priva en el mundo, acaso eso mismo nos haga más aptos para la civilización de mañana. El mundo da muchas vueltas y la fortuna más.

Hay que aspirar, de todos modos, a hacerse eternos y famosos, no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos; no puede subsistir como pueblo aquel pueblo cuyos pastores, su conciencia, no se lo representen con una misión histórica, con un ideal propio que realizar en la tierra. Estos pastores han de aspirar a cobrar fama pastoreándolo y cantando, y así, cobrando fama, llevarle a su destino. ¿Es que no hay en la Conciencia eterna e infinita una eterna idea de tu pueblo, Don Quijote mío? ¿Es que no hay una España celestial, de que esta España terrena no es sino trasunto y reflejo en los pobres siglos de los hombres? ¿Es que no hay un alma de España tan inmortal como el alma de cada uno de sus hijos?

Cruzando el mar en quebradizas cara velas fueron nuestros abuelos a descubrir el Nuevo Mundo que dormía bajo estrellas antes desconocidas; ¿no hay algún nuevo mundo del espíritu cuyo descubrimiento nos reserve Dios cuando osemos como los héroes de Camões lanzarnos a «mares d'antes nunca navegados» en espirituales carabelas labradas con madera de los bosques de nuestro pueblo?

Dicen en mi tierra vasca que los abuelos de mis abuelos, los denodados pescadores del golfo de mi Vizcaya, se iban tras de la ballena hasta los bancos de Terranova siglos antes de que Colón llamara a las puertas de la Rábida. Soberbiamente lo dice el escudo de Lequeitio: _Reges debelavit, horrenda cete subiecit, terra marique potens, Lequeitio_. Y para someter a horrendas ballenas fueron, dicen, los balleneros de mi casta, hasta las entonces desconocidas costas de la remota América. Y aun dicen más, y es que corre la leyenda de que fué un marino vasco, por nombre Andialotza, es decir Gran Vergüenza, quien primero dió a Colón noticias del Nuevo Mundo, por no atreverse, sin duda, el gran vergonzoso a descubrirlo. Temía a la gloria. ¿Será esto profético? Y si el buen Andialotza, mi paisano, pierde su ingénita vergüenza, ¿habrá que esperar al Colón del Nuevo Espíritu de España?

¿Hay una filosofía española? Sí; la de Don Quijote. Y conviene que éste, nuestro Caballero de la Fe, el Caballero de nuestra Fe, deje en el astillero su lanza y en la cuadra a Rocinante y cuelgue la espada, y convertido en el pastor Quijotiz empuñe el cayado con mano firme, y lleve consigo el caramillo, y a la sombra de las sombrosas encinas de dulcísimo fruto, mientras pacen cabizbajas sus ovejas, cante inspirado por Dulcinea, su visión del mundo y de la vida, para cobrar, cantándola, eterno nombre y fama. Y no ya su visión, sino más bien su encorazonamiento de ellos. Y para cobrar fama, pues se nos dió la gloria como norte de la vida.

El Nunalvares del poeta os dirá de la fama que

Fama grande do mundo tão mezquino Dando as trombetas com ardor, não vôa Onde vôa cantando, un passarinho.

Mas no os fiéis demasiado de tales voces de desaliento, pues sí, la fama vuela, vuela más allá del mundo, y vuela aún más la canción del amor y la verdad.

Tal vez a los ecos de esa canción de amores del pastor Quijotiz caigan vencidos los gigantes que fingen ser molinos, y se amansen los galeotes y licencie Roque Guinart a sus huestes, y enmudezcan los canónigos y los graves eclesiásticos, y reconozcan los cuadrilleros que las bacías en manos del hidalgo milagrero son yelmos, y renuncien los Maese Pedros a sus titereras, y se nos abran las entrañas de la cueva de Montesinos, y se enderece todo entuerto y se deshaga todo agravio, y se adoncellen las mozas del partido y venga a nosotros el reino de Dios realizándose en la tierra aquel siglo de oro con cuya visión embobó y suspendió Don Quijote el ánimo a los cabreros.

Hay que dar «lanzadas magnánimas de luz», o mejor, hay que lanzar la verdad al mundo, mientras se pastorea el ganado, al son de pastoril caramillo, la santa palabra que ha de hacer el milagro. Hay que pedir a Apolo versos, al amor conceptos. Sobre todo conceptos al amor.

¿Hay una filosofía española, mi Don Quijote? Sí, la tuya, la filosofía de Dulcinea, la de no morir, la de creer, la de crear la verdad. Y esta filosofía ni se aprende en cátedras ni se expone por lógica inductiva ni deductiva, ni surge de silogismos, ni de laboratorios, sino surge del corazón.

Pensabas, mi Don Quijote, en hacerte pastor Quijotiz y que te diera el amor conceptos. Todos los conceptos de vida, todos los conceptos eternos, manan del amor. Es Aldonza, mi pastor Quijotiz, es siempre Aldonza la fuente de sabiduría. A través de ella, a través de tu Aldonza, a través de la mujer, o es el Universo todo.

¿No ves a este pueblo endiosando cada día más el ideal de la mujer, a la mujer por excelencia, a la Virgen Madre? ¿No le ves rendido a ese culto y hasta casi olvidando por él el culto al Hijo? ¿No ves que no hace sino ensalzarla más y más alto, pujando por ponerla al lado del Padre mismo, a su igual, en el seno de la Trinidad, que pasaría a ser Cuaternidad si no es ya que la identificaran con el Espíritu como con el Verbo se identificó al Hijo? ¿No la han declarado Corredentora? Y esto ¿por qué es?

La concepción de Dios que se nos ha venido trasmitiendo ha sido una concepción no ya antropomórfica, sino andromórfica; nos lo representamos no ya como a persona humana--_homo_--, sino como a varón--_vir_--; Dios era y es en nuestras mentes masculino. Su modo de juzgar y condenar a los hombres, modo de varón, no de persona humana por encima de sexo; modo de Padre. Y para compensarlo hacía falta la Madre, la Madre que perdona siempre, la Madre que abre siempre los brazos al hijo cuando huye éste de la mano levantada o del ceño fruncido del irritado Padre, la Madre en cuyo regazo se busca como consuelo una oscura remembranza de aquella tibia paz de la inconsciencia que dentro de él fué el alba que precedió a nuestro nacimiento, y un dejo de aquella dulce leche que embalsamó nuestros sueños de inocencia, la Madre que no conoce más justicia que el perdón ni más ley que el amor. Las lágrimas maternales borran las tablas del Decálogo. Nuestra pobre e imperfecta concepción de un Dios varón, de un Dios con largas barbas y voz de trueno, de un Dios que impone preceptos y pronuncia sentencias, de un Dios Amo de Casa, _Pater familias_ a la romana, necesitaba compensarse y completarse, y como en el fondo no podemos concebir al Dios personal y vivo no ya por encima de rasgos humanos, mas ni aun por encima de rasgos varoniles y menos un Dios neutro o hermafrodita, acudimos a darle un Dios femenino y junto al Dios Padre hemos puesto a la Diosa Madre, a la que perdona siempre porque como mira con amor ciego ve siempre el fondo de la culpa y en ese fondo la justicia única del perdón, a la que siempre consuela, a la Madre Dulcísima, a la Madre de Dios, a la Virgen Madre. Es la Virgen Madre, es la Madre Purísima, la que no es sino madre, y siendo todo lo que hace ser mujer a la mujer, queda limpia de todo el barro humano para que en ella aliente é irradie tan sólo el soplo divino.

Es la Virgen Madre; es la Madre de Dios. Es la Madre de Dios; es la pobre Humanidad dolorida. Porque aunque compuesta de hombres y mujeres, la Humanidad es mujer, es madre. Lo es cada sociedad; lo es cada pueblo. Las muchedumbres son femeninas. Juntad a los hombres y tened por cierto que es lo femenino de ellos, lo que tienen de sus madres, lo que los junta. La pobre Humanidad dolorida es la Madre de Dios, pues en ella, en su seno, es donde se manifiesta, donde encarna la eterna e infinita Conciencia del Universo. Y la Humanidad es pura, purísima, limpia de toda mancha, aunque nazcamos manchados cada uno de los hombres y mujeres. ¡Dios te salve, Humanidad; llena eres de gracia!

Mira, mi pastor Quijotiz, cómo se va a la Humanidad desde Aldonza, la recatada doncella del Toboso; mira cómo da el amor conceptos. Y mira si al son de tu pastoril caramillo puede hacerse amorosa filosofía española, aunque graznen para ahogar sus melódicos sones los grandísimos cuervos y grajos que anidan en la boca de la cueva de Montesinos.

Si Don Quijote volviera al mundo sería pastor Quijotiz, no ya caballero andante de espada; sería pastor de almas, empuñando en vez del cayado la pluma, o dirigiendo su encendida palabra a los cabreros todos. Y ¡quién sabe si no ha resucitado...!

Si Don Quijote volviera al mundo sería pastor, o lo será cuando vuelva; pastor de pueblos. Y buscará que le dé el amor conceptos, y en hacer vivir y triunfar éstos pondrá todo el denuedo y la bravura toda que puso antes en acometer molinos y libertar galeotes. Y buena falta nos está haciendo, porque es cobardía de pensar lo que nos tiene tan abatidos. Es cobardía de afrontar los eternos problemas; es cobardía de escarbar en el corazón; es cobardía de hurgar las inquietudes íntimas de las entrañas eternas. Esa cobardía lleva a muchos a la erudición, adormidera de desasosiegos del espíritu u ocupación de la pereza espiritual; algo así como el juego del ajedrez.