Vida de Don Quijote y Sancho

Part 20

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Nada aborrece más el pueblo que al Catón que se tiene por justo y parece ir diciendo: miradme y aprended de mí a ser honrados. Roque Guinart, por el contrario, no ensalzaba su estado, sino que confesó a Don Quijote que no había modo de vivir más inquieto ni sobresaltado que el suyo, y que perseveraba en él, por deseo de venganza, a despecho y a pesar de lo que entendía, y añadió: _y como un abismo llama a otro y un pecado a otro pecado, hanse eslabonado las venganzas, de manera que no sólo las mías, pero las ajenas, tomo a mi cargo; pero Dios es servido de que aunque me veo en la mitad del laberinto de mis confusiones, no pierdo la esperanza de salir dél a puerto seguro_. Es un eco de la oración de San Dimas. Y nos parece oir aquello de Pablo de Tarso: «no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero hago; miserable hombre de mí ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?».

«No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero hago». Palabras que nos sugiere la conducta de Roque Guinart y que nos piden a gritos nos paremos a meditarlas. Y a meditar en que no es lo mismo cumplir la ley que ser bueno. Hay, en efecto, quien se muere sin haber abrigado un solo buen deseo y sin haber, a pesar de ello, cometido un solo delito, y quien, por el contrario, llega a la muerte con una vida cargada de delitos y de generosos deseos a la vez. Son las intenciones y no los actos lo que nos empuerca y estraga el alma, y no pocas veces un acto delictuoso nos purga y limpia de la intención que lo engendrara. Más de un rencoroso homicida habrá empezado a sentir amor a su víctima luego que sació su odio en ella, mientras hay gentes que siguen odiando al enemigo que se murió, después de muerto. Ya sé que son muchos los que anhelan una humanidad en que se impidan los crímenes aunque los malos sentimientos envenenen las almas, pero Dios nos dé una humanidad de fuertes pasiones, de odios y de amores, de envidias y de admiraciones, de ascetas y de libertinos, aunque traigan consigo estas pasiones sus naturales frutos. El criterio jurídico sólo ve lo de fuera y mide la punibilidad del acto por sus consecuencias; el criterio estrictamente moral debe juzgarlo por su causa y no por su efecto. Lo que ocurre es que nuestra moral corriente está manchada de abogacía y nuestro criterio ético estropeado por el jurídico. El matar no es malo por el daño que reciben el muerto o sus deudos o parientes, sino por la perversión que al espíritu del matador lleva el sentimiento que le impulsa a dar a otro la muerte; la fornicación no es pecado por daño alguno que reciba la fornicada--pues de ordinario no lo recibe tal y sí sólo deleite--sino porque el sucio deseo distrae al hombre de la contemplación de su fin propio y le tiñe de falsedad cuanto percibe. Con hondo sentimiento se llama entre los gauchos _desgracia_, no al ser muerto, sino al haber tenido que matar a otro. Y por ello, aunque en el mundo de la servidumbre, en el mundo aparencial de las trasgresiones del derecho, caigamos en delito, nos salvaremos si conservamos sana intención en el mundo de la libertad, en el mundo esencial de los anhelos íntimos.

Y además ¿no endurecerá en sus fechorías al facineroso la desconfianza del perdón? Recordad aquí a los galeotes. Creo que si todos los hombres se persuadieran de que hay un perdón final para todos y una vida perdurable, en una u otra forma, se harían todos mejores. El temor al castigo no evita más fechorías que las que provoca la desesperanza de perdón. Recordad a Pablo el ermitaño y a Enrico el bandolero del drama de Tirso de Molina que lleva por título EL CONDENADO POR DESCONFIADO, profunda quintaesencia de la fe española, recordad que si Pablo, macerado en penitencias, se pierde por desconfiar de su salvación, por confiar en ella se salva Enrico el frígido. Volved a leer este drama. Recordad a aquel Enrico, hijo de Anareto, que conservó entre sus maldades entrañable cariño a su tullido padre y fe en la misericordia de Dios, reconociendo la justicia del castigo. Recordadle diciendo:

Mas siempre tengo esperanza en que tengo de salvarme, puesto que no va fundada mi esperanza en obras mías, sino en saber que se hermana Dios con el más pecador, y con su piedad le salva

(II, 17)

y recordadle arrepentido, gracias a su padre.

¿Que esto repugna al sentido moral? Al sanchopancesco, sí; al quijotesco, no. Un filósofo alemán de hace poco, Nietzsche, metió ruido en el mundo escribiendo de lo que está allende el bien y el mal. Hay algo que está no allende, sino dentro del bien y del mal, en su raíz común. ¿Qué sabemos nosotros, pobres mortales, lo que son el bien y el mal vistos desde el cielo? ¿Os escandaliza acaso que una muerte de fe abone toda una vida de maldades? ¿Sabéis acaso si ese último acto de fe y de contrición no es el brotar a la vida exterior, que se acaba entonces, sentimientos de bondad y de amor que circularon en la vida interior, presos bajo la recia costra de las maldades? Y ¿es que no hay en todos, absolutamente en todos, esos sentimientos, pues sin ellos no se es hombre? Sí, pobres hombres, confiemos, que todos somos buenos.

¡Pero es que así no viviremos nunca seguros!--exclamáis--¡con tales doctrinas no cabe orden social! Y ¿quién os ha dicho, apocados espíritus, que el destino final del hombre se sujete a asegurar el orden social en la tierra y a evitar esos daños aparentes que llamamos delitos y ofensas? ¡Ah, pobres hombres, siempre veréis en Dios un espantajo o un gendarme, no un Padre, no un Padre que perdona siempre a sus hijos, no más sino por ser hijos suyos, hijos de sus entrañas, y como tales hijos de Dios, buenos siempre por dentro de dentro aunque ellos mismos ni lo sepan ni lo crean. Tengo, pues, para mí que Roque Guinart y sus compañeros eran mejores de lo que ellos mismos se creían. Reconocía el buen Roque la insolencia de su oficio, pero se sentía atado a él como a un sino fatal. Era su estrella. Y podía haber dicho con el gaucho Martín Fierro lo de

Vamos, suerte, vamos juntos, Puesto que juntos nacimos, Y ya que juntos vivimos. Sin podernos dividir, Yo abriré con mi cuchillo El camino _pa_ seguir.

Y volviendo a nuestra historia, conviene recordar aquí lo que D. Francisco Manuel de Melo en su HISTORIA DE LOS MOVIMIENTOS, SEPARACIÓN Y GUERRA DE CATALUÑA EN TIEMPO DE FELIPE IV, obra publicada unos cuarenta años después de la historia de nuestro Caballero, dice al describir a los catalanes «por la mayor parte hombres de durísimo natural» que «en las injurias muestran gran sentimiento y por eso son inclinados a venganza», y añade: «La tierra, abundante en asperezas, ayuda y dispone su ánimo vengativo a terribles efectos con pequeña ocasión; el quejoso o agraviado deja los pueblos y se entra a vivir en los bosques, donde en continuos asaltos, fatigan los caminos; otros sin más ocasión que su propia insolencia, siguen a estotros; éstos y aquéllos se mantienen por la industria de sus insultos. Llaman comúnmente andar en trabajo aquel espacio de tiempo que gastan en este modo de vivir, como en señal de que le conocen por desconcierto; no es acción entre ellos reputada por afrentosa, antes al ofendido ayudan siempre sus deudos y amigos». Y habla luego de los famosos bandos de Narros y Cadells «no menos celebrados y dañosos a su patria que los Güelfos y Gibelinos de Milán, los Pafos y Médicis de Florencia, los Beamonteses y Agramonteses de Navarra y los Gamboinos y Oñacinos de la antigua Vizcaya».

Al bando de los Narros pertenecía Roque Guinart y como de tal bando despachó un mensajero a Barcelona dando cuenta a sus amigos de cómo iba Don Quijote _para que con él se solazasen, que él quisiera que careciesen de este gusto los Cadells sus contrarios; pero que esto era imposible a causa que las locuras y discreciones de Don Quijote y los donaires de su escudero Sancho Panza no podían dejar de dar gusto general a todo el mundo_. ¡Pobre Don Quijote, ya querían hacerte monopolio de un bando y solaz a él sólo reservado! ¡Lo que se le ocurre a un catalán, aunque sea bandolero!

CAPÍTULOS LXI, LXII Y LXIII

De lo que le sucedió a Don Quijote en la entrada de Barcelona, con otras cosas que tienen más de lo verdadero que de lo discreto.

A los tres días _por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas partieron Roque, Don Quijote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona_, a cuya playa llegaron la víspera de San Juan en la noche, y allí se les despidió Roque dejando diez escudos a Sancho.

Ya tenemos en ciudad a Don Quijote y nada menos que en la grande y florida ciudad condal de Barcelona, _archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades y en sitio y belleza única_ como más adelante, en el cap. LXXII la llama el historiador. Allí, al rayar del día, apacentó en el mar su vista, pareciéndole espaciosísimo y largo, vió las galeras y se halló de fiesta. Y vino la burla ciudadana de los amigos de Roque, que rodeando a Don Quijote, al son de chirimías y atabales, le llevaron a la ciudad, donde los muchachos le hicieron ser derribado de Rocinante, poniendo a éste aliagas bajo el rabo.

Ya estás, mi señor Don Quijote, de hazme reir de una ciudad y de juguete de sus muchachos. ¿Por qué te saliste del campo y de sus caminos libres, único terreno propio de tu heroísmo? Allí, en Barcelona, le sacaron al balcón de una de las calles más principales de la ciudad _a vista de las gentes y de los muchachos que como a mona le miraban_, allí le pasearon por las calles, sobre un gran macho de paso llano, con un balandrán y a las espaldas un pergamino en que se leía: _éste es Don Quijote de la Mancha_, lo que traía consigo, con grande admiración del Caballero, que todos los muchachos, sin haberle jamás visto, le conocieran.

¡Pobre Don Quijote, paseado por la ciudad, con tu _ecce homo_ a espaldas! Ya estás convertido en curiosidad ciudadana. Y no faltó, un castellano por cierto, quien te llamase loco y te reprendiese tu locura. Y luego, en casa de D. Antonio Moreno, que le hospedaba, hubo sarao y le hicieron bailar hasta que tuvo que sentarse _en mitad de la sala, en el suelo, molido y quebrantado de tan bailador ejercicio_.

Esto supera ya en tristeza a cuanto desde el día malaventurado en que topó con los Duques le está ocurriendo. Le pasean por las calles, convertido en mona de los muchachos, y luego le hacen bailar. Tómanle de juguete, de trompo, de perinola y zarandillo. Ahora, ahora es, mi señor, cuando cuesta seguirte, ahora es cuando tus fieles han de poner su fe a prueba. «¡Que baile! ¡Que baile!»--es uno de los gritos de irrisión y burla con que escarnecen a los hombres las muchedumbres españolas. Y a ti, mi señor Don Quijote, te hicieron bailar en Barcelona, hasta molerte y quebrantarte.

Ser blanco de la ociosa curiosidad de las muchedumbres; oir que al pasar dicen junto a uno a media voz «¡ése! ¡ése!»; aguantas las miradas de los necios que le miran a uno porque se le trae y se le lleva en los papeles públicos y luego persuadirte de que no conoce tu obra esa gente como no conocían las hazañas de Don Quijote y menos aún su espíritu heroico los chicuelos que por las calles de Barcelona le aclamaban, y de que no eres sino un nombre para ellos; ¿sabéis lo que es esto? ¿Sabéis lo que es eso de que se conozca sólo vuestro nombre y de que os conozcan en dondequiera mientras en dondequiera no saben lo que habéis hecho? Pudiera muy bien suceder que estos mis comentarios a la vida de mi señor Don Quijote provocaran en esta nuestra España, como han provocado algunos otros trabajos míos, discusiones y vocerío; pues bien; os aseguro desde ahora que los más furiosos en vocear por ellos no los habrán leído. Y sin embargo, es tan miserable el hombre, que prefiere el nombre sin la obra a la obra sin el nombre, quiere más dejar su efigie acuñada en cobre a dejar oro puro de su espíritu, pero de donde se borren la efigie y la leyenda.

Allí, en la industriosa ciudad de Barcelona, le enseñaron, ¿qué sino curiosidades de industria? Allí vió y oyó a la cabeza encantada; allí visitó el taller de imprimir. _Sucedió, pues, que yendo por una calle alzó los ojos Don Quijote y vió escrito sobre una puerta con letras muy grandes_: AQUÍ SE IMPRIMEN LIBROS; _de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto emprenta alguna y deseaba saber cómo fuese_. Curiosidad naturalísima en quien buscó en libros bálsamo al demasiado amor y fué por libros llevado a meterse en las azarosas andanzas de su carrera de gloria. Figuraos al hidalgo cincuentón que allá, en su lugarejo manchego, había alimentado con lecturas su soledad, para quien más que para otro cualquiera fueron los libros fieles amigos, y comprenderéis con qué ánimo entraría en la imprenta. En la cual se portó como discreto, y manifestó que sabía algún tanto del toscano y se preciaba de cantar algunas estancias del Ariosto. Y hasta allí dejó asomar ciertas puntas y ribetes de ironía a cuenta de los traductores y las traducciones.

Este y otros pasajes especialmente literarios de nuestra historia, son de los que más suelen citar esos que se llaman a sí mismos cervantistas, pero la verdad es que ello apenas lo merece. Son tiquismiquis y minucias de los del oficio, que a los demás les debe tener sin cuidado. Bien está que los escritores nos cuidemos de la hechura de nuestros trabajos y le demos vueltas y más vueltas al lenguaje y al estilo, pero de esto nada se le da al que nos lee. Bien está el que un escritor teja sus párrafos, y luego los desmote, perche, lustre, tunda y prense para cortarlos y coserlos luego y hacer así traje a su pensamiento, mas sea para provecho del que le haya de leer. Yo mismo, en estas páginas, confieso que a las veces he zuñido y bruñido mi discurso, mas en lo que todo sobre todo he puesto ahinco es en sacar a ras de lengua escrita voces de la lengua corrientemente hablada, en desentoñar y desentrañar palabras que chorrean vida según corren frescas y rozagantes de boca en oído y de oído en boca de los buenos lugareños de tierras de Castilla y de León. Hay que flexibilizar y enriquecer el rígido y escueto castellano, dicen allende los mares. Sin duda hay que darle más soltura y más riqueza, pero es a la lengua enteca y enclavijada de los periódicos y de los cafés. Mas para ello no es menester acudir fuera y tomar de prestado voces y giros de otros idiomas; basta remejerle los entresijos al mismo romance castellano. Cada uno ha de engordar de sí mismo.

Otros vienen y nos dicen que no, sino que lo necesario y apremiante es podar nuestra lengua y recortarla y darla precisión y fijeza. Dicen los tales que padece de maraña y de braveza montesina nuestra lengua, que por dondequiera le asoman y apuntan ramas viciosas, y nos la quieren dejar como arbolito de jardín, como boje enjaulado. Así, añaden, ganará en claridad y en lógica. ¿Pero es que vamos a escribir algún _Discurso del método_ con ella? ¡Al demonio la lógica y la claridad ésas! Quédense los tales recortes y podas y redondeos para lenguas en que haya de encarnar la lógica del raciocinio raciocinante, pero la nuestra ¿no debe ser acaso ante todo y sobre todo instrumento de pasión y envoltura de quijotescos anhelos conquistadores?

Y en eso mismo de claridad habría que entenderse, pues hay quien aspira a que le den las ideas mascadas, ensalivadas y hechas bolo engullible para no tener que pasar otro trabajo sino el de tragarlas, o mejor aún que se las empapicen.

CAPÍTULO LXIV

Que trata de la aventura que más pesadumbre dió a Don Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido.

Y allí, en Barcelona, dieron fin las malandanzas caballerescas de nuestro Don Quijote; allí fué vencido por el Caballero de la Blanca Luna. Hízose éste el encontradizo, le buscó quimera por precedencia de hermosura de sus respectivas damas, le derribó y le pidió confesase las condiciones del desafío. Y el gran Don Quijote, el inquebrantable Caballero de la Fe, el heroico loco, molido y aturdido y _como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma dijo: Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado Caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad; aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra_.

Ved aquí cómo cuando es vencido el invicto Caballero de la Fe, es el amor lo que en él vence. Esas sublimes palabras del vencimiento de Don Quijote son el grito sublime de la victoria del Amor. Él se había entregado a Dulcinea, mas sin pretender que por eso se le entregase Dulcinea, y así su derrota en nada empañaba la hermosura de la dama. Él la había hecho, cierto es, él la había hecho en puro fe, él la había creado con el fuego de su pasión; pero una vez creada, ella era ella y de ella recibía su vida él. Yo forjo con mi fe, y contra todos, mi verdad, pero luego de así forjada ella, mi verdad se valdrá y sostendrá sola y me sobrevivirá y viviré yo de ella.

¡Oh, mi Don Quijote, y cuán a dos dedos de tu salvación eterna estás, pues curado ya de la presunción, no hablas de la fortaleza de tu brazo, sino que confiesas tu flaqueza! Y ¡cómo se te viene encima la luz purificadora de la muerte próxima! ¡Como de dentro de una tumba hablas; como de dentro de la tumba del mundo que se burla de los héroes y los pasea por las calles con su pergamino a la espalda! Y vencido y maltrecho y triste y afligido y conociendo tu flaqueza, aún proclamas a Dulcinea del Toboso la más hermosa mujer del mundo. ¡Oh generoso Caballero! Tú no eres como esos que buscando la Gloria cuando se ven por ella desdeñados, la niegan y la denigran y la motejan de vana y aun dañosa; tú no eres de los que culpan a la Gloria de sus propias flaquezas y de no haber podido conquistarla; tú vencido y maltrecho prefieres la muerte a renegar de la que te metió en tu carrera de heroísmo.

Y es porque tienes fe en ella, en tu Dulcinea, sientes que cuando pareciendo abandonarte, deja que te venzan, es para luego ceñirte entre sus temblorosos brazos con hambriento cariño, y apretarte a su pecho encendido hasta que sean un parejo golpear el de su corazón y el del tuyo, y pegar a tu boca su boca, respirando de tu aliento y de su aliento tú y quedar así las dos bocas prendidas para siempre en un beso inacabable de gloria y de amor eternos. Te deja ser vencido para que comprendas que no a la fortaleza de tu brazo, sino al amor que la tuviste debes tu vida eterna. Tú la amaste, invicto Caballero de la Fe, con el amor más esmerado y grande, con amor que se alimentaba de sus desdenes y rechazos. No por haberle visto trasformada en zafia labradora se te amenguó el denodado ánimo ni pregonaste el vanidad de vanidades y todo vanidad, del sabio rey podrido por los hartazgos. Al ser vencido tu grito de triunfo, invicto Caballero, fué proclamar la hermosura sin par de Dulcinea.

Así a nosotros, tus fieles, cuando más vencidos estemos, cuando el mundo nos aplaste y nos estruje el corazón la vida y se nos derritan las esperanzas todas, danos alma, Caballero, danos alma y coraje para gritar desde el fondo de nuestra nadería: ¡plenitud de plenitudes y todo plenitud! ¿Que yo muero en mi demanda? Pues así se hará ésta más grande con mi muerte. ¿Que peleando en pro de mi verdad, me vencen? ¡No importa! No importa, pues ella vivirá y viviendo ella os mostrará que no depende de mí, sino yo de ella.

No es éste mi yo deleznable y caduco; no es éste mi yo que come de la tierra y al que la tierra comerá un día, el que tiene que vencer; no es éste sino que es mi verdad, mi yo eterno, mi padrón y modelo desde antes de antes y hasta después de después; es la idea que de mí tiene Dios, Conciencia del Universo. Y esta mi divina idea, esta mi Dulcinea, se engrandece y se sobrehermosea con mi vencimiento y muerte. Todo tu problema es éste: si has de empañar esa tu idea y borrarla y hacer que Dios te olvide, o si has de sacrificarte a ella y hacer que ella sobrenade y viva para siempre en la eterna e infinita Conciencia del Universo. O Dios o el olvido.

Si por guardar tu mecha apagas tu luz; si por ahorrar tu vida malgastas tu idea. Dios no se acordará de ti, anegándote en su olvido como en perdón supremo. Y no hay otro infierno que éste; el que nos olvide Dios, y volvamos a la in conciencia de que surgimos. «¡Señor, acuérdate de mí!» digamos con el bandolero que moría junto a Jesús (Luc., XXIII, 42). Señor, acuérdate de mí y que mi vida toda sea una vivificación de mi idea divina, y si la empañare, si la sepultara en mi carne, si la deshiciera en este mi yo caduco y terreno, entonces ¡ay de mí, Señor, porque me perdonarías olvidándome! Si aspiro a Ti, viviré en Ti; si de Ti me aparto, iré a dar en lo que no es tuyo, en lo único que fuera de Ti cabe: en la nada.

Y el vencedor de Don Quijote, el de la Blanca Luna, a quien también sacó del sosiego aldeano el amor a Dulcinea, no mata al Caballero, sino que exclama: _¡viva, viva en su entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso!_ y se contenta con pedirle al vencido que se retire a su lugar mientras él le mande... ¡que se retire a bien morir! Sansón Carrasco, el bachiller por Salamanca, que no era otro el de la Blanca Luna, fué también en busca de gloria y para que la fama lleve su nombre con el de Don Quijote. ¿Y no fué acaso también para merecer a los ojos de aquella andaluza Casilda, de que se enamoró en las callejas de la dorada ciudad del Tormes.

Y Sancho, el fiel Sancho, _todo triste, todo apesarado, no sabía qué hacerse ni decirse; parecíale que todo aquel suceso pasaba en sueños y que toda aquella máquina era cosa de encantamento. Veía a su señor rendido y obligado a no tomar armas en un año; imaginaba la luz de la gloria de sus hazañas oscurecida, las esperanzas de sus nuevas promesas deshechas como se deshace el humo con el viento._

Parémonos a considerar este fin de la gloriosa carrera de Don Quijote y cómo fué en Barcelona vencido, y vencido por su convecino el bachiller Sansón Carrasco. Y aquí, mi señor Don Quijote, he de confesarte una mi pasada bellaquería.

Hace algunos años que en un semanario que en esta nuestra España alcanzó autoridad y renombre, lancé contra ti, generoso hidalgo, este grito de guerra: ¡Muera Don Quijote! Resonó el grito, sobre todo en esa Barcelona donde fuiste vencido, y donde me lo tradujeron al catalán, resonó el grito y tuvo eco y me lo corearon y aplaudieron muchos. Pedí que murieras para que resucitara en ti Alonso el Bueno, el enamorado de Aldonza, como si su bondad se hubiera nunca mostrado más espléndida que en tus locas hazañas. Y hoy te confieso, señor mío, que aquel mi grito que tanto gusto dió en esa Barcelona donde fuiste vencido y donde me lo tradujeron al catalán, fué un grito que me lo inspiró tu vencedor Sansón Carrasco, bachiller por Salamanca. Porque si es en esa Barcelona, faro y como centro de la nueva vida industrial de España, si es en esa ciudad donde más se grita contra el quijotismo, es el espíritu bachilleresco, espíritu de socarronería y de envidia el que lo anima. Fuiste, sí, vencido en Barcelona, pero lo fuiste por un manchego bachiller por Salamanca. Es, sí, en Barcelona donde más se denigra tu espíritu, pero es lo bajo del espíritu bachilleresco manchego y salmantino lo que a esas denigraciones les lleva. Porque allí, en Barcelona, es donde vence el bachiller Sansón Carrasco.