Vida de Don Quijote y Sancho

Part 22

Chapter 224,366 wordsPublic domain

«No quiero meterme a estudiar patología--me decía un cobarde--ni aun quiero saber hacia dónde me cae el hígado ni para qué sirve, pues si me pongo a ello, llego a creer que padezco de la enfermedad cuya descripción acabo de leer. Ahí está el médico, cuyo oficio es curarme y para lo cual le pago; descargo en él mi responsabilidad, y si me mata, allá por su cuenta; moriré, al menos, sin aprensiones ni cuidados. Y lo mismo tengo al cura. No quiero meterme a pensar en mi origen ni en mi destino, de dónde vengo y adónde voy, y si hay o no Dios y cómo sea, y si hay o no otra vida y en qué consista; eso no sirve mas que para dar quebraderos de cabeza y robarme el tiempo y la energía que necesito para ganar el pan de mis hijos. Ahí está el cura, y pues tal es su oficio, averigüe él lo que haya, dígame misa y absuélvame cuando al ir a morirme confiese mis pecados. Y si se engaña y me engaña, allá él por su cuenta. Él responderá de sí; para mí en el creer no hay engaño».

¡Qué falta nos estás haciendo, pastor Quijotiz, para arremeter con tus conceptos dictados por el amor a lanzadas magnánimas de luz, contra esta mentira apestosa y libertar a los pobres galeotes del espíritu! Aunque luego te apedreen, que te apedrearán, de seguro, si les rompes las cadenas de la cobardía que les tienen presos; te apedrearán.

Te apedrearán. Los galeotes espirituales apedrean al que les rompe las cadenas que les agarrotan. Y precisamente por esto, porque ha de ser uno apedreado por ellos, es por lo que hay que libertarlos. El primer uso que de su libertad hacen es apedrear al libertador.

El más acendrado beneficio es el que se hace al que no nos lo reconoce por tal; la mayor caridad que puedes rendir a tu prójimo no es aplacarle deseos ni remediarle necesidades, sino encenderle aquéllos y crearle éstas. Libértale, y luego que te apedree por haberle libertado y ejercite así sus brazos libres, empezará a desear la libertad.

Te apedrearán porque se verán perdidos. Y dirán: ¿libertad?, bien, ¿y qué hago yo con esto? Un galeote, amigo mío, a quien me dedicaba yo a limarle las cadenas espirituales y sembrar inquietudes y dudas en su alma, me dijo un día: «mira, déjame en paz y no me molestes; así vivo bien ¿para qué tribulaciones y congojas? Si yo no creyera en el infierno sería un criminal». Y le contesté: «no, seguirías siendo como eres y haciendo lo que haces y no haciendo lo que hoy no haces, y si así no fuera y dieses en criminal entonces, es que lo eres también ahora». Y me replicó: «necesito una razón para ser bueno; un fundamento objetivo sobre que basar mi conducta; necesito saber por qué es malo lo que a mi conciencia repugna». Y le contrarrepliqué: «lo es porque repugna a tu conciencia, en la que vive Dios». Y volvió a replicarme: «no quiero encontrarme en medio del Océano, como un náufrago, ahogándome, perdido y sin tener una tabla a que agarrarme». Y volví a contrarreplicarle: «¿tabla? La tabla soy yo mismo; no la necesito, porque floto en ese Océano de que hablas, y que no es sino Dios. El hombre flota en Dios sin necesidad de tabla alguna, y lo único que yo deseo es quitarte la tabla, dejarte solo, infundirte aliento y que sientas que flotas. ¿Fundamento objetivo, dices? ¿Y qué es eso? ¿Quieres más objeto de ti que tú mismo? Hay que echar a los hombres en medio del Océano y quitarles toda tabla, y que aprendan a ser hombres, a flotar. Tienes tan poca confianza en Dios, que estando en Él, en quien vivimos, nos movemos y somos (Hechos, XVII, 28), ¿necesitas tabla a que agarrarte? Él te sostendrá, sin tabla. Y si te hundes en Él ¿qué importa? Esas congojas y tribulaciones y dudas que tanto temes son el principio del ahogo, son las aguas vivas y eternas que te echan el aire de la tranquilidad aparencial en que estás muriendo hora tras hora; déjate ahogar, déjate ir al fondo y perder sentido y quedar como una esponja, que luego volverás a la sobrehaz de las aguas donde te veas y te toques y te sientas dentro del Océano». «Sí, muerto»--me dijo. «No, resucitado y más vivo que nunca»--le dije. Y el pobrecito de mi amigo el galeote se me escapó lleno de miedo de sí mismo. Y luego me ha apedreado, y al sentir sus pedradas sobre el yelmo de Mambrino con que me cubro la cabeza, he dicho en mi corazón: ¡Gracias, Dios mío, porque has hecho que no cayeran mis palabras en el espíritu de mi amigo como en pelada roca, sino que prendieran en él!

¡Si les oyeses, mi pastor Quijotiz, hablar de su fe y de sus creencias a los galeotes del espíritu!... ¡Si oyeras, mi buen pastor, hablar de ello a sus pastores!... Uno de estos pastores he conocido para quien la virtud de los silbos con que llamaba a sus ovejas, la verdad de la doctrina en que les adoctrinaba y sin acatar la cual les negaba salud eterna, estribaba ¡figúrate, en que era castiza, en que era la más española! Para él la herejía no era sino una traición a la patria. Y conozco un perro de pastor, un ladrador de nuestras glorias patrias y guardián de nuestras tradiciones, para quien la religión no es mas que un género literario, tal vez una rama de las humanidades y a lo sumo una de las bellas artes. Contra estos miserables haces falta, mi pastor Quijotiz, para limpiar con tus cantos toda esa asquerosa cotena del espíritu e infundirnos a todos valor para que nos hundamos en la cueva de Montesinos y miremos allí cara a cara las visiones que se nos presenten.

Se comprende bien que los jesuitas, remachadores de cadenas de galeotes, te guarden ojeriza, mi Don Quijote, y quemen con algazara el libro de tu historia, según nos asegura que alguna vez lo han hecho, uno que rompió las cadenas de la Orden, el ex jesuita autor de UN BARRIDO HACIA FUERA EN LA COMPAÑÍA DE JESÚS.

¡Ven, pastor Quijotiz, a pastorearnos y cantar los conceptos que el amor te inspire!

CAPÍTULO LXVIII

De la cerdosa aventura que le aconteció a Don Quijote.

Y a poco de haber hecho Don Quijote esos propósitos de pastoreo, llegó una piara de más de seiscientos puercos, y pasaron sobre él. Por pena de su pecado tuvo aquella afrenta el Caballero, mas no le acongojó tanto que no le dejase componer aquel madrigalete en que decía, entre otras cosas, lo de:

_Así el vivir me mata Que la muerte me torna a dar la vida. ¡Oh condición no oída La que conmigo muerte y vida trata!_

¡Maravillosa sentencia en que se declara lo más íntimo del espíritu quijotesco! Y ved cómo cuando Don Quijote llegó a expresar lo más recóndito, lo más profundo, lo más entrañable de su locura de gloria, lo hizo en verso, y después de vencido y después de pisoteado por piara de cerdos. El verso es, sin duda, el lenguaje natural de lo profundo del espíritu; en verso compendiaron San Juan de la Cruz y Santa Teresa lo más íntimo de sus sentires. Y así Don Quijote fué en verso como llegó a descubrir los abismos de su locura, que el vivir le mataba y la muerte tornaría a darle vida, que su anhelo era anhelo de vida inacabable y eterna, de vida en la muerte, de perdurable vida.

_Así el vivir me mata Que la muerte me torna a dar la vida._

Sí, Don Quijote mío, la muerte tornó a darte vida y vida imperecedera. El vivir nos mata. Ya lo dijo tu hermana Teresa de Jesús, cuando cantó:

Sácame de aquesta muerte Mi Dios y dame la vida; No me tengas impedida En este lazo tan fuerte; Miro que muero por verte Y vivir sin Ti no puedo, Que muero porque no muero.

CAPÍTULO LXIX

Del más raro y más nuevo suceso que en todo el discurso desta grande historia avino a Don Quijote.

Cantando el madrigalete Don Quijote y durmiendo la vida Sancho, les llegó el nuevo día, y al declinar de la tarde de éste la última burla de los Duques. Y fué que les rodearon hasta diez hombres de a caballo y cuatro o cinco de a pie y entre denuestos e improperios los llevaron al castillo de los Duques. Y allí se encontraron sobre un túmulo, con el cuerpo muerto de Altisidora, para resucitar a la cual mandó Radamante que sellaran el rostro de Sancho con veinticuatro mamonas y doce pellizcos, y seis alfilerazos en brazos y lomos. Y a pesar de su resistencia hiciéronle así seis dueñas y resucitó Altisidora. Y viendo Don Quijote la virtud que el cielo puso en el cuerpo de Sancho, pidióle de rodillas el que entonces, teniendo sazonada semejante virtud, se diera algunos azotes para desencantar a Dulcinea.

Y lo cierto es, a pesar de las torpes burlas de los Duques, que el cuerpo de Sancho tiene virtud para desencantar y resucitar doncellas. Del cuerpo de Sancho se alimentan los Duques y sus lacayos y sus doncellas; del cuerpo de Sancho, en última instancia, procede el que Dulcinea pueda llevar a sus favoritos al templo de la eternidad de la fama. Sancho se azota con el trabajo para que puedan otros, libres de él, enamorar a Dulcinea; los azotes de Sancho hacen al héroe héroe y a su cantor cantor celebrado, y al santo santo y al poderoso poderoso.

Aquí dice el historiador una verdad como un templo, cual es _que tiene para sí ser tan locos los burladores como los burlados, y que no estaban los Duques a dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahinco ponían en burlarse de dos tontos_... Alto aquí, que ni a Don Quijote ni a Sancho puede llamárseles tontos y sí a los Duques, que lo eran y de remate y capirote, y tontos, como todos los tontos suelen serlo, maliciosos y bellacos. No hay, en efecto, tonto bueno; el tonto, y más si es amigo de burlas, rumia el pasto amargo de la envidia. En el fondo no perdonaban los Duques a Don Quijote el renombre por éste adquirido y aspiraban a unir su nombre al nombre inmortal del Caballero. Pero bien los castigó el sabio historiador pasando en silencio sus nombres, con lo cual no lograron su propósito. En _los Duques_ a secas se quedarán, y como cifra y compendio de Duques sandios y mal intencionados.

Poco después de la resurrección de Altisidora, entró esta desenvueltísima doncella en el aposento de Don Quijote, y en la plática que allí tuvieron dijo el Caballero aquellas memorables palabras de _no hay otro yo en el mundo_, sentencia hermana melliza de aquella otra de: _¡yo sé quién soy!_

¡No hay otro yo en el mundo! He aquí una sentencia que deberíamos no olvidar nunca, y sobre todo cuando al acongojarnos por tener que desaparecer un día, nos vengan con la ridícula monserga de que somos un átomo en el Universo y que sin nosotros siguen los astros su curso y que el Bien ha de realizarse hasta sin nuestro concurso y que es soberbia imaginar que toda esta inmensa fábrica se hizo para nuestra salud. ¡No hay otro yo en el mundo! Cada uno de nosotros es único e insustituíble.

¡No hay otro yo en el mundo! Cada cual de nosotros es absoluto. Si hay un Dios que ha hecho y conserva el mundo, lo ha hecho y lo conserva para mí! ¡No hay otro yo! Los habrá mayores y menores, mejores y peores, pero no otro yo. Yo soy algo enteramente nuevo; en mí se resume una eternidad de pasado y de mí arranca una eternidad de porvenir. ¡No hay otro yo! Esta es la única base sólida del amor entre los hombres, porque tampoco hay otro tú que tú, ni otro él que él.

Prosiguió la plática y en ella mostró la liviana Altisidora que aun en burlas y todo, le dolía el desvío de Don Quijote. Imposible es que una doncella finja en chanzas enamorarse y no lleve a mal el que no se la corresponda en veras. Y fué tal su irritación por no haber logrado esto, que llamando a Don Quijote _don vencido y don molido a palos_, le declaró que lo de la resurrección había sido una burla.

Este rasgo debía bastar para convencernos de cuán real y verdadera es la historia que estoy explicando y comentando, porque esto de acabar por tomar en veras las burlas la desdeñada doncella, es de las cosas que no se inventan ni pueden inventarse. Y tengo para mí que si Don Quijote flaquea y cede y la requiere, se le entrega ella en cuerpo y alma, aunque sólo fuera para poder decir luego que fué poseída por un loco cuya fama llenaba el mundo entero. Todo el mal de aquella doncella nacía de ociosidad, según declaró a los Duques el mismo Don Quijote. Sin duda, pero falta saber de qué género de ociosidad nacía su mal.

CAPÍTULO LXXI

De lo que a Don Quijote le sucedió con su escudero Sancho yendo a su aldea.

Salieron amo y escudero de casa de los Duques y reanudaron camino de su aldea. Y yendo de camino ofreció Don Quijote a Sancho pagarle los azotes, _a cuyos ofrecimientos abrió Sancho los ojos y las orejas de un palmo, y dió consentimiento en su corazón a azotarse de buena gana_, pues el amor de sus hijos y de su mujer le hacía mostrarse interesado, según declaró él mismo. Estimólos Sancho en ochocientos veinticinco reales, y Don Quijote exclamó: _¡Oh Sancho bendito! ¡oh Sancho amable! y cuán obligados hemos de quedar Dulcinea y yo a servirte todos los días que el cielo nos diere de vida!_ Y llegada la noche se retiró Sancho entre unos árboles y _haciendo del cabestro y de la jáquima del rucio un poderoso y flexible azote_, desnudóse de medio cuerpo arriba, _comenzó a darse y comenzó Don Quijote a contar los azotes_. A los seis u ocho pidió Sancho aumento de precio y se lo dobló su amo, _pero el socarrón dejó de dárselos en las espaldas, y daba en los árboles, on unos suspiros de cuando en cuando, que parecía que con cada uno de ellos se le arrancaba el alma_.

Mira, Sancho, esto que a cuenta de tus azotes pasó entre tu amo y tú, es un perfecto símbolo de lo que en tu vida pasa. Ya te dije que de tus azotes vivimos todos, incluso los que filosofamos sobre ellos o los ponemos en coplas. Tiempo hay en que se te quiere obligar por la fuerza a que te azotes, y se te esclaviza, pero llega día en que haces lo que hiciste con tu amo y señor natural Don Quijote, y es desmandarte contra quien te quiere forzar a que te azotes y poner tu rodilla sobre su pecho y exclamar: _¡mi amo soy yo!_ Y entonces se cambia de táctica y se te ofrece pagarte los azotes, lo cual es un nuevo engaño, pues que de ellos sale también la paga que por ellos te dan. Y tú, pobre Sancho, movido del amor a tus hijos y a tu mujer, accedes y te dispones a azotarte. Pero ¿cómo has de hacerlo con voluntad y de veras, si no estás persuadido del valer de tus azotes? Das seis u ocho en tu cuerpo y los tres mil doscientos noventa y dos restantes en los árboles y lo más de tu trabajo se pierde. Lo más del trabajo humano se pierde, y es natural que así sea, porque ¿con qué devoción va a pulir joyas un infeliz que las pule para ganarse el pan mas sin estar persuadido del valor social de las tales joyas? ¿con qué ahinco hará juguetes para los hijos de los ricos el que haciéndolos saca el pan para los suyos, que no tienen con qué jugar?

Trabajo de Sísifo es lo más del trabajo humano y el pueblo no tiene conciencia de que es sólo un pretexto para que le den jornal, y no como cosa suya, sino como algo ajeno que le hacen la merced de dejárselo ganar. El toque está en que reciba Sancho su salario como cosa que no le pertenece sino en virtud de los azotes que se hubiera dado y porque le han hecho la merced de proporcionarle azotina, y para sostener y perpetuar la mentira del derecho de propiedad y del acaparamiento de la tierra por los poderosos, se inventan azotes, por absurdos que ellos sean. Y así se azota Sancho con el mismo empeño con que desenchinarran calles esos desgraciados a los que en los meses de invierno, cuando escasean azotes, les mandan los Municipios a desenchinarrar calles para volverlas a enchinarrar y con ello justificar la limosna vergonzante que se les reparte.

Tela de Penélope y tonel de las Danaides es lo más de tu azotina, Sancho; el caso es que te cueste ganarte el pan y que tengas que agradecérselo a los que te proporcionan azotes, y que reconozcas que te pagan de lo suyo y no pongas tu pie en sus hanegas de sembradura como en su pecho pusiste la rodilla. Haces, pues, muy bien en desollar los árboles a jaquimazos, pues lo mismo te han de pagar, ya que te pagan no porque te azotes, sino por que no te rebeles. Haces muy bien, pero harías mejor si volvieras la jáquima alguna vez contra tus amos y los azotaras a ellos y no a los árboles y los echaras a azotes de sus hanegas de sembradura, o que las aren y siembren ellos contigo y como cosa de los dos.

CAPÍTULOS LXXII Y LXXIII

De cómo Don Quijote y Sancho llegaron a su aldea.

Prosiguiendo su camino, se encontraron en el mesón con D. Álvaro Tarfe; a los dos días acabó con sus azotes Sancho y a poco divisaron la aldea. Entraron en ella y en sus casas. Y al declarar Don Quijote al cura y al bachiller su propósito de que se hicieran pastores, descubrió Carrasco su mal, la locura pegada por Don Quijote y que le llevó a vencer a éste, al decir lo de _como ya todo el mundo sabe, yo soy celebérrimo poeta_. ¿No os dije que el bachiller estaba tocado de la misma locura del hidalgo? ¿No había acaso soñado entre las doradas piedras de Salamanca, sueño de no morir?

Acudió el ama al oir lo de los pastores a aconsejar a su amo y le dijo: _estése en su casa, atienda a su hacienda, confiese a menudo, favorezca a los pobres y sobre mi ánima si mal le fuere_.

Esta buena ama habla poco, pero cuando rompe a hablar se vacía en pocas palabras. ¡Y qué bien discurre! ¡con cuánto seso! Lo que aconsejó a su amo es lo que nos aconsejan los que dicen querernos bien.

¡Querernos bien!... ¡querernos bien!... ¡Ay cariño, cariño, y qué miedo te tengo! Así que oigo a un amigo lo de «yo te quiero bien» o «haga caso de los que bien le queremos» me echo a temblar. Los que me quieren bien... ¿y quiénes me quieren bien? Los que quieren que sea como ellos quieren para quererme. ¡Ay Cariño, cariño, terrible cariño que nos lleva a buscar en el querido el que de él hicimos! ¿Quién me quiere como soy? Tú, Tú sólo, Dios mío, que queriéndome me creas de continuo, pues es mi existencia misma obra de tu eterno amor.

_Estése en su casa_... ¿Y por qué he de estarme en casa? Estése cada uno en la suya y no habrá Dios que esté en la de todos.

_Atienda a su hacienda_... ¿Y cuál es mi hacienda? Mi hacienda es mi gloria.

_Confiese a menudo_... Mi vida y mi obra son una confesión perpetua. Desgraciado del hombre que tiene que recogerse a tiempos y lugares para confesarse. Eso de la confesión de que habla el ama de Don Quijote ¿no nos educa acaso a ser reservados y chismosos a la vez?

_Favorezca a los pobres_... Sí, pero a los verdaderos pobres, a los pobres de espíritu y no con el favor que ellos piden, sino con el que necesitan.

Mira, lector, aunque no te conozco te quiero tanto que si pudiese tenerte en mis manos te abriría el pecho y en el cogollo del corazón te rasgaría una llaga y te pondría allí vinagre y sal para que no pudieses descansar nunca y vivieras en perpetua zozobra y en anhelo inacabable. Si no he logrado desasosegarte con mi Quijote es, créemelo bien, por mi torpeza y porque este muerto papel en que escribo ni grita, ni chilla, ni suspira, ni llora, porque no se hizo el lenguaje para qué tú y yo nos entendiéramos.

Y ahora vamos a asistir a bien morir a Don Quijote.

CAPÍTULO LXXIV

De cómo Don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte.

Dió el alma a quien se la dió, El Cual la ponga en el cielo y en su gloria, y aunque la vida murió, nos dejó harto consuelo su memoria.

(Final de las coplas que Jorge Manrique compuso a la muerte de su padre D. Rodrigo Manrique, gran maestre de Santiago.)

Llegamos al cabo, oh lector, al remate de esta lastimosa historia; a la coronación de la vida de Don Quijote, o sea a su muerte. Pues toda vida se corona y completa en muerte y a la luz de la muerte es como hay que mirar la vida. Y tan es así, que aquella antigua máxima que dice «cual fué la vida tal será la muerte»--_sicut vita finis ita_--habrá que cambiarla diciendo «cual es la muerte, tal fué la vida». Una muerte buena y gloriosa abona y glorifica la vida toda, por mala e infame que ésta hubiese sido, y una muerte mala malea la vida al parecer más buena. En la muerte se revela el misterio de la vida, su secreto fondo. En la muerte de Don Quijote se reveló el misterio de su vida quijotesca.

Seis días estuvo encamado con calentura, desahucióle el médico, quedóse solo y durmió más de seis horas de un tirón. _Despertó al cabo del tiempo dicho, y dando una gran voz dijo: Bendito sea el poderoso Dios que tanto bien me ha hecho. En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres._ ¡Piadosísimas palabras! Preguntóle la sobrina qué le pasaba y respondió: _Las misericordias, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de caballerías. Yo conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; quería hacerla de tal modo que diese a entender que no había sido mi vida tan mala que dejase renombre de loco: que puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte._

¡Pobre Don Quijote! A lindero de morir y a la luz de la muerte confiesa y declara que no fué su vida sino sueño de locura. ¡La vida es sueño! Tal es, en resolución última, la verdad a que con su muerte llega Don Quijote y en ella se encuentra con su hermano Segismundo.

Mas todavía lamenta no poder leer otros libros, que sean luz del alma. ¿Libros? ¿Pero es, noble hidalgo, que no estás desengañado ya de ellos? Libros te metieron a caballero andante, libros te llevaban a ser pastor; ¿y si esos libros que sean luz del alma te meten en otras, aunque nuevas caballerías? ¿Será cosa de recordar aquí, una vez más, a Íñigo de Loyola en cama, herido, en Pamplona, pidiendo le llevasen libros de caballerías para matar con ellos el tiempo y dándole la vida de Cristo Nuestro Señor y el FLOS SANCTORUM, los que le empujaron a meterse a ser caballero andante a lo divino?

Llamó Don Quijote a sus buenos amigos el cura, el bachiller Sansón Carrasco y a Maese Nicolás el barbero, y pidió confesarse y hacer testamento. Y apenas vió entrar a los tres les dijo: _dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy Don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de bueno_. Pocos días hace que hablando con D. Álvaro de Tarfe y al llamarle éste bueno, le dijo: _yo no sé si soy bueno, pero sé decir que no soy el malo_, tal vez recordando aquello del Evangelio: «¿por qué me llamas bueno? Ninguno es bueno sino uno: Dios» (Mat., XIX, 17) y ahora a pique de morir y por la luz de la muerte alumbrado, dice que sus costumbres le dieron _renombre de bueno_. ¡Renombre! ¡renombre! y ¡cuán dura de arrancar es, Don Quijote mío, la raíz de la locura de tu vida! ¡Renombre de bueno! ¡renombre!

Siguió disertando piadosamente, abominó de Amadís de Gaula y _de toda la infinita caterva de su linaje_, y al oirle creyeron los tres _que alguna nueva locura le había tomado_. Y así era en verdad, que le tomó la última locura, la no curadera, la de la muerte. La vida es sueño, de cierto, pero dinos, desventurado Don Quijote, tú que despertaste del sueño de tu locura para morir abominando de ella, dinos, ¿no es sueño también la muerte? ¡Ah, y si fuera sueño eterno y sueño sin ensueños ni despertar, entonces, querido Caballero, en qué más valía la cordura de tu muerte que la locura de tu vida? Si es la muerte sueño, Don Quijote mío, ¿por qué han de ser molinos los gigantes, carneros los ejércitos, zafia labradora Dulcinea y burladores los hombres? Si es la muerte sueño, locura y sólo honda locura fué tu anhelo de inmortalidad.