Una historia de dos ciudades

Part 33

Chapter 334,050 wordsPublic domain

--No lo sé... Un capricho, quizá, pero prefiero no llevarlo. Tome también el papel que el doctor Manette llevaba en su bolsillo, y que es otro certificado análogo, un salvo conducto para que él, su hija y su nieta, puedan franquear la Barrera y la frontera en cualquier momento. ¿Lo ve usted?

--Sí.

--Probablemente se lo proporcionaría ayer, a fin de adoptar toda clase de precauciones contra la tormenta. ¿Qué fecha tiene? Pero no importa; no hay necesidad de tomar nota de ese dato. Lo esencial es que lo guarde usted juntamente con el mío y el de usted. Ahora bien; escuche con atención mis palabras, y no las olvide; hasta hace dos horas, no pasó por mi imaginación que pudieran necesitar ese papel, que hoy es firme y valedero, y lo será mientras no lo revoquen. Pero pueden revocarlo; y es más: motivos poderosos me hacen creer que lo revocarán muy pronto.

--¿Están en peligro?

--Están en peligro inminente. Están en peligro de ser denunciados por la tabernera Defarge; no me lo ha contado nadie; lo he escuchado yo de sus propios labios. Esta noche he sorprendido una conversación de esa mujer, y la conversación me ha hecho ver el peligro que a la familia del doctor amenaza. Desde que la oí, no he desperdiciado el tiempo, he visitado a mi espía, y mis impresiones primeras se han confirmado plenamente. Sabe aquél que un aserrador de leña, hechura de los Defarges, está pronto a declarar que _la_ ha visto (Carton no pronunciaba nunca el nombre de Lucía) haciendo señas a los prisioneros. No es difícil adivinar que sobran motivos para fundar sobre el hecho mencionado una acusación cualquiera, un complot contra la República, por ejemplo, cuya consecuencia sería la muerte de _ella_, quién sabe si también la de su hija... acaso hasta la de su padre, pues ambos han sido también vistos en el mismo sitio... No se asuste usted... que a todos los salvará usted.

--¡Quiéralo el Cielo, Carton! ¿pero cómo?

--Es lo que voy a decirle ahora mismo. Fío en usted, convencido de que no podría poner el asunto en mejores manos. La nueva delación no será formulada hasta que pase el día de mañana... probablemente la dejarán para dos o tres días después, y aun es más probable que la dilaten una semana. Sabe usted perfectamente que incurre en pena de muerte en este bendito país el que llora o simpatiza con una víctima de la guillotina. No cabe dudar que tanto _ella_ como su padre se harán reos del crimen mencionado, y desde luego aseguro que la tabernera, cuyo odio feroz llega a extremos inconcebibles, esperará hasta contar con armas que aumenten la fuerza de su denuncia y hagan doblemente seguro el resultado. ¿Va usted comprendiendo?

--Con tanta atención, y tan penetrado de la exactitud de lo que usted afirma, que hasta olvido momentáneamente esta desdicha--contestó extendiendo la diestra hacia la silla del doctor.

--No ha de encontrar dificultades usted, que dispone de dinero en abundancia, para ganar la costa utilizando los medios de locomoción más rápidos. Hace ya días que tiene usted ultimados sus preparativos para regresar a Inglaterra. Dé usted órdenes para que mañana tengan enganchados los caballos para emprender el viaje a las dos de la tarde.

--Lo estarán.

--¿No dije antes que era imposible poner el asunto en mejores manos? Tiene usted un corazón todo nobleza. Esta noche, dirá a _ella_ que conoce el peligro que se cierne sobre su cabeza, y que ese peligro puede envolver también a su hija y a su padre. Insista usted en este punto, pues de no hacerlo así, es probable que nada consiguiera, porque _ella_, sin inconveniente, antes bien llena de alegría, colocaría su hermosa cabeza junto a la de su marido, para que el mismo golpe hiciera rodar las de los dos. Insistiendo en el peligro que corre su hija y en el que amenaza a su padre, hágala usted ver la necesidad imperiosa de salir mañana a la hora indicada de París, con ellos y con usted. Dígala que es deseo de su marido, deseo expreso de cuyo cumplimiento depende mucho más de lo que ella puede suponer o esperar. ¿No le parece a usted que su padre, no obstante la lamentable condición de su espíritu, se someterá a los deseos de la hija?

--Estoy seguro de ello.

--Lo suponía. Sobre todo, téngalo todo dispuesto para la hora indicada. El coche preparado, enganchados los caballos y ustedes acomodados en sus asientos. En el momento que llegue yo, colóquenme en el coche, y en marcha.

--¿He de esperar su llegada de usted, suceda lo que suceda?

--Tiene usted en su poder mi salvoconducto, juntamente con los demás, salvoconducto que me da derecho a un asiento. Esperará usted hasta que ese asiento esté ocupado, y en cuanto lo esté, a Inglaterra lo más rápidamente posible.

--En ese caso--observó Lorry, dando un fuerte apretón de manos a Carton,--ya no depende todo de un pobre viejo, puesto que llevaré a mi lado a un joven ardiente y decidido.

--¡Con la ayuda de Dios, lo tendrá usted! Prométame ahora solemnemente que por nada del mundo alterará ni modificará nada de lo que hemos convenido.

--Nada, Carton; lo juro.

--Mañana, procure recordar con frecuencia estas palabras: «Una variación... una demora... sea la que sea la causa a que obedezca, puede comprometer la salvación de las vidas de todos y ocasionar el sacrificio inevitable de muchas otras.»

--Las recordaré. Espero que Dios me dará fuerzas para llenar fielmente mi misión.

--Yo también espero que no me faltarán para cumplir la mía. Y ahora... adiós.

No se fué, sin embargo, aunque a continuación de pronunciar la palabra de despedida, llevó a sus labios y besó la mano que Lorry le tendía. Antes ayudó a levantar al doctor de la silla, a ponerle la levita y el sombrero, y a inducirle a salir, diciéndole que iban a buscar la banqueta y los zapatos que deseaba. Acompañó a los dos ancianos hasta el jardín de la casa donde lloraba un corazón lacerado, tan feliz en otros tiempos, y, cuando aquellos le dejaron solo, permaneció algunos momentos contemplando una ventana, cuyas maderas dejaban escapar algunos hilos de luz, la ventana de la habitación de _ella_. Antes de irse, su corazón envió a la ventana un adiós solemne envuelto en hermosa nube de bendiciones.

XIII

CINCUENTA Y DOS

Encerrados en negruzcos muros, los condenados del día esperaban la hora de subir al cadalso en la siniestra cárcel de la Conserjería. Eran tantos como semanas tiene el año. Cincuenta y dos vidas humanas debían perderse aquella tarde en el mar insaciable que las absorbe todas. Antes que se vaciasen sus celdas quedaban designados los que habrían de remplazarlos, antes que corriera su sangre sobre la sangre vertida el día anterior, había sido puesta en sitio separado la que al día siguiente vendría a mezclarse con la suya.

Cincuenta y dos vidas segadas, cincuenta y dos víctimas, pertenecientes a todas las clases sociales; desde el rico propietario de setenta años, cuyas riquezas de nada le servían para prolongar la existencia, hasta el mísero jornalero, a quien tampoco podía salvar su obscuridad y su miseria. De la misma manera que en las enfermedades físicas, que tienen su origen en los vicios y en los descuidos de los hombres, hacen sus víctimas sin reparar en categorías ni edades, así también las espantosas dolencias morales, engendradas por sufrimientos indecibles, opresiones intolerables e indiferencias crueles, hieren por igual y sin distinción de personas.

Carlos Darnay, encerrado en su celda a solas con sus pensamientos, no se hizo ilusión alguna desde que salió de la Sala de Justicia. En cada palabra de la terrible narración allí leída vió una sentencia de muerte, y no se le ocultó que no había influencia humana capaz de salvarle, que virtualmente pesaba sobre él una sentencia pronunciada por millones de votos, contra los cuales de nada servían los esfuerzos individuales.

No era, sin embargo, empresa fácil resignarse a morir, el que como él conservaba fresca en su mente la imagen de su adorada esposa. Lazos muy sólidos le unían a la vida, y era duro, muy duro, ver tan de cerca la cuchilla que los cortaría para siempre. Sus pensamientos se atropellaban, se agitaban tumultuosos en su pecho, reñían entre sí rudas batallas, y a la postre unían sus fuerzas para contender contra la resignación. Si momentáneamente conseguía calmarlos, brotaba inmediatamente la imagen de su mujer, la imagen de su tierna hija, acordábase de que las dejaba en el mundo, y protestaba contra ello con todas las fuerzas de su alma, ni más ni menos que si en su pecho alentase el egoísmo más agudo.

Verdad es que estas luchas no fueron de larga duración. No pasó mucho rato sin que actuara en él como estimulante poderoso la consideración de que la muerte que le esperaba no llevaba consigo el apéndice de la deshonra, y el pensamiento de que muchos, tan inocentes como él, recorrían todos los días y con paso firme el mismo camino doloroso que él debía recorrer. Pensó luego en la futura tranquilidad de espíritu de que, pasados los primeros momentos, disfrutarían los seres queridos que dejaba en el mundo, si le veían aceptar la muerte con entereza varonil, y de esta suerte, poco a poco y por grados, fué recobrando la calma y engolfándose en reflexiones de índole más elevada.

Antes que cerrase la noche, había adelantado la mayor parte del camino en el viaje de su resignación. Provisto de recado de escribir y de luz, tomó la pluma y no la dejó hasta que llegó la hora en que el reglamento de la cárcel obligaba a apagar las lámparas.

Escribió una carta muy extensa a Lucía, demostrándola que jamás tuvo noticia del eterno cautiverio de su padre hasta que lo oyó de los mismos labios de éste, y que, con anterioridad a la lectura del documento encontrado en la Bastilla, estaba tan ignorante como ella misma de la culpabilidad directa de su padre y de su tío en aquel triste acontecimiento. Ya antes la había explicado que, si ocultó su apellido verdadero, apellido que había renunciado, fué para cumplir una condición, cuyo motivo comprendía ahora perfectamente, impuesta por el doctor al dar su asentimiento a las relaciones amorosas con su hija, y ratificada la mañana de su boda. La suplicaba encarecidamente que, por amor a su padre, jamás intentase averiguar si aquél había olvidado la existencia del documento, o bien si se la recordó la historia de la Torre de Londres narrada bajo el plátano del jardín aquella noche de verano. Si del documento en cuestión conservaba algún recuerdo, indudablemente lo supuso destruído con la Bastilla, al ver que no figuraba entre las reliquias de los prisioneros encontradas por el populacho y hechas tan públicas que las conocía el mundo entero. Instábala--bien que añadiendo que ya sabía que la recomendación era inútil--a que consolase a su padre, convenciéndole, por todos los medios imaginables, de que no sólo no había hecho nada vituperable, nada que hubiera ocasionado su desventura, sino que, por el contrario, se había sacrificado siempre por la felicidad de su hija y del marido de su hija. Terminaba recomendándola que procurase sobreponerse a su dolor, que se consagrase a su querida hija, y sobre todo, que a fuerza de ternura consolase a su padre.

Escribió al doctor otra carta inspirada en los mismos pensamientos y diciéndole que confiaba a su cariño a su mujer y a su hija. Con frase vibrante le hacía ese encargo, no porque lo considerara necesario, sino más bien con objeto de levantar su ánimo y alejar de su mente pensamientos retrospectivos, que desde luego suponía que se alzarían con mayor fuerza que nunca.

Dirigió una carta al señor Lorry, encomendando a su solicitud los seres queridos que dejaba y explicándole todos sus asuntos terrenos. No se acordó de Carton. Eran tantos los pensamientos que le embargaban, que no dejaron hueco para una persona con la que nunca sostuvo relaciones frecuentes.

Cuando se apagaron las luces y se tendió sobre el mísero jergón de paja, creyó que había concluído ya con el mundo.

Resurgió, sin embargo, éste durante su sueño, y resurgió brillante, encantador. Encontróse de nuevo en el tranquilo rinconcito de Soho, libre, feliz, contento, en compañía de su Lucía, la cual le aseguraba que todo había sido un sueño, una pesadilla, que nunca habían abandonado a Inglaterra, que nunca se había separado de ella. A este sueño siguió una pausa de olvido completo, después de la cual se imaginó que vivía con su mujer, pero muerto, decapitado. Sobrevino otra pausa de olvido, y despertó al fin por la mañana, sin darse cuenta del sitio en que se encontraba sin acordarse de lo ocurrido la víspera, hasta que brotaron en su mente con caracteres de fuego estas palabras: «Hoy es el día de tu muerte.»

Encontrábase en el día en que debían rodar cincuenta y dos cabezas, una de ellas la suya, y mientras, resignado a su triste suerte, hacía acopio de alientos para sufrirla con tranquilo heroísmo, sus pensamientos, muy difíciles de dominar, emprendieron con actividad febril nuevos derroteros.

Nunca había visto el terrible instrumento que horas más tarde segaría su vida. Cuánta sería la elevación sobre el suelo de la lúgubre máquina, cuántos peldaños tenía la escalera fatal, dónde estaría emplazada, qué manos se encargarían de colocarle sobre el tajo, si estarían tintas en sangre, hacia qué lado volvería la cabeza, si sería él el primero o si sería el último; éstas y otras preguntas semejantes se hacía una y otra vez, atropelladamente, sin que en ello interviniera su voluntad, sino su imaginación sobreexcitada. Tampoco las inspiraba el miedo, sino más bien un deseo extraño de saber qué era lo que haría cuando llegase el caso, un deseo que no guardaba proporción con los fugaces instantes a los cuales se refería, una curiosidad inexplicable sentida por una alma distinta de la suya.

Pasaba el tiempo y el reloj sonaba horas que el infeliz no volvería a oir sonar. Dieron las nueve, las diez, las once, y estaban para dar las doce. El reo paseaba cada vez más sereno. Lo peor de la lucha interna había pasado. Ya no conturbaban su imaginación pensamientos disparatados, ya podía rezar por sí y por los suyos.

Sonaron las doce.

Habíanle dicho que la hora última que para él sonaría en el mundo serían las tres, y sabía que le sacarían del calabozo con bastante anticipación a la hora indicada, pues las carretas de la muerte recorrían muy lentamente el camino del patíbulo. Supuso, pues que le llamarían a las dos.

Cruzados los brazos delante del pecho paseaba por su celda, cuando hirió sus oídos la una; no perdió su calma heroica. Fervorosamente dió gracias a Dios por haberle dado fuerzas para recobrar la calma, y pensó:

«Me resta otra hora.»

Sonó rumor de pasos en el pasadizo exterior. La puerta de su celda se abrió y volvió a cerrar sin ruido. Alguien dijo junto a la puerta, abierta ya, o mientras la abrían, estas palabras:

«No me ha visto nunca aquí, pues he cuidado siempre de alejarme de su paso. Entre usted... Esperaré fuera... No pierda tiempo.»

Frente al prisionero brotó un hombre que le miraba sonriente, tranquilo. Era Sydney Carton.

Tal era la expresión de su rostro, tan notable su mirada, que en el primer instante temió el prisionero que se tratase de una aparición no real, fruto de su imaginación alborotada. Pero la aparición habló, y el tono de su voz era el de Carton; estrechó la mano del reo, y su mano era una mano real, de carne y hueso.

--Apuesto a que soy yo el último ser humano a quien usted esperaría ver: ¿me equivoco?

--No solo no esperaba ver a usted, sino que, aun viéndole, estoy dudando que frente a mí se encuentre el Sydney Carton a quien he conocido... ¿Es también prisionero?

--No. La casualidad me ha hecho dueño de uno de los calaboceros de esta cárcel, y a esa circunstancia debo el encontrarme junto a usted. Vengo de parte de _ella_... de parte de su mujer, mi querido Darnay.

El reo le tendió silenciosamente la mano.

--Y traigo el encargo de hacerle una súplica.

--¿Qué es?

--Es la súplica más fervorosa, la más apremiante, la más ardiente de las que le han sido dirigidas por aquella voz que tan querida le es. No la desoiga, porque esa voz querida se la dirige con el tono más patético que nunca ha sonado en sus oídos.

El reo dobló la cabeza sin contestar.

--Ni usted tiene tiempo para preguntarme por qué soy el emisario encargado de formular la súplica en cuestión, o para pedirme explicaciones acerca de lo que signifique, ni lo tengo yo para dárselas. Su obligación... obligación sagrada, es obedecer sin replicar... ¡Quítese las botas, y póngase las mías!

Adosada a uno de los muros, a espaldas del reo, había una silla. Carton, mientras hablaba con la rapidez del rayo, había obligado a aquél a sentarse en la silla en cuestión.

--Descálcese y póngase estas botas mías... ¡Pronto!...

--Carton... Es imposible escapar de aquí--replicó Carlos, completamente desconcertado;--imposible de todo punto... No conseguirá usted otra cosa que morir conmigo... Es una locura....

--Sería una locura si yo le dijera a usted que escapara; ¿pero se lo he insinuado siquiera? Cuando le diga que franquee aquella puerta, contésteme que es una locura y no me haga caso... Fuera esa corbata y póngase la mía... Eso es... Ahora la levita... Haremos un cambio de levitas... ¡Magnífico! Me permitirá que le quite esa cinta que sujeta su pelo, y que desordene un poquito su peinado... ¡eso es! Ya va usted tan mal peinado como yo.

Con celeridad portentosa, con una fuerza de voluntad que más que humana parecía sobrenatural, transformó al prisionero en un abrir y cerrar de ojos. El reo parecía niño sin voluntad en sus manos.

--¡Carton... Mi querido Carton! ¡Es una locura... un desatino! No es posible llevarlo a cabo... Jamás se ha conseguido... Docenas de veces lo han intentado y siempre fué el fracaso más ruidoso el resultado... ¡Por Dios le pido, amigo querido, que no aumente mis amarguras sacrificando estérilmente su vida...! ¿No basta con que muera yo?

--¿Le he dicho por ventura, mi querido Darnay, que rebase aquella puerta? Cuando se lo diga, conteste rotundamente que no, y asunto concluído. Veo papel, tinta y pluma en aquella mesa; ¿tiene usted el pulso firme? ¿Podrá escribir?

--Firme lo tenía cuando usted entró.

--Pues es preciso que lo esté otra vez, para que escriba con letra muy clara lo que voy a dictar... ¡Pronto, amigo mío, pronto!

Darnay, estupefacto, maravillado, aturdido, tomó asiento frente a la mesa. Carton, puesta la diestra sobre el pecho, quedó en pie al lado suyo.

--Escriba punto por punto lo que yo le dicte.

--¿A quién dirijo el escrito?

--A nadie.

La diestra de Carton continuaba fija sobre su pecho.

--¿Pongo fecha?

--No.

El reo alzaba la cabeza cada vez que formulaba una pregunta; Carton, sin mover la diestra, miraba al suelo.

«Si no ha olvidado usted las palabras que entre los dos se cruzaron--dijo Carton dictando,--comprenderá sin esfuerzo esta carta, no bien la lea. Sé positivamente que las recuerda, pues no es usted de los que olvidan pronto.»

El reo, que no comprendía el sentido de lo que estaba escribiendo, alzó inopinadamente los ojos y sorprendió a Carton en el momento que sacaba del pecho la mano. Esta se detuvo.

--¿Ha escrito usted «olvidan pronto?»

--Sí. ¿Tiene en su mano algún arma?

--No; no tengo armas.

--¿Qué tiene, pues?

--Dentro de un momento lo sabrá usted... Continúe escribiendo, que son ya muy pocas las palabras que nos faltan... «Doy gracias a Dios que me permite probarlas con hechos. No quisiera que lo que hago fuera para nadie motivo de pesadumbre o de tristeza.»

Mientras dictaba estas palabras, clavados los ojos sobre el que escribía, su mano derecha fué moviéndose cautelosamente acercándose a la cara del reo.

La pluma cayó de la mano de Darnay, quien miró con expresión atontada en derredor.

--¿Qué vapor es éste?--preguntó.

--¿Vapor?

--Sí... un olor que me molesta y aturde.

--Nada percibo... No es posible que aquí se respiren vapores... Tome de nuevo la pluma y terminemos... ¡Pronto, pronto!

El reo, cuya respiración se había hecho jadeante, y cuyo rostro reflejaba el desorden de sus facultades, se inclinó sobre el papel dispuesto a escribir.

«De haber sido otro el curso de los sucesos--continuó dictando Carton, cuya mano derecha estaba debajo de la nariz del escribiente,--es natural que me hubiese faltado esta oportunidad; de haber sido otro el curso de los sucesos...»

Fijó Carton sus ojos en la pluma, y vió que garrapateaba signos ininteligibles.

El reo se enderezó de pronto dirigiendo a Carton una mirada llena de reconvenciones; pero la diestra del último se acercó más y más a su nariz, mientras su brazo izquierdo rodeaba su cintura. Luchó el reo débilmente y durante breves segundos con el hombre que venía a dar su vida por la suya; pero antes que transcurriera un minuto, yacía inmóvil sobre el suelo.

Carton vistió inmediatamente las ropas que el prisionero dejara minutos antes, se peinó mejor que nunca, ató su cabello con la cinta que antes sujetaba el de Darnay, y dijo con voz muy baja:

--¡Entre... entre!...

Dos segundos después, se presentaba el espía.

--¿Lo ve usted?--preguntó Carton alzando la cabeza, e hincando a continuación una rodilla en tierra para colocar en el bolsillo de Carlos el papel que había escrito.--¿No le dije que su riesgo era insignificante?

--Mi riesgo, señor Carton, no está en _esto_--respondió el espía,--sino en que usted cumpla fielmente lo estipulado.

--Esté usted tranquilo, que yo me atendré a lo convenido hasta la muerte.

--Así debe ser para que resulte exacto el número cincuenta y dos. Con que usted lo complete, vestido como está en este momento nada temo.

--Nada debe temer. Yo, que podría perjudicarle, desapareceré muy en breve de este mundo, gracias a Dios... Ahora, ayúdeme; mejor dicho; lléveme al coche.

--¿A usted?--preguntó el espía con aprensión visible.

--¡A él, hombre de Dios, al reo con quien cambio la suerte! ¿Saldrá por la misma puerta por la que entré yo?

--Claro que sí.

--Pues bien; como me encontraba débil y desfallecido cuando entré, lo natural es que salga más débil y más desfallecido. La despedida eterna me ha impresionado tanto, que he perdido el conocimiento; esto ha ocurrido aquí con mucha frecuencia... con demasiada frecuencia. Cuenta suya es no cometer ninguna torpeza... Pronto... Pida auxilio.

--¿Me jura usted que no me traicionará?--preguntó el espía temblando.

--¡Pero hombre! ¿No lo he jurado ya solemnemente?--replicó Carton, pateando con impaciencia.--¿A qué, pues, perder ahora momentos que son preciosos? Sáquelo al patio que usted sabe, colóquelo en el coche, llévelo al lado del señor Lorry, dígale que no le dé ninguna medicina, que lo único que necesita es aire, que recuerde mis palabras de anoche, que cumpla la promesa que anoche me hizo, y nada más.

Retiróse el espía, y Carton se sentó a la mesa, sobre la cual apoyó los codos. Segundos después volvía a entrar el espía con dos hombres.

--¡Hombre!--exclamó el uno, al ver a Carlos tendido en tierra.--¿Tanta impresión le ha hecho ver que su amigo ha sacado el _gordo_ en la lotería de Santa Guillotina?

--¡A fe que no se hubiera afligido más un buen patriota si el aristócrata hubiese sido declarado absuelto!--observó el otro.

Entre los dos colocaron al desmayado en una litera que habían traído y se lo llevaron.

--¡Pocas horas de vida te quedan, Evrémonde!--dijo el espía.

--Lo sé muy bien--respondió Carton.--Cuida de mi amigo y déjame en paz.

--Vámonos, hijos míos--dijo el espía a sus compañeros.--Andando.

Cerróse la puerta quedando Carton solo. Concentró en su oído todas las facultades de su alma por si sonaba algo que indicase sospechas o alarmas; nada se oyó. Giraron llaves en las cerraduras, se cerraron puertas con estrépito, los pasos se fueron alejando, pero ni se oyó un grito ni se perturbó el orden o la tranquilidad habitual. Carton, más tranquilo ya, permaneció sentado frente a la mesa hasta que sonaron las dos.