Part 34
A sus oídos llegaron entonces ruidos que no le alarmaron ni sorprendieron, sencillamente porque sabía perfectamente qué significaban. Sucesivamente fueron abiertas muchas puertas, hasta que al fin llegó el turno a la de su celda. Un carcelero, provisto de una lista, sin pasar del umbral, se limitó a decir:
--Sígueme, Evrémonde.
Carton salió tras el calabocero hasta llegar a una celda obscura, de grandes dimensiones, situada a bastante distancia, atestada de prisioneros. Aunque la luz era muy escasa, Carton pudo ver que todos tenían atados los brazos, que unos estaban en pie y otros sentados, que éstos se quejaban y aquéllos paseaban inquietos y nerviosos. La mayor parte, sin embargo, permanecían silenciosos e inmóviles, con los ojos clavados en tierra.
Mientras de pie junto al negruzco muro, contemplaba a sus cincuenta y un compañeros de cadalso, algunos de los cuales entraron después que él, un hombre se detuvo al paso para abrazarle. Carton se estremeció, temiendo ser descubierto, pero aquél continuó su marcha luego que le hubo dado un abrazo. Momentos después, una muchachita de cuerpo gracioso y lindas facciones se levantó del suelo y se acercó a Carton.
--Ciudadano Evrémonde--dijo, alargándole su mano helada;--soy una costurerita que fuí tu compañera de prisión en La Force.
--¡Ah, sí!--murmuró Carton.--¡Es verdad! Lo que no recuerdo es la acusación que te llevó a la cárcel.
--Me acusaron de conspiradora; pero el buen Dios sabe que soy inocente. ¿Puede haber conspirador que confíe sus maquinaciones a una niña débil como yo?
La sonrisa con que la jovencita acompañó sus palabras conmovió tan profundamente a Carton, que las lágrimas asomaron a sus ojos.
--No me da miedo morir, ciudadano Evrémonde, pero repito que nada he hecho. Hasta moriría con alegría si la República, que según dicen, ha de hacer felices a los pobres, obtuviera algún provecho de mi muerte; pero si he de decir lo que siento, no creo que mi muerte sirva para nada, Evrémonde. ¿Qué beneficios ha de reportar a la República la muerte de una criatura débil como yo?
La compasión que la niña inspiraba a Carton era infinita.
--Oí decir que te habían absuelto, ciudadano Evrémonde, y de veras siento que no sea verdad.
--Lo fuí; pero luego me prendieron de nuevo y me han condenado.
--Si nos colocan en el mismo carro, ciudadano Evrémonde, ¿me permitirás que te coja la mano? No es que tenga miedo; pero como soy una niña, tu mano me dará el valor que me falta.
Carton vió que por los ojos de la niña, al clavarlos en su cara, pasaba una nube de duda primero, y de asombro después.
--¿Vas a morir por él?
--¡Y por su mujer y su hija... sí!
--¡Oh! ¿Me permitirás tener entre las mías tu mano valerosa?
--Sí, desventurada hermana mía... hasta el postrer momento.
* * * * *
Las mismas sombras que envuelven a los condenados cercan a las turbas estacionadas a la misma hora en las inmediaciones de la Barrera en el momento que un coche de camino, procedente del interior de la ciudad, se acerca para presentar los documentos de los que lo ocupan.
--¿Quiénes son los viajeros? ¡A ver... los documentos!
Una mano presenta los documentos, que son leídos.
--Alejandro Manette... médico... francés... Veamos; ¿quién es?
Un brazo extendido indica un viejo extenuado que murmura palabras ininteligibles.
--Parece que el ciudadano doctor tiene perturbadas las facultades, ¿eh? Le ha abrasado el cerebro la fiebre de la Revolución.
--Eso parece.
--¡Bah! Son muchos los que se encuentran en su caso... Lucía, su hija... francesa... ¿Quién es?
--Esta.
--Muy bien. Evrémonde emprende otro viaje distinto... Lucía, hija de Lucía... inglesa... ¿Es esta?
--La misma.
--Dame un beso, hija de Evrémonde... Has besado a un buen republicano, cosa nueva en tu familia, no lo olvides. Sydney Carton, abogado, inglés... ¿Quién es?
--Este que yace tendido en el fondo del coche.
--¿Va desmayado el abogado inglés?
--Sí... su salud está muy quebrantada, pero el aire puro le sentará indudablemente bien. Acaba de despedirse de un amigo suyo que ha tenido la desgracia de incurrir en el desagrado de la República.
--¿Por tan poca cosa se desmaya? Muchos son los que incurren en el desagrado de la República, y mal de muchos... Mauricio Lorry, banquero, inglés... ¿Quién es el banquero?
--Yo; no puede ser otro, puesto que nadie más queda en el coche.
Mauricio Lorry era el que había contestado a las preguntas anteriores, Mauricio Lorry el que había echado pie a tierra y, apoyada la diestra en la portezuela del carruaje, respondía al interrogatorio del encargado de la vigilancia de la Barrera.
--Toma tus documentos, Mauricio Lorry... ¡Refrendados!
--¿Podemos proseguir la marcha?
--Cuando os acomode. Adelante, postillones, y buen viaje.
--Salud, ciudadanos... Pasó el primer peligro.
--¿No le parece que caminamos demasiado despacio?--preguntó Lucía llorando, asiendo el abrazo del buen Lorry.
--Si corriéramos más, parecería que huíamos; no conviene; excitaríamos sospechas.
--Vuelva la vista atrás... ¿No nos persiguen?
--No, querida mía, no; hasta ahora no nos persiguen.
Los fugitivos dejan a sus espaldas casas de uno o de dos pisos que bordean la carretera, granjas, casas de labor abandonadas, tenerías en ruinas, campos solitarios, avenidas que serpentean entre hileras de árboles sin hojas. Corren por caminos ásperos y desiguales, cruzando malezas, ora saltando sobre espesa capa de piedras, ora atascándose en profundos lodazales. Su impaciencia, su agonía es tan grande, que no ven nada, en nada reparan, en nada piensan más que en llegar cuanto antes al puerto de salvación.
Relevan los caballos. Nuevos postillones ocupan las sillas mientras quedan descansando los antiguos. Atraviesan una aldea, suben trabajosamente una rampa, coronan la colina, descienden por la vertiente opuesta, entran en terrenos menos áridos... ¡Dios santo! ¡Los persiguen!
--¡Ah del coche...! ¡Alto!
--¿Qué pasa?--pregunta Lorry, asomando la cabeza por la portezuela.
--¿Cuántos han sido hoy?
--No comprendo.
--¿Cuántos han besado hoy la Santa Guillotina?
--Cincuenta y dos.
--¡Bien! ¡Buen número! Ya hubieran querido mis buenos conciudadanos de aquí despachar a tantos; pero han sido diez menos... La Guillotina marcha admirablemente... ¡Bien por la Guillotina...! ¡Viva la Guillotina...! ¡La adoro...! ¡Adelante!
Cierra la noche. Carlos comienza a moverse... revive... dice palabras inteligibles. Cree que continúa al lado de Carton y le pregunta qué es lo que tiene en la mano...
¡Dios del Cielo! ¡Ten lástima de los fugitivos!
Tras ellos vuela veloz el viento, tras ellos se precipitan las nubes, tras ellos corre la luna, las sombras de la noche los siguen incansables; pero, por fortuna, hasta entonces, nadie más corre en su seguimiento.
XIV
FIN DE LA CALCETA
A la hora misma en que los cincuenta y dos esperaban el momento de trabar relaciones demasiado estrechas con la Guillotina, celebraban siniestro consejo secreto la señora Defarge, La Venganza y Santiago Tercero. La conferencia no tenía lugar en la taberna, sino en el taller del aserrador de leños, peón caminero en otros tiempos, y a ella no fué admitido el aserrador, sino obligado a permanecer fuera, a distancia respetable.
--De todas suertes, nuestro Defarge es un buen republicano, ¿eh?--preguntó Santiago Tercero.
--No lo hay mejor en toda Francia--respondió con calor La Venganza.
--Calma, mi querida Venganza--replicó la tabernera, poniendo una mano sobre el brazo de su _tenienta_ y frunciendo ligeramente el ceño.--Antes de emitir opiniones, conviene que escuches lo que voy a decir. Mi marido, como ciudadano, es un buen republicano y un hombre de valor; ha merecido bien de la República y posee su confianza; pero mi marido tiene sus debilidades, y una de las mayores, la mayor seguramente, es la de querer al doctor.
--¡Es una desgracia!--exclamó Santiago Tercero, moviendo con expresión enigmática la cabeza.--Esas debilidades desdicen de un buen ciudadano... ¡Qué lástima!
--Lo que menos me importa a mí es el doctor--repuso la tabernera.--Por mí, puede llevar la cabeza sobre los hombros, o perderla; me es completamente igual; pero la raza Evrémonde ha de ser exterminada, ha de desaparecer de la tierra, y como consecuencia, la esposa y la hija deben seguir al otro mundo al marido y al padre.
--Y que tiene una cabeza hermosa si las hay; una cabeza que está pidiendo a gritos la Guillotina--contestó Santiago Tercero.--No hay nada que entusiasme tanto como ver pendiente de las manos de nuestro buen Sansón una cabecita de ojos azules y cabellos de oro.
La señora Defarge bajó los ojos y permaneció en actitud reflexiva durante algunos momentos.
--También tiene cabellos de oro y ojos azules la niña--repuso Santiago Tercero.--Además, pocas veces se nos concede el placer de ver sobre el tablado niñas de sus años. Será un espectáculo soberbio.
--Hablando con franqueza--dijo la tabernera sacudiendo su abstracción,--en este asunto no me merece confianza mi marido. No sólo estoy convencida desde anoche de que no debo confiarle los detalles de mis proyectos, sino también de que, a poco tiempo que perdamos, es muy capaz de advertirles del peligro que corren, en cuyo caso, se nos escapan.
--¡No escaparán, no... ni uno ni medio!--gruñó Santiago Tercero.--¡Caerán todos, hasta el último! ¡Es preciso llegar a sesenta diarios!
--En una palabra--añadió la tabernera,--ni mi marido tiene las razones que yo para exigir el exterminio total de esa raza, ni yo tengo las razones que él para tratar con consideración al doctor. De consiguiente, debo prescindir de él y obrar por mi cuenta. Puedes entrar, ciudadano--terminó dirigiéndose al aserrador.
Obedeció, temblando, el aserrador, quien se presentó con el gorro rojo en la mano.
--Respecto a las señales que viste que aquella mujer hacía a los prisioneros, ¿estás dispuesto a sostenerlas con tu declaración en cualquier momento, ciudadano?--preguntó la tabernera.
--¿Por qué no? Desde aquí la he visto todos los días, lluviosos o serenos, fríos o calurosos, desde las dos de la tarde hasta las cuatro, unas veces con la niña, otras sola, y siempre haciendo señales. Estos mismos ojos lo han visto.
Mientras hablaba, hacía con las manos gran variedad de señas que jamás había visto.
--Complots... maquinaciones... es indudable--respondió Santiago Tercero.
--¿Podemos contar con el jurado?--preguntó la tabernera.
--En absoluto. Es un jurado patriota, ciudadana. Respondo yo de todos los que lo forman.
--Otra cosa...--añadió la tabernera, meditando.--Veamos..... ¿Puedo perdonar al doctor en obsequio a mi marido? A mí me es igual... el doctor me es indiferente... ¿Puedo perdonarlo?
--Sería una cabeza más--observó Santiago Tercero.--Principian a escasear las cabezas... dentro de poco escasearán más aún... Yo creo que sería una lástima perdonarlo.
--Cuando yo le encontré frente al sitio donde estamos, hacía las mismas señas que su hija--dijo la señora Defarge.--Si hablo de la una, forzosamente he de hablar del otro. Por otra parte, no me es posible callar, así es que, descargo toda la responsabilidad del caso sobre este ciudadano. El declarará lo que quiera. De mí, lo único que puedo decir es que nunca seré testigo falso.
La Venganza y Santiago Tercero demostraron claro como la luz del sol que, lejos de ser testigo falso, siempre había sido espejo de testigos admirables y maravillosos, y el ciudadano aserrador, no queriendo quedar atrás, protestó ante el cielo y la tierra que la señora Defarge era un testigo celestial.
--¡Que se cumpla su destino!--dijo la tabernera.--No; no puedo perdonarle... Supongo, ciudadano, que para las tres de hoy no puedes disponer de tu persona, pues creo que no te privarás del gusto de contemplar la hornada del día, ¿eh?
Contestó inmediatamente el aserrador que por nada del mundo se privaría de tan hermoso espectáculo, lo que le dió pie para añadir que era el republicano más fervoroso, y que se consideraría el más desolado de los republicanos, si algún día le impedían fumar su pipa mientras contemplaba el hermoso funcionamiento de la Navaja Barbera Nacional.
--También asistiré yo--respondió la tabernera.--Luego que termine la función... a las ocho... sí; es buena hora... a las ocho vendrás a buscarme a San Antonio para delatar a esos individuos en mi sección.
Contestó el aserrador que sería para él honor altísimo y viva satisfacción acudir a la cita que le daba la ciudadana.
La señora Defarge se acercó a la puerta del taller, llamó por medio de una seña a Santiago Tercero y a La Venganza, y luego que estuvieron éstos a su lado, expúsoles con toda claridad sus puntos de vista.
--Seguramente se encuentra en este instante en su casa, esperando la noticia de la muerte de su marido--dijo.--En su dolor y desesperación, no sólo llorará la desgracia que la aflige, sino que también censurará la justicia de la República. Todas sus simpatías estarán de parte de los enemigos del pueblo; así, que voy sin pérdida de momento a verla.
--¡Qué mujer tan admirable! ¡Qué patriota tan adorable!--exclamó Santiago Tercero, cuyo entusiasmo llegó a lo indecible.
La Venganza la abrazó llorando en un rapto de admiración.
--Toma mi calceta--repuso la señora Defarge, depositándola en manos de La Venganza,--y ténmela preparada en mi asiento de costumbre. Vete allí en derechura, no pierdas tiempo, pues es casi seguro que hoy haya más concurrencia que de ordinario.
--Con toda mi alma obedeceré las órdenes de mi jefe--contestó La Venganza, besando a la tabernera en la mejilla.--¿Tardarás mucho?
--Allí estaré antes que comience la función.
--Procura llegar antes que las carretas--replicó La Venganza.
La tabernera salió del taller a buen paso, no tardando en perderse de vista.
Muchas fueron en aquella época las mujeres cuyas siluetas morales no es posible contemplar, no obstante la distancia del tiempo, sin horror y asco; pero entre ellas, no hubo ninguna tan inhumana, tan feroz, tan despiadada, como la que dejamos en este instante dirigiéndose al domicilio del desventurado doctor Manette. Era mujer inaccesible al miedo, inflexible, inteligente, astuta y resuelta, dotada de esa hermosura especial que infiltra en el ánimo de quien la posee firmeza y animosidad que fuerza a los demás a rendir homenaje instintivo a las cualidades expresadas. De haber vivido en época menos conturbada, de haberse movido en otro teatro, quién sabe si hubiese sido la gloria de su sexo; pero víctima desde niña de las injusticias sociales, crecida en una atmósfera de odio implacable de clase, se convirtió en tigre. Desconocía en absoluto la piedad; y si alguna vez anidó en su alma la virtud, habíala extirpado muchos años antes no dejando de ella ni rastros.
¿Qué importaba que muriera un inocente por pecados cometidos por sus antepasados? Su furia implacable no veía al primero, sino a los últimos. Ni tenía importancia dejar viuda a una infeliz mujer o huérfana a su hija; antes bien conceptuaba insuficiente el castigo desde el momento que se trataba de sus enemigos naturales, de su presa, de seres que no tenían derecho a vivir. Intentar aplacarla, era inútil, pues carecía de la facultad de compadecerse, no ya solo de los demás, sino hasta de sí misma. Si en alguno de los muchos encuentros en que tomó parte hubiese caído bajo la mano de sus enemigos, hubiera aceptado su desgracia como cosa natural y corriente, y si la hubiesen obligado a subir la escalera fatal que terminaba en la guillotina, habría tendido su cuello sin que en su fiera alma nacieran otros sentimientos que un deseo rabioso de cambiar de puesto con el hombre que allí la enviara.
Tal era el corazón que palpitaba bajo el tosco vestido de la señora Defarge. Sucio, harapiento, no por eso dejaba de ser vestido, siquiera ofreciera un aspecto lúgubre como no dejaba de ofrecer algún atractivo su abundante masa de cabellos negros, mal encerrados dentro del gorro colorado. Oculta en su seno llevaba siempre una pistola cargada y en la cintura una daga de hoja larga y afilada. Así ataviada, caminando con paso seguro, con esa libertad de movimientos propia de la mujer que desde niña ha ido donde la han llevado sus deseos o sus caprichos, desnuda de pie y pierna, la tabernera Defarge dejaba atrás calles y más calles.
Fuerza será que hagamos una pequeña digresión, a fin de aclarar algunos puntos que pudiera el lector encontrar obscuros. La noche anterior, cuando Lorry ultimaba los preparativos del viaje de los fugitivos, fué para él motivo de grandes preocupaciones la dificultad de llevar consigo a la señorita Pross. No sólo era muy de desear evitar excesos de carga que acaso entorpecieran la marcha, sino también reducir al mínimum el tiempo que en la Barrera emplearían para examinar los documentos y reconocer a los viajeros, pues la salvación de todos podía depender de aprovechar o de perder breves segundos de tiempo. Tras largas consideraciones, y no sin medir detenidamente los inconvenientes y las ventajas, había propuesto dejar a la señorita Pross y a Jeremías _Lapa_, que podían salir de la ciudad cuando les acomodase, con orden de emprender el viaje a las tres de la madrugada, utilizando uno de los carruajes más ligeros entonces conocido. Libres del engorro de equipajes, no tardarían en dar alcance a los señores, y hasta en dejarlos rezagados.
La señorita Pross aceptó con alegría una proposición que la deparaba oportunidad de prestar algún servicio de importancia a las personas queridas. Ella y Jeremías habían conocido a la persona que su hermano Salomón había traído desmayada en un coche, habían despedido a los viajeros, habían pasado diez minutos de terrible ansiedad, y estaban haciendo los últimos preparativos para ponerse en camino y alcanzar el coche en el momento que la tabernera Defarge se acercaba por momentos a la casa, con las intenciones que los lectores conocen perfectamente.
--¿Qué opina usted, _señor Lapa_?--preguntó la señorita Pross, cuya agitación era tan grande que, ni la dejaba hablar, ni moverse, ni permanecer en pie, ni vivir.--¿Qué opina usted de nuestro viaje? La salida de dos carruajes en tan breve espacio de tiempo ha de despertar sospechas; así lo temo, al menos.
--Mi opinión, señorita, es que tiene usted razón--contestó _Lapa_--También opino que siempre apoyaré lo que usted diga, tanto si tiene razón como si se equivoca.
--Hasta tal extremo me enloquecen el temor y la esperanza por la suerte que puedan correr nuestros señores--repuso la señorita Pross llorando desconsoladamente,--que soy incapaz de formar ningún plan racional. Y usted, _señor Lapa_, mi querido _señor Lapa_, ¿se siente con capacidad bastante para formar algún plan medianamente racional?
--Con respecto a la vida futura, señorita, creo que sí--respondió Jeremías _Lapa_;--pero con respecto al uso presente de esta bendita cabeza que llevo sobre los hombros, me temo que no. ¿Quiere usted hacerse cargo, señorita, de dos promesas o votos que es mi deseo hacer, como recuerdo perpetuo de la crisis en que nos encontramos?
--¡Dios nos tenga de su mano!--exclamó la señorita Pross, llorando a grito herido.--Vengan en seguida esos votos o promesas, hágalos sin perder instante como buen cristiano que es.
--Lo primero que prometo--dijo _Lapa_ temblando como un azogado y con expresión patética,--lo primero que juro, es no volver a hacer nunca más algunas cosillas que antes hacía... No; nunca más.
--Bien segura estoy, _señor Lapa_, de que no ha de hacerlas nunca más, sean lo que sean esas cosillas, que no es necesario mencionar.
--No, señorita; no las mencionaré. Lo segundo que prometo, lo segundo que juro, es no volver a mezclarme más en los rezos de la _señora Lapa_. No; nunca más la impediré que se pase la vida entera de rodillas.
--Hará usted muy bien.--contestó la señorita Pross, secando las lágrimas que la cegaban.--Deje que de las cosas del hogar cuide su señora... ¡Oh... mi pobre señorita!
--Creo conveniente hacer constar, señorita--repuso _Lapa_ cual si estuviera hablando desde lo alto de un púlpito,--y desearía que usted transmitiera mis palabras a la _señora Lapa_, que mis opiniones con respecto a los rezos han sufrido un cambio radical, y que con toda mi alma desearía que la _señora Lapa_ estuviera de rodillas y rezando en este instante.
--¡Oh, sí! ¡Ojalá esté rezando, y ojalá el Cielo escuche benigno sus oraciones!
--¡Maldigo--prosiguió el _señor Lapa_ con mayor solemnidad que nunca--maldigo cuanto he hecho y dicho contra las buenas almas que rezan y se pasan el tiempo de rodillas! ¡Maldigo a todos los mortales que en este mismo momento no están de rodillas y rezando para que el Señor nos saque con bien de este riesgo mortal en que nos encontramos! ¡Maldigo, señorita... maldigo...!
El buen _Lapa_ bajó la cabeza después de buscar en vano durante una porción de segundos otra cosa que maldecir.
--Si la misericordia divina quiere que alguna vez lleguemos a nuestra patria--contestó la señorita Pross,--puede usted abrigar la seguridad más absoluta de que repetiré a la _señora Lapa_ cuanto usted acaba de decir con lenguaje tan elocuente; y suceda lo que suceda, en todo momento me encontrará dispuesta a dar testimonio de sus excelentes propósitos... ¡Pero pensemos, _señor Lapa_.... pensemos!
Al cabo de largo rato de profunda meditación, dijo la señorita Pross:
--¿No le parece acertado, _señor Lapa_, dar orden de que el coche, en vez de venir aquí, espere en cualquier parte? Si mi proposición le agrada, podría salir usted a dar el aviso, y yo acudiría al punto que conviniéramos.
Jeremías _Lapa_ contestó que el plan le parecía acertado.
--¿Dónde podrían esperarme?--preguntó la señorita Pross.
Tan aturdido estaba el _señor Lapa_, que no se le ocurrió indicar lugar más a propósito que la acera del Tribunal del Temple de Londres, junto al Banco Tellson.
¡Suerte infausta! El Tribunal del Temple estaba a cientos de millas de distancia, y en cambio la tabernera Defarge se encontraba muy cerca de la casa.
--Junto a la puerta de la catedral--dijo la señorita Pross.--¿Le parece a usted buen sitio la puerta de la catedral, entre las dos torres?
--Me parece inmejorable, señorita.
--Entonces, lléguese a la casa de postas, y dé las órdenes convenientes.
--Lo único que me intranquiliza--dijo _Lapa_ rascándose la cabeza,--es dejar a usted. No sabemos lo que puede suceder.
--Sólo Dios lo sabe, es verdad; pero no tema por mí. Espéreme con el coche a las tres en punto junto a la puerta de la catedral, o lo más cerca que le sea posible, que desde luego será menos expuesto a contratiempos que si saliéramos de aquí. ¡Que Dios le bendiga, _señor Lapa_! Piense, no en nuestras vidas, que poco valen, sino en las otras más preciosas que probablemente dependen de las nuestras.
Estas palabras, y la actitud de la señorita Pross, que tendía hacia él sus manos suplicantes, acabaron de decidir a _Lapa_, quien salió inmediatamente, dispuesto a cumplir la comisión.
No contribuyó poco a tranquilizar a la señorita Pross ver en camino de ejecución las medidas de precaución adoptadas. También halló consuelo en la necesidad de componer su aspecto exterior a fin de no llamar en las calles una atención que podía ser peligrosa. Consultó el reloj y vió que eran las dos y veinte. No podía perder tiempo.
Asustada al pensar en la soledad de aquellas habitaciones desiertas, temiendo ver por todas partes ojos que la acechaban, presa de terrores indecibles, la señorita Pross puso agua fría en una jofaina y principió a lavarse los ojos, rojos e hinchados de tanto llorar. Acosada por sus aprensiones, a cada segundo interrumpía el lavatorio para dirigir en torno suyo miradas de espanto. En una de esas interrupciones, retrocedió y lanzó un alarido penetrante, pues, en realidad, descubrió a una persona que de pie, en el centro de la habitación, la estaba mirando.