Una historia de dos ciudades

Part 32

Chapter 324,013 wordsPublic domain

Ante aquel tribunal, y ante aquel auditorio, ninguna necesidad había de explicar cómo poseía Defarge aquel terrible documento que acababa de hacerse público, cómo no lo había tampoco de hacer saber que el nombre de aquella familia odiada figuraba desde largo tiempo antes en los formidables registros de San Antonio. No había nacido el hombre capaz de defender al mortal sobre quien pesase tan grave denuncia.

Venía a agravar hasta lo infinito la situación del condenado la circunstancia de que su delator fuera un ciudadano conocidísimo y muy respetable, su amigo del alma, nada menos que el padre de su mujer. Una de las aspiraciones más corrientes en el populacho era la de imitar las virtudes públicas de la antigüedad, sacrificarse por la causa del pueblo, inmolar los efectos más tiernos en aras de la República. He aquí por qué, cuando el Presidente dijo que el buen médico republicano no vacilaba en dejar viuda a su hija y huérfano a su nieto, a trueque de exterminar una familia de perniciosos aristócratas, las turbas dieron rienda suelta a un fervor patriótico salvaje, sin que en ningún pecho vibrasen las cuerdas de la simpatía humana.

--¿Conque le has rodeado de influencias poderosas, eh, doctor?--murmuró la señora Defarge, mirando, sonriendo, a La Venganza--¡Sálvale, doctor, sálvale ahora, si puedes!

Los jurados se expresaron por medio de rugidos. Cada voto emitido fué un rugido, la sentencia, una sucesión de rugidos.

Poco se hizo esperar el fallo. Carlos Evrémonde, por otro nombre Darnay, aristócrata de corazón y de sangre, enemigo de la República y feroz opresor del pueblo, volvería a la Conserjería para ser decapitado a las veinticuatro horas.

XI

SOMBRAS

La feroz sentencia que condenaba a la última pena a un inocente fué para la esposa sin ventura agudo puñal que traspasó su tierno corazón. No exhaló, sin embargo, la infeliz un quejido; en el fondo de su alma se alzó una voz potente que la marcó el camino de su deber, diciéndola que su obligación era sostener a su esposo adorado en vez de acrecentar con las suyas sus agonías, y ante el conjuro de aquella voz, la joven se irguió arrogante, sobreponiéndose a los efectos del tremendo golpe recibido.

Los jueces levantaron la sesión para tomar parte en la bulliciosa manifestación pública que no podía menos de tener lugar después del incidente de la vista, y muy en breve, abiertas todas las puertas de la Sala de Justicia, salía el público, indiferente al dolor de Lucía, que tendía sus brazos anhelantes hacia la plataforma donde quedaba su marido.

--¡Si me fuera dado llegar hasta él, Dios mío! ¡Si pudiera darle un abrazo, uno solo! ¡Oh ciudadanos! ¡Buscad en vuestros pechos un resto de piedad y acceded a una súplica que os hago de rodillas!

No quedaban allí más personas que un carcelero con dos de los cuatro individuos que el día anterior fueron a prender a Carlos, y Barsad. El público corría ya bullicioso por las calles.

--Dejemos que le dé un abrazo--propuso Barsad a sus compañeros;--es cuestión de un momento.

Aquellas fieras se ablandaron. Lucía pudo llegar hasta el pie de la plataforma, y su marido, inclinándose sobre la barandilla, la estrechó entre sus brazos.

--¡Adiós, dulce alma mía!--dijo.--Abandono este mundo bendiciendo los amores que en él dejo. En la mansión donde duermen los odios y las pasiones humanas volveremos a encontrarnos.

--Espantosa es mi desventura, Carlos querido; pero la recibo resignada. No sufras por mí, que Dios me protege y sostiene mis fuerzas. ¡La última bendición para nuestro ángel, y adiós!

--Contigo se la envío, y al besarte a ti, beso a las dos, y de las dos me despido al hacerlo de ti.

--¡No... Carlos querido, no! ¡Un momento más!--exclamó Lucía, al ver que el condenado intentaba desasirse de sus brazos.--Nuestra separación no será larga. Presiento que mis amarguras pondrán pronto fin a mi triste vida; pero mientras me quede un soplo de energía, cumpliré con mi deber, y cuando deje a nuestra hija, el Dios misericordioso que me deparó almas buenas que, con su cariño y abnegación alegraron mi existencia, no ha de regateárselas a ella.

Habíala seguido su padre convertido en muda estatua del dolor, quien habría caído de rodillas a los pies de los dos, de no haberlo impedido Carlos.

--¡No... no!--gritó éste, tendiéndole los brazos--¿Ha cometido usted acaso alguna culpa, para postrarse de rodillas ante nosotros? ¡Ah, no! ¡Todo lo contrario! ¡Ahora es cuando me doy cuenta cabal de las torturas horribles que desgarraron su alma! ¡Ahora es cuando puedo aquilatar lo que usted sufrió cuando sospechó la sangre que por mis venas corría y la desesperación que debió sentir cuando las sospechas se trocaron en certeza! ¡Ahora es cuando comprendo las luchas encarnizadas que hubo de librar contra una antipatía natural, los esfuerzos que necesariamente tuvo que hacer para vencerla! ¡Con todo nuestro corazón le damos las gracias! Suyo es todo nuestro agradecimiento, suyo todo nuestro cariño. ¡Que el Cielo le bendiga, como le bendecimos nosotros!

No pudo contestar el anciano, pues ni su garganta agarrotada era capaz de articular palabra, ni en su cuerpo quedaban energías más que para mesarse los cabellos y lanzar alguno que otro quejido de angustia.

--Tenía que suceder así--repuso el reo.--Todo ha conspirado para llegar al fatal resultado a que llegamos. Han sido estériles cuantos esfuerzos he hecho para satisfacer aquella aspiración de mi santa madre a la que dió salida el día primero que usted la conoció y me conoció. Hubiera sido necio esperar bien alguno de una siembra tan abundante de males, hacerse ilusiones de que podría tener término feliz lo que se inauguró con principios fatales. Tenga valor, y perdóneme. ¡El Dios misericordioso le colme de bendiciones!

Separáronse los esposos; y mientras el reo se alejaba entre sus guardianes, su esposa permanecía mirándole, juntas las manos en actitud de súplica y con rostro radiante en el que predominaba una sonrisa acariciadora y confortadora. Sin embargo, no bien desapareció el condenado por la puerta que comunicaba con la cárcel, Lucía dobló su cabeza cual flor segada por el tallo, intentó hablar, y cayó desplomada en tierra.

Del obscuro rincón donde había permanecido oculto desde el comienzo de la vista, salió entonces Sydney Carton y alzó a la desventurada del suelo. No quedaban con ella más que su padre y Lorry. Temblaba el brazo de Carton mientras la levantaba, y, sin embargo, su expresión no era sólo de piedad; había en ella fuerte mezcla de orgullo.

--¿La llevo al coche?--preguntó.--No sentiré su peso.

En sus brazos la condujo hasta el coche que esperaba en la puerta, donde la acomodó. El anciano doctor y el buen Lorry se sentaron a su lado, y Carton se acomodó en el pescante, junto al cochero.

Llegados frente a la verja, al sitio en que horas antes se detuviera Carton procurando adivinar qué piedras habían hollado los pies de Lucía, sacó a ésta del coche, y en sus brazos la subió orgulloso hasta sus habitaciones, acostándola sobre un sofá. Lucita y la señorita Pross lloraban desconsoladas.

--No haga nada por disipar su desmayo.--dijo Carton a la última con voz muy baja.--Está mejor así.

--¡Oh Carton, Carton!--gritó Lucita, saltando al cuello de Carton y rodeándole con sus brazos.--Ahora que ha venido usted, no dudo que hará algo para consolar a mamá, para salvar a papá. ¡Véala usted, Carton! ¿Puede usted, puede nadie que la quiera contemplarla sin que salte hecho pedazos su corazón?

Carton dió un beso a la niña, separó con dulzura sus bracitos, contempló durante algunos segundos a la madre, y dijo:

--Antes de irme... ¿puedo besarla?

Más tarde recordaron los testigos de esta escena que, mientras rozaban sus labios las mejillas de la desmayada, murmuró algunas palabras. La niña, que era la que se encontraba más cerca, dijo después, y repitió muchas veces a sus nietos, cuando era una viejecita encorvada bajo el peso de los años: «Es una vida que amas».

En la habitación inmediata, donde encontró al doctor y a Lorry, dijo al primero:

--Ayer tenía usted mucha influencia, doctor Manette; debe usted ponerla toda en juego. Los jueces, y todos los que hoy tienen algún poder, son amigos suyos y están agradecidos a sus servicios; ¿no es cierto?

--Nada me ocultaron de lo que a Carlos se refería. Abrigaba yo esperanzas, casi seguridad absoluta de salvarle, y le salvé--contestó el doctor, hablando con mucha lentitud y con expresión conturbada.

--Pruebe otra vez. Breves son las horas que separan a hoy de mañana; pero pruebe.

--Probaré... No descansaré un instante.

--Es lo que debe hacer. He visto hacer grandes cosas a hombres dotados de las energías de usted, aunque nunca--añadió, sonriendo y suspirando al mismo tiempo--tan grandes como la que le propongo. Pruebe, sin embargo. La salvación de una vida querida bien vale ese esfuerzo.

--Me presentaré al Fiscal de la República y al Presidente--contestó el doctor Manette,--así como también a otros que no es necesario nombrar. Escribiré también, y... Pero ahora recuerdo que hoy se celebran festejos públicos y que no podré ver a nadie hasta que sea de noche.

--Es verdad. ¡Bah! De todas suertes, se trata de una esperanza muy remota; poco se pierde con esperar hasta la noche. Comienzo por decir que nada espero. Dígame, doctor Manette, ¿cuándo cree que podrá ver a esas autoridades formidables?

--Inmediatamente después de anochecido; yo creo que dentro de una o dos horas.

--Anochecerá poco después de las cuatro... Aprovechemos la hora o dos horas que tenemos por delante. Si a las nueve me presento en casa del señor Lorry, ¿podré saber el resultado de sus gestiones?

--Desde luego.

--¡Ojalá tengan buen éxito!

Acompañó Lorry a Carton hasta la puerta de la calle, donde le dijo con voz muy baja y acento apesadumbrado:

--Nada espero.

--Ni yo.

--Aun cuando uno cualquiera de esos hombres... aun cuando todos esos hombres estuvieran dispuestos a concederle la vida... lo que es suponer demasiado, después de lo ocurrido en la vista, dudo mucho que se atrevieran a hacerlo.

--También lo dudo yo... La cuchilla no se detendrá.

Lorry llevó las manos a la cara y dejó escapar algunos sollozos.

--No se desespere usted... no ceda al abatimiento--dijo con dulzura extremada Carton.--Si he aconsejado al doctor que trabaje sin descanso, ha sido porque sus trabajos, aunque han de ser estériles, han de consolar a su hija algún día. Si su padre se cruzara de brazos, podría pensar que había sido sacrificada una vida sin que nadie se tomase el trabajo de disputarla al verdugo.

--¡Sí, sí, sí! ¡Tiene usted razón!--respondió Lorry, secándose los ojos.--Se trabajará; pero morirá... ¡no resta un átomo de esperanza!

--Es cierto. Morirá... ¡No queda un átomo de esperanza!--repitió Carton como un eco.

Seguidamente echó a andar con paso firme.

XII

TINIEBLAS

Muy poco trecho había recorrido Carton cuando se detuvo, no bien decidido acerca del sitio al que se encaminaría.

--A las nueve en el Banco Tellson--murmuró.--De aquí a entonces, ¿será prudente que me deje ver? Creo que sí. No estará de más que esas gentes tengan noticia de que por aquí anda un hombre como yo... quizá sea una precaución acertada... una precaución necesaria... ¡Cuidado, Carton, cuidado...! ¡Pensémoslo otra vez!

Suspendiendo la marcha ya iniciada en una dirección determinada, entró en una calleja obscura y solitaria y procuró pesar el pro y el contra de su proyecto, midiendo con su imaginación el alcance y las consecuencias probables que aquél pudiera tener.

--No hay duda; es lo mejor--pensó.--Esas gentes deben saber que por la ciudad anda un hombre que se llama Carton.

Con paso resuelto echó a andar hacia San Antonio.

Como aquel mismo día había dicho Defarge en la vista que era dueño de una taberna sita en el barrio de San Antonio, pocas dificultades había de encontrar cualquiera que conociera bien la ciudad para dar con la taberna en cuestión, sin necesidad de preguntar a nadie. Carton, pues, salió de la calleja obscura y comió en una casa de comidas, descabezando a continuación un sueño. En muchos años no había bebido tan poco como aquel día. Desde la noche anterior, sólo había tomado un poco de vino aguado.

A eso de las siete despertó, y reanudó su marcha. Al llegar al barrio de San Antonio, detúvose un instante frente a una tienda donde vió un espejo, y alteró ligeramente el lazo de su corbata y desordenó su cuello y su cabello. Hecho esto, encaminóse en derechura a la taberna Defarge y entró resueltamente en ella.

No encontró en el establecimiento más que a Santiago Tercero, a quien recordó haber visto aquella tarde entre los jurados, el cual estaba bebiendo y conversando con los Defarges, marido y mujer. La Venganza, en su calidad de miembro de la taberna, asistía a la conversación.

Carton, luego que tomó asiento, pidió un vaso de vino. La señora Defarge le dirigió una mirada indiferente, luego otra más detenida, siguió otra extraordinariamente penetrante, y terminó acercándose a él y preguntándole qué deseaba.

Carton repitió lo que antes había dicho.

--¿Inglés?--preguntó la tabernera, enarcando las cejas.

Carton, después de mirarla un buen espacio, cual si le costase gran trabajo pronunciar una palabra francesa, contestó con acento extranjero marcadísimo:

--Sí, señora, sí; inglés.

Fué la tabernera al mostrador para servir el vino, y Carton, mientras tomaba entre sus manos un periódico jacobino y fingía hacer esfuerzos por interpretar la lengua en que estaba escrito, oyó que decía la primera:

--Juro que se parece a Evrémonde.

Sirvió el vino Defarge, dando las buenas noches al parroquiano.

--¿Qué?--preguntó Carton.

--Buenas noches.

--¡Oh... muy buenas noches, ciudadano... y muy buen vino! ¡Brindo por la República!

Volvió Defarge al mostrador, diciendo:

--Es cierto; se le parece un poco.

--¡Y yo repito que se le parece mucho!--replicó con dureza la tabernera.

--Lo tienes tan presente en tu memoria...--observó Santiago Tercero.

--¡A fe que yo tampoco le olvido un momento!--exclamó La Venganza riendo.--Y si no me engaño, estás tú esperando llegue el día de mañana para verle otra vez.

Carton continuaba leyendo, siguiendo con el índice las líneas del periódico y puesta en la lectura toda su atención. Los Defarges, La Venganza y Santiago Tercero, juntas las cabezas y de codos sobre el mostrador, conversaban en voz muy baja. Después de algunos momentos de silencio, durante los cuales las cuatro personas tuvieron sus ojos clavados en el aplicado lector, que no tenía ojos ni oídos más que para el periódico, reanudaron la conversación.

--Opino que tiene razón tu mujer. ¿Por qué detenernos hasta el final del viaje? El argumento es de gran fuerza.

--Todo lo que quieras--objetó Defarge--pero en una parte o en otra tendremos que hacer alto. En realidad, lo único que hay que acordar es dónde se hace ese alto.

--¡Después del exterminio!--replicó la tabernera.

--¡Magnífico!--aulló Santiago Tercero.

--¡Soberbio!--gritó La Venganza.

--Profeso la santa doctrina del exterminio, y dicho se está que, en general, nada tengo que decir en su contra--observó Defarge.--Pero hay que tener en cuenta que ese pobre doctor ha sufrido ya mucho. Hoy habéis podido convenceros de ello, pues todos habréis reparado en la expresión de su cara mientras se leía el papel.

--¡He reparado en la expresión de su cara, sí!--replicó la tabernera, poniendo en sus palabras todo el desprecio y todo el odio de su corazón de fiera.--He reparado en la expresión de su cara, sí; y he visto que no era la cara de un amigo verdadero de la República; eso es lo que he visto.

--Y no te habrán pasado inadvertidas las crueles agonías de su hija, agonías que habrán exacerbado enormemente las suyas--repuso Defarge.

--También he observado a su hija, sí--contestó la tabernera;--la he observado muchas veces; no hoy sólo. La he observado hoy en el Tribunal, y la he observado otros días en la calle, contemplando los muros de la cárcel. Me basta alzar un dedo, para que baje inmediatamente la cuchilla que haga rodar su cabeza.

--¡Eres una ciudadana prodigiosa!--rugió Santiago Tercero.

--¡Un ángel!--suspiró La Venganza.

--En cuanto a ti--prosiguió la tabernera implacable, dirigiéndose a su marido,--segura estoy de que, si de ti dependiera... que por fortuna no depende... serías capaz de salvar aún a ese hombre.

--¡No!--protestó Defarge--¡Si con levantar este vaso pudiera salvarlo, ten por seguro que no lo levantaría! Pero me detendría allí; repito que daría mi obra por acabada.

--Ya lo estás viendo, Santiago--exclamó la tabernera lanzando por los ojos llamaradas de rabia--Ya lo estás viendo también tú, mi querida Venganza... Los dos lo véis... Los dos lo oís... Hace mucho tiempo que figura esa raza en mis registros condenada a la destrucción, al exterminio, por crímenes que nada tienen que ver con los de la tiranía y opresión. Preguntad a mi marido si miento.

--Es verdad--contestó Defarge, sin esperar a que le preguntasen.

--En los comienzos de los grandes días, cuando cayó la Bastilla, encuentra mi marido el papel que se ha hecho público hoy, lo trae a casa, y después de media noche, cuando el establecimiento está cerrado y desierto, lo leemos en este mismo sitio y a la luz de esta misma lámpara. Preguntadle si digo verdad.

--Es verdad, sí--contestó Defarge.

--Aquella misma noche, después de leído el papel y apagada la lámpara, cuando comenzaba a filtrarse el día por entre las grietas de las ventanas y los hierros de las rejas, le dije que tenía que comunicarle un secreto. Que os diga si miento.

--Es cierto--asintió Defarge.

--Y le comuniqué el secreto. Golpeé su pecho con estas dos manos, como lo golpeo ahora, y le dije: «Defarge; me crié entre pescadores de la playa, y la familia labriega tan ultrajada por los hermanos Evrémonde, esa familia que describe el papel encontrado en la Bastilla, es mi familia. Defarge, la hermana moribunda del muchacho campesino herido mortalmente era mi hermana, el marido era el marido de mi hermana, el fruto de sus amores que jamás abrió los ojos a la luz, era el hijo de mi hermana, y aquel hermano labriego era mi hermano, y el padre muerto de dolor era mi padre, los que murieron eran mis muertos, y sus gritos de venganza a mí se han dirigido desde entonces...» Preguntadle si es verdad lo que digo.

--Así es--confesó Defarge.

--¡Y ahora, decidme si es posible poner compuertas al vendaval o extinguir el fuego del infierno!--repuso la tabernera.--Pero no; no es necesario que me lo digáis.

Los dos oyentes saboreaban un placer horrible al convencerse de la índole implacable del odio de la tabernera, cuya palidez de espectro estaba viendo el lector del periódico sin ver su rostro. Defarge, minoría insignificante, aventuró algunas palabras haciendo resaltar la compasión de la esposa del Marqués; pero no consiguió más que la repetición de las palabras últimas de su mujer:

--¡Dime si es posible poner compuertas al vendaval o extinguir el fuego del infierno!

La entrada de algunos parroquianos puso fin a la conferencia. El inglés pagó el gasto hecho y preguntó dónde estaba el Palacio Nacional. Acompañóle hasta la puerta la señora Defarge, y allí, poniendo su brazo sobre el de aquél, le indicó el camino que debía seguir. Ganas se le vinieron al parroquiano inglés de alzar aquel brazo y herir con mano segura a su propietaria.

Alejóse Carton de aquellos parajes, no tardando en rondar los muros de la cárcel. A la hora convenida se presentó en la casa de Lorry, donde halló al anciano que le esperaba inquieto y lleno de ansiedad. Manifestóle el buen banquero que había estado acompañando a Lucía hasta momentos antes, y que se había separado de ella para acudir a la cita convenida; que no habían visto a su padre desde que salió a las cuatro de la tarde; que Lucía abrigaba alguna esperanza de que, por mediación del doctor, acaso se salvase Carlos, pero que las esperanzas eran muy débiles.

Cinco horas duraba la ausencia del doctor: ¿dónde podría estar? Lorry le esperó hasta las diez, y como no podía resignarse a dejar a Lucía sola y sin noticias durante tanto tiempo, decidieron que Lorry volviera a la casa de la infeliz, y que Carton esperaría la llegada del doctor. Lorry debía regresar al Banco a media noche.

Dieron las doce y el doctor no apareció. Volvió Lorry, y ni encontró noticias, ni trajo ninguna. ¿Dónde estaría?

Este era el punto que estaban discutiendo, casi abriendo sus pechos a la esperanza, fundada en lo prolongado de la ausencia, cuando oyeron sonar sus pasos en la escalera. No bien apareció en la habitación, vieron que todo estaba perdido.

Jamás ha podido saberse si se pasó todas las largas horas de ausencia vagando al azar por las calles, o bien si visitó a sus relaciones. Entró en la estancia, permaneció con la mirada fija en los que le esperaban, y no despegó los labios, ni nadie le dirigió la palabra, pues bien claramente decía la expresión de su rostro que todo estaba perdido.

--No puedo encontrarlo--dijo.--¿Dónde está? Me hace falta.

Venía con la cabeza desnuda y abierta la pechera de la camisa. Después de tender miradas de angustia en derredor, se quitó la levita y se sentó en el suelo.

--¿Pero dónde está mi banqueta? Por todas partes la ando buscando sin poder dar con ella. ¿Qué han hecho con mi labor? Necesito concluir esos zapatos... los esperan con urgencia.

Los dos oyentes se miraron consternados.

--¡Vaya... vaya!--repuso el anciano.--¡Mi banqueta... mi labor comenzada...! ¡Repito que es muy urgente!...

Al no recibir contestación, se tiró del cabello y pateó el suelo, semejante a un niño enfadado.

--¡No martiricen a un desgraciado!--exclamó, lanzando un grito formidable.--¡Dénme mi labor... por Dios! ¿Qué será de nosotros si esta noche no termino los zapatos?

¡Perdido, perdido por completo!

Era inútil intentar encender una luz que el recio huracán de la desgracia había extinguido para siempre. Con espanto de Lorry, con terror de Sydney Carton, el doctor Manette volvía a ser el zapatero del sotabanco, el desventurado idiota que años antes entregaron al tabernero Defarge.

Impresionados ambos, afectados por la misma idea y comprendiendo la necesidad de sobreponerse a sus emociones, dedicáronse, no a intentar reanimar aquella inteligencia, totalmente extinguida, sino a tranquilizar al infeliz anciano, prometiéndole que muy en breve le serían devueltos la banqueta, las herramientas y los zapatos.

--Ha sucumbido al golpe, excesivamente rudo para él--dijo Carton.--Sí; no hay más remedio que llevarlo a su hija; pero antes de hacerlo, ¿tendrá usted la bondad de prestarme un momento de atención? Necesito imponer algunas condiciones y arrancar a usted una promesa; pero no me pregunte el motivo de las primeras ni el por qué de la segunda, que para callarlas tengo una razón... y de mucho peso.

--No lo dudo--respondió Lorry.--Siga usted.

En una silla colocada entre los dos interlocutores estaba el anciano, meciéndose con monotonía maquinal y sollozando. Los interlocutores hablaban con voz muy baja, cual si se hallaran junto al lecho de un enfermo.

Carton se bajó para alzar del suelo la levita del doctor. Al hacerlo, cayó al suelo una cajita donde el doctor tenía la costumbre de guardar la lista de las visitas que debía hacer durante el día. La recogió y abrió, encontrando dentro un papel doblado.

--¿Quiere usted que veamos qué es esto?--preguntó.

Lorry asintió con un movimiento de cabeza.

--¡Gracias, Dios mío!--exclamó Carton no bien desdobló el papel.

--¿Qué es?--preguntó Lorry con acento anhelante.

--Un poquito de paciencia; se lo explicaré a su tiempo. Ante todo--dijo, llevando la mano al bolsillo interior de su levita y sacando otro papel,--conviene que vea usted esto, que es un certificado, merced al cual puedo salir de la ciudad sin inconveniente. Léalo usted.... Sydney Carton, súbdito inglés...

Lorry quedó contemplando el papel.

--Guárdelo usted hasta mañana. Recordará usted que he de visitar al prisionero, y no creo prudente llevarlo conmigo a la cárcel.

--¿Por qué no?