Part 31
»No sin haber de luchar con grandes dificultades, y al cabo de largo rato, conseguí hacer tomar a la enferma la dosis de medicina que consideré conveniente. Como quiera que mi propósito era repetir la medicación y observar los efectos que en la enferma producía la primera toma, me senté a la cabecera de su lecho. Sentada con timidez y cortedad manifiestas en un ángulo, había una mujer que la cuidaba, casada con uno de los individuos de escalera abajo. La casa estaba sucia, mal cuidada y amueblada, síntomas evidentes de que la ocupaban desde fecha muy próxima y de que la intención de sus ocupantes era permanecer en ella muy poco tiempo. Habían tendido provisionalmente algunas colgaduras delante de las ventanas, sin duda para que los gritos de la enferma no llegasen al exterior. Continuaba ésta gritando como cuando llegué, repitiendo las mismas palabras y por el mismo orden: «Mi marido... mi padre... mi hermano», y contando a continuación hasta doce. Sus convulsiones eran tan violentas, que no juzgué prudente librarla de las tiras que la sujetaban, aunque las coloqué de manera que la molestasen menos. La crisis no cedía a la medicación, pero observé que la presión de mi mano sobre el pecho de la enferma ejercía sobre ella tanta influencia, que al cabo de algunos minutos se tranquilizaba. No la produjo, empero, sobre los gritos, que continuaban con la regularidad de un péndulo.
»Media hora llevaría yo sentado junto a la cama y bajo las miradas de los dos hermanos, cuando dijo el mayor:
»--Tenemos otro enfermo.
»Me alarmó la noticia, y pregunté:
»--¿Es urgente el caso?
»--Mejor será que lo vea usted por sus ojos--me contestó con tono negligente tomando una luz...
»Yacía el segundo enfermo en una habitación situada a espaldas de la casa, habitación que en rigor no era más que un desván emplazado sobre una cuadra. Parte del desván tenía techumbre muy baja y parte no. Bajo la parte cubierta había heno y paja almacenados, y el resto contenía leña y aperos de labor. Recuerdo tan bien todos estos detalles, que me parece que los estoy viendo en este instante tal como los vi aquella noche, no obstante hallarme encerrado desde hace diez años en mi calabozo de la Bastilla.
»Sobre un montón de heno y apoyada la cabeza sobre una almohada, yacía tendido un mancebo de aspecto de aldeano, de rostro agraciado, y que no contaría más de diez y siete años de edad. Estaba boca arriba, con los dientes apretados, la mano derecha crispada sobre el pecho y la mirada fija en el techo. Me arrodillé a su lado; y aunque no encontraba la herida que había recibido, desde luego vi que moría a consecuencia de una herida producida con instrumento punzante.
»--Soy médico, pobre amigo mío--dije;--deje que le reconozca.
»--No quiero ser reconocido; déjeme en paz--replicó.
»Estaba la herida situada debajo de su mano derecha, que me costó no poco trabajo y muchas instancias separar. Era una estocada recibida de veinte a veinticuatro horas antes, estocada mortal de necesidad, aunque le hubieran sido prestados todos los auxilios de la ciencia al segundo de ser inferida. Se moría a chorros. Busqué con mi mirada la del hermano mayor, y observé que éste contemplaba al herido con la indiferencia misma con que contemplaría a un pájaro, a una liebre o a un conejo heridos. Claramente se advertía que no veía en el muchacho a una criatura humana.
»--¿Quién le ha causado esa herida, caballero?--pregunté yo.
»--¡Bah! ¿A qué hablar de un siervo miserable... de un perro? Obligó a mi hermano a cerrar contra él, y cayó bajo su espada como si hubiese sido un caballero.
»En el tono de la contestación no había ni sombra de piedad, ni sombra de pesadumbre, ni sombra de remordimiento.
»Los ojos del moribundo se volvieron hacia el que acababa de hablar, fijándose a continuación en mí.
»--Doctor--me dijo;--son muy altivos esos nobles; pero también nosotros, los perros miserables, tenemos nuestro orgullo. Nos roban, nos saquean, nos ultrajan, nos vilipendian, nos apalean, pero todo ello no basta para ahogar nuestra altivez. Ella... ¿la ha visto usted, doctor?
»Llegaban hasta allí los gritos de la infeliz, bien que muy amortiguados por la distancia. A la que los daba se refería el herido como si hubiera estado a su lado.
»--La he visto, sí--contesté.
»--Es mi hermana, doctor. Habrán tenido esos nobles durante muchos años derechos vergonzosos sobre la modestia y la virtud de nuestras hermanas; pero entre nosotros quedan muchachas buenas, muchachas que saben resistir sus violencias. Yo lo sé, y he oído a mi padre afirmarlo así. Mi hermana es una de ellas. Tenía relaciones amorosas con un joven, bueno también y honrado, vasallo de este noble que está ahí... todos éramos vasallos suyos... El otro es su hermano, el representante más vil de su despreciable raza.
»El desventurado tenía que hacer esfuerzos verdaderamente sobrehumanos para poder hablar; pero si le faltaban energías corporales, sobrábanle las del alma, y hablaba con extraordinaria entereza.
»--Nos robaba ese hombre que está ahí con la frialdad e indiferencia con que nos roban a los que somos perros vulgares esos seres de naturaleza superior a la humana... nos despojaba sin compasión, nos obligaba a trabajar sin pagarnos, a llevar nuestro trigo a su molino, a alimentar sus aves de corral con nuestras cosechas, pero imponiendo pena de muerte al que tuviera la osadía de apoderarse de una de ellas, nos saqueaba y robaba hasta un grado tal, que si alguna vez, por misericordia de Dios, teníamos una piltrafa de carne que llevar a la boca, la comíamos muertos de miedo, atrancando antes las puertas y las ventanas de nuestras pobres casas, a fin de que sus gentes no la vieran y nos la robaran. Repito que de tal suerte nos despojaban, de tal suerte nos acosaban, de tal suerte nos hacían imposible la vida, que mil veces he oído decir a mi padre que era para nosotros una desgracia inmensa traer a un hijo al mundo, y que debiéramos suplicar a Dios condenase a la esterilidad a todas las mujeres de nuestra casta, a fin de que ésta se extinguiera de una vez y para siempre.
»Jamás había yo presenciado la explosión de los sentimientos de los infelices oprimidos; suponía, sí, que en el fondo de su alma guardaban almacenadas cantidades inmensas de odio contra sus opresores; pero su estallido era para mí espectáculo nuevo hasta aquella noche.
»--Mi hermana, doctor, se casó, a pesar de todo. Su pobre prometido andaba mal de salud por entonces, y mi hermana se casó para atenderle y cuidarle en nuestra cabaña... nuestra perrera, como diría ese monstruo que tenemos delante. Pocas semanas llevaba de casada, cuando tuvo la desgracia de que la viera el hermano de ese hombre; le gustó, y con la mayor naturalidad del mundo pidió a su hermano mayor que se la prestase. ¿Qué importaba que estuviera casada? ¡Son tan poca cosa los maridos entre nosotros!... El hermano mayor accedió sin inconveniente, pero mi hermana era buena y virtuosa, y por añadidura, detestaba a su admirador con tanta fuerza como le detesto yo. ¿Qué creerá usted que hicieron entonces los dos hermanos para recabar del marido de mi hermana que ejerciese sobre ésta toda su influencia hasta obligarla a rendirse a sus torpes deseos?
»Los ojos del muchacho, fijos hasta entonces en los míos, volviéronse poco a poco hacia los del noble, en cuya cara no me fué difícil leer la verdad de los cargos que se le hacían. Aun aquí, en el interior del sepulcro de la Bastilla en que me encuentro desde tantos años, creo ver las dos clases de orgullo, perfectamente distintas, que reflejaban las dos caras: indiferencia y hielo respiraba la del caballero; deseos furiosos de venganza la del muchacho campesino.
»--Usted sabe, doctor, que uno de los derechos de esos nobles consiste en aparejarnos a los que somos perros miserables, engancharnos a sus carros y obligarnos a tirar. Pues bien; al marido de mi hermana lo engancharon, convenientemente atalajado, a un carro, y le obligaron a tirar de él. Sabe usted, doctor, que entre los derechos de esos nobles figura el de obligarnos a pasarnos las noches en sus terrenos, imponiendo silencio a las ranas a fin de que sus cantos no perturben su noble sueño; el marido de mi hermana se pasaba las noches a la intemperie y los días tirando del carro. No por ello se dejó persuadir... ¡No! Un día, cuando le libraron de los aparejos y le despidieron para que se fuera a comer... si encontraba qué, exhaló doce sollozos, uno por cada campanada que daba el reloj--era mediodía--y murió en los brazos de mi hermana.
»Sólo las ansias de explicar el agravio recibido sostenían la vida en aquel cuerpo moribundo. Buscando en su determinación energías que no encontraba en su organismo, alejó las sombras de la muerte que le invadían y oprimió con mayor fuerza que nunca su herida por la cual escapaba su vida.
»--Muerto el marido de mi hermana, con la autorización de este hombre, y hasta con su apoyo material, su hermano se apoderó violentamente de la pobre viuda, a la que necesitaba para sus placeres, para su diversión de momento. La tropecé en el camino cuando se la llevaban. Llevé la noticia a nuestra casa, y al oirla mi padre, estalló en mil pedazos su corazón. Inmediatamente acompañé a mi hermana menor, tengo dos... hasta un sitio donde no se hallara al alcance de ese hombre, hasta un sitio donde no fuera su vasalla. Volví luego, seguí al hermano de ese noble, y anoche le salí al encuentro, yo, un perro despreciable, pero con la espada en la mano... ¿Dónde está la ventana?... ¿No había aquí una ventana?
»Abandonábale la vida y con la vida la luz. Tendí yo en derredor mis miradas, y advertí que el heno y la paja que cubrían el suelo estaban pisoteados y hollados, cual si allí hubiese teñido lugar una lucha encarnizada.
»--Me oyó mi hermana y acudió corriendo. Yo la dije que no se acercara hasta que estuviera muerto su infame raptor. Este me tiró algunas monedas, y a continuación, me cruzó la cara con su látigo; pero yo, no obstante ser un perro despreciable, lo abofeteé hasta obligarle a desenvainar su espada. ¡Que rompa ahora la hoja de una espada manchada con la sangre de un villano, que la haga mil pedazos, que siempre será cierto que hubo de desenvainarla para defender su vida, y que si me hirió, fué apelando a toda su habilidad!
»Momentos antes había visto yo, desparramados por el suelo, pedazos de una espada; era de caballero. Un poco más allá, sobre la paja, había otra espada vieja, una espada de soldado.
»--Incorpóreme, doctor, incorpóreme; ¿dónde está ese hombre?
»--No está aquí--contesté sosteniendo al moribundo, creyendo que se refería al hermano.
»--¡Claro! ¡Con toda su altivez de noble me tiene miedo! ¿Y el hombre que estaba aquí? ¡Vuélvame hacia él... quiero verle!
»Hícelo así, apoyando sobre mi rodilla la cabeza del muchacho; pero éste, reanimadas por un momento todas sus energías, se puso en pie, obligándome a hacer otro tanto para sostenerle.
»--¡Marqués!--gritó, con mirada dilatada y levantando el brazo.--Llegará día en que todos los hombres habrán de dar cuenta estrecha de sus actos; para ese día te emplazo a ti y a todos los tuyos, desde el primero hasta el último de tu maldita raza, para que respondáis de vuestros crímenes. Sea esta cruz que con sangre estampo sobre tu cara testimonio de mi emplazamiento. Para el día en que todos los hombres habremos de dar cuenta estrecha de nuestros actos emplazo también a tu hermano, el más vil de una raza vil y miserable, para que responda de los suyos por separado; sobre su cara estampo esta otra cruz con mi sangre, como testimonio de mi emplazamiento.
»Dos veces llevó la mano a la sangrienta herida de su pecho y con el dedo índice trazó dos cruces en el aire. Permaneció algunos segundos con el dedo índice rígido, levantado y cayó muerto...
»Cuando volví a la estancia donde dejé a la enferma, la encontré delirando como la había dejado, y repitiendo las mismas palabras y con el mismo orden de siempre. Desde luego adiviné que la crisis duraría muchas horas y que, probablemente, terminaría con su muerte.
»Repetí las medicinas y me senté junto a la cama, donde permanecí hasta que la noche estaba ya muy avanzada. Los gritos de la enferma continuaron con la misma intensidad, con el mismo orden, sin variar una sola palabra. «Mi marido... mi padre... mi hermano... Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce.»
»Treinta y seis horas hacía que la vi por primera vez, y el estado de la enferma en nada había variado. Me encontraba sentado a la cabecera de su lecho cuando la crisis comenzó a ceder. Cesaron los gritos, terminaron los estremecimientos, y al poco rato quedó aletargada, como muerta.
»Llamé entonces a la enfermera para que me ayudara a colocarla bien en la cama y a ordenar sus vestidos, desgarrados por mil sitios, y entonces me di cuenta de que la desdichada estaba encinta, y perdí las pocas esperanzas que de salvarla abrigaba.
»--¿Ha muerto ya?--preguntó el Marqués, que acababa de entrar en la estancia, después de un paseo a caballo.
»--No ha muerto, pero muerta parece--respondí.
»--¡Qué resistencia tienen estos villanos!--exclamó, contemplándola con curiosidad.
»--Las penas y la desesperación suelen resistir lo indecible--contesté.
»Mis palabras excitaron en el primer momento su risa, pero luego frunció el entrecejo. Acercó con el pie una silla a la que yo estaba sentado, mandó a la enfermera que nos dejase solos, y dijo, con voz baja:
»--Doctor, al ver a mi hermano en la dificultad en que se encontraba, le aconsejé que buscase a usted. Goza usted de una reputación envidiable, pero todavía tiene que labrarse su fortuna, y supongo que no ha de serle indiferente lo que afecte a sus intereses. Está usted presenciando cosas que pueden verse, pero nunca decirse.
»Yo fingí que prestaba atención a la respiración de la enferma y no contesté.
»--¿Me dispensa usted el honor de escucharme, doctor?
»--En mi profesión, caballero, cuantas noticias se dan al médico referentes a los enfermos, se entiende que son confidenciales--contesté, evitando comprometerme a nada, pues lo que había oído y visto llenaba mi alma de recelos.
»La respiración de la infeliz se iba dificultando en tales términos, que hube de buscar síntomas de vida en su pulso y en los latidos de su corazón. Para ello me fué preciso levantarme de la silla, y cuando volví a sentarme me encontré frente a frente de los dos hermanos...
»Tropiezo para escribir con dificultades horribles. En primer lugar, el frío es insoportable, y, como por otra parte, temo con fundamento que averigüen que escribo, en cuyo caso me encerrarían en un calabozo subterráneo adonde no llega ni un hilo de luz, conceptúo prudente abreviar todo lo posible mi narración. Mi memoria no puede ser más fresca; conservo en ella todos los detalles, todas las palabras que se cruzaron entre mí y los dos hermanos.
»Por espacio de una semana, estuvo la enferma entre la vida y la muerte; más cerca de la última que de la primera. Hacia el final de la semana, logré entender algunas palabras que me dijo, aplicando mi oído a sus labios. Me preguntó dónde se encontraba, y se lo dije; deseó saber quién era yo, y satisfice su deseo; pero fué en vano que yo la preguntara su apellido; cayó su cabeza sobre la almohada, y guardó su secreto, como lo guardara antes que ella su hermano.
»No tuve ocasión de hacerla nuevas preguntas hasta después que manifesté a los hermanos que la enferma se moría, y que no viviría un día más. Hasta entonces, aunque ninguno de los dos se dejó ver de la enferma, unas veces el uno, otras el otro, se encontraban invariablemente detrás de una cortina tendida en la cabecera de la cama; pero al comunicarles yo mi pronóstico, parece que ya no les importó que yo hablase con la moribunda; ya no trataron de impedir las confidencias que la que estaba para abandonar el mundo pudiera hacer a quien... se encontraba probablemente en el mismo caso.
»Siempre observé que el hecho de que el hermano menor (continuaré llamándole así) hubiera cruzado la espada con un muchacho, y por añadidura labriego y plebeyo, hería profundamente el orgullo de los dos. Lo que al parecer les afectaba, no eran las desgracias que habían ocasionado, sino el pensamiento de que el incidente aludido degradaba a la familia y la colocaba en situación altamente ridícula. Infinidad de veces sorprendí en los ojos del hermano menor miradas que rebosaban odio, aunque aparentemente me trataba con mayor finura que el mayor. Tampoco se me ocultó que para este último era yo estorbo molesto.
»Murió mi enferma a las diez de la noche. Me encontraba yo solo a su lado, dobló su juvenil cabeza, terminaron para siempre sus desdichas sobre la tierra.
»En la planta baja de la casa esperaban los hermanos.
»--¿Ha muerto al fin?--preguntó el mayor, al verme entrar.
»--Acaba de morir--contesté.
»--Sea en hora buena, hermano--repuso, volviéndose hacia el menor.
»Ya antes me habían ofrecido dinero, que yo no acepté, diciendo que ultimaríamos ese detalle al final. El hermano mayor me entregó un cartucho de monedas de oro, que yo recibí de su mano, pero que dejé seguidamente sobre la mesa. Había meditado el asunto, y de la meditación resultó el propósito decidido de no aceptar nada.
»--Dispénsenme ustedes--dije;--dadas las circunstancias, nada debo aceptar.
»Los hermanos cambiaron una mirada, me hicieron una inclinación de cabeza, que yo contesté con otra, montaron a caballo, y se fueron....
»Me siento cansado, rendido, extenuado... Ni leer puedo lo que mi descarnada mano ha escrito.
»A la mañana siguiente, muy temprano, trajeron a mi casa el cartucho de monedas de oro, colocado dentro de una cajita dirigida a mi nombre. Yo, entretanto, después de largas meditaciones, había resuelto ya la norma de conducta que habría de seguir. Decidí escribir aquel mismo día al Ministro, haciéndole historia de los dos casos en que había intervenido y detallando el lugar en que aquéllos ocurrieron; en una palabra: enviarle una relación circunstanciada, bien que con carácter particular. Conocía yo hasta dónde llegaban las influencias en la Corte, no eran para mí un secreto los privilegios e inmunidades de que gozaban los nobles, y, como consecuencia, suponía que mi escrito no daría ningún resultado; pero aun así, quise tranquilizar mi conciencia. Decidí no revelar a nadie mi secreto, ni siquiera a mi mujer, y así lo hice constar en la carta dirigida al Ministro. No creí que a mí me amenazase peligro alguno; pero supuse que lo correrían otros, si los comprometía haciéndoles dueños del secreto que yo poseía.
»Estuve aquel día tan ocupado, que no me fué posible terminar la carta hasta después de cerrar la noche. A la mañana siguiente, dejé el lecho antes de la hora acostumbrada. Era el último día del año. Acababa de dar la última mano a la carta, cuando me avisaron que me esperaba una señora que deseaba verme...
»Por momentos me considero más incapaz de dar cima a la tarea que me he impuesto. ¡Es tan insoportable el frío, tan escasa la luz, tan completa la parálisis de mis facultades, tan horrible la obscuridad de mi alma!...
»Era una señora joven, simpática y hermosa, pero señalada con el dedo descarnado de la muerte. La encontré presa de intensa agitación. Me dijo que era la esposa del marqués de Evrémonde. Yo relacioné el título de marqués que el muchacho moribundo diera al hermano mayor con la inicial que descubrí en la corbata blasonada y, con tales datos a la vista, no me fué difícil adivinar que el hombre de quien me había separado y el marqués de Evrémonde eran una misma persona.
»Aunque mi memoria continúa despejada, me es imposible consignar aquí las palabras que se cruzaron en nuestra conversación. Parece que la señora tenía noticia de la intervención que yo había tenido en un suceso que conocía en parte y en parte sospechaba. No sabía que la infortunada joven hubiese muerto. Sus deseos, según me manifestó anegada en lágrimas, eran visitarla en secreto y testimoniarla su simpatía, y sus anhelos, desviar la cólera de Dios suspendida sobre una casa que de antiguo venía siendo objeto del odio de tantos a quienes había precipitado en los negros abismos de la desgracia.
»El objeto de la visita de aquella señora, que tenía sus motivos para creer que la desdichada víctima de su marido dejaba una hermana más joven, era suplicarme que la indicase el nombre y lugar de la residencia de la hermana en cuestión, a fin de ayudarla y protegerla. No pude contestar otra cosa sino que, en efecto, existía aquella hermana; mas no facilitarla datos que desconocía entonces, y desconozco a la hora en que escribo estas líneas...
»Me falta ya el papel. Ayer me quitaron una hoja, temo que la vigilancia de que me hacen objeto es más estrecha que nunca, y hoy mismo es preciso que termine mi relato.
»La señora era buena, de corazón compasivo, y desgraciadísima en su matrimonio. El hermano de su marido la odiaba, desconfiaba de ella y empleaba en su contra toda su influencia. Ella le temía, y temía también a su marido. Cuando la acompañé hasta la puerta de mi casa, después de despedirse de mí, vi a un hijo suyo, que la esperaba en el coche, un niño precioso de dos a tres años de edad.
»--Por amor a este inocente, doctor,--me dijo la pobre madre hecha un mar de lágrimas,--he de llegar, en el camino de las reparaciones, hasta donde alcancen mis escasas fuerzas. Una voz interior me dice que ha de purgar el inocente hijo los delitos de su culpable padre, si oportunamente no ofrezco alguna expiación por ellos. Mi preocupación primera ha de ser inocular en su tierno corazón la compasión hacia sus semejantes, y mi postrer encargo, el de velar por la hermana que busco, si puedo encontrarla.
»Besó a continuación al niño, y le dijo:
»--Por ti lo hago todo, Carlos. ¿Olvidarás mis encargos?
»--Nunca--respondió con resolución el niño.
»No consigné en mi carta un nombre que me habían comunicado confidencialmente. La cerré, y no queriendo confiarla a nadie, aquel día la llevé yo mismo a su destino.
»Por la noche, era la última del año, a eso de las nueve, llamó en mi casa un hombre vestido de negro, dijo que necesitaba verme, y mi criado Ernesto Defarge lo condujo a mi presencia.
»--Un caso urgente en la calle St. Honoré--dijo.
»Salí inmediatamente. En la calle me esperaba un coche... que me condujo aquí, a la tumba. Apenas habíamos perdido de vista mi casa, cuando inopinadamente me amordazaron y sujetaron con cuerdas los brazos. No tardaron en salir los dos hermanos al encuentro del coche. El Marqués sacó del bolsillo la carta que yo había llevado al Ministro, me la enseñó, la quemó con la llama de una linterna que llevaba en la mano, y pisoteó las cenizas. No se habló ni una palabra. Me trajeron a esta tumba, y en ella sigo.
»Si en el lapso de estos horribles años, Dios se hubiera dignado tocar el corazón de cualquiera de los dos hermanos, no para que pusieran término a mi espantoso cautiverio, sino para que me dieran noticias de mi adorada esposa... para que me dijeran, ya que no otra cosa, si vive o ha muerto, creería que, a pesar de sus maldades, no los ha dejado por completo de su mano; pero hoy creo que las cruces rojas trazadas con sangre por el muchacho moribundo han sido fatales para ellos, creo que el Cielo los ha condenado. Como consecuencia, yo, Alejandro Manette, cautivo infortunado, en la noche última del año 1767, denuncio a los dos hermanos y a todos sus descendientes, hasta el último, a los tiempos que no pueden menos de llegar, en que los hombres castiguen maldades como las de que se han hecho reos. También los denuncio al cielo y a la tierra.»
Terribles rugidos siguieron a la lectura de este documento. No se oían palabras, que las gargantas no podían modular, sino rugidos que revelaban sed insaciable de sangre.