Una historia de dos ciudades

Part 30

Chapter 303,889 wordsPublic domain

Sonaban las diez de la noche en los relojes de la ciudad cuando Carton ponía fin a su paseo frente a los sombríos muros de la cárcel de La Force. Un aserrador de madera, después de cerrar su taller, fumaba tranquilo su pipa frente a su establecimiento.

--Buenas noches, ciudadano--dijo Carton, observando que el aserrador le dirigía miradas inquisitivas.

--Buenas noches, ciudadano.

--¿Qué tal anda la República?

--Supongo que te referirás a la Guillotina... No anda mal. Hoy sesenta y tres; no tardaremos en llegar a cien por día. Sansón y sus ayudantes se quejan de que el trabajo es excesivo, de que se les agotan las fuerzas... ¡Ja, ja, ja! ¡Qué gracioso es el buen Sansón! ¿Has visto en tu vida barbero más atareado?

--¿Le ves con frecuencia...?

--¿Afeitar? Todos los días... ¡Vaya un barbero! ¿Le has visto alguna vez en funciones?

--Nunca.

--Pues no dejes de ir a verle cuando tiene tarea por delante. Es una delicia verle trabajar... Figúrate tú, ciudadano; hoy, sesenta y tres en menos de dos horas... ¡En menos de dos horas, palabra de honor!

En tal extremo repugnó a Carton la fruición con que el aserrador explicaba las _faenas_ del verdugo, que le volvió la espalda para no estrangularle, como era su deseo más ferviente.

--Pero tú no eres inglés, aunque como inglés vistes, ¿verdad?--preguntó el aserrador.

--Inglés soy--contestó Carton, volviendo la cabeza.

--Pues hablas como un francés auténtico.

--Fuí estudiante aquí.

--¡Ah...! Casi francés, entonces. Buenas noches, inglés.

--Buenas noches, ciudadano.

--No dejes de ir a ver al amigo Sansón.

Alejóse Carton, pero no se había separado gran cosa del taller del aserrador, cuando se detuvo bajo un farol y escribió algunas palabras con lápiz en un pedazo de papel. Cruzando a continuación una porción de calles obscuras y sucias, con el paso decidido del que sabe perfectamente a donde va, hizo alto frente a una droguería, cuya puerta estaba cerrando en aquel momento el droguero.

Luego que dió las buenas noches al ciudadano droguero, cuyo aspecto nada tenía que envidiar, por lo sucio y repugnante, a la tienda, puso sobre el mostrador el pedazo de papel en que poco antes escribiera con lápiz.

--¡Demonio!--exclamó el droguero.--¡Ji, ji, ji! ¿Es para ti, ciudadano?

--Para mí.

--¿Tendrás cuidado de guardarlos por separado, ciudadano? ¿Sabes las consecuencias de la mezcla?

--Perfectamente.

El droguero preparó unos papeles, que Carton guardó en el bolsillo interior de su levita. Pagó su importe, y sin hablar más, salió a la calle.

--Por esta noche, nada tengo ya que hacer--murmuró, alzando la cabeza.--Mañana continuaremos... Me es imposible dormir.

No reflejaba indiferencia ni aturdimiento el tono con que pronunció Carton las palabras anteriores, ni había en ellas desesperación ni reto; vibraba en su acento la resolución del hombre que, después de largos años de viajar por caminos torcidos, sin rumbo ni dirección fijas, penetra al fin en uno cuyo término le es conocido.

Largos años antes, cuando descolló entre los jóvenes de talento, entre los estudiantes que prometían grandes cosas, acompañó a su padre al cementerio. Su madre había fallecido mucho antes. Pues bien; aquellas palabras solemnes que el sacerdote leyó sobre la tumba del que le dió el ser, palabras olvidadas entre los desórdenes de una vida licenciosa, surgieron potentes en su memoria mientras esta noche recorría las calles tristes y solitarias, bajo un cielo cubierto de negros nubarrones.

«Yo soy la resurrección y la Vida; aquel que cree en Mí, aun cuando haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá jamás.»

No hubiera sido difícil encontrar la fuerza misteriosa que evocó aquellos recuerdos en el fondo de su alma, semejante a la cadena que arranca de las profundidades del limo el ancla enmohecida, clavada largo tiempo atrás, con sólo reparar en que paseaba solo y de noche, por las calles de una ciudad sujeta a la ley de la cuchilla, recordando con dolor las sesenta y tres cabezas que aquel día habían rodado, y pensando en los desdichados que morirían sobre el cadalso al día siguiente, y al otro y al otro. No intentó, empero, buscarla; limitóse a repetir una y otra vez las palabras que quedan copiadas, y prosiguió paseando.

Concentrando todo su interés en las ventanas iluminadas correspondientes a habitaciones donde había personas que se disponían a descansar, afanosas por olvidar durante las breves horas de calma de la noche los horrores que las rodeaban durante el día, en las torres de las iglesias, donde no se celebraban ya cultos divinos, pues la revulsión popular hizo objeto preferente de sus iras a los sacerdotes, a quienes acusó de impostores, de libertinos y de ladrones; en aquellos lugares sagrados, destinados, según las inscripciones colocadas sobre las puertas, al reposo eterno; en los calabozos, rebosantes de prisioneros, y en las calles, por las que las gentes corrían al encuentro de una muerte considerada ya, en fuerza de la costumbre, tan corriente y natural, que ni los mismos encargados de manejar la guillotina veían turbados sus sueños por apariciones espectrales; puesta, en suma, toda su atención en la vida de aquella ciudad que corría desbocada a la muerte, Sydney Carton cruzó el Sena buscando calles mejor iluminadas y más animadas.

Eran muy contados los coches que se veían, pues los que podían permitirse el lujo de tenerlos, sabedores de que usarlos era tanto como solicitar ser inscriptos en el Libro de los Sospechosos, preferían caminar a pie, luciendo sendos gorros colorados y calzados con zapatos de lo más ordinario. Llenos estaban, empero, los teatros, que comenzaban a vaciarse a la hora en que Carton paseaba por las calles céntricas, donde aquéllos estaban situados. Junto a la puerta de un teatro, por la cual salían compactas masas de gentes alegres que, canturreando, se dirigían a sus casas, vió Carton a una niña, de la mano de la madre, que buscaba un sitio que la permitiera atravesar la calle sin meterse hasta las rodillas en el fango. Carton tomó a la criaturita en sus brazos, la transportó a la acera opuesta, y antes que el tímido angelito soltara los brazos que rodeaban su cuello, la rogó que le diera un beso.

«Yo soy la resurrección y la vida; aquél que cree en Mí, aun cuando haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá jamás.»

Ya más avanzada la noche, cuando la tranquilidad en las calles era completa y el silencio absoluto, parecíale que el rumor de sus propios pasos modulaba aquellas sentencias, que la brisa las traía envueltas entre sus sutiles susurros. Dueño de sí mismo, tranquilo, resuelto, la repetía con frecuencia con los labios; pero en sus oídos sonaban siempre.

Y continuó avanzando la noche mientras Carton, inclinado sobre el pretil del puente, escuchaba los besos rumorosos del río a los muros de la Isla de París, y contemplaba la pintoresca confusión de edificios envueltos en sombras grises, sobre las cuales se alzaba arrogante la cúpula de la catedral bañada por la luz blanquecina de la luna. Vino el día. La noche, con la luna y las estrellas, palidecieron y murieron, y durante algunos minutos, pareció que toda la creación caía bajo el cetro amarillento de la Muerte.

La corriente del río, rápida, impetuosa, profunda, parecióle amigo cariñoso. Echó a andar siguiendo sus márgenes y alejándose del bullicio de la ciudad. Durmióse en la orilla; cuando despertó, continuó paseando algunos minutos más, fijos sus ojos en un remolino que giraba vertiginoso, hasta que se lo tragó la corriente y lo arrastró al mar.

--¡Como yo!--murmuró Carton.

Cuando llegó a casa, Lorry había salido ya. Carton no preguntó adónde había ido, pues sin grandes esfuerzos de imaginación podía adivinarlo. Tomó una tacita de café, se lavó y arregló, y se fué sin pérdida de momento al Tribunal. Allí encontró a Lorry, allí encontró al doctor Manette, allí encontró a _ella_, sentada junto a su padre.

Cuando compareció Carlos Darnay, dirigióle Lucía una mirada tan alentadora, tan llena de amor sin límites y de tierna compasión, que hizo afluir la sangre a las mejillas del reo, animó su mirada y alegró su corazón. Si alguien hubiera tenido puestos sus ojos sobre Sydney Carton, habría reparado que aquella mirada, aunque no dirigida a él, prodújole los mismos efectos que al prisionero.

Ante aquel tribunal injusto, que había principiado por desterrar el orden en los procedimientos, era perfectamente inútil que ningún acusado pretendiera hacerse oir; que no hubiese valido la pena traer la Revolución para no echar al propio tiempo a los cuatro vientos todas las leyes, reglamentos y ceremonias, para no abolir de una vez y para siempre el orden social del que tan monstruosamente había abusado el mundo para no negar a los acusados el derecho de justificarse.

El Jurado fué desde los primeros momentos el blanco de todas las miradas. Formábanlo los mismos patriotas resueltos, los mismos republicanos excelentes que lo formaban el día anterior, los mismos que lo formarían al día siguiente. Entre ellos, descollaba un hombre de cara repulsiva, un caníbal feroz en toda la extensión de la palabra, un individuo que bebía sangre, que se bañaba en sangre, que respiraba sangre. Era Santiago Tercero, aquel a quien conocimos en el barrio de San Antonio. Los demás semejaban jauría de perros anhelando destrozar la pieza.

Todos los ojos estaban fijos en los cinco jurados y en el acusador público, quien habló, poco más o menos, en los siguientes términos:

--Carlos Evrémonde, llamado también Darnay. Ayer se le puso en libertad, y ayer mismo fué acusado de nuevo y vuelto a prender. Anoche se le hizo saber la acusación fulminada contra él. Pesan sobre su cabeza los cargos de enemigo de la República, de aristócrata, de ser individuo de una familia de tiranos, miembro de una raza proscripta, que abusó de sus privilegios, hoy felizmente abolidos, oprimiendo de la manera más villana al pueblo. Carlos Evrémonde, llamado también Darnay, reo de los crímenes mencionados, es hombre muerto a los ojos de la Ley. Su cabeza pertenece de derecho al verdugo.

--¿La delación contra el acusado, es pública o secreta?--preguntó el presidente.

--¿Quién la hizo?

--Tres personas. Ernesto Defarge, tabernero de San Antonio.

--Muy bien.

--Teresa Defarge, mujer del mencionado.

--Perfectamente.

--Alejandro Manette, médico.

Este último nombre alzó en la sala una tempestad de gritos ensordecedores. En medio del tumulto, vióse que se levantaba el doctor, pálido como un cadáver y temblando como un azogado.

--Presidente--gritó,--protesto indignado contra la ruin mentira que acaba de pronunciarse aquí. Yo no he podido delatar al marido de mi hija, y el Tribunal sabe muy bien que el acusado es mi yerno. Mi hija, y las personas que la son queridas, valen para mí mil veces más que mi misma vida. ¿Dónde está el impostor que se atreve a afirmar que yo he denunciado al marido de mi hija? ¿Dónde el falso patriota que osa mentir con tanto descaro?

--Tranquilízate, ciudadano Manette. Faltar al respeto que debe merecerte la autoridad del Tribunal, sería tanto como salirte fuera de la Ley. Has dicho que hay algo que para ti vale mil veces más que tu vida; y yo no sé que para un buen patriota haya nada que valga tanto como la República.

Frenéticos aplausos premiaron la réplica del presidente. Este, luego que impuso silencio a fuerza de campanillazos, prosiguió con calor:

--Si la República te exigiera el sacrificio de tu misma hija, tu deber sería sacrificarla. Sigamos, y silencio.

El doctor Manette cayó desplomado en la silla. Sus labios temblaban, y sus ojos miraban despavoridos en derredor. El jurado de cara de caníbal se frotaba las manos con visible fruición.

Restablecido el silencio, presentóse Defarge, quien hizo una historia sucinta del cautiverio y libertad del doctor; manifestó que había sido su criado, y expuso el estado en que el cautivo se hallaba cuando se lo entregaron. Terminada la historia, el Tribunal le dirigió las preguntas siguientes:

--¿Prestaste buenos servicios en la toma de la Bastilla, ciudadano?

--Tal lo creo.

--¡Fuiste uno de los mejores patriotas!--gritó una mujer, arrebatada por el entusiasmo--¿Por qué no decirlo así? Aquel día fuiste artillero, te batiste con furia, y entraste el primero en la maldita fortaleza, luego que cayó en poder del pueblo. ¡Patriotas... creedme, porque digo la verdad!

La que acababa de hablar era La Venganza. Los aplausos de la concurrencia ensordecían. Agitó el Presidente la campanilla, pero La Venganza, enardecida por las turbas, aulló:

--¡No me da la gana callar! ¡Me río yo de la campana y de quien la toca!

Al fin calló, cuando se le agotaron las fuerzas.

--Da cuenta al Tribunal de lo que hiciste dentro de la Bastilla, ciudadano.

--Yo sabía--respondió Defarge, mirando a su mujer que desde poca distancia le estaba clavando con sus ojos--que el cautivo de quien hablo había estado sepultado en una celda que llamaban Ciento Cinco, Torre del Norte. El secreto me lo reveló él mismo, pues mientras permaneció en mi casa, haciendo zapatos, no supo que tuviera otro nombre que el Ciento Cinco, Torre del Norte. El día de la toma de la Bastilla, mientras hacía fuego con mi cañón, decidí reconocer la celda en cuestión, tan pronto como la fortaleza cayera en poder nuestro. Cayó; e inmediatamente subí al calabozo mencionado, juntamente con un compañero, que figura en el jurado, y un calabocero, que se encargó de guiarnos. La reconocí muy detenidamente, y en un agujero del muro, disimulado detrás de un sillar que había sido quitado y vuelto a colocar, encontré un papel escrito. El papel escrito es éste. He examinado varios escritos del doctor Manette, y la letra de este papel, es letra de puño del doctor Manette. Entrego este papel, escrito de puño y letra del doctor Manette, al Presidente.

--Que se lea.

El documento, leído en medio de un silencio sepulcral, mientras el reo miraba con amor a su mujer, y ésta miraba ora a él ora a su padre, y el doctor Manette no separaba los ojos del lector, y la señora Defarge clavaba los suyos con insistencia en el prisionero, y Defarge no separaba los suyos de su mujer, y todos los que llenaban la sala contemplaban al doctor que no veía a nadie, decía así:

X

LA SUBSTANCIA DE LA SOMBRA

«Yo, _Alejandro Manette_, médico desventurado, natural de Beauvais, y residente en París, escribo este doloroso documento en mi horrenda celda de la Bastilla en el mes último del año de 1767. Lo escribo aprovechando ratos que robo a la vigilancia y venciendo dificultades inmensas. Mi propósito es esconderlo en el interior del muro de mi tumba, donde a fuerza de trabajo he conseguido abrir un hueco. Tal vez lo encuentre alguna mano misericordiosa cuando yo y mis desventuras hayamos pasado al mundo del olvido.

»Trazo estos renglones con el óxido que he sacado de los enmohecidos hierros de la reja mezclados con sangre de mis venas, el mes último del año décimo de mi cautiverio. En mi pecho no queda ya ni un átomo de esperanza. Fenómenos terribles que en mí mismo he observado me anuncian que muy en breve me abandonará también la razón, pero declaro solemnemente que en este momento me hallo en posesión plena de mis facultades mentales... que mi memoria es exacta y circunstancial, que escribo la verdad, y que estoy pronto a responder de la veracidad de mis palabras, tanto si llegan a ser leídas algún día por los hombres, como si están condenadas al secreto eterno, ante el Juez Eterno cuya mirada lee en el fondo de los corazones.

»Una noche de la semana cuarta de diciembre (creo que el día veintidós del mes) del año 1757, hallábame yo paseando por un paraje retirado del paseo que bordea al Sena y a una hora de distancia de mi casa, sita en la calle de la Facultad de Medicina, cuando por mi espalda vi que se aproximaba un carruaje, tirado por dos caballos, a galope. En el momento de hacerme a un lado para dejar paso al carruaje y evitar ser atropellado, asomó en la ventanilla una cabeza, y una voz mandó al cochero que parase.

»Hizo alto el coche tan pronto como el cochero pudo refrenar a los caballos, y la misma voz que diera la orden de parar, me llamó por mi nombre. No paró el coche frente a mí, sino a distancia bastante para que dos caballeros tuviesen tiempo de abrir la portezuela y saltar al paseo antes que llegase yo, acudiendo al llamamiento. Observé que ambos iban perfectamente embozados en sus capas y que procuraban recatar sus rostros. Al llegar yo a su lado y encontrarlos de pie a uno y otro lado de la portezuela, reparé también en que los dos parecían ser de mi misma edad, quizá más jóvenes, y que se parecían mucho en estatura, movimientos, voz y (de lo poco que pude ver) hasta en rostros.

»--¿Es usted el doctor Manette?--me preguntó el uno.

»--Yo soy--contesté.

»--¿El doctor Manette, natural de Beauvais, joven médico y cirujano hábil y original, que desde hace uno o dos años es una verdadera notabilidad en París?--terció el otro.

»--Caballeros; soy, efectivamente, el doctor Manette, de quien ustedes hablan con benevolencia excesiva--contesté.

»--Hemos estado en su casa--repuso el que había hablado primero,--y no habiendo tenido la suerte de encontrarle, aunque sí la de que nos indicaran que probablemente estaría paseando por estos sitios, le hemos seguido llevados de la esperanza de alcanzarle. ¿Tiene usted la bondad de entrar en el carruaje?

»El tono de su voz era imperioso; mientras se cruzaron las palabras que dejo consignadas, se movieron en forma que me dejaron colocado entre ellos y la portezuela del coche, y además, iban armados y yo no.

»--Ruego a ustedes que me perdonen, caballeros--respondí,--pero es el caso que tengo por costumbre preguntar quiénes son las personas que me hacen el honor de pedir mis servicios y la índole del caso que hace necesaria o conveniente mi asistencia.

»Me contestó el que había hablado en segundo lugar:

»--Sus clientes, doctor, son personas de alta posición social. Por lo que se refiere a la índole del caso que hace necesaria su asistencia, la confianza que en su ciencia y en su habilidad tenemos es para nosotros garantía de que ha de comprenderla usted sin necesidad de explicaciones nuestras, que seguramente resultarían deficientes. Creo que con lo dicho basta. ¿Tiene la bondad de montar?

»No me quedaba más recurso que obedecer, y lo hice sin hablar palabra. Inmediatamente me siguieron los dos caballeros, habiendo recogido el estribo el que entró el último. El coche dió media vuelta y partió a galope.

»Consigno aquí la conversación tal como fué; puedo asegurar que la repito textual, palabra por palabra. Lo describo todo exactamente lo mismo que tuvo lugar, sujetando a mi imaginación y evitando que divague. Los puntos suspensivos que en mi relato se encuentren, significan que suspendo la tarea para otra ocasión y que oculto el documento en el escondite abierto al efecto...

»El carruaje atravesó muchas calles, pasó por la Barrera Norte y no tardó en avanzar por un camino, fuera de la ciudad. A dos tercios de legua de la Barrera (no calculé entonces la distancia, pero sí cuando la volví a recorrer) dejó el coche el camino real, y momentos después hacía alto frente a una casa solitaria. Saltamos a tierra los tres, y avanzamos por un mullido paseo de un jardín, cubierto de hierba, en cuyo centro había corrido una fuente en otros tiempos, hasta llegar a la puerta de la casa. Nos franquearon la entrada, no bien sonó la campanilla, y el que nos la franqueó, recibió un bofetón terrible de uno de mis acompañantes.

»Confieso que no me llamó la atención aquel acto, pues estaba muy acostumbrado a ver que los hombres de la clase baja eran tratados por los nobles con menos miramiento que si fueran perros. Una vez dentro de la casa, pude observar que el parecido entre mis dos acompañantes era tan maravilloso, que desde luego los deputé por hermanos gemelos.

»Desde que saltamos del carruaje frente a la verja del jardín, que encontramos cerrada y que abrió uno de los hermanos, cerrándola de nuevo luego que la franqueamos, venía yo oyendo gritos que tenían su origen en una de las habitaciones altas de la casa. Condujéronme en derechura a la habitación de la que partían los gritos, donde encontré tendida sobre el lecho a una enferma, presa de terrible fiebre cerebral.

»Era la paciente una mujer de belleza maravillosa y muy joven; seguramente no pasaba de los veinte años. Su hermosa cabellera ofrecía un aspecto de desorden tan completo, que entristecía el ánimo, y los brazos de la enferma estaban sujetos con tiras de tela. Observé que estas tiras eran pedazos de traje de corte de caballero, en uno de los cuales vi el escudo de armas de un noble con la inicial E.

»Estas observaciones las hice todas al minuto escaso de haber entrado en la estancia. Ocurrió que la enferma, cuya agitación era espantosa, se volvió boca abajo, una de las fajas que la sujetaban se introdujo en su boca, y vi que corría peligro de morir asfixiada. Separé, como es natural, la tira, y entonces fué cuando descubrí el escudito de armas bordado en ella.

»Volví boca arriba a la paciente, coloqué mi mano sobre su pecho a fin de calmarla y obligarla a permanecer quieta, y miré su rostro. Su mirada estaba horriblemente dilatada, y sus labios crispados repetían a gritos estas palabras: «Mi marido... mi padre... mi hermano». Luego contaba hasta doce, permanecía unos segundos escuchando con toda la atención de su alma, y comenzaba de nuevo a gritar «Mi marido... mi padre... mi hermano», y de nuevo contaba hasta doce y de nuevo hacía una pausa para escuchar. Ni en el tono, ni en los ademanes, ni en la voz había la menor variación.

»--¿Cuándo comenzó este estado de cosas?--pregunté.

»A fin de distinguir entre los dos hermanos, llamaré al uno el hermano mayor y al otro el menor, entendiendo por el mayor al que ejercía mayor autoridad.

»--Desde anoche a estas horas--contestó el hermano mayor.

»--¿Tiene marido, padre y hermano?

»--Tiene un hermano.

»--¿Y no estoy hablando con ese hermano en este instante?

»--No--replicó con tono de profundo desprecio.

»--¿La ha ocurrido recientemente algo relacionado con el número doce?»

»--¿Con el número doce?--repitió con impaciencia el hermano menor.

»--Pueden convencerse ustedes, caballeros, de lo inútilmente que me han traído aquí, tal como estoy--dije, puestas aún mis manos sobre el pecho de la enferma.--Si yo hubiese sabido lo que pasaba, habría venido provisto de lo necesario, mientras que ahora estamos perdiendo lastimosamente el tiempo. En un sitio tan solitario como es éste, no es posible encontrar medicinas.

»El hermano mayor miró al menor, quien replicó con voz altanera:

»--Tenemos aquí un botiquín.

»Momentos después lo sacaba de un armario y lo colocaba sobre la mesa...

»Abrí algunos frascos, los olí y llevé sus tapones a mis labios. Si me hubiese hecho falta administrar a la enferma cualquier substancia no narcótica ni tóxica, a buen seguro que no la hubiera medicinado con nada de lo que contenía el botiquín.

»--¿No le inspiran confianza?--preguntó el hermano menor.

»--Viendo está usted, caballero, que voy a utilizarlas--contesté sencillamente.