Una historia de dos ciudades

Part 29

Chapter 294,010 wordsPublic domain

--Voy haciéndome cargo de la importancia de las cartas, pero aun ignoro cómo piensa usted jugarlas--contestó el espía visiblemente intranquilo.

--Principio jugando el triunfo siguiente: Denuncia contra el llamado Barsad ante el Comité del distrito más próximo. Vea usted sus cartas, Barsad, y juegue... sin precipitaciones, que nadie nos corre.

Tomó de nuevo la botella, se sirvió otra copa, la bebió con calma imperturbable y esperó. Vió que el espía temía que de las libaciones resultase una denuncia inmediata, y, sin duda para acrecentar el temor, se sirvió y apuró la cuarta copa.

--Tómese todo el tiempo que quiera, Barsad, no sea que pierda la partida a la primera jugada.

Era Barsad adversario más débil de lo que Carton había supuesto. A decir verdad, en su juego tenía cartas muy malas, y él lo sabía, aunque no lo supiese Carton. Sabía, por ejemplo, que, destituído de su honroso cargo en Inglaterra, como resultados de imperdonables torpezas cometidas en el ejercicio de aquél, atravesó el Canal y ofreció sus servicios en Francia, donde fueron aceptados, al principio, para tentar y sonsacar a sus compatriotas, y más tarde, para tentar y sonsacar a los franceses. Sabía que, durante el gobierno derribado, estuvo encargado de vigilar el barrio de San Antonio y la taberna de Defarge; que recibió de la policía los datos necesarios acerca del cautiverio, libertad e historia del doctor Manette, merced a los cuales creyó que conseguiría hacerse amigo confidencial de los Defarges, aunque muy pronto hubo de convencerse de que, en algunas ocasiones, el que va por lana vuelve trasquilado. Siempre recordó con terror que aquella tabernera terrible había hecho calceta mientras él intentaba sonsacarla, y se echaba a temblar cada vez que se acordaba de que le miraba con expresión sombría mientras sus dedos se movían vertiginosos. Habíala visto desde entonces infinidad de veces en el distrito de San Antonio, armada de sus registros hechos a punto de media y denunciando personas cuyas cabezas no tardaba en cercenar la guillotina. Sabía, como lo saben todos los que ejercen empleos como el suyo, que sobre su cabeza rugía a todas horas la tormenta; que su cabeza corría peligro, que la fuga era imposible, que por momentos acercaba su pescuezo a la cuchilla, y que, pese a los servicios prestados a la causa del terror imperante, una sola palabra bastaba para llevarle al patíbulo. No bien le denunciasen, fulminando contra él todos o parte de los gravísimos cargos que acababan de insinuarle, comprendió que aquella formidable mujer, de cuyo carácter implacable había visto pruebas sobradas, exhibiría el registro fatal que disiparía la última posibilidad de salvación. Unase a esto la ley, mil veces comprobada, de que todos los soplones, todos los delatores secretos, son cobardes por temperamento, hombres que se amedrentan sin dificultad, y se comprenderá la la disposición de ánimo en que quedó Barsad.

--Parece que no son muy de su gusto sus cartas--dijo Carton con la calma de siempre.--¿No juega usted?

--Creo, señor--respondió Barsad, volviéndose hacia Lorry y hablando con humildad rastrera,--que me veo en el caso de solicitar de un caballero de sus años y de su benevolencia el favor de que recabe de este otro caballero, mucho más joven que usted, que desista de jugar la carta de que acaba de hablarme. Confieso que soy un espía, y reconozco que el oficio a nadie honra, aunque me admitirán ustedes que alguno ha de desempeñarlo; pero este caballero no es espía, este caballero no es delator; y puesto que ahora no lo es, ¿que necesidad tiene de serlo en lo sucesivo?

--Jugaré mi carta, señor Barsad--dijo Carton, sin esperar a que contestase Lorry,--sin el menor escrúpulo y dentro de cinco minutos.

--Yo había dado cabida a la esperanza, señores, de que, por consideración a mi hermana...

--El mayor favor que podemos hacer a su hermana, es librarla para siempre de un hermano como usted--replicó Carton.

--¿Lo cree usted así, señor?

--Estoy convencidísimo de ello.

El espía, con toda su humildad, que tanto contrastaba con su indumentaria de terrorista y probablemente con su manera ordinaria de ser, recibió golpe tan rudo de la inescrutabilidad de Carton, que siempre fué un misterio para hombres más honrados y más listos que él, que vaciló, tembló, y se dió por perdido. Mientras desconcertado, estupefacto, callaba sin saber cómo salir del atolladero, repuso Carton:

--Estoy examinando otra vez mis cartas, y encuentro una, tan buena como las enumeradas, de la que no había hecho mención. ¿Quién es aquel colega suyo, que hablaba como quien toda su vida se la ha pasado paciendo en las cárceles?

--Es un francés; no le conoce usted--respondió vivamente el espía.

--¿Francés, eh?--exclamó Carton, como si no pensase en lo que estaba diciendo--puede ser.

--Lo es... se lo aseguro... aunque eso es lo de menos--dijo el espía.

--Aunque eso es lo de menos...--repitió Carton como maquinalmente--aunque eso es lo de menos... Sí... es lo de menos... Pero es el caso que yo conozco esa cara.

--Creo que no... Desde luego aseguro que no... No es posible...

--No es posible...--murmuró Carton, llenando por quinta vez su copa, que por fortuna era pequeña.--No es posible... Habla francés con corrección... pero con acento ligeramente extranjero...

--Acento provinciano--explicó el espía.

--¡No! ¡Acento extranjero!--replicó Carton, descargando un puñetazo sobre la mesa.--¡Es Cly! ¡Disfrazado, desfigurado, pero el mismísimo Cly! Lo he tenido muchas veces ante mi vista en el Old Bailey.

--Se arrebata usted con facilidad, señor--dijo Barsad con sonrisa que acentuó la inclinación hacia un lado de su nariz aguileña,--lo que pone en mis manos una ventaja sobre usted. Cly, mi colega en otro tiempo, no tengo inconveniente en confesarlo, murió hace una porción de años. Le cuidé yo mismo durante su última enfermedad. Fué enterrado en Londres, en el cementerio de la parroquia de San Pancracio. No le acompañé hasta el cementerio, porque temí a las muchedumbres, pues mi amigo y colega tuvo la desgracia de hacerse extraordinariamente impopular; pero ayudé a los que le encerraron en el ataúd.

De pronto Lorry vió proyectada en la pared la sombra de un trasgo o cosa análoga. Volvió la cabeza buscando el origen de la proyección, y con sorpresa que no es para ser descrita, advirtió que estaba en la cabeza de Jeremías _Lapa_, cuyos cabellos, semejantes a aceradas púas, se habían puesto de punta.

--Póngase usted en razón, señor, y no se deje engañar por suspicacias que no tienen base racional--repuso el espía.--Para demostrar a usted cuán engañado está, y la ninguna base de su suposición, voy a presentarle un certificado en regla de la defunción de Cly, certificado que siempre llevo en el bolsillo. Tómelo usted--añadió, ofreciendo a su interlocutor un papel doblado.--¡Léalo, léalo... tómelo en sus manos, examínelo con detenimiento... no es falso, no, sino auténtico y muy auténtico!

Lorry observó que la sombra proyectada en la pared se prolongaba. Era que _Lapa_ se había levantado del asiento y se aproximaba al espía, a cuyo lado se colocó sin ser visto ni oído por él. Poniendo su diestra sobre el hombro de Barsad, preguntó:

--¿Conque fué usted el que puso a Rogerio Cly dentro del ataúd?

--Yo fuí; sí.

--¿Y quién le sacó de él?

Barsad, echándose sobre el respaldo de su silla, balbuceó:

--¿Qué significan sus palabras?

--Significan--contestó _Lapa_--que el cadáver de Cly nunca estuvo dentro del ataúd. ¡No... y no! ¡Que me corten la cabeza si estuvo!

El espía miró alternativamente a los dos caballeros, los que, a su vez, contemplaban con estupefacción infinita a _Lapa_.

--Y añado--repuso Jeremías _Lapa_--que enterrasteis adoquines de calle y tierra dentro de aquel féretro. No me venga aquí con monsergas ni con pretensiones de hacerme creer que enterraron a Cly, que yo, y dos hombres más, sabemos muy bien lo que había dentro del ataúd.

--¿Pero cómo lo sabe usted?

--¿Y a usted qué le importa?--gruñó _Lapa_.--Hace mucho tiempo que aborrezco a usted, sí, señor, porque hasta en asuntos tan graves como la muerte se atreve a engañar a menestrales honrados que sólo ambicionan trabajar. ¡Sepa usted, señor mío, que por menos de media guinea lo agarraría por el pescuezo y lo estrangularía!

Tanto Carton como Lorry, cuyo asombro había llegado al colmo, rogaron a Jeremías _Lapa_ que se moderase y que les explicase lo que para ellos era enigma de imposible solución.

--Otro día lo haré, señor--replicó _Lapa_, poco propicio a dar las explicaciones que se le pedían,--que no es esta ocasión conveniente para entrar en explicaciones. Lo que yo quiero dejar sentado es que ese individuo sabe muy bien que Cly no pensó nunca en ser encerrado en aquel ataúd. Que se atreva a repetirlo ese embustero, y lo ahogo entre mis zarpas o salgo corriendo a delatarlo.

--¡Hum!--gruñó Carton.--Me encuentro con otro triunfo, Barsad. Aquí en París, donde se respira la atmósfera de las sospechas, bien seguro es que no sale con vida de una denuncia el que, como usted, sostiene relaciones estrechas con otro espía aristócrata de su misma calaña, sobre quien pesa el misterio de haberse fingido muerto y enterrado para resucitar contra todas las leyes divinas y humanas. Maquinaciones contra la República fraguadas por extranjeros que la República tiene a sueldo... ¡Malo, malo! Es un triunfo muy grande... el triunfo de la Guillotina, Barsad. ¿No juega usted?

--¡No! ¡No juego!--contestó el espía.--¡Me rindo! Confieso que nos habíamos hecho tan impopulares con la vil gentuza, que yo logré escapar de Inglaterra donde corría riesgo de ser ahorcado, y Cly se vió tan comprometido, que si no se muere es bien cierto que ni por los aires habría podido salir. Lo que me maravilla, lo que me aturde, lo que me vuelve loco, es que ese hombre sepa que Cly no fuera enterrado. ¿Cómo lo averiguó?

--No se caliente usted los cascos, señor mío--contestó _Lapa_--Harto hará con prestar atención a lo que éstos caballeros le dicen. Pero no olvide que por menos de media guinea le estrangulo con mis propias manos.

El mirlo del verdugo se volvió hacia Carton, y dijo con decisión que hasta aquel instante no había tenido:

--Entro de servicio dentro de muy poco, y no me es posible entretenerme más. Me dijo usted que deseaba hacerme una proposición; ¿tiene la bondad de formularla? Principiaré por decirle que no me pida grandes cosas, que no pretenda exigirme nada que esté reñido con mi cargo, nada que ponga mi cabeza en mayor riesgo del que ahora corre, pues prefiero abandonar mi vida a las contingencias de una negativa que a las de un consentimiento. Antes habló usted de una partida desesperada; ya estamos todos desesperados; por mi parte, confieso que lo estoy como el que más. Otra cosa; sin el menor escrúpulo delataré a usted si veo que me conviene, pues cuando se hunde la casa, uno busca salida entre los montones de ruinas. Hechas estas advertencias, que conviene que no pierda usted de vista, dígame qué desea de mí.

--Muy poca cosa. ¿No es usted calabocero de la Conserjería?

--En vez de contestar su pregunta, le diré que no hay escape posible--replicó con entereza el espía.

--Y yo exijo que conteste lo que acabo de preguntar.

--Lo soy algunas veces.

--¿Puede serlo cuando quiere?

--Puedo entrar y salir de la Conserjería cuando quiero.

Carton llenó otra copita de licor, la vertió gota a gota en el suelo, y al cabo de algunos instantes de reflexión dijo:

--Hasta aquí, hemos hablado en presencia de estos dos señores, porque me convenía que alguien, además de nosotros dos, tuviera noticia del valor de las cartas que tengo, pero lo que falta, es cosa que debe quedar entre usted y yo. Acompáñeme a esa habitación, donde cambiaremos las pocas palabras que faltan.

IX

HECHO EL JUEGO

Mientras Sydney Carton y el mirlo del verdugo, encerrados en la habitación contigua, conferenciaban con voz tan baja que ni el rumor más insignificante se filtraba por las rendijas de la puerta, Lorry contemplaba a Jeremías _Lapa_ con recelo manifiesto y profunda desconfianza. Bueno será advertir que el efecto producido por la insistente mirada del buen banquero sobre el honrado menestral no era el más indicado para disipar prevenciones; variaba la pierna sobre la cual gravitaba el peso de su cuerpo con tanta frecuencia como si hubiese dispuesto de cincuenta extremidades y desease probar la robustez de todas; examinaba sus uñas con atención tan escrupulosa, que llegaba a inspirar sospechas, y cuantas veces sus ojos tropezaban con los escrutadores de Lorry, acometíale un acceso de tos que le obligaba a llevar la mano a la boca, síntoma que rara vez, acaso nunca, acompaña a la franqueza perfecta de carácter.

--¡Jeremías!--exclamó de pronto Lorry.--¡Venga usted acá!

Aproximóse _Lapa_ caminando a la usanza cangrejil, es decir, de costado.

--¿Qué oficios ha tenido usted además de ordenanza del Banco?

A vuelta de una meditación bastante detenida, y después de buscar una idea luminosa en la mirada fija de su superior, contestó _Lapa_:

--He sido agricultor.

--Abrigo fundados temores--replicó Lorry, moviendo con fiero ademán la mano--de que usted ha sido ordenanza del respetable Banco Tellson para despistar, para tener una pantalla que encubriera otras ocupaciones contrarias a la Ley, ocupaciones sencillamente infames. Si así es, no espere de mí consideración alguna tan pronto como lleguemos a Inglaterra; si así es, no espere tampoco que yo guarde el secreto. Debe conocerlo Tellson, y lo conocerá.

--No puedo creer, señor,--contestó con humildad _Lapa_--que un caballero como usted, un caballero en cuyo servicio he encanecido, se resuelva a causarme perjuicios de tanta consideración sin antes pensarlo muy bien..., aun cuando lo que sospecha fuera cierto. Yo no digo que lo sea; pero si lo fuese, siempre confiaría que usted no me había de tratar tan mal. Suponiendo que fuera lo que usted teme, aun entonces habría que estudiar el asunto desde dos puntos de vista, puesto que no tiene uno solo, sino dos. Doctores en medicina hay, y no pocos, que encuentran guineas de oro allí donde un menestral honrado no halla más que míseros peniques... ¡Ni peniques siquiera! Medios peniques... Y ni medios peniques; cuartos de penique... y gracias. ¿Y qué me dice usted de los que entran y salen del Banco Tellson pasando delante del honrado menestral que está junto a la puerta, sentado en un banquillo viejo, mientras ellos van arrellanados en lujosos carruajes? ¿No es un espectáculo para despertar el apetito más dormido? Añada usted a todo eso la presencia en Inglaterra de una señora _Lapa_ que se pasa el día y la noche de rodillas y rezando para estropearle todos los negocios al marido, mientras las mujeres de los médicos y las de los que pasean en carruajes lujosos, rezan para que prosperen los asuntos de sus casas respectivas. Otra cosa; si lo que usted sospecha fuese cierto, que yo no digo que lo sea, ¿cree usted que me haría muy rico tomando los desperdicios de los empresarios de pompas fúnebres, lo que no quisieran los sacristanes, lo que desdeñasen los vigilantes de los cementerios? ¡No, señor Lorry, no! es un oficio perdido; créame usted.

--¡Uf!--exclamó Lorry--¡Me horroriza verle a usted!

--El ofrecimiento que con toda la humildad me atrevo a hacer a usted, aun cuando fuera cierto lo que usted sospecha, que yo no digo que lo sea, es...

--¡No venga usted con embustes!

--No, señor; hablaré con verdad. El ofrecimiento que humildemente deseo hacer es el siguiente: sobre el banquillo emplazado en la acera del Tribunal, se sienta un hijo mío, que ya casi es un hombre, que hará recados, vigilará y se desvivirá por desempeñar las funciones que hasta aquí he desempañado yo, si así lo quiere usted. Si lo que usted teme fuera cierto, que yo no digo que lo sea, ni tampoco que no lo sea, porque no quiero mentirle a usted, den a mi hijo el cargo de su padre y que se encargue al propio tiempo de su madre, y mientras, deje al padre en libertad de cavar la tierra como se le antoje. Esto es, señor Lorry--añadió _Lapa_, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano,--lo que yo deseo ofrecer a usted.

--¡Calle, Jeremías! ¡Calle y no diga ni una palabra más! Quién sabe si me decidiré a tratarle como hasta aquí, si con obras, no con palabras, me demuestra su arrepentimiento. Palabras no las quiero; no me convencen.

Salieron en aquel instante Carton y Barsad.

--Adiós, Barsad--dijo el primero;--quedamos entendidos. Nada tema de mí.

Tomó asiento junto a Lorry, quien le preguntó.

--¿Qué han hecho?

--Poca cosa; si la suerte del prisionero se pone obscura, me permitirán hacerle una visita; nada más.

El desaliento de Lorry se acentuó.

--No puedo hacer más--repuso Carton.--Pedir demasiado, equivalía llevar a ese hombre a la guillotina, y, como dijo muy bien él, mayor desgracia no podría sobrevenirle aun cuando le delatásemos. Demos gracias a lo comprometido de su posición, pues de otra suerte, nada habríamos conseguido.

--Pero llegar hasta él, en el caso de que le condenen, no es salvarle--objetó Lorry.

--Nunca dije que le salvaría--replicó Carton.

Los ojos de Lorry buscaron gradualmente el fuego que ardía en la chimenea. El dolor que le produjo la segunda prisión del marido de la niña que tanto amaba abatió todas sus energías. Ya no era un hombre joven, a pesar de sus muchos años; era un viejo aniquilado por la ansiedad. Las lágrimas almacenadas en su pecho subieron hasta sus ojos y rodaron silenciosas por sus arrugadas mejillas.

--Tiene usted un gran corazón y es amigo leal de sus amigos--dijo Carton con voz alterada.--Perdóneme si he sido portador de una noticia que tan dolorosamente le ha afectado. Me sería imposible ver llorar a mi padre y conservar mi tranquilidad, y yo le juro que no respeto menos su dolor que respetaría el de mi padre.

Tanto respeto, tanto interés, tanto sentimiento había en el tono y en la expresión de las palabras que quedan transcriptas, que Lorry, que no había tenido ocasión de apreciar el lado bueno de Carton, experimentó una de las sorpresas más grandes de su vida. Tendió silencioso una mano a su interlocutor, quien la estrechó con efusión.

--Volviendo al pobre Darnay--repuso Carton,--diré que no es conveniente que hable usted a su esposa de la conferencia que acabamos de tener, ni de lo que he conseguido del espía. Ella no podría llegar hasta el calabozo, y si sabía que iba yo, acaso pensase que mi intención era proporcionar a su marido los medios de adelantarse a la ejecución de la sentencia.

No había pensado en ello Lorry, quien al oir las palabras anteriores, volvió con viveza sus ojos hacia Carton, como para cerciorarse de si lo que no quería que pensase Lucía era precisamente lo que él tenía en su pensamiento.

--Pensaría tal vez eso--añadió Carton,--y podría sospechar mil otras cosas, cada una de las cuales sería una tortura añadida a las que ya la atosigan. No le hable siquiera de mí. Conforme dije a usted al llegar a París, no la veré; conviene que no la vea. Lo que yo pueda hacer por ella, lo haré mejor no viéndola. ¿Va usted ahora a visitarla? Vaya cuanto antes, sí, pues esta noche debe de estar desesperada.

--Voy ahora mismo.

--De lo que me alegro en el alma. Le quiere a usted mucho y tiene en usted confianza sin límites. ¿Cómo está ahora?

--Nadando en espantoso mar de ansiedades, pero hermosa como siempre.

--¡Ah!

Fué una exclamación profunda, larga, semejante a un gemido, a un sollozo ahogado. Los ojos de Lorry se volvieron hacia los de Carton con rapidez bastante para sorprender, mientras los de este último se clavaban en la lumbre de la chimenea, el paso por ellos, fugaz como una exhalación, de una luz o de una sombra; el anciano caballero no se hubiese atrevido a precisar si fué lo uno o lo otro.

--¿Ha terminado usted ya la comisión que aquí le trajo?--preguntó Carton al cabo de breves segundos.

--Sí. Conforme estaba diciendo a ustedes anoche, cuando tan inopinadamente llegó Lucía, he hecho cuanto podía hacerse. No esperaba más que verlos a cubierto de peligro y contentos para abandonar a París. Pensaba marchar muy pronto; pero...

Ambos quedaron silenciosos.

--Largo es el libro de su vida, señor Lorry, ¿verdad?--preguntó Carton, sin duda por decir algo.

--He cumplido los setenta y ocho años.

--Setenta y ocho años bien empleados; setenta y ocho años durante los cuales ha sido útil a sus semejantes y respetado por éstos; ¿eh?

--Casi desde que tengo uso de razón me he dedicado a los negocios; sin exagerar puedo decir que, desde muchacho, soy hombre de negocios.

--Su laboriosidad le ha valido ocupar un puesto envidiable. ¡Cuántos le echarán de menos cuando deje vacante ese puesto!

--No lo crea usted--replicó Lorry moviendo la cabeza--¿Quién ha de verter una lágrima a la memoria de un solterón viejo y solitario como yo?

--¡No diga usted eso! ¿No llorará por usted ella? ¿No llorará su hija?

--Sí... sí... Llorarán... ¡gracias a Dios! Perdone usted; no sabía lo que decía.

--Es un consuelo que bien merece que por él se den a Dios las gracias; ¿no es cierto?

--Mucho, sí... de acuerdo.

--Si esta noche pudiera usted decirse con verdad las palabras siguientes: «No he sabido granjearme el cariño, la estimación, la gratitud ni el respeto de nadie; en ningún corazón humano he conseguido despertar ecos de simpatía, nada he hecho bueno, nada que sea útil a mis semejantes, nada digno de ser recordado», sus setenta y ocho años de edad serían setenta y ocho mil años de remordimientos; ¿no es verdad?

--Tiene usted razón, Carton; creo que no me cansaría de maldecirlos.

Clavó nuevamente Carton su mirada en la lumbre, permaneció largo rato pensativo, y al fin, dijo:

--Otra pregunta desearía hacerle; cuando se acuerda usted de su niñez, ¿la encuentra demasiado distante? ¿Le parece que ha transcurrido mucho tiempo desde los días felices en que se sentaba sobre las rodillas de su dulce madre?

Lorry, con tono de voz inseguro por el efecto de la emoción que le embargaba, contestó:

--Hace veinte años, sí; hoy, no. Me ocurre lo que al que viaja siguiendo un círculo; comienza alejándose del punto de partida; pero a medida que llega al final, se acerca más y más al principio. Con frecuencia despiertan hoy en mi corazón recuerdos tiernos largos años dormidos, con frecuencia veo a mi santa madre, tan joven, tan hermosa... mi madre muy joven y yo muy viejo... con frecuencia me acuerdo de incidentes de la vida ocurridos cuando el mundo no era para mí tan real como es hoy, ni en mí habían echado raíces las faltas.

--Lo comprendo--exclamó Carton enrojeciendo vivamente.

--Y esos recuerdos, lejos de dejarle sabor amargo, le serán gratos, ¿verdad?

--En efecto; me producen una sensación de pesar dulce.

Carton ayudó a poner el sobretodo a su interlocutor.

--Usted, en cambio, es muy joven--repuso Lorry, volviendo al mismo tema.

--Sí... no soy viejo; pero mis caminos juveniles nunca fueron los que llevan a la vejez.

--¿Va usted a salir?--preguntó Lorry.

--Acompañaré a usted hasta la puerta de su casa. Ya conoce usted mi manera de ser inquieta y mis costumbres de vagabundo, así que, si me paso muchas horas rondando al azar por esas calles sin volver a casa, esté usted tranquilo, que yo reapareceré si no hoy, mañana. ¿Piensa asistir mañana a la vista de la causa?

--Con harto dolor de mi alma tendré que asistir.

--Allí estaré yo, pero entre el público. Mi espía me encontrará sitio... ¿Quiere usted aceptar mi brazo?

Cogidos del brazo bajaron la escalera y salieron a la calle. Minutos después llegaban frente a la casa del doctor Manette, donde se separaron. Lorry entró en la casa y Carton se alejó de ella pero por muy poco tiempo, pues breves instantes después, volvía a estacionarse junto a la puerta cerrada.

--_Ella_ sale todos los días por aquí--se dijo Carton;--toma aquella dirección... ¡Cuántas veces habrá pisado esas piedras!... ¡Seguiré sus pasos!