Una historia de dos ciudades

Part 28

Chapter 283,976 wordsPublic domain

--¡Cuidado, amiga mía!--terció Lucía--¡Prudencia, por favor, mucha prudencia!

--¡Sí, sí, sí! seré muy prudente; pero me parece que entre nosotros puedo decir que no es muy grato recibir por esas calles suspiros que apestan a cebolla, a aguardiente y a tabaco, mezclados con abrazos. Voy a salir; pero no se mueva usted de junto a la lumbre hasta que yo vuelva, mi querida señorita. Cuide del marido que ha recobrado y nada tema. ¿Puedo hacer una pregunta antes de marchar, señor doctor?

--Me parece que puede usted tomarse esa libertad--respondió el doctor con tono humorístico.

--Por todos los santos del Cielo, no hable usted de libertad, señor doctor. Estoy de libertad hasta la coronilla--exclamó la Pross.

--Por Dios, querida; ¿otra vez?--dijo Lucía.

--Vaya, señorita--replicó la Pross, moviendo la cabeza con aire solemne;--si quiere que diga lo que siento, manifestaré que yo, como súbdita que soy de Su Graciosa Majestad el Rey Jorge III, me río de esos descamisados. Mi máxima es: «Maldita de Dios sea su política; quiera Dios frustrar sus criminales propósitos; en Dios tengo puesta mi confianza, y viva el Rey.»

_Lapa_, en un arrebato de lealtad a su soberano, repitió el viva con voz estentórea.

--Celebro que sea usted un inglés castizo, señor _Lapa_,--dijo la señorita Pross con tono de aprobación,--aunque hubiese sido de desear que no hubiera puesto tanta energía en su grito. Pero vamos a la pregunta, señor doctor; ¿no ha encontrado usted aún el medio de salir para siempre de esta maldita ciudad?

--No, por ahora; salir en estas circunstancias, sería peligroso para Carlos.

--¡Qué se le va a hacer!--exclamó la señorita Pross, conteniendo un suspiro y mirando a Lucía.--Tendremos paciencia y esperaremos... Animo, y que ruja la tempestad sobre la cabeza del vecino, como solía decir mi hermano Salomón. Vámonos ya, señor _Lapa_... No se mueva, señorita.

Salieron la Pross y _Lapa_, dejando a Lucía, al marido de ésta, al doctor y a Lucita, sentados al amor de la lumbre. Esperaban que de un momento a otro llegase el señor Lorry. Había encendido una luz la señorita Pross, pero la colocó en un rincón, a fin de que la familia disfrutara exclusivamente de la débil que irradiaba la chimenea. Lucita, sentada sobre la rodilla de su abuelo, escuchaba la historia de un hada grande y poderosa que en una ocasión rompió los robustos muros de un calabozo, para libertar a un cautivo que en otros tiempos había prestado al hada un servicio.

--¿Qué es eso?--exclamó de pronto Lucía.

--¡Querida mía!--contestó el doctor, suspendiendo la narración de la historia--Tranquilízate. El desorden de tus nervios es extraordinario. La cosa más insignificante... hasta sin motivo alguno... te alarma. Me tienes a mí... a tu padre, hija mía.

--He creído oir rumor de pasos en la escalera--balbuceó Lucía.

--¡Tontuela...! La escalera está tan silenciosa como una tumba.

Mientras salía de sus labios la palabra última, sonó un golpe en la puerta.

--¡Oh, padre... padre mío! ¿Qué será? ¡Que se esconda Carlos...! ¡Sálvalo!

--¡Hija querida!--contestó el doctor levantándose y poniendo su mano sobre el hombro de Lucía.--Le he salvado ya. No comprendo tu debilidad... Voy a abrir la puerta.

Tomó en su mano el candelero, cruzó las dos habitaciones intermedias y abrió la puerta. Cuatro hombres de aspecto salvaje, cubiertos con gorros rojos y armados de sables y pistolas penetraron en el recibimiento, desde donde pasaron a la habitación en que se hallaba la familia.

--¿El ciudadano Evrémonde?--preguntó el que entró primero.

--¿Quién le busca?--preguntó Darnay.

--Yo... nosotros le buscamos. Te conozco, Evrémonde; te vi ayer en la sala del Tribunal. Vuelves a ser prisionero de la República.

Los cuatro hombres rodearon el grupo formado por Darnay, su mujer y su hijita, que se había abrazado a él.

--¿Cómo y por qué vuelvo a ser prisionero?

--Ven con nosotros a la Conserjería, y mañana podrás satisfacer tu curiosidad. Mañana debes comparecer ante el Tribunal.

El doctor Manette, a quien la inesperada visita había dejado en estado perfectamente atónito, hasta el punto de parecer una estatua con un candelero en la mano, sacudió su marasmo después de escuchar las palabras últimas, dejó el candelero sobre la repisa de la chimenea, encaróse con el que llevaba la voz cantante, y, asiéndole por la pechera de su camisa, roja como el gorro, dijo:

--Has dicho que le conoces; ¿me conoces también a mí?

--Sí; te conozco, ciudadano doctor.

--Todos te conocemos, ciudadano doctor--añadieron los tres restantes.

Paseó el anciano su mirada por las caras de los cuatro hombres, y después de una pausa, repuso, bajando la voz:

--¿Quieres contestarme a mí la pregunta que él te ha hecho? ¿Por qué se le prende de nuevo?

--Ciudadano doctor,--contestó con repugnancia manifiesta el que habló primero,--ha sido denunciado por la Sección de San Antonio... a la que pertenece este ciudadano--añadió, señalando con la mano al individuo que estaba a su lado.

El ciudadano aludido hizo un movimiento afirmativo de cabeza, y dijo:

--Ha sido acusado por San Antonio.

--¿De qué?

--Ciudadano doctor--replicó el primero,--no preguntes más. Si la República te exige sacrificios, tú, como buen patriota que eres, te tendrás por feliz haciéndolos. Ante todo y sobre todo la República. El Pueblo es soberano. Evrémonde, tenemos prisa.

--Una palabra más--objetó el doctor.--¿Quieres decirme quién le ha denunciado?

--Faltaría a mi deber... Mañana podrás preguntarlo a San Antonio.

Dirigió entonces el doctor una mirada a otro de los hombres, quien se movió con cierta expresión de malestar, se frotó la barba, y dijo:

--¡Vaya! Verdad es que no podemos decirlo sin faltar a nuestro deber; pero no tengo inconveniente en manifestar que le ha acusado... por cierto de grandes crímenes, el ciudadano y la ciudadana Defarge... y además, otra persona.

--¿Quién es esta otra persona?

--¿Lo preguntas _tú_, ciudadano doctor?

--Sí.

--Lo sabrás mañana--contestó el de San Antonio con entonación extraña.--¡Ahora, soy mudo!

VIII

UNA PARTIDA ORIGINAL

Sumida en la feliz ignorancia de la nueva desgracia acaecida a la familia, la señorita Pross dejaba a sus espaldas una porción de callejuelas estrechas y atravesaba el río por el Puente-Nuevo, repasando en su imaginación el número de compras que tenía que hacer. A su lado caminaba _Lapa_, portador de la cesta. Uno y otro, aunque al parecer no tenían ojos más que para examinar las tiendas abiertas a derecha e izquierda de las calles que atravesaban, avizoraban las manadas de patriotas, sobre todo, si eran muy numerosas, y variaban con frecuencia el itinerario a fin de evitar el encuentro de los que hablaban con animación excesiva. Era una tarde fría y húmeda. Los puntos de luz que salpicaban la capa gris que cubría el río indicaban los sitios donde estaban ancladas las barcazas convertidas en talleres por los que fabricaban armas para el ejército de la República. ¡Desgraciado el mortal que osase burlarse de aquel ejército! ¡Desgraciado del que ocupase en aquel ejército un grado que no mereciera! Valiérale más que nunca le hubiese crecido la barba, pues la Navaja Barbera Nacional se la afeitaba que era una bendición.

Luego que compró una porción de artículos de comer, y una cantidad de aceite para la lámpara, la señorita Pross pensó en adquirir el vino que le hacía falta. Desdeñó una porción de tabernas y al fin mereció su preferencia una, puesta bajo la advocación del Buen Republicano Bruto de la Antigüedad, situada a corta distancia del Palacio Nacional, antes de las Tullerías, establecimiento más tranquilo que ninguno de sus similares encontrados hasta allí, en el cual es cierto que se veían bastantes gorros colorados, pero abundaban menos que en los otros. Consultado _Lapa_, y visto que era de su misma opinión, la señorita Pross penetró en el templo del Buen Republicano Bruto de la Antigüedad, acompañada por su caballero.

Sin reparar apenas en las luces mortecinas, en los hombres que pipa en boca jugaban con barajas mugrientas o con dominós amarillentos, en el jornalero que, arremangadas hasta los hombros las mangas de la camisa y con el pecho desnudo leía a gritos un periódico a un grupo de tipos que escuchaban con la boca abierta, en las armas que llenaban las mesas o pendían de las cinturas de los bebedores, ni en los tres o cuatro parroquianos que dormían sus _monas_, tendidos de bruces en el suelo, y que, más que hombres, tenían aspecto de osos o de mastines yacentes, los dos compradores se acercaron al mostrador y pidieron lo que necesitaban.

Mientras el tabernero medía el vino, un sujeto, que con otro hablaba en un rincón del establecimiento, se levantó y echó a andar. Para salir a la calle tenía que pasar forzosamente junto a la señorita Pross, lo que nada tiene de particular, pero sí lo tuvo el que, no bien tropezó con ella, rasgó los aires un alarido penetrante seguido de un semi-desmayo de la señorita.

Cuantas personas había en la taberna se pusieron en pie. Tan corriente era ver que las personas se asesinaban bonitamente por motivo tan justificado como defender una opinión cualquiera, que todos miraron para ver quién era el mortal que caía sin vida en tierra, pero con asombro general, lo único que vieron fué a una pareja, hombre y mujer, que se miraban mutuamente con extraordinaria fijeza, y que el hombre parecía francés, y republicano rojo, y la mujer era a no dudar inglesa.

Las frases pintorescas con que expresaron su desencanto los buenos discípulos del Buen Bruto Republicano de la Antigüedad, sonaron en los oídos de la señorita Pross y de su acompañante como si en hebreo o en caldeo hubieran sido dichas. No se enteraron sino de que fueron pronunciadas a gritos, que no otra cosa les consintió su sorpresa. Hablamos en plural porque, si la señorita Pross quedó sorprendida, Jeremías _Lapa_ estuvo a dos dedos de caer al suelo bajo el golpe violento de su estupefacción.

--¿Qué hay?--preguntó el hombre que fué causa del chillido de la señorita Pross.

Las dos palabras habían sido pronunciadas en inglés, con acento brusco y amenazador y tono de voz muy bajo.

--¡Oh Salomón... Salomón querido!--exclamó la señorita Pross, juntando las manos.--¡Al fin te encuentro, después de tantos años de ausencia, después de tantos años pasados sin noticias tuyas!

--No me llames Salomón. ¿Buscas mi muerte, desgraciada?--preguntó aquel hombre, dirigiendo en derredor miradas de espanto.

--¡Hermano... hermano mío!--exclamó la señorita Pross, hecha un mar de lágrimas--¿Tan mal me he portado contigo para que me hagas una pregunta tan cruel?

--¡Pues métete en el bolsillo esa lengua endiablada!--gruñó Salomón.--Si quieres decirme algo, salgamos fuera. Paga el vino y vámonos... ¿Quién es ese hombre?

--Es el _señor Lapa_--contestó con desaliento la señorita Pross.

--Pues que salga también... ¿Pero qué es eso? ¿Me toma ese individuo por un aparecido?

La pregunta estaba muy en su lugar, pues _Lapa_ le miraba en realidad como se mira a un espectro. No despegó, sin embargo, los labios, y la señorita Pross, derramando lágrimas, pagó el vino. Mientras tanto, Salomón se dirigió a los discípulos del Buen Bruto Republicano de la Antigüedad y les dió, en lengua francesa, algunas explicaciones que bastaron para que todos ellos volvieran a sus puestos respectivos.

--Veamos--dijo Salomón, una vez llegó a un rincón obscuro de la calle--¿Qué es lo qué quieres de mí?

--¡Es horroroso encontrarse con un hermano querido que no da la menor muestra de afecto a la hermana que siempre fué con él tierna y cariñosa!

--¡Bah! ¡Tonterías!--exclamó Salomón, rozando con sus labios la frente de la señorita Pross--¿Estás contenta ahora?

La señorita Pross movió la cabeza y rompió a llorar de nuevo.

--Si te figuras que me has dado una sorpresa, te engañas de medio a medio; no me ha sorprendido encontrarte. Sabía que estabas en París, pues bueno es que sepas que son muy pocos los que en París viven sin que lo sepa yo. Si no quieres poner en peligro grave mi existencia... tentado estoy de creer que esa es tu intención... sigue tu camino lo más pronto posible, y deja que yo siga el mío. Tengo muchas ocupaciones... Soy funcionario público.

--¡Mi hermano Salomón, inglés de nacimiento y de alma, mi hermano Salomón, que en su patria hubiera podido ser uno de los más grandes hombres, funcionario público en país que no es el suyo, dependiendo de hombres que no son ingleses... y qué hombres, Cielo santo! ¡Hubiese preferido encontrarte muerto en su...!

--¡Lo creo!... ¡Lo suponía!... ¡Lo sabía de cierto!--exclamó su hermano interrumpiéndola.--Lo que tú quieres es mi muerte. Mi tierna, mi cariñosa hermana hará que me hagan figurar entre los sospechosos... Es decir; lo está haciendo ya.

--¡No lo permita Dios!--gritó la señorita Pross.--Mucho te he querido, Salomón, mucho te quiero; pero hubiese preferido no volver a verte más, a encontrarte como te encuentro. Dime una palabra de cariño, dime que no me aborreces, que no nos separa el odio, y me voy sin detenerte un segundo más.

Salomón estaba pronunciando la palabra de cariño solicitada, dando pruebas de una condescendencia que seguramente no habría tenido de haber estado invertidas las posiciones respectivas, cuando inopinadamente terció Jeremías _Lapa_ en la conversación, poniendo una zarpa sobre el hombro del cariñoso hermano y diciendo con voz ronca:

--Me parece que también a mí se me permitirá colocar una pregunta. ¿Quiere usted decirme si su nombre es Juan Salomón o Salomón Juan?

El funcionario público, por toda contestación, se volvió hacia quien rompía su mutismo para dirigirle una pregunta que le intranquilizó, y quedó mirándole de hito en hito con visible recelo.

--Estoy esperando--repuso _Lapa_.--¿Ha quedado usted mudo de repente? ¿Juan Salomón o Salomón Juan? ¿En qué quedamos? La señorita le llama Salomón, y es de suponer que conozca bien su nombre, toda vez que es su hermana, según veo. Pero es el caso que yo le conozco como Juan. ¿Cuál de los dos nombres es el verdadero? Otro tanto digo acerca del apellido. En Inglaterra no se llamaba usted Pross.

--¿Pero qué está usted diciendo?

--Ni yo mismo lo sé muy bien, pues confieso que no recuerdo el apellido que usted llevaba en la orilla opuesta del Canal.

--¿Lo ha olvidado?

--Sí; pero juraría que era un apellido de dos sílabas.

--¡De veras!

--De veras. Pross no tiene más que una sílaba; el otro tenía dos... En nombre del Padre de la Mentira, que indudablemente es su padre de usted, ¿quiere decirme cómo se llamaba cuando ejercía el honroso ejercicio de soplón del Old Bailey?

--¡Barsad!--contestó otra voz, terciando en la conversación.

El que acababa de hablar era nuestro antiguo amigo Sydney Carton. Colocadas ambas manos a la espalda bajo los faldones de su levita, habíase puesto junto a _Lapa_, afectando la misma negligencia con que solía asistir a las vistas del Old Bailey.

--No se alarme usted, señorita Pross--repuso.--Ayer tarde me presenté en el domicilio del señor Lorry, con no poca sorpresa de este señor, que estaba muy lejos de esperar mi vista. Convinimos los dos en que no me dejaría ver en parte alguna hasta después que el asunto estuviera resuelto definitiva y satisfactoriamente, o bien hasta tanto no fuera necesaria mi presencia. Ateniéndome a lo pactado, me he personado aquí, porque es indispensable que cruce cuatro palabras con su hermano. Muy de veras lamento que sea usted hermana de un sujeto tan poco recomendable; muy de veras lamento que tenga por hermano a un mirlo del verdugo.

Era éste el nombre con que solían designarse los espías.

--¿Cómo se atreve usted--preguntó el espía, pálido como un difunto--a decirme...?

--Me explicaré, para que vea usted que no hablo a tontas y a locas--contestó Carton.--Me hallaba yo hace media hora contemplando los muros de la Conserjería, cuando vi salir a usted por sus puertas. Entre otras cualidades, buenas unas, malas otras, tengo la de recordar bien las caras, y cuente que la suya es de las que con dificultad se despintan. Me sorprendió ver a usted en aquel lugar, y como por otra parte, tengo mis motivos para relacionar la persona de usted con las desgracias de un amigo, en este instante más desgraciado que nunca, se me ocurrió la idea de seguirle. Pisándole los talones entré tras de usted en la taberna y me senté a su lado. De la conversación de usted, y de los rumores de admiración que arrancó a sus oyentes, no me fué difícil inferir cuál es el oficio de usted. Lo que en un principio había yo hecho al azar, fué convirtiéndose gradualmente en objetivo determinado, señor Barsad.

--¿Y ese objetivo?...--preguntó el espía.

--Sería molesto, y hasta peligroso, explicarlo en la calle. ¿Tiene usted la bondad de favorecerme con su compañía durante algunos minutos... hasta el Banco Tellson, por ejemplo?

--¿Bajo amenaza?

--¡Bah! ¿He hablado de amenazas?

--Entonces, ¿a santo de qué voy a ir allí?

--Con franqueza, señor Barsad; no puedo decirlo.

--¿No puede, o no quiere, señor?--preguntó con cierta indecisión el espía.

--Me interpreta usted maravillosamente bien; no quiero.

Fué auxiliar muy poderoso de la habilidad prodigiosa de Carton el tono de glacial indiferencia con que hablaba. Su vista de lince lo advirtió desde el primer momento, y dicho está que sacó de ello todo el partido posible.

--¡Acuérdate de lo que te digo y no lo olvides nunca!--exclamó Barsad, dirigiendo a su hermana una mirada de furiosa reconvención.--Obra tuya será, si me ocurre una desgracia.

--¡Vamos, vamos, señor Barsad!--dijo Carton--No sea usted ingrato. Agradezca el respeto que su hermana me inspira la benignidad con que me conduzco haciéndole una proposición que ha de dejarnos satisfechos a todos. ¿Me acompaña al Banco?

--Sí; le acompaño. Estoy pronto a escuchar lo que desee decirme.

--Ante todo, escoltaremos a su hermana de usted hasta la esquina de la casa donde vive. Tenga la bondad de aceptar mi brazo, señorita Pross. Dadas las circunstancias por que la ciudad atraviesa, no debe usted ir sola y sin protección, y como quiera que el hombre que la acompaña a usted conoce al señor Barsad, me tomo la libertad de invitarle a venir con nosotros al domicilio del señor Lorry. ¿Estamos dispuestos? ¿Sí? Pues en marcha.

Más tarde recordó la señorita Pross, y no lo olvidó en su vida, que al aferrarse al brazo de Carton y mirarle a la cara para dirigirle una súplica muda, pero elocuente, en favor de su hermano, observó en la fortaleza del brazo y en la expresión de los ojos de aquel algo que no sólo estaba reñido con la ligereza de tono y de modales de Carton, sino también transformaba y elevaba al hombre. Si por el momento no le llamó la atención, fué porque la preocupaban demasiado los temores que la inspiraba la suerte de un hermano tan poco merecedor de su afecto para hacer observaciones.

Después de despedirse de la señorita Pross en las inmediaciones de la casa del doctor, Carton, caminando entre Barsad y Jeremías _Lapa_, dirigióse hacia el edificio del Banco Tellson, muy poco distante.

Lorry, que acababa de comer, y se hallaba sentado al amor de la lumbre, volvió la cabeza al oir los pasos de los que le visitaban, y no pudo evitar un gesto de extrañeza al ver una cara desconocida.

--Le presento al hermano de la señorita Pross--dijo Carton,--el señor Barsad.

--¿Barsad?--repitió Lorry.--¿Barsad? Me parece recordar ese apellido... y el rostro de quien lo lleva.

--¿No dije antes a usted que tiene una cara de las que difícilmente se despintan, señor Barsad?--preguntó con frialdad Carton.--Hágame el favor de sentarse.

Carton, al mismo tiempo que acercaba una silla, suministró a Lorry el eslabón que éste andaba buscando para enlazar la cadena de sus recuerdos.

--Testigo de aquella causa--dijo sencillamente Carton.

Fué lo bastante para que Lorry recordara, y también para que mirase a Barsad con repugnancia visible.

--La señorita Pross ha reconocido en el señor Barsad al hermano cariñoso de quien tantas veces la ha oído usted hablar--observó Carton.--No ha negado Barsad el parentesco... Pero pasemos a otras noticias peores; Darnay ha sido encarcelado de nuevo.

--¡Qué me dice usted!--exclamó Lorry, profundamente consternado.--No hace dos horas que le dejé en su casa libre y contento, y ahora mismo me disponía a ir a verle.

--Pues está preso. ¿Cuándo le prendieron, Barsad?

--En todo caso, habrá sido hace un momento.

--Barsad es en este asunto fuente de información segura--observó Carton.--De sus labios escuché la noticia cuando se la contaba, entre copa y copa de aguardiente, a un amigo suyo, soplón como él. Parece que acompañó a los encargados de prenderle hasta la puerta de la casa del doctor, alejándose al ver que el portero les franqueaba el paso. La duda, pues, es imposible.

Lorry comprendió que la desgracia era cierta. En su cerebro sintió el rudo batallar de mil ideas confusas y contradictorias, pero se dió cuenta de lo muchísimo que le convenía no perder la presencia de espíritu y, a costa de esfuerzos titánicos, se dominó, recobró la serenidad, y permaneció callado y atento.

--Es de esperar... esa confianza abrigo--repuso Carton--que el nombre del doctor y su influencia en las masas sean tan eficaces mañana... ¿No dijo usted, Barsad, que ha de comparecer mañana ante el Tribunal?

--Sí; creo que la comparecencia será mañana.

--... Tan eficaces mañana, y tan decisivas, como hoy; pero no es imposible que ocurra lo contrario. Confesaré, señor Lorry, que me inspira vivos temores el hecho de que el doctor no haya podido impedir la prisión.

--Quizá no sospechase siquiera la posibilidad del peligro--contestó Lorry.

--Lo que, a juicio mío, sería circunstancia altamente alarmante, visto lo identificado que está con su yerno.

--Es verdad--contestó Lorry, apoyando la barbilla sobre la palma de la mano y mirando a Carton con expresión de abatimiento.

--En suma--continuó Carton:--cuando se entabla una partida desesperada y se cruzan apuestas desesperadas, fuerza es recurrir también a medidas desesperadas. Juegue en buena hora el doctor con las cartas de ganar, que yo manejaré, mientras, las de perder. Empeñe el doctor la partida encaminada a sacar a su yerno de la Conserjería; que yo, mientras tanto, jugaré otra independiente y con vistas a encerrar a un _amigo_ en la Conserjería. El amigo que me propongo encerrar, señor Barsad, es usted.

--Muy buenas cartas tendrá usted que reunir para ganar ese juego, replicó el espía.

--Las he reunido ya, y voy a ponerlas boca arriba... pero ya sabe usted, señor Lorry, lo torpe que soy si no aplico a mi cacumen el acicate de unas copas. Si me diera una copita de brandy, se lo agradecería.

Fuéle servido el licor, del que tomó dos copas consecutivas.

--El señor Barsad--dijo, separando la botella y hablando como si en la mano tuviera una colección de cartas,--mirlo del verdugo, emisario de los comités republicanos, hoy calabocero, ayer prisionero, siempre espía y soplón secreto, cuya valía aquí aumenta considerablemente por la circunstancia de ser inglés, y por tanto, menos expuesto a sospechas que ningún francés, se presenta a los mismos a quienes sirve bajo nombre supuesto; este triunfo es de primer orden. El señor Barsad, a sueldo hoy del Gobierno revolucionario francés, sirvió, no ha mucho tiempo, al Gobierno aristocrático inglés, enemigo jurado de Francia y de sus libertades; me parece que acabo de enseñar otra carta que difícilmente se _falla_. Si ahora entramos en el terreno de las sospechas y deducciones, encontraremos una, clara como la luz del sol, sospecha que expresaré con las palabras siguientes: el señor Barsad, soplón asalariado del Gobierno aristocrático inglés, lo es al mismo tiempo de Pitt, enemigo artero que herirá a la República en medio del corazón, inglés traidor, agente, instrumento, autor de todas esas indignidades de que todo el mundo habla y nadie es capaz de probar. Este es un triunfo que casi asegura la partida. ¿Va usted siguiendo mi juego, señor Barsad?