Part 22
Extraña fascinación ejercía el bulto del viajero tendido sobre el montón de piedras sobre el peón caminero, cuyo gorro ya no era azul, como antaño, sino rojo. Entregado a su ruda tarea, con tal frecuencia volvía hacia el durmiente sus ojos, que puede decirse que manejaba sus herramientas de una manera mecánica y con escasos resultados. La faz bronceada, la revuelta cabellera negra y espesa barba del mismo color, el gorro rojo hecho de lana burda, el traje de paño tosco, la constitución robusta ligeramente atenuada por las privaciones y la compresión rígida y violenta de los labios del viandante, llenaban de temor al caminero. Grandes distancias debía haber recorrido el desconocido, a juzgar por sus pies llagados y sus tobillos escoriados y sangrando. El caminero intentó ver si el dormido llevaba o no armas, pero en vano, pues se lo impedían los brazos del durmiente, cruzados sobre el pecho. Plazas fuertes, recintos murados, fosos profundos, puentes levadizos debían ser obstáculos de poca monta para hombres como aquél; y cuando el caminero, separando de él los ojos, los alzó y paseó en torno suyo, creyó ver con los de la imaginación hombres parecidos que, ciegos a los obstáculos, corrían decididos desde la periferia hacia el centro de Francia.
El desconocido continuaba durmiendo, indiferente a las granizadas que de tanto en tanto caían, indiferente a los besos del sol ardiente e indiferente a las sombras. No despertó, no se movió hasta que, puesto el astro del día, el caminero le despertó, después de reunir todas sus herramientas para emprender el regreso a la aldea.
--Muy bien--dijo el desconocido incorporándose.--¿Dices que dos leguas más allá de la cresta de la colina que domina a la aldea?
--Poco más o menos.
--Poco más o menos... Está bien.
Volvió el caminero a su casa, siguiendo a la nube de polvo que levantaban sus pies y empujaba el viento que soplaba por sus espaldas, y no tardó en encontrarse junto a la fuente entre apretados rebaños de vacas flacas llevadas allí para beber. No se recogió la aldea en sus pobres camas, como de ordinario, después de engullirse sus míseras cenas, sino que se echó a la calle y en ella permaneció. Todos hablaban en voz muy baja, cual si murmurar al oído se hubiese puesto en moda, y todos tenían clavados los ojos en el horizonte, siendo lo más curioso del caso que todos miraban en la misma dirección. Comenzó a sentir extrañas inquietudes el señor Gabelle, autoridad primera de la aldea, quien después de subir al terrado de su casa y mirar desde allí hacia el punto del horizonte que tanta fascinación parecía ejercer sobre los tranquilos habitantes de la aldea, y de examinar parapetado detrás de la chimenea las caras sombrías de los que en rededor de la fuente estaban congregados, envió a decir al sacristán, encargado de la custodia de las llaves de la iglesia, que quizá aquella noche hubiese necesidad de repicar la campana de alarma.
Cerró la noche, negra, tétrica, siniestra. Las copas de los árboles gigantes que rodeaban al castillo se balanceaban al soplo del viento y semejaban prodigiosas mazas manejadas por titanes invisibles contra la ingente masa de piedra. El agua caía a torrentes. Las dos escaleras monumentales que se encontraban en la terraza parecían torrentes desbordados cuyo turbulento caudal chocaba con estruendo contra la puerta principal, semejante a rápido mensajero que intenta despertar a los que duermen dentro. El vendaval penetraba por las espaciosas galerías, azotaba las lanzas, espadas, cuchillos y picas que decoraban sus paredes, y, subiendo por la escalera, agitaba las cortinas del lecho sobre el cual había reposado el último Marqués. Bultos confusos, procedentes de Oriente y de Poniente, del Septentrión y del Mediodía, hollaban la crecida hierba del bosque y avanzaban cautelosos hacia el patio del castillo, donde se reunían. Brotaron cuatro luces que se movieron en direcciones opuestas, y todo volvió a quedar negro segundos después.
La obscuridad duró poco. El castillo comenzó a brillar con luz propia, cual si fuerzas sobrenaturales le hubiesen de pronto convertido en castillo luminoso. Por detrás de la robusta fachada corrían regueros encendidos que no tardaban en manifestarse por cuantos sitios transparentes ofrecía aquélla y en poner de relieve la situación y forma de las balaustradas, de los arcos y de las ventanas. Subían... subían más altas las llamas, y la inmensa hoguera adquiría por momentos mayor extensión y brillantez. No tardaron en brotar chorros de fuego por veinte grandes ventanas a la vez, y en despertar a los centinelas de piedra, de cuyos rostros desapareció la impasibilidad para ser substituída por el asombro.
En la casa aneja al castillo ensillan a toda prisa un caballo, que parte a galope tendido hendiendo las tinieblas de la noche y no tarda en llegar, cubierto de espuma, a la plaza de la aldea, haciendo alto frente a la puerta de la casa del señor Gabelle.
--¡Auxilio, Gabelle... auxilio, todos!--grita el asustado jinete.
Toca a rebato la campana de alarma, pero fuera de este auxilio, dado caso que lo fuera, el jinete no recibe ninguno. Cruzados de brazos junto a la fuente contemplando la inmensa hoguera proyectada contra el cielo está el peón caminero entre un grupo de unos doscientos cincuenta amigos particulares suyos.
--Se elevan a unos cuarenta pies de altura--es el único comentario que hacen, pero nadie se mueve.
El mensajero del castillo hunde las espuelas en los ijares del caballo cubierto de espuma y desaparece entre las sombras. A galope tendido, y con peligro grave de romperse la cabeza, sube el áspero repecho que conduce a la fortaleza-prisión del tajo. Un grupo de oficiales, de pie junto a la puerta, contempla el pavoroso incendio; a poca distancia de aquéllos, hay otro grupo más numeroso de soldados.
--¡Auxilio, caballeros oficiales! ¡El castillo arde! Dentro de sus muros hay objetos de muchísimo valor, que podrían salvarse del furor de las llamas... ¡Todavía es tiempo...! ¡Auxilio... auxilio!
Los oficiales miran a los soldados, y éstos mantienen sus ojos clavados en el incendio. No dan orden alguna; antes al contrario; encogiéndose de hombros, exclaman:
--¡Que arda!
Desciende nuevamente el jinete, atraviesa la calle de la aldea, y ve con asombro que todas las casas están iluminadas. ¿Cómo se hizo el milagro? De la manera más sencilla. El peón caminero y los doscientos cincuenta amigos particulares suyos tuvieron el capricho de iluminar sus casas. Como carecen de antorchas, las piden en forma bastante perentoria al señor Gabelle. El funcionario muestra vacilaciones, resistencias, y en su vista, el caminero, tan sumiso en otro tiempo a la autoridad de aquél, insinúa a sus doscientos cincuenta amigos particulares que los coches, convenientemente hechos astillas, proporcionan excelentes antorchas, y que los caballos de las sillas de posta están pidiendo a gritos que los tuesten.
El castillo queda abandonado a las iras del elemento destructor. Encendidos huracanes, nacidos sin duda en las regiones infernales, coadyuvan a la obra, avivando las bramadoras llamas y sacudiendo el robusto edificio. Las caras de piedra de los eternos centinelas se retuercen entre cascadas de chispas y mares encendidos. Al caer con estruendo masas enormes de piedra revueltas con vigas gigantescas, el rostro de piedra que presenta dos mellas en la nariz adquiere expresión decididamente siniestra. Todo el mundo le hubiera tomado por la cara del cruel Marqués que, amarrado a la pira, lucha desesperado contra el fuego.
Ardía el castillo. Los árboles más cercanos, alcanzados por el fuego, se retorcían, doblaban y arrugaban; otros más distantes, encendidos por los cuatro terribles bultos, enviaban a la mole ardiente mares de negro humo. En las entrañas del mármol de la fuente hervían plomo y hierro derretido; el agua había dejado de correr, y las agujas de las torres, cual si fueran de hielo, se fundían bajo la acción del calor. Bandas de asustados pájaros revoloteaban aturdidos y concluían por caer en medio del horno, y mientras tanto, los cuatro bultos se alejaban, guiados por los resplandores que ellos habían creado, en dirección a su nuevo destino. La aldea se apoderó de la campana de alarma, y aboliendo de una vez la significación de sus tañidos, la obligó a festejar su alegría.
Y no paró aquí la cosa: la aldea, cuya mollera parece había despejado de improviso el hambre, las llamas y las voces de la campana de alarma, que ya lo era de alegría, sospechando que el señor Gabelle pudiera tener algo que ver con el cobro de las rentas y de los impuestos, aunque a decir verdad, ningún impuesto había cobrado el buen Gabelle en los días anteriores, y sí únicamente algunas rentas atrasadas, deseó celebrar con aquél una entrevista, y al efecto, cercó su casa y le invitó a salir a la calle, donde podrían conferenciar personalmente. El señor Gabelle contestó atrancando sólidamente la puerta de su casa, y retirándose a la habitación más escondida, a fin de celebrar la conferencia consigo mismo. El resultado de esta conferencia unipersonal, fué que el buen Gabelle subió de nuevo al tejado de su casa y se escondió detrás de las chimeneas, resuelto, dado caso que los habitantes de la aldea derribasen la puerta de entrada, a arrojarse de cabeza desde el tejado a la calle a fin de aplastar bajo el peso de su cuerpo a uno o dos de los que con tanto ahinco deseaban conferenciar con él. No nos admire su decisión: Gabelle era un meridional de carácter vengativo.
Es más que probable que la noche se le antojase eterna al señor Gabelle, pues en realidad no resulta muy agradable pasársela sobre el tejado, contemplando a lo lejos los siniestros fulgores de un castillo ardiendo, escuchando los porrazos que un pueblo enfurecido descarga contra la puerta de su casa, y sobre todo, viendo pendiente de su poste un farol, que el pueblo miraba de tanto en tanto con ganas de substituirlo con otro objeto, que muy bien pudiera ser su cuerpo. Triste es, en efecto, pasarse toda una noche de verano sobre el alero de un tejado, contemplando a sus pies un océano de revueltas olas negras, y decidido a arrojarse de cabeza en su centro; pero al fin hizo su aparición una aurora risueña, se apagaron las luminarias, el pueblo se dispersó, y el señor Gabelle pudo salir con vida del trance.
Dentro de un radio de cien millas, y a la luz de otros incendios, hubo aquella noche, y otras noches, muchos funcionarios menos afortunados que el señor Gabelle, a quienes el sol del nuevo día encontró colgados en las mismas calles, pacíficas en tiempos mejores, en que nacieron y crecieron. Verdad es que también hubo otros aldeanos, otros ciudadanos que, menos afortunados que el peón caminero y sus doscientos cincuenta amigos particulares, cayeron a los golpes de los funcionarios y de los soldados. Pero los fieros portadores del fuego continuaban su carrera en dirección a Oriente y a Poniente, al Septentrión y al Mediodía señalando su paso con regueros de llamas, y no existía funcionario, por versado que estuviera en matemáticas, capaz de calcular la altura de los patíbulos necesaria para contener o desviar el curso del despeñado torrente.
XXIV
ATRAIDO POR LA MONTAÑA IMANTADA
Tres años duraron las tempestades, tres años durante los cuales bramaron sin cesar los océanos y rugieron las llamas por doquier, tres años de continuos terrores para los que desde la playa contemplaban la furia siempre creciente de los mares. Tres cumpleaños más vió la pequeña Lucía, en cuya existencia pacífica no cesó su amante madre de tejer nuevos hilos de oro.
Más de un día y más de una noche estuvieron los moradores del tranquilo rincón de Soho escuchando con amargo dolor el ruido de pasos que herían sus oídos, pues sabían que eran pasos de gentes enfurecidas, que corrían en tumulto a la sombra de rojos pendones, sabían que su patria había sido declarada en peligro, que sus moradores se habían transformado de seres humanos en bestias feroces.
No acertaba a comprender el señor, como clase, el fenómeno de no ser apreciado, de no ser necesitado en Francia, de no ser querido, de ser odiado hasta el extremo de correr peligro inminente de verse despedido del suelo francés y del mundo de los vivos al propio tiempo. Semejante al rústico de la fábula que, después de haber conseguido que se le presentase el diablo a fuerza de invocaciones, quedó tan aterrorizado al verle, que ni voz tuvo para hacer una pregunta al enemigo, así el señor, después de tener el atrevimiento de rezar al revés la oración del Padre Nuestro por espacio de varios años y de poner en juego los sortilegios y ensalmos más potentes para despertar al demonio, no bien llegó a entreverle, apresuróse a enseñarle sus nobles y linajudos talones.
Habíase eclipsado el brillante cielo de la corte, convencido de que sería el blanco obligado de la deshecha lluvia de balazos del pueblo. Nunca fué santo de la devoción de éste, pues según malas lenguas, Satanás le había inoculado su orgullo y Sardanápalo su lujo y su molicie. La corte entera, desde su punto central y exclusivo hasta todos los puntos podridos de su circunferencia de intrigas, corrupciones y disimulo, había abandonado aquella atmósfera malsana. También había desaparecido la realeza: sitiada en su palacio, quedó «en suspenso» al llegar hasta ella las furiosas olas.
En el mes de agosto del año de mil setecientos noventa y dos, la casta de los señores estaba dispersa por el mundo.
Como es natural, el cuartel general, el centro de reunión del señorío en Londres era el Banco Tellson. Dicen que los espíritus rondan los lugares donde yacen sepultados sus cuerpos, y conformándose a esta ley, el señor sin un cuarto rondaba el lugar donde en tiempos mejores estuvieron depositados sus _cuartos_. Además, el Banco Tellson era el centro al que con más rapidez llegaban nuevas de Francia: llevaba su generosidad hasta el punto de hacer adelantos a los que fueron sus clientes en tiempos de prosperidad; guardaba en sus arcas inmensas sumas depositadas por nobles que, más previsores que la generalidad, vieron que se condensaba la tormenta y se adelantaron a los robos y a las confiscaciones, y finalmente, cuantas personas llegaban de Francia, principiaban por dejarse ver en el Banco Tellson, donde hacían historia de los últimos sucesos. Por toda esta variedad de razones, era el Banco Tellson por aquella época una especie de Palacio de la Bolsa por lo que a asuntos o personas francesas se refiriera, circunstancia que conocía tan perfectamente el público, y que daba lugar a tantas preguntas y comisiones, que con frecuencia se hacían constar las noticias últimas en cartelones que se colgaban de las ventanas del edificio, para que pudieran leerlas cuantos pasaran frente al Tribunal del Temple.
Una tarde brumosa y de calor sofocante, Lorry y Carlos Darnay, sentados frente a la mesa de trabajo del primero, conferenciaban en voz baja. Faltaría sobre media hora para cerrar el establecimiento.
--Ya sé que es usted el hombre más joven que ha existido en el mundo;--dijo Carlos Darnay con muestras de vacilación,--pero aun así, perdone que le diga...
--Comprendo: que soy muy viejo, ¿verdad?--interrumpió Lorry.
--Tiempo inseguro, viaje largo, medios inciertos y país en estado anárquico, amén de una ciudad que ni a usted puede ofrecer garantías.
--Mi querido Carlos--replicó Lorry con confianza,--las razones que usted acaba de apuntar, lejos de desanimarme, lejos de conspirar contra mi proyecto de hacer el viaje, conspiran para que lo haga. Nadie tendrá el mal gusto de meterse con un viejo de casi ochenta años, cuando puede hacerlo con tantos otros jóvenes, robustos, y más dignos de ese honor que yo. Dice usted que se trata de una ciudad desorganizada, y yo contesto que, si en ella reinase el orden, no sé por qué nuestra casa de aquí había de enviar a nuestra casa de allá a uno que conoce de antiguo la ciudad y los negocios de la ciudad, y posee además la confianza de Tellson. En cuanto a los inconvenientes que puedan originar la incertidumbre de los medios de locomoción, lo largo del viaje y lo inseguro del tiempo, si yo no estuviera dispuesto a afrontar todos esos inconvenientes en obsequio a la casa, después de haber envejecido en ella, ¿quién lo estará?
--Desearía ir yo mismo--dijo Carlos, como quien piensa en voz alta.
--¡Hombre!--exclamó Lorry.--¡Voy viendo que es usted un asesor de primera fuerza y un consejero que no tiene rival! ¿Conque usted mismo, eh? Y nacido en Francia, ¿eh? ¡Buen consejo, amigo, buen consejo!
--Precisamente porque he nacido en Francia, mi querido señor Lorry, ha cruzado y cruza con frecuencia por mi mente aquel pensamiento. Yo encuentro muy natural que así piense el que conserva alguna simpatía por aquel pueblo desdichado, el que le ha abandonado algo que era suyo, y como consecuencia, cree que su voz sería escuchada, y que acaso consiguiera contener un poquito el desorden. Anoche mismo, después que usted se despidió de nosotros, estaba yo diciendo a Lucía...
--¡Estaba usted diciendo a Lucía!...--repitió Lorry.--¡Francamente! ¡Me admira que no se avergüence usted de pronunciar en este instante el nombre de Lucía! ¡Canastos! ¡Nombrar a Lucía cuando desea irse a Francia en estas circunstancias!
--¡No he ido todavía!--contestó Carlos sonriendo.--Más que por otra cosa, hablo así a fin de contrarrestar el propósito que usted asegura que ha formado de ir.
--Lo he formado, sí, Carlos: nada más cierto. Voy a hablarle con franqueza, mi querido amigo. No puede usted figurarse siquiera las dificultades con que tropiezan todos nuestros negocios, ni el peligro que amenaza a nuestros libros y documentos de allá. Sólo Dios puede saber las fatales consecuencias que para muchas personas entrañaría la pérdida o destrucción de algunos de los documentos allí depositados, y que corren peligro de perderse, peligro de ser destruídos, lo sabe usted como yo, como lo sabe todo el mundo. ¡Quién puede decir si hoy mismo habrá ardido París por los cuatro puntos cardinales, si será mañana saqueado en regla! Ahora bien: únicamente yo puedo prevenir los males, haciendo una selección prudente y escondiendo bajo tierra o trasladando a lugar seguro los documentos en cuestión, y para ello, precisa que no pierda ni un segundo de tiempo. ¿Puedo yo hacerme el remolón cuando la casa sabe lo que acabo de decir, y cuando la casa lo dice... la casa cuyo pan vengo comiendo desde hace sesenta años, la casa en una de cuyas articulaciones me he introducido como cuña? ¡Quite usted allá, hombre! ¿Ignora usted que soy un mozalbete, comparado con muchos que presumen de jóvenes y no son otra cosa que vejestorios caducos?
--¡Admiro la gallardía de su espíritu juvenil, señor Lorry!
--¡A callar! No olvide usted, mi querido Carlos, que sacar hoy el objeto más insignificante de París, es punto menos que imposible. Hoy mismo hemos recibido documentos preciosos--excuso recomendarle la reserva más absoluta,--y los hemos recibido de manos de los portadores más extraños que pueda usted imaginar, portadores cuyas cabezas pendían de un cabello mientras cruzaban las Barreras. En otras ocasiones circulaban nuestros paquetes de una a otra nación sin dificultad alguna: hoy todo está paralizado.
--¿Y piensa usted emprender el viaje esta noche?
--Esta noche sin falta. Tal se han puesto los asuntos, que no se puede perder segundo.
--¿No le acompaña nadie?
--Me han sido propuestas gentes de todas las clases y condiciones, pero a nadie he dicho palabra. Pienso llevarme a Jeremías. Por espacio de muchos años ha sido mi perro de presa, mi acompañante obligado a mis salidas domingueras, y estoy acostumbrado a él. Nadie ha de ver en Jeremías otra cosa que un _bull-dog_ inglés, incapaz de abrigar otros designios que el de lanzarse sobre cualquiera que se atreva a tocar el pelo de la ropa a su amo.
--Repito que admiro su gallardía de ánimo y sus arrestos.
--Y yo repito que dice usted una tontería, amigo Carlos. Una vez haya dado fin a esta pequeña comisión, es posible que acepte la proposición de Tellson de retirarme y vivir tranquilo. Entonces es cuando me sobrará tiempo para pensar en que me voy haciendo viejo.
Había tenido lugar el diálogo que queda transcrito en el despacho del señor Lorry, a una o dos varas de distancia de un enjambre de señores, cuya conversación, bastante animada por cierto, versaba sobre la venganza que muy en breve tomarían sobre el ruin populacho. Realmente era inconcebible que los señores, en su calidad de emigrados, y como tales, víctimas de infinidad de reveses, y la nativa ortodoxia inglesa, hablasen de aquella Revolución terrible cual si fuera cosecha de frutos no sembrados, cual si no hubiesen sido puestos todos los medios humanos para producirla, cual si no hubieran visto y anunciado con palabras clarísimas su llegada inevitable muchos observadores que necesariamente habían de hacerse cargo de la miseria intolerable que afligía a millones de hijos de Francia y del empleo desastroso que se daba a los recursos que hubiesen podido hacerles prósperos y felices. Difícilmente podía sufrir ningún hombre de alma sana y conocedor de la verdad la serie de sandeces dichas con tono doctrinal, combinadas con complots extravagantes para restaurar un estado de cosas gastado y podrido hasta la médula. Las sandeces y las extravagancias, unidas a la intranquilidad de ánimo en que Carlos Darnay se encontraba, traían a éste impaciente y nervioso desde varios días antes, y la conversación que estaba oyendo no hizo más que exacerbar su impaciencia.
Entre los habladores figuraba Stryver, hombre que había subido ya varios escalones de la escalera de la gloria, y que estaba abocado a subir muchos más aún, no siendo, por consiguiente, de extrañar que se inclinara decididamente hacia la clase señorial. Hablaba en la ocasión presente con gran ardor de la necesidad de acabar de una vez con el pueblo, de exterminar sin piedad a la vil gentuza, de hacer desaparecer de la tierra a la canalla, para conseguir lo cual preconizaba medios que, en eficacia, allá se andaban con el de aquel sabio que, queriendo suprimir para siempre las águilas, propuso que se les espolvoreasen las colas con sal molida. Darnay escuchaba al abogado con profunda aversión, con repugnancia. Hasta se le ocurrieron deseos de marcharse para no oirle, y es más que probable que los hubiese llevado a la práctica de no haber venido los mismos sucesos a indicarle el camino que debía seguir.
La Casa acababa de acercarse a Lorry y, dejando sobre la mesa un pliego cerrado y sumamente ajado, preguntóle si había encontrado rastros de la persona a quien iba dirigido. La Casa dejó la carta tan cerca de Darnay, que éste hubo de leer la dirección. Verdad es que no le costó gran trabajo, pues precisamente el nombre escrito en el sobre era el suyo. Decía así.
«Muy urgente. Al Señor Marqués de Saint-Evrémond de Francia. Confiada a los señores Tellson y Compañía, Banqueros, Londres, Inglaterra.»
El doctor Manette, la mañana misma del matrimonio de su hija con Carlos Darnay, exigió a éste que guardase inviolable el secreto de su apellido, hasta tanto que el doctor le desligara de la obligación. Nadie conocía su título, que hasta para su mujer era un secreto. En cuanto a Lorry, ni remotamente podía sospecharlo.
--No--contestó Lorry a la Casa.--He preguntado a cuantas personas han venido a esta casa, pero nadie ha sabido decirme dónde se encuentra ese caballero.
Como había sonado la hora de cerrar el Banco, casi todos los amigos de dar trabajo a la lengua se habían refugiado en el despacho de Lorry. Este conservaba en sus manos la carta mirándola con perplejidad manifiesta. También la miraba la casta señorial, pero con ira, con ceño, cual si en vez de un pedazo de papel estuviera viendo un refugiado indigno de la raza a que pertenecía. Este, aquél, el de más allá, todos tenían algo que decir con contra del Marqués que no parecía por parte alguna.