Part 21
Después de dirigir al calabocero una mirada amenazadora, Defarge, mientras Santiago Tercero ejecutaba su orden, escarbaba con la barra de hierro por entre las junturas de las losas del pavimento, revolvía las cenizas e intentaba mover los sillares de los muros.
--¿No has encontrado nada, Santiago?--preguntó al cabo del rato.
--Nada.
--Vamos a hacer un montón con la paja y las astillas... ¡Así! ¡Prende fuego, carcelero!
El carcelero obedeció al punto la orden. Los tres hombres salieron de la mazmorra dejando ardiendo las materias combustibles y volvieron nuevamente al patio, donde el desorden era tan espantoso, si no más, que antes.
Andaba el populacho buscando frenético, loco, a Defarge; y es que quería que el tabernero fuera el jefe de la guardia encargada de la vigilancia del gobernador que había defendido a la Bastilla y hecho fuego sobre el pueblo. ¿Cómo, si no, sería conducido el gobernador al _Hôtel de Ville_ para ser juzgado? ¿Cómo, si no, se evitaría que escapase, dejando sin vengar la sangre del pueblo, que bruscamente había adquirido algún valor, después de tantos años de no valer nada?
Entre las innumerables turbas que bramaban de coraje y se movían inquietas en derredor de la severa persona del anciano funcionario, a quien hacían más visible su sobretodo gris con vivos rojos, no había más que una persona tranquila y sosegada, y esa persona era una mujer.
--Ahí tenéis a mi marido--dijo, extendiendo un brazo hacia Defarge.
Inmóvil estaba junto al gobernador cuando apareció su marido, e inmóvil continuó sin separarse de la persona de aquél. A su lado permaneció rígida y tranquila mientras Defarge y los suyos le conducían por las calles, y no se separó cuando estaban para llegar a su destino, ni cuando por la espalda comenzaron las turbas a asestarle golpes, ni cuando se cebaron en sus carnes las puntas de innumerables cuchillos, ni cuando acribillado cayó muerto sobre las piedras de la calle. Tan cerca de él se encontraba, que al verle caer, animándose de pronto, puso su pie sobre el cuello del muerto y con su afilado cuchillo le cortó la cabeza.
Muy pronto sonaría la hora en que San Antonio haría bajar los faroles que iluminaban sus brutalidades y los substituiría con cadáveres de aristócratas. La sangre de San Antonio se enardecía a medida que se enfriaba la de la mano de hierro de la tiranía... a medida que corría por la escalinata que precede a las puertas del _Hôtel de Ville_ la del gobernador, a medida que se manchaba de rojo la suela del zapato de la señora Defarge al oprimir el cuello del infeliz a quien hizo objeto de horrible mutilación.
--¡Bajad aquel farol!--rugió San Antonio, después de volver en derredor sus ojos sanguinolentos.--¿Queréis un centinela? ¡Aquí le tenéis! ¡Es un soldado de nuestros enemigos!
Y allí quedó el centinela, balanceándose lúgubremente, mientras el populacho se alejaba rugiendo.
Era un mar de aguas negras y amenazadoras, un mar cuyas olas llevaban aparejada en cada uno de sus movimientos la destrucción, mar de profundidad insondable, mar cuyas fuerzas nadie conocía. Un mar abroquelado contra el aguijón del remordimiento, mar de agitaciones turbulentas, de gritos de venganza, de corazones endurecidos en los hornos del sufrimiento, sobre cuya diamantina superficie resbalaba la piedad sin dejar la huella más insignificante.
Pero en aquel océano de caras, vivo reflejo de todas las furias, de todas las violencias, podían observarse dos grupos de rostros, cada uno de ellos formado por siete, rostros que se destacaban de entre las hirvientes olas humanas que los arrastraban, restos náufragos como jamás han flotado sobre mar alguno. Sobre las cabezas de las muchedumbres se veían siete rostros de prisioneros sacados inopinadamente de sus tumbas por la tromba humana que las visitó, siete rostros espantados, pasmados, aturdidos, cual si fueran llevados al suplicio en hombros de regocijados demonios; y otras siete caras, llevadas más en alto, siete caras muertas, cuyos párpados caídos y ojos medio cerrados esperaban la llegada del día del Juicio; caras impasibles cuya vida no parecía extinguida, sino suspendida, caras que parecía que iban a alzar nuevamente los párpados y a abrir los labios cubiertos de sangre para decir: «¡Tú me asesinaste!»
Siete prisioneros libertados, siete cabezas sangrientas llevadas como horribles trofeos en los hierros de las picas, las llaves de la maldecida fortaleza de las ocho fuertes torres, algunas cartas, unos cuantos memoriales de prisioneros antiguos muertos de dolor largos años antes... y algo más por el estilo, recorrían las calles de París en medio de numerosísima escolta, un día de mediados de julio del año de mil setecientos ochenta y nueve. ¡Quiera el Cielo alejar de la vida de Lucía Darnay el eco de los pasos de la escolta en cuestión! Porque son ecos de pasos precipitados, de pasos duros, de pasos peligrosos que penetran violentamente en el centro vital de alguien, ecos producidos por pies que años antes se tiñeron de rojo a raíz de haberse roto una barrica cerca de la puerta de la taberna de Defarge, y cuando de rojo se tiñen esos pies, difícilmente se limpian.
XXII
SUBE LA MAREA
Sólo durante una semana había endulzado el terrible San Antonio las asperezas del pan duro y amargo que llevaba a la boca, sólo durante una semana había tenido la satisfacción de hacer cuanto le viniera en gana y de alternar sus expansiones con sendos abrazos fraternales y cordiales felicitaciones. La señora Defarge presidía desde su sitio de costumbre a sus parroquianos. Ya no lucía una rosa en la cabeza, pues la gran cofradía de los espías se había hecho tan circunspecta en el breve lapso de siete días, que ni por milagro se encontraba uno dispuesto a confiarse a los tiernos cuidados del Santo. Los faroles de aquellas calles ejercían sobre ellos influencia portentosa.
Cruzada de brazos contemplaba la señora Defarge desde detrás del mostrador la calle, a la par que vigilaba su establecimiento. Ni en éste ni en aquélla faltaban nutridos grupos de holgazanes, escuálidos y harapientos, pero con caras que reflejaban el poderío que sobre sus miserias habían entronizado. Hasta el gorro más sucio y desgarrado, mirando ceñudo desde lo alto de la cabeza que medio cubría, parecía decir: «Sé cuán dura hicísteis para mí la vida: ¿pero sabéis vosotros lo fácil que para mí se ha hecho arrancar la regalada y feliz que lleváis?» Todos los brazos desnudos que hasta entonces habían carecido de trabajo, lo tenían ya ahora abundante y perpetuo: herir, matar. Los dedos de las mujeres, ocupados hasta entonces en hacer calceta, habíanse aficionado a otros menesteres desde que se persuadieron de que sabían desgarrar. San Antonio había sufrido radical transformación: la imagen, después de cientos de años de tranquilidad, se ponía en movimiento y descargaba golpes aterradores.
Todo esto lo observaba la señora Defarge desde detrás del mostrador de su establecimiento con la complacencia del jefe de las mujeres de San Antonio. Una de sus hermanas hacía media a su lado. Era una mujer baja de estatura y su poquito rechoncha, casada con un tendero y madre de dos hijos por añadidura, que se había conquistado el glorioso sobrenombre de «La Venganza».
--¡Atención!--exclamó La Venganza--¿Quién viene?
Cual si hubieran puesto fuego a un reguero de pólvora que se extendiera desde las fronteras de los dominios de San Antonio hasta la taberna de Defarge, así llegaron hasta la tienda rumores, nacidos muy lejos, y propagados con rapidez vertiginosa en todas direcciones.
--¡Es Defarge!--dijo la tabernera.--¡Silencio, patriotas!
Entró Defarge jadeante, sin alientos; arrancó de su cabeza el gorro rojo que la adornaba, y tendió rápidas miradas en torno suyo.
--¡Atención todos!--gritó la tabernera.--¡Escuchadle!
Defarge había quedado en el umbral, contemplando el mar de ojos abiertos y de bocas más abiertas todavía que llenaba la calle. Las personas que había dentro de la taberna se pusieron en pie.
--¡Habla, Defarge!--repuso la tabernera.--¿Qué pasa?
--¡Noticias del otro mundo!
--¿De veras?--preguntó su mujer, poniendo en sus palabras fuerte entonación sarcástica.--¿Del otro mundo?
--¿Os acordáis todos de aquel individuo llamado Foulon, que dijo al pueblo hambriento que comiera hierba, y que procurase morirse pronto y largarse a los infiernos?
--¡Sí...!--gritaron las turbas al unísono.
--A él se refieren mis noticias. Lo tenemos entre nosotros.
--¡Entre nosotros!--rugieron todos.--¿Muerto?
--No; está vivo. Tal era el terror que nos tenía... y con razón, que se hizo pasar por muerto y mandó que le hicieran soberbios funerales. Pero se le ha encontrado vivo, escondido en el campo, y le han traído aquí. Acabo de verle en este instante mientras le llevaban prisionero al _Hôtel de Ville_. He dicho que con razón nos temía... ¡Decidme...! ¿_Nos temía_ con razón?
La sangre de aquel pecador antiguo se habría congelado si hubiese llegado a sus oídos el feroz grito que salió de las fauces del monstruo.
Siguieron unos momentos de silencio profundo. Defarge y su mujer se miraron mutuamente con fijeza espantosa; quedó inmóvil La Venganza, y un tambor redobló a lo lejos mientras detrás del mostrador sonaba un rumor como de pies que se movían.
--¡Patriotas!--gritó Defarge con voz resuelta.--¿Estamos listos?
Inmediatamente apareció el largo cuchillo en la cintura de la tabernera, redoblaron tambores por las calles, cual si ellos y los que golpeaban sus parches hubiesen brotado por artes mágicas, y La Venganza, lanzando feroces alaridos, suelto el pelo y agitando los brazos sobre su cabeza, semejante, no a una, sino a las cuarenta Furias juntas, corría de casa en casa excitando a las mujeres.
Terrible era la expresión de los hombres que, sedientos de sangre, asomaban sus cabezas por las ventanas; más terrible todavía la de los que, empuñando las armas más mortíferas de que podían disponer, salían de las puertas de las casas y se desparramaban furiosos por las calles; pero la de las mujeres, bastaba para helar la sangre del hombre más impávido. Abandonando las ocupaciones domésticas impuestas por su miseria, dejando en el desamparo, tendidos sobre el duro suelo a sus viejos y a sus hijos, desnudos y pereciendo de hambre, salían a la calle, suelto el cabello, atropellándose unas a otras, aullando como fieras enloquecidas y obrando como tales.
--¡Muera Foulon, que me robó a mi hermana!
--¡Muera el villano Foulon, que robó a mi madre!
--¡Muera el canalla Foulon, que me robó a mi hija!
Otras, en grupos numerosos, penetraban entre las que lanzaban los gritos anteriores y, golpeando con saña sus pechos y mesándose los cabellos, vociferaban:
--¡Foulon vivo! ¡No debe vivir el que dijo al pueblo hambriento que comiera hierba! ¡No puede vivir el demonio que me dijo que diera hierba a mi madre cuando me faltase el pan! ¡No vivirá el monstruo que me dijo que diera a chupar hierba, cuando mis pechos, secos por el hambre, no pudieran proporcionarle la leche que para vivir necesitaba!
--¡Virgen Santa!--exclamaban otras.--¡Escúchame, hijo mío, desde el otro mundo al que te llevó el inhumano Foulon! ¡Escúchame, padre mío, muerto de hambre por su causa! ¡Por vuestros huesos, por vuestra alma, juro dejaros vengados en la persona de Foulon!
--¡Maridos... dadnos la sangre de Foulon! ¡Padres jóvenes, dadnos la cabeza de Foulon! ¡Hermanos, dadnos el corazón de Foulon! ¡Patriotas mozos, dadnos el cuerpo y el alma de Foulon, haced pedazos el cadáver miserable de Foulon, enterradlo, para que abone la tierra y crezca sobre sus restos la hierba que nos aconsejaba que comiéramos!
Estos y otros gritos no menos espantosos excitaban hasta el frenesí a no pocas mujeres que, después de correr con furia insana, de aullar como fieras y de golpear y arañar a sus mismos amigos, rodaban por el suelo con los ojos fuera de las cuencas y espumeantes las bocas. Gracias a que sus parientes o amigos las alzaban, no morían aplastadas bajo los miles de patas de las fieras.
No se perdió un momento. Foulon estaba en el _Hôtel de Ville_ donde acaso le pusieran en libertad... ¿Toleraría San Antonio semejante burla? ¡Jamás, si no había perdido la noción de su dignidad, la memoria de sus sufrimientos, de sus insultos, de sus injusticias! Río desbordado de hombres armados y de mujeres desgreñadas rebasó bien pronto el lecho del distrito arrastrando consigo a toda criatura humana criada a los secos pechos de San Antonio, con excepción solamente de algunos viejos decrépitos y de unos cuantos niños incapaces de andar.
Ya han penetrado las turbas en la sala donde toman declaración al viejo, que habrá sido tal vez un desalmado, pero que en en aquellos instantes era digno de compasión. En lugar preferente, en primera fila, a poca distancia del preso, se hallan los Defarges, marido y mujer, La Venganza y Santiago Tercero.
--¡Miradle!--grita la tabernera, señalándole con la punta del cuchillo.--¡Ahí tenéis al viejo villano amarrado con cuerdas! ¡No estaría de más atarle un haz de hierba a la espalda! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Es lo mejor que podemos hacer... obligarle a comer hierba!
La tabernera colocó su cuchillo bajo el brazo y se aplaudió a sí misma.
Como las gentes que estaban colocadas de espaldas de la señora Defarge se apresuraron a explicar a los que les seguían la causa de la satisfacción de aquélla, y la explicación cundió de oído en oído como reguero de pólvora, pronto sonaron aplausos ensordecedores en la sala, en la calle y en las plazas inmediatas. De la misma manera, todas las expresiones de impaciencia pronunciadas por la señora Defarge durante dos o tres horas, fueron transmitidas con rapidez pasmosa a gran distancia. No es de admirar: hombres dotados de agilidad excepcional treparon por la fachada del edificio, aprovechando los adornos arquitectónicos que la cubrían, hasta encaramarse a los alféizares de las ventanas, desde donde veían y oían perfectamente a la señora Defarge y hacían oficio de telégrafo entre aquélla y el pueblo que rugía fuera.
El sol subió tanto, que al fin lanzó sobre la cabeza del viejo un rayo alegre de confianza o de protección. Nubes de polvo se alzaron a lo lejos; ruido de furioso galopar de caballos trajo el aire entre sus ondas; pero San Antonio estaba despierto, San Antonio velaba, y sus ojos perspicaces vieron las nubes de polvo, y sus oídos delicados oyeron el retumbar de los cascos de los caballos.
Defarge salvó de un salto la balaustrada y la mesa, y estrechó en mortal abrazo al desventurado viejo. Siguió la tabernera como esposa fiel a su marido, y agarró una de las cuerdas que agarrotaban al preso. Antes que La Venganza y Santiago Tercero tuvieran tiempo para reunírseles, antes que los hombres encaramados en las ventanas pudieran saltar a la sala, la ciudad entera parecía gritar con cientos de miles de bocas:
--¡Es nuestro...! ¡Al farol!
Derribado en tierra y vuelto a levantar, obligado a bajar arrastrando aquella escalera fatal, unas veces de cabeza, otras de rodillas, ora de bruces y ora de espaldas, brutalmente golpeado y herido, sofocado a consecuencia de los manojos de hierba y de paja que cientos de manos introducían violentamente en su boca, destrozado, molido, perdiendo la sangre a chorros, el desdichado no cesaba un instante de pedir compasión. Sus agonías aumentaron cuando las fieras más inmediatas a su persona se separaron para que nadie se privara del placer de contemplarle, y llegaron al último límite al ver que le ataban por los pies a un tronco y le llevaban a la esquina inmediata, donde había un farol. Allí le soltó la señora Defarge, semejante al gato que juega con un ratoncillo, y le miró con calma espantosa y sin despegar los labios, mientras los hombres ultimaban los preparativos, sin que las súplicas que el infeliz le dirigía hicieran mella en su pecho. Izáronle, y se rompió la cuerda... Dos veces ocurrió lo mismo, hasta que al fin, una cuerda, más compasiva que los hombres, resistió y puso fin a sus padecimientos. San Antonio bailaba momentos después en derredor de una cabeza, clavada en una pica, de cuya boca salían manojos de hierba y de paja.
No terminó allí la jornada. Tanto gritó San Antonio, tanto bailó, que su sangre ardiente se encendió de nuevo a la caída de la tarde, al saber que un yerno del viejo caído bajo sus iras, otro de los enemigos y ofensores del pueblo, llegaba a París con una escolta de quinientos hombres montados. San Antonio escribió la relación de sus crímenes en hojas de papel tinto en sangre, acometió a la escolta... y minutos después recorría las calles alegre procesión llevando clavados en picas los trofeos de la jornada: ¡dos cabezas y un corazón!
Hasta que cerró la noche no pensaron aquellos hombres y aquellas mujeres en los viejos o en los niños que dejaran en sus casas abandonados y sin pan. Las míseras panaderías se vieron sitiadas por interminables filas de personas que aguardaban les llegase el turno para comprar un mísero mendrugo de mal pan, y mientras esperaban con los estómagos vacíos, festejaban sus triunfos abrazándose unos a otros y charlando sin cesar. Gradualmente fueron acortándose las filas, que al fin desaparecieron: entonces brillaron algunas luces mortecinas en el interior de las casas y se encendieron en las calles algunas hogueras donde los más miserables guisaban en común la gazofia que luego comían en sus hogares respectivos.
Aquellas cenas eran pobres e insuficientes, puras de carne y limpias de salsas y de condimento, y, sin embargo, los ojos de los que comían viandas tan poco apetitosas dejaban escapar destellos de alegría. Padres y madres que habían tomado parte activa en la jornada jugueteaban alegres con sus macilentos hijos, y los enamorados, no obstante la cerrazón del cielo, amaban y esperaban.
Estaba muy próximo el día cuando se retiraron los parroquianos de la taberna de Defarge, quien, mientras cerraba la puerta, dijo a su mujer:
--Al fin llegó, querida.
--Sí... casi--replicó la señora.
Durmió San Antonio, durmió Defarge, hasta La Venganza durmió junto a su famélico tendero, y durmieron también los tambores. Eran éstos la única voz de San Antonio que no cambiaba, que siempre sonaba lo mismo. Si La Venganza, a cuyo cargo estaban, los hubiera despertado, bien seguro es que hubiesen pronunciado el mismo discurso que pronunciaron cuando cayó la Bastilla, el mismo que pronunciaron cuando fué decapitado Foulon.
XXIII
EL INCENDIO ADQUIERE INCREMENTO.
Han sobrevenido cambios importantes en la aldea de la cual salía todos los días el peón caminero para arrancar a las piedras que cubrían los caminos el mendrugo de pan que mantenía su alma ignorante ligada a su enflaquecido cuerpo. La prisión del tajo no era ya tan formidable como antes. La guardaban soldados, pero pocos en número; guardaban oficiales a los soldados, pero ignoraban qué harían los soldados, pues si algo sabían, era... que se guardarían muy bien de hacer lo que ellos les ordenasen.
Todo el territorio que alcanzaba la vista era una estepa desolada. La hierba que cubría los caminos y los campos, las plantas que en éstos germinaban, eran tan pobres y raquíticas como el mismo pueblo. Plantas dobladas, derribadas, aplastadas... hombres de espaldas encorvadas, hombres descorazonados, oprimidos... la miseria en las habitaciones, la miseria en las cercas de las huertas, la miseria en los animales domésticos, la miseria en los hombres, en las mujeres, en los niños, la miseria en el suelo sobre el cual todos asentaban sus pies.
El señor, casi siempre caballero dignísimo considerado como individuo, era una bendición nacional, daba tono a las cosas, constituía por sí solo un ejemplo elocuente de vida brillante y fastuosa; pero el señor, considerado como institución, como clase, había creado aquel estado deplorable de cosas. ¡Extraño fenómeno que el mundo, sacado de la nada para gusto y regalo del señor, quedara tan pronto exprimido y sin una gota de jugo! Y, sin embargo, así era. El señor, no encontrando ya una gota de sangre que chupar, no viendo nada en que poder morder, comenzaba a dar la espalda a un fenómeno tan bajo como inexplicable.
Pero no estribaban precisamente en eso los cambios importantes sobrevenidos en la aldea y en muchas otras aldeas parecidas. Docenas de años atrás el señor estrujaba y exprimía al pueblo sin que se le ocurriera honrarle con su graciosa presencia más que muy contadas veces, y aun éstas, para entregarse a los placeres de la caza... fuera ésta de hombres, fuera de animales. No. Consistía el cambio en la aparición de caras de baja estofa más que en la desaparición de las caras de la clase alta. Por el tiempo a que nos referimos, cuando el solitario peón caminero trabajaba revolviendo la tierra, sin ocurrírsele pensar que era polvo y que en polvo había de convertirse, pues casi sus pensamientos giraban siempre sobre lo poco que para cenar encontraría en su casa, y lo mucho que comería si lo tuviese, en aquellos tiempos, si levantaba los ojos del suelo y los tendía a lo largo del camino, no era imposible que tropezaran con hombres de rudo aspecto, muy raros antes en aquellos lugares y muy frecuentes ahora. A medida que aquéllos se aproximaban al caminero, veía éste que se trataba por regla general de individuos de ásperas cerdas y aspecto casi bárbaro, altos, calzados con zuecos, de mirar feroz, cubiertos de barro y de polvo, como quien ha pisado muchos caminos.
Uno de estos ejemplares se apareció de improviso al caminero, un día del mes de julio a eso de las doce, mientras se encontraba sentado al abrigo de una pared, para resguardarse del granizo que las nubes enviaban en abundancia.
El desconocido le miró, paseó a continuación sus ojos por la aldea que dormía en la hondonada, por el molino y por la prisión que se alzaba sobre el tajo, y cuando hubo identificado todos aquellos objetos, preguntó, en dialecto que apenas era inteligible:
--¿Qué tal, Santiago?
--Muy bien, Santiago.
--¡Chócala!
Los dos interlocutores cambiaron un apretón de manos.
--¿No hay comida?
--Cena nada más--respondió el caminero con cara de hambre.
--Es la moda--gruñó el desconocido.--No encuentro a nadie que coma. Seguidamente sacó una pipa ennegrecida, la cargó y encendió, y a continuación, dejó caer sobre ella algo que tenía entre los dedos pulgar e índice. De la pipa brotó una llamarada y una nubecilla de humo.
--¡Chócala!--exclamó el peón caminero, después de observar con mirada atenta las operaciones referidas.
Los interlocutores cambiaron el segundo apretón de manos.
--¿Esta noche?--preguntó el caminero.
--Esta noche--contestó el desconocido, llevando la pipa a la boca.
--¿Dónde?
--Aquí.
Ambos permanecieron sentados sobre el montón de piedras, mirándose el uno al otro, hasta que cesó de granizar y se aclaró el cielo.
--Instrúyeme--dijo entonces el viandante, dirigiéndose a la cresta de la colina.
--Mira--contestó el caminero, con el brazo extendido,--baja a la hondonada, entrarás por la calle, pasarás la fuente...
--¡Al diablo la calle y la fuente!--exclamó el desconocido con impaciencia.--Ni quiero entrar en calle alguna ni pasar junto a fuentes.
--Sobre dos leguas más allá de la cumbre de la loma que se alza sobre la aldea.
--Corriente. ¿Cuándo dejas el trabajo?
--A puestas de sol.
--¿Querrás despertarme antes de irte? Dos noches con sus días hace que viajo sin descansar ni dormir. Acabaré de fumar esta pipa y dormiré como un bienaventurado... ¿Me despertarás?
--Con mucho gusto.
El viandante fumó su pipa, la guardó en el pecho, se quitó los zuecos y se tendió boca arriba sobre el montón de piedras. Segundos después dormía profundamente.