Una historia de dos ciudades

Part 23

Chapter 233,914 wordsPublic domain

--Sobrino, si no estoy mal enterado... pero desde luego sucesor degenerado de aquel ilustre y refinado Marqués que fué villanamente asesinado--dijo uno.--Me cabe la fortuna de no haberle visto en mi vida.

--Un cobarde que abandonó su puesto hace algunos años--terció otro señor, que había salido de París metido de cabeza en el centro de una carretada de paja, con los pies en alto y medio asfixiado.

--Corrompido por las nuevas doctrinas--repuso un tercero,--se declaró en oposición abierta contra el último Marqués, abandonó sus tierras no bien las heredó, y las confió a un hato de rufianes. Espero que ellos mismos le darán ahora el pago a que se ha hecho acreedor.

--¿Eso hizo?--gritó Stryver.--¿Tan canalla es ese hombre? Veamos... veamos su infame apellido.

Darnay, cuya resistencia tocaba a su fin, tocó en un hombro a Stryver y dijo:

--Yo conozco a ese señor.

--¡Por todos los diablos juntos!... ¿Usted le conoce? Lo siento en el alma.

--¿Por qué?

--¿Pregunta usted por qué, Darnay? ¿Pero no ha oído usted lo que ha hecho?

--Lo he oído, sí; pero pregunto a usted que por qué siente que yo le conozca.

--En ese caso, repetiré a usted, señor Darnay, que siento que usted conozca a ese hombre indigno, y que lamento que no se le alcance a usted por qué lo siento. Me aflige sobremanera oir las preguntas inconcebibles que usted hace. Nos hablan aquí de un sujeto corrompido por la más pestilente e impía de las podredumbres, de un individuo el más vil que jamás ha existido en el mundo, que abandona sus bienes a la hez de a tierra, a los canallas cuyo credo es el asesinato y el robo, ¿y me pregunta usted por qué lamento que un hombre que se dedica a enseñar a la juventud le conozca? ¿Se empeña en saberlo? ¡Vaya, se lo diré! Lo siento porque creo que miserables como el que nos ocupa contagian a quien los conoce. Y lo sabe usted.

Darnay, conteniéndose a duras penas, contestó:

--Quizá no comprende usted al caballero a quien se refiere.

--Pero sé muy bien cómo poner a usted entre la espada y la pared, y voy a hacerlo--gritó Stryver.--Si ese individuo es un caballero, desde luego _no_ le comprendo; puede usted decírselo así de mi parte, y darle de paso mis recuerdos. También puede añadirle de parte mía, que después de abandonar a la gentuza los bienes patrimoniales, me admira sobremanera que no se haya puesto a la cabeza de los ladrones y asesinos... Pero no, caballeros, no; yo, que conozco un poquito el natural humano, me atrevo a asegurarles que no encontrarán nunca a un sujeto como ése que se confíe a los tiernos cuidados de sus humildes _protegidos_. No, caballeros, no; si algo de su persona deja ver a aquéllos, será, en todo caso, un par de talones, y aun éstos, sólo durante el tiempo que tarde en poner tierra de por medio.

Dichas estas palabras, que merecieron la aprobación unánime de sus oyentes, salió a la calle Fleet. Segundos después quedaban solos en el despacho Lorry y Carlos Darnay.

--Puesto que usted conoce a la persona a quien la carta va dirigida--dijo Lorry--¿quiere encargarse de hacerla llegar a sus manos?

--Con mucho gusto.

--¿Tendrá la bondad de explicarle que sin duda se la han dirigido aquí porque creían que nosotros le conocíamos, y que, ignorando quién era y dónde estaba, la carta está detenida desde hace algún tiempo?

--Así lo haré. ¿Cuándo sale usted para París?

--A las ocho salgo de aquí mismo.

--Yo volveré para despedirle.

Descontento consigo mismo, y más todavía con Stryver y con sus compatriotas, Darnay salió del edificio del Banco y, no bien llegó a una esquina donde creyó estar a cubierto de miradas indiscretas, abrió la carta, que estaba concebida en los siguientes términos:

«Prisión de la Abadía, París.

»Junio, 21, 1792.»

»Señor Marqués:

»Después de correr durante largo tiempo peligro inminente de dejar la vida en manos de los vecinos de la aldea, he sido preso, sometido a mil violencias y atropellos, y al fin conducido a París, cuyo largo viaje me han obligado a hacer a pie. Las amarguras que en el camino he apurado no son para contarlas aquí; y no es esto todo; mi casa ha sido destruída... arrasada hasta los cimientos.

»El crimen de que me acusan, el que me tiene enterrado en la cárcel, señor Marqués, el crimen por el que compareceré ante el Tribunal y que me costará la cabeza (si usted no me presta su generoso auxilio) es, según dicen ellos, el de traición contra la majestad del pueblo, al que aseguran que he vendido para proteger a un emigrado. En vano les he hecho presente que, lejos de obrar contra ellos, he obrado en su favor, ateniéndome a instrucciones suyas, señor Marqués; en vano he alegado que con anterioridad a la confiscación de los bienes de los emigrados había yo condonado los impuestos que el pueblo cesó de pagar, que no cobré las rentas, que no recurrí a los tribunales. A todas mis representaciones contestan que obré en favor de un emigrado, y yo me pregunto: ¿dónde está ese emigrado?

»¡Ah, mi buen señor Marqués! ¿Dónde está ese emigrado? Yo pregunto mientras duermo; ¿dónde está? Vuelvo mis ojos a los cielos, y les pregunto; ¿vendrá a salvarme? No me contestan. ¡Ah, señor Marqués! Envío mi grito de angustia a través de los mares, por si Dios quiere que llegue a sus oídos por mediación del gran Banco Tellson, tan conocido en París.

»Por el amor de Dios, por equidad, por justicia, por generosidad, por el honor inmaculado de su noble apellido, señor Marqués, le suplico que corra en mi auxilio y me libre de la muerte que me amenaza. Mi único crimen es haber sido fiel a usted... ¡Oh señor Marqués! Yo confío que usted corresponderá a mi fidelidad.

»Desde esta mazmorra donde todos los horrores tienen su asiento, desde esta antesala de la muerte, envío a usted, señor Marqués, la expresión de mi dolorosa lealtad, juntamente con el ofrecimiento de mis desgraciados servicios.

»Su afligido servidor,

»GABELLE.»

La lectura de la carta que queda copiada infiltró en la intranquilidad latente de Darnay un torrente vigoroso de vida. El peligro que se cernía sobre la cabeza de un servidor antiguo, por cierto de los mejores, que no había cometido más crimen que el de serle leal a él y a su familia, fué para Darnay a manera de latigazo recibido en pleno rostro. La vergüenza se le subió a la cara con fuerza tal, que mientras caminaba al azar sin saber qué resolución adoptar, ni a mirar a los transeuntes se atrevía.

Sabía muy bien que, arrastrado por el horror de la hazaña que puso digno remate a las malas acciones y a la pésima reputación de su rancia familia, impulsado por las sospechas que su tío le inspirara y por la aversión con que su conciencia miraba la fábrica ruinosa que, según los de su casta, estaba en el deber de sostener y robustecer, había obrado de una manera imperfecta. Sabía muy bien que al ceder al amor que profesaba a Lucía, al renunciar el puesto que en sociedad le correspondía ocupar, se había precipitado, había procedido con reprensible ligereza. Sabía muy bien que su resolución debió llevarla a la práctica personalmente, como sabía que tuvo intención de hacerlo así, y que, sin embargo, no lo hizo.

La dicha del hogar que en Londres se había creado, la necesidad de hacer una vida activa, las continuas alteraciones de la época, tan bruscas y tan rápidas que los planes no bien madurados la semana anterior caían por tierra a la semana siguiente ante el impulso arrollador de nuevos acontecimientos, fueron circunstancias de peso a cuya fuerza cedió; lo sabía muy bien; pero tampoco se le ocultaba que, si a la fuerza de las circunstancias cedió con repugnancia, no intentó oponerles una resistencia continua y formal. Su conciencia le decía que deseó obrar y que varias veces anduvo acechando la ocasión; pero le añadía que otras tantas dejó pasar la oportunidad, mientras la nobleza salía en tropel de Francia por todos los caminos y veredas, mientras los bienes de aquella eran confiscados y destruídos, y hasta borrados del libro de la vida los nombres de los hasta entonces mimados por la fortuna.

Pero en cambio a nadie había oprimido, a nadie había llevado a la cárcel. Lejos de haber atropellado a nadie para que le pagase sus rentas, había abandonado libre y espontáneamente sus bienes, buscado refugio en una nación extraña, y ganado en ella el pan que llevaba a su boca con su propio esfuerzo. El señor Gabelle había administrado un patrimonio empobrecido a tenor de instrucciones escritas que le mandaban tratar bien al pueblo, darle lo poco que allí podía dársele... leña para calentarse en invierno y algunos frutos que le ayudaran a pasar el verano, que otra cosa no consentían los acreedores... y seguramente habría aducido estos hechos en descargo suyo. Se trataba de hechos públicos, de hechos que sin dificultad podían probarse; y si los hechos en cuestión justificaban ante el pueblo al administrador, huelga decir que eran patente de amigo del pueblo en favor de quien dictó las órdenes a que aquél ajustó su conducta.

Estas consideraciones robustecieron la resolución de hacer el viaje a París que Darnay había casi adoptado con anterioridad al recibo de la carta de Gabelle.

Sí. Semejante al marino de la antigua leyenda, los vientos y las corrientes habíanle arrastrado hasta colocar su nave dentro del radio de influencia de la Montaña Imantada, y ésta le atraía cada vez con fuerza más irresistible. Cuantos pensamientos germinaban en su mente, le impelían, le empujaban hacia el centro de aquella atracción terrible. Obedecieron sus impaciencias primeras al pensamiento de que su desdichada patria, guiada por instrumentos malos, perseguía objetivos malos y corría desbocada al abismo, mientras él, que acaso hubiese podido imprimir mejor dirección a las ansias nacionales, permanecía en Londres sin intervenir, sin intentar algo que pusiera fin a la brutal efusión de sangre, algo que afianzase los derechos a la piedad, a la humanidad, desconocidos a la sazón. Cuando ya en su alma se agitaban esos remordimientos, vino a centuplicar su fuerza la conducta del anciano Lorry, quien, dócil a la voz del deber, se apresuraba a afrontar los riesgos tremendos que entrañaba un viaje a Francia en aquellas circunstancias, y por si esto no bastaba, vinieron los comentarios de los señores, comentarios que le hirieron profundamente, y los de Stryver, mil veces más duros que los de aquéllos. A todo ello había seguido la carta de Gabelle, la carta de un prisionero inocente que, viniéndose al borde de la tumba, hacía un llamamiento desesperado a su justicia, a su honor y a su apellido.

No tardó en resolverse; iría a París.

Sí. La Montaña Imantada le arrastraba y no había más remedio que enfilar hacia ella la proa de su esquife. Ignoraba que en los mares que iba a surcar hubiera escollos, no creía que la travesía ofreciera peligros para él. La intención que le guió al obrar como había obrado, siquiera su obra hubiese quedado incompleta, parecíale más que suficiente para conquistarle el agradecimiento de Francia, tan pronto como él se presentase en su suelo e hiciera valer los derechos que le asistían. Ante sus ojos se alzaba la visión gloriosa de haber obrado bien, y hasta llegó a forjarse ilusiones de que tendría alguna influencia para encauzar aquella revolución horrenda, que con furia tan incontrastable se había alzado, amenazando acabar con todo lo existente.

Adoptada su resolución, creyó que ni Lucía ni el doctor Manette debían conocerla hasta que la hubiese puesto en práctica. En cuanto a Lucía, nada más natural que evitarla el dolor de la separación, y en cuanto a su padre, cuya resistencia a pensar en los lugares donde tantos sufrimientos apurara en años pasados era tan viva, tampoco convenía hablarle del proyecto, sino de la ejecución del mismo, única manera de evitarle dudas dolorosas.

Tales fueron los pensamientos que le agitaron hasta que llegó la hora de despedirse de Lorry. Tampoco a éste confiaría sus intenciones. Las sabría en París cuando estuvieran ya realizadas, cuando le hiciera una visita, y esta visita, se la haría tan pronto como llegase a la capital de Francia.

Frente a la puerta del Banco Tellson esperaba una silla de posta. Junto a la portezuela, hacía centinela Jeremías _Lapa_.

--He entregado la carta al caballero a quien iba dirigida--dijo Darnay a Lorry.--No he querido traer contestación escrita que acaso pudiera ser para usted causa de disgustos; pero he aceptado una respuesta verbal, confiando que usted no tendrá inconveniente en encargarse de transmitirla.

--Con mucho gusto, siempre que no sea muy peligrosa--contestó Lorry.

--No lo es, aunque debe recibirla un hombre que está preso en la Abadía.

--¿Cómo se llama?--preguntó Lorry, sacando del bolsillo un librito de memorias.

--Gabelle.

--Gabelle. ¿Y qué es lo que debo decir al desgraciado prisionero Gabelle?

--Sencillamente estas palabras: «Ha recibido la carta y vendrá.»

--¿Sin decir cuándo?

--Emprenderá el viaje mañana por la noche.

--¿No he de mencionar nombre alguno?

--No.

Después de ayudar a Lorry a arrebujarse en dos o tres capas, debajo de las cuales llevaba ya dos o tres abrigos, salió acompañándole hasta la calle Fleet.

--Haga presente mi cariño a las dos Lucías--dijo Lorry en el momento de partir la silla de posta.--Cuídemelas bien hasta que yo esté de regreso.

Carlos Darnay hizo un movimiento de cabeza, sonrió con expresión equívoca, y quedó contemplando el carruaje que se alejaba al trote largo de los caballos.

Aquella noche, era la del día catorce de agosto, Carlos Darnay se acostó muy tarde, pues antes tuvo que escribir dos cartas; una dirigida a Lucía, en la cual explicaba el deber ineludible en que se encontraba de ir a París y detallaba con gran extensión los motivos que a su juicio alejaban de su persona toda clase de riesgos, y otra al doctor, a quien encomendaba el cuidado de Lucía y de su hijita. A entrambos prometía escribir nuevamente tan pronto como llegara al término de su viaje.

Fué para Darnay día de prueba aquel que hubo de pasar entre su querida familia guardando en el fondo de su pecho un secreto que nadie podía sospechar; pero una mirada de cariño dirigida a su esposa, tan alegre, tan confiada, robusteció la resolución que de no decirla nada había formado, y el día pasó sin incidentes. Al obscurecer, la abrazó, diciéndola que un asunto imprevisto le obligaba a salir, pero que su ausencia sería muy breve, y se fué. Ya antes había sacado secretamente de su casa un baúl con la ropa necesaria.

Confió las dos cartas a un criado digno de toda confianza, con orden de entregarlas a media noche, ni un minuto antes, tomó un caballo, y emprendió el viaje a Dover.

Sintió desfallecimientos; pero el grito desesperado del pobre prisionero que apelaba a su justicia, a su honor, a su generosidad, dióle fuerzas para dejar a sus espaldas lo que más querido le era en el mundo y para dirigir su nave hacia la Montaña Imantada que le atraía.

LIBRO TERCERO

EL RUMBO DE LA TORMENTA

I

EN SECRETO

Poco a poco abreviaba el viajero el camino que le separaba de París. Estamos en otoño del año mil setecientos noventa y dos. No le habrían faltado caminos detestables, carruajes pésimos y caballos atacados de vejez que dificultasen su marcha, aun cuando el destronado rey de Francia hubiese continuado ocupando su trono y reinando entre esplendores de gloria; pero aparte de esos obstáculos, la alteración de los tiempos habían acumulado otros mil. Todas las puertas de las ciudades, todas las entradas de los pueblos, contaban con sus bandas de ciudadanos patriotas, armados con mosquetes nacionales prontos a dispararse por sí solos, que detenían a cuantas personas entraban o salían, para someterlas a rígidos interrogatorios, examinar con detenimiento sus documentos, ver si figuraban sus nombres en las listas de que estaban provistos, y dejarlos en libertad de proseguir su viaje, o bien prenderlos, según aconsejase su capricho, en bien de la recién nacida República Una e Indivisible, de la Libertad, de la Igualdad, de la Fraternidad o de la Muerte.

Muy pocas leguas de terreno francés había recorrido Carlos Darnay, cuando comenzó a darse cuenta de la imposibilidad en que se encontraría de volver a pisar aquellos caminos eternos, si antes no era declarado buen ciudadano de París. Pero ya no podía retroceder; fuese la que fuese la suerte que el destino le tuviera deparada, no tenía más remedio que continuar el viaje hasta el final. A sus espaldas dejaba un camino abierto, libre de barreras y de fosos, pero esto no obstante, sabía que entre Inglaterra y su persona se alzaban obstáculos mil veces más infranqueables que las más sólidas puertas de hierro. De tal suerte le rodeaba la vigilancia universal, que si hubiera viajado metido dentro de las mallas de espesa red de acero, o bien acondicionado en el interior de una jaula, no hubiese considerado su libertad más perdida.

Esa vigilancia universal no sólo le obligaba a detenerse veinte veces al día en los caminos reales, en los relevos de postas, si no que también entorpecía y retardaba su marcha otras tantas veces en en cada jornada, ora alcanzándole y mandándole volver atrás, ora acompañándole e impidiéndole avanzar con la rapidez que él deseaba. Varios días llevaba recorriendo territorio francés, cuando una noche se acostó temprano en la cama de una posada de una población de poca importancia, situada bastante lejos de París.

A la carta que desde la cárcel de la Abadía le dirigió Gabelle, debía el haber llegado tan lejos, pero al llegar a la población de que hablamos, opusiéronle en las puertas tantas dificultades, que comprendió que estaba muy próxima la crisis. No le sorprendió, pues, gran cosa ser despertado a media noche en la cama de la posada en que se acostó con ánimo de dormir hasta la mañana siguiente.

Al despertar, tropezaron sus ojos con un funcionario local, de temperamento tímido, y con tres patriotas armados hasta los dientes, cubiertos con gorros de color rojo rabioso y fumando descomunales pipas. Los tres de los gorros tomaron asiento sobre su cama.

--Emigrado--dijo el funcionario,--he decidido enviarte a París con una escolta.

--Ciudadano, mi mayor deseo es llegar a París, pero puedo prescindir perfectamente de la escolta.

--¡Silencio!--gritó un gorro rojo dando un golpe a la cama con la culata del mosquete.--¡A callar, aristócrata!

--Tiene razón este buen patriota--dijo el funcionario con timidez.--Eres aristócrata, y por tanto, debes hacer el viaje bajo la vigilancia de una escolta.

--No está en mi mano la elección--contestó Carlos Darnay.

--¡Elección!--exclamó uno de los gorros colorados.--¿Habráse visto? ¡Como si no se le hiciera un favor dispensándole de adornar desde este instante el gancho de un farol!

--La observación del buen patriota no puede ser más justa--terció el funcionario.--Levántate y vístete, emigrado.

Obedeció Darnay, quien fué conducido inmediatamente al cuerpo de guardia, donde encontró a muchos patriotas que lucían sus correspondientes gorros colorados, fumando unos y bebiendo otros al amor de la lumbre. Después que se le obligó a pagar una fuerte cantidad por una escolta que no había pedido, emprendió el viaje a las tres de la madrugada.

Constituían la escolta dos patriotas montados, que cabalgaban a sus lados, en cuyos gorros rojos lucían escarapelas tricolores, e iban armados con mosquetes y sables nacionales. El escoltado manejaba su caballo, pero en las bridas de éste había sujeta una cuerda cuyo extremo contrario llevaba uno de los patriotas amarrado a la muñeca. En esta forma hacían el viaje, sufriendo una llovizna helada que el viento lanzaba contra sus rostros, a un trote pesado, por caminos desiguales y alternados con extensos lodazales. Sin que en el viaje introdujeran más cambios que el de caballos, llegaron al fin a la capital.

Viajaban durante la noche, haciendo alto una o dos horas antes de romper el día, y durmiendo hasta el crepúsculo de la tarde. La escolta vestía con pobreza tan extremada, que para abrigarse las piernas desnudas, habían de recurrir a la paja, con la cual las acolchaban. Aparte de las molestias consiguientes al viaje, a la contrariedad de ir escoltado y a los peligros inherentes a depender de patriotas crónicamente borrachos y armados con mosquetes que se disparaban solos, Carlos Darnay podía desechar toda clase de temores, toda vez que era de esperar que, en cuanto hiciera referencia a sus merecimientos, que confirmaría al prisionero de la Abadía, se apresurarían a tratarle como a un hombre amigo del pueblo.

Sin embargo, cuando llegaron a la ciudad de Beauvais a la caída de la tarde, y por consiguiente, cuando las calles estaban llenas de gente, no pudo menos de comprender que las cosas presentaban cariz alarmante. En el patio de la casa de postas se reunieron muchos grupos que, contemplándole con expresión ceñuda al principio, concluyeron por gritar:

--¡Muera el emigrado!

Detúvose Darnay en el instante en que iba a echar pie a tierra, y desde la silla, replicó:

--Emigrado no, amigos míos. ¿No me estáis viendo aquí, amigos míos, en Francia, por mi libre y espontánea voluntad?

--¡Eres un emigrado maldito y un aristócrata canalla!--gritó un herrador, abalanzándose hacia él con un martillo en alto.

Interpúsose el encargado de la casa de postas entre el furioso herrador y el jinete, y como quien desea evitar una escena desagradable, dijo:

--¡Dejadle, amigos, dejadle! Le juzgarán en París.

--¡Juzgarán!--repitió el herrador, blandiendo el martillo.--Le condenarán por traidor.

Las turbas lanzaron feroces rugidos de aprobación.

Darnay, tan pronto como pudo hacerse oir, exclamó:

--Estáis engañados, amigos míos, estáis engañados. Yo no soy traidor.

--¡Mientes!--rugió el herrador.--¡Según el decreto, es un traidor!... ¡Su vida pertenece al pueblo... no es suya su existencia maldita!

En las miradas de las turbas leyó Carlos Darnay una de esas arremetidas feroces cuyo desenlace es siempre un hombre hecho pedazos. Tal suerte le habría cabido de no haber sido por el encargado de la casa de postas, que obligó al caballo a entrar en el patio. La escolta siguió a nuestro amigo, y el de la casa cerró y atrancó inmediatamente la puerta. El herrador descargó sobre ésta los martillazos que no podía descargar sobre la cabeza del emigrado; las turbas rugieron indignadas, pero no pasó más.

--¿Qué decreto es ése que mencionó el herrador?--preguntó Darnay al dueño de la casa de postas, después de darle las gracias por su afortunada mediación.

--Es el decreto que dispone la venta en pública subasta de los bienes de los emigrados--contestó el interrogado.

--¿Cuándo se promulgó?

--El día catorce.

--El mismo que salí yo de Inglaterra.

--Todo el mundo afirma que no es más que el primero de los de la serie, redactados ya... o que serán redactados en breve, los cuales destierran a los emigrados y condenan a muerte a los que vuelvan a pisar territorio francés. Es lo que quiso decir el herrador cuando afirmó que su vida de usted no era de usted, sino del pueblo.

--Pero supongo que no han sido promulgados todavía semejantes decretos, ¿no es verdad?

--No puedo asegurarlo--respondió el encargado de la casa de postas, encogiéndose de hombros.--Puede que no hayan sido promulgados aún, y puede que sí; pero es igual.