Una historia de dos ciudades

Part 12

Chapter 123,982 wordsPublic domain

--Hablando con franqueza--repuso el sobrino,--si no mienten mis informes, ha hecho usted todo lo posible para dar fuerza a las sospechas originadas por las circunstancias demasiado sospechosas que me rodeaban.

--¡No, no, no, no!--contestó riendo el tío.

--No discutiremos ese punto--continuó el sobrino, mirando con evidente desconfianza a su interlocutor.--Me consta que, a trueque de detenerme en el camino, ha de agotar usted todos los recursos de su diplomacia especial, como me consta también que en materia de recursos, es usted poco escrupuloso.

--Mi querido sobrino, me permitiré rogarte que procures hacer memoria, que tengas presente lo que te dije hace tiempo, mucho tiempo.

--Lo recuerdo perfectamente.

--Muchas gracias--contestó el Marqués, con voz que parecía un instrumento musical.

--En efecto, tío; creo firmemente que debo a su mala fortuna, y a mi buena estrella, el no encontrarme en este momento recluído en alguna prisión de Francia.

--No entiendo bien--respondió el tío, tomando un sorbo de café.--¿Tienes la bondad de explicarte?

--Con mucho gusto. Quiero decir que, de no haber caído usted en desgracia en la corte, de no encontrarse bajo la obscura sombra de aquella nube que le viene envolviendo desde hace algunos años, no le habría faltado una carta _de cachet_ que me hubiera abierto las puertas de una fortaleza por tiempo indefinido.

--Es muy posible--replicó el tío, con calma imperturbable--que el honor de la familia me hubiese impulsado a molestarte hasta ese punto.

--Por fortuna para mí, observo que en la recepción de anteayer encontró usted la misma frialdad de siempre--dijo el sobrino.

--Perdona que te diga, mi querido sobrino, que yo, en tu lugar, no aseguraría que mi desgracia en la corte sea para ti una fortuna. Es muy probable que las reflexiones que te hubiera sugerido la soledad de una cárcel hubiesen ejercido en tu destino futuro influencia más beneficiosa que la que puedan ejercer tus actos gozando de libertad. Pero es inútil discutir este particular. Me encuentro, según dices, en posición desventajosa. Hoy, solamente el interés o las importunidades alcanzan esos pequeños instrumentos de corrección, esos medios suaves para robustecer el poderío y el honor de las familias, esos favores insignificantes que tanto hubieran podido molestarte. ¡Son tantos los que los codician, y tan pocos (comparativamente) los que los obtienen! No sucedía así en otros tiempos, pero las cosas han variado mucho, y varían todos los días, siendo de notar que van de mal en peor. Nuestros antepasados gozaban del poder de vida o muerte sobre sus vasallos y gentes vulgares. ¡Cuántos de esos perros han salido de esta misma habitación para ser colgados inmediatamente! Que yo sepa, en mi alcoba fué muerto a puñaladas un insolente bellaco que se atrevió a proferir no sé qué broma de mal gusto a propósito de su hija que... Hemos perdido muchos privilegios; es la verdad. Se ha puesto en moda una filosofía nueva, y no puedo negar que hoy, si nos obstinásemos en defender todos nuestros derechos, acaso tropezáramos con graves inconvenientes. ¡Las cosas se ponen malas, muy malas!

El Marqués tomó un polvo de rapé y movió la cabeza con la expresión de quien lamenta que un país desdeñe medios tan excelentes de regeneración.

--De tal suerte hemos hecho valer nuestra posición social, tanto en tiempos pasados, como en nuestros días--replicó el sobrino con acento sombrío,--que hemos conseguido que Francia pronuncie con aversión y con odio nuestros nombres.

--De lo que debemos felicitarnos--observó el tío.--La aversión y el odio son los homenajes más altos y más involuntarios que los pequeños rinden a los grandes.

--No encuentro en este país una sola cara que nos mire con deferencia--repuso el sobrino.--En todas ellas leo el respeto engendrado por el temor y la esclavitud.

--Lo que no deja de ser lisonjero para la familia y para los procedimientos empleados por la familia para sostener su grandeza--dijo el Marqués, tomando otro polvo de rapé y montando una pierna sobre otra.

Afectaba el prócer glacial indiferencia; pero cuando su sobrino, puestos los codos sobre la mesa, se cubrió los ojos con las manos y permaneció durante un buen espacio de tiempo absorto en sus reflexiones, desapareció la mascarilla del Marqués y miró de soslayo a su sobrino con expresión tal de rencor, que se armonizaba muy mal con la indiferencia primera.

--La única filosofía de efectos duraderos es la represión--observó el Marqués.--Ese respeto sombrío engendrado por el miedo y la esclavitud, amigo mío, hará que los perros continúen obedientes al látigo mientras este techo nos proteja contra la intemperie.

Quizá el techo estaba llamado a caer derrumbado antes de lo que el buen Marqués creía. Si ante sus ojos hubieran presentado aquella noche un cuadro de lo que sería dentro de contado número de años su castillo, y cientos de castillos semejantes al suyo, a buen seguro que nadie le habría hecho creer en la fidelidad de la pintura.

--Mientras tanto--continuó el Marqués,--corre de mi cuenta poner a salvo el honor y el reposo de nuestra familia, quieras tú o no... Pero, ahora caigo en que debes encontrarte rendido: ¿te parece que, por esta noche, pongamos término a nuestra conferencia?

--Un momento más.

--Una hora, si ése es tu gusto.

--Hemos obrado mal, tío, y los frutos de nuestra iniquidad están madurando.

--¿_Hemos_ obrado mal?--repitió el tío sonriendo.

--Ha cometido mil yerros nuestra familia, sí, nuestra honorable familia, cuyo honor tanto nos interesa a los dos. Hasta en tiempos de mi padre cometimos mil iniquidades, sacrificando sin reparo a todo ser humano que se interpusiera entre nosotros y nuestros placeres... ¿Pero a qué hablar de los tiempos de mi padre, si otro tanto ocurre en los de usted? ¿Puedo, acaso, establecer una separación entre mi padre y su hermano gemelo, su heredero adjunto, su sucesor inmediato forzoso?

--La mano de la muerte me llamó a sucederle.

--Y la misma mano me dejó encadenado a un sistema que me repugna, que me horroriza, haciéndome responsable de lo que no está en mi mano evitar; me impide dar cumplimiento a la súplica postrera que murmuraron los labios de mi santa madre, me impide obedecer la orden última, muda, pero patética, dictada por los ojos queridos de aquella dama ejemplar, que me encarecían que tuviera piedad y compasión, y que jamás cerrara mis oídos a la voz de la justicia; y por último, me destroza el alma, al convencerme de que necesito una mano que me ayude y de que en vano la busco.

--Si en mí la buscas, mi querido sobrino, desde luego te aseguro que pierdes el tiempo: no la encontrarás nunca. He decidido bajar al sepulcro perpetuando el sistema bajo el cual nací y he vivido.

Tomó otro polvo de rapé, guardó la cajita en el bolsillo, y añadió:

--Preferible es escuchar la voz de la razón y aceptar el destino natural... Pero observo que estás perdido, mi querido Carlos.

--Perdidas están para mí estas propiedades y hasta Francia--contestó con amargura el sobrino.--Las renuncio.

--¿Pero es que puedes renunciarlas? Siempre he creído que para renunciar precisa _poseer_. Yo no sé si Francia será tuya ya; pero los bienes de nuestra familia... Claro que ni vale la pena hablar de ello; pero ¿es que los consideras tuyos?

--Al hablar como lo hice, ni se me ocurrió la idea de aludir a los derechos que sobre ellos tengo, ni mucho menos reclamar su posesión. Si mañana pasasen de sus manos a las mías...

--Lo que tengo la vanidad de considerar muy improbable...

--... O de aquí a veinte años...

--Me haces demasiado honor; pero prefiero esta suposición a la primera.

--Los abandonaría, para vivir en otra parte y otro género de vida. ¡No sería abandonar mucho! ¡Total, un desierto espantoso que no presenta más que miserias y ruinas!

--¿Sí?--exclamó el Marqués, paseando su mirada por aquella habitación suntuosa.

--No diré que la vista no encuentre en aquéllos algún atractivo; pero estudiados en su fondo, a la luz de la razón y de la justicia, son una torre ruinosa de extorsiones, despilfarros, deudas, injusticias, opresiones, hambres, desnudeces y sufrimientos.

--¿Sí?--repitió el Marqués con acento de satisfacción.

--Si llegan a ser míos, los confiaré a manos más competentes que las mías para que los desgraven poco a poco, dado caso que llegue a tiempo, del peso enorme que los arrastra al precipicio, a fin de que los infelices que a ellos se ven clavados sufran menos en lo sucesivo. No podré hacerlo; lo sé. Pesa sobre ellos una maldición, y no sólo sobre ellos, sino también sobre la nación entera.

--¿Y tú?--preguntó el tío.--Perdona mi curiosidad; ¿es que a la sombra de tu filosofía de nuevo cuño esperas vivir del maná del cielo?

--Fuerza será que viva de lo mismo que vivirán tantos otros compatriotas míos, por muchos que sean sus pergaminos, por rancia que sea su nobleza: del trabajo.

--¿En Inglaterra, por ejemplo?

--Sí. El honor de la familia puede dormir tranquilo. No lo mancillaré trabajando mientras me encuentre en este país, y no podré mancillarlo en otro sencillamente porque, fuera de aquí, no ostentaré el apellido de la familia.

El Marqués hizo sonar un timbre. Inmediatamente se iluminó la habitación inmediata. Esperó el Marqués a que se fuera el servidor que había encendido las luces, y cuando oyó que sus pasos se alejaban, dijo, mirando a su sobrino con rostro sonriente:

--Muchos atractivos tiene para ti Inglaterra, bien que, a decir verdad, no me admira si tengo en cuenta lo mucho que allí has prosperado.

--Manifesté ya antes que creo ser deudor a usted de todas las _fortunas y prosperidades_ que allí encontré. De todas suertes, Inglaterra es mi refugio.

--Si hemos de creer a los vanidosos ingleses, es el refugio de muchos. ¿Conoces a un compatriota nuestro que allí buscó refugio? Me refiero a un doctor.

--Le conozco.

--¿A quien acompaña una hija?

--Sí.

--El mismo. Estás rendido... Buenas noches.

La sonrisa con que acompañó la inclinación de cabeza que hizo a su sobrino a guisa de cortés despedida y el tono con que pronunció las últimas palabras, envolvían un misterio que no pudo menos de impresionar al sobrino.

--Sí--repitió el Marqués.--Un doctor con una hija... Sí. ¡Así comienza la nueva filosofía!... Buenas noches.

El joven clavó sus ojos en su cara cual si esperase encontrar en ella la aclaración de las últimas palabras que habían herido sus oídos. Trabajo perdido. Lo mismo hubiera conseguido interrogando las de las estatuas de piedra que tanto abundaban en el castillo.

--¡Buenas noches!--añadió el tío.--El deseo de verte mañana por la mañana me tendrá desvelado toda la noche... Que descanses... Enciende las luces del dormitorio de mi señor sobrino... ¡Y asa a mi señor sobrino en la cama, si puedes!--añadió para sus adentros, antes de hacer sonar nuevamente la campanilla, llamando al ayuda de cámara a su alcoba.

El ayuda de cámara acudió al llamamiento y volvió a salir, dejando al Marqués en paños menores y dispuesto a meterse en la cama. Tardó una porción de minutos en hacerlo. Si alguien le hubiese visto vestido como iba y calzado con zapatillas, midiendo la estancia con paso silencioso y vivo, semejante al del tigre real, hubiérale tomado probablemente por el famoso marqués encantado de la leyenda, cuyas transformaciones periódicas en felino comenzaban entonces o terminaban en aquel instante.

Surgían en el fondo de su imaginación, mientras caminaba de uno a otro extremo de su voluptuosa alcoba, los incidentes más salientes del viaje que terminara aquella noche: veíase subiendo perezosamente la rampa empinada de la colina, contemplaba con los ojos del alma la puesta del sol, el descenso de la falda opuesta de la colina, el molino, la cadena de la galga, la prisión emplazada al borde del tajo, la aldea de la hondonada, los labriegos en derredor de la fuente y el caminero en el momento de señalar con su gorro puntiagudo la cadena de su coche de camino. La fuente de la aldea le recordaba la otra fuente de París, y en ella veía al cadáver del niño acurrucado sobre el basamento, a las mujeres inclinadas sobre su cuerpecito y al hombre alto que, con los brazos extendidos gritaba: «¡Muerto!»

--Me estoy enfriando--murmuró el señor Marqués.--¡A la cama, a la cama!

Tendióse en el lecho, dejó caer las lujosas cortinas que lo envolvieron, y se dispuso a dormir.

Por espacio de tres horas interminables permanecieron las caras de piedra de los inmóviles centinelas colocados en el exterior del castillo contemplando las negruras de la noche; por espacio de tres horas interminables los caballos inquietos golpearon con sus manos los pesebres de las caballerizas, y la lechuza lanzaba un ruido peculiar que no tenía semejanza alguna con el canto que a las lechuzas han asignado los hombres-poetas.

Hombres y leones de piedra del castillo clavaron por espacio de tres mortales horas sus ojos sin pupilas en los negros tules de la noche. Negros estaban los campos, negros los bosques, negros los caminos, negro como mar de tinta todo el paisaje. En el cementerio de la aldea hubiese sido imposible distinguir una tumba de otra, y nadie hubiera podido decir si la cruz a cuyo pie estaba arrodillada aquella tarde la mujer que pidió una gracia al Marqués continuaba enhiesta o si había caído derribada. En la aldea, explotadores y explotados dormían profundamente. Quizá durante el sueño disfrutaban estos últimos de opíparos banquetes, como ocurrir suele a los que perecen de hambre, o bien de tranquilidad y de descanso, cual bueyes habituados a gemir bajo el yugo.

Aguas invisibles y silenciosas fluían de la fuente de la aldea, lo mismo que de la fuente del castillo, perdiéndose a lo lejos, como se pierden los minutos que continuamente deja escapar la mano del Tiempo. Al cabo de tres horas interminables, las aguas comenzaron a tomar ligeros tonos grises, y los ojos de las caras de piedra del castillo principiaron a iluminarse.

Brotó por Oriente el sol, tiñendo de rojo las copas de los árboles y las cimas de las montañas. Sus fulgores dieron roja coloración a las aguas que brotaban de la fuente del castillo y a las caras de piedra de hombres y leones. Gorjeaban parleros los pajarillos, uno de los cuales, más atrevido que sus compañeros, agotó el repertorio de sus cantos más hermosos posado sobre el alféizar de piedra de la ventana de la alcoba del señor Marqués. El centinela de piedra más inmediato contempló con mudo asombro al cantor, abrió la boca y dió muestras del terror más profundo.

Los fulgores del astro del día sacudieron el sopor que dominaba cual señor absoluto en la aldea. Abriéronse las ventanas, desatrancáronse las puertas de las casas, y las gentes salieron tiritando a la calle para entregarse a las faenas diarias. Unos se fueron a la fuente, otros al campo; éstos, a arar, aquéllos a cavar o a apacentar escuálidos ganados. En la iglesia quedaron dos o tres personas, suplicando al Cielo que conservara la vida de alguna vaca o de corto número de ovejas.

El castillo despertó más tarde, cual correspondía a su elevada jerarquía social. Los rayos del sol tiñeron de rojo primero a los venablos, espadas y lanzas; más tarde arrancaron destellos a los montantes, comenzaron a abrirse ventanas, se impacientaron los caballos en las cuadras, y los perros sacudían las cadenas que los sujetaban, ladrando desaforadamente en demanda de libertad.

Todos éstos eran incidentes triviales que se repetían diariamente, detalles rutinarios de la vida ordinaria. Pero algo menos trivial, algo que no era rutinario ni corriente ocurría aquella mañana en el castillo. Repicaba con furia insistente la gran campana; corrían los servidores de una parte a otra; por la terraza cruzaban muchas personas y en las caballerizas ensillaban con azoramiento varios caballos. ¿Por qué?

¿Qué ventolera había acometido al caminero, momentos antes entregado al trabajo, allá en la cima de la colina? ¿Acaso las aves del campo pretendían llevarse en sus picos el escaso almuerzo que había dejado sobre un montón de piedras? ¿por qué corría con aquella furia, ladera abajo, cual si de la velocidad de su carrera dependiera su vida? ¿Por qué hundía sus piernas hasta la rodilla en el polvo, y devoraba distancias sin detenerse a tomar aliento, hasta que llegó a la fuente?

En derredor de ésta se había congregado toda la población de la aldea, y allí permanecía con la consternación pintada en sus semblantes, hablando con voz muy baja, bien que sin revelar otras emociones que las de curiosidad sombría y profunda sorpresa. En la embocadura de la calle se veían gentes del castillo, servidores de la casa de postas y todas las autoridades de la aldea, más o menos armadas. El caminero había penetrado ya en el centro de un grupo, formado por unos cincuenta amigos particulares suyos, con los cuales hablaba con muestras de excitación. ¿Qué significaba todo esto? Sobre todo, ¿qué significaba la llegada del señor Gambelle, que sentado a la grupa de un caballo, montado también por un servidor del castillo, se aproximaba a la aldea a galope tendido, no obstante la doble carga, cual si quisiera representar, un poquito modificada, la leyenda alemana de Leonora?

Todo ello significaba que, en el castillo, las caras de piedra habían aumentado en una aquella noche.

El Gorgon que presidió la erección del castillo decidió sin duda visitar su obra durante la noche, advirtió que faltaba una faz de piedra, la misma que probablemente estaban esperando desde doscientos años antes, y la aumentó.

La cara de piedra reposaba boca arriba sobre la mullida almohada del lecho del señor Marqués. Parecía mascarilla finísima, de expresión un poquito asustada o airada. Pegado a la cabeza había un tronco de hombre, también petrificado, y envainado en el corazón de ese tronco se veía un cuchillo. En derredor del pomo del cuchillo había un papel, en el cual alguien había garrapateado las siguientes palabras:

_«Llévale veloz a la tumba. De parte de Santiago»._

X

DOS PROMESAS

Pasaron doce meses. Carlos Darnay se había establecido en Inglaterra como maestro de idioma francés y de literatura francesa. Hoy le darían el pomposo nombre de profesor; en aquella época se le llamaba tutor. Enseñaba a jóvenes que disponían de tiempo y deseaban aprender una lengua viva que se hablaba en todo el mundo. Maestros como Darnay no se encontraban con facilidad en aquellos tiempos. Los príncipes y los reyes distaban mucho de poder figurar entre la clase de los que pueden enseñar, y la nobleza arruinada no pensaba en perder la vista trabajando sobre los Libros Mayores del Banco Tellson, ni en consagrar sus aptitudes a las artes culinarias o de carpintería. No tardó en hacerse conocido el joven Darnay, quien como maestro poseía el secreto de hacer que sus discípulos encontrasen agradables sus lecciones, y como traductor sabía poner en sus trabajos algo más que los conocimientos derivados de la gramática y del diccionario. Como quiera que, por otra parte, supo asimilarse las costumbres del país en que vivía, no es de admirar que con algo de perseverancia, consiguiera prosperar.

Cuando se trasladó a Londres, no lo hizo llevado de la esperanza de pasear sobre aceras de oro ni de dormir sobre lecho de rosas. De haber abrigado esas esperanzas, a buen seguro que no hubiese prosperado. Esperaba trabajo, lo encontró, se dedicó con ardor a él, sacó de su labor todo el partido posible: ese fué el secreto de su prosperidad.

Pasaba parte del tiempo en Cambridge, hablando con los estudiantes y enseñándoles, como de contrabando, lenguas europeas y prescindiendo del griego y del latín, sobradamente enseñados en aquel establecimiento docente, y el resto del día permanecía en Londres.

Pero pasemos a otro asunto menos ingrato. Desde los remotos tiempos en que la humanidad disfrutaba de un verano perpetuo, hasta los que hoy padecemos, en los cuales hemos de conformarnos con un invierno no menos perpetuo, el mundo ha seguido invariablemente el mismo derrotero; el derrotero de Carlos Darnay... el derrotero del amor a la mujer.

Habíase enamorado de Lucía Manette el día en que el peligro se cernía sobre su cabeza. En sus oídos no había resonado nunca una voz de acentos tan armoniosos, tan delicados, tan tiernos, como los que en la ocasión indicada supo aquella poner en su compasiva voz, ni sus ojos vieron jamás rostro tan encantador, tan angelical como el de Lucía, cuando ésta le veía al borde mismo de la fosa que a sus pies habían abierto falsos acusadores. Sus labios, empero, no habían dejado traslucir el secreto de su corazón. El asesinato perpetrado al otro lado del Canal, en desierto castillo, aquel robusto castillo de piedra, databa de un año, y el joven Darnay a nadie había revelado el estado de su alma.

Que para obrar de esa suerte tenía Darnay sus razones, sabíalo él perfectamente; pero fuera que éstas hubieran desaparecido, fuera que no pudiera mantener encerrado por más tiempo en su pecho el secreto, ello es que un día de verano, a su regreso de Cambridge, dirigió sus pasos hacia el tranquilo rincón de Soho, resuelto a abrir su pecho al doctor Manette. El día estaba próximo a terminar, y sabía que Lucía habría salido con la señorita Pross.

Encontró al doctor leyendo junto a la ventana. Las energías que en otro tiempo le sostuvieron impidiendo que cayera abrumado bajo el peso de sus torturas, habíanle restablecido gradualmente. Era ya un hombre fuerte en sus propósitos, enérgico en sus resoluciones, vigoroso en sus actos. Estudiaba mucho, dormía poco, soportaba sin esfuerzo grandes fatigas, y se le veía constantemente contento y feliz. Al ver entrar en su estudio a Carlos Darnay, dejó el libro y alargó al recién llegado su diestra.

--¡Amigo Darnay!--exclamó.--¡Cuánto placer me produce su visita! Desde hace tres o cuatro días esperábamos su regreso. Ayer estuvieron aquí los señores Stryver y Carton, y ambos estaban contestes en afirmar que nos privaba usted de su presencia más de lo debido.

--Les agradezco muy de veras el interés que esos señores me demuestran--contestó Darnay con alguna frialdad.--¿Y la señorita Lucía?

--Está bien, muchas gracias. Su regreso de usted será para todos nosotros motivo de alegría... Ha salido de compras, pero no tardará en volver.

--Sabía que se hallaba fuera de casa, doctor. Precisamente he aprovechado la ocasión de que saliera para solicitar de usted una conferencia.

Calló el doctor.

--¿Sí?--preguntó al fin.--Acerque una silla y hablaremos.

El joven acercó una silla sin dificultad, pero parece que la encontró para dar comienzo a la conferencia.

--He tenido la felicidad de frecuentar tanto esta casa--principió diciendo al fin--desde hace año y medio, que espero que el tema que voy a tocar no ha de ser...

Interrumpióle el doctor alargando una mano.

--¿Es Lucía el tema en cuestión?--preguntó.

--Lucía es.

--Siempre me afecta profundamente hablar de Lucía; pero me es doloroso oir hablar de ella en el tono que usted lo hace, Darnay.

--Es el tono de la admiración ferviente, del homenaje entusiasta, del amor más profundo, doctor--replicó Darnay.

Otra pausa más prolongada que la anterior.

--Lo creo. Con gusto hago a usted justicia... lo creo.

La contrariedad del doctor era tan visible, que Darnay, comprendiendo que había abordado un tema que disgustaba al padre, vaciló.

--¿Puedo continuar, señor?--preguntó.

Nueva pausa.

--Sí; continúe usted.

--Adivina usted lo que voy a decir, bien que es imposible que adivine con cuánto fervor lo digo y con cuánto fervor lo siento, pues para ello sería preciso que penetraran sus miradas hasta el fondo más íntimo de mi alma, para ver allí las esperanzas y temores, los anhelos y ansiedades que la abruman bajo su peso. Mi querido doctor Manette, amo a su hija con amor entrañable, inmenso, desinteresado, ferviente; la amo como muy pocos han amado en el mundo. Usted ha amado también, doctor: ¡hable por mí el amor que en otros tiempos apresuró los latidos de su corazón!