Una historia de dos ciudades

Part 11

Chapter 114,026 wordsPublic domain

Era un hombre de unos sesenta años, ricamente ataviado, de ademanes y expresión altaneros y dotado de una cara que, más que rostro humano, parecía fina mascarilla. Cara de una palidez transparente, todas sus líneas, todos sus rasgos aparecían perfectamente definidos. La nariz, artísticamente modelada, ofrecía la particularidad de que sus dos ventanas acusaban una contracción, muy poco perceptible, hacia la parte superior. En esas dos contracciones radicaba, precisamente, la alteración única visible en aquella cara. Las ventanas persistían unas veces contraídas, al paso que en algunas ocasiones, se sucedían las dilataciones a las contracciones, pero en uno y otro caso, daban a la cara una expresión desagradable de crueldad y de perfidia. Examinado con detenimiento aquel rostro, no era difícil observar que la expresión de crueldad la debía a las líneas de su boca y de las órbitas de los ojos excesivamente finas y horizontales. No puede negarse, sin embargo, que aquella cara era extraordinariamente hermosa.

Su propietario descendió las escaleras del palacio y salió al vestíbulo, donde le estaba esperando su carroza. Pocos habían sido los que le dirigieron la palabra durante la recepción, y el señor pudo estar más afectuoso de lo que estuvo cuando llegó al sitio en que aquél permaneció retraído y separado de los grupos. Sin detenerse un instante montó en su carruaje, y los caballos partieron a galope, dispersando a las gentes que encontraban al paso. Guiaba el cochero como si cargara contra un ejército enemigo, sin que a su señor se le ocurriera poner freno a la furia desatentada del primero, la cual, lejos de enojarle, más bien parecía que le era agradable. Algunas veces, muy contadas, se habían exteriorizado las quejas, hasta en aquella ciudad insensible y en aquella edad de ignorancia y de idiotismo, contra la bárbara costumbre de recorrer a galope de carga calles estrechas y sin aceras, sin miramiento a los infelices que con frecuencia eran arrollados, pero nadie se dignó conceder un segundo de atención a semejantes pequeñeces, y en este particular, como en muchos otros, los desdichados de la clase baja quedaron en libertad de orillar la dificultad como buenamente pudieran.

Con estruendo ensordecedor y con olvido inhumano de las consideraciones más sagradas, difícil de comprender en nuestros días, la carroza volaba por la calle saltando sobre el empedrado y doblando las esquinas con velocidad inconcebible, ahuyentando a las mujeres, que chillaban despavoridas, a los niños, que corrían como conejos asustados, y a los hombres que procuraban pegarse a las paredes. En el momento de doblar el carruaje una esquina próxima a una fuente, una de las ruedas dió un salto, cientos de gargantas lanzaron un alarido, y los caballos recularon y se encabritaron.

Es casi seguro que la carroza hubiera continuado imperturbable su desenfrenada carrera de no haber sido por este último inconveniente, toda vez que era lo que acostumbraban hacer los carruajes en aquella feliz época, aun cuando dejaran la calle sembrada de cadáveres, ¿por qué habían de hacer otra cosa?, pero asustado el lacayo había saltado a tierra y veinte manos agarraron a un tiempo las riendas de los caballos.

--¿Qué pasa?--preguntó el señor, asomando su cara tranquila por la portezuela.

Un hombre alto, con gorro en la cabeza, había sacado de entre las patas de los caballos un bulto, que depositó sobre el basamento de una fuente, e inclinado sobre él, aullaba como un animal feroz.

--Perdón, señor Marqués--dijo un individuo harapiento con voz y ademán humildes,--es un niño.

--¿Y por qué arma ese ruido ensordecedor? ¿Dices que es un niño?

--Dispense el señor Marqués... Es una... lástima... sí, eso es.

Distaba la fuente algunas varas. El hombre alto que sobre el bulto estaba inclinado se irguió de repente y echó a correr con prisa tal en dirección al carruaje, que el señor Marqués llevó la mano al puño de su espada.

--¡Muerto!--rugió el hombre alto con muestras de salvaje desesperación, clavando los ojos en el Marqués y alzando los dos brazos.--¡Asesinado!

Las turbas se apiñaron en rededor de la carroza. Todas las miradas estaban concentradas en la persona del Marqués, mas en aquéllas no se leía otra cosa que ansiedad, temor, nada de cólera ni de amenaza. Todos callaban. Al primer grito sucedió un silencio imponente. La voz del que había hablado al magnate continuaba siendo sumisa en extremo. El señor Marqués paseó sus miradas sobre los apiñados grupos, contemplándolos con la indiferencia con que hubiera contemplado una manada de ratas asustadas.

Sin variar de actitud sacó un bolsillo.

--Me sorprende sobremanera--dijo--que ni de vuestros hijos sepáis cuidar. Con frecuencia que no puede menos de serme molesta os tropiezo en mi camino. ¿No se os alcanza que de los atropellos pueden resultar con daño mis caballos? ¡Vaya!... ¡Dadle esto!

Acompañando la acción a la palabra, arrojó a los pies del lacayo una moneda de oro.

--¡Muerto... asesinado!--volvió a gritar el hombre alto.

Llegó a la sazón otro hombre, a quien todos abrieron paso. El que acababa de gritar cayó en sus brazos no bien le vió, permaneciendo largo rato entre ellos, llorando y sollozando.

--Lo sé todo... lo sé todo--dijo el recién llegado.--¡Valor, Gaspar! Preferible es morir como ha muerto el niño a vivir la vida que le esperaba. Ha muerto sin dolor, sin sufrimientos, y en cambio, de haber continuado viviendo, aquéllos le hubieran acosado sin cesar.

--Eres un filósofo--dijo el Marqués sonriendo.--¿Cómo te llamas?

--Defarge.

--¿Cuál es tu oficio?

--Soy vendedor de vino, señor Marqués.

--Toma esto, filósofo y vendedor de vino, y gástalo como te venga en gana--repuso el Marqués, arrojando a sus pies otra moneda de oro.--¡A ver! ¿Están listos los caballos?

Sin dignarse mirar a las turbas por segunda vez, el señor Marqués se arrellanó en su asiento. La carroza se ponía nuevamente en movimiento y su feliz ocupante había olvidado el incidente, cual si acabara de romper una futesa y la hubiera pagado, cuando vino a perturbar su olímpica serenidad la entrada violenta en el interior del carruaje de una moneda de oro.

--¡Para!--gritó el señor Marqués.--¡Detén los caballos!... ¿Quién ha tirado esto?

Miró airado al sitio en que acababa de dejar a Defarge, pero no vió más que al desdichado padre abrazado al cadáver de su hijo, y a una mujer en pie, que le miraba ceñuda.

--¡Perros!--murmuró el Marqués.--¡De buena gana pasaría sobre todos vosotros para limpiar al mundo de vuestra repugnante presencia! ¡Si yo supiera quién es el canalla que arrojó la moneda, y lo tuviera bastante cerca, vive Dios que lo aplastaba bajo las ruedas de mi coche!

Tal era el temor de las turbas, tan grande el horror que sentían por lo que los hombres de la clase social del Marqués podían hacerles, dentro y fuera de la ley, que no se alzó una voz, ni una mano, ni una mirada. Todos los hombres callaron, fijos sus ojos en el suelo. Solamente la mujer a que antes nos hemos referido osó clavar sus miradas airadas en el Marqués, quien ni reparó siquiera en ella. Su olímpica mirada pasó sobre su cabeza y sobre las demás ratas, y cómodamente arrellanado sobre los mullidos almohadones de su carroza, dió orden al cochero de continuar la marcha.

Por el mismo sitio cruzaron en carrera desenfrenada y sucesión rápida muchas otras carrozas. La del ministro, la de los arbitristas del Estado, la del aperador general, la del doctor, la del abogado, la del eclesiástico. Las ratas asomaban tímidas las cabezas en la entrada de sus agujeros.

Retiróse el padre a quien habían dejado sin hijo, retiráronse las ratas al fondo de sus agujeros, y sobre el basamento de la fuente no quedó más que la mujer que había osado mirar ceñuda al Marqués, rígida como la Fatalidad. El agua de la fuente corría rumorosa, corrían rápidas y turbulentas las aguas del río, el día corría a su ocaso, la vida de la ciudad corría a la muerte impulsada por el Tiempo, que a nadie espera, las ratas dormían ya en sus obscuros agujeros, el _baile de la extravagancia_ continuaba entre luces y cenas, y todas las cosas, para decirlo de una vez, seguían su curso.

VIII

EL SEÑOR EN EL CAMPO

Un paisaje encantador, en el que se ven campos de trigo, aunque no abundantes. Pedazos de terreno sembrados de centeno donde hubiera podido criarse el trigo, pedazos sembrados de habas y de guisantes, pedazos sembrados de vegetales de toda clase, y es que la naturaleza inanimada, armonizando sus gustos con los de la humanidad, manifestaba tendencia decidida hacia una vegetación, más aparente que real.

El carruaje de viaje del señor Marqués, que, dicho sea de paso, hubiera podido ser menos pesado, tirado por cuatro caballos y guiado por dos postillones, escalaba trabajosamente una colina empinada. El subido color de las mejillas del prócer nada argüía en contra de su elevada alcurnia. No tenía su origen dentro, sino que era efecto de una circunstancia externa imposible de evitar: la puesta del sol.

Los rayos tangentes del astro rey penetraban en el coche de viaje del señor Marqués envolviendo a éste en nimbos de luz rojiza.

--Pronto se pondrá--exclamó el señor Marqués, contemplando con disgusto sus manos.

En efecto, tan cerca de su ocaso estaba el sol, que no tardó en ponerse. Dominada la cima de la colina y ajustados a las ruedas los pesados frenos, en cuanto el coche comenzó a rodar por la pendiente abajo, envuelto en nubes de polvo, los fulgores rojizos se extinguieron: el sol y el Marqués descendían.

Ante los ojos del Marqués se extendía un territorio quebrado, una aldea en el fondo de la hondonada, una llanura que terminaba en un altozano, un campanario, un molino de viento, un bosque abundante en caza, y una fortaleza emplazada al borde de un despeñadero. El Marqués contemplaba todos los objetos detallados, cuyas líneas comenzaban a borrar las sombras de la noche, con la expresión del que se acerca a su casa.

Contaba la aldea con una calle pobre, con una cervecería pobre, con una tenería pobre, con una taberna pobre, con un relevo de postas pobre y con una fuente pobre. Siendo pobres todos los servicios, pobres habían de ser, y pobres eran, en efecto, sus habitantes. Todos ellos vivían en la miseria, y muchos se hallaban sentados en las puertas de sus viviendas, preparando cebollas de deshecho y otros artículos semejantes para su cena, mientras otros lavaban en la fuente verduras, hierbas y toda clase de comestibles que la tierra da de sí. No era preciso ser muy lince para descubrir las causas que a la miseria los reducían: con leer las inscripciones solemnes, colocadas en todos los sitios visibles de la aldea, en las cuales se detallaban los impuestos que había que pagar al Estado, a la Iglesia y al señor, juntamente con las contribuciones locales y generales, bastaba y aun sobraba, no ya para comprender que los habitantes fueran pobres, sino para maravillarse de que el hambre y la miseria no hubieran concluído con la vida de todos ellos.

Niños se veían muy pocos, perros ni uno sólo. En cuanto a los hombres y a las mujeres, la alternativa que el mundo les ofrecía no podía ser más clara: o vivir de la manera más miserable en la aldea, bajo el yugo aplastante del señor, o morir en la fortaleza emplazada sobre el precipicio, destinada a calabozo.

Precedido por un correo y acompañado por los restallidos de los látigos de los postillones, que cruzaban los aires semejantes a culebras enroscadas, el señor Marqués mandó detener su carruaje frente a la puerta de la casa de postas. Como distaba muy poco de la fuente, los aldeanos que en ésta se hallaban suspendieron sus faenas para mirarle. El también les miró, y vió cómo doblaban sus frentes ante su persona, de la misma manera que él había doblado la suya ante el señor, cuando acertó a unirse al grupo un caminero.

--Tráeme a ese individuo--dijo el Marqués al correo.

Fué llevado a su presencia el caminero, en derredor del cual se agruparon los aldeanos, ávidos de escuchar y de ver.

--¿Te pasé en el camino, verdad?

--Verdad es, señor, tuve el honor de que el señor me pasase en el camino.

--Al subir la rampa y en la cumbre de la colina, ¿no es cierto?

--Señor, cierto es.

--¿Qué es lo que mirabas con tanta fijeza?

--Miraba al hombre, señor.

Al contestar, su gorro puntiagudo apuntaba debajo del carruaje. Todos los aldeanos concentraron sus miradas en el mismo sitio.

--¿Qué hombre, pedazo de bruto?

--Perdón, señor, quiero decir el hombre que pendía de la cadena de la galga.

--¿Pero quién?

--El hombre, señor.

--¡Cargue el diablo con esta turba de idiotas! ¿Cómo se llama ese hombre? Tú conoces a todos los de estos contornos: ¿quién era ese hombre?

--¡Piedad, señor! No era de esta parte del país: no le había visto en los días de mi vida.

--¿Suspendido de la cadena? ¿Ahorcado?

--Con permiso del señor, diré que su cabeza colgaba de esta manera.

El caminero se aproximó a la galga y se colocó vuelta la cara hacia el cielo y con la cabeza colgando. A continuación, recobró la postura normal e hizo una reverencia.

--¿Qué señas tenía?

--Señor, estaba más blanco que un molinero, el polvo le cubría de pies a cabeza, era más blanco que un espectro y más alto que un espectro.

La descripción produjo en el auditorio sensación inmensa. Todos volvieron sus ojos hacia el Marqués, acaso creyendo que llevase algún espectro sobre su conciencia.

--¡No puede negarse que te has portado como un hombre!--exclamó el Marqués.--Ves un ladrón subido a mi carruaje, y no sabes abrir esa bocaza inmensa que tienes en la cara. ¡Suéltelo, señor Gambelle, suéltelo!

Era el señor Gambelle jefe de postas y de otros servicios, y al desarrollarse la escena que estamos reseñando, en su deseo de contribuir al buen éxito de la declaración, había agarrado por un brazo al declarante.

--Suelte a ese bergante, señor Gambelle, y si llega a la aldea el desconocido, préndale y no le ponga en libertad hasta asegurarse de que es un hombre honrado.

--Será para mí un honor cumplir las órdenes del señor--contestó Gambelle.

--¿Escapó aquel...? ¿Pero dónde se ha metido ese maldito?

El maldito se había metido debajo del carruaje, acompañado por media docena de amigos particulares suyos, a los cuales mostraba la cadena de la galga. Otra media docena de amigos le sacaron arrastrando inmediatamente y le llevaron a presencia del señor.

--¿Escapó aquel hombre cuando nos detuvimos para echar la galga?

--Se precipitó de cabeza desde lo alto de la colina, ni más ni menos que si se hubiera arrojado al mar.

--Cuide de averiguarme eso, Gambelle... ¡En marcha!

Delante de las ruedas, examinando la cadena, estaban la media docena de amigos particulares del caminero, semejantes a un pelotón de borregos. Las ruedas comenzaron a girar tan inopinadamente, que fué un milagro que aquéllos pudieran salvar sus pellejos y sus huesos, único que podían salvar, por fortuna suya.

Los caballos salieron de la aldea al galope, mas no tardaron en moderar la marcha, pues la rampa de la colina era tan empinada, que hubieron de subirla al paso. Bordeaba el camino un pequeño cementerio, donde se veía una cruz con la imagen de Nuestro Salvador. Era una imagen de madera, hecha por manos inexpertas, pero el artista había hecho un estudio del natural y seguramente su libro fué su propio cuerpo o el de alguno de sus convecinos, pues la imagen era horriblemente flaca y descarnada.

Al pie de aquel emblema doloroso de una desgracia inmensa había una mujer arrodillada. Volvió la cabeza al oir el ruido del carruaje, levantóse vivamente, y corrió presurosa en dirección al coche.

--¡Es el señor!--exclamó, presentándose en la portezuela.--¡Señor, una gracia!

El señor lanzó una exclamación de impaciencia.

--¿Qué hay? ¿Qué se ofrece? ¡Siempre con peticiones!

--¡Señor, por el amor de Dios! ¡Mi marido... el guardabosque!...

--¿Qué quiere tu marido el guardabosque? ¡Estas gentes siempre piden lo mismo! Que no puede pagar, ¿eh?

--¡Lo ha pagado todo, señor! ¡Ha muerto!

--¡Mejor! ¡Así descansará! ¿Crees que puedo devolvértelo?

--¡Ay de mí, señor... de sobra sé que no! ¡Pero descansa allá... bajo aquellas míseras hierbas!...

--¿Y bien?

--Que son muchos los trechos de tierra cubiertos de hierba.

--Bueno... ¿y qué?

Aquella mujer era joven, aunque parecía una vieja. Su rostro reflejaba un dolor inmenso. A veces retorcía con energía sus manos callosas, y otras las colocaba sobre la portezuela del carruaje, acariciándola con ternura, cual si creyera que era un pecho humano susceptible de ser ablandado.

--¡Tenga el señor compasión de mí! ¡Escuche mi petición! Mi marido ha muerto de hambre... de la misma enfermedad que han muerto tantos otros... de la misma que nos llevará a todos los de la aldea al sepulcro...

--¿Pero a mí que me cuentas? ¿Acaso puedo yo mataros el hambre a todos?

--Señor... Dios lo sabe, pero no es comida lo que pido. Lo único que deseo, es que sobre la tierra que cubre el cadáver de mi marido se alce un pedazo de madera o de piedra con su nombre, a fin de que todos sepan dónde está enterrado. De no ser así, pronto olvidarán todos el sitio y no podrán enterrarme a su lado cuando yo muera. ¡Señor!... ¡Señor!...

El lacayo había separado del carruaje a la pobre mujer, los caballos habían emprendido un trote largo, y el señor veía disminuir rápidamente la legua o dos de distancia que todavía le separaban de su _château_.

El camino era bueno, y el tiempo invertido en recorrerlas no fué largo. Dibujáronse las sombras de un edificio inmenso y las de muchos y muy corpulentos árboles. Era el _château_ del señor Marqués, en cuya puerta principal le estaba esperando el mayordomo.

--¿Ha llegado de Inglaterra el señor Carlos, a quien espero?--preguntó.

--Todavía no, señor Marqués--fué la respuesta.

IX

LA CABEZA DE GORGON

Era el _château_ del señor Marqués un edificio arrogante, de espesos y sólidos muros y vastas proporciones. De su espacioso patio de piedra arrancaban dos amplias escaleras también de piedra, que iban a encontrarse en la terraza de piedra como todo lo demás, que precedía a la puerta principal. De piedra eran las recias balaustradas, de piedra los jarrones, de piedra las flores, de piedra las caras humanas, de piedra las cabezas de los leones, de piedra todo. No parecía sino que la cabeza de Gorgon había presidido, dos siglos antes, la terminación de aquella ingente masa de piedra e ideado sus remates y detalles de ornamentación.

La antorcha que precedía al señor Marqués cuando, después de salir de su coche de viaje, emprendió el ascenso de la espaciosa escalera de piedra, derramaba resplandor bastante para provocar las protestas de la lechuza que tenía su cuartel general en el tejado de la torrecilla que servía de remate a las caballerizas y que se alzaba como queriendo escalar las nubes, rodeada de árboles de prodigiosa altura. Todo lo demás permaneció tranquilo, tan tranquilo, que tanto la antorcha que precedía en la gran escalera los pasos del señor Marqués, como la que frente a la puerta de honor esperaba su llegada, ardían cual si en el centro de cerrado salón estuvieran, y no expuestas al soplo de las brisas de la noche. Ni se oía tampoco más ruido que el del ulular de la lechuza, excepción hecha del rumor producido por el agua de la fuente al caer en la pila, pues era una de esas noches que contienen el aliento durante horas enteras, para exhalar un suspiro y permanecer de nuevo sin respirar.

Giró sobre sus suaves goznes la puerta de honor, y el señor Marqués penetró en una galería cuyos muros ofrecían a la vista gran variedad de armaduras antiguas, e infinidad de dardos, lanzas, espadas y cuchillos de caza, juntamente con un surtido variado de fustas, trallas y látigos, cuyo peso había sentido más de un labriego cuando su señor estaba encolerizado.

Sin mirar siquiera a los alones grandes, envueltos en negras tinieblas, el señor Marqués, siempre siguiendo a la antorcha, llegó frente a una puerta que había en el fondo de la galería. Abierta aquélla, se encontró en sus habitaciones, que eran tres, una de ellas su alcoba. Las habitaciones de elevados artesonados, reunían todo el lujo, todo el refinamiento que corresponden a un Marqués, que vive en un siglo fastuoso y en una nación que todo lo sacrifica al boato. En los riquísimos muebles dominaba el gusto del penúltimo Luis de aquella sagrada dinastía que debía ser eterna, de Luis XIV, aunque no faltaban objetos que podían pasar como ilustraciones de las antiguas páginas de la historia de Francia.

En el centro de la tercera habitación, pieza redonda que correspondía a una de las cuatro torres que flanqueaban el edificio, había una mesa comedor con servicio para dos personas. La habitación era reducida, y su ventana estaba abierta, bien que cerradas sus celosías.

--¿Cubierto para mi sobrino?--murmuró el Marqués al entrar.--Y, sin embargo, acaban de decirme que no ha llegado todavía.

No había llegado, en efecto, pero en el castillo, esperaban que llegase con el señor Marqués.

--No es probable que llegue esta noche--añadió el Marqués, dirigiéndose al servidor encargado del comedor--pero deja la mesa como está. Dentro de un cuarto de hora me sentaré a cenar.

En efecto: quince minutos después tomaba el Marqués asiento frente a una cena suntuosa y selecta. Sentóse dando espaldas a la ventana. Acababa de comer la sopa y llevaba a sus labios un vaso de rico Burdeos, cuando bajó la mano sin beber.

--¿Qué es eso?--preguntó con calma, volviendo la cara hacia las celosías.

--¿Qué, Monseñor?

--Fuera... Abre las celosías.

La orden quedó obedecida en el acto.

--¿Qué hay?

--Nada, señor: las copas de los árboles y las sombras de la noche es lo único que se ve.

--Está bien--dijo su señor, con calma imperturbable.--Vuelve a cerrar.

El Marqués volvió a prestar atención a su cena. Habría llegado a la mitad de ésta, cuando por segunda vez quedó a medio camino el vaso que llevaba a sus labios. Oíase el rodar de un carruaje que a buena marcha se aproximaba al castillo.

--Pregunta quién ha llegado--dijo el Marqués al servidor.

Era el sobrino del señor, a quien en la casa de postas habían manifestado que el Marqués habría llegado ya al castillo.

--Vete y dile de mi parte que la cena espera, y que le ruego venga sin tardanza.

Minutos después entraba en el comedor el viajero, que era el mismo joven a quien hemos conocido en Inglaterra bajo el nombre de Carlos Darnay.

Recibióle el señor Marqués con exquisita cortesanía, pero no se dieron las manos.

--¿Salió usted ayer de París?--preguntó el joven al sentarse a la mesa.

--Ayer, sí; ¿y tú?

--Yo he venido directamente aquí.

--¿Desde Londres?

--Sí.

--Bastante te ha costado llegar--observó el Marqués sonriendo.

--Por el contrario, he hecho el viaje con mucha rapidez.

--Dispensa, no he querido decir que en el camino hayas invertido mucho tiempo, sino en resolverte a hacer el viaje.

--Sí... me han obligado a aplazarlo... negocios diversos.

--Lo supongo--contestó el tío.

No cambiaron más palabras mientras el servidor estuvo presente. Servido el café, y solos ya tío y sobrino, abrió la conversación este último, clavando sus ojos en la cara del primero, que parecía una máscara.

--He regresado, tío, persiguiendo el mismo objetivo que me obligó a ausentarme. He corrido un peligro inmenso; pero el objetivo es tan sagrado, que aun cuando la muerte me hubiese acarreado, no habría decaído mi valor.

--La muerte no, querido--respondió el tío;--ni nombrarse debe esa señora.

--Dudo mucho, tío--replicó el sobrino,--que usted me hubiese tendido una mano, aun viéndome colocado en el filo mismo de la muerte.

Agitáronse las ventanas de la nariz del tío y se hicieron más profundas las líneas de su rostro, dando expresión más cruel a su aspecto; pero el Marqués hizo un gesto gracioso de protesta, que nada tenía de tranquilizador por ser efecto demasiado palpable de la finura de modales del prócer.