Part 10
Sentábase los domingos la señorita Pross a la mesa de la familia del doctor, pero en los días restantes de la semana solía comer a horas desconocidas, bien en las regiones bajas, bien en su habitación, situada en el piso segundo, vedada a todo el mundo, excepción hecha de la señorita Lucía. En la comida del domingo a que se contrae este relato, la señorita Pross, correspondiendo a la alegría que reflejaba el rostro de la hija del doctor, y deseando agradarle, se abandonó a una animación inusitada, y como consecuencia, el rato que los comensales pasaron en la mesa resultó agradabilísimo.
Era un día de calor sofocante, en vista de lo cual, a los postres, propuso la señorita Lucía ir a beber el vino bajo el plátano silvestre del patio, donde podrían disfrutar de un ambiente más agradable. Como todo el mundo ansiaba dar gusto a la mimada de la casa, al patio salieron inmediatamente y tomaron asiento bajo el plátano, donde Lucía, que desde algún tiempo antes se había asignado a si misma el cargo de copero del señor Lorry, escanció el vino. Remates de casas próximas parecían asomar las cabezas sobre las cercas del patio mientras los reunidos hablaban, y las hojas del plátano susurraban en sus oídos las palabras rumorosas propias de sus barnizadas lenguas.
La comida había terminado, pero los cientos de visitantes no se presentaban. Cuando los comensales estaban sentados bajo el plátano llegó el joven Darnay, pero no era más que _uno_.
Dispensóle el doctor Manette un recibimiento cordial y otro tanto hizo su hija. La señorita Pross, acometida de súbito de una sensación de cosquilleo en la cabeza y resto del cuerpo, retiróse al interior de la casa. Parece que frecuentemente era víctima de aquel desorden, que ella, en el seno de la familia, solía llamar «un ataque de nervios».
Estaba el doctor de excelente buen humor y parecía muy joven. Sentado al lado de su hija, cuya cabeza aparecía reclinada sobre su hombro, resaltaba tanto la viva semejanza que entre ambos existía, que hasta el más miope había de observarla.
La conversación versó sobre muchos y muy variados temas, habiendo sido el doctor de los que mayor vivacidad y animación mostraron. En ocasión en que estaban hablando de los edificios más notables de Londres, preguntóle Darnay:
--Dígame, doctor, ¿ha visitado usted la Torre?
--Con Lucía la visité en una ocasión, pero de corrido, sin detenernos--contestó el doctor.--Vimos lo bastante para apreciar que efectivamente es digna de interés, pero nada más.
--Yo he estado en ella, según recuerda usted--repuso Darnay con sonrisa un poquito forzada,--pero no como turista ni en condiciones de ver gran cosa de ella. Una historieta me refirieron durante mi estancia que llamó poderosamente mi atención.
--¿Por qué no nos la cuenta usted?--preguntó Lucía.
--Con mucho gusto. Parece que, en el curso de unas obras que hubieron de hacer, los operarios encontraron una mazmorra antiquísima, utilizada en fecha remota y olvidada desde muchos años antes. Todos los sillares del interior estaban llenos de inscripciones grabadas en la piedra por los prisioneros. Las inscripciones eran fechas, nombres, quejas, maldiciones, plegarias, etc. En el sillar de un ángulo del muro, un reo, condenado a muerte, según todas las probabilidades, esculpió a última hora cuatro letras. Debió emplear una herramienta poco a propósito, e hizo la obra aceleradamente y con pulso poco firme. Examinadas las letras, todos creyeron, al principio, que eran G. A. V. A., pero una observación más detenida puso de relieve que la letra primera no era G, sino C. No figuraba en los archivos ningún prisionero a cuyo nombre y apellidos correspondieran aquellas iniciales. A fuerza de meditar y dar vueltas al asunto, vínose en conocimiento de que las letras en cuestión no eran iniciales, sino un nombre completo: _Cava_. Practicáronse algunas excavaciones, que dieron por resultado el hallazgo, debajo de una losa o azulejo, de algunos fragmentos de papel, mezclados con pedazos de una cajita o pequeño saco de cuero. Nadie ha podido averiguar qué fué lo que el condenado a muerte escribió en el papel, aunque sí pudo apreciarse que estaba escrito. Sin duda lo enterró para que no lo encontrara el alcaide.
--¡Padre mío!--exclamó Lucía.--¿Se encuentra usted enfermo?
Motivó esta pregunta el hecho de que el doctor se pusiera violentamente en pie y llevara las manos a la cabeza. Su rostro reflejaba horrible espanto.
--No, hija mía, no estoy enfermo--contestó el doctor.--Comienza a llover... caen gotas muy anchas y me he asustado irreflexivamente. Creo que debemos ponernos a cubierto.
Habíase repuesto casi instantáneamente. Era cierto que las nubes enviaban algunas gotas anchas de agua, de las cuales mostró una el doctor en el dorso de la mano. Ni una palabra dijo acerca de la historia que Darnay estaba refiriendo, y cuando entraron en la casa, el ojo experto de Lorry descubrió, o creyó descubrir, en la mirada del doctor, al fijarla en Darnay, la misma mirada extraña que había observado mientras salían de la Sala del Tribunal a raíz de haber sido declarado inocente el segundo.
La expresión de aquella mirada se borró con tal rapidez, que Lorry llegó a sospechar si le habría engañado su ojo experto. El gigante del brazo de oro no hubiera dicho con más serenidad que el doctor que todavía no se había abroquelado contra sorpresas pequeñas, y que la gota de agua, al caer sobre el dorso de su mano, le había asustado.
Preparó la señorita Pross el te, lo sirvió, resistió otro «ataque de nervios», y los _cientos_ de visitantes continuaban sin dar señales de presencia. Llegó el señor Carton, pero entre éste y Darnay no sumaban más que _dos_.
Tan calurosa era la noche, que no obstante haber tenido la precaución de dejar abiertas puertas y ventanas, no bien tomaron el te, todos se dirigieron a un balcón, en busca de aire fresco que respirar. Sentóse Lucía al lado de su padre, Darnay junto a Lucía, y Carton apoyó sus espaldas contra el antepecho. Las cortinas del balcón eran blancas, y cuando alguna racha de viento las agitaba alzándolas hasta el techo, más que cortinas parecían alas espectrales.
--Todavía caen gotas anchas, escasas y pesadas--dijo el doctor.--Se acerca con mucha lentitud.
--Pero con mucha seguridad--replicó Carton.
Huían presurosas las gentes de las calles ansiando ponerse bajo techado antes que estallara la tormenta. El ruido de sus pasos llegaba al maravilloso rinconcito de los ecos, pero sin que nadie viera a los que caminaban.
--Muchas personas moviéndose, y sin embargo, la soledad más absoluta--observó Darnay, tras unos momentos de atención.
--¿Verdad que impresiona, señor Darnay?--preguntó Lucía.--Muchas noches me siento en este mismo sitio, y mi fantasía... pero hasta la loca de la casa se empeña en asustarme esta noche... tan lóbrega... tan solemne...
--Nos asustaremos todos--dijo Darnay, chanceándose.--Veremos a qué sabe el susto.
--A usted no le sabrá a nada. Esas extravagancias solamente impresionan a aquellos cuya fantasía las forja, según creo: no son contagiosas. Repito que muchas noches me he sentado en este mismo sitio, sola, atento el oído, y mi fantasía ha dado forma tangible a los ecos, y ha visto en ellos a las personas que se han relacionado o han de relacionarse en breve con mi vida.
--Llega el día en que son muchas las personas que establecen relaciones estrechas con nuestras vidas--observó Carton.
El rumor de pasos era incesante, y las carreras de las gentes que huían, más precipitadas. Parecía que sonaban pasos debajo del balcón, en la habitación misma, unos iban, otros venían, estos se alejaban y aquellos se aproximaban, y, sin embargo, la vista no descubría alma viviente.
--¿Se reserva para usted sola todo el ruido de pasos que llega a nuestros oídos, señorita Manette, o prefiere que nos los distribuyamos entre todos?--preguntó con entonación humorística Darnay.
--No sé qué contestar a usted, señor Darnay. Principié por decir que era una extravagancia, una tontería mía, pero la culpa de que yo la dijera fué de usted, que me preguntó. Cuando esa idea ha producido impresión en mí, siempre me he encontrado sola, y quizá esta circunstancia haya engendrado en mí la creencia de que los ecos repetían el rumor de pasos de las personas que han de ejercer influencia en mi vida o en la de mi padre.
--Las reclamo para que la ejerzan en la mía--replicó Carton.--Vengan sobre mí, sin explicaciones, sin condiciones. En este instante están prontas a caer sobre nosotros ingentes muchedumbres... Las estoy viendo a la luz... cárdena del relámpago--terminó diciendo, en el momento que surcaba los aires gigantesca culebra de fuego.
Sonó un trueno horrísono, y Carton repuso:
--Y ahora las oigo... ¡Vean ustedes cómo se acercan, rápidas... furiosas... bramadoras!
La voz tremenda de los elementos desencadenados obligó a Carton a poner fin a sus extravagancias, sencillamente porque nadie podía oirlas. La tempestad fué horrorosa. El agua caía a torrentes de un cielo encendido, acompañada de truenos tan ensordecedores, que no parecía sino que el mundo saltaba hecho pedazos. A eso de media noche, brotó la luna, plácida, serena.
Sonaba la una de la madrugada en la torre de San Pablo cuando el señor Lorry, acompañado por Jeremías _Lapa_, armado de su correspondiente farol, emprendía el viaje de regreso a Clerkenwell.
--¡Qué noche, Jeremías, qué noche!--exclamaba Lorry--¡La más indicada para que los muertos salgan de sus tumbas!
--No los he visto salir nunca, señor, ni espero verlo--respondió Jeremías _Lapa_.
--¡Buenas noches, señor Carton!--dijo Lorry.--¡Buenas noches, señor Darnay! ¿Volveremos a ver juntos una noche como esta?
¡Quién sabe! ¡Quizá llegase día en que vieran innumerables muchedumbres, bramadoras, ebrias de sangre, cerrando contra ellos!
VII
EL SEÑOR EN LA CIUDAD
El señor, uno de los magnates más influyentes y poderosos de la corte, celebraba en su suntuoso palacio de París su acostumbrada recepción quincenal. Hallábase el señor en su gabinete más íntimo, especie de santuario para la turba de adoradores encargados del servicio del resto de los salones. Disponíase el señor a tomar su chocolate. Con facilidad maravillosa podía engullirse el señor mil cosas, y hasta eran muchos, gentes maliciosas sin duda, que creían a pie juntillas que se estaba engullendo con rapidez pasmosa a Francia, pero el chocolate matinal no podía pasar por la garganta del señor sin la ayuda de cuatro hombres fuertes, amén del cocinero.
Sí, cuatro hombres exigía operación tan importante, cuatro hombres, cubiertos de galones de oro, con un jefe, quien en su afán por seguir la noble y casta moda implantada por su señor, no hubiera podido vivir sin llevar en el bolsillo dos enormes relojes de oro, eran indispensables para que el afortunado chocolate tuviera el honor de llegar hasta los labios del señor. Un lacayo conducía la chocolatera a la sagrada presencia del señor; otro picaba el chocolate con un instrumento reservado para tan importante función, otro, el tercero, presentaba la favorecida servilleta, y el cuarto (el de los dos relojes de oro) vertía el chocolate en la taza. ¿Prescindir el señor de uno solo de los cuatro servidores mientras tomaba el chocolate entre los cielos que admirados y complacidos presenciaban la operación? ¡Horror! Tomar el chocolate servido por solos tres hombres, hubiese equivalido a manchar el inmaculado escudo del señor: tomarlo servido innoblemente por dos, habría sido tanto como darle muerte.
La noche anterior, el señor había asistido a una cena de confianza, previa representación admirable de una comedia y de una ópera. El señor solía asistir casi todas las noches a cenas análogas, en cuyos actos le rodeaba una compañía encantadora y fascinadora. Tan fino, tan impresionable era el señor, que en su elevada alma ejercían más influencia la comedia y la ópera que los áridos y fastidiosos negocios de Estado y las necesidades de Francia, circunstancia venturosa para esta nación, como lo es siempre para las que se ven o se han visto tan favorecidas como ella... como lo fué, por ejemplo, para Inglaterra en los nunca bastante llorados tiempos de los joviales Estuardos.
Tenía el señor una idea nobilísima acerca de los negocios públicos en general, y era que es preciso dejar que sigan su curso natural, y otra idea, no menos nobilísima, sobre los negocios particulares... que también debían seguir su curso natural; y el curso natural de los primeros, como el curso natural de los segundos, era ir en derechura a las manos y al bolsillo del señor. En cuanto a los placeres, generales y particulares, opinaba el señor que para disfrutarlos él había sido creado el mundo y colocado en él el hombre. Su divisa era la siguiente: «Mío es el mundo y todo cuanto contiene, dice el Señor».
Pese a sus opiniones, había visto el señor, con el desagrado natural, que en sus asuntos y en sus placeres, tanto privados como públicos, habían venido a mezclarse molestias de lo más vulgar que no dejan de crear dificultades y apuros, también de lo más vulgar, en vista de lo cual, decidió aliarse con un _aperador general_, resolución tanto más cuerda cuanto que se había hecho indispensable, y esto, por dos motivos principales. Primero: porque el señor no entendía en asuntos tan vulgares como los referentes a la Hacienda pública, y como consecuencia, debía confiarlos a manos que en ello entendiesen, y segundo, relacionado con la Hacienda particular, porque los aperadores generales son ricos, mientras el señor, vástago de señores que vivieron muchas generaciones de esplendoroso lujo y boato, empobrecía de día en día. De aquí que el señor librase a una hermana suya del velo que la amenazaba, y que era la canastilla de boda más económica con que podía regalarle, y la concediera como preciado premio a un aperador general, tan rico en bienes como pobre en familia. El cual aperador general, armado de un bastón coronado por una manzana de oro, figuraba en la ocasión presente entre los personajes que llenaban las habitaciones exteriores y hacía un papel algún tanto desairado porque el señor, y hasta la esposa del señor, solían mirarle con el desprecio más profundo.
El aperador general era un hombre de lo más suntuoso que darse puede. Treinta caballos alojaban sus caballerizas, veinticuatro criados esperaban órdenes en sus salones y seis doncellas ayudaban a vestir a su mujer. En su calidad de hombre cuya misión única consistía en pillar y saquear donde buena o malamente pudiera, el aperador general era al menos la realidad más tangible entre los personajes que aquel día estaban de servicio en los salones del señor.
A decir verdad, en aquellos salones, que ofrecían a los ojos escenas deliciosas, en aquellos salones, donde habían acumulado cuanto el arte y el gusto de la época pudieron producir, los negocios no andaban bien, es más: tanto considerados con referencia a los espantajos que rodeaban la persona del señor, como por lo que hace a los desarrapados que pululaban por todas partes, los asuntos tomaban cariz poco tranquilizador... suponiendo que en la casa del señor hubiera alguien que de asuntos cuidara. Militares que ignoraban lo que era la ciencia militar, marinos que ni idea tenían de lo que un barco era, eclesiásticos, cubiertos de sedas y de encajes, mundanos hasta lo inconcebible, de ojos sensuales, lenguas libres y costumbres más libres que las lenguas, en una palabra: la ineptitud en cuantos desempeñaban cargos, el desenfreno en las costumbres, la mentira en todos los labios. No abundaban menos las gentes que no obstante no tener relación alguna, remota ni próxima, con el señor ni con el Estado, se obstinaban en no tenerla tampoco con nada que fuera real y justo, y en no caminar en el viaje de la vida por caminos rectos, ni perseguir un fin terreno honroso. Médicos que labraban fortunas inmensas fingiendo curar enfermedades imaginarias y males que jamás habían existido, se burlaban desde el sagrado de sus casas de sus clientes cortesanos, mientras éstos quebraban sus espinas dorsales a fuerza de hacer reverencias en los salones del señor. Arbitristas que, si nunca dieron con el remedio del pecado más leve, en cambio descubrían diariamente panaceas, universales y de efectos seguros para corregir los pequeños males que afectaban a la salud del Estado, fastidiaban con sus discursos interminables y pesados a cuantos asistían a las recepciones del señor y tenían oídos para escucharles. Filósofos ateos que se proponían vaciar con sus palabras nuevos moldes con que fundir un mundo nuevo, y erigir nuevas torres de Babel con que escalar los cielos, conferenciaban en los salones del señor con químicos o alquimistas descreídos, que no perseguían otro objetivo que la transmutación de los metales. En el palacio del señor vegetaban sumidos en el estado más ejemplar de enervamiento turbas de caballeros de modales distinguidos y exquisita educación, cuyos frutos naturales eran en aquel tiempo, y han venido siendo desde entonces, una indiferencia invencible, y una repugnancia notable hacia todo lo que debiera ser objetivo natural del interés humano. En los hogares que aquellas brillantes notabilidades dejaban abandonados en los barrios más aristocráticos de París, los espías que frecuentaban los salones del señor, a cuyo número pertenecían, dicho sea de paso, la mitad por lo menos de los que a aquel hacían la corte, difícilmente habrían podido encontrar entre los ángeles de su clase social una mujer que, por sus costumbres, mereciera el honor de ser madre. Verdad es que la moda no consentía en las madres otra cosa que el acto material de echar al mundo a una criatura desvalida, lo que ciertamente no es mucho hacer. Pase que las campesinas se pasen la vida al lado de sus tiernos hijos: las mujeres que han nacido en otra esfera deben alegrar los salones, y hasta cuando son abuelas, deben vestir y bailar como cuando tenían veinte años.
La lepra de la ficción desfiguraba a todos los seres humanos que servían al señor. En una de las habitaciones más extremas había media docena de personas que, por excepción, desde algunos años antes venían creyendo que las cosas seguían en general derroteros peligrosos. La mitad de esta media docena de gentes excepcionales, en sus ansias por poner remedio a los males, habíanse afiliado a la secta fantástica de los llamados _convulsionistas_, y se pasaban el tiempo deliberando acerca de si les convendría echar espumarajos por la boca, rabiar, rugir, bramar y ponerse catalépticos, presentando así ante los ojos del señor una visión de los futuros que pudiera servirle de guía seguro. Además de estos derviches, había otros tres que habían formado otra secta cuyo objetivo consistía en enderezar el curso tortuoso de los sucesos a fuerza de enrevesadas teorías sobre «El Centro de la Verdad», sosteniendo que el hombre había brotado de este centro... lo que no necesitaba demostración, pero que se había salido de la circunferencia, y que se imponía la necesidad de hacerle entrar en ella y de impedir que en lo sucesivo volviera a rebasar su perímetro, lo que se conseguiría vigorizando la vida del espíritu y debilitando la de la carne. Como jamás hablaban más que de espíritus y de substancias incorpóreas, no es de admirar que sus discursos no dieran resultados materiales.
En cambio, las personas que frecuentaban los salones del señor vestían admirablemente, lo que no deja de ser un consuelo. Si el Día del Juicio ha de ser lisa y sencillamente una exposición de trajes, en la que se adjudiquen los premios a los que mejor vistan, bien seguro es que las dichosas personas que motivan estas líneas vestirán por eternidad de eternidades con gusto irreprochable y excepcional riqueza. El laborioso peinado de aquellas cabezas, tan artísticamente rizadas y con tanto gusto empolvadas, aquellas caras delicadas, defendidas contra los zarpazos de los años, y hasta enmendadas y corregidas gracias a laudables recursos artificiales, las cinceladas espadas que ceñían los caballeros, en cuya contemplación se extasiaba la vista, los finos y delicados perfumes que embalsamaban el aire y deleitaban uno de los sentidos con que al Creador plugo dotar al hombre, eran recursos bastantes para extirpar de raíz y para siempre los males que afligían a la humanidad. Los caballeros de elevada alcurnia y de educación refinada ostentaban prodigiosa profusión de joyas de rico oro que dejaban oir un tintineo delicioso al compás de sus lánguidos pasos, y ante el tintineo del oro y el crujir de la seda y de los brocados, el hambre y la miseria no tenían más remedio que ir a esconder sus amarillentas caras en los hediondos barrios pobres de la ciudad.
Era el vestido el talismán infalible, la varita mágica que obligaba a todo el mundo, y a todas las cosas, a permanecer en sus respectivos puestos. Nadie podía dispensarse de vestir el traje impuesto por el papel que representaba en el baile de las extravagancias llamado mundo. La ficción comenzaba en las Tullerías, en la persona misma del señor, y en las de los que al señor hacían la corte, y continuaba por las Cámaras y Tribunales de Justicia, hasta llegar a la persona del verdugo, a quien se obligaba a oficiar muy «peinado, rizado y empolvado, luciendo lujosa levita galoneada de oro, y encerradas sus pantorrillas en ricas medias de seda». ¡No! No es posible que ninguno de los felices mortales que asistieron a la recepción quincenal dada por el señor en el año mil setecientos ochenta pusiera en tela de juicio la perdurabilidad de un sistema fundado sobre base tan sólida como un verdugo primorosamente peinado, artísticamente rizado, solícitamente empolvado y ataviado con rica levita galoneada de oro y primorosas medias de seda.
Luego que el señor aligeró a sus cuatro servidores de sus respectivas cargas y tomó el chocolate, mandó abrir de par en par las puertas de su santuario y tuvo la dignación de salir fuera. ¡Qué de sumisión, qué de adulaciones rastreras, qué de servilismo, qué de humillaciones, llevadas hasta los límites más inconcebibles de lo abyecto! Baste decir que en todo lo referente a idolatría y anonadamiento, los que llenaban los salones nada reservaron para los cielos. ¡Verdad es que el pensamiento en la otra vida preocupaba muy poca cosa a los adoradores del señor!
Pronunciando aquí una palabra y dejando caer allá una esperanza, dirigiendo a éste una sonrisa y haciendo a aquél una seña con la mano, atravesó el señor los salones hasta que rebasó los límites de la _circunferencia de la verdad_, donde giró majestuoso sobre sus sagrados talones y deshizo el camino andado, para tornar a encerrarse en su santuario.
Terminada la exhibición, los susurros que apenas rozaban el aire trocáronse en clamorosa tormenta. El tintineo de las joyas, semejante a incesante repicar de preciosas campanillas, fuese alejando, y muy pronto no quedó a la vista más que una persona, un caballero, el cual, puesto debajo del brazo el sombrero, y llevando en la mano una cajita de rapé, se entretuvo en pasear con calma y reposo deteniéndose frente a los espejos que al paso encontraba.
--¡Cargue el infierno contigo!--murmuró antes de marcharse, vueltos los ojos hacia la puerta del santuario, y sacudiendo el rapé que conservaba entre sus dedos.