Part 9
--Antes de cursar en la universidad de Zorrilandia--repuso Carton,--mientras cursábamos, y después que de ella salimos graduados, figurabas en fila distinta de la mía. Hasta cuando en París estábamos aprendiendo a mascullar el francés y adquiriendo algunas nociones de derecho francés, y familiarizándonos con muchas otras tonterías francesas, que de nada nos sirven, eras tú _algo_, mientras yo fuí siempre _Don Nadie_.
--¿De quién era la culpa?
--¡Por mi vida que no seré yo quien asegure que la culpa no fué tuya! Bullías tú tanto, te destacabas tanto, te movías, te agitabas en tales términos, que no sé que pudiera yo hacer otra cosa que permanecer envuelto en sombras y condenado al reposo... Pero dejemos este tema, que no es muy agradable, a fe mía, hablar del pasado obscuro de uno al romper el día.
--Perfectamente--dijo Stryver levantando el vaso.--Hablaremos de tu linda testigo. ¿No te parece que es tema más agradable?
No debía serlo, a juzgar por la sombra que obscureció su rostro.
--¡La linda testigo!--exclamó fijando sus ojos en el fondo del vaso.--He visto hoy muchas testigos... ¿A quién te refieres?
--A la preciosa hija del doctor, a la señorita Manette.
--¿Es linda?
--¿No lo es, acaso?
--No.
--¡Pero hombre de Dios!... ¡Si ha sido la admiración del tribunal entero!
--¡Váyase al diablo el tribunal con su admiración! ¿Quién ha hecho al Old Bailey juez de la belleza? ¡Linda!... ¡Una muñeca de pelo de oro!...
--¿Sabes, Carton--preguntó Stryver, clavando en su amigo una mirada penetrante y pasando la diestra por su roja cara,--que voy creyendo que has simpatizado demasiado con esa muñeca de pelo de oro, y que tu interés advirtió muy pronto lo que a la tal muñeca de pelo de oro ocurría?
--¡Que lo advertí demasiado pronto! Me parece que si una niña, muñeca o no, se desmaya a dos varas de las narices de cualquier cristiano, puede advertirlo sin mirar con telescopio. El tema de la conversación no me desagrada, pero niego lo de la hermosura... ¡No bebo más!... ¡Me voy a la cama!
Cuando el dueño de la casa acompañó a Carton hasta el descansillo, para hacerle luz con la vela que llevaba en la mano mientras bajaba la escalera, comenzaban a filtrarse los resplandores inciertos del nuevo día por los empañados cristales. Llegado a la calle, vióse el chacal respirando una atmósfera fría y triste, bajo un cielo cubierto de nubes, bordeando un río de aguas negruzcas y en parajes que parecían el desierto de la vida. Torbellinos de polvo huían girando vertiginosos ante el soplo de la mañana, cual si lejos, muy lejos, hubieran emprendido el vuelo las arenas del desierto y sus primeras nubes amenazaran envolver la ciudad.
Falto de estímulos internos que avivasen sus energías, y puesto en el centro de un páramo sin fin, aquel hombre quedó erguido durante algunos minutos y vió, allá en las lejanías de la estepa desolada y triste que se extendía ante sus miradas, espejismos de ambición noble, reflejos de abnegación y de perseverancia. En la ciudad encantada que surgió ante sus ojos había elevadas galerías desde donde amorcillos y gracias le miraban sonrientes, bellos jardines donde maduraban los dulces frutos de la vida y aguas de esperanza que saltaban rumorosas. La visión se borró con tanta rapidez como había surgido. Poco más tarde subía la empinada escalera de su triste cuarto y caía sobre las revueltas ropas de su cama.
Su almohada estaba empapada en lágrimas cuando se alzó un sol enfermizo, triste, melancólico, aunque no tanto como aquel hombre de talento indiscutible, de grandes dotes, y sin embargo, incapaz de sentir dulces emociones, incapaz de dirigirse por los senderos de la vida, incapaz de proporcionarse bienestar, incapaz de saborear una gota de felicidad, sensible sólo a la eterna noche en que se debatía y resignado a no salir nunca de ella.
VI
CENTENARES DE VISITAS
Residía el doctor Manette en una de las calles más tranquilas de la ciudad, no lejos de la plaza de Soho. Una tarde deliciosa de un domingo, cuando las olas eternas de cuatro meses habían pasado sobre la causa criminal por traición relegándola al olvido y arrastrándola mar adentro a regiones hasta las cuales no llegaba el interés ni la memoria públicos, el señor Mauricio Lorry avanzaba a buen paso por las soleadas calles interpuestas entre Clerkenwell, donde vivía, y la casa del doctor, a cuya mesa debía sentarse aquella tarde. Bueno será que sepan los lectores que Lorry, después de varios períodos de retraimiento absoluto y de absorción completa en los negocios, había concluído por hacerse amigo íntimo del doctor y por ver en la calle tranquila en que éste vivía el oasis más delicioso de su vida.
Tres motivos principalísimos empujaban al señor Lorry, en este delicioso domingo, en dirección a la plaza de Soho, en las primeras horas de la tarde. Primera: porque antes de comer, casi siempre solía salir a paseo acompañando al doctor y a su hija Lucía. Segunda, porque los domingos por la tarde si ésta estaba poco apacible, la pasaba al lado de aquéllos, como amigo de la familia, hablando, leyendo, mirando por la ventana y moviéndose constantemente, y tercera, porque deseaba solventar algunas dudas enrevesadas, y sabía que en ninguna parte era tan probable que encontrase la solución como en la casa del doctor.
No había en todo Londres rinconcito más pintoresco que aquel en que vivía el doctor. Aislado de las grandes arterias de la ciudad, apenas si había tránsito, y desde los balcones del frente de la casa se dominaban vistas hermosas que llevaban estampado el sello del reposo. Los edificios eran muy escasos, y más aún hacia el norte del camino de Oxford, en cuyos dilatados campos, hoy desaparecidos, se alzaban deliciosos bosquecillos, crecían espontáneamente flores de vistosos colores que saturaban el ambiente de fragantes emanaciones y brotaban lindos capullos de los espinos blancos y de los oxiacantos. Como consecuencia, los aires circulaban con libertad completa por los alrededores de Soho, cuyos habitantes no se veían precisados a respirar la atmósfera mefítica y venenosa de los grandes centros donde se asfixian los pobres y languidecen los ricos. Cerca de los balcones del doctor había más de un peral, cuyos frutos llegaban a sazón en tiempo oportuno.
Los rayos del sol de verano penetraban radiantes en aquel delicioso retiro en las primeras horas del día, pero cuando quemaban, cuando convertían en ardiente horno los demás distritos de la ciudad, el rinconcito quedaba envuelto en sombras, bien que éstas no eran tan profundas que no las penetrasen los fulgores brillantes de un sol lejano. Era, en una palabra, un sitio fresco, sosegado y tranquilo, pero placentero, un puerto abrigado contra el estruendo y la agitación bramadora de las calles.
Un fondeadero tan ideal no se concebía sin una barca tranquila, y en efecto, la tenía. Ocupaba el doctor dos pisos de una casa bastante espaciosa, en cuyas puertas llamaban durante la noche muchos que solicitaban servicios que debían prestarse al día siguiente. A espaldas de la casa, y separado de ésta por un patio en cuyo centro crecía un plátano silvestre, había un edificio en el cual se fabricaban órganos de iglesia y cincelaba la plata y batía el oro un gigante misterioso cuyo potente brazo parecía brotar de la pared lanzando áureos destellos, cual si también el brazo fuera de oro y amenazara convertir en oro a cuantos visitaban aquel lugar. Apenas si estas industrias dejaban oir el menor ruido, muy contadas veces se veía llegar un visitante solitario y más contadas todavía las que un coche cruzara aquellos sitios apacibles. Cierto que de tarde en tarde se veía a algún obrero que atravesaba el patio poniéndose la chaqueta, o a un desconocido a quien atraía la curiosidad, o hería los oídos el eco lejano de algún martillazo del gigante de oro, pero eran éstas las únicas excepciones, siempre necesarias para probar la regla de que aquél era el rincón de los ecos, el centro del reposo y del silencio, que sólo interrumpían el piar de los gorriones que tenían su cuartel general en la copa del plátano silvestre.
Recibía el doctor Manette en su casa a los enfermos que le traía su antigua reputación unida a las brisas flotantes de la historia dolorosa de su vida. Sus conocimientos científicos, su práctica en el difícil ejercicio de su profesión y los experimentos ingeniosos a que se entregaba, diéronle una clientela muy envidiable y ganaba con creces lo necesario para cubrir las atenciones de la vida.
Todo esto lo sabía perfectamente el buen Mauricio Lorry cuando tiró de la cadena pendiente a lo largo de la puerta, y puso en movimiento a los moradores de la tranquila casa emplazada en el delicioso rinconcito que acabo de describir, un domingo por la tarde.
--¿Está en casa el señor doctor?
--No, señor.
--¿Y la señorita Lucía?
--Tampoco.
--¿Y la señorita Pross?
Probablemente esta última se encontraba en casa, pero como la criada que abrió la puerta ignoraba cuáles fueran sus intenciones respecto a admitir o negar el hecho, contestó que tampoco.
--De todas suertes subo--replicó Lorry,--porque me considero aquí como en mi casa.
Aunque nada aprendió la hija del doctor en su patria de origen, es lo cierto que ésta la inició en aquella habilidad rara que consiste en hacer mucho con medios escasos, lo que constituía una de sus características más preciosas y agradables. Modesto y sencillo era el mobiliario de las habitaciones de la casa, y esto no obstante, algunas chucherías, que no tenían más valor real que el gusto exquisito con que estaban colocadas, daban a aquéllas un efecto delicioso. La disposición de cuanto en la casa había, comenzando por el mueble más grande y acabando por el objeto más insignificante, la combinación de colores, y el contraste obtenido merced a nonadas por manos delicadas, ojos de mirada clara y sentidos de gusto irreprochable, ofrecían un conjunto tan agradable en sí y retrataban tan gráficamente a su autora, que no parecía sino que con mudo pero elocuente lenguaje preguntaban al señor Lorry, mientras extasiado los contemplaba, si merecían su aprobación.
Tres habitaciones principales tenía el piso, cuyas puertas de comunicación estaban todas abiertas, a fin de que los aires circularan como dueños y señores por ellas. Lorry pasaba sonriente y complacido de una a otra. En la primera, que era la mejor, tenía Lucía sus pájaros, sus libros, una mesa escritorio y un costurero, así como también una caja de colores; la segunda era el salón de consultas del doctor, el que a la vez servía de comedor, y la tercera, cerca de cuyos balcones susurraban las hojas del plátano silvestre que en el patio crecía, era el dormitorio del doctor, en uno de cuyos rincones vió Lorry la banqueta y las herramientas de zapatero, tal como en otro tiempo estuvieron en el sotabanco de la taberna del barrio de San Antonio de París.
--Me sorprende--murmuró con voz clara e inteligible Lorry--que conserve estos objetos que por necesidad han de recordarle sus sufrimientos y miserias.
--¿Y por qué ha de sorprenderle?--preguntó de pronto una voz brusca que le obligó a volverse vivamente.
La voz tenía su origen en la garganta de la señorita Pross, que era la misma mujer de cara colorada y mano fuerte y pesada con la cual trabó Lorry conocimiento en el _Hotel del Rey Jorge_ en Dover.
--Se me figuraba...--comenzó a decir Lorry.
--Se le figuraba... ¿qué?--replicó la señorita Pross.--¡Alguna sandez sin duda!
Lorry no contestó.
--¿Cómo está usted?--preguntó entonces la dama con voz dura, bien que sin malicia ni ánimo de ofender.
--Muy bien, gracias... ¿y usted?
--Descontenta a más no poder.
--¿Será posible?
--¡Y tan posible! Me saca de mis casillas lo que ocurre con la señorita Lucía.
--¿Será posible?
--¡Pero hombre de Dios! ¿No ha aprendido más que esas dos palabras que me coloca a cada paso? ¡Será posible!... ¡Un poco de variación, si no quiere acabar de desesperarme!
--¿De veras?--preguntó Lorry, enmendándose.
--No es la frase muy feliz que digamos, pero, en fin, vale más que su sempiterno «será posible». Pues sí, señor; lo que ocurre con la señorita me saca de quicio.
--¿Será indiscreción preguntar la causa?
--Me ataca los nervios que vengan a verla docenas de personas que no son dignas de ella.
--¿Docenas?--preguntó Lorry admirado.
--Centenares--replicó la señorita Pross, una de cuyas características, que suele ser la de muchas personas, era exagerar la afirmación original, si observaba que alguien la ponía en tela de juicio.
--¡Santo Dios!--exclamó Lorry, a quien no se le ocurrió otra contestación más apropiada.
--Desde que la señorita tenía diez años, he vivido con ella... o ella ha vivido conmigo, y me ha pagado, lo que nunca hubiese consentido, téngalo usted por seguro, si yo hubiera encontrado el secreto de cuidar de mí y de ella por nada. ¡Oh! ¡Es verdaderamente doloroso!
Lorry, no viendo con claridad qué podía ser lo doloroso, limitóse a mover la cabeza, utilizando aquella parte de su persona como capa la más indicada para taparlo todo.
--A todas horas rondan en torno suyo infinidad de personas que no son dignas de mi tesoro, señor Lorry. ¡No, no lo son, ni mucho menos! Cuando usted dió principio al desfile...
--¿Yo le di principio, señorita Pross?
--¡Claro que sí! ¿Quién sacó a su padre de la tumba?
--Si eso fué darle principio...
--Supongo que no pretenderá usted decir que eso fué darle fin... Repito que cuando dió principio al desfile, resultaba ya éste bastante desagradable. Y cuenta que no es mi intención decir que tenga la culpa el doctor Manette, en quien no veo más falta que la de no ser digno de tener una hija como la que tiene, y ésa no le es imputable, toda vez que en el mundo no existe persona que sea digno de serlo. Al padre quizá habría yo podido perdonarle, pero confiese usted que es horriblemente doloroso ver a todas horas turbas y enjambres de personas que se mueven al rededor del padre y me roban el afecto de la hija.
Sabía Lorry que la señorita Pross era la encarnación de los celos, pero constábale al propio tiempo que, prescindiendo de sus extravagancias, figuraba a la cabeza de esos seres puros de todo egoísmo que, cediendo a motivos de cariño y de admiración, tienden voluntariamente el cuello a la cadena de la esclavitud, dispuestos a sacrificarse en aras de una juventud que ellos han perdido, de una hermosura que nunca atesoraron, de dones y perfecciones que jamás tuvieron la fortuna de alcanzar, y de esperanzas halagüeñas que nunca derramaron un punto de luz sobre sus sombrías vidas. Tenía Lorry conocimiento bastante perfecto del mundo para saber que nada puede compararse a los servicios fieles y abnegados que tienen su asiento en el corazón, y como consecuencia, los de la señorita Pross le merecían un respeto tan exaltado, que en las clasificaciones distributivas que mentalmente hacía, pues nadie deja de hacerlas, en mayor o menor número, colocaba a la colorada y expeditiva dama mucho más inmediata al último peldaño de los ángeles que a no pocas señoras inconmensurablemente mejor dotadas que aquélla, tanto por la Naturaleza, como por el Arte, y dueñas, por añadidura, de capitales depositados en las cajas del Banco Tellson.
--No ha existido, ni existirá más que un hombre digno de la señorita--dijo la señorita Pross.--Ese hombre fué mi hermano Salomón... si no hubiera tenido un pequeño desliz en la vida.
Una observación: las investigaciones practicadas por Lorry acerca de la historia personal de la señorita Pross, habían dado por resultado la averiguación y comprobación del hecho de que su hermano Salomón fué un miserable desalmado que la robó cuanto poseía, so pretexto de especular y comerciar, dejándola luego abandonada en su miseria, sin pizca de remordimiento. La buena opinión que de su hermano tenía la señorita Pross, no obstante su _pequeño desliz_, era para el señor Lorry motivo de admiración profunda y contribuía a acrecentar en grado superlativo el respeto que a aquella profesaba.
--Puesto que nos encontramos solos en este momento, y los dos somos personas de negocios--dijo Lorry cuando, momentos después se habían sentado ambos en el salón,--me permitiré hacer a usted una pregunta: En las conversaciones que el doctor tiene con su hija, ¿hace alguna vez referencia a los tiempos en que cosía zapatos?
--Nunca.
--Y sin embargo, guarda en su alcoba la banqueta y las herramientas del oficio.
--He dicho que nunca habla de ello con su hija--replicó la señorita Pross,--pero me guardaré muy mucho de asegurar que no habla consigo mismo.
--¿Cree usted que piensa en ello con frecuencia?
--Sí.
--¿Imagina usted?...
--¡Yo no imagino nunca!--exclamó la señorita Pross interrumpiendo a su interlocutor.--No tengo imaginación, ni me hace falta.
--Me corregiré... ¿Supone usted... llega hasta el punto de suponer algunas veces?
--De vez en cuando, sí.
--Pues bien, ¿supone usted que el doctor Manette abriga alguna sospecha... o certeza, que ha sobrevivido a sus miserias pasadas, acerca de la causa, de los motivos de su infortunio? ¿Supone usted tal vez, que hasta sospecha o conoce quien fué su opresor?
--Yo no supongo nada más que aquello que me dice la señorita.
--Y la señorita dice...
--Que cree que su padre sospecha o sabe.
--No se enfade usted si le hago estas preguntas. Yo soy un hombre de negocios, bastante obtuso, y usted es una mujer de negocios.
--¿Obtusa?--interrogó la señorita Pross.
--¡No, no, no!--contestó Lorry.--¡No tiene usted nada de obtusa! Pero volviendo al asunto, me permitiré preguntar: ¿no es singular, incomprensible, que el doctor Manette, inocente de todo crimen, según nos consta a todos, evite siempre con tanto cuidado tocar esa cuestión? Y no es que yo me admire de que no la toque conmigo, aunque hace años sostuvimos relaciones frecuentes de negocios y hoy nos liga amistad estrecha, pero sí me maravilla que no hable de ello con su hija, que tanto le quiere y a quien él adora... Créame, señorita Pross, no es la curiosidad la que dicta mis palabras, sino el afecto vivo que por los habitantes de esta casa siento.
--Pues bien, según yo creo... y cuando creo una cosa suelo aproximarme a la realidad, guarda ese silencio que tanto maravilla a usted porque le da miedo hablar del asunto.
--¿Miedo?
--Está claro como la luz, y además encuentro muy justificado el miedo. Son recuerdos espantosos, no sólo por lo que sufrió, sino también porque en sus sufrimientos naufragó su inteligencia. Como quiera que ignora cómo y cuándo la perdió, y cómo y cuándo la recobró, natural es que tema perderla otra vez. Como usted comprenderá, esta sola consideración bastaría para que le fuera poco grato hablar del asunto.
--Es verdad--contestó Lorry, a quien satisfizo la profunda observación de su interlocutora.--Por necesidad ha de inspirarle miedo hablar de su calvario... Con todo, señorita Pross, dudo mucho que a su tranquilidad de alma convenga guardar en el fondo de su pecho recuerdos tan espantosos, y estas dudas, y la intranquilidad que con frecuencia me producen, han sido precisamente las que me han movido a provocar estas confianzas.
--El mal, si realmente es mal, no tiene remedio--contestó la señorita Pross moviendo la cabeza.--Toque usted esa cuerda, y los resultados serán contraproducentes; así que, preferible es callar. ¡Cuántas veces, a altas horas de la noche, salta de la cama, y comienza a pasear agitado, arriba y abajo, arriba y abajo, por su habitación! La señorita sabe ya hoy que cuando eso ocurre, la imaginación de su padre pasea arriba y abajo, arriba y abajo, por la mazmorra que durante tantos años le sirvió de tumba. Corre entonces al cuarto de su padre y, puesta a su lado, pasea con él arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que se convence de que se ha tranquilizado. Pero jamás explica el doctor la causa de su desasosiego y jamás se lo pregunta su hija. Los dos juntos pasean arriba y abajo, arriba y abajo, sin despegar los labios, hasta que la proximidad de su hija, y el amor ciego que la profesa, hacen que el doctor vuelva en sí.
Había negado la señorita Pross que tenía imaginación, pero daba un mentís a su afirmación la evidencia de que la perseguía una idea triste, evidencia puesta de relieve por la repetición de la frase «arriba y abajo», pues no cabía dudar que se trataba de una idea fija.
La casa del doctor parecía la casa de los ecos. A la mención de los agitados paseos nocturnos del doctor, contestó el ruido de pasos que se acercaban, y a éstos, la terminación de la conferencia.
--¡Ya están aquí!--exclamó la señorita Pross, poniéndose vivamente en pie.--No tardarán en llegar a esta casa las gentes por cientos.
Tan maravillosas condiciones acústicas reunía aquella casa, que con toda propiedad se la hubiera podido llamar el oído del distrito. Lorry, que asomado a la ventana oía perfectamente el rumor de los pasos del padre y de la hija, creyó que no iban a llegar nunca. No sólo llegaban hasta él los ecos de los pasos de los que se aproximaban, sino también otros muchos que se extinguían cuando más cerca parecían estar. Al fin apareció el doctor dando el brazo a su hija, a los que recibió en la puerta de la casa la señorita Pross.
Era encantador ver a la señorita Pross, no obstante su fealdad, su encendido color rojo y su expresión ceñuda, apresurándose a quitar el sombrero a su señorita mientras ésta subía la escalera; cómo, para no mancharlo, se envolvía los dedos con el pañuelo de bolsillo, cómo intentaba quitarle el polvo soplando sobre él, cómo ahuecaba su espléndida cabellera rubia con tanto orgullo y satisfacción como hubiera podido hacerlo con la suya propia, suponiendo que ella hubiera sido la mujer más hermosa y más vana de la creación. Era también encantador ver a la señorita abrazando a su doncella, dándole las gracias y protestando contra tanta atención y tanto trabajo, bien que protestando con la risa en los labios, pues de no hacerlo así, la señorita Pross, profundamente dolorida, se hubiese retirado a su cuarto para pasarse en él el día llorando. No era menos encantador ver al doctor contemplándolas con arrobamiento y oir cómo decía a la señorita Pross que echaba a perder a Lucía a fuerza de atenciones y cuidados, pero con acento tan dulce y mirada tan tierna, que bastaban, y aun sobraban, para echar también a perder a la señorita Pross y a cien más como ella, y finalmente, era asimismo encantador ver al señor Lorry arreglándose su peluquín y dando mentalmente gracias a su estrella que, si le hizo solterón empedernido, dejóle entrever, en los años de su vejez, las puras alegrías de un hogar. Todo era encantador, pero los cientos de personas que debían girar en torno de Lucía no parecían por ninguna parte, y en vano esperaba el buen Lorry el cumplimiento de la profecía de la señorita Pross.
Llegó la hora de sentarse a la mesa, pero no llegaban los _cientos_.
En la distribución de las faenas domésticas, la señorita Pross se había reservado el cetro de las regiones más bajas de la casa, y es preciso confesar que lo manejaba a maravilla. Imposible llevar a mayor grado de perfección sus comidas, modestas en sí, pero admirablemente guisadas y más admirablemente servidas, con arreglo a un gusto mitad francés y mitad inglés. Como quiera que la adhesión de la señorita Pross era eminentemente práctica, había registrado hasta los últimos rincones de Soho y de los territorios adyacentes en busca de franceses pobres que, tentados por el alegre tintineo de los chelines y de las medias coronas, la revelaron todos los misterios del arte culinario. Tantos y tan maravillosos conocimientos aprendió de aquellos hijos e hijas de la Galia, que la mujer y la muchacha que formaban la servidumbre de la casa veían en ella una hechicera, una abuela de la Cinderella capaz de tomar en sus manos un pollo, un conejo, o un par de patatas, y convertirlas en el manjar que se le ocurriese.