Una historia de dos ciudades

Part 13

Chapter 134,027 wordsPublic domain

El doctor, que escuchaba al joven con la cabeza ligeramente vuelta y fijos en tierra los ojos, extendió vivamente un brazo al oir las palabras últimas, y exclamó:

--¡No...! ¡No hable usted de eso!... ¡No me lo recuerde, por lo que más quiera!

Darnay guardó silencio.

--Perdóneme usted--repuso el doctor al cabo de algunos segundos.--No dudo que usted ama a Lucía...

Sin mirar a Darnay, sin alzar los ojos del suelo, con semblante triste, preguntó:

--¿Ha hablado usted de su amor a Lucía?

--Nunca.

--¿Le ha escrito?

--Jamás.

--Sería yo poco generoso si desconociera que en su abnegación ha entrado por mucho la consideración al padre. El padre da a usted las gracias.

Ofreció la diestra a su interlocutor, pero sus ojos no siguieron el movimiento de la mano.

--Sé--dijo Darnay con mucho respeto--sé... ¿cómo no saberlo, si he visto a ustedes la mayor parte de los días? sé que entre usted y Lucía media un cariño tan tierno, tan excepcional, tan conmovedor, tan en armonía con las circunstancias que han presidido su nacimiento y desarrollo, que aun en la ternura que liga a los padres con sus débiles hijitos sería difícil encontrar precedentes. Sé, doctor Manette, que juntamente con el cariño de la hija, que es ya mujer, alienta en el corazón de ésta todo el amor de la infancia. Sé que, por lo mismo que durante su niñez se vió privada de las caricias de su padre, hoy se ha consagrado a usted con toda la constancia, con todo el fervor que la dan sus años y su carácter. Sé perfectamente bien que, si usted, después de muerto, hubiera descendido del cielo para acompañar a su hija en la tierra, no podría ser ni más querido, ni más sagrado, ni más reverenciado de lo que hoy es. Sé que cuando su hija le abraza, son los brazos de la niña, los brazos de la doncella, los brazos de la mujer los que con ternura infinita rodean su cuello. Sé que Lucía, amando a usted como hoy es, ama a una madre tan joven como ella y a un padre tan joven como yo; ve y adora a una madre contristada, sumida en insondables mares de amargura, y ve y adora a un padre sepultado en vida. Todo esto lo sé, lo he estado viendo noche y día, pues para saberlo, me ha bastado ver a ustedes en el sagrado del hogar.

El padre continuaba sin variar de actitud, doblada la cabeza y bajos los ojos. Su respiración se hizo un poquito entrecortada, pero no reveló otras señales de agitación.

--Y sabiéndolo, doctor Manette, convencido de que interponer entre ustedes un amor... mi amor, equivale a introducir en su cielo algo que es menos sublime que éste, he procurado imponer silencio a mi corazón, me he resistido hasta el último límite. ¡No puedo más!... ¡La amo!... ¡El Cielo me es testigo de que la amo!

--Lo creo--contestó el padre con acento doloroso.--Lo venía sospechando de antiguo... Lo creo.

--Pero sentiría--repuso Darnay, quien creyó ver una reconvención en el acento doloroso del doctor--sentiría que creyera también que, si fuese tan inmensa mi fortuna que un día me fuera dado llamarla mi mujer, había de intentar separar a ustedes ni pronunciar una sola palabra distinta de las que en este momento salen de mis labios. Bien se me alcanza que sería inútil; pero de todas suertes, no soy yo capaz de cometer vileza semejante. Si pensamientos tan bajos rozaran siquiera mi mente, no sería yo digno de tocar esta mano honrada--añadió, tendiendo la suya a su interlocutor.--No, mi querido doctor Manette; como a usted, me aleja de Francia un destierro impuesto voluntariamente; como usted, he huído de ella para no ver sus desaciertos, sus opresiones, sus miserias; como usted, he resuelto expatriarme, vivir del trabajo de mis manos y cifrar mis esperanzas en un futuro más venturoso. Mi aspiración única es compartir su suerte de usted, compartir su vida y su hogar, y serle fiel hasta la muerte. No aspiro a tener participación en el preciado privilegio de Lucía en su calidad de hija y compañera amante de su vida; sino a robustecer ese privilegio, a unirla más estrechamente a usted, suponiendo que eso sea posible.

La mano del joven continuaba sobre la del padre, quien tenía las suyas sobre los brazos del sillón en el que estaba sentado. Por primera vez desde el comienzo de la conferencia, alzó el doctor los ojos del suelo. Su cara reflejaba la lucha que se libraba en su interior.

--Habla usted con tanta ternura, y a la par con tanta entereza, Carlos Darnay, que le doy las gracias con todo mi corazón, y voy a ponerle de manifiesto... casi de manifiesto el mío. ¿Tiene usted motivos para creer que Lucía corresponda a su amor?

--Ninguno.

--El objeto inmediato de esta confidencia, ¿es cerciorarse desde luego y con mi autorización de ese extremo?

--Ni eso siquiera. No espero obtener esa dicha en muchas semanas, aunque, como es natural, desearía salir de dudas mañana mismo.

--¿Busca usted que yo le aconseje y guíe?

--Tampoco he venido con ánimo de solicitar sus consejos y ayuda; pero sí creyendo que, si en su mano está ayudarme, y lo considera justo, me proporcionará algún auxilio.

--Entonces, lo que usted busca es una promesa mía.

--En efecto; eso busco.

--¿Qué promesa es?

--Bien convencido estoy de que, sin usted, nada puedo esperar: bien convencido estoy de que, aun cuando Lucía me amara como yo la amo... y no crea usted que mi presunción llegue a suponer semejante cosa, de nada me serviría, si mi amor fuese incompatible con el que debe a su padre.

--Siendo así, estará bien convencido de...

--Estoy convencido también de que, una sola palabra pronunciada por su padre en favor de cualquier aspirante a su mano, pesaría decisivamente en su ánimo, y precisamente porque de ello estoy convencido, doctor Manette, no he de solicitar esa palabra, aun cuando de ella dependiera mi vida--terminó el joven, con modestia, pero con decisión varonil.

--De ello estoy seguro, Carlos Darnay. Los misterios suelen brotar de los amores profundos y de las divisiones anchas: en el primer caso, los misterios son sutiles, delicados y de difícil penetración. Bajo este aspecto, Lucía es para mí un misterio: ni aproximadamente me es dado adivinar el estado de su corazón.

--¿Me permitirá preguntar, doctor, si ella...?

--¿Si tiene algún otro pretendiente?

--Eso fué lo que quise decir.

El padre contestó al cabo de algunos momentos de reflexión:

--Ha visto usted mismo que vienen a esta casa con alguna frecuencia los señores Carton y Stryver; si alguien aspira a la mano de mi hija, será en todo caso uno de los dos.

--O los dos--observó Darnay.

--No se me ha ocurrido que puedan ser los dos; es más: ni creo probable que sea ninguno de los dos. Pero me ha dicho usted que desea de mí una promesa: dígame de qué se trata.

--La promesa que deseo obtener es que, si algún día su hija hiciera a usted la confianza que yo acabo de hacerle, la repitiera usted mis palabras, añadiendo que cree en la sinceridad de las mismas. Creo merecerle a usted bastante buena opinión para no tomar partido en contra mía. Yo, por mi parte, cumpliré estrictamente la condición sobre la cual fundo mi súplica, porque a que la cumpla tiene usted derecho indiscutible.

--Hago la promesa que usted desea, sin condición alguna--respondió el doctor.--Creo firmemente que su objeto es el que me ha expuesto; creo que intenta usted perpetuar, y en ningún caso debilitar, los lazos que me unen a quien me es más querida que yo mismo. Si algún día me dice mi hija que usted le es necesario para su felicidad, me apresuraré a entregársela. Si existieran, Carlos Darnay, si existieran...

El joven estrechó agradecido la mano del doctor.

--... Caprichos, motivos verdaderos, aprensiones, cualquier otra cosa, antigua o reciente, en contra del hombre a quien mi hija amase de veras..., siempre que la responsabilidad no fuera personalmente suya... todo lo olvidaría por amor a aquélla. Lo es todo para mí. Ante su dicha callan todos los agravios que yo haya recibido, todos los tormentos que... ¡Estoy diciendo lo que no viene al caso!

Tan singular fué el tono que el doctor dió a sus palabras, tan singular la brusca interrupción, tan singular la mirada que dirigía a su interlocutor, que éste sintió penetrar el frío hasta el fondo de su corazón.

--Sin darme cuenta he desviado la conversación--añadió el doctor sonriendo.--¿Qué era lo que me decía?

No supo Darnay qué contestar en el primer momento, hasta que recordó que había hablado de una condición. Más tranquilo entonces, dijo:

--A su confianza tengo el deber ineludible de contestar con la mía. Mi apellido actual, aunque apenas si discrepa del de mi madre, no es el mío, conforme sabe usted. Deseo decirle cuál es el que me corresponde, y explicarle los motivos de encontrarme en Inglaterra.

--¡No! ¡Cállese usted!

El doctor llevó ambas manos a sus oídos y a continuación a los labios de Darnay.

--Lo deseo, porque quisiera merecer su confianza y no tener secretos para usted.

--¡No! ¡Me lo dirá usted cuando se lo pregunte, pero en manera alguna ahora! Si sus aspiraciones entran en vías de realización, si Lucía corresponde a su amor, me hará esas revelaciones la mañana misma de su matrimonio. ¿Me lo promete?

--Con mucho gusto.

--Déme su mano. Mi hija llegará de un momento a otro, y no quisiera que nos encontrara juntos esta noche. ¡Váyase... y que Dios le bendiga!

Había cerrado la noche cuando salió Carlos Darnay, y aun tardó Lucía una hora en llegar. Corriendo se dirigió a la habitación en que solía estar su padre, no siendo pequeña su sorpresa al encontrar vacante el sillón que aquél ocupaba invariablemente cuando leía.

--¡Padre!--llamó.--¡Mi querido padre!

Nadie contestó; pero como llegaran a sus oídos repetidos martillazos que sonaban en la alcoba de su padre, hacia esta se dirigió corriendo. Miró por la puerta, y retrocedió asustada, llorando.

--¿Qué haré, Dios mío, qué haré?--exclamó.

Un instante nada más duraron sus incertidumbres. Llamó con los nudillos en la puerta y pronunció en voz muy baja el nombre de su padre. Cesaron inmediatamente los martillazos, salió su padre, la miró silencioso, y comenzó a pasear por la estancia. Lucía caminaba a su lado.

A la mañana siguiente, Lucía entró muy temprano en el dormitorio del doctor. Encontróle durmiendo profundamente. No observó alteración alguna en la banqueta de zapatero, ni en las herramientas ni en el zapato sin terminar.

XI

ENTRE COMPAÑEROS

--Prepara otro ponche, Sydney--dijo el abogado Stryver aquella misma noche, ya de madrugada, a su compañero el chacal.--Tengo que hacerte una confidencia.

Desde algunas noches antes, Sydney trabajaba con ardor a fin de disminuir y acabar con el monte de papeles que esperaban turno en la mesa de trabajo antes de salir de vacaciones. Todos quedaron al día; ya no había que hacer otra cosa que esperar la llegada del mes de noviembre, pródigo en nieblas atmosféricas y en nieblas legales.

No era Sydney un dechado de sobriedad y de templanza: aquella noche hubo de aumentar en dos el número de las toallas empapadas en agua fría que solía aplicar a su cabeza, de la misma manera que duplicó también la cantidad de vino ingerido con anterioridad a la aplicación de las toallas.

--¿Estás preparando el otro ponche?--preguntó Stryver, desde el sofá sobre el cual estaba tumbado de espaldas.

--Sí.

--Escucha, pues. Voy a revelarte algo que seguramente te maravillará, y quién sabe si hasta te hará creer que soy mucho menos listo de lo que aparento. He pensado casarme.

--¿Tú?

--Sí. Aun te sorprenderá más el saber que no me caso por móviles de dinero. ¿Qué me dices?

--No siento comezón de decir mucho. ¿Quién es ella?

--Adivínalo.

--¿La conozco?

--Adivínalo.

--No me parece ocasión propicia para echarme a adivinar, a las cinco de la madrugada y con la cabeza convertida en volcán en erupción. Si quieres que adivine, convídame a comer.

--Puesto que no quieres adivinar, te lo diré yo--dijo Stryver, sentándose perezosamente.--Por supuesto, que no abrigo la más insignificante esperanza de hacerme comprender de ti, sencillamente porque eres y has sido siempre un perro insensible.

--En cambio tú has sido siempre y eres un espíritu todo sensibilidad y poesía--replicó Sydney con acento irónico.

--¡Hombre!...--exclamó Stryver riendo.--No aspiro a pasar plaza de héroe de novela sentimental, pero no me negarás que soy más blando que tú.

--Querrás decir más afortunado.

--No; he querido decir más... más...

--Galante: ¿acerté ahora?

--¡Bueno! ¡Diremos galante! Mi intención era decir que yo soy hombre que cuido de hacerme más agradable, que me tomo más interés para hacerme más agradable, que sé la manera de hacerme más agradable a las mujeres que tú.

--Adelante--dijo Sydney Carton.

--Ten calma, amigo mío--replicó Stryver, moviendo la cabeza.--Antes de seguir adelante, quiero hacer constar lo siguiente: Has visitado con tanta, con más frecuencia que yo la casa del doctor Manette, y francamente, me ha avergonzado la aspereza de carácter, el ceño que siempre has mantenido allí. Tus modales han sido los de un perro malhumorado y tu manera de ser tan tétrica, que he salido avergonzado de ti, Sydney.

--Deberías estarme altamente agradecido, Stryver, porque los hombres de tu profesión no suelen avergonzarse de nada--replicó Carton.

--No te salgas por la tangente, Sydney. Considero deber mío decirte, y te lo digo en tus barbas, porque creo hacerte un favor, que careces de condiciones para estar en sociedad. Eres un compañero decididamente desagradable.

Sydney bebió un trago de ponche y soltó la carcajada.

--¡Mírame a mí!--repuso Stryver, poniéndose en pie y en actitud arrogante.--Menos necesidad tengo que tú de hacerme agradable, toda vez que mi posición es mil veces más independiente que la tuya. ¿Por qué, pues, consigo siempre hacerme agradable?

--En mi vida vi que te lo hicieras.

--Me hago agradable porque así lo exige la finura de modales y porque lo tengo en la masa de la sangre. Prosigo.

--Lo que no prosigues, según veo, es la exposición de tus proyectos matrimoniales. En cuanto a lo demás, hazme el favor de no proseguir. ¿No te convencerás nunca de que soy incorregible?

Carton hizo esta pregunta con entonación sarcástica.

--Para ser incorregible sería preciso que tuvieras negocios, y yo no sé que los tengas--replicó Stryver un poquito picado.

--Que yo sepa, no los tengo... ¿Quién es la favorecida?

--No quisiera que la mención del nombre te produjera pena o desagrado--dijo Stryver, preparando con circunloquios amistosos la revelación que iba a hacer.--Me consta que no sientes ni la mitad de lo que dices, aunque, a decir verdad, si lo sintieras todo, sería igual, pues no tendría importancia. Hago este preámbulo porque en una ocasión hablaste con bastante ligereza de la señorita cuyo nombre voy a pronunciar.

--¿Yo?

--Tú, sí; y en esta misma habitación.

Carton se obsequió con otro vaso de ponche y miró a su amigo.

--Refiriéndote a la señorita a que aludo, dijiste que era una muñeca de cabellos de oro. La señorita a que me refiero es la señorita Lucía Manette. Si conocieras la sensibilidad, si fueras hombre de delicadeza de sentimientos, me habría molestado que hablaras de ella como lo hiciste; pero como ni eres sensible ni delicado, no hice caso de tu ligereza. Careces de entrambas cualidades, y por tanto, cuando a mi memoria acude tu expresión, la doy la misma importancia que daría a la opinión de un ciego que afirmara que era malo un cuadro pintado por mí, o a la de un sordo-mudo que pretendiera poner defectos a una composición musical obra mía.

Carton continuaba menudeando las visitas a la ponchera.

--Ya lo sabes todo, Sydney--prosiguió Stryver.--Me caso con esa niña, sin importarme que tenga o no fortuna. Es una criatura encantadora, y me he propuesto hacerla feliz, y sin jactancias ni inmodestias creo que puedo decir que lo he conseguido. Ocupo una posición envidiable, prospero y subo con rapidez y no me falta distinción. En una palabra: soy para ella un tesoro, y me alegro, pues tesoros merece ella. ¿Te maravilla lo que oyes?

--¿Por qué me ha de maravillar?--respondió Sydney, entre trago y trago de ponche.

--¿Lo apruebas?

--¿Por qué no he de aprobarlo?

--¡Vaya! Veo que lo tomas con mayor calma de la que yo esperaba, y que, en obsequio mío, eres menos mercenario de lo que creía. No me sorprende, en medio de todo, pues sabes perfectamente que tu antiguo condiscípulo se ha distinguido siempre por su entereza de carácter. Sí, Sydney, sí; me hastía la vida que hago y ha llegado el momento de variarla. Me he convencido de que es una delicia para un hombre tener un hogar, crearse una familia, si a ello siente inclinaciones, y estoy seguro de que la señorita Manette lo embellecerá y honrará siempre. Estoy, pues, resuelto, firmemente decidido. Y ahora, Sydney, mi querido amigo, me permitirás que te diga cuatro palabras sobre tu situación. Caminas por derroteros falsos, por mal camino; eso lo sabes tan bien como yo mismo. Desconoces el valor del dinero, vives vida desordenada, no piensas en el mañana, y en suma, tu conducta no puede conducirte más que a las enfermedades y a la miseria. Creo que necesitas buscarte una enfermera.

El tono de protección con que hablaba Stryver acentuaba la impertinencia de sus palabras y las hacía doblemente ofensivas.

--No te ofenda que ahora te recomiende que estudies la cuestión de frente y sin prevenciones estúpidas tal como la he estudiado yo, aunque nuestra condición respectiva difiere mucho. Cásate. Busca a quien cuide de tu persona. No importa que la compañía de las mujeres no sea de tu gusto; no importa que carezcas de inteligencia, de tacto para tratarlas. Busca una mujer respetable que tenga algunos bienes, y cásate con ella cuanto antes, única manera de prevenirte con tiempo contra las calamidades e incertidumbres de la vida. He terminado. Piensa en ello, Sydney.

--Lo pensaré--contestó Sydney Carton.

XII

EL CABALLERO DELICADO

Una vez resuelto el señor Stryver a labrar la felicidad de la señorita Manette, nada más natural que hacerla saber cuanto antes la dicha que en su magnanimidad la había deparado. Después de debatir mentalmente y con el detenimiento debido un punto tan importante, llegó a la conclusión de que debía dar desde luego, antes de salir de vacaciones, los pasos preliminares, dejando para más tarde el señalamiento del día de la boda, que podría celebrarse una o dos semanas antes de la _sanmiguelada_, o bien durante las breves vacaciones de las Pascuas de Nochebuena.

Que tenía ganado de antemano el pleito era tan evidente, que hubiera sido necio dudarlo. Tratábase de un pleito claro, sin punto débil, de uno de esos pleitos en los que basta formular la demanda para obtener sentencia favorable. Hasta podría dispensarse de la molestia de razonar su petición. ¿Para qué? El jurado fallaría en su favor sin deliberar siquiera: de ello estaba más que persuadido el famoso abogado.

En consecuencia, Stryver inauguró sus vacaciones proponiendo a la señorita Manette llevarla a los jardines de Vauxhall. Declinada la oferta, invitóla a Ranelagh; y como, con mucha sorpresa suya, tampoco fuera aceptada esta invitación, resolvió declarar las nobles aspiraciones de su alma en la misma casita de Soho.

Una mañana, Stryver salió del Tribunal del Temple y enderezó sus pasos hacia el plácido retiro en que vivía el doctor Manette. Como quiera que el Banco Tellson le tomaba al paso, sabedor de la amistad íntima que mediaba entre el señor Lorry y los Manette, ocurriósele entrar en el Banco y revelar a aquél la radiante estrella que derramaba vivos resplandores en el horizonte de Soho. Abrió, pues, la puerta, que rechinó ásperamente al girar sobre sus gastados goznes, descendió los dos escalones, y no tardó en presentarse en el despacho en que Lorry, inclinado sobre sus libros, escribía interminables columnas de números, perfectamente alineados.

--¡Hola, señor Lorry!--exclamó Stryver al entrar.--¿Cómo está usted? Supongo que tan bien como siempre.

--¡Hola, señor Stryver!--respondió Lorry, estrechando la mano que el abogado le tendía.--Muy bien, gracias; ¿y usted? ¿Desea algo de mí, señor Stryver?

--No... muchas gracias. Me trae el deseo de hacerle una visita particular, señor Lorry; el deseo de decirle cuatro palabras a solas.

--¡Oh, las que usted quiera!--contestó Lorry, cerrando el libro y preparándose a oir.

--Voy...--comenzó diciendo el abogado, apoyando sus codos sobre la mesa y con tono confidencial,--voy a hacer una proposición matrimonial a su querida y agradable amiguita Lucía Manette, señor Lorry.

--¡Demonio!--exclamó Lorry, rascándose la barba y mirando perplejo al abogado.

--¿Demonio?--repitió Stryver vivamente.--¿Eso es lo que a usted se le ocurre decirme? ¿Qué significa su exclamación, señor Lorry?

--Es una exclamación... amistosa... personal... puramente apreciativa, que puede significar todo lo que usted desee que signifique. La verdad, señor Stryver... me parece... encuentro...

--¡Basta!--respondió el abogado, descargando un manotazo sobre la mesa.--¡Si entiendo lo que me dice, señor Lorry, que me cuelguen!

Lorry ajustó a su cabeza su peluquín, y quedó mirando a su interlocutor mordiendo las barbas de su pluma.

--¿Es que me considera usted _no_ elegible?--preguntó Stryver, mirando con fijeza a su interlocutor.

--¡Muy al contrario, señor Stryver! Sí... es usted elegible.

--¿No soy buen partido?

--Buen partido; sí... ¿por qué no?

--¿No progreso? ¿No medro?

--Sí, señor... ¿quién lo duda?

--Entonces, ¿qué demonios quiere decir su actitud?

--Pues... yo... Dígame: ¿adónde iba usted ahora?

--De frente al asunto--contestó Stryver, dando un puñetazo sobre la mesa.

--Si yo me encontrara en su lugar, lo dejaría para mejor ocasión.

--¿Por qué?--tronó el abogado.--Voy a estrechar a usted hasta el último límite. Como hombre de negocios que es usted, está en la obligación de hablar con motivo justificado. Vengan los motivos: ¿por qué no iría usted?

--Porque se trata de un asunto que no abordaría yo nunca sin contar con esperanzas fundadas de conseguir la realización de mi deseo.

--¡Ira de Dios!--gritó Stryver.--¡Es una razón que tumba de espaldas!

Lorry no contestó.

--He aquí a un hombre de negocios, un hombre de años, un hombre de experiencia... en un Banco, quien después de admitir la existencia de las tres razones principales, cada una de las cuales basta por sí sola para asegurar el éxito, se descuelga diciendo que no existe razón alguna. ¡Si eso no es el más desatinado de los desatinos, venga Dios y lo vea!

--Cuando me referí al éxito, pensaba en la señorita Manette, y al hablar de causas y razones en que fundar las esperanzas de ver realizado el deseo, me refería a causas que lo fueran en realidad para la señorita Manette. Sí... mi buen amigo... la señorita, porque la señorita es el juez único e inapelable.

--Entonces, lo que usted quiere decirme, señor Lorry, es que la señorita, en opinión de usted, es una tonta melindrosa.

--Me interpreta usted de una manera lastimosa, señor Stryver--replicó Lorry, rojo de cólera.--Lo que he querido decir, y lo que digo, es que no toleraré que lengua alguna pronuncie una palabra irrespetuosa acerca de la señorita Manette, y que si supiera de algún hombre... que quiero creer que no existe, de algún hombre de gusto tan grosero y temperamento tan arrebatado, que osara hablar con poco respeto de la señorita Manette, la consideración de encontrarnos en el Banco Tellson no sería bastante para que yo dejara impune su grosería.

La necesidad de contener dentro del pecho la cólera que pugnaba por hacer explosión había puesto a Stryver en estado de ánimo peligroso; en cuanto a Lorry, no obstante tener acostumbrada su sangre a no alterarse por nada ni por nadie, se hallaba en situación de ánimo tan peligrosa como la del abogado.

--Ya sabe usted lo que quería decirle, caballero--repuso Lorry.--Mucho le agradeceré que no lo olvide.

Siguió un rato de silencio, durante el cual Stryver chupaba el extremo de un cuadradillo de hierro que había tomado de la mesa. Al fin rompió el silencio, verdaderamente penoso, diciendo: