Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2
Part 6
Llamé un asistente y le dije que me buscara entre sus compañeros una camisa y unos calzoncillos, y todo lo demás que pedía el desconocido.
Hizo una junta: á éste pidió una cosa, á aquél otra, al uno yerba, al otro azúcar, tabaco y papel y volvió al punto con la contribución.
Le di todo al padre Marcos, y el buen franciscano se fué muy contento, llevándoselo todo á su protegido.
Me senté á descansar en un diván que con caronas y ponchos me improvisaron los soldados.
Dormitaba, cuando oí un tropel de caballos y una voz de indio que con acento de embriaguez preguntaba:
--¿Dónde está ese coronel Mansilla?
Hablaba con los que estaban detrás de la cocina.
--Ahí--le contestaron.
Un jinete indio se me presentó, pisándome casi con las patas del caballo.
Le reconocí en el acto: era Caiomuta, y viendo que estaba ebrio le miré con afectado desprecio y no le dije nada.
--Vos, coronel Mansilla--gritó el bárbaro, clavándole ferozmente las espuelas al caballo, _rayándolo_ y levantando una nube de polvo que me envolvió.
Creí que iba á atropellarme.
Callé, me puse en pie y en ademán de defenderme.
--Vos, coronel Mansilla--volvió á gritarme.
--Sí--le contesté secamente.
--¡Ahhhh!--hizo.
Permanecí en silencio, y como se retirara unos cuantos pasos, avancé sobre él, cubriendo mi frente con el fogón que presentaba el obstáculo de unos grandes montones de leña.
--¿Vos amigo indio?--me dijo.
--Sí--le contesté, y avancé para darle la mano.
Me rechazó, diciendo:
--Yo dando mano, amigo no más.
--Yo soy tu amigo.
--¿Por qué entonces midiendo tierra, _gualicho redondo_?
_Gualicho redondo_ era mi aguja de marcar óptica, de la que me había servido infinidad de veces, en la travesía del Río 5.º á Leubucó.
--Eso no es para medir tierra--le contesté.
--Vos engañando--repuso.
--Yo no miento.
--¿Y entonces qué haciendo _gualicho redondo_?
--Era para saber el rumbo, dónde quedaba el Norte.
--¿Y para qué haciendo eso, teniendo camino y baqueano?
--Porque cuando ando por los campos me gusta saber derecho adónde voy.
--_¡Winca! ¡winca!_--murmuró. Y en voz alta y volviendo á rayar el caballo, en círculos concéntricos para lucir la rienda del animal y su destreza, gritó: ¡engañando!
Llegaron varios indios, hablaron á un mismo tiempo y rodeándome me dijeron:
--Dando camisa.
--No tengo--contesté secamente.
Caiomuta, con ojos mal intencionados me echó encima el caballo, balanceándose sobre él con dificultad, y me dijo:
--Vos rico, dando, pues, pobres indios.
--Yo no doy nada á quien no es mi amigo--le contesté, frunciendo el ceño y apostrofándole de bárbaro.
Recogió el caballo como para atropellarme. Me retiré. Llegaron mis ayudantes y asistentes y me rodearon.
--¡Winca! ¡winca!--bramó el indio.
Juan de Dios San Martín se presentó en ese momento y me dijo, que decía Baigorrita que no le hicieran caso á su hermano, que me fuera á su toldo. Y de su cuenta agregó: Ese indio, señor, tiene muy malas entrañas.
Me pareció desdoroso abandonar el campo.
Le contesté á mi compadre que no tuviese cuidado.
Caiomuta se echó al coleto un trago, como un chorro, de una limeta de aguardiente que llevaba en la mano derecha, y picando el caballo y vociferando insultos contra Baigorrita, á quien tachaba de ladrón, y diciéndoles á los otros que le siguieran, se lanzó á toda brida por unos arenales donde parecía imposible que el caballo corriera.
Queriendo evitar un segundo diálogo, me dirigí al toldo de mi compadre; pero viendo al padre Marcos con el desconocido, hice un rodeo y me acerqué á ellos.
--¿Y al fin de dónde eres?--le pregunté:--¿de Chile, de Patagones ó de Bahía Blanca?
No me contestó.
--¿Conque tienes lengua para pedir y no la tienes para contestar?--agregué.
--Yo no he pedido nada--contestó por primera vez con acento porteño.
--Lo que yo debía hacer era quitarte por soberbio lo que te he dado--le dije.
--Ahí está--murmuró con desprecio.
Me retiré. Aquel hombre me alteraba la sangre, y entré en el toldo de mi compadre.
Seguía picando tabaco.
Me hizo señas de que tomara asiento.
Me senté.
Trajeron puchero.
Comí.
Á mi compadre le sirvieron un riñón de cordero, caliente, crudo y un bofe de vaca fiambre, aliñado con cebolla y sal.
Me ofreció un bocado.
Acepté.
El riñón era incomible, hedía como álcali volátil; pero lo mastiqué procurando no hacer gestos y lo tragué.
El bofe era pasable; pero prefiero no volver á probarlo más en mi vida.
Como no había lenguaraz no hablábamos sino una que otra palabra.
Aproveché el tiempo para observar la fisonomía de aquel _picador de tabaco_ imperturbable, especie de patriarca.
Manuel Baigorría, alias Baigorrita, tiene treinta y dos años.
Se llama así porque su padrino de bautismo fué el gaucho puntano de ese nombre, que en tiempos del cacique Pichum, de quien era muy amigo, vivió en Tierra Adentro. Su madre fué una señora cautiva del Morro. Allí vivía no ha mucho con su familia, rescatada, no puedo decir en qué época. Baigorrita tiene la talla mediana, predominando en su fisonomía el tipo español. Sus ojos son negros, grandes, redondos y brillantes; su nariz respingada y abierta; su boca regular; sus labios gruesos; su barba corta y ancha. Tiene una cabellera larga, negra y lacia, y una frente espaciosa, que no carece de nobleza. Su mirada es dulce, bravía algunas veces. En este conjunto sobresalen los instintos carnales y cierta inclinación á las emociones fuertes, envuelto todo en las brumas de una melancolía genial.
Con otro tipo mi compadre sería un árabe.
Es muy aficionado á las mujeres, jugador y pobre; tiene reputación de valiente, de manso y prestigio militar entre sus indios.
Sus costumbres son sencillas, no es lujoso ni en los arreos de su caballo.
Me habló varias veces con ternura de la madre, manifestándome el deseo de ir al Morro á visitar sus parientes.
Caiomuta es su hermano menor por parte de padre. Son enemigos. Caiomuta es rico, ladrón como Caco, borracho como Baco y malo como Satanás. Insolente, violento, audaz, aborrecido de la generalidad. Pero es fuerte, porque tiene un circulito de desalmados que le siguen ciegamente, ayudándole á perpetrar todas sus maldades.
Concluía el estudio de los rasgos fisonómicos de mi compadre, cuando se presentó San Martín.
Cambió algunas palabras en lengua araucana con aquél, y diciéndome en un aparte que tenía algo que comunicarme, se retiró.
--Hasta luego--le dije á Baigorrita, que sin dejar de picar su tabaco, me contestó: _¡adió!_ (los indios, como los negros, no pronuncian generalmente las eses finales), y fuí á ver qué me quería San Martín.
En cuanto me acerqué á él, me dijo:
--Señor, el hombre es un espía de Calfucurá.
--¿Y tras de qué anda?
--Viene á ver qué hace usted aquí. Allí temen que usted mueva estas indiadas contra aquéllas.
--¿Y se lo has dicho á Baigorrita ahora lo que hablaste con él?
--No, señor.
--Avísaselo, pues.
San Martín obedeció.
Yo me quedé pensando en la cautelosa previsión de Calfucurá, el gran político y guerrero de la Pampa, tan temido por su poder como por su sabiduría.
La noticia de mi arribo á las tolderías de los ranqueles, le había sido transmitida por Mariano Rosas, junto con una consulta, en su calidad de aliado por simpatía de raza.
Su contestación había sido que la paz convenía, que no vacilase en sellarla y cumplirla.
Al mismo tiempo había enviado un emisario secreto.
¿Hombres de Estados cultos habrían procedido de otra manera?
¿La diplomacia moderna es más sincera y menos desconfiada?
Tú, que vives en Europa, donde nacieron y gobernaron Richelieu, Mazarino, Walpole, Alberoni, Talleyrand y Maeternich, en Europa, que nos da la norma en todo, lo dirás.
IX
Cansancio.--Puesta del sol.--Un fogón de dos filas.--Mis caballos no estaban seguros.--Aviso de Baigorrita.--Los indios viven robándose unos á otros.--La justicia.--Los pobres son como los caballos _patrios_.--Cena y sueño.--Intentan robarme mis caballos.--Cantan los gallos.--Visión.--El mate.--Un cañonazo.
El día había sido fecundo en impresiones. La tarde, esa hora dulce y melancólica, avanzaba. El fuego solar no quemaba ya. La brisa vespertina soplaba fresca, batiendo la grama frondosa, el verde y florido trébol, el oloroso poleo, y arrancándole sus perfumes suaves y balsámicos á los campos, saturaba la atmósfera al pasar con aromáticas exhalaciones. Los ganados se retiraban pausadamente al aprisco.
Mi cuerpo tenía necesidad de reposo. Mi estómago pedía un asadito á la criolla. Teníamos una carne gorda, que sólo mirarla abría el apetito.
Mandé hacer un buen fogón, con asientos para todos. Proclamé cariñosamente á los asistentes, para que trajeran leña gruesa de chañar y carda.
Había una enramada llena de cueros viejos, de trebejos inútiles, de guascas y chala de maíz. Le eché el ojo, la mandé limpiar, y me dispuse á cenar como un príncipe, y á pasar una noche de perlas.
Mis pensamientos eran plácidos, como los del niño que alegre corre y juguetea, en tarde primaveral, por las avenidas acordonadas de arrayán del verde y pintado pensil.
Las penas andaban huidas, también ellas son veleidosas.
Á veces suelo echarlas de menos.
El sol hundió su frente radiosa tras de las alturas de Quenque, augurando el limpio horizonte y el cielo despejado de nubes un nuevo hermoso día; las estrellas comenzaron á centellear tímidamente en el firmamento; las sombras nocturnas fueron envolviendo poco á poco en tinieblas el vasto y dilatado panorama del desierto, y cuando la noche extendió completamente su imponente sudario, el fogón ardía, rechinando al quemarse los gruesos troncos de amarillento caldén, chisporroteando alegre la endeble carda, como si festejara el poder del elemento destructor.
La rueda se había hecho sin orden en dos filas. Detrás de cada franciscano y de cada oficial había un asistente. El chusco Calixto Olazábal, atizaba el fuego, reparaba el asado, tomaba mate y soltaba dicharachos sin pararle la lengua un minuto.
Á no haber estado allí los frailes, hubiera podido decirse que parecía un Vulcano jocoso entre las llamas, rodeado de condenados; porque aquéllas, flameando al viento, chamuscaban su barba, siendo motivo de que hiciera toda clase de piruetas y gesticulaciones, lo que provocando la risa de los circunstantes completaba el cuadro.
Los ojos se me iban viendo el apetitoso asado.
Pensaba en el pincel y en la paleta de Rembrandt, cuando una voz conocida dijo detrás de mí, con acento respetuoso:
--¡Buenas noches, señores!
Era Juan de Dios San Martín.
--Buenas noches; siéntese, amigo, si gusta--le contesté.
--Gracias, señor--repuso;--no puedo ahora. Vengo á decirle, que dice Baigorrita que los caballos están mal donde los tiene: que ha sabido que andan unos indios ladrones por darle el golpe, y que sería mejor los encerrase en el corral.
No pude resolverme de pronto á contestarle que estaba bueno, porque los animales tenían necesidad de alimentarse bien. Pero entre que sufrieran más y perderlos, el partido no era dudoso.
Después de un instante de reflexión, contesté:
--Dile á mi compadre que si hay peligro los haré encerrar.
--Es mejor--contestó San Martín.
--Pues bien--repuse,--que los encierren.
Y esto diciendo, le ordené al mayor Lemlenyi le hiciera prevenir á Camilo Arias que los caballos no dormirían á ronda abierta, sino en el corral.
San Martín se fué y volvió diciéndome:
--Dice Baigorrita que el corral tiene un portillo, que es preciso taparlo con ramas y que pongan una guardia.
Mandé dar las órdenes correspondientes, y como Calixto gritara en ese momento, ¡ya está! invité nuevamente al mensajero de mi compadre á que se sentara.
Aceptó, ocupó un puesto en la rueda, le entramos al asado, como se dice en la tierra, y mientras lo hacíamos desaparecer, se pusieron algunos choclos al rescoldo, para tener postre.
Una jauría de perros hambrientos había formado á nuestro alrededor una tercera fila. Viendo que no los trataban como los indios, nos empujaban, y á más de uno le sucedió le arrebataran la tira de carne que llevaba á la boca. La confianza de aquellos convidados de piedra de cuatro patas llegó á ser tan impertinente, que para que nos dejaran comer en paz hubo que tratarlos á la baqueta.
--Pero hombre--le dije á San Martín,--aquí no respetan nada. ¿Será posible que se atrevan á robarme mis caballos hasta del corral de Baigorrita?
--Qué, señor, si son muy ladrones estos indios; el otro día, no más, se le han perdido sus caballos á Baigorrita, lo tienen á pie--me contestó.
--¿Y qué ha hecho?
--Los andan campeando.
--¿Entonces aquí viven robándose los unos á los otros?
--Así no más viven, ya es vicio el que tienen.
--¿Y qué hacen con lo que roban?
--Unas veces se lo comen, otras se lo juegan, otras lo llevan y lo cambalachean en lo de Mariano ó en lo de Ramón, ó se van á lo de Calfucurá, ó se mandan cambiar á Chile.
--¿Y se castiga á los ladrones?
--Algunas veces, señor.
--¿Pero cuando á un indio le roban, qué hacen?
--Según y conforme, señor. Unas veces le pone la queja al cacique, otras él mismo busca al ladrón y le quita á la fuerza lo que le han robado.
Le hice algunas preguntas más, y de sus contestaciones saqué en conclusión que la justicia se administraba de dos modos: por medio de la autoridad del cacique y por medio de la fuerza del mismo damnificado.
El primer modo es menos usual.
1.º. Porque mientras el cacique manda averiguar quiénes son los ladrones, se descubre el hecho y se prueba se pasa mucho tiempo; 2.º, porque los agentes de que se vale se dejan seducir por los ladrones; 3.º, porque este procedimiento no le reporta ningún beneficio al juez.
El segundo modo es el que se practica con más generalidad.
Le roban á un indio una tropilla de yeguas, por ejemplo.
Es Fulano, dice por adivinación, ó porque lo sabe. Cuenta el número de hombres de armas de llevar que tiene en su casa, recluta á sus amigos, se arman todos, le pegan un malón al ladrón, y le quitan el robo y cuanto más pueden.
Generalmente no hay lucha, porque los que van á vindicar la justicia son más numerosos que los que acaudilla el ladrón. Contra la fuerza toda la resistencia es inútil, máxime si no se tiene razón.
Hecho esto, se le da cuenta al cacique, y de lo que á título de indemnización se ha quitado se le hace parte. Este hecho hace inútil todo reclamo ante él. Es perder tiempo.
El indio que vaya á decirle: Yo le robé á Fulano diez yeguas. Me las ha quitado anoche, y cincuenta más, recibirá esta contestación:
--¿Para qué robaste, pues? Róbale vos otra vez, y quítale lo que te ha robado.
Cuando llegaba á esta parte de mis investigaciones sobre la justicia pampa, le pregunté á San Martín:
--¿Y cuando le roban á un indio pobre, que tiene poca familia y pocos amigos, y el ladrón es más fuerte que él, qué hace?
--Nada--me respondió.
--¿Cómo nada?
--Señor, si aquí es lo mismo que entre los cristianos; los pobres siempre se embroman.
Calixto Olazábal metió su cuchara, y quemándose los dedos y la boca con una tira de asado revolcado en la ceniza, dijo:
--Y así no más es, pues. Yo entré una vez en una revolución con don Olazábal. Después que las bullas pasaron á él lo hicieron Juez en el Río 4.º, y á mí me echaron de veterano en el 7 de caballería de línea. ¡Eh! como á él no le faltaban macuquinos, la sacó bien.
--Tú eres un entrometido y un bárbaro--le dije.
--Así será, mi Coronel; pero yo creo que tengo razón,--repuso.
--¿Qué sabes tú, hombre?
--Mi Coronel, si los pobres son como los caballos patrios, todo el mundo les da.
La contestación, ó mejor dicho la comparación, les pareció muy buena á los circunstantes y todos la festejaron.
Efectivamente no hay nada comparable á la desgraciada condición de lo que en nuestro lenguaje argentino se llama un _caballo patrio_.
Empecemos porque le falta una oreja, lo que, desfigurándole, le da el mismo antipático aspecto que tendría cualquier conocido sin narices. Está siempre flaco, y si no está flaco, tiene una matadura en la cruz ó en el lomo; es manco ó bicocho; es rengo ó lunanco; es rabón ó tiene una porra enorme en la cola; está mal tusado, y si tiene la crin larga hay en ella un abrojal; cuando no es tuerto tiene una nube; no tiene buen trote ni buen galope, ni tranco, ni sobrepaso. Y sin embargo, todo el que le encuentra le monta. Y no hay ejemplo de que un patrio haya podido decir al morir: á mí no me sobaron jamás. Todo el que alguna vez lo montó le dió duro hasta postrarlo. ¡Ah! si los patrios que á millares yacen sepultados por los campos formando sus osamentas una especie de fauna postdiluviana se levantaran como espectros de sus tumbas ignoradas y hablasen ¡qué no contarían! ¡Qué ideas no suministrarían para la defensa y seguridad de las fronteras! ¡Pobres patrios! ¿Quién no les echó la culpa de algo? ¡Cuántas batallas perdidas por ellos desde el año 20 hasta la guerra del Paraguay, cuántas campañas prolongadas como la actual de Entre Ríos! ¡Cuántas reputaciones vindicadas á sus costillas por no haber vivido en tiempos de Esopo! Los tiempos hacen todo. Está visto. ¡Pobres patrios! Sólo ellos han callado. Resignados han sufrido, sufren y sufrirán su suerte impía. ¡Pobres patrios! Desde el día en que los hubo, ¿quién no ha murmurado y gritado contra la patria? Todo el mundo menos ellos.
_Such is life!_
¡Así es la vida! Los que no deben quejarse se quejan.
Los choclos se cocieron y los comimos; se acabó la cena, siguió un rato más la conversación y luego cada cual pensó en hacer su cama.
La mía estaba deliciosa; con cueros le habían hecho cortinas á la enramada; el airecito fresco de la noche no podía incomodarme. Me acosté.
Después que los asistentes acomodaron las camas de los franciscanos y de los oficiales, se posesionaron del fogón y churrasquearon bien.
Yo me dormí arrullado por su charla, y por la bulla del toldo de mi compadre, que junto con unos cuantos amigos íntimos y sus chinas, saboreaba en el mayor orden el aguardiente que yo le había llevado.
Varias veces me desperté sobrecogido, creyendo ver al negro del acordeón y oir su voz.
Estaba profundamente dormido, cuando San Martín, acercándose á mi cabecera, me despertó diciéndome:
--¡Mi Coronel!
Temiendo que mi compadre quisiera hacerme las de Mariano Rosas, no contesté.
--¡Mi Coronel! ¡mi Coronel!--repitió San Martín.
--No contesté.
Acercóse entonces á la cama de uno de mis oficiales, y le dijo:
--El Coronel está muy dormido, no oye, vengo á decirle que acaban de correr á unos ladrones que andaban por robarle los caballos y que es bueno que mande más gente al corral.
Viendo que no había riesgo en darme por despierto, llamé y ordené que cuatro asistentes fueran á reforzar la ronda del corral. Y llamándolo á San Martín, le pregunté qué hacía mi compadre.
--Se está divirtiendo--me contestó.
--Bueno--le dije:--que no me vayan á incomodar llamándome.
--No hay cuidado, señor, Baigorrita me ha encargado que repare no lo incomoden. No quiere que usted lo vea achumado, tiene vergüenza. Por eso ha empezado á beber de noche.
Respiré. Me acomodé en la cama, me di unas cuantas vueltas, porque algo había que no permitía conciliar el sueño con facilidad, y por fin me volví á quedar dormido.
El cuerpo se acostumbra á todo. Dormí sin interrupción unas cuantas horas seguidas.
La vida se pasa sin sentir, ya lo he dicho. Pero ni todos los días, ni todas las noches son iguales. Si lo fuesen, el peor de los suplicios sería vivir. Felizmente en la existencia humana hay contrastes.
Imaginaos un hombre que no hace más que divertirse--ó á quien todo le sabe bien,--que no sabe lo que es una contrariedad; y decidme, lector sesudo, que acabáis quizá de estar maldiciendo vuestra estrella, si os cambiaríais por él. ¡Ah! el que tiene hambre no sabe lo que es un opulento enfermo del estómago. Con razón un magnate inglés, á quien en los momentos de sentarse en su opípara mesa se le presentó un desconocido pidiéndole una limosna y diciéndole que era tan desgraciado que se moría de hambre contestó: Vete de mí, tienes hambre y dices que eres desgraciado.
El desgraciado soy yo, que rodeado de manjares no puedo pasar ninguno; el que no me hace daño me empalaga.
Por eso las mujeres de más talento, las que más interesan, son las que renovándose más, se prodigan menos.
Quería decir que la segunda noche de Quenque, no había sido como la primera.
En cuanto cantaron los gallos me desperté, llamé á Carmen y le pedí mate.
Mientras hacía fuego, calentaba agua y lo cebaba, pasé revista de impresiones nocturnas. Había tenido un sueño, un sueño extravagante, como son todos los sueños, por más que hayan dicho y escrito sobre el particular los grandes soñadores como Simonide, Sevano, el sucesor de Pertinax, la madre de París, Alejandro, Amílcar y César.
De una novela de Carlos Juliet, de una fiesta veneciana dada á Luigi Metello, de mi almuerzo en el toldo de Baigorrita y otras reminiscencias, mi imaginación había hecho un verdadero _imbroglio_.
Había asistido á una cena. Los manjares eran todos de carne humana; los convidados eran cristianos disfrazados de indios y la escena pasaba á la vez en Quenque y en casa de Héctor Varela. El anfitrión era una mujer, Concordia, la hija de Júpiter y de Temis, y alrededor de ella estaban los principales hombres argentinos. Cada cual tenía una vincha pampa y en ella se leía un mote. Mitre--_Tout ou rien._ Rawson--_Frères unis et libres._ Quintana--_Sempre Diritto._ Alsina--_Remember!_ Argerich--_Liberté._ Gutiérrez José María--_Odi et amo._ Avellaneda--_¿Dormir? Rêver?_ Varela Mariano--_Honni soit qui mal y pense?_ Vélez Sarsfield--_De l'or!_ Gorostiaga--_Assez._ Elizalde--_jamais, toujours_. Gainza--_Veni, vidi, vinci._ López Jordán--_Muriamur._ Sarmiento--_Lasciate ogni speranza._
Había muchos otros convidados, veía aún como entre sueños sus caras, mas no podía recordar quiénes eran.
¡Algunos comían, los más rechazaban la carne humana con asco y con horror!
Una gran orquesta de instrumentos, que parecían de viento, como trompetas de papel de diario tocaban un aire militar y un coro como el que produciría el eco del pueblo agrupado en la plaza pública, cantaba:
«There is no hope for nations! Search the page Of many thousand years--the daily scene; The flow and ebb of each recurring age. The everlasting to be which hath been, Hath taught us nought or little.»
Lo que traducido en prosa quiere decir:
No hay ya esperanza para las naciones. Recorred las páginas de los siglos. ¿Qué nos han enseñado sus vicisitudes periódicas, el flujo y el reflujo de las edades y esa eterna repetición de los acontecimientos? Nada ó muy poco.
Carmen llegó con el mate y me sacó de la meditación retrospectiva en que estaba.
En ese momento se oyó un cañonazo.
Era una descarga eléctrica, un trueno seco.
El fenómeno es frecuente en la Pampa.
X
Baigorrita se levanta al amanecer y se baña.--Saludos.--En el toldo de mi futuro compadre.--El primer bautismo en Quenque.--Deberes recíprocos del padrino y del ahijado.--Nociones de los indios sobre Dios.--Promesas de mi compadre sobre mi ahijado.--Me hablan de una cosa y contesto otra.--Lucio Victoriano Mansilla, sería algún día un gran cacique.--Pensamientos locos.--Visita al toldo de Caniupán.--Usos y costumbres ranquelinas.--Un fumador sempiterno.
Baigorrita se levantó muy temprano, se fué á la laguna y se bañó, para corregir los excesos de la noche. Sus huéspedes y las chinas hicieron lo mismo, regresando todos frescos y acicalados, con los labios y las mejillas pintadas y lunarcitos postizos en los pómulos.
Las chinas asearon el toldo, recogieron leña, hicieron fuego, carnearon una res y se pusieron á cocinar el almuerzo.
Baigorrita y sus amigos, ensillaron los caballos que estaban en el palenque, montaron en ellos, y durante media hora los varearon, haciéndolos correr el tiro de una legua por el campo más quebrado y escabroso.
Mi compadre regresó solo, soltó su caballo, ensilló otro, entró en su toldo, se sentó, armó cigarros y se puso á fumar.