Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2
Part 7
Juan de Dios San Martín vino de parte de él á preguntarme cómo había pasado la noche, y si no se habían perdido algunos caballos.
Le contesté que había dormido muy bien, que no había ninguna novedad y que así que almorzara iría á hacerle una visita.
Llevó San Martín el mensaje y volvió diciéndome, que mi compadre se alegraba mucho de que hubiera pasado la noche á gusto; que me invitaba á ir á su toldo; que iban á llegar visitas nuevas y quería que me conocieran: que allí almorzaría, si no tenía algo mejor que comer que lo suyo.
Hablaba con San Martín, cuando se presentó un indio con otro mensaje de Caniupán y un regalo. Me mandaba saludar, vivía de allí legua y media, y me enviaba una bola de pataí, pisada con maíz tostado, grande como una bala de cañón de á cuarenta y ocho.
Traté al mensajero como lo merecía, con todo cariño. Le hice algunos regalitos, sacando contribuciones á los oficiales y soldados; le agradecí á Caniupán su atención y le envié una camisa de Crimea que llevaba exprofeso para él, azúcar, tabaco, hierba y papel, prometiéndole visita para la tarde.
En seguida me fuí al toldo de mi compadre. Fumaba tranquilamente rodeado de sus hijos: no se movió, me insinuó un asiento con la sonrisa más dulce y amable, y apenas me había acomodado en él, le dijo á mi ahijado: padrino, bendición.
El indiecito vino hacia mí con cierta timidez; le atraje del todo echándole los brazos, le cogí las manecitas que había unido, obedeciendo al mandato de su padre, le acaricié y le senté á mi lado, contestándole á su bendición padrino, Dios lo haga bueno, ahijado.
La madre, que hablaba español, le preguntó desde el fogón ¿cómo te llamas?
No contestó. Le repitió la pregunta en lengua araucana y respondió mirándome con recelo: Lucio Mansilla.
Mi compadre se sonrió complacido. La madre, las chinas y cautivas que cocinaban festejaron mucho la respuesta. Una de las más ladinas dijo: coronel Mansilla, chico.
Mi compadre llamó á San Martín.
San Martín me dijo:
--Dice Baigorrita, que cuándo se hace el bautismo.
--Dile que cuando quiera, que ahora mismo, si le parece, antes que entren visitas.
Contestó que bueno.
Llamé al padre Marcos, y el franciscano no se hizo esperar.
En cuanto entró, mi compadre le hizo decir con San Martín, que si le hace el favor de bautizarle su hijo.
--Con mucho placer--contestó el padre.
Salió, volvió con fray Moisés Álvarez, se revistieron, nos hincamos, rezamos el Padre Nuestro, haciendo coro los cautivos que lo sabían y mi ahijado fué bautizado con el nombre de Lucio Victorio.
Terminada la ceremonia, Baigorrita les dió las gracias á los franciscanos y les invitó á sentarse á almorzar.
Hizo una seña y nos sirvieron. Había puchero de dos clases, de carne de vaca y de yegua; asado ídem. Yo comí carne de yegua, mi compadre lo mismo, los frailes de vaca.
Mientras almorzábamos, llegaron visitas. Á todos se les obsequió como á nosotros; los unos eran conocidos del día antes, los otros recién llegados. Baigorrita me presentó á todos sucesivamente. Hubo abrazos y apretones de mano hasta el fastidio, las preguntas y respuestas de siempre.
Mi compadre explicó lo que significaba entre los indios darle al ahijado el nombre y apellido del padrino.
Era ponerlo bajo su patrocinio para toda la vida; pasar del dominio del padre al del padrino; obligarse á quererle siempre, á respetarle en todo, á seguir sus consejos, á no poder en ningún tiempo combatir contra él, so pena de provocar la cólera del cielo.
El padrino se obliga por su parte á mirar al ahijado como hijo propio, á educarlo, socorrerlo, aconsejarlo y encaminarlo por la senda del bien, so pena de ser maldecido por Dios.
Eran dos seres que se identificaban por un voto solemne.
Con este motivo me habló del gaucho puntano Manuel Baigorria, manifestando el deseo de que se le diera permiso para que le hiciera una visita.
Le dije que una vez hecha la paz, no había inconveniente en que tuviera ese gusto, si Mariano Rosas lo permitía.
Le agregué que Baigorria no era buen hombre, que había sido mal cristiano y mal indio, que á unos y á otros los había traicionado.
Me contestó que no desconocía mis razones. Pero que al fin era su padrino, que llevaba su nombre y que él no podía dejar de quererle.
Le dije que sus sentimientos le honraban; porque probaban su lealtad, y que le honraban tanto más cuanto que convenía en que su padrino había sido infiel á sus compromisos y á su palabra.
Varios de los visitantes aprobaron mis observaciones.
Los franciscanos á su turno explicaron con mansedumbre, claridad y sencillez lo que significaba el bautismo.
Dijeron que el que se bautizaba entraba en gracia de Dios.
Que Dios era eterno, inmenso, misericordioso; que tenía un poder infinito, que hacía cosas grandes que los hombres no podían comprender; que su voluntad era que todos se amaran como hermanos, que no mataran, que no robaran, que no mintieran; que los que se casaran lo hicieran con una sola mujer; que los que tuvieran hijos los educaran y enseñaran á vivir del trabajo; que para ser buen cristiano era necesario tener presente siempre esas cosas.
San Martín tradujo _las razones_ de los franciscanos, y todos los presentes las escucharon con suma atención.
Mi compadre prometió educar á su hijo en la ley de los cristianos, que no se casaría con varias mujeres, ni con dos, que lo enseñaría á vivir de su trabajo.
Entraron más visitas. Tuvimos una larga conferencia y expliqué el Tratado de paz celebrado con Mariano Rosas.
Todo el que quería me dirigía una pregunta. Baigorrita me hacía decir con San Martín que tuviera paciencia, y Camargo me aconsejaba que no dejara de contestar.
Cuando la interpelación era intermitente, Camargo me zumbaba al oído: diga, señor, cuántas yeguas se dan por el Tratado.
--Pero hombre--le observaba yo,--¿qué tiene que ver la pregunta con eso? Nada, señor, conteste lo que yo le digo; yo le diré después cómo son éstos. Era una comedia. Me hablaban de pitos y contestaba flautas. Y el resultado de cada diálogo era siempre el mismo: Bueno, lo que haga Baigorrita está bien hecho. Mi compadre agachaba la cabeza en señal de asentimiento; y Camargo me decía entre dientes, como hombre que sabía el terreno que pisaba: No ve, señor, si lo que quieren es hacerle creer á Baigorrita que ellos también saben hablar.
No menos de cuatro horas duró la broma aquélla. Pero á poco fueron desapareciendo los grandes dignatarios de la tribu. Por fin nos quedamos _tête à tête_ con mi compadre. Me dijo entonces que todo el Tratado le parecía bueno. Pero que deseaba saber quién le iba á entregar á él su parte. Le contesté que Mariano Rosas era quien debía hacerlo; que tanto él como Ramón lo habían apoderado para tratar. Convino en ello, y terminamos pidiéndome dejara bien arreglado con Mariano, que á su tribu le tocaba la mitad de todo lo que el Gobierno iba á entregar, lo que prometí hacer.
Mi ahijado, el futuro cacique Lucio Victorio Mansilla, no se movió de mi lado mientras duró la conferencia. Viéndolo cabecear le acomodé la cabecita en el respaldo de mi asiento y se quedó dormido. Era hora de siesta. Me acosté sin decirle una palabra á mi compadre y dormí hasta que el desasosiego me despertó. Mi cuerpo hervía.
Me levanté, salí del toldo y lo dejé á mi compadre fumando y haciéndose expulgar por una de sus chinas.
Cambié de ropa, y en tanto que me vestía pensaba que el plan soñado de hacerme proclamar emperador de los Ranqueles bien valía la pena de aquellos sacrificios.
Murmuré: _Lucius Victorius, imperator_. Me pareció sonoro. Pero la onomancia me dijo: ¡loco! Me miré la palma de la mano, consulté sus rayas, y la quiromancia me dijo, dos veces ¡loco! ¡Vi cruzar una bandada de loros, observé su vuelo, y la ornitomancia me dijo, tres veces ¡¡¡loco!!!
La visión de la patria cruzó entre una nube de fuego por mi mente en ese instante, y viéndola tan bella me ruboricé de mis pensamientos y de no haber hecho hasta ahora nada grande, útil, ni bueno por ella.
Mandé ensillar un caballo, y me fuí á visitar á Caniupán.
Galopé media hora y llegué á su toldo.
Iba á echar pie á tierra, San Martín que me acompañaba, me dijo: todavía no, señor, la costumbre es otra.
Salió un indio del toldo, y haciendo callar los perros que habían sido los heraldos de nuestra aproximación dijo:
--¡Buenas tardes, hermanos!
--Buenas tardes--contestó San Martín.
--¿No quieren apearse?--añadió.
--Vamos á hacerlo--repuso San Martín.
Y dirigiéndose á mí: ahora es tiempo, señor, apéese, me dijo.
Quise avanzar y me detuvo.
El indio dijo:
--Pase adelante.
--Vamos, señor--me dijo San Martín contestando.
--Ya vamos.
Quise manear mi caballo y San Martín me dijo: todavía no.
--¿Por qué no atan los caballos?--dijo el indio.
--Vamos á hacerlo--contestó San Martín.
Y dirigiéndose á mí, me dijo: atemos, señor, los caballos y entremos.
Los atamos y entramos en el toldo.
Caniupán estaba sentado, se levantó, nos recibió con gran agasajo y nos hizo sentar.
--¿Viene á quedarse?
--No, vengo por un rato--le contesté.
San Martín me explicó la pregunta. Si hubiera dicho que sí, en el acto habrían mandado desensillar mi caballo, las chinas ó cautivas habrían hecho un lío del apero y lo habrían guardado como cosa sagrada.
Al toldo de un indio se acerca el que quiere. Pero no puede apearse del caballo, ni entrar en él sin que primero se lo ofrezcan. Una vez hecho el ofrecimiento, la hospitalidad dura una hora, un día, un mes, un año, toda la vida. Lo que entra al toldo es cuidado escrupulosamente. Nada se pierde. Sería una deshonra para la casa. Sólo de los caballos no responden. Sea conocido ó desconocido el huésped, se lo previenen, diciéndole: aquí ni lo de uno está seguro. Y es la verdad.
El indio no rehusa jamás hospitalidad al pasajero. Sea rico ó pobre, el que llame á su toldo es admitido. Si en lugar de ser ave de paso se queda en la casa, el dueño de ella no exige en cambio del techo y de los alimentos que da,--tampoco da otra cosa,--sino que en saliendo á malón le acompañen.
El toldo de Caniupán estaba perfectamente construido y aseado. Sus mujeres, sus chinas y cautivas, limpias. Cocinaron con una rapidez increíble un cordero, haciendo puchero y asado, y me dieron de comer.
El indio hizo los honores de su casa con una naturalidad y una gracia encantadoras. Me habría quedado allí de buena gana un par de días. Los cueros de carnero de los asientos y camas, las mantas y ponchos parecían recién lavados, no tenían una mancha, ni tierra ni abrojos.
Me presentó todas sus mujeres, que eran tres, sus hijos, que eran cuatro y varios parientes, excepto la suegra, que vivía con él; pero con la que según la costumbre no podía verse, porque, como me parece haberte dicho antes, los indios creen que todas las suegras tienen _gualicho_, y el modo de estar bien con ellas es no verlas ni oirlas.
Pasé un rato muy entretenido, comí un buen asado de cordero, excelente pataí de postre, bebí un trago de aguardiente, y al caer la tardecita me despedí y me volví al toldo de Baigorrita.
Á mi compadre lo encontré como lo había dejado, sentado y fumando.
Unas chinas de los alrededores me esperaban de visita. Iban á dormir conmigo, es decir, á pasar la noche cerca de mi fogón, como lo hizo Villarreal con su familia cuando me tenían detenido á la orilla de la lagunita de Calcumuleu. Es una costumbre de la tierra.
Camargo no estaba. Unos indios amigos lo habían llevado á un baile esa tarde. Se había ido con mi permiso, sin pedírmelo.
Cuando pregunté por él me dijeron que había encargado me avisaran, que con mi permiso se había ido á divertir. Era un verdadero mensaje de gaucho.
Mandé cebar mate y obsequié á mis visitas como correspondía. Eran cuatro, se habían puesto muy currutacas y las encabezaba una llamada María Jesús Rodríguez, que hablaba el castellano como yo.
Su nombre derivaba del de su madrina. No era cristiana. Se me olvidaba decir que entre los indios, el compadrazgo se establece sin necesidad de bautismo.
Pero dejemos á las visitas y vamos al fogón. El cuarterón conversa con mis ayudantes, oigo que dice que conoce á Julián Murga, y esto pica mi curiosidad.
XI
El cuarterón cuenta su historia.--Recuerdo de Julián Murga.--Los niños de hoy.--Diálogo con el cuarterón.--Insultos.--Nuestros juicios son siempre imperfectos.--Un recuerdo de la _Imitación de Cristo_.--Dudas filosóficas.--Última mirada al fogón.--El cuarterón me da lástima.--Alarma.--Caiomuta ebrio, quiere matarme.--Un reptil humano.
Me acerqué al fogón sin que me vieran, y permanecí de pie para no interrumpir al cuarterón.
Las llamas iluminaban el cuadro, destacándose en él la horrible y deforme cara del espía de Calfucurá.
Contaba su historia.
No había conocido padres. Era natural de Buenos Aires, y había sido soldado del coronel Bárcena, de repugnante y sangrienta memoria. Sus campañas eran muchas y había presenciado y sido ejecutor de inauditas crueldades.
El pronunciamiento de Urquiza contra Rosas le tomó en la Banda Oriental, militando en las filas de Oribe. De allí vino incorporado á la División de Aquino, ese tipo noble, caballeresco y valiente que sucumbió á mano de una soldadesca fanática y desenfrenada.
Estuvo en Caseros, en el sitio de Buenos Aires y en el Azul con el general Rivas. De allí desertó. Vivió errante algún tiempo haciendo fechorías, mató á uno de una puñalada en una pulpería, ganó los indios, anduvo por Patagones comerciando, en calidad de Picunche, y allí conoció al coronel Murga.
Yo me he criado con Julián, le quiero mucho; los recuerdos de nuestra infancia no se borrarán jamás de mi imaginación; en nuestro barrio, el de San Juan, había, como en todos, un caudillo, él era el nuestro. Los pulperos, los zapateros, los tenderos y las viejas nos temblaban. Éramos el azote de los negros que vendían pasteles, de los lecheros y panaderos.
Teníamos nuestro arsenal de piedras para ellos; y una colección de apodos que todavía sobreviven. Perseguíamos á muerte los gatos y los perros del vecino. Pescábamos por los fondos sus gallinas.
No dejábamos llamador en su lugar, zócalo recién pintado, pared recién blanqueada, vidrio sano que no rayáramos ó rompiéramos.
Los locos nos aborrecían, los vigilantes y los serenos preferían estar de amigos con la cuadrilla. Nos disfrazábamos y asustábamos á las viejas, prefiriendo á nuestras tías.
Los criados de todas las casas conocidas nos abominaban y las sirvientas nos toleraban. Julián prometía desde chiquito. Era audaz, inventivo, estratégico. Diablura que á él se le ocurría era siempre heroica. Una vez se le ocurrió tirarse de una azotea y lo hizo, se rompió una pierna; otra que incendiáramos una pulpería lanzando en ella un gato bañado en alquitrán y espíritu de vino al que le pegamos fuego, y armamos un alboroto de marca mayor. Teníamos la ciudad dividida en secciones. Un día le tocaba á una, otro á otra. Esta noche le robábamos á Chandery la bota que tenía de muestra y á una paragüería el paraguas, y por la mañana, Chandery anunciaba paraguas y la paragüería botas.
Aquellos compañeros auguraban ya lo que serían más adelante algunos de la infantil decuria. ¡Cuántas traiciones y debilidades no denunciaron nuestros planes! ¡Cuántas cobardías no los hicieron fracasar! ¡Hasta espías había entre nosotros pagados por el celo maternal! ¡Ah! ¡los niños, los niños! Los niños de hoy han de ser los hombres del porvenir.
Tomad nota de sus buenas y malas cualidades, de sus arranques de cólera, de sus ímpetus generosos. Porque más tarde ó más temprano, ellos serán comerciantes, sacerdotes, coroneles, generales, presidentes, dictadores. El fondo de la humanidad persiste hasta la tumba. El barro del Océano nada lo remueve.
Me allegué al fogón, saludé dando las buenas noches, se pusieron todos de pie, menos el cuarterón, me hicieron lugar y me senté.
El espía había referido su vida con una ingenuidad y un cinismo que revelaban á todas luces cuán familiarizado estaba con el crimen. Robar, matar ó morir habían sido lo mismo para él.
--¿Conque conoces al coronel Murga?--le pregunté.
--Sí, le conozco--me contestó.
Pero no cambió de postura, ni se movió siquiera. Conocía el terreno; sabía que allí éramos todos iguales, que podía ser desatento y hasta irrespetuoso.
--¿Y qué cara tiene?
Me describió la fisonomía de Julián, su estatura.
--¿Dónde le has conocido?
--En Patagones.
Me explicó á su modo dónde quedaba.
--¿Y cómo has ido á Patagones?
--Por el camino.
--¿Por qué camino?
--Por el que sale de lo de Calfucurá.
--¿Y cuántos ríos pasaste?
--Dos.
--¿Cuáles?
--El Colorado y el Negro.
--¿Sabes leer?
--No.
--¿Cómo te llamas?
--Uchaimañé (ojos grandes).
--Te pregunto tu nombre de cristiano.
--Se me ha olvidado.
--¿Se te ha olvidado?...
--Sí.
--¿Quieres irte conmigo?
--¿Para qué?
--Para no llevar la vida miserable que llevas.
--¿Me harán soldado?
No le contesté.
El prosiguió: aquí no se vive tan mal, tengo libertad, hago lo que quiero, no falta que comer.
--Eres un bandido--le dije;--me levanté, abandoné el fogón y me apresté á dormir.
La tertulia se deshizo, el cuarterón se quedó como una salamandra al lado del fuego. Los perros le rodearon lanzándose famélicos sobre los restos de la cena. Refunfuñaban, se mordían, se quitaban la presa unos á los otros.
El espía permanecía inmóvil entre ellos. Tomó un hueso disputado y se lo dió á uno de los más flacos acariciándole.
Noté aquello y me abismé en reflexiones morales sobre el carácter de la humanidad.
El hombre que no había tenido una palabra, un gesto de atención para mí, que se había mostrado hasta soberbio en medio de su desnudez, tenía un acto de generosidad y un movimiento de compasión para un hambriento y ese hambriento era un perro.
Yo le había creído peor de lo que era.
Así son todos nuestros juicios, imperfectos como nuestra propia naturaleza.
Cuando no fallan porque consideramos á los demás inferiores á nosotros mismos, fallan porque no los hemos examinado con detención. Y cuando no fallan por alguna de esas dos razones, fallan porque faltos de caridad, no tenemos presente las palabras de la _Imitación de Cristo_:
«Si tuvieses algo bueno, piensa que son mejores los otros.»
¿Quién era aquel hombre? Un desconocido. ¿Qué vida había llevado? La de un aventurero. ¿Cuál había sido su teatro, qué espectáculos había presenciado? Los campos de batalla, la matanza y el robo. ¿Qué nociones del bien y del mal tenía? Ninguna. ¿Qué instintos? ¿Era intrínsecamente malo? ¿Era susceptible de compadecerse del hambre ó de la sed de uno de sus semejantes? No es permitido dudarlo después de haberle visto, entre las tinieblas, sentado cerca del moribundo fogón, sin más testigos que sus pensamientos, apiadarse de un perro, que por su flacura y su debilidad parecía condenado á presenciar con avidez el nocturno festín de sus compañeros.
¿Sería yo mejor que ese hombre, me pregunté, si no supiera quién me había dado el ser; si no me hubieran educado, dirigido, aconsejado; si mi vida hubiera sido obscura, fugitiva; si me hubiera refugiado entre los bárbaros y hubiera adoptado sus costumbres y sus leyes y me hubiera cambiado el nombre, embruteciéndome hasta olvidar el que primitivamente tuviera?
Si jamás hubiera vivido en sociedad, aprendiendo desde que tuve uso de razón á confundir mi interés particular con el interés general, que es la base de nuestra moral, ¿sería yo mejor que ese hombre? me pregunté por segunda vez.
Si no fuera el miedo del castigo, que unas veces es la reprobación y otras los suplicios de la ley, ¿sería yo mejor que ese hombre? me pregunté por tercera vez.
No me atreví á contestarme. Nada me ha parecido más audaz que Juan Jacobo Rousseau, exclamando: «Yo, sólo yo conozco mi corazón y á los hombres. No soy como los demás que he visto, y me atrevo á decir que no me parezco á ninguno de los que existen. Si no valgo más que ellos, no soy como ellos. Si la Naturaleza ha hecho bien ó mal en romper el molde en que me fundió, no puede saberse sino leyéndome.»
Eché la última mirada al fogón.
El cuarterón atizaba el fuego maquinalmente con una mano, y con la otra acariciaba al perro flaco, que apoyado sobre las patas traseras dobladas y sujetando con las delanteras estiradas un zoquete, en el que clavaba los dientes hasta hacer crujir el hueso, miraba á derecha é izquierda con inquietud, como temiendo que le arrebataran su presa. Una llama vacilante iluminaba con cambiantes de claro-obscuro la cara patibularia. Me dió lástima y no me pareció tan fea.
Hacía fresco.
Me acerqué á él y le pregunté:
--¿No tienes frío?
--Un poco--me contestó,--mirándome con fijeza por primera vez, al mismo tiempo que le aplicaba una fuerte palmada á su protegido, que al aproximarme gruñó, mostrando los colmillos.
Una calma completa reinaba en derredor; todos dormían, oyéndose sólo la respiración cadenciosa de mi gente.
La luna rompía en ese momento un negro celaje, y eclipsando la luz de las últimas brasas del fogón, iluminaba con sus tímidos fulgores aquella escena silenciosa, en que la civilización y la barbarie se confundían, durmiendo en paz al lado del hediondo y desmantelado toldo del cacique Baigorrita, todos los que me acompañaban, oficiales, frailes y soldados.
Cuidando de no pisarle á alguno la cabeza, el cuerpo ó los pies, busqué el sitio donde habían acomodado mi montura. Estaba á la cabecera de mi cama. Saqué de ella un poncho calamaco, volví al fogón y se lo di al espía de Calfucurá, cuyos grasientos pies lamía el hambriento perro, diciéndole:
--Toma, tápate.
--Gracias--me contestó tomándolo.
Iba á sentarme para seguir interrogándolo, aprovechando la quietud que reinaba, cuando oí el galope de varios caballos y gritos de:
--¿Dónde está ese coronel Mansilla?
El espía se puso de pie. Tenía un gran cuchillo medio atravesado por delante. Le miré. Su cara revelaba curiosidad, pero no mala intención.
--¿Qué gritos son ésos?--le pregunté.
--Parecen borrachos--me contestó.
--Á ver; fíjate--le dije.
Paró la oreja, los gritos seguían aproximándose. Yo no percibía bien lo que decían. Ya no resonaba en el silencio de la noche mi nombre, sino ecos araucanos.
--¿Qué dicen?--le pregunté,--pareciéndome oir una voz conocida.
--Es Camargo--me contestó.
--¿Camargo?
--Sí, viene con unos indios borrachos, ya llegan.
En efecto, sujetaron los caballos é hicieron alto detrás del toldo de Baigorrita, presentándoseme acto continuo Camargo.
--¡Mi Coronel--me dijo,--echándome el tufo, acuéstese, acuéstese pronto!
--¿Por qué, hombre?
--¡Acuéstese, señor, acuéstese!
--¿Pero por qué?
--Caiomuta viene muy borracho.
Y esto diciendo, me tomó del brazo y me empujó hacia la enramada en que estaba mi cama.
--Acuéstese, señor--dijo el espía también.
Me acosté volando.
Caiomuta había entrado en el toldo de su hermano y le había despertado.
Hablaban con calor, en su lengua. Yo nada comprendía. Estaba tranquilo; pero receloso.
De repente un hombre tropezó en mis piernas y se cayó encima de mí.
--¡Eh!--grité.
--Dispense, señor--me dijo Camargo, reconociendo mi voz.
--¿Qué haces, hombre?
--Cállese, señor--me contestó en voz baja.
Y arrastrándose en cuatro pies, le vi acercarse al toldo de Baigorrita, quedando bastante cerca de mi cama para poder conversar sin alzar la voz.
--¡Qué indio tan pícaro!--me dijo.
--¿Qué hay?
--Le dice á Baigorrita, que lo quiere matar á usted.
--¿Y mi compadre qué dice?
--Le ha dado una trompada y le ha dicho que se atreva.
En ese momento, Baigorrita gritó: ¡San Martín!
Camargo se reía, apretándose la barriga y me decía:
--¡Ah! ¡indio malo! no se puede levantar de la trompada que le ha dado el hermano.
Toma, por pícaro. ¿Sabe, señor, que me han robado los estribos? ¡Ladrones! les he tirado todo y me he venido en pelo, ni las riendas he traído, le he echado al pingo un medio bozal.
--¡San Martín! ¡San Martín!--gritaba Baigorrita.
Vino San Martín, entró en el toldo y mi compadre habló con él, repitiendo mi nombre varias veces.