Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2
Part 5
Parecía un indio.
¿Quién era?
VII
Qué es la vida.--Reflexiones.--Los perros de los indios.--Recuerdos que deben tener de mi magnificencia.--Un intérprete.--Cambio de _razones_.--_Sans façon._--_Yapaí_ y _yapaí_.--Detalles.--En Santiago y Córdoba los pobres hacen lo mismo que los indios.--Fingimiento.--Otra vez la cara patibularia.--Averiguaciones.--Una navaja de barba mal empleada.
La vida se pasa sin sentir.
Como dice la sentencia árabe, no es más que el camino de la muerte.
Cuando menos lo esperamos, nos sorprende el invierno y recién como la cigarra imprevisora, nos apercibimos de que hemos pasado el verano cantando, sin pensar en nada.
Nuestros cabellos, con los que jugueteaba ebúrnea y afilada mano se han puesto canos. Nadie los toca ya.
Nuestros ojos han perdido su brillo magnético. Nadie los mira.
Nuestra tez tersa y sonrosada, se ha vuelto amarillento y seco pergamino. Nadie repara en ella.
En el corazón apenas arde una llama moribunda semejante al pálido resplandor de una lámpara sepulcral. Pero ¡ay! ¿Quién se inflama en el tibio calor suyo?
De esperanza en esperanza, de ilusión en ilusión, de desengaño en desengaño, de decepción en decepción, de caída en caída, de percance en percance, de desvarío en desvarío, rodamos fatalmente y llegamos al borde de la tumba, cayendo en su misteriosa obscuridad para cesar de sufrir, ó sufrir más.
Hemos aspirado, no hemos hecho nada por nosotros ni por la humanidad, y hemos consumido una existencia robusta, exuberante, con cuya savia se han alimentado quién sabe cuántos parásitos afortunados, exclamando mil veces: _En vain, hélas! en vain!_
Y por todo consuelo, nos contentamos con darle al mundo y á sus pompas vanas un adiós irónico, escribiendo en forma de epigrama póstumo un epitafio:
_Ci-gît Piron, qui ne fut rien Pas même académicien._
Si la vida se pasa así, de cualquier modo, con más razón se pasa cualquier noche.
La primera que dormí en Quenque, al raso, cerca del toldo de mi compadre Baigorrita, pertenece á ese género. Creo que ni recuerdos tuve.
De ella sólo puedo decir que dormí.
Mi fatigado cuerpo no sintió ni el aire de la noche, ni la dureza del suelo, ni la famélica inquietud de los perros, que devoraban los rezagos y huesos de nuestro fogón, haciendo crujir sus afilados dientes, hasta romperlos y chupar el escondido tuétano.
Los indios no les dan de comer á sus perros, y, sin embargo, tienen muchos; en cada toldo tienen una jauría.
Los pobres viven de los bichos del campo que cazan, ó como los avestruces, pescando moscas al vuelo.
El hambre les hace adquirir una destreza increíble. Mosca que zumba por sus narices va á parar á su estómago.
Los tratan con la mayor dureza; el que no está lleno de chichones tiene alguna cicatriz agusanada.
Es lo que sacan cuando se acercan á algún fogón ó cuando al carnear una res se arriman tímidamente á ella para chupar siquiera la sangre que riega el suelo.
Las chinas son las que tienen alguna compasión de ellos. Son sus compañeros inseparables. Van al monte y al agua con ellas; con ellas recogen el ganado; y al lado de ellas duermen.
Á los indios no los siguen jamás.
En mi fogón se dieron una panzada que debe haber hecho época entre ellos.
En esta hora deben estar cantando con himnos caninos, y en el mismo bronco lenguaje con que ladran á la luna, por no decir adoran, la generosidad y espléndida magnificencia de unas gentes extrañas, que anduvieron por allí, con caras desconocidas, vistiendo trajes que no habían visto jamás y hablando un idioma ininteligible, aunque agradable á su oído.
Amaneció.
Nos dimos los buenos días con los franciscanos, nos levantamos, tomamos mate y nos preparamos para recibir visitas que no tardaron en llegar.
Mi compadre Baigorrita se había bañado muy temprano, y descalzo y con los calzoncillos arrollados sobre la rodilla y las mangas de la camisa arremangadas, atusaba un caballo que estaba en el palenque.
Me acerqué á él, le saludé, y sin interrumpir su faena me contestó con una sonrisa afable, haciéndome decir con Juan de Dios San Martín que andaba por ahí: «Que estuviera á gusto, que aquella era mi casa».
Le contesté dándole las gracias.
Y, pegando el último tijeretazo, me invitó á pasar á su toldo.
Acepté, y entramos en él.
Tres fogones ardían.
Alrededor de ellos las chinas y las cautivas preparaban el almuerzo, que consistía en puchero y asado.
Nos sentamos quedando mi compadre enfrente de mí.
Empezaron á entrar visitas, se colocaron en dos filas y la charla no se hizo esperar.
Eran todas personas de importancia.
No siendo Juan de Dios San Martín bastante buen lenguaraz, mandaron llamar otro cristiano, hombre de la entera confianza de Baigorrita.
Era necesario que todos los circunstantes se enterasen perfectamente bien de mis _razones_.
Vino Juancito, que así se llamaba el perito, y se colocó entre mi compadre y yo, dando la espalda á la entrada del toldo.
Era un zambo motoso, de siete pies de alto, gordo como un pavo cebado.
Su traje consistía en un simple chiripá de jerga pampa.
En su fisonomía estaban grabados con caracteres inequívocos los instintos animales más groseros. Todas sus facciones eran deformes, y á la manera de los indios, se había arrancado con pinzas los pelos de la cara, pintado los pómulos y los labios. Su mirada era chispeante, pero no revelaba ferocidad.
Le dije mis primeras _razones_, intentó traducirlas. No pudo, sus oídos no habían jamás escuchado un lenguaje tan culto como el mío. Y eso que yo me esforzaba siempre en expresarme con toda sencillez. No entendía jota.
Al transmitirle á mi compadre Baigorrita mis razones, Camargo y Juan de Dios San Martín, le decían:
--El Coronel no ha dicho eso.
Las visitas, impacientadas, gruñían contra el zambo. Él, avergonzado y turbado de su imbecilidad, sudaba la gota gorda. Su cara y su pelo traspiraban como si estuviera en un baño ruso, despidiendo un olor grasiento peculiar que volteaba.
Cuando su confusión llegó hasta el punto de sellarle los labios, cayó en una especie de furor concentrado. Levantóse de improviso, y diciendo: «Me voy, ya no sirvo», se marchó.
Nadie hizo la menor observación.
La conversación continuó, haciendo de intérpretes los otros lenguaraces.
Las mujeres de mi compadre, las chinas y cautivas se pusieron en movimiento, y el almuerzo vino.
Á cada cual le tocó, lo mismo que en el toldo de Mariano Rosas, un enorme plato de madera con carne cocida, caldo, zapallos y choclos.
Yo, ya estaba en mi centro.
Comí _sans façón_.
Tomaba las posturas que me cuadraban mejor, y calculando que lo que iba á hacer produciría buen efecto en el dueño de la casa y en los convidados, me quité las botas y las medias, saqué el puñal que llevaba á la cintura y me puse á cortar las uñas de los pies, ni más ni menos que si hubiera estado solo en mi cuarto, haciendo la policía matutina.
Mi compadre y los convidados estaban encantados. Aquel coronel cristiano parecía un indio. ¿Qué más podían ellos desear? Yo iba á ellos. Me les asimilaba. Era la conquista de la barbarie sobre la civilización. El _Lucius Victorius, imperator_, del sueño que tuve en Leubucó la noche en que Mariano Rosas me hizo beber un cuerno de aguardiente, estaba allí transfigurado.
Cuando acabé la operación de cortarme las uñas de los pies, me limpié las de las manos, y para completar la comedia me escarbé los dientes con el puñal.
Trajeron el asado, agua y trapos. En lugar de hacer uso del cuchillo de la casa, hice uso del mío.
El indio del día antes, se presentó á la sazón con mis guantes, se me sentó al lado y le dió por jugar con mi pera, insistiendo en que la había de trenzar, porque era linda, según él decía. Le dejé hacer su gusto.
Terminado el almuerzo, trajeron unas cuantas botellas de aguardiente y entre _yapaí_ y _yapaí_ las apuramos.
Mi ahijado, á quien el día antes había acariciado, se acercó á mí. Le hice un cariño. Una cautiva le habló en la lengua, y el chiquilín juntó las manos, y todo ruborizado me dijo: «bendición».
--«Dios te haga un buen cristiano, ahijado»--le contesté; y echándole los brazos le senté en mis piernas.
El chiquilín se quedó como en misa, saqué el reloj y se lo puse al oído para que oyera el tic-tac de la rueda: siguió inmóvil. Guardé el reloj, y viendo que por sobre su cabecita caminaban ciertos animalitos de mil pies, me puse á expulgarlo.
Comprendo, Santiago amigo, que estos detalles son poco filosóficos é instructivos; pero, hijo mío, ya que no puedo cantar las glorias de mi espada, permíteme describirte sin rodeos cuanto hice y vi entre los Ranqueles.
El pulcro y respetable público tendrá la bondad de ser indulgente, á no ser que prefiera, lo que no suele ser raro, la mentira á la verdad.
_Rien n'est beau que le vrai._
Tomo el dicho por los cabellos y continúo.
Mi ahijado estaba acostumbrado á la operación.
Los indios se la hacen unos á otros, al rayar el sol, con un apéndice que dejo á tu perspicacia adivinar.
De gustos no hay nada escrito.
Una ostra cruda es para algunos el bocado más sabroso. Vitelio se comía, para abrir el apetito, cuarenta docenas de una sentada.
Algunos buscan el queso hediondo, y prefieren _el que camina_.
Mientras tanto, otros no pueden pasar ni lo uno ni lo otro.
No nos admiremos de las costumbres de los indios.
He de repetir hasta el cansancio, que nuestra civilización no tiene el derecho de ser tan orgullosa.
En Santiago del Estero, donde lengua y costumbres tienen un sabor primitivo, los pobres hacen lo mismo que los indios.
El que quiera verlo, no tiene más que tomar la mensajería del Norte y dar un paseo por aquella provincia argentina.
Y en la sierra de Córdoba hacen igual cosa. Está más cerca y la excursión sería más pintoresca.
Mi ahijado se quedó dormido.
Le acomodé la cabecita sobre uno de mis muslos y le dejé quieto.
Las visitas se fueron retirando.
Algunas se echaron, quedándose dormidas.
Yo, siguiendo mi plan de _hacerme interesante_, las imité. ¡Qué había de dormir! Era imposible. Cuerpos extraños al mío, me tenían en una agitación indescriptible.
Me quedé no obstante en el toldo haciendo que dormía.
Ronqué.
Mi compadre impuso silencio. Debía mirarme con placer.
De repente llamé con voz trémula y débil á Rufino Pereyra.
No contestó; no podía oírme. Lo calculaba.
Entonces, fingiendo un enojo terrible, me incorporé súbito y grité con todas mis fuerzas:
--¡Rufino! ¡Rufino!
Rufino contestó de lejos:
--Voy, señor; y entró volando en el toldo.
--¿Por qué no venías?
--No había oído.
Le apostrofé.
Mi compadre fumaba tranquilamente su pipa, rodeado de sus tres hijos menores dormidos.
Me miró como diciendo para sus adentros: Este hombre, es un hombre.
Mis contrastes le seducían. La dulzura, la aspereza, la calma y la irascibilidad hablan muy alto á la imaginación de un salvaje.
--Tráeme mi navaja de barba--le dije á Rufino.
Salió.
--Compadre--continué, dirigiéndome á mi huésped,--le voy á hacer un regalo; veo que usted se afeita.
No contestó, porque no entendía. Los lenguaraces se habían retirado. Llamó á Juan de Dios San Martín. Entró éste y junto con él Rufino, trayendo la navaja y el asentador, que tenía cuatro faces, una con piedra.
Tomélo, y haciéndole ver á mi compadre cómo se asentaba la navaja, le di ambas cosas.
Las tomó, y viendo primero si se adaptaban al bolsillo de su tirador, las colocó en seguida en él.
Salí del toldo. Me mudé la ropa, después que Carmen me ayudó á eliminar los intrusos que se habían guarecido en mis cabellos; di un paseo porque tenía necesidad de respirar el aire libre y puro del campo, haciendo fuego con el revólver sobre algunos caranchos y teruteros; y al rato volví al fogón para acabar de disipar con café los efectos del aguardiente.
De regreso de la caminata, pasé por detrás del toldo de mi compadre y volví á ver la _cara patibularia_ del día antes, apoyada con aire sombrío en la costanera del ranchito que servía de cocina, y que sobresalía media vara.
Junto con ella estaba otra juvenil, de aspecto extraño y marcadamente de cristiano.
La curiosidad me acercó á ellos.
Les dirigí la palabra, callaron.
--¿No entienden?--les dije, con cierta acritud.--Me contestaron en lengua de indio.
Comprendí que no querían hablar conmigo.
El hecho acabó de despertar mi curiosidad.
No pude decir por qué, pero lo cierto es que la primera cara me alarmaba.
Seguí mi camino con el intento de averiguar quiénes eran aquellos desconocidos.
Entré en el toldo de mi compadre.
Estaba solo con sus hijos, en la misma postura en que le había dejado hacía un rato, y picaba tabaco.
¿Con qué?
Nada menos que con la navaja de barba que le acababa de regalar.
El asentador le servía de punto de apoyo.
--Bien empleado me está--dije para mi coleto,--por haber gastado pólvora en chimangos.
Mi compadre se sonrió complacido y con una cara como unas pascuas, y mirándose en la superficie tersa y lustrosa de la navaja, me dijo:
--Lindo.
--Es verdad--le contesté, murmurando:--no te degollarás con ella; y agregando al mismo tiempo que hacía el ademán de afeitarme: mejor es para esto.
Me entendió, y repuso:
--Cuchillo.
Quería decirme que el cuchillo era más aparente para afeitarse.
Llamó á Juan de Dios San Martín.
Mientras éste venía, salí del toldo para contarles á mis ayudantes y á los franciscanos qué suerte había corrido la navaja de Rodgers.
VIII
Dos desconocidos.--El cuarterón.--El mayor Colchao y su hijo.--Una cautiva explica quién era Colchao y refiere su historia.--Provocaciones de Caiomuta.--_Gualicho_ redondo.--Contradicciones del cuarterón.--Juan de Dios San Martín.--Dudas sobre la fidelidad conyugal.--Picando tabaco.--Retrato de Baigorrita.--Un espía de Calfucurá.
En el fogón no había nadie.
Todos estaban detrás de la cocina, porque en ese sitio no daba el sol.
Buscaba á quien contarle el uso que mi compadre hacía de mi rica navaja de barba.
Fuí pues, en busca de mis compañeros de peregrinación.
Hablaban con los dos desconocidos.
Les llamé aparte, hicieron una rueda, dejándome dentro, y les conté el caso, riéndome á carcajadas.
Unos cuantos, ¡qué bárbaro! se oyeron al mismo tiempo.
Después de un instante de hilaridad, pregunté, ¿qué hombres son ésos con quienes hablaban ustedes?
--No sabemos--contestaron unos.
--Tratábamos de averiguarlo--dijeron los franciscanos.
--Vamos á ver--repuse.
Me dirigí á ellos. Todos me siguieron.
--¿Cómo te llamas?--le pregunté al primero que había visto.
Era un cuarterón tostado por el sol, como de cuarenta años.
Tenía una cara que daba miedo, grandes ojos negros, redondos, sin brillo, nariz aplastada, por cuyas ventanas salían algunos pelos, boca grande, en la que vagaba una sonrisa sardónica, dejando entrever dos filas de dientes enormes, separados, como los del cocodrilo, todo ello encerrado dentro de un óvalo que empezaba con una frente estrecha, erizada de cabellos duros y parados como las espinas del puerco espín, y terminaba con una barba aguda ligeramente retorcida para arriba.
Estaba gordo y no tenía una sola arruga en el cutis. Llevaba un aro de oro en la oreja izquierda, y la barba y el bigote se las había arrancado con pinzas, á lo indio, de manera que en los poros irritados, se había infiltrado el polvo más tenue, dándole con la transpiración á su antipática facha, el mismo aspecto que hubiera tenido si la hubiesen escarificado con finísimas agujas y tinta china.
Vestía ropa andrajosa. No llevaba calzado, y en sus pies encallecidos resaltaban unas grandes uñas incrustadas como conchas fósiles en calcárea roca.
No me contestó. Pero fijó su mirada vaga en mí.
Volví á interrogarle.
Siguió callado, bajó la vista, la fijó en tierra, é hizo un ademán con los hombros, hundiendo el pescuezo en ellos, como quien dice: no sé, ¿qué le importa á usted?
--Tú has de ser algún bellaco--le dije.
No contestó.
Entonces, dirigiéndome al más joven:
--¿Y tú quién eres?--le pregunté.
Parecía un cuadrumano. Era un mono vestido de gaucho. También estaba afeitado á lo indio, y su ropa era nueva y de buena calidad. Tendría dieciocho años.
--Soy hijo del mayor Colchao--me contestó.
--¿Hijo del mayor Colchao?--repuse, con extrañeza.
Una cautiva que se había llegado á nosotros, me dijo:
--Es mi marido.
--¿Tu marido?
--Sí, señor.
--¿Cómo es eso?
--El cacique me ha casado con él.
Me refirió entonces, que era de San Luis, que durante algún tiempo había vivido con un indio muy malo. Que éste había muerto á consecuencia de heridas recibidas en la última invasión que llevaron los Ranqueles al Río 5.º cuando los derroté en los Pozos Covados, cerca de Santa Catalina; y que no habiendo dejado herederos, Baigorrita la había recogido y se la había dado al mayor Colchao, montonero de la gente del Chacho, refugiado en Tierra Adentro. Agregó que Colchao era muy bueno y que ahora era feliz.
--Vea, señor--me decía,--cómo me castigaba el indio. Y mostraba los brazos y el seno cubiertos de moretones empedernidos y de cicatrices. Así, añadía con mezclada expresión de candor y crueldad, yo rogaba á Dios que el indio echara por la herida cuanto comiese. Porque tenía un balazo en el pescuezo y por ahí se le salía todo, envuelto con el humor y...
Me dió asco aquella desdichada, cuyos ojos eran hermosísimos. Tenía una lubricidad incitante en la fisonomía. Era esbelta y graciosa.
Á fin de que no continuara el repugnante relato de las agonías de su opresor, y queriendo saber quién era ese mayor Colchao, la interrumpí, preguntándole:
--¿Y quién es Colchao?
--Ese hombre que habrá visto, señor, aquí, el que traía enlazada la res que le carneamos.
Yo lo había tomado por un indio.
Era un hombre insignificante. Mi compadre tenía mucha confianza en él. Hacía de capataz suyo.
--¿Y este muchacho, dices que es hijo de Colchao?--volví á preguntarle.
--Sí, señor--repitió.
--Y, ¿dónde vives tú?--le preguntó á aquél.
--En la toldería del capitanejo Estanislao.
--¿Cerca de aquí?
--No, señor.
--¿Qué distancia hay?
--Un día de camino (son treinta leguas en lenguaje convencional de los indios).
--¿Y á ese hombre le conoces?--le pregunté, señalándole al cuarterón.
--Sí, señor.
--¿Desde cuándo?
--Hace tres días.
--¿Tres días no más?
--Sí señor.
--¿Cómo así?
--Lo he conocido en el campo, viniendo para acá.
--¿De dónde venías?
--Del toldo de Estanislao.
--¿En qué rumbo queda?
--Aquí (señalando al Sudoeste).
--¿En qué venía?
--Á caballo.
--¿Con cuántos caballos?
--En el montado.
--¿Y de dónde venía?
--De lo de Calfucurá.
--¿Qué, por ahí va el camino?
--Por ahí.
--¿Y cuántos días de camino hay del toldo de Estanislao al de Calfucurá?
--Dos días y medio.
--¿Y habla castellano ese hombre?
--Sí, señor.
Aquí interrumpí el diálogo con el hijo de Colchao, y dirigiéndome al otro, le dije:
--¿Conque te estabas haciendo el zonzo?
No contestó.
--Habla, imbécil--le dije.
--Tengo vergüenza--me contestó.
--Has de ser algún bandido--repuse, y dándole las espaldas, les dije en voz baja á mis ayudantes:--averígüenle la vida.
Iba á retirarme, pero se me ocurrió una pregunta esencial. Se la hice.
--¿De dónde eres?
--De Patagones.
--¡Ah!--dijo mi ayudante Rodríguez,--á mí me has dicho hace un rato que chileno.
--Y á mí, no recuerdo quién, que de Bahía Blanca.
--Sí, ha de ser algún pícaro--les contesté.
Y esto diciendo me dirigí al toldo de mi compadre.
Estaba como le había dejado, en la misma postura, seguía picando tabaco con la navaja y hablaba con Juan de Dios San Martín.
Me senté, y le hice preguntar por el lenguaraz quién era el desconocido.
Me contestó que no sabía, que lo había visto; pero que había creído que era de mi gente.
Juan de Dios San Martín dijo que él no había reparado en semejante hombre.
Le observé á mi compadre que cómo había podido tomar por hombre mío un rotoso como ése.
Se encogió de hombros, y le ordenó á San Martín que averiguase quién era, de dónde venía, qué quería.
San Martín salió.
Yo me eché en el suelo, como en un mullido sofá.
Mi compadre siguió imperturbable picando su tabaco.
Estuvimos en silencio, mientras San Martín indagó lo que queríamos saber.
Juan de Dios San Martín era el lenguaraz de mi compadre, su secretario, su amigo, sirviente y confidente. Varias veces como representante suyo estuvo en el Río 4.º.
Es un _roto_ chileno, vivo como un rayo, taimado y melifluo; que sabe tirar y aflojar cuando conviene. Tiene treinta años y sabe leer y escribir perfectamente bien. Tenía varios libros, entre ellos un tratado de geografía.
Como su cara hay muchas. No tiene nada de notable. Es blanco y de sangre pura. Según él, está entre los indios para rescatar algunos parientes mendocinos. Será ó no verdad. Yo sólo sé que estando en el Río 4.º entre varias cautivas, que me mandó Mariano Rosas, que entregué al padre Burela, venía una de unos diecisiete años, que se decía prima suya y que le estaba muy agradecida.
Pretendía también San Martín estar muy enamorado de una chiquilla de catorce años, _que había sido ya_ querida de mi compadre, quien se la había vendido. Y decía que saldría de los indios cuando se le acabara de pagar. La chiquilla andaba por allí, era bonita y muy inocentona al parecer. Lo mismo que estaba con San Martín hubiera estado con otro. Era mendocina y vestía exactamente como una india. Su donosura contrastaba en extremo con su desaseo. Reía y jugaba con todos mis ayudantes con infantil desenfado, y _su dueño_ no se curaba de ello. El derecho de vida ó muerte que tenía sobre la pobre le inspiraba sin duda esa confianza. La institución es bárbara, nadie lo pondrá en duda. Pero hay que reconocer que entre los indios no _se mata_ por celos. Algo más; hay que reconocer que los casos de infidelidad son rarísimos allí.
Mientras llega San Martín con las noticias que ha ido á traer, se me ocurre preguntar:
La virtud de la fidelidad conyugal, que no puede ser convencional sino que debe tener por base un sentimiento, el amor, ¿dónde está más segura, entre los ranqueles ó entre los cristianos?
Me guardo bien de contestar.
Prefiero esperar á San Martín, llamando tu atención, Santiago amigo, sobre los tipos que se refugian entre los indios. Calcula si ellos conocerán bien á los cristianos, sus ideas, sus tendencias, sus proyectos futuros, teniendo á su lado secretarios lenguaraces, amigos íntimos por el estilo del que te acabo de bosquejar.
Aquel mundo es realmente digno de estudio. Lo tenemos encima, golpeando diariamente nuestras puertas, como los enemigos de Roma, en sus horas aciagas, ¿y qué sabemos de él?
Que nos roban.
Es bastante; pero no es una noticia nueva para el país. Tanto valiera decirle: hay guerra civil en Entre Ríos. La conciencia pública lo sabe, no lo ve, pero lo siente. Ella pregunta otra cosa. ¿Cuál es el remedio que costando menos sangre puede conciliar el _hecho con el derecho_? ¿Y por qué pregunta eso? Porque mientras para todo le presentéis el filo de una espada, la clemencia humana estará en su derecho de exclamar _¡fratricidas!_
San Martín volvió, diciendo que el desconocido venía de las tolderías de Calfucurá.
Mi compadre no manifestó extrañeza alguna.
--¿Y cómo es--le pregunté,--que ustedes no se fijan en los que vienen y están una porción de días comiendo en sus casas?
--Aquí viene el que quiere, compadre--me contestó.
--¿Y si vienen á espiar?
--¿Y qué van á espiar?
--Pero lo que ustedes hacen.
--Nosotros hacemos toda la vida lo mismo.
Le hice una seña á San Martín, salí del toldo y me siguió.
Mi compadre continuó picando su tabaco, le quedaba aún un rollo tucumano.
San Martín me había servido con lealtad en otras ocasiones. Le encargué que tomara más informes sobre el desconocido, y se marchó.
Al separarse de mí, el padre Marcos vino á decirme que aquél me pedía una camisa y unos calzoncillos, hierba, tabaco y papel.
Todo se me había concluido. Pero donde hay soldados no faltan jamás corazones desprendidos y generosos.