Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2
Part 16
El agua disminuía y el viento soplaba con fuerza de nuevo. El cielo se despejaba, las nubes se rarificaban, el rayo y el trueno se alejaban, refrescaba, y un aire más puro y balsámico, dilatando los pulmones, anunciaba la bonanza.
Cesó la lluvia, se serenó el cielo, brillaron las estrellas, la luna asomó su rostro bello y el eco del que gritaba se oyó perceptiblemente.
--Es un cristiano--dijo Camilo.
--Contéstenle.
--¡Aaaaah!--hicieron varios á un tiempo.
--Yo...--pareció oirse otra vez.
No había duda, era un cristiano extraviado en el bosque, quién sabe desde cuándo, que oía el cencerro de las madrinas y desesperado pedía ayuda.
--¿Quién es?--gritaron unos.
--Por acá, otros.
Y en eso estábamos, sin poder percibir más que el eco de las últimas sílabas de lo que nos contestaban.
--Ha de ser algún cautivo que se ha escapado, y como oye cencerro, calcula que somos nosotros--dijo el capitán Rivadavia.
--Es verdad que ellos no usan cencerro, le contesté, pareciéndome justísima su conjetura.
Los gritos misteriosos no resonaban ya.
Mandé silbar; lo hicieron varios á una.
No contestaron.
Estábamos con el oído atento, cuando los resplandores de una llamarada brillaron de improviso, iluminando el cuadro que formábamos alrededor de un espinillo formidable y coposo.
El ingenioso Camilo, á fuerza de sebo y de paja, de soplar y soplar, había conseguido hacer fuego en la horquilla que formaba la extremidad del tronco de un carcomido chañar, medio carbonizado.
La luz debía verse de bastante lejos á pesar de los árboles.
Varios á un tiempo gritaron:
--¡Aaaaah!
Una voz contestó algo que no se pudo comprender bien. Continuamos telegrafiando de esa manera; el improvisado fanal ardía y los ecos de mi gente se perdían por la selva.
De repente se oyó una voz que á varios nos pareció conocida.
--Es el doctor Macías--dijo Camilo.
Efectivamente era su voz, ú otra tan parecida á la suya, que se confundían.
--¡Pronto! ¡pronto! salgan unos cuantos y hagan señas, ordené, previniendo no perdieran de vista el fuego.
La voz seguía oyéndose.
--Es el doctor, señor, volvió á afirmar Camilo, añadiendo: y viene con el caballo muy pesado.
--¿Y en qué le conoces, hombre?
--Si se oyen ya hasta los rebencazos que le da; oiga, señor, oiga.
Mi oído no era de tísico como el suyo.
--¡Macías! ¡Macías!--grité.
--¡Lucio! ¡Lucio!--me contestaron.
Era él.
--¡Por acá! ¡por acá!--gritaban los hombres que acababa de destacar.
Macías se presentó, como nosotros, hecho una sopa.
--¿Y qué es esto?--le pregunté.
--Me quedé atrás por despedirme de algunos conocidos; cuando salí de Leubucó, ustedes iban como á una legua, se divisaba muy bien el polvo, y no quise apurar mi caballo; subía yo al último médano, y ustedes llegaban á la orilla del monte; calculé mal el tiempo, obscureció y me perdí.
--¿Y de qué conocidos tenías que despedirte?
--De algunos indios que más de una vez me dieron de comer.
--¿Y de Mariano Rosas también te despediste?
--Por supuesto, no me ha tratado tan mal.
El esclavo no conoce su condición, sino cuando respira la atmósfera de la libertad, pensé y me dispuse á seguir la marcha.
En Carrilobo me esperaban con una cena en el toldo de Villarreal.
--Señor--me dijo Camilo,--el caballo del doctor está _pesadón_.
--Que lo muden.
Un instante después caminábamos.
Salimos del bosque y entramos en un campo quebrado y pastoso. Las martinetas se alzaban á cada paso espantando los caballos con el zumbido de su vuelo inopinado y rápido.
El cielo estaba limpio y sereno, la luna y las estrellas brillaban como luces de diamantes; de la borrasca no quedaban más indicios que unos nubarrones lejanos.
Lo mismo que luciérnagas en negra noche se divisaron unos fuegos.
Á esa hora y en desierto, era sumamente extraño.
El gaucho argentino tiene la inspiración de todos los fenómenos del campo.
De noche y de día es su talento.
--Esos fuegos han de ser en un toldo; los vemos por la puerta ó por alguna rotura de las paredes--dijo Camilo.
--¿Y en qué lo conoces?--le pregunté.
--En que la llama no se mueve porque no tiene viento.
Así conversábamos cuando nuestros caballos se detuvieron de improviso.
Habíamos llegado al borde de una zanja.
Observamos atentamente el terreno, teníamos al frente un gran sembrado de maíz.
--Aquí es el toldo de Villarreal--dijo el capitán Rivadavia.
--Se oyen ladridos de perros--dijeron otros.
Costeamos la zanja en la dirección que indicó el capitán Rivadavia y dimos con otro sembrado de zapallos y sandías; nos costó hallar la rastrillada que conducía al toldo; pero guiados por los ladridos de los perros y por los fuegos, saliendo de un sembrado y entrando en otro, la hallamos al fin.
Llegamos al toldo.
Villarreal, su mujer y su hermana nos esperaban.
Eran las diez y media.
Nos recibieron con el mayor cariño.
Yo no quería detenerme por lo avanzado de la hora.
Me instaron mucho y tuve que ceder.
Entramos en el toldo, que era grande y cómodo, de techo y paredes pintarrajeadas.
Ardían en él tres grandes fogones.
--Señor--me dijo la mujer de Villarreal,--lo hemos esperado hasta hace un momento con unos corderos asados, pero viendo que era tan tarde y que no llegaba, creíamos que ya no sería hasta mañana y acaban de comérselos los muchachos, que _ahora se están divirtiendo_; no han quedado más que los fiambres y la mazamorra, ¡siéntense! ¡siéntense! estén ustedes como en su casa.
Nos sentamos alrededor de uno de los fogones, y mientras nos secábamos y comíamos, mandé mudar caballos.
Yo no tenía hambre, en cambio Lemlenyi, Rodríguez, Rivadavia, Ozarowski y los franciscanos parecían animados de un entusiasmo gastronómico.
Trajeron unas cuantas gallinas cocidas y una hermosa olla de mazamorra muy bien preparada, tortas hechas al rescoldo y zapallo asado.
En un extremo del toldo se oía el ruido de la chusma ebria; casi todos los nichos estaban vacíos; en el que estaba detrás de mí dormía una vieja.
Tenía la cabeza apoyada en un brazo arrugado y flaco como el de un esqueleto y descubría un seno cartilaginoso que daba asco.
La cena empezó.
La mujer de Villarreal, viendo que yo no comía, me hizo una seña, se levantó y salió.
Salí tras de ella, y una vez afuera me dijo, con aire confidencial y brillándole los ojos como sólo le brillan á las mujeres cuando un pensamiento picaresco cruza por su imaginación.
--Carmen lo espera.
--¿Y dónde está mi comadre?
--Allí.
Me indicaba un toldo vecino.
Llamé á un soldado para que me acompañara; lo confieso, tenía miedo de los perros; y mientras mis compañeros llenaban el precioso hueco del estómago fuí á hacer la visita prometida.
El hombre debe tener palabra con las mujeres, aunque ellas suelen ser tan pérfidas y tan malas; las cosas han de tener algún fin.
XXVII
Con quién vivía mi comadre Carmen.--Una despedida igual á todas.--Yo habría hecho igual á todas las mujeres.--Grupo asqueroso.--¡Adiós!--Una faja pampa.--Arrepentimiento.--Trepando un médano.--Desparramo.--Perdidos.--El Brasil puede alguna vez salvar á los Argentinos.--Llegamos al toldo de Ramón.
Mi comadre Carmen vivía con su madre, su hija y un individuo viejo, entre gallinas y perros.
Me esperaba, los demás dormían.
Conversamos de lo que nos interesaba y á la media hora nos separamos para siempre, quizá.
Yo había cumplido mi promesa de visitarla antes de salir de Tierra Adentro, ella la suya, comunicándome ciertas intrigas contra mí, que por una casualidad había descubierto.
Nuestra despedida fué como todas las despedidas, triste.
Me dirigí al toldo de Villarreal, pensando en lo que es la mujer.
Me acordaba de lo que me habían hecho gozar y exclamaba interiormente: son adorables.
Me acordaba de lo que me habían hecho sufrir y exclamaba: son infames.
Estudiándolas y analizándolas, las hallaba físicamente perfectas; espiritualmente me parecían monstruosas.
¡Qué cabellos, qué ojos, qué boca, qué tez, qué gentileza tienen algunas!
Son hermosas como Niobe, dignas del amor de un dios olímpico.
Cualquier mortal daría cien vidas por ellas si cien vidas tuviera.
Y muriendo, todavía encontraría dulce la muerte después de tan supremo bien.
¡Pero qué corazón tienen!
Son inconmovibles como las rocas, frías como el hielo, volubles como el viento, olvidadizas como la mentira.
¡Qué feas, qué desairadas son otras!
Nadie repara en ellas.
Pero acercaos á su lado, oídlas, tratadlas.
¡Qué alma tienen!
Son buenas como la caridad, dulces como los querubines, puras como las auras del Elíseo.
Se puede vivir al lado de ellas y amar la vida.
¡Ah! ellas nos hacen comprender que hay una belleza cuyos encantos el tiempo no destruye, la belleza moral.
¿Por qué han de ser tan lindas y tan malas: por qué tanta donosura, al lado de tanta perfidia á veces?
¿Por qué esos rostros angélicos y esos corazones satánicos?
¿Por qué han de ser tan repelentes y tan buenas; por qué tanta seducción oculta, al lado de tanta exterioridad desagradable?
¿Por qué esas caras defectuosas y esos corazones que son un dechado?
¿Por qué ha hecho Dios cosas tan contradictorias, como una mujer adorable y mala?
Si su poder es tan grande, ¿por qué lo que más amamos ha de ser, como esas flores venenosas de ricos matices, susceptibles de fascinarnos con su mirada y de intoxicarnos con su aliento maldito?
¡Qué! ¿no bastaba que hubiera hombres malos?
¿Para completar el infierno de este mundo, había acaso necesidad de que las mujeres fueran demonios?
Yo habría hecho iguales á todas las mujeres.
¿Las rosas no exhalan todas el mismo suavísimo perfume?
Las cosas bellas, deberían serlo en todo y por todo.
Soliloqueando así iba yo, cuando un murmullo humano, parecido á un gruñido de perros, llamó mi atención.
Me detuve, estaba á dos pasos del toldo de Villarreal; puse el oído, oí hablar confusamente en araucano; miré en esa dirección y vi el espectáculo más repugnante.
Un candil de grasa de potro, hecho en un hoyo, ardía en el suelo; un tufo rojizo era toda la luz que despedía.
Bajo la enramada del toldo, la chusma viciosa y corrompida saboreaba, con irritante desenfreno, los restos aguardentosos de una saturnal que había empezado al amanecer.
Hombres y mujeres, jóvenes y viejas, todos estaban mezclados y revueltos unos con otros; desgreñados los cerdudos cabellos, rotas las sucias camisas, sueltos los grasientos pilquenes; medio vestidos los unos, desnudos los otros; sin pudor las hembras, sin vergüenza los machos; echando blanca babaza éstos, vomitando aquéllas; sucias y pintadas las caras, chispeantes de lubricidad los ojos de los que aun no habían perdido el conocimiento, lánguida la mirada de los que el mareo iba postrando ya; hediendo, gruñendo, vociferando, maldiciendo, riendo, llorando, acostados unos sobre otros, despachurrados, encogidos, estirados, parecían un grupo de reptiles asquerosos.
Sentí humillación y horror, viendo á la humanidad en aquel estado y entré en el toldo.
Mi gente estaba pronta.
Sólo Villarreal, su mujer y su cuñada, no estaban ebrios.
Me esperaban con agua caliente y todo preparado para cebarme un mate de café.
Tuve, pues, que sentarme un rato.
No siéndole posible acompañarme á Villarreal hasta el toldo de Ramón ni darme quien lo hiciera, porque toda su chusma estaba _achumada_, lo que hacía que él no pudiese dejar sola su familia, llamé á Camilo Arias, y mientras yo tomaba unos mates, le hice que se informara del camino.
Villarreal, como indio ladino, dió todas las señas del campo que debíamos cruzar; advirtió las rastrilladas que debían dejarse á la derecha ó á la izquierda, los bañados guadalosos que debían excusarse; los médanos que debían rodearse, los que debían cruzarse trepando por ellos; los toldos y los sembrados que quedaban cerca de la morada del Cacique.
Una vez enterado Camilo de todo, me despedí de Villarreal y su familia.
Nos abrazaron á todos con cariño, rogando á Dios en lengua castellana, que tuviéramos feliz viaje, y nos acompañaron hasta el palenque, pidiéndonos, como lo hubieran hecho las gentes mejor criadas, mil disculpas por la pobrísima hospitalidad que nos habían dispensado.
Como la noche estaba tan hermosa, y no teníamos ningún monte que atravesar, mandé echar las tropillas por delante para que los animales montados marcharan más ganosos.
Le previne á Camilo que cada diez minutos hiciera alto para que no nos fuéramos á extraviar, por no oir los cencerros, ¡en marcha! grité y partieron todos.
Yo me detuve un instante á encender un cigarro.
Encendiéndolo estaba, cuando una sombra se acercó á mi lado.
Reconocí una mujer.
--Aquí vengo á traerle esto--me dijo, poniendo en mis manos un pequeño envoltorio de papel.
--¿Y qué es eso?--le pregunté.
--Es un recuerdo.
--¿Un recuerdo?
--Sí, una faja pampa, bordada por mí.
--Gracias, ¿por qué se ha incomodado?
Dió un suspiro y con acento conmovido y tono de reproche amable, exclamó:
--¡Incomodado!
--¡Adiós!--le dije, recogiendo mi caballo.
--¡Adiós!--me contestó tristemente.
--¡Adiós! ¡adiós!--dijeron Villarreal y su mujer.
--¡Adiós! ¡adiós!--repuse yo, y partí al galope, murmurando:
--Saben querer desinteresadamente y olvidar también.
No son ni ángeles, ni demonios.
Pero participan de las dos naturalezas á la vez. Cuando son buenas, no hay nada comparable á ellas; cuando son malas, son execrables.
Y, con todos sus defectos, sus contradicciones y sus veleidades, la existencia sin ellas sería como una peregrinación nocturna por una tierra de hielo y bajo un cielo sin luz.
Sí, todos exclaman tarde ó temprano, después de tantos arranques frenéticos:
Yes! my adored, yet most unkind! Though thou wilt never love again, To me 'tis doubly sweet to find Remembrance of that love remain.
Yes! 'tis a glorious thought to me Nor longer shall my soul repine, Whate'er thou art or e'er shall be, That thou hast been dearly, solely, mine.[4]
El cencerro de las tropillas me servía de guía; mi caballo iba brioso lo que oía y rumbeaba al fin para la querencia.
Llegué al pie de un médano bastante elevado y me encontré con Camilo Arias que me esperaba.
Oyendo el cencerro y no viendo las tropillas, se me ocurrió que alguna novedad había.
--¿Qué hay?--le pregunté.
--Nada, señor--me contestó,--por precaución lo he esperado aquí; vamos á cruzar este médano, tiene muchas caídas y es muy fácil perderse.
--¡Bueno, adelante! ¡vamos! es mucho más de media noche; no perdamos tiempo, le dije.
Trepó al médano y le seguí. Los caballos hacían esfuerzos supremos para repecharlo, se enterraban hasta los ijares en la blanda y deleznable arena; pero subían poco á poco. Llegamos al borde de la cresta, y cuando yo creía tramontar el obstáculo, me hallé con una hondonada profunda, de cuyo fondo manaba puro y cristalino un espejo de agua. Las tropillas bebían reflejándose en él y la luna, desde un cielo limpio y azul, iluminaba el agreste y poético paisaje.
Seguimos andando, subimos y bajamos.
De repente, á pesar de las precauciones tomadas, Camilo Arias me dijo:
--Señor, estamos perdidos.
--¡Alto! ¡alto!--grité, y contestándole á Camilo.
--Busca la senda, pues.
Echamos pie á tierra y esperamos.
Un momento después volvió el ecuestre piloto diciendo:
--Por allí va.
Marchamos.
La noche se iba toldando; parecía querer llover al entrarse la luna.
Caímos á un bañado salitroso, y siendo tantos los rastros que lo cruzaban y los arbustos espinosos de que estaba cubierto, las tropillas se desparramaron.
Era una confusión, de todos lados sonaban cencerros y se oían los silbidos de los tropilleros _repuntando_ los caballos menos amadrinados.
Nosotros mismos tuvimos que diseminarnos; las sendas eran muy tortuosas y los caballos no se seguían.
El salitral blanqueaba como la mansa superficie de un lago helado; crujía estrepitosamente bajo los cascos de los cien caballos que lo cruzaban, hundiéndose aquí en el guadal, empinándose allí en las carquejas que tanto abundan en las pampas, espantándose de repente de los fuegos fatuos que como una fosforescencia errante corrían acá y allá.
La noche se encapotaba; la luna declinaba con sombría majestad por entre anchas fajas jaspeadas y las estrellas apenas alumbraban, al través del velo acuoso que cubría los cielos.
Crucé el bañado.
Camilo Arias no se había separado de mí.
Algunos habían pasado ya y esperaban en la orilla; otros estaban acabando de pasar.
Con las tropillas sucedía lo mismo, no estaban reunidas aún.
Esperé un rato, y mientras tanto se buscó en vano el camino.
Viendo que no lo hallaban y que el capitán Rivadavia y otros no parecían, mandé quemar el campo; no se pudo por la humedad y falta de sebo; se dieron voces, nadie contestó; silbamos, silencio profundo.
Destaqué tres descubridores; á las cansadas volvieron dos, sin haber visto ni oído nada.
Faltaba el otro, y contestó de ahí cerca; hacía un rato que giraba perdido á nuestro alrededor.
La lluvia amenazaba volver á desplomarse por momentos.
Marchemos al rumbo--le dije á Camilo,--hasta que lleguemos á un campo más alto que éste; los demás jinetes y caballos los hallaremos de día.
Marchamos.
Y marchando íbamos cuando ladraron perros.
--Allí hay un toldo--dijo Camilo.
Miré en la dirección que me indicaba, no vi sino tinieblas.
--Pues hagamos alto aquí y que vayan á averiguar dónde queda el de Ramón--le contesté.
Despachó una pareja de jinetes.
Volvieron diciendo que íbamos mal; que el camino quedaba á la izquierda, es decir, al Poniente, y que el toldo de Ramón estaba muy cerca, que en cuanto cruzáramos una cañada lo veríamos.
Cambiamos de rumbo y seguimos la marcha en la dirección indicada, y á poco andar, caímos á un campo bajo, húmedo y guadaloso.
--Aquí debe ser la cañada--dijo Camilo,--ya debemos estar cerca.
Entre los extraviados iba un perro mío llamado _Brasil_, que después de haber hecho la campaña del Paraguay en el Batallón 12 de línea, me acompañaba valientemente en aquella excursión.
Brasil era un sabueso criollo inteligentísimo, mezcla de galgo y de podenco de presa, fuerte, guapo, ligero, listo, gran cazador de peludos y mulitas, de gamos y avestruces, y enemigo declarado de los zorros, únicos con quienes no siempre salía bien.
Todos lo querían; le acariciaban y le cuidaban.
Los soldados conocían sus ladridos lo mismo que mi voz.
Cruzábamos la cañada cuando se oyeron unos ecos perrunos.
--¡Ése es Brasil!--dijeron varios á la vez.
--Ahí ha de estar el capitán Rivadavia--dijo Camilo Arias.
Con efecto, guiados por los ladridos de Brasil, no tardamos en reunirnos á él.
Faltaban, sin embargo, algunos.
El capitán Rivadavia, con los que le seguían, después de haber buscado inútilmente su incorporación á mí, resolvió esperar allí y hacía un buen rato que me esperaba.
Seguimos la marcha, y al entrar en unos _vizcacherales_, Camilo Arias me observó que debíamos estar muy cerca de algún toldo.
Las vizcachas auguran siempre una población cercana.
Corriéndolas Brasil, husmeó un rastro de jinetes y caballos.
--Por allí debe de ir Rufino Pereyra,--que era uno de mis asistentes de confianza que faltaba,--con su tropilla--dijo Camilo al oirlo.
Un momento después oyéronse con más fuerza los ladridos de Brasil y de otros de su jaez.
Á no dudarlo, íbamos á llegar al toldo de Ramón ó á otro.
Seguimos la dirección de los ladridos, y al llegar á un gran corral, apareció Rufino Pereyra con su tropilla.
La madrina había perdido el cencerro en el _carquejal_ del bañado salitroso.
Estábamos en donde queríamos.
Me aproximé al toldo.
Salió un indio--me dijo que Ramón había estado en pie, con toda la familia, esperándome, hasta media noche con la cena pronta; que no se levantaba porque estaba medio indispuesto, que me apeara, que aquella era mi casa, que me acomodase como gustara.
Eché, pues, pie á tierra, me instalé en el espacioso salón, donde Ramón tenía la _fragua de su platería_, se acomodaron los caballos, se recogieron de la huerta zapallos y choclos en abundancia, se hizo fuego; cenamos y nos acostamos á dormir alegres y contentos, como si hubiéramos llegado al palacio de un príncipe y estuviéramos haciendo noche en él.
¡Cuán cierto es que el arte de la felicidad consiste en saber conformar los deseos á los medios y en desear solamente los placeres posibles!
NOTAS:
[4] Sí, amiga adorada aunque inconstante, en vano no me amarás ya: es para mí un consuelo saber que el recuerdo de nuestro amor no se borrará de tu corazón.
Sí, será para mí un triunfo, y ahogaré las penas de mi alma pensando que, seas lo que seas, te vuelvas lo que te vuelvas, _tú has sido mía y sólo mía_.
XXVIII
El sueño no tiene amo.--El toldo de Ramón nada deja que desear.--Una fragua primitiva.--Diálogo entre la civilización y la barbarie.--Tengo que humillarme.--Se presenta Ramón.--Doña Fermina Zárate.--Una lección de filosofía práctica.--Petrona Jofré y los cordones de Nuestro Padre San Francisco.--Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes por una mujer.--Rasgo generoso de Crisóstomo.--El hombre ni es un ángel ni una bestia.
Un proverbio negro dice: el sueño no tiene amo.
Todos dormimos perfectamente bien.
El cansancio nos hizo hallar deliciosa la morada del cacique Ramón.
Cuando yo me desperté eran las ocho de la mañana; mis compañeros roncaban aún con una expansión pulmonar envidiable.
Llamé un asistente, pedí mate y me quedé un rato más en cama gozando del placer de no hacer nada, placer tan combatido y censurado cuanto generalmente codiciado.
Según un amigo, pensador no vulgar y egregio poeta, no hacer nada es descansar. Así él sostiene que el día es hecho para eso y la noche para dormir.
¡Lástima que un mortal de gustos tan patriarcales, que sería dichoso con muy poca cosa, se vea condenado como tanto hijo de vecino, á la dura ley del trabajo, cuando innumerables prójimos desperdician lo superfluo y aun lo necesario!
¡Qué hacer! el mundo está organizado así y el Eclesiastés, que sabe más que mi amigo y yo juntos, dice:
«El insensato tiene los brazos cruzados y se consume _diciendo_:
«Lleno el hueco de una mano, con reposo, vale más que las dos llenas con trabajo y mortificación de espíritu.»
Con la luz del día examiné el lecho en que había dormido tan cómodamente, como en elástica cama á la _Balzac_ provista de sus correspondientes accesorios, almohadones de finísimas plumas y sedosos cobertores. Eran unos cueros de potro mal estaqueados y unas pieles de carnero, la cabecera un mortero cubierto con mis cojinillos.
En seguida tendí la vista á mi alrededor.
En Tierra Adentro yo no había pernoctado bajo techumbre mejor.
El toldo del cacique Ramón superaba á todos los demás.
Mi alojamiento era un galpón de madera y paja, de doce varas de largo por cuatro de ancho y tres de alto.
Estaba perfectamente aseado.
En un costado, se veía la fragua y al lado una mesa de madera tosca y un yunque de hierro.
Ya he dicho que Ramón es platero y que este arte es común entre los indios.
Ellos trabajan espuelas, estribos, cabezadas, pretales, aros, pulseras, prendedores y otros adornos femeninos y masculinos, como sortijas y yesqueros.
Funden la plata, la purifican en el crisol, la ligan, la baten á martillo, dándole la forma que quieren y la cincelan.
En la _chafalonía_, prefieren el gusto chileno; porque con Chile tienen comercio y es de allí de donde llevan toda clase de prendas, que cambalachean por ganado vacuno, lanar y caballar.
La fragua consistía en un paralelepípedo de adobe crudo.
Tenía dos fuelles y se conocía que el día anterior habían trabajado; las cenizas estaban tibias aún.
En un saco de cuero había carbón de leña y sobre la mesa se veían varios instrumentos cortantes, martillos y limas rotas.
Los fuelles llamaron sobremanera mi atención por su extraña estructura.
Antes de examinar su construcción entablé un diálogo conmigo mismo.
--Á ver, me dije, representante orgulloso de la civilización y del progreso moderno en la pampa, ¿cómo harías tú un fuelle?
--¿Un fuelle?