Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2
Part 15
--No hay de qué--repuse, sentándome.
--¿Y cómo ha pasado la noche?--me preguntó.
--Muy bien--le contesté.
--¿Y siempre se va hoy?
--Si usted no dispone otra cosa.
--Usted es libre, hermano.
--Bueno; quiero que me diga, ¿qué se le ofrece?
--Hermano, deseo que no me apure por los cautivos que debo entregar.
--Entréguemelos según pueda.
--Ya faltan pocos.
--¿Cómo pocos?
--Sí, pues.
--No lo entiendo.
Me hizo una relación de los cautivos que en diversas épocas había remitido al Río 4.º, y concluyó diciéndome: que agregando á esa cuenta ocho, se completaba el número.
Era una salida inesperada.
¿Qué tenía que hacer el nuevo tratado de paz con los cautivos anteriores?
¿La idea era de él ó se la habían sugerido?
Quise explorar el campo, fué en vano; circunspecto y reservado no soltaba prendas.
Resolví hablarle categóricamente, porque el incidente era de tal naturaleza que _las paces_ podían frustrarse, y le dije:
--Hermano, usted está equivocado; los cautivos que ha dado antes no tiene nada que ver con los que me debe dar á mí; lea bien el Tratado y verá.
--Sí, ya sé; pero yo lo decía porque usted pudiera ser que lo pudiese arreglar.
--¿Y cómo quiere que lo arregle?
--Diciéndole al que los gobierna que se han recibido los que yo digo.
--¿Y cómo le voy á decir eso?
--Yo le doy los nombres de los viejos.
--No puedo hacer eso.
--¿Entonces?...
--¿Y entonces qué?...
--Haremos lo que usted dice.
--Eso es--le contesté.
Y para mis adentros dije: Era lo único que me faltaba, que este bárbaro me hiciera instrumento suyo.
No me contestó.
--¿Y, no tiene otra cosa que decirme?--le pregunté.
--Sí, pero lo dejaremos para más tarde--me contestó.
--¿Tendremos tiempo?
--Sí, hemos de tener.
Me quedé callado á mi vez.
En los tres fogones del toldo cocinaban.
--Vamos á almorzar--me dijo, y pidió en su lengua que nos sirvieran.
No le contesté.
Trajeron platos y cubiertos y pusieron una olla de puchero de vaca entre él y yo.
Me sirvió un platazo. Comí y callé.
Hacía largo rato que comíamos sin mirarnos ni hablarnos, cuando se presentó un indio, que le habló en araucano con suma vivacidad, y á quien le contestó de igual manera.
Nada entendí; sólo percibí varias veces las palabras: indio Blanco.
Me dió curiosidad.
Pero me dominé; nada pregunté.
El indio se fué.
Continuamos en silencio.
--Es el indio Blanco--me dijo.
--¿Y qué hay?--repuse.
--Anda hablando de usted: dice que le va á salir á la cruzada.
¿Si será una composición de lugar para asustarme y hacerme suspender el viaje? reflexioné, preguntándole.
--¿Y qué piensa hacerme?
--Matarlo--me contestó sonriéndose.
--¡Matarme, eh!
--Así dice él.
--Pues dígale que nos veremos las caras.
--Le he mandado decir que se deje de andar _valaqueando_; que si no le gustan las paces, por qué se ha vuelto de Chile; que ya le hice prevenir el otro día que anduviera derecho.
Y como me dijera todo esto con aire de verdad, pintándose en su fisonomía cierta prevención contra el indio Blanco, le dije en tono amistoso:
--Gracias, hermano.
Seguimos callados.
No me miraba, tenía la vista fija en un zoquete de carne que pelaba con los dedos; me pareció que quería que yo hablara, que le pidiera algo, y resolví no hacerlo.
Volvió el que había ido con el mensaje para el indio Blanco, habló unas pocas palabras y se marchó.
--Dice el indio Blanco que se va para el Toay--me dijo.
--¿Para el Toay?
--Sí, y dice que va á buscar ovejas á la provincia de Buenos Aires, porque están á muy buen precio en Chile.
--¡Pícaro!--exclamé.
--¡Es muy pícaro!--exclamó él.
Seguimos callados.
Al rato me dijo:
--¿Á qué hora es la marcha?
--Á las cuatro--le contesté.
Seguimos callados.
Por fin me dijo:
--¿Y dígame, hermano, usted qué me encarga?
--¿Qué le encargo?
--¡Sí!
--Que se acuerde en todo tiempo de su compadre.
Y esto diciendo me levanté y salí del toldo.
Ordené que todo el mundo se aprestara á marchar, y me fuí á decirles adiós á algunos conocidos que moraban en los toldos vecinos.
Á la hora estuve de vuelta; mi gente estaba pronta, no faltaba sino que arrimaran las tropillas y ensillar.
Hacía un día hermosísimo; íbamos á tener una tarde deliciosa.
Muchos se preparaban para acompañarme.
El desgraciado Macías veía los preparativos recostado en un horcón de mi rancho y su tétrica fisonomía revelaba el sufrimiento de la desesperación.
Me acerqué á él y le dije:
--¡Ten confianza en Dios!
--¡En Dios!--murmuró.
--Sí, ¡en Dios!--le repetí, lanzándole una mirada en la que debió leer el pensamiento:--El que desespera en Dios no merece la libertad,--y entré en el rancho de Ayala.
Me había ofrecido entregarme un niño cautivo que tenía. Era un hijo del comandante Araya, vecino de la Cruz Alta. El pobrecito lo sabía, veía que yo me marchaba por momentos, que nada le decía de prepararse, y sentado en el fogón de mis soldados lloraba desconsolado. Partía el corazón verle.
Ayala me dijo, que no tenía inconveniente en cumplirme su promesa; pero que tenía que avisárselo á Mariano Rosas.
--Y qué, ¿no está prevenido desde el otro día?--le pregunté.
--Sí, sí está.
--¿Y entonces?
--Puede haber cambiado de opinión.
--Bueno, vaya, pues; háblele para que se apronte el niño.
Salió, y volvió diciéndome que era necesario pagar en prendas de plata doscientos pesos bolivianos.
--¿Y qué prendas han de ser?--le pregunté á Ayala.
--Estribos--me contestó.
Mandé en el acto al capitán Rivadavia que se los comprara á uno de los pulperos que había llevado el padre Burela, ofreciéndole en pago una letra sobre Mendoza.
Mientras tanto el pobre cautivo se aprestaba para la marcha con infantil alegría.
Volvió el capitán Rivadavia con los estribos, se los di á Ayala y éste fué á llevárselos á Mariano Rosas.
Volvió cabizbajo.
¡Qué mundo aquél! ¡El cacique había vuelto á cambiar de parecer! Ya no quería sólo estribos; quería cien pesos en prendas y cien en plata.
Se buscaron los cien pesos y se hallaron.
Le entregué todo á Ayala, se lo llevó á Mariano Rosas; al punto estuvo de regreso, contestándome todo cortado que el _General_ había mudado una vez más de parecer.
Me dió un acceso de cólera; vociferé cuanto se me vino á la boca, apostrofando á Mariano é insultándolo, hasta que cediendo á los ruegos de Ayala, que parecía muy contrariado, me calmé un poco.
Para hacerme callar del todo, me dijo en voz baja:
--No me comprometa, mire que estamos rodeados de espías.
Y esto diciendo me señaló unos indios rotosos y mugrientos en quienes nadie reparaba, que estaban por allí acurrucados y echados de barriga en el suelo, como animales.
Con el alma dolorida é irritado de mi impotencia, entré en mi rancho, llamé al hijito de Araya, y con paternal estudio le preparé á recibir el terrible desengaño.
¡Qué contento estaba!
¡Qué mustio y lloroso quedó!
¡Qué fugaces son las horas de la felicidad!
Le abracé, le acaricié, le rogué por sus padres que tuviera valor; le ofrecí rescatarlo pronto, ofrecimiento que cumplí, y hasta que no le vi resignado á su suerte, no me separé de él.
Al salir de mi rancho, Macías me dijo:
--¿Qué te parece?
--¡Dios es grande!--le contesté.
Suspiró, y exclamó como dudando de la omnipotencia divina: ¡Dios!...
Yo me dirigí al toldo de Mariano Rosas.
La hora de partir se acercaba.
Camilo Arias me hizo una seña misteriosa.
XXV
Astucia y resolución de Camilo Arias.--Última tentativa para sacar á Macías.--Un indio entre dos cristianos.--_Confitemini Domino._--Frialdad de la salida.--La palabra amigo en Leubucó y en otras partes.--El camino de Carrilobo.--_Horrible, most horrible!_--Todavía el negro del acordeón.--Felicidad pasajera de Macías.
Ya he dicho que Camilo Arias conocía la lengua de los indios y que éstos lo ignoraban. Algo había oído, cuando espiaba la ocasión de hacerme una seña. Mis órdenes no habían variado; conmigo no tenía que hablar sino en casos urgentes y graves.
¿Qué habrá? me dije, al entrar en el toldo de Mariano Rosas; me detuve, y diciéndole á éste: Ahora vuelvo, haciendo como que buscaba en mis bolsillos un objeto extraviado, di media vuelta, salí y me dirigí á mi rancho.
El astuto vigilante Camilo agachó la cabeza, fijó la vista en tierra, caminó distraído y sin rumbo, al parecer, y por medio de una maniobra casual para quien no hubiera estado en autos, al mismo tiempo que yo entraba en mi rancho, él se recostaba en sus pajizas paredes y por uno de sus resquicios me decía:
--Hay novedad, señor.
--Entra--le contesté,--llamando á varios oficiales y asistentes para que no se notara su entrada.
Entraron unos y otros, les di ciertas órdenes, se retiraron y así que estuvimos solos con Camilo, le pregunté:
--¿Qué hay?
--Acabo de oirles, en el corral, una conversación á unos indios--me contestó.
--¿Qué decían?
--Que nos iban á salir á la cruzada.
--¿Por dónde?
--Por los montes de la Jarilla.
--¿Y qué más decían?
--Que á mí me tenían mucha gana; que yo he muerto muchos indios; que á un capitanejo le he dado un sablazo en la cara, que todavía tiene la cicatriz, que á otro lo hice prisionero y se lo llevaron á Córdoba.
--¿Nada más decían?
--Sí, señor; decían más; que usted me ha traído á mí para burlarse de ellos.
--¿Y saben que me voy hoy?
--Sí, señor, y que va á dormir en el toldo de Ramón.
Me decía esto, cuando una voz que yo no podía oir sin experimentar una conmoción nerviosa, dijo desde la puerta del rancho sin asomarse:
--Con el permiso de su mercé.
No necesitaba dar vuelta y mirar, para ver quién era. No sonaba el acordeón; pero él estaba ahí, con sus notas paradas.
Sin darme tiempo para contestarle y entrando, añadió:
--Dice el General que por qué no va.
--Dile que ya voy--le contesté.
Salió el negro, le pregunté á Camilo que si los indios ésos que habían estado hablando estaban ahí, me contestó que sí; le despedí y pasé al toldo de Mariano Rosas.
Lo que los indios decían de Camilo era cierto.
Varias veces, siendo soldado raso, midió sus armas con los indios, mató algunos, hirió á un capitanejo muy mentado y á otro lo tomó prisionero.
Yo estuve por no llevarle conmigo.
Pero tenía tanta confianza en él, me era tan útil en el campo, por su instinto admirable, que prescindí de los antecedentes referidos y lo agregué á mi comitiva.
Por supuesto que para acabar de probar el temple de su alma, antes de darle la orden de aprontarse para marchar le pregunté si no tenía recelo de ir conmigo á los indios, á lo cual me contestó:
--Señor, donde usted vaya voy yo.
--¿Y si los indios te conocen?--le observé.
--Señor--repuso,--yo no les he peleado á traición.
Entré en el toldo de Mariano Rosas.
Estaba con visitas.
Todos eran indios conocidos, excepto uno en cuya cara se veía una herida longitudinal que si hubiera sido más oblicua, lo deja sin narices.
Mariano Rosas me recibió con más afabilidad que nunca, y después de preguntarme si ya estaba pronto, me dijo, señalando al indio de la herida:
--¿Lo conoce, hermano?
--No--le contesté.
--Ese sablazo se lo ha dado Camilo Arias--agregó.
--Eso tiene andar en guerra--repuse.
--Es verdad, hermano--me contestó.
Oyendo una contestación tan razonable, le referí lo que acababa de decirme Camilo Arias.
No me contestó.
Habló con las visitas, levantando mucho la voz; las despidió con un ademán, y no bien habían salido del toldo, me dijo:
--No tenga cuidado, hermano, nadie lo ha de incomodar en su viaje, ahora estamos de paces.
--Así lo espero.
Y sin darle tiempo á hablar, agregué:
--Hermano, mis caballos están prontos. Deseo me diga qué se le ofrece.
Me hizo una porción de preguntas relativas al Tratado, me anunció en prenda de amistad, una invasión de Calfucurá á la frontera Norte de Buenos Aires por la Mula Colorada, me hizo varios encargos, y terminó pidiéndome, que las partidas corredoras de campo de mi frontera no avanzaran tanto al Sur, como tenían costumbre de hacerlo; fundándose en que eso alarmaba mucho á los indios; porque los que salían á _boleadas_, cruzaban siempre sus rastros y venían llenos de temores.
Satisfice sus preguntas sobre el Tratado, le ofrecí llenar sus encargos, le prometí que las partidas corredoras de campo harían el servicio de otro modo, y me quedé estudiosamente distraído con la mirada fija en el suelo.
--¿Se va contento, hermano?
En lugar de contestarle, miré como diciéndole: ¿y me lo pregunta usted?
--Yo he hecho todo cuanto he podido por servirle y porque lo pasara bien--me dijo.
--Así será; pero yo le he pedido una cosa y me la ha negado--le contesté.
--¿Qué cosa, hermano?
--¿Para qué se lo he de decir?
--Dígamelo, hermano.
--Me voy sin Macías, y usted sabe que es un compromiso para mí.
--¡Macías! ¡Macías! ¿Y para qué quiere ese _dotor_, hermano?--exclamó.
--Ya se lo he dicho á usted; Macías no es un cautivo. Usted está obligado por el Tratado á dejarlo en libertad, él quiere irse y usted no lo deja salir.
Se quedó pensativo...
Yo le observaba de reojo.
Llamó...
Vino un indio.
--Ayala--le dijo,--y el indio salió.
Permanecimos en silencio.
Vino Ayala.
Mariano Rosas le habló así. Repito sus palabras casi textualmente:
--Coronel, mi hermano quiere sacarlo al _dotor_, yo pensaba dejarlo dos años más para que pagase lo que ha hecho contra ustedes, que son hombres buenos y fieles.
Ayala no contestó, sus ojos se encontraron con los míos.
--Coronel--le dije,--Macías es un pobre hombre, ¿qué ganan ustedes con que esté aquí? Sean ustedes generosos; si él no ha correspondido como debía á la hospitalidad que le han dispensado, perdónenlo, tengan ustedes presente que no es un cautivo, que el Tratado le obliga á mi hermano á dejarlo en libertad y que reteniéndolo me comprometen á mí, le comprometen á él y comprometen la paz que tanto nos ha costado arreglar.
Ayala no contestó, se encogió de hombros.
Mariano Rosas le miró con aire consultivo y le dijo:
--Resuelva, Coronel.
No le di lugar á que contestase y le dije:
--Amigo, piense usted que ese hombre no está aquí por su gusto, y que si ustedes se oponen á que salga, quedará justificado cuanto ha escrito en las cartas que mi hermano me ha hecho leer.
Ayala lo miró á Mariano Rosas como diciéndole: Resuelva usted.
Viendo que vacilaba en contestar, me levanté, y estirándole la mano, le dije:
--Hermano, ya me voy.
--Aguárdese un momento--me contestó,--y dirigiéndose á Ayala, le dijo:
--¿Y qué hacemos?
--¡Adiós! ¡adiós! hermano, ya me voy, volví á decirle.
--Que se lo lleve--contestó Ayala.
--Bueno, hermano--dijo Mariano Rosas,--y se puso de pie, me estrechó la mano y me abrazó reiterando sus seguridades de amistad.
Salí del toldo.
Mi gente estaba pronta, Macías perplejo, fluctuando entre la esperanza y la desesperación.
--¡Ensillen!--grité.
--Y...--me preguntó Macías,--brillando sus ojos con esa expresión lánguida que destellan, cuando el convencimiento le dice al prisionero: ¡Todo es en vano!--y el instinto de la libertad: ¡Todavía puede ser, valor!
Me acordé del salmo de Fray Luis de León _Confitemini Domino_, y le contesté:
«Cantemos juntamente, cuán bueno es Dios con todos, cuán clemente. Canten los libertados, los que libró el Señor del poderío del áspero enemigo...»
--¿De veras?--me preguntó enternecido.
--De veras--le contesté, y diciéndole en voz baja,--disimula tu alegría, le grité á Camilo Arias: ¡un caballo para el Dr. Macías!
Entré al rancho de Ayala, me despedí de Hilarión Nicolai y de algunas infelices cautivas, y un momento después estaba á caballo.
Los que me habían ofrecido acompañarme, viendo que Mariano Rosas no se movía, se quedaron con los caballos de la rienda, ni siquiera se atrevieron á disculparse.
La entrada había sido festejada con cohetes, descargas de fusilería, cornetas y vítores; la salida era el reverso de la medalla: me echaban, por decirlo así, con cajas destempladas.
Sólo un hombre me dijo adiós, con cariño, sin ocultarse de nadie, ni recelo: Camargo.
Aquel bandido tenía el corazón grande.
El cacique se mostraba indiferente; los amigos habían desaparecido.
En Leubucó, lo mismo que en otras partes, la palabra amigo ya se sabe lo que significa.
Amigo, le decimos á un postillón, te doy un escudo si me haces llegar en una hora á Versalles, dice el conde de Segur, hablando de la amistad. Amigo, le decía un transeúnte á un pillo, iréis al cuerpo de guardia si hacéis ruido. Amigo, le dice un juez al malvado, saldréis en libertad si no hay pruebas contra vos; si las hay, os ahorcarán.
Con razón dicen los árabes, que para hacer de un hombre un amigo, se necesita comer junto con él una fanega de sal.
Mariano Rosas estaba en su enramada, mirándome con indiferencia, recostado en un horcón.
Me acerqué á él, y dándole la mano, le dije por última vez:--¡Adiós, hermano!
Me puse en marcha. El camino por donde había caído á Leubucó venía del Norte. Para pasar por las tolderías de Carrilobo y visitar á Ramón, tenía que tomar otro rumbo. Mariano Rosas no me ofreció baqueano. Partí, pues, solo, confiado en el olfato de perro perdiguero de Camilo Arias. Sólo me acompañaba el capitán Rivadavia, que regresaría de la Verde, para permanecer en Tierra Adentro hasta que llegasen las primeras raciones estipuladas en el tratado de paz.
¿Qué había determinado la mudanza de Mariano Rosas después de tantas protestas de amistad? Lo ignoro aún.
Galopábamos por un campo arenoso, yo iba adelante, Camilo Arias á mi lado, mi gente desparramada.
Era la tarde, el sol declinaba, en lontananza divisábamos un monte, cruzábamos una sucesión de médanos, tendía de vez en cuando la vista atrás, Leubucó se alejaba poco á poco, me parecía un sueño.
Llegamos á una aguadita, donde Camargo tenía su _puesto_. Hallé allí un compadre, el indio Manuel López, educado en Córdoba, que sabe leer y escribir. Eché pie á tierra para esperar que llegara toda mi gente y marchar unidos; íbamos á entrar en el monte y la noche se acercaba.
Sucesivamente se me incorporaron los que se habían quedado atrás. Viendo que faltaba Macías, pregunté por él. Ahí viene, me contestaron. Efectivamente, á poca distancia se veía el polvo de un jinete. Llegó éste. Yo conversaba con Manuel López mirando en otra dirección. Al sentir sujetar un caballo, di vuelta, y creyendo ver á Macías, vi...... ¡horrible visión! _horrible, most horrible!_ al negro del acordeón. Quiso hacer sonar su abominable instrumento, se lo impedí.
¿Qué venía á hacer?
Después lo sabremos.
Esperé á Macías un rato.
No apareció.
--Lo han de haber hecho quedar--me dijo el capitán Rivadavia;--yo por eso le dije, cuando usted se puso en marcha, viéndolo que perdía el tiempo en despedidas: Siga, amigo, con el Coronel.
Estábamos en un bajo hondo; mandé dos hombres al galope á ver si divisaban algunos polvos.
Partieron, y cuando ya iba á obscurecer, volvieron diciéndome que nada se veía.
No era posible esperar más.
Hice algunas prevenciones sobre el orden de la marcha por el monte, porque la noche estaría muy obscura, y partimos.
¡Qué poco había durado la felicidad de Macías!
XXVI
Á orillas de un monte.--Un barómetro humano.--En marcha con antorchas.--Ecos extraños.--Conjeturas.--Un chañar convertido en lámpara.--Aparición de Macías.--Inspiración del gaucho.--Alrededores del toldo de Villarreal.--Una cena.--Cumplo mi palabra.
Al llegar á la orilla del monte, la obscuridad de la noche era completa.
No nos veíamos á corta distancia.
Seguíamos un camino enmarañado, cuyos surcos profundos y tortuosos comenzaban á abrirse como un gran abanico desplegado.
Hicimos alto; reconocimos la senda que debíamos tomar y combinamos un plan de señales para el caso de que alguien se extraviara en la espesura.
Era lo más factible.
Soplaba un viento fresco de _abajo_, grupos inmensos de pardas nubes recorrían rápidamente el espacio, flotando como fantasmas informes por el piélago incoloro del vacío; los relámpagos brillaban como saetas de fuego, lanzadas del cielo á la tierra; el trueno rugía imponente y sus sordas detonaciones, haciendo temblar al suelo, llegaron hasta nosotros como el estampido de lejanas descargas de cañón.
La tempestad era inminente.
Ya caían algunas gotas de agua; el viento silbaba, giraba, calmaba, volvía á soplar y remolineaba, azotando con ímpetu fragoroso el bosque umbrío.
Las tropillas se movían circularmente, de un lado á otro y el metálico cencerro mezclaba sus vibraciones con las armonías del viento.
Yo vacilaba entre seguir la marcha ó acampar.
Llamé á Camilo Arias y le pregunté:
--¿Qué te parece, lloverá?
Miró el cielo, siguió el curso de las nubes, le tomó el olor al viento, y me contestó:
--Si calma el viento, lloverá; si no, no.
--¿Entonces, seguiremos?
--Me parece mejor; en el monte sufrirán menos los animales, porque si llueve caerá piedra.
--¡Y no se perderán algunos caballos?
--No se han de mover, los tendremos á ronda cerrada en alguna abra.
--¿Y has tomado la senda?
--Sí, señor.
--¿Estás cierto?
--¡Cómo no!
--¿No te parece prudente que llevemos luces de señal?
--Sería bueno, señor.
--Bien, pues; que hagan pronto unos manojos de paja y sebo.
Se retiró, volvió un momento después y me avisó que todo estaba pronto.
Nuestros paisanos hacen algunas cosas con una rapidez admirable.
Las señales consistían en antorchas de pasto seco, atadas en la punta de unos palos largos.
--¡En marcha!--grité,--y cuidado con apartarse de la senda; marchen en hilera; si alguno se separa y se extravía, dé dos silbidos, se le contestará con palmadas; ¡sigan la luz!
Y esto diciendo me puse detrás de Camilo, que hacía de faro ambulante.
Desfilábamos; el huracán bramaba, tronchando los árboles, las baterías eléctricas fulminaban la negra esfera con rápidas intermitencias, el rayo serpenteaba horizontalmente, de arriba abajo, en líneas rectas y oblicuas, descubriendo entre sombras y luz algunas remotas estrellas; el bronco trueno, en incesante repercusión, conmovía la masa aérea impalpable y el alma de los nocturnos caminantes se replegaba sobrecogida sobre sí misma como cuando signos materiales visibles le auguran un peligro cercano.
Oyóse un eco semejante al que saldría de las entrañas de la tierra si los que descansan en eternal reposo exhalaran gemidos desgarradores de profunda desesperación.
Se repitió varias veces.
Unas veces parecía venir de atrás, otras de delante, ya de la izquierda, ya de la derecha.
El camino daba interminables vueltas, buscando el terreno menos gualdaloso y evitando los lugares más tupidos.
--Es una voz de hombre--me dijo Camilo.
--¿Se habrá perdido alguien?
--Silbaría, señor.
--¿Y entonces? ¿Será algún indio?
--Puede ser que se haya encontrado con algún tigre. ¡Les tienen tanto miedo!
El viento iba amainando; gruesas gotas de agua caían ya.
--Va á llover, señor--me dijo Camilo.
--Hagamos alto aquí.
Estábamos en un pequeño descampado.
Cesó el viento del todo, chocáronse dos nubes que seguían opuestas direcciones y simultáneamente se desplomó la lluvia, apagando las antorchas.
--¡Pronto! ¡pronto! que maneen las madrinas; todo el mundo de fonda--grité.
El agua caía á torrentes, nos veíamos unos á otros al fulgor de los relámpagos, las tropillas estaban quietas, no faltaba nadie.
El eco misterioso se oía de vez en cuando, ora se acercaba, ora se alejaba.
Al fin pudieron percibirlo todos.
--No es voz de indio--dijo Camilo.
--¿Y qué es?--le pregunté.
Su oído era como su vista, jamás le engañaba. No me contestó, permaneció atento. Resonó el eco, ahogándolo un trueno.
--¿Qué es?--le pregunté.
--No es voz de indio--dijo Camilo.
No se oía nada.
En medio de la luz del rayo, del trueno bramador y del ruido monótono del agua, estábamos envueltos en un profundo silencio.
Volvióse á oir el eco.
--Gritan--dijo Camilo.
--¿Qué cosa?
--Gritan no más, señor.
--¿Pero qué gritan?
--Gritan ¡eeeeeh!
--¿Será alguno que va arreando animales?
--No me parece, señor.
--¡Escucha! ¡escucha!