Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2
Part 14
--Si alguna vez no hay paces, mis indios no lo han de matar, hermano, viéndole ese poncho.
--Hermano--le contesté;--si algún día no hay paces y nos encontramos por ahí, lo he de sacar á usted por esa prenda.
La gran significación que el poncho de Mariano Rosas tenía, no era que pudiera servirme de escudo en un peligro, sino que el poncho tejido por la mujer principal, es entre los indios un gaje de amor, es como el anillo nupcial entre los cristianos.
Cuando salí del toldo y me vieron con el poncho del cacique, una expresión de sorpresa se pintó en todas las fisonomías.
La gente de _palacio_ se mostró más atenta y solícita que nunca.
¡Pobre humanidad!
XXII
Se acerca la hora de partida.--Desaliento de Macías.--El negro del acordeón y un envoltorio.--Era un queso.--Calixto Oyarzábal anuncia que hay baile.--Baile de los Indios y de las chinas.--En un detalle encuentro á los Indios menos civilizados que nosotros.
Macías veía llegar la hora de mi partida, y con suspiros y monosílabos me hacía comprender que iba perdiendo hasta la esperanza.
Me senté en el fogón y él se puso á mi lado.
Yo estaba de muy buen humor, quizá porque al día siguiente pensaba rumbear para la _querencia_. Somos así, versátiles aun en medio de la felicidad. Todo es poco, nada nos sacia. Y sólo tarde, muy tarde, comprendemos que en este mundo sublunar, los que lo han pasado mejor son los que contentos con el presente no se han apurado nunca por nadie ni por nada; los que estrechando el horizonte de sus miradas, limitando sus aspiraciones y sacudiendo la férula de las exigencias sociales, han _subjetivado_ la vida hasta el extremo de identificarse con su frac.
¡Ah! cuántos á quienes estériles combates consumieron; cuántos que despiertos ó dormidos tuvieron visiones de amor, de odio, de gloria, de orgullo, de riqueza, de envidia, de miedo, olvidando que _velar es soñar de pie_ y que _el sueño no es más que el noviciado de la muerte_, cuántos de ésos, decía, no habrían sido más dichosos si al fin de la jornada hubiesen podido exclamar:
«Sois-moi fidèle ô pauvre habit que j'aime! Ensemble nous devenons vieux. Depuis dix ans je te brosse moi même. Et Socrate n'eût pas fait mieux. Quand le sort á ta mince étoffe Livrerait de nouveaux combats, Imite-moi résiste en philosophe. Mon vieil ami, ne nous séparerons pas.»[3]
Yo reía, charlaba, jaraneaba con todos los que rodeaban el fogón, en el que un apetitoso asado se doraba al calor de abundante leña.
El triste prisionero, taciturno, reconcentrado, sombrío como la imagen de la desesperación, me echaba de vez en cuando miradas furtivas.
Quería decirme algo y no se atrevía; quería hacerme un reproche y no hallaba palabras adecuadas; sus pensamientos fluctuaban, como algas marinas entre opuestas corrientes; iba á hablar y callaba; sus ojos brillaban, sin rencor; pero sus labios comprimidos revelaban claramente que balbuceaba una ironía.
--¿En qué piensas?--le dije.
--En que estás muy alegre--me contestó.
--El que se aflige se muere--repuse.
--¡Ah! tú te vas, yo me quedo.
--Ya te he dicho que nunca es tarde cuando la dicha es buena--le contesté.
--¡Cómo ha de ser!--volvió á exclamar y levantándose de improviso se quiso marchar.
En ese momento Calixto Oyarzábal, tomando el asador, poniéndolo horizontalmente y raspando el asado con un cuchillo para quitarle la ceniza, dijo:
--Ya está, mi Coronel.
--¡Á comer, caballeros!--grité yo á mi vez, y dirigiéndome á Macías, le dije: Ven, hombre, come; sobra tiempo para ahorcarse de desesperación.
Volvió sobre sus pasos, se sentó nuevamente á mi lado, sacó su cuchillo, y como el asado incitaba, siguiendo los usos campestres de la tierra, cortó una tira.
Una olla de puchero hervía, rebosando de choclos y zapallo angola.
Acabamos con el asado y en un santiamén con ella.
Íbamos á tomar el mate de café, no teniendo postre, cuando el negro del acordeón se presentó, trayendo una cosa en la mano envuelta en un trapo.
--¡El acordeón!--dije, para mis adentros, me espeluzné y con aire y voz imperativa:
--¡Fuera de aquí, negro!--le grité, antes que desplegara los labios.
--Mi amo--contestó sonriéndose,--si vengo solo.
--¿Y eso?--le pregunté, señalándole la cosa que traía envuelta.
--Esto--repuso, mostrando dos filas de hermosos dientes, tan blancos y tan iguales que me dieron envidia,--esto, ¡es un queso!
--¡Un queso!
--Sí, mi amo, y se lo manda el General á su _mercé_ para que lo coma en nombre de su ahijada, la niña María.
Y esto diciendo, desenvolvió el queso y lo puso en mis manos.
--Dile á mi hermano que le doy las gracias--le dije, y haciéndole una indicación con la mano, agregué:--¡Vete!
Obedeció, y así que estuvo á cierta distancia, me preguntó con malicia:
--¿Quiere su _mercé_ que vuelva con el instrumento?
Le contesté con un caracú que estaba á mano, en medio de una explosión de risa de los circunstantes.
--Y está de baile--dijo Calixto.
--¿De baile?--le pregunté.
--Sí, mi Coronel.
--¿Y dónde hay baile?
--Allí en un toldo--dijo señalándolo.
--Pues probemos el queso, tomemos el café y vamos á ver el fandango aunque haya acordeón y negro.
Despachamos todo, mandé á Calixto á averiguar á qué hora era el baile y volvió diciendo que ya iba á empezar.
Dejamos el fogón y nos fuimos á ver la fiesta.
Era lo único que me faltaba.
Mi reloj marcaba las cuatro, las cuatro de la tarde, bien entendido.
Los indios, más razonables que nosotros, duermen de noche y se divierten de día.
Esta costumbre tiene una ventaja sobre la usanza de la civilización; no hay que pensar en luminarias de ningún género, ni en velas, ni en kerosene, ni en gas.
El baile era de varones y al aire libre.
En aquellas tierras las mujeres no tienen sino dos destinos: trabajar y procrear.
No me atrevo á decir, si á este respecto los indios andan más acertados que nosotros.
Pero considerando los infinitos desaguisados que acontecen y presenciamos de enero á enero con motivo de la mezcolanza de sexos; las mujeres que abandonan sus maridos, los maridos que olvidan sus mujeres, las reyertas por celos, los pleitos por alimentos, los divorcios, los raptos voluntarios de inocentes doncellas, hechos desconocidos en Tierra Adentro, considerando todo esto, decía, lo cierto es que nuestra civilización es un asunto muy serio.
¡Con razón se predica tanto contra el baile!
Yo comprendo la indispensable necesidad que un hombre de estado tiene de saber bailar. Porque, como decía Molière por boca de uno de sus personajes, cuando se dice que un ministro ha dado un mal paso, es porque no ha aprendido la danza, con lo cual el maestro de este arte le probaba al del florete la superioridad del baile sobre la esgrima.
Pero no comprendo la necesidad de que un médico ó un abogado bailen.
Por supuesto, que los indios, comprendiendo que bailar es un ejercicio, que á la vez que obra sobre el sistema nervioso de una manera fruitiva, conviene á la higiene del cuerpo, porque despierta el apetito y contribuye al desarrollo de la musculatura, les permiten á sus mujeres bailar solas de vez en cuando, reservándose ellos la parte que más adelante se verá.
El salón de baile, ó mejor dicho, la arena, tendría unas cuarenta varas de circuito.
Imagínate la era de trillar las mieses, rodeada de palos, á modo de corral; ponle con el pensamiento, Santiago amigo, un mogote de tierra en el centro como de dos varas de diámetro y una de alto y tendrás una idea de lo que he intentado describir.
Los concurrentes estaban colocados alrededor del círculo del lado de afuera.
Aquí viene bien hacer notar que los indios en materia de coreografía son menos egoístas que nosotros.
Ellos bailan para divertir á sus amigos; nosotros por divertirnos nosotros mismos.
Para divertirnos viendo bailar, tenemos que gastar nuestro dinero.
Es otro inconveniente de la civilización.
La música instrumental consistía en unas especies de tamboriles; eran de madera y cuero de carnero y los tocaban con los dedos ó con baquetas.
El baile empezó con una especie de llamada militar redoblada.
Oyéronse unos gritos agudos, descompasados y cinco indios en hilera se presentaron haciendo piruetas _acancanadas_.
Venían todos tapados con mantas.
Entraron en la arena, dieron unas cuantas vueltas al son de la música, alrededor del mogote de tierra, como pisando sobre huevos, de repente arrojaron las mantas y se descubrieron.
Se habían arrollado los calzoncillos hasta los muslos, la camisa se la habían quitado; se habían pintado de colorado las piernas, los brazos, el pecho, la cara; en la cabeza llevaban plumas de avestruz en forma de plumero, en el pescuezo collares que hacían ruido y las mechas les caían sobre la frente.
Las mantas las arrojaron sin hacer alto, sacudieron la cabeza, como dándose á conocer, y empezó una serie de figuras, sin perder los bailarines el orden de hilera.
Mareaba verlos girar en torno del mogote, agitando la cabeza á derecha é izquierda, de arriba abajo, para atrás, para adelante, se ponían unos á otros las manos en los hombros, excepto el que hacía cabeza, que batía los brazos; se soltaban, se volvían á unir formando una cadena, se atropellaban, quedando pegados como una rosca; se dislocaban, pataleaban, sudaban á mares, hedían á potro, hacían mil muecas, se besaban, se mordían, se tiraban manotones obscenos, se hacían colita; en fin, parecían cinco sátiros beodos, ostentando cínicos la resistencia del cuerpo y la lubricidad de sus pasiones.
El aire de las evoluciones determinaba el compás del tamborileo, que de cuando en cuando era acompañado de una especie de canto ora triste, ora grave, ora burlesco, según lo que la infernal cuadrilla parodiaba.
Quince fueron los que bailaron, en tres tandas; la concurrencia guardó el mayor orden; no aplaudía, pero se comía con los ojos á los bailarines.
Aquello era un verdadero _alcázar lírico_ en plena Pampa.
Sin mujeres, sin _garçons_, sin mesas de mármol, sin limonada gaseosa y otras hierbas.
Le hallé la ventaja de la entrada gratis.
Cerca de dos horas duró la farsa; se ponía el sol cuando yo volvía á mi fogón, harto de gestos, alaridos y tamboriles.
Mi buena estrella quiso que el negro del acordeón no formara parte de la orquesta.
Se hizo de noche, y como estuviese fresco, me guarecí tras de mi rancho, dándole la espalda al viento.
En el acto brilló el fogón.
Á la luz de su lumbre me contaron cómo bailan las chinas.
En un local como el que ya describí, pintadas y ataviadas, entran quince ó veinte; se toman las manos, hacen una rueda, y comienzan á dar vueltas alrededor del mogote, ni más ni menos que si jugaran á la _ronga_, _catonga_.
Los concurrentes entran en el recinto del baile, y al pasar las chinas por delante de ellos les hacen una porción de iniquidades, hasta que no pudiéndolas soportar deshacen la rueda y se escapan por donde pueden.
Francamente, en este detalle encuentro á los indios menos civilizados que nosotros, aunque hay ejemplos en las crónicas policiales de caballeros que durmieron bajo las llaves de la alcaldía por tener las manos demasiado largas en los atrios de las iglesias.
El efecto de esos abusos y licencias de los indios con las chinas cuando bailan, hace que ellas se abstengan de la inofensiva diversión, lo que prueba que en todas partes la mujer es igual.
Perdona todo, menos que la maltraten.
Yo les hallo muchísima razón, aunque declaro que ellas, sin maltratarnos, abusando de sus ventajas, suelen _tratarnos mal_.
NOTAS:
[3] Béranger, _Mont habit_.
XXIII
Solo en el fogón.--¿Qué habría pensado yo si hubiera tenido menos de treinta años?--Con las mujeres es mejor no estar uno solo.--El crimen es hijo de las tinieblas.--El silencio es un síntoma alarmante en la mujer.--Visitas inesperadas.--Yo no sueño sino disparates.--Los filósofos antiguos han escrito muchas necedades.
Me había quedado solo en el fogón, viendo arder las brasas.
Brillaban carbonizadas, y cuando más bellas estaban, el viento las redujo á cenizas, lo mismo que los desengaños desvanecen nuestras más gratas ilusiones.
Mis pensamientos flotaban entre dos mundos.
Ya eran prácticos, ya quiméricos, ora me parecían de fácil realización, ora imposible de realizar; me sentía grande y fuerte; pequeño y débil; dormitaba y me despertaba; quería salir de allí y no salía.
--¿Por qué?
Porque el hombre no es dueño de sí mismo, sino cuando tiene ideas fijas ó determinadas.
Una voz dulce me sacó de aquella indecisión, murmurando á mi oído:
--Buenas noches. Di vuelta y al pálido resplandor de las últimas brasas que se apagaban, reconocí á una mujer.
Era mi comadre Carmen.
--¿Comadre, usted por aquí y á esta hora?--le dije.
--Compadre, he sabido que se va mañana--me contestó.
La hice que se sentara.
Su rostro tenía una expresión tierna; su seno palpitaba con violencia, agitando levemente los pliegues de su camisa, más ajustada al cuello que de costumbre, y su mirada traicionaba una inquietud mal disimulada.
--¿Usted tiene algo, comadre?--le dije.
--No, compadre--me contestó,--clavando la vista en el moribundo fogón y comprimiendo un suspiro.
Si yo no me hubiese hallado en ese período de la vida en que el poeta exclamaba:
«My days are in the yellow leaf; The flowers and fruits of love are gone.»
¡Quién sabe qué hubiera pensado!
El viento había calmado, el cielo estaba cubierto de nubes, las estrellas brillaban tímidamente, como luces lejanas al través de opacas cortinas, el fogón eran tibias cenizas, mi visita y yo nos veíamos como dos sombras envueltas en sutil crespón.
El silencio de la noche, interrumpido apenas por la respiración acompasada de los que dormían cerca de allí; la soledad poética del lugar; los pensamientos, que como visiones de una edad más bella, cruzaron como ráfagas de fuego por mi imaginación, le dieron momentáneamente al cuadro un tinte novelesco.
Desperté á Calixto, se levantó, le ordené que avivara el fuego y cebara mate.
Removió las cenizas, descubrió algunas brasas, sopló haciendo con las manos una especie de fuelle y un momento después el fogón flameaba.
Durante un rato, mi comadre y yo permanecimos mudos, oyendo hervir el agua y crujir la leña.
El fuego ejerce una influencia magnética, irresistible sobre los sentidos, y he observado que al calor de las llamas resplandecientes el corazón se dilata, que las ideas germinan placenteras y el alma se eleva hacia la cumbre de lo grande y de lo bello, en alas de ráfagas generosas y sublimes.
Por eso el crimen es hijo de las tinieblas y se ceba en la obscuridad.
Calixto me pasó un mate; lo tomé, y dándoselo á mi comadre, la dije:
--¿Por qué se ha quedado tan callada?
Suspiró por toda contestación.
Está visto que las mujeres son iguales en todas las constelaciones, lo mismo en las montañas, donde las nieves reinan eternamente, que entre las selvas románticas donde el tímido _urutau_ entona tristes endechas; lo mismo á orillas del majestuoso Río de la Plata, que en las dilatadas llanuras de la Pampa Argentina.
Suspirar, creen que es hablar.
Confieso que es un lenguaje demasiado místico para un ser tan prosaico como yo.
--¿Pero qué tiene, comadre?--le volví á preguntar.
--Compadre--me contestó,--estoy triste porque se va.
--¿Y qué, le gustaría á usted que no me dejaran volver?
--No quiero decir eso.
--¿Y entonces?
--Quiero decir que siento no poder acompañarlo.
--¿Y por qué no se viene á pasear al Río 4.º conmigo?
--Porque no puedo.
--¿No es usted libre?
--¡Libre!
--Libre, sí, ¿no es usted viuda?
--¡Ah! compadre--exclamó con amargura,--usted no sabe cómo es mi vida; usted no conoce esta tierra.
Y esto diciendo, miró en derredor, como buscando si alguien había escuchado su indiscreta confesión.
Su voz tenía algo de significativo y de misterioso.
Me parecía que quería decirme algo más y que estaba temerosa de que algún espía nocturno la oyera.
Me levanté, di una vuelta, me aseguré de que estábamos solos y me senté más cerca de ella, diciéndole:
--No hay nadie.
--Compadre--me dijo;--no se vaya sin pasar por mi toldo que queda en Carrilobo, cerca del de Villarreal, allí lo espero; estará mi hermana, es mujer de confianza y lo quiere, tengo algo que decirle, que le interesa mucho saber; esta noche lo voy á acabar de averiguar, por eso he venido, nadie me ha visto todavía...
En ese momento se sintió un tropel y se oyeron como voces de indios _achumados_.
Se levantó de golpe y diciéndome:--No quiero que me vean aquí,--se deslizó por entre las sombras de la noche.
La seguí un instante con la vista, hasta que se perdió en la obscuridad, y me quedé perplejo y lleno de inquietud, de una inquietud inexplicable, oyendo al mismo tiempo retemblar el suelo y acercarse el vocerío de la chusma ebria.
La luz de mi fogón los atrajo.
Llegaron, se apearon unos, y otros se quedaron á caballo.
Epumer los encabezaba; venían de un toldo vecino, donde habían estado de _mamaran_.
Traía en la mano una limeta de bebida y venía bastante _caldeado_. Sin apearse, me dijo:
--¡Yapaí, hermano!
--Yapaí, hermano--le contesté.
Bebimos alternativamente, y tras del primer yapaí, vinieron otros y otros.
Afortunadamente, el aguardiente estaba muy aguado y no traía cuerno, ni vaso, lo que me permitía mojar sólo los labios, pues teníamos que tomar con la botella.
Viendo que se ponían muy fastidiosos, que me amenazaban con un largo _solo_, le dije á Calixto:
--Ché, mira que hace frío, alcánzame el poncho.
No tenía más que el que esa mañana me había regalado Mariano Rosas; quise ver qué impresión hacía verme con él.
Me trajo Calixto el poncho y me lo puse.
Como lo había calculado, surtió un efecto completo mi ardid.
--¡Ese coronel Mansilla toro!--exclamaron algunos.
--¡Ese coronel Mansilla gaucho!--otros.
Muchos me dieron la mano y otros me abrazaron y hasta me besaron con sus bocas hediondas.
Epumer me dijo repetidas veces:
--¡Mansilla _peñi_! (hermano).
En esos coloquios estábamos cuando un ruido semejante al de un organito descompuesto se oyó, junto con unas coplas, dedicadas á mí.
Me dieron escalofríos, experimentando frío y calor á la vez y una destemplanza nerviosa como la que produce el roce de una lima en los dientes.
¿De dónde salía aquel maldito negro con su execrable acordeón, pues él en cuerpo y alma era el de la música?
¡Á qué averiguarlo!
No pude resistir, y explotando la respetabilidad de que me revestía el poncho de mi _compadre_ y _hermano_, le dije á Epumer y á su séquito:
--Caballeros, buenas noches, es tarde, estoy cansado y mañana me voy; tengo ganas de dormir.
Y los dejé y me metí en mi rancho, y le mandé á Calixto que cerrara bien la puerta, atando con _guascas_ el cuero que la cubría.
Las visitas me saludaron con varias exclamaciones, como ¡adiós, _peñi_! ¡adiós, amigo! ¡adiós, toro! gritaron un rato, apagaron el fogón saltando por encima con los caballos, alborotando los perros, hicieron un gran barullo, y cuando se cansaron se fueron.
Arrullado por su infernal gangolina me dormí.
Toda la noche tuve los sueños más estrafalarios. Así como casi todos los sentimientos de nuestra alma proceden de las sensaciones de la _bestia_, así también casi todas las visiones del espíritu dormido vienen de lo que hemos visto ó contemplado despiertos, con los ojos del cuerpo ó con los de la imaginación.
Yo soy como los patanes.
Nunca tengo presentimientos en sueños.
Yo no he de ver nunca, como Píndaro, que las abejas depositan su miel en mis labios;
Ni como Hesiodo, nueve mujeres hechiceras, que fueron las musas que lo inspiraron;
Ni como Escipión, Numancia destruida, ó Cartago derribada;
Ni como Alejandro delante de Tiro, que Hércules me presenta la mano desde lo alto de las murallas.
Para que yo viese, á la verdad, en sueños, sería menester que fuese más sobrio y virtuoso, ó es falso lo que dice Sócrates, que un cuerpo saciado de placer ó repleto de alimentos y de vino, le hace experimentar al alma sueños extravagantes; de donde se deduce que los emperadores, los reyes, los presidentes, los ministros y los diputados, todos, todos aquéllos, en fin, que deben saber lo que hacen, y que á más de esto deben procurar leer en lo futuro, _desde que gobernar es prever_, deben ser gente muy parca en el comer y muy moderada en el beber, amén de otras cosas indispensables para que la digestión se haga regularmente.
Yo no puedo tener sueños sino como los que tuve la última noche que pasé en Leubucó.
Ó he de ver disparates, que no se han de cumplir, ó he de ver disparatadas las cosas que se cumplieron.
Ó he de soñar que me han proclamado emperador de los Ranqueles, que _Lucius Victorius, Imperator_, ha hecho coronar emperatriz á la china Carmen; ó he de soñar que el baile de los indios está en moda en Buenos Aires y que el botín con taco á lo Luis XV ha sido reemplazado por la botita de potro de cuero de gato.
Por el estilo fueron mis sueños.
Y diga después Platón que el espíritu divino nos revela en sueños el porvenir; y diga después Estrabón, que los sueños nos dan á conocer la verdad, porque, durante la noche, el entendimiento es más activo, más puro, más claro que durante el día.
Los tales antiguos eran unos utopistas de marca mayor.
Los respeto sólo porque ya son viejos y murieron.
XXIV
La loca de Séneca.--El sueño Cesáreo se me había convertido en substancia.--Salida inesperada de Mariano Rosas.--Un bárbaro pretende que un hombre civilizado sea su instrumento.--Confianza en Dios.--El hijo del Comandante Araya.--Dios es grande.--Una seña misteriosa.
Me desperté con la cabeza hecha un horno; había soñado tanto que mis ideas eran un embolismo.
De pronto no pude darme cuenta de lo sucedido durante la noche.
Confundía los hechos reales con las visiones; me parecía que había soñado con mi comadre Carmen, con Epumer y el negro del acordeón, y que lo que había visto en sueños era verdad.
Amanecía; la luz del crepúsculo entraba en el rancho por sus innumerables agujeros y lo iluminaba con fantásticos resplandores.
La cama era tan dura que estaba entumecido; me movía con dificultad.
Las impresiones del sueño persistían; no dormía y veía lo mismo que había visto dormido.
Durante un largo rato estuve como la loca de Séneca, era ciega y no lo sabía; pedía que la hicieran cambiar de casa porque en la que habitaba no se veía nada.
Yo estaba despierto y no lo sabía.
¡Caramba! ¡cómo cuesta cuando se ha soñado un imperio convencerse al despertar que no es uno emperador!
De tal modo se me había convertido en substancia el sueño del poder, que á no ser los ladridos de unos perros, que despertaron á mis oficiales, creo que me levanto arrastrando el poncho de Mariano Rosas á guisa de imperial manto de armiños.
Unos «Buenos días, mi Coronel», de mi ayudante Rodríguez, me despejaron los sentidos del todo.
Abrí los ojos, que apretaba nerviosamente.
Era de día, la claridad del rancho completa.
La visión del imperio ranquelino desapareció de mi retina. Pero como una sombra chinesca que se desvanece, todavía cruzó por mi imaginación.
Me pareció que había dormido un año. Yo no sé por qué pintan el tiempo con alas. Yo lo pintaría con pies de plomo. Será que las cosas que más deseo, son siempre las que más tardan en suceder.
Verdad es que las que más me gustan me parece que pasan con demasiada velocidad.
Llamé un asistente, vino, abrió la puerta, me levanté, me vestí y salí del rancho.
Decididamente me iba ese mismo día y no era emperador. Lo uno me consoló de lo otro. Francamente, el imperio ranquelino era más hermoso visto en sueños que despierto.
Me trajeron el parte de que en las tropillas no había novedad y le hice prevenir á Camilo Arias que las tuviera prontas para cuando cayera el sol.
En seguida le hice preguntar á Mariano Rosas con el capitán Rivadavia si estaba en disposición de que acabáramos de conversar.
Me contestó que sí.
Entré en su toldo; se acababa de bañar, tomaba mate y una china le desenredaba los cabellos.
--Hermano--me dijo al entrar, sin moverse,--siéntese y dispense.