Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2

Part 13

Chapter 133,942 wordsPublic domain

Epumer se levantó, me estrechó la mano, me abrazó, me dijo que aquella era mi casa, me hizo sentar, y después que me senté se sentó él.

Los demás circunstantes que eran todos _chusma_ agregada al toldo, no se sentaron hasta que Epumer se lo insinuó.

La conversación rodó sobre las costumbres de los indios, pidiéndome disculpas de no poder obsequiarme, en razón de su pobreza, como yo lo merecía.

Un cristiano bien educado, modesto y obsequioso, no habría hecho mejor el agasajo.

Epumer me presentó su mujer, que se llamaba Quintuiner, sus hijas, que eran dos, y hasta las cautivas, cuyo aire de contento y de salud llamó grandemente mi atención.

--¿Cómo les va, hijas?--les pregunté á éstas.

--Muy bien, señor--me contestaron.

--¿No tienen ganas de salir?

No contestaron y se ruborizaron.

Epumer me dijo:

--Si tienen hijos y no les falta hombre.

Las cautivas añadieron:

--Nos quieren mucho.

--Me alegro--repuse.

Una de ellas exclamó:

--Ojalá todas pudieran decir lo mismo, _güeselencia_.

Era una cordobesa.

Epumer les indicó á su mujer y á sus hijas que se sentaran, y mandó que sirvieran la comida.

Obedecieron.

Estaban vestidas con lo más nuevo y rico que tenían.

El _pilquén_ era de paño encarnado bastante fino; los collares y cinturones, las pulseras de pies y manos, de cuentas, los grandes aros en forma triangular y el alfiler de pecho redondo, de plata maciza labrada.

La manta era, contra la costumbre, de pañuelo escocés de lana.

Se habían pintado los labios y las uñas de las manos con carmín, se habían puesto muchos lunarcitos negros en las mejillas y sombreado los párpados inferiores y las pestañas.

Estaban muy bonitas.

La mujer de Epumer, sobre todo, me recordaba cierta dama elegantísima de Buenos Aires, que no quiero nombrar.

¡Pues no faltaría más; compararla á ella, tan simpática y prestigiosa por la gracia y la belleza, por su carácter dulce, su talle flexible como el mimbre, su voz de soprano, que tan bien interpreta los acentos delicados de Campanna, con una china!

Trajeron la comida, platos de loza, cubiertos, vasos y mantel.

Empezamos por pasteles á la criolla. Una cautiva los había hecho. Aunque acababa de almorzar con Mariano, comí dos. Luego trajeron carbonada con zapallo y choclos. Epumer me dijo: que me habían buscado el gusto, que le habían preguntado á mi asistente lo que me gustaba. No pude rehusar y comí un plato. Estaba inmejorable; la carne era gorda, la grasa finísima.

En seguida vino el asado, de cordero y de vaca, después puchero. El pan, eran tortas al rescoldo. El postre fueron miel de avispa, queso y maíz frito pisado con algarroba.

Con la carbonada quedé repleto como un lego; rehusé de lo demás. Fué en vano. Me instaron y me instaron. Tuve que comer de todo.

¡Pobres gentes! Á cada rato me decían: si no está bueno, dispense. Aquélla lo ha hecho--y señalaban á tal ó cual cautiva,--y ésta me miraba, como diciendo: Por usted nos hemos esmerado.

¡Qué escena aquella! En medio del desierto, en la Pampa, entre los bárbaros, un remedo de civilización es cosa que hace una impresión indescriptible.

El espía de Calfucurá, como un búho, observaba con inquieta mirada cuanto pasaba.

--¿Quién es ese?--le pregunté á Epumer.

--No le conozco--me contestó.

--Pues yo sí.

--Llegó hace un rato, tenía hambre y le hemos dado de comer.

--¿Y no le conocen ustedes?

--¡No!

--Es un pillo mentiroso.

--¡Y aquí, qué mal nos puede hacer un pobre!

La contestación me avergonzó. El perro de Quenque estaba con el cuarterón. Me acordé de que aquel hombre tenía corazón, que era quizá más desgraciado que yo, y cambié de conversación.

El espía me oyó hablar de él y no hizo más que lanzarme una mirada extraña y replegarse más y más sobre sí mismo.

Saqué mi libro de memorias, les pregunté á Epumer y su familia qué querían que les mandara del Río 4.º y tomé nota de sus encargos.

Bien poca cosa me pidieron; tela para pilquenes, hilo y agujas.

Epumer me dijo que quería un chaleco de seda...

--¿Colorado?--le interrumpí.

--No--me contestó;--negro.

Me levanté, me despedí, me acompañaron, violando los usos de la tierra, hasta el palenque, monté á caballo y partí.

Á cierta distancia di la vuelta.

Me seguían con la vista.

Saludé con la mano, me contestaron con el pañuelo.

Llegué al toldo de Mariano Rosas.

Estaba sentado en la enramada, solo. Las visitas se habían retirado.

Eché pie á tierra, até su caballo en el palenque, le di las gracias, pasando de largo, y me metí en mi rancho.

Los franciscanos disfrutaban en santa paz las delicias de la siesta.

El ruido que hice al entrar los despertó.

Les conté mi visita al toldo de Epumer, discurrimos un rato sobre la franca y cordial hospitalidad que me había dispensado después de las escenas tumultuarias de los primeros días, y, por último, les comuniqué que había resuelto partir á los dos días.

El padre Marcos me manifestó el deseo de quedarse, á ver si arreglaba lo concerniente á la fundación de la capilla de que hablaba el tratado de paz. No pareciéndome prudente su resolución, me opuse amistosamente á ella. Le hice algunas reflexiones con tal motivo, y el padre Moisés, deduciendo de ellas que mi negativa provenía de que no quería que su compañero se quedara solo, me observó que él le acompañaría, permaneciendo á su lado. Le tranquilicé viendo su generosa oferta; amplié las razones de mi negativa, y, finalmente, les dije que pensaran en hacer al día siguiente algunos bautismos.

Al efecto le indiqué al padre Marcos fuera á hablar con Mariano Rosas, solicitando como cosa suya el permiso competente.

Mandó ver con su asistente si estaba en disposición de recibirle y contestó que sí.

Salió el Padre y entró en el toldo del Cacique, que acababa de recibir visitas.

Detrás de él me fuí yo.

Mariano Rosas le había sentado á su lado; le había concedido el permiso solicitado y le había rogado le bautizara su hija mayor, de la que yo sería padrino.

Trajeron de comer.

Era un puchero de carne de yegua.

--Padre--le dijo Mariano al buen franciscano,--para probarle que soy buen cristiano, y el gusto con que veo aquí unos hombres como ustedes, comamos en el mismo plato.

Y esto diciendo puso entre él y el Padre uno que le daban en ese momento.

--Con mucho gusto--le contestó aquél.

Y sin más preámbulo, empuñó el tenedor y el cuchillo y sin repugnancia alguna, comenzó á engullir la carne de yegua, como si hubiera sido bocado de cardenal.

Yo rehusé comer, explicando el por qué, no lo atribuyeran á desaire.

En la tierra, la costumbre es comer al cabo del día tantas veces cuantas hay ocasión.

Algunas de las visitas eran conocidos. Entablé conversación con ellos. El padre Marcos por su parte, le hizo á Mariano Rosas una larga explicación de lo que significaba el bautismo, quien varias veces contestó: Ya sé. Le exigió que á la hijita que iban á bautizar la educara como cristiana, lo que le fué prometido; dejó de comer puchero cuando el plato dijo no hay más, y en seguida se despidió y salió.

Yo me quedé en mi puesto, busqué una postura cómoda, la hallé acostado, dejé que Mariano Rosas hablara con sus visitas y me dormí.

Cuando me desperté, el toldo estaba solo.

Salí de él; Mariano había vuelto á la enramada, me senté á su lado y le dije:

--Hermano, y, ¿me lo llevo ó no á Macías?

--Entremos--me contestó, levantándose y dirigiéndose al toldo.

Le seguí y entramos, cediéndome él el paso en la puerta.

Nos sentamos.

Tomó la palabra y habló así:

--Hermano, el _dotor_ es mejor que se quede.

--Usted me lo había cedido ya--le contesté.

--Es cierto; pero es mejor que se quede.

--¿Y el tratado de paz, hermano? ¿Usted olvida que Macías no es cautivo, que si me exige que lo saque, yo lo debo reclamar y que usted no me lo puede negar?

--Yo no se lo niego, hermano, le digo que se lo daré después.

--¿Y qué dirán en el Río 4.º los cristianos lo que sepan que vuelvo sin Macías? Dirán que no me he atrevido á reclamarlo, se quejarán y con razón. Usted me compromete, hermano.

Macías entró en ese momento, con el intento de cruzar por el toldo.

Mariano Rosas le miró airado, y con voz irritada le dijo _textualmente_:

--Donde conversa la gente no se entra. Salga.

Macías retrocedió humillado, murmurando:

--Creía...

--¡Salga, dotor!--le repitió con énfasis, y el desdichado salió.

Comprendí que alguien había influido en el ánimo del indio y me pareció de buena táctica no insistir mucho.

Hice, empero, una insinuación final diciéndole con expresión:

--¿Y, hermano?

Fijó sus ojos en los míos y me dijo _textualmente_:

--¡Hermano, el corazón de ese hombre es mío!

--¿Qué misterio hay aquí?--dije para mis adentros, y como no le contestara y siguiera mirándole, añadió _textualmente_:

--La conciencia de ese hombre es mía.

Una mezcla de asombro y de temor por la vida de Macías me selló los labios.

Se levantó el indio, tomó de sobre su cama el cajón del archivo, lo abrió, revolvió sus bolsitas, halló lo que quería, sacó de ella unos papeles y dándomelos, me dijo:

--¡Lea, hermano!

Tomé los papeles, que eran manuscritos, abrí uno de ellos, reconocí la letra de Macías y leí.

Era una larga carta dirigida al Presidente de la República.

Macías le relataba cómo se hallaba entre los indios; pintaba con colores bastante animados su vida; daba una noticia de lo que eran los cristianos en Tierra Adentro; los comparaba con los indios, quedando aquéllos en peor punto de vista; y por último invocaba la protección del Gobierno para reivindicar su libertad perdida.

La carta estaba mal redactada; Macías no escribe bien; pero tenía la elocuencia del dolor.

Mientras yo leía, Mariano Rosas se limpiaba las uñas con el puñal.

Acabé de leer la carta y le miré,--no me vió.

Leí otro de los papeles, era otra carta, muy parecida á la anterior, dirigida al gobernador de Mendoza.

Los otros papeles eran apuntes sin importancia, eran de un corazón lacerado por el infortunio.

Terminada la lectura de todo el mamotreto, exclamé:

--¡Ya he concluido!

--¿Y, ha visto?

--Sí.

--¿Qué le parece?

--No hallo nada contra usted.

--¿Nada?

Y esto diciendo me miró, como preguntándome: ¿me engaña usted?

--¡Nada! ¡nada!--repetí.

--¡Hermano!--me dijo con intención.

--Nada, hermano, le doy mi palabra.

Y como no me contestara y no me quitara los ojos y le conociera que quería sondear mis pensamientos, agregué:

--Hermano, si alguien le ha dicho que estas cartas hablan mal de usted, lo ha engañado.

--Léamelas, hermano.

--¿Quiere más bien que venga el Padre y se las lea él?

--No, léamelas usted, hermano.

Se las leí; la lectura duraría un cuarto de hora.

Mientras leía le miré varias veces; tenía los ojos clavados en el suelo y la frente plegada.

Cuando acabé de leer, le dije:

--¿Y qué dice ahora?

--Que ese hombre es un desagradecido. (Textual).

--¿Por qué, hermano?

--Porque habla mal de los cristianos que le han dado de comer. (Textual).

Hice una composición de lugar con la rapidez del relámpago, y dije:

--Tiene usted razón, hermano; que se quede entonces.

--Sí--me contestó,--dos años más.

--El tiempo que usted quiera.

Tomó los papeles, los puso en orden, los colocó en su bolsita, cerró el cajón y me dijo:

--Mañana bautizaremos á su ahijada.

--Está bien--le contesté, y salí, dándole las buenas tardes.

Macías estaba á la puerta del rancho.

Parecía un espectro.

Nada había oído. Pero su corazón sabía lo que había pasado.

El corazón de los que sufren suele ser profético; anticipándose al dolor, lo prolonga.

Le miré sonriéndome por tranquilizarle, y exhalando un hondo suspiro, me dijo al pasar:

--Ya sé que te ha ido mal.

--Nunca es tarde, hombre, cuando la dicha es buena--le contesté.

Meneó la cabeza como diciéndome: Me había engañado; y para acabar de tranquilizarle, agregué:

--Todavía no le he hablado.

XXI

Intrigas contra Macías.--Envidia de los cristianos.--Preparativos para el bautismo.--Animación de Leubucó.--Aspavientos de las madres.--Sentimiento que las dominaba.--El mal de este mundo es materia de religión.--Mi ahijada, la hija de Mariano Rosas.--De gala, con botas de potro de cuero de gato, y vestido de brocado.--Invencible curiosidad.--No puedo explicar lo que sentí.--Una cristalización en el cerebro.--Regalos recíprocos.--Pobre humanidad.

Macías me inspiraba tanta lástima, que toda la noche soñé con él.

Redimirlo del cautiverio, era para mí no sólo una obra de caridad, sino el cumplimiento de un deber.

La paz estaba solemnemente hecha y Mariano Rosas obligado, por un tratado, á dejar en completa tranquilidad á todos los que, habiéndose refugiado en Tierra Adentro, quisieran volver á sus hogares.

En cuanto amaneció llamé al capitán Rivadavia para tener una consulta con él.

Era el único hombre que me inspiraba completa confianza. Había vivido más tiempo que yo entre los indios, haciéndome respetar de ellos y de los cristianos, que no es poco decir, y Mariano Rosas le tenía gran afición.

Conocía las costumbres de los unos, las mañas de los otros, todos los títeres, en fin, de aquel mundo, donde el estudio del corazón humano es tan difícil como en cualquier otra parte.

Si él no salvaba mis dudas, ¡quién las había de salvar!

Le referí todo lo que había sucedido, cambiamos nuestras ideas y resultó que Macías era víctima de una nueva intriga.

Mariano Rosas les había, sin duda alguna, comunicado sus conferencias conmigo á sus confidentes y éstos le habían disuadido de su resolución de cedérmelo.

Había en esto represalias por parte de los que se creían ofendidos con los informes consignados en la correspondencia interceptada, egoísmo ó envidia.

Los cristianos refugiados entre los indios por causas políticas, fingían toda la mayor conformidad. Otra cosa tenían en el fondo de su alma. La salida de Macías á quien tanto habían mortificado y ultrajado, haciéndole pagar caro el pedazo de carne que le daban, los contrariaba.

Él se iba y ellos se quedaban. Ellos, que gozaban del favor del cacique, no podían volver al seno de su familia, y Macías, el loco Macías, de quien tantas veces se habían mofado, de quien todavía delante de mí se reían, ¡estaba á punto de romper las cadenas de su cautividad!

Ellos eran libres y se quedaban, Macías no lo era y se marchaba.

En verdad, sólo nobles corazones podían regocijarse de que un desgraciado sacudiera el ominoso yugo.

Los galeotes reciben con júbilo al nuevo condenado y maltratan en vísperas de su salida al que ha cumplido la terrible condena.

Mal de muchos consuelo de tontos, dice el refrán. Mal de muchos consuelo de ingratos, debiera decir.

Era preciso aprovechar el día.

Teníamos que bautizar una porción de criaturas, hijas de cristianos refugiados, de cautivas y de indios.

Les recordé á los buenos franciscanos que no teníamos tiempo que perder; mandamos mensajeros en todas direcciones y se preparó el altar en el mismo rancho en que se había celebrado la misa el día antes.

Poco á poco fueron llegando hombres y mujeres cristianos con sus hijos, indios é indias con los suyos.

El toldo de Mariano Rosas era un jubileo.

Reinaba verdadera animación; todo el mundo se había vestido de gala. Yo estaba encantado viendo aquellos infelices honrar instintivamente á Dios. Los frailes contentos como si se tratara de unos óleos regios.

Cualquiera que hubiese llegado á aquellas comarcas ese día--sin estar en antecedentes,--se habría creído transportando á una tribu indígena convertida al cristianismo.

Cuando todo estuvo pronto, se le mandó prevenir á Mariano Rosas, pidiéndole permiso para empezar, é invitándolo á presenciar la ceremonia.

Contestó que podíamos dar comienzo cuando gustáramos y que no le era posible acompañarnos, porque en ese momento acababan de entrarle visitas.

El rancho que hacía de capilla, era estrecho para contener la concurrencia. Con cada criatura venían los padres, sus parientes, sus amigos, los padrinos y madrinas.

Los chiquillos estaban azorados. Todos ellos, lo mismo los grandes que los chicos, lloraban. El altar, los sacerdotes revestidos, las caras extrañas, el aire de solemnidad de los circunstantes, el empeño inusitado en que estuvieran con juicio ó callados, todo, todo les impresionaba. Las madres se volvían puros aspavientos. Ésta decía: ¡Jesús, qué criatura! Aquélla: ¡Ay! ¡qué chiquilla! La una: ¡Qué vergüenza! La otra: ¡Cállate, por Dios! Acariciaban, reprendían, amonestaban, amenazaban, recurrían, en fin, á todos los ardides maternales para imponer silencio.

¡Imposible! El destemplado coro seguía.

Yo observaba aquella escena _sui géneris_, y al través de la parodia veía la tendencia humana hacia las cosas graves y solemnes.

Esas pobres mujeres, andrajosas las unas, bastante bien vestidas las otras, cristianas unas, chinas otras, hacían allí, al pie del improvisado altar lo mismo que habrían hecho bajo las naves monumentales de una catedral.

¿Qué sentimiento las dominaba? cuando llorosas ó radiantes de júbilo exclamaban, como varias veces lo escuché, viéndolas abrazar con efusión el fruto de sus entrañas: ¡al fin vas á ser cristiana, hija mía, hijo mío!

Sí, ¿qué sentimiento las dominaba?

¡Ah! un sentimiento innato al corazón humano.

Un sentimiento que Voltaire mismo ha explicado en una frase célebre:

«_Si Dieu n'existait pas, il faudrait l'inventer_».

Si Dios no existiese sería menester inventarlo.

Aquellas gentes, alejadas de la civilización quién sabe desde cuándo, desgraciadas ó pervertidas, resignadas á su suerte ó desesperadas, ignorantes, vulgares; aquellas mujeres cristianas en el nombre, aquellas chinas, aquellos indios sosteniendo en sus brazos sus hijos con recogimiento y devoción, comprendían por un instinto especialmente humano, que entre este mundo y el otro, entre esta vida y la otra, necesitamos un vínculo, y que ese vínculo es Dios, cualquiera que sea la forma en que le adoremos.

El mal de este mundo no consiste en profesar una mala religión, sino en no profesar ninguna.

¡Ah! y si la religión que se profesa es consoladora por su moral, si como una fuente inagotable de poesía, ella nos ofrece un refugio en las tribulaciones y una tabla de salvación en las últimas congojas de la vida, ¡qué bien inmenso no es creer, adorar y confiar en Dios!

Con razón aquellas gentes estaban de fiesta y consideraban dichosos á sus hijos de que recibieran el bautismo.

Cualquiera ceremonia que hubiese sido como la consagración de un culto, habría sido lo mismo.

Bautizar treinta ó más criaturas una después de otra, era obra de todo el día. El ritual permitía, lo que yo ignoraba, administrar el sacramento en masa.

Respiré.

Mi ahijada no comparecía.

Mandé decir á mi compadre que la esperábamos, y un instante después la pusieron en mis brazos.

Era una chiquilla como de ocho años, hija de cristiana, trigueñita, ñatita, de grandes y negros ojos, simpática, aunque un tanto huraña. Lloró como una Magdalena un largo rato, haciendo llorar á otras criaturas cuyas lágrimas se habían aplacado y obligándonos á diferir el momento de empezar.

Calmóse por fin y la sagrada ceremonia empezó. Resonaban los latines y los _Padre Nuestros_; mi ahijada permanecía en mis brazos, ora inquieta, ora tranquila. Me miraba, huía de mis ojos, se sonreía, hacía fuerzas, cedía; á mí me dominaba sólo una idea.

La chiquilla había sido vestida con su mejor ropa, con la más lujosa; era un vestido de brocado encarnado bien cortado, con adornos de oro y encajes, que parecían bastante finos. Á falta de zapatos, le habían puesto unas botitas de potro, de cuero de gato. La civilización y la barbarie se estaban dando la mano.

¿Qué vestido es ese? ¿de dónde venía? ¿quién lo había hecho? era todo mi pensamiento.

Quería atender á lo que el sacerdote hacía y decía. ¡En vano!

El vestido y las botas me absorbían. Examinaba el primero con minucioso cuidado. Estaba perfectamente bien hecho y cortado.

Las mangas eran á lo María Estuardo. Aquello no era obra de modista de Tierra Adentro. Tampoco podía ser regalo de cristianos, ni tomado en el saqueo de una tropa de carretas, estancia, diligencia ó villa fronteriza. Entre nosotros ninguna niña se viste así.

Mi curiosidad era sólo comparable á la incongruencia del traje y de las botas de potro.

Era una curiosidad rara.

Á veces me venía como un rayo de luz y me decía: Ya caigo, ese vestido viene de tal parte. No, no podía ser eso, era una extravagancia.

Cuando me tocaba contestar _amén_, otro tenía que hacerlo por mí. Distraído, no veía sino el vestido, no pensaba sino en el contraste que formaban con él las botas.

Á mi lado estaba un cristiano, agregado al toldo de Mariano Rosas, cuya cara de forajido daba miedo.

Era uno de esos tipos repelentes, cuya simple vista estremece. Jamás me había dirigido la palabra, ni yo se la había dirigido á él.

La curiosidad pudo más que la repugnancia que me inspiraba y le pregunté con disimulo:

--¿De dónde ha sacado mi compadre este vestido?

--¡Oh!--me dijo, con voz bronca y tonada cordobesa--, ése es el vestido de la Virgen de la Villa de la Paz.

--¿De la Virgen?--le pregunté, haciéndome la ilusión de que había oído mal, aunque el hombre pronunció la frase netamente.

--Sí, pues--repuso;--cuando la invasión que hicimos lo trajimos y lo dimos al General.

Y esto diciendo, sostuvo á mi ahijada, que casi se me escapó de los brazos.

Con unas pobres palabras humanas, yo no pude expresar el efecto extraño que hizo en mis nervios, la voz, el aire y la tonada de aquella revelación.

No sentí lo que se siente en presencia de una profanación; no experimenté lo que se experimenta ante un sacrilegio; no me conmoví como cuando un sortilegio nos llena de estúpida superstición. Sentí y experimenté una impresión fenomenal, me conmoví de una manera diabólica, como en la infancia me imaginaba que se estremecía el diablo cuando le echaban agua bendita.

Mi ahijada María, la hija de Mariano Rosas, está ligada á los recuerdos de mi vida, por una impresión tan singular, que su vestido y sus botas me hacen todavía el efecto de un _cauchemar_.

Yo no puedo ya ver una Virgen sin que esos atavíos sarcásticos se presenten á mi imaginación. Tengo el retrato de mi ahijada como cristalizado en el cerebro, y el vozarrón del bandido que me sacó de dudas me zumba al oído todavía. Hay ecos inolvidables. Son como el rugido del mar cuando, silbando el viento, azota encrespado la pedregosa orilla. Se le oye una vez en la vida y no se le olvida jamás.

Terminados los bautismos, el padre Marcos dirigió á las madres de los recién cristianizados un breve sermón, exhortándolas á educar á sus hijos en la ley de Jesucristo, único modo de que ganaran el cielo después de la muerte.

Todos quedaron muy alegres y contentos y me agradecieron el favor que acababan de merecer, debido á mí.

--¡Ah! ¡si no fuera por usted, señor, qué habría sido de nosotras!--me dijeron varias mujeres.

Yo fuí padrino de cuatro criaturas, inclusive la hija de Mariano Rosas. Poco tenía para obsequiar á mis ahijados y ahijadas. Pero como cuando hay deseo y buena voluntad nunca falta algo con qué manifestarlo, con todos ellos quedé bien.

Deshicimos el altar, guardamos los ornamentos y en seguida nos fuimos al toldo de Mariano Rosas.

Nos esperaba con el almuerzo pronto.

Estaba plácido como nunca.

--Ya somos compadres, hermano--me dijo:--ahora usted dirá cómo nos hemos de tratar.

--Compadre--le contesté,--como antes, no más, de hermanos.

--Es lo mismo, le doy las gracias--repuso,--y dirigiéndose á los frailes, añadió: ¿muchos cristianos ahora aquí, eh?

--Es verdad--le contestaron,--¡Dios los ayude á todos!

Sirvieron el almuerzo, almorzamos y nos despedimos para retirarnos.

Yo antes de salir le dije á mi compadre:

--Esta tarde acabaremos de conversar.

--Cuando guste--me contestó.

Iba á salir del toldo; me llamó y sacándose el poncho pampa que tenía puesto, me dijo, dándomelo:

--Tome, hermano, úselo en mi nombre, es hecho por mi mujer principal.

Acepté el obsequio, que tenía una gran significación y se lo devolví, dándole yo mi poncho de goma.

Al recibirlo, me dijo: