Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2
Part 12
Estaba impaciente de conversar con Mariano Rosas á ver si me hablaba con la misma franqueza de Baigorrita su aliado, á la vez que su rival en la justa pretensión de adquirir prestigios entre todas las indiadas.
San Martín, completando el pensamiento de mi compadre, me dijo de su cuenta:
--Así son los indios, señor; y como Baigorrita es cacique principal, tiene que tener mucho cuidado con Mariano; los indios son muy desconfiados y celosos; para andar bien con ellos, es preciso no aparecer amigos de los cristianos.
Baigorrita le interrumpió y me hizo decir que ya era tarde, que quería ponerse en marcha.
Mis tropillas acabaron de llegar; mandé mudar, la operación se hizo prontamente y un momento después abandonamos la raya.
Ordené que mi séquito se fuera despacio por el camino de Leubucó, y con Camilo Arias y un asistente tomé para el Sud en compañía de mi compadre.
Varios indios, entre ellos el de las muletas, le acompañaban. Me presentó á algunos que no me habían visitado en Quenque; tuve que sufrir sus saludos, apretones de manos, abrazos y pedidos, y en el sitio donde habíamos pasado la noche que precedió á la junta, nos dijimos ¡adiós!
Conforme fué cordial la recepción de Baigorrita, así fué fría la despedida.
Partimos al galope en opuestas direcciones.
Silencioso, contemplando la verde sábana de aquellas soledades, dejaba que mi caballo se tendiera á sus anchas, cuando sentí un tropel á retaguardia. Sin sujetar di vuelta, vi un grupo de jinetes; entre ellos venía Baigorrita corriendo por alcanzarme.
Hice alto, alguna novedad ocurría.
Mi compadre llegó y San Martín me dijo:
--Dice Baigorrita, que viene á darle el último abrazo y el último ¡adiós!
Nos abrazamos, pues.
El indio me estrechó con efusión, y al desapartarnos, tomándome vigorosamente la mano derecha y sacudiéndomela con fuerza, me dijo, con visible expresión de cariño: ¡adiós! ¡compadre! ¡amigo!
--¡Adiós! ¡compadre! ¡amigo!--le contesté, y volvimos á separarnos.
Galopaba yo, apurando mi caballo por ver si alcanzaba mi gente antes de que se pusiera el sol, cuando un jinete me alcanzó.
Era San Martín; lo mandaba Baigorrita á decirme otra vez adiós, me enviaba sus más fervientes votos de felicidad, me hacía presente que le había ofrecido otra visita, y para no desmentir en ningún momento que era indio, me pedía que le mandara unas espuelas de plata.
Contesté á todo como debía, despaché al mensajero y seguí por el camino que acababa de tomar.
Á poco andar me incorporé á mi gente. Adelante de ella iban varios indios desparramados.
Entre ellos reconocí á Mariano Rosas, le acompañaba á la par su hijo mayor.
Sintió el tropel de mis caballos, miró atrás, y al ver que era yo, sujetó.
--Buenas tardes, hermano--me dijo con marcada amabilidad.
Jamás le había visto un aire tan amistoso.
--Buenas tardes--le contesté con estudiosa sequedad.
--Cómo le ha ido--prosiguió, diciéndole á su hijo:
--Saca esas perdices para mi hermano.
El hijo obedeció, y de unas alforjas sacó dos hermosas martinetas cocidas y una torta.
Yo contesté:
--Me ha ido regular, hermano.
Tomó las perdices y la torta y me las pasó, diciéndome:
--Coma, hermano.
Su cara tenía una expresión de malicia particular; parecía que el indio se reía interiormente.
Tomé las perdices, le pasé una, y media torta á los frailes, y el resto lo partí con él.
Íbamos al trote masticando sin hablar.
--Galopemos--me dijo.
--No, mis caballos están pesados, no tengo apuro en llegar; galope usted si tiene prisa--le contesté.
--¿Qué le ha parecido la junta?--me preguntó.
--¿Qué me ha parecido?--repuse, fijando en él mis ojos, como diciéndole: Ya lo calculará usted.
Me entendió y dijo:
--Con estos indios se precisa mucha paciencia, es preciso conocerlos bien, son muy desconfiados, en cuanto ven que uno es amigo de los cristianos, ya piensan que los engañan. ¡Los han traicionado tantas veces! Ya ve cómo ha estado su compadre Baigorrita.
--¿Pero de mí, qué podían temer?--le contesté.
--Nada, de usted nada.
--¿Y entonces?
--Pero si yo hubiera aprobado todas sus razones, quién sabe qué hubieran dicho.
--¿Y si me hubiesen insultado, ó me hubieran querido matar?
--¡Cuándo!--fué toda su respuesta.
Y esto diciendo, se tendió al galope, añadiendo:
--Bueno, hermano, hasta luego, lo espero á comer.
--Bueno, hermano, ahorita no más estoy en Leubucó, voy á descansar un rato en la Aguada--le contesté.
El sol se hundía del todo en la raya lejana: una ancha faja cárdena, resplandeciente, radiosa, teñía el horizonte y con su lumbre purpúrea, cambiante, hermosa, doraba las apiñadas nubes del Occidente, que, como encumbradas montañas movedizas coronadas de eternas nieves, se alzaban hasta el cielo á la manera de inmensas espirales y de informes figuras de inconmensurable grandor.
El seco aquilón plegaba sus alas; las mansas y apacibles auras jugueteaban galanas, refrescando la frente del viajero; el pasto ondulaba como el irritado mar en sus profundidades insondables después de la tempestad; las silvestres flores se erguían sobre su flexible tallo, pintando los campos con colores vivaces; un perfume suavísimo, delicado, imperceptible como la confusa reminiscencia del primer ósculo de amor, vagaba envuelto entre las brisas embriagadoras.
Los últimos rayos solares refractándose en la atmósfera, envolvían la tierra con el poético manto crepuscular; la moribunda luz del día confundiéndose con las místicas sombras de la noche le abrían el paso á la celeste viajera.
La luna brillaba ya entre tremulantes estrellas, como casta matrona de plateados cabellos entre púdicas doncellas de rubia faz, cuando llegábamos al borde de una lagunita, en cuyo espejo cristalino innumerables aves acuáticas piaban en coro.
Hicimos alto, mandé mudar caballos, y sediento de reposo, me tendí sobre las blandas pajas, haciendo de mis brazos cruzados cómoda almohada.
¡Qué dulce es la vida, lejos del ruido y de los artificios de la civilización!
¡Ay! una hora de libertad por los campos es un placer salvaje que yo trocaría mañana mismo por un día entero de esta existencia vertiginosa.
Mientras ensillaban pensé en los sucesos del día, y, francamente, los indios me trajeron á la memoria lo que pasa en los parlamentos de los cristianos.
Mariano Rosas y Baigorrita, como dos jefes de partido, tenían el terreno preparado, la votación segura; pero uno y otro antes de imponer su voluntad habían lisonjeado las preocupaciones populares.
¿No es esto lo que vemos todos los días?
La paz y la guerra, ¿no se resuelve así?
¿El pueblo no tolera todo, hasta que se juegue su destino, con tal que se le deje gritar un poco?
¿No hacen presidentes, gobernadores, diputados en nombre de ciertas ideas, de ciertas tendencias, de ciertas aspiraciones, y las camarillas, no hacen después lo que quieren y las muchedumbres no callan?
¿No pretende que lo gobierne la justicia y no lo gobierna eternamente esa inicua inmoralidad, que los políticos sin conciencia llaman la _razón de estado_?
¿Pasa otra cosa en el mundo civilizado?
Mariano Rosas, después de haber resuelto la paz, acusándome en público de las matanzas de López y de Rosas; Baigorrita dominado por la misma idea, silencioso, irresoluto en presencia de la multitud, ¿no hacían el mismo papel de Napoleón III proclamando: _el imperio es la paz_, al mismo tiempo que se armaba hasta los dientes?
¿No mentían?
¿No hacían lo mismo que los que en nombre de la Constitución y de las leyes, de la civilización y de la humanidad arman al pueblo contra el pueblo?
¿No mentían?
¿No hacían lo mismo que los que después de haber sostenido que el pueblo tiene el derecho de equivocarse se han rebelado contra él, porque tuvo la energía de inmolar uno de sus tiranos?
¿No mentían?
Mariano Rosas y Baigorrita, declarando en una junta, después de haber firmado el tratado de paz, que harían lo que la mayoría resolviese, ¿no imitaban á los que más de una vez han declarado en nuestros Congresos lo contrario de lo que habían convenido con el extranjero?
¡Cuánto he aprendido en esta correría!
Si me hubieran dicho que los indios me iban á enseñar á conocer la humanidad, una carcajada homérica habría sido mi contestación.
Como Gulliver en su viaje á Liliput, yo he visto al mundo tal cual es en mi viaje á los Ranqueles.
Somos unos pobres diablos.
Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización.
Resta saber si seríamos más felices poniendo en la silla curul de nuestros magnates, pigmeos, y cambiando el coturno francés por la bota de potro.
Los héroes prueban tan mal y la moda es tan tiránica en sus imposiciones, que vale la pena de meditar sobre las ventajas y las consecuencias de una revolución social.
De todos modos, nuestros ídolos de ayer no resisten á la crítica; son como los ranqueles, capaces de engañar al más pintado.
Por esos trigales de Dios iban mis reflexiones, en el instante en que Calixto Oyarzábal, acercándoseme, me dijo:
--Ya está el caballo, señor.
Me levanté: á caballo, grité y diciendo y haciendo monté y tomé al galope la gran rastrillada de Leubucó, entrando luego en el monte.
El cielo se encapotaba; caíamos á un descampado pantanoso; unas lucecitas fugaces, macilentas, aparecían y desaparecían; creía llegar á ellas, y se alejaban de mí como rápidas mariposas. Eran las emanaciones de la tierra; cruzábamos un cementerio de indios y estábamos á las puertas de la toldería de Mariano Rosas.
Llegamos.
Me esperaban con la comida pronta y con música. Comí, soporté al negro del acordeón una vez más, y viendo que mi presunto compadre Mariano estaba muy bien templado, le pedí la libertad del Dr. Macías.
Me contestó que sí.
Veremos después lo que vale el sí de un indio.
Me despedí, salí del toldo, me senté al lado del fogón de los asistentes, y aunque no tenía sueño, me quedé dormido.
Unos ladridos de perro me despertaron.
En el toldo de Mariano Rosas se oían gritos de mujer.
Me acerqué ocultándome.
El cacique había castigado á una de sus mujeres, quería castigar á otra y el hijo se oponía, amenazando al padre con un puñal si tocaba á la madre.
Era una escena horrible y tocante á la vez.
Habían bebido, el toldo era un caos, las mujeres y los perros se habían refugiado en un rincón, los indiecitos y las chinitas desnudas lloraban, y un fogón expirante era toda la luz.
Mariano Rosas rugía de cólera.
Pero retrocedía ante la actitud del hijo protector de la madre.
Según se dijo al día siguiente, era muy capaz de haber muerto al padre, si no se hubiera contenido, para que se vea que, hasta entre los bárbaros, el ser querido que nos ha llevado en sus entrañas, que nos ha amamantado en su seno y nos ha mecido en su regazo es un objeto de culto sagrado.
Me acosté con la intención y la esperanza de dormir.
Pero estaba de Dios que en Leubucó las noches habían de ser toledanas para mí.
Cuando conciliaba el sueño, una serenata de acordeón con negro y todo, presidida por los cuatro hijos de Mariano Rosas, _achumados_ á cual más, me despertó.
Fué en vano resistir.
Hubo cohetes y aguardiente como para que los _yapaí_ duraran un buen rato.
Yo en lugar de beber, hacía el ademán y derramaba el nauseabundo líquido por donde caía.
Al fin se _remató_ la impertinente chusma y me escurrí, pasando el resto de la noche sin novedad.
XIX
La paz estaba definitivamente hecha.--El Doctor Macías.--Gotas maravillosas.--Padre é hijo indios.--Lo pido á Macías.--Visita á Epumer.
Las paces estaban definitivamente hechas.
El sufragio popular les había puesto su sello soberano en la junta.
Las sospechas habían desaparecido.
Yo era mirado ya como un indio.
Numerosas visitas llegaban á saludarme.
El viento de Leubucó me era favorable.
Los intrigantes, corridos y avergonzados, solicitaban mi perdón con estudiadas sonrisas y amabilidades.
Fingí que no me había apercibido de sus manejos; estaba en tierra diplomática, y reservé el castigo para la oportunidad debida.
El Dr. Macías me preocupaba.
Su espíritu abatido por las humillaciones y padecimientos que había sufrido durante dos años, nada esperaba de los hombres.
Como el náufrago que después de haber luchado brazo á brazo con la muerte, viendo venir la onda irritada que va á tragarle y sumergirle en las frías y tenebrosas cavernas del océano, hace un esfuerzo supremo y coge una tabla de salvación, que otros le arrebatan desesperados en el instante mismo en que la barca del arrojado pescador viene en su ayuda, así es la vida.
Las penas secan los ojos, las ingratitudes hielan el corazón; los desengaños matan las últimas ilusiones; parecemos momias ambulantes, descendiendo marcialmente sin consuelo por los obscuros escalones de la eternidad, y sin embargo, algo nos estremece y nos conforta aún á la manera de un sacudimiento galvánico, inefable: es la esperanza en Dios.
¡Ay de aquél que después de haber perdido la fe en todo, no conserva en su esqueleto un santuario siquiera para refugiar en él esa fe pura!
Macías no creía que yo me atrevería á exigir su libertad; aunque no me lo decía, lo comprendía. Abatido por el infortunio, me confundía con los aduladores del cacique.
Su actitud era digna; aprovechaba toda ocasión de manifestar que su existencia se hacía cada día más insoportable, pero no suplicaba.
El desgraciado tenía impresas en su frente las huellas de un dolor punzante, reconcentrado; celaje de amargura; sus grandes ojos negros rasgados, vagaban inquietos, fijábanse á veces en tierra, y al recordar, sin duda, la dulce libertad perdida, brillaban cristalizados por comprimido lloro.
Macías tiene cuarenta años; es hijo de una respetable familia de Buenos Aires y está enlazado á una joven de origen inglés.
Su padre es un español conocido en este comercio.
Imaginaos un árabe con gran nariz aguileña, de barba y cabello canos y tendréis su retrato.
Sus primeros estudios los hizo en la escuela del señor don Juan A. de la Peña, donde yo le conocí.
Después cursó las aulas universitarias, preparándose para entrar en la escuela de Medicina, de la que salió doctor.
Su vida ha tenido grandes alternativas; ha sido médico, leñatero en las islas del Paraná é industrial en el Chaco, entre cuyos indios pasó algunos años voluntariamente. Hay algo de poético, de novelesco y misterioso en esta existencia, mas yo no debo descorrer el velo sino hasta aquí.
Por muchísimos años, Macías y yo nos perdimos de vista; desde la última vez que nos vimos en la escuela de primeras letras, no nos habíamos vuelto á encontrar hasta el día de mi arribo á Leubucó.
Macías había tenido el desgraciado talento de ponerse mal en Tierra Adentro con casi todos los que habían podido ayudarle á pasar los menos malos ratos posibles.
Tiene un carácter extraño, indómito y dócil, firme y versátil á la vez. Es capaz de acometer una empresa arriesgada y no tiene valor personal.
Estas dos últimas fases de su carácter explican su presencia entre los indios, sin ser cautivo, y su falta de prestigio entre ellos.
Macías estaba en el Río 4.º por el año 1867.
El coronel Elía, jefe de la frontera de Córdoba, había iniciado una negociación de paz con los indios.
Se ofreció y partió con las credenciales correspondientes.
Pero sea que el coronel Elía no estaba autorizado para negociar un tratado de paz, sea lo que fuera, el hecho es que el plenipotenciario fué abandonado á sus propios recursos y á su suerte.
Por falta de tacto ó por falta de suerte, fatalidad que suele obscurecer las dotes más relevantes del hombre, burlar sus planes y desvanecer sus ilusiones unas tras otras, lo mismo que los vendavales deshojan los árboles más frondosos, Macías se convirtió de plenipotenciario en prisionero.
Escribió y escribió; sus cartas no fueron contestadas. Hasta el soldado que en calidad de asistente le acompañaba, le abandonó.
Sólo, sin sirviente ni medios de subsistencia, _maturrango_, ¿de qué había de vivir, ni cómo había de escaparse?
Tuvo que aceptar el pan de los indios y de los cristianos refugiados entre ellos por causas políticas.
Por debilidad, por falsos cálculos, por conveniencia, qué sé yo por qué, se vinculó á los últimos y riñó con ellos después.
No le quedaba más arbitrio que apelar á los indios: se hizo amigo de Mariano Rosas.
Mejoró de condición, y de prisionero se elevó á la categoría de _secretario_.
Las primeras notas que yo recibí en el Río 4.º de aquel cacique, eran escritas por mi antiguo condiscípulo.
Á la distancia le juzgué mal.
Corrían tantas historias sobre los motivos que lo llevaron á los indios, que era muy difícil substraerse á la influencia de las sospechas populares.
¿Quién resiste á los juicios de los conocidos sobre los desconocidos?
¿Cuál es la cabeza bastante fuerte para despreciarlos, para esperar?
¿El criterio que tenemos de la generalidad de las personas es acaso el resultado de nuestra observación directa?
¿No amamos, no aborrecemos, no simpatizamos, no _antipatizamos_ por refracción?
Una secretaría hace celosos en cualquier parte, lo mismo en París que en Berlín, en Buenos Aires que en Leubucó.
Macías despertó la emulación de los cristianos.
Temieron su ascendiente.
Comenzaron á intrigarle y lo consiguieron.
Yo, desde el Río 4.º contribuí sin intención dañina á su caída.
Le juzgaba mal, ya he dicho por qué, y le escribí á Mariano Rosas, que el secretario que tenía no era bueno, que sus notas decían todo lo contrario de los recados que me llevaban sus mensajeros.
El hecho era cierto.
Lo que faltaba averiguar era: si Macías ponía lo que le mandaba ó no; si las contradicciones entre lo que me escribían y me decían, no eran gramática parda, diplomacia ranquelina.
El tiempo, iniciándome en las cosas de Leubucó, me aclaró el misterio de todo.
Macías cumplía al pie de la letra las órdenes que recibía, sus notas le eran leídas á Mariano Rosas por otros cristianos antes de salir de la Cancillería de Tierra Adentro.
Macías cayó, pues, de la gracia y del favor.
Los que viéndole de secretario le consideraban, le abandonaron, y los que ni por eso le habían considerado, redoblaron sus hostilidades.
Tuvo que pasar por todo linaje de humillaciones, quedando agregado como uno de tantos al toldo del cacique.
Dormía donde le tomaba la noche; comía donde le daban la limosna de una _tumba_ de carne; sus vestiduras eran pobrísimas.
¡Desgraciado Macías!
Cuando yo le vi, su traje consistía en una camisa sucia y rota, en unos calzoncillos de algodón ordinario y un chiripá de paño viejo colorado; un resto de sombrero cubría su frente y unas botas llenas de agujeros era todo su calzado. Sus pies estaban destrozados, sus manos encallecidas.
En una bolsa de cuero de gato tenía todo su caudal, hilo, botones, piedritas, agujas, azúcar, hierbas medicinales, tabaco, hierba, papel, y envuelto en un trapito un relicario de oro de cuatro fases, con los retratos de sus padres y de sus dos hijos.
¡Desgraciado Macías!
¡Ah! imaginaos el efecto que me haría ver aquel hombre que había nacido bien, que había recibido educación, gozado de la vida y frecuentado la buena sociedad, reducido á aquella condición!
¡Él mismo no lo comprendió!
Me veía alegre, festivo, contento, fingiendo que todo cuanto me rodeaba me parecía óptimo, y me creía insensible al infortunio.
Su corazón, atrofiado por el dolor, creía que el mío estaba seco.
¡Desgraciado Macías!
Los indios hablaban mal de él, le creían loco.
Los cristianos lo mismo; contaban cosas horribles del pobre.
Todos sus vicios se los atribuían á él.
En tal situación escribió al Presidente de la República.
No le contestaron.
¿Cómo le habían de contestar?
Sus cartas habían sido interceptadas y detenidas.
Llamé al capitán Rivadavia y le mandé preguntar con él á Mariano Rosas si estaba visible.
Me contestó que fuera cuando quisiese, que estaba por almorzar.
Entré en su toldo.
Su cara revelaba la agitación de la noche; estaba más pálido que de costumbre.
Al verme entrar me dijo, sin cambiar de postura (estaba sentado al lado del fogón):
--Buenos días, hermano, dispense que no me pare, estoy medio enfermo.
Me insinuó un asiento á su lado.
Sentándome le contesté:
--Esté cómodo, hermano, ¿cómo ha pasado la noche?
--Mal--repuso, arrugando la frente como cuando un recuerdo mortificante nos asalta.
--¿Qué tiene?
--Me duele la cabeza.
--¿Quiere tomar un remedio muy bueno que yo traigo?
--Lo tomaré si usted lo conoce.
Salí y volví al punto con un frasquito de _gotas_ maravillosas de la corona.
Era todo mi botiquín.
Abrí el frasquito, pedí un jarro de agua, lo derramé dejándole sólo dos dedos y eché en él sesenta gotas.
Para que las bebiera sin aprensión, le dije:
--Vea--proseguí, y esto diciendo tomé un trago.
--Si no tengo recelo, hermano--me contestó,--y tomándome el jarro bebió hasta la última gota que contenía.
--Un poco amargo no más--dijo.
--Sí--repuse.
--¿Y ha descansado bien?
--Muy bien.
--¡Qué diablo de indios, eh!
--¡Hum! anduvo medio mal la cosa en la junta.
--¡Eh! no todos comprenden.
--¡Es cierto!
--Y su amigo, el padre Burela ¿por qué no le ayudó?
--No sé, estaba medio asustado, me parece.
Se sonrió, como diciendo, «uno y medio», y acariciando á uno de sus hijos que se echó sobre sus rodillas, exclamó:
--¡Ese toro!
Era el hijo que había defendido á la madre la noche antes.
--Tiene muy buena cara--le dije.
--Pero no es bueno, ya me ha querido matar,--repuso, mirando al hijo con una mezcla de complacencia y admiración.
El indiecito entendía lo que su padre hablaba; pero no le prestaba atención.
Se desperezó, bostezó, se levantó, habló en la lengua y salió _quebrándose_ como lo hacen sólo nuestros gauchos.
Mariano le siguió con la vista hasta la puerta del toldo, y volvió á repetir:
--¡Toro, hermano!
--¿Cuántos años tiene?
--Debe tener...--me hizo la seña de doce con las manos.
--Es muy chico todavía.
--Pero es gaucho ya.
Trajeron el almuerzo; era lo de siempre: puchero con choclos y zapallo, carne asada, de vaca y de yegua.
--Bueno, hermano--le dije,--yo pienso irme pronto para mandarle cuanto antes las raciones.
--Cuando quiera, hermano--me contestó;--yo no tengo ya sino un poquito que conversar con usted.
--Pienso irme dentro de dos días.
--Hablaremos mañana entonces.
--Está bien.
Me lo voy á llevar á Macías.
No me contestó; en su cara leí una negativa.
--Á usted no le sirve de nada aquí.
Siguió callado.
--Es un pobre diablo--le dije.
--Mire, hermano--me contestó; iba á proseguir; unas visitas nos interrumpieron.
Saludaron y se sentaron.
Yo seguí almorzando, acabé, me levanté y diciéndole á Mariano: luego conversaremos, salí del toldo bastante contrariado.
En seguida me fuí á visitar al cacique Epumer.
Mariano Rosas me prestó su caballo.
En el toldo de Epumer me recibieron con toda galantería.
En un rincón, acurrucado como un tullido, estaba el espía de Calfucurá, que tanta curiosidad me dió en Quenque.
Me vió entrar como á un perro.
¿Qué hacía allí?
XX
Fama de Epumer.--Me esperaban en su toldo.--Recepción.--Indias y cristianas.--Pasteles y carbonada entre los Indios.--Amabilidades.--Celo apostólico del Padre Marcos.--Puchero de yegua.--Insisto en sacar á Macías.--Negativas.--Un indio teólogo.--Un espectro vivo.
El toldo de Epumer distaba un cuarto de legua del de Mariano Rosas.
No hay indio más temido que Epumer; es valiente en la guerra, terrible en la paz cuando está _achumado_.
El aguardiente lo pone demente.
Sea adulación, sea verdad, todos dicen que no estando malo de la cabeza es muy bueno.
No tiene más que una mujer, cosa rara entre los indios, y la quiere mucho.
Vive bien y con lujo; todo el mundo llega á su casa y es bien recibido.
Á mí me esperaban hacía rato.
El toldo acababa de ser barrido y regado; todo estaba en orden.
Epumer estaba sentado en un asiento alto, de cueros de carnero y mantas.
Enfrente había otro más elevado, que era el destinado para mí.
Las chinas aguardaban de pie, con la comida pronta para servirla á la primera indicación.
Las cautivas atizaban el fuego.