Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2
Part 11
--Calfucurá--les dije,--ha roto la paz porque es un indio muy pícaro y de muy mala fe que no teme á Dios. Ha sabido que lo que hemos arreglado con Mariano Rosas para estas paces es más de lo que él recibe, y se ha vuelto á hacer enemigo de los cristianos, diciendo que los indios ranqueles son preferidos. Pero todo es para ver si consigue que le den lo mismo que estas indiadas van á recibir por el tratado de paz que ya hemos arreglado con mi hermano.
Y al decir _mi hermano_, acentuaba la palabra cuanto podía y me dirigía á Mariano Rosas.
--Ya ven ustedes--gritaba con toda la fuerza de mis pulmones y mímica indiana, para que todos me oyeran y creyendo seducirles con mi estilo,--cómo los indios ranqueles son preferidos á los de Calfucurá.
Mariano Rosas me preguntó, que cuántas yeguas se debían ya á los indios por el tratado.
Quería decir que desde cuándo había empezado á tener fuerza.
Como se ve, el tratado era y no era el tratado.
Le contesté que el tratado obligaba á los cristianos desde el día en que el Presidente de la República le había puesto su firma al pie.
Me contestó que él había creído que era desde el día en que me lo devolvió aprobado.
Le contesté que no.
Me preguntó que cuándo lo había firmado el Presidente de la República.
Satisfice su pregunta, y entonces, haciendo sus cuentas, me dijo que ya se les debía tanto.
Expliqué lo que antes le había explicado en Leubucó, lo que es el Presidente de la República, el Congreso y el Presupuesto de la Nación. Les dije que el Gobierno no podía entregar inmediatamente lo convenido, porque necesitaba que el Congreso le diera la plata para comprarlo, y que éste antes de darle la plata tenía que ver si el tratado convenía ó no.
Eso era lo que en cumplimiento de órdenes recibidas debía yo explicar, como si fuera tan fácil hacerles entender á bárbaros lo que es nuestra complicada máquina constitucional.
Pero por lo pronto, continué diciéndoles: Se va á entregar algo á cuenta, lo demás se completará cuando el Congreso apruebe el tratado. El Presidente de la República quiere manifestarles de ese modo á los indígenas su buena voluntad.
Mientras yo hacía estas observaciones, me parecía que entre la manera de discurrir de los indios y la mía, había una perfecta similitud.
Mariano Rosas, me decía para mis adentros, mientras mi lengua funcionaba, ha firmado el tratado, yo lo creía concluido, y ahora resulta que la junta lo puede anular. Pues es lo mismo que sucede con el Presidente y el Congreso.
¿No es verdad que el caso era idéntico? Los extremos se tocan.
Esperaba una interpelación de Mariano Rosas.
Varios indios la hicieron antes que él.
--¿Y si el Congreso no aprueba el tratado--preguntaron,--ya no habrá paz?
Ponte, Santiago amigo, en mi caso, y dime si no te habrías visto en figurillas como yo para contestar.
Contesté que eso no sucedería, que el Congreso y el Presidente eran muy amigos, que el Congreso le había de aprobar lo que había hecho, que así hacía siempre; dándole toda la plata que necesitaba.
Mariano Rosas me dijo:
--¿Pero el Congreso puede desaprobar?
Yo no podía confesar que sí; me exponía á confirmar la sospecha de que los cristianos sólo trataban de ganar tiempo; recurrí á la oratoria y á la mímica, pronuncié un extenso discurso lleno de fuego, sentimental, patético.
Ignoro si estuve inspirado.
Debí estarlo ó debieron entenderme; porque noté corrientes de aprobación.
La elocuencia tiene sus secretos.
Yo me acuerdo siempre, en ciertos casos, cuando veo á la muchedumbre conmovida por la resonancia de una dicción eufónica, rimbombante, sonora, de un predicador catamarqueño.
Predicaba un sermón de Viernes Santo.
Un muchacho oculto en el fondo del púlpito se lo soplaba.
Había llegado á lo más tocante, al instante en que el Redentor va á expirar ya ultimado por los fariseos. La agonía del mártir había empezado á arrancar lágrimas de los fieles, amargos sollozos vibraban en las bóvedas del templo.
El predicador conmovido á su vez, iba perdiendo el hilo. Miró al fondo del púlpito; el muchacho se había dormido.
Era imposible continuar hablando.
Recurrió á la mímica.
Cicerón lo ha dicho: _quasi sermo corporis_. Esta vez quedó probado.
El dolor crecía como la marea. No había más que ayudar un poco para producir la crisis y completar el cuadro.
Á falta de palabras, el orador apeló á sus brazos y á sus pulmones; accionaba y se estremecía dando ayes desgarradores.
El auditorio sobreexcitado, jadeante, aturdido por sus propios gemidos, nada oía. Veía, sentía, calculaba que el predicador debía estar sublime y lo ahogaba con su lloro y sus lamentaciones.
La sacra efigie inclinó la cabeza por última vez, una oleada de dolor estremeció á todo el mundo y el predicador desapareció.
Últimamente en Bruselas, en un banquete de periodistas presidido por el rey Leopoldo, el más aplaudido de los oradores ha sido el representante de _La Liberté_ de París.
Á los repetidos, que hable _La Liberté_, se puso de pie.
Las luces, el vino, la penosa elaboración de la digestión de una comida opípara, la charla, habían ya producido en todos una especie de mareo.
Era un rapaz vivo como él solo.
--Señores--dijo,--en presencia de _sa majesté_, ¡aplausos!
No le dejaban continuar.
Comenzó á mover la cabeza, á batir los brazos como remos, ¡aplausos! ¡hurrahs!
--_Liberté!_--dijo,--¡más aplausos! ¡más hurrahs!
--_Egalité!_ ¡dobles aplausos! ¡dobles hurrahs!
--_Fraternité!_ ¡triples aplausos! ¡triples hurrahs!
El orador deja de hablar, los aplausos, los hurrahs cesan por fin, y un éxito completo corona el triunfo de la pantomima sentimental sobre el arte ciceroniano.
Hay resortes de los que no se debe abusar. Traté de no gastar los míos.
Dejé la palabra, viendo que los oyentes estaban convencidos de que el Presidente y el Congreso no se habían de pelear por cuatro reales, ni por un millón, ni por cosas mayores.
Mariano Rosas la tomó.
Me preguntó con qué derecho habíamos ocupado el Río 5.º; dijo que esas tierras habían sido siempre de los indios, que sus padres y sus abuelos habían vivido por las lagunas de Chemecó, la Brava y Tarapendá, por el cerrillo de la Plata y Langheló; agregó que no contentos con eso todavía, los cristianos querían _acopiar_ (fué la palabra de que se valió) más tierra.
Estas interpelaciones y cargos hallaron un eco alarmante.
Algunos indios estrecharon la rueda, acercándose á mí para escuchar mejor lo que contestaba.
Me pareció cobardía callar contra mis sentimientos y mi conciencia, aunque el público se compusiera de bárbaros.
Siempre con los codos en los muslos y la cara entre las manos, fija la mirada en el suelo, tomé la palabra y contesté:
Que la tierra no era de los indios, sino de los que la hacían productiva trabajando.
No me dejó continuar, é interrumpiéndome, me dijo:
--¿Cómo no ha de ser nuestra cuando hemos nacido en ella?
Le contesté que si creía que la tierra donde nacía un cristiano era de él; y como no me interrumpiera proseguí:
--Las fuerzas del Gobierno han ocupado el Río 5.º para mayor seguridad de la frontera; pero esas tierras no pertenecen á los cristianos todavía; son de todos y no son de nadie; serán algún día de uno, de dos ó de más, cuando el Gobierno las venda, para criar en ellas ganados, sembrar trigo, maíz.
¿Usted me pregunta con qué derecho acopiamos la tierra?
Yo les pregunto á ustedes ¿con qué derecho nos invaden para acopiar ganados?
--No es lo mismo--me interrumpieron varios;--nosotros no sabemos trabajar; nadie nos ha enseñado á hacerlo como á los cristianos, somos pobres, tenemos que ir á malón para vivir.
--Pero ustedes roban lo ajeno--les dije,--porque las vacas, los caballos, las yeguas, las ovejas que se traen no son de ustedes.
--Y ustedes los cristianos--me contestaron,--nos quitan la tierra.
--No es lo mismo--les dije:--primero, porque nosotros no reconocemos que la tierra sea de ustedes, y ustedes reconocen que los ganados que nos roban son nuestros; segundo, porque con la tierra no se vive, es preciso trabajarla.
Mariano Rosas observó:
--¿Por qué no nos han enseñado ustedes á trabajar, después que nos han quitado nuestros ganados?
--¡Es verdad! ¡es verdad!--exclamaron muchas voces, flotando un murmullo sordo por el círculo de cabezas humanas.
Eché una mirada rápida á mi alrededor, y vi brillar más de una cara amenazante.
--No es cierto que los cristianos les hayan robado á ustedes nunca sus ganados--les contesté.
--Sí, es cierto--dijo Mariano Rosas;--mi padre me ha contado que en otros tiempos, por las Lagunas del Cuero y del Bagual había muchos animales alzados.
--Eran de las estancias de los cristianos--les contesté.--Ustedes son unos ignorantes que no saben lo que dicen; si fueran cristianos, si supieran trabajar, sabrían lo que yo sé; no serían pobres, serían ricos.
Oigan, bárbaros, lo que os voy á decir:
Todos somos hijos de Dios, todos somos argentinos.
--¿No es verdad que somos argentinos?--decía mirando á algunos cristianos; y esta palabra mágica, hiriendo la fibra sensible del patriotismo, les arrancaba involuntarios:--Sí, somos argentinos.
Y ustedes también son argentinos, les decía á los indios. ¿Y si no, qué son? les gritaba; yo quiero saber lo que son.
¿Contéstenme, díganme, qué son?
¿Van á decir que son indios?
Pues yo también soy indio.
¿Ó creen que soy _gringo_?
Oigan lo que les voy á decir:
Ustedes no saben nada, porque no saben leer; porque no tienen libros. Ustedes no saben más de lo que les han oído á su padre ó á su abuelo. Yo sé muchas cosas que han pasado antes.
Oigan lo que les voy á decir para que no vivan equivocados.
Y no me digan que no es verdad lo que están oyendo; porque si á cualquiera de ustedes le pregunto cómo se llamaba el abuelo de su abuelo no me sabrían dar razón.
Pero los cristianos sabemos esas cosas.
Oigan lo que les voy á decir:
Hace muchísimos años que los _gringos_ desembarcaron en Buenos Aires.
Entonces los indios vivían por ahí donde sale el sol, á la orilla de un río muy grande; eran puros hombres los _gringos_ que vinieron, y no traían mujeres; los indios eran muy zonzos, no sabían andar á caballo, porque en esta tierra no había caballos; los _gringos_ trajeron la primer yegua y el primer caballo, trajeron vacas, trajeron ovejas.
¿Qué están creyendo ustedes?
Ya ven cómo no saben nada.
--No es cierto--gritaron algunos,--lo que está diciendo ese.
--No sean bárbaros, no me interrumpan, óiganme--les contesté, y proseguí:
Los _gringos_ les quitaron sus mujeres á los indios, tuvieron hijos en ellas, y es por eso que les he dicho que todos los que han nacido en esta tierra son indios, no _gringos_.
Óiganme con atención.
Ustedes eran muy pobres entonces, los hijos de los _gringos_, que son los cristianos, que somos nosotros, indios como ustedes, les hemos enseñado una porción de cosas. Les hemos enseñado á andar á caballo, á enlazar, á bolear, á usar poncho, chiripá, calzoncillos, bota fuerte, espuela, chapeado.
--No es cierto--me interrumpió Mariano Rosas;--aquí había vacas, caballos y todo antes que vinieran los _gringos_, y todo era nuestro.
--Están equivocados--les contesté;--los _gringos_, que eran los españoles, trajeron todas esas cosas. Voy á probárselo:
Ustedes le llaman al caballo _cauallo_, á la vaca _uaca_, al toro _toro_, á la yegua _yegua_, al ternero _ternero_, á la oveja _oveja_, al poncho _poncho_, al lazo _lazo_, á la hierba _hierba_, al azúcar _achúcar_ y á una porción de cosas lo mismo que los cristianos.
¿Y por qué no les llaman de otro modo á esas cosas?
Porque ustedes no las conocían hasta que las trajeron los _gringos_. Si las hubieran conocido les habrían dado otro nombre.
¿Por qué le llaman al hermano _peñi_?
Porque antes de que vinieran los padres de los cristianos ustedes ya sabían lo que era hermano.
¿Por qué le llaman á la luna _quién_, y no luna, como los cristianos? Por la misma razón. Porque antes de que vinieran los _gringos_ á Buenos Aires, ya la luna estaba en el cielo y ustedes la conocían.
No pudiendo Mariano refutar esta argumentación etnológica, me contestó irritado:
--¿Y qué tiene que ver todo eso con el tratado de paz? ¿Cuándo yo le he preguntado esas cosas para que me las diga?
--¿Y qué tienen que ver las preguntas que usted me ha hecho con el tratado de paz que ya está firmado por usted? ¿Acaso he venido á la junta para que lo aprueben? Ya está aprobado por usted y lo tiene que cumplir.
--¿Y ustedes lo cumplirán?--me contestó.
--Sí, lo cumpliremos--repuse:--porque los cristianos tenemos palabra de honor.
--Dígame, entonces, si tienen palabra de honor--repuso,--¿por qué estando en paz con los indios, Manuel López hizo degollar en el Sauce doscientos indios? Dígame entonces si tienen palabra, ¿por qué estando en paz con los indios, su tío Juan Manuel Rosas mandó degollar ciento cincuenta indios en el cuartel del Retiro? (cito casi textualmente sus palabras).
--¡Que diga! ¡que diga!--gritaron varios indios.
La junta empezaba á tomar todo el aspecto de la efervescencia popular, y yo de embajador, me convertía en acusado.
--Á mí no me pidan cuentas--les dije,--de lo que han hecho otros; el Presidente que ahora tenemos no es como los otros que antes teníamos. Yo también les pido á ustedes cuenta de las matanzas de cristianos que han hecho los indios siempre que han podido, y devolviéndole la pelota á Mariano Rosas, le pregunté:
--¿Qué tienen que hacer las degollaciones de López y de Rosas con el tratado de paz?
No le di tiempo para que me contestara y proseguí:
--Ustedes han hecho más matanza de cristianos que los cristianos de indios.
Inventé todas las matanzas imaginables, y las relaté junto con las que recordaba.
--¡Winca! ¡winca! ¡mintiendo!--gritaron algunos.
Y en varios puntos del círculo se hizo como un tumulto.
Era el peor de los síntomas.
Varios de mis ayudantes se habían retirado guareciéndose bajo la sombra de un algarrobo.
El sol quemaba como fuego, y hacía ya largas horas que la discusión duraba.
Á mi lado no habían quedado más que los dos frailes franciscanos y el ayudante Demetrio Rodríguez.
Viendo que la situación se hacía peligrosa, lo miré á mi compadre Baigorrita, que no había hablado una palabra, permaneciendo inmóvil como una estatua. No hallé su mirada.
Busqué otras caras conocidas para decirles con los ojos: Aplaquen esta turba desenfrenada.
Todas ellas estaban atónitas.
Si me miraban no me veían.
--Es que--dijo Mariano Rosas,--los indios somos muy pocos y los cristianos muchos. Un indio vale más que un cristiano.
Estuve por no contestar.
Pero antes que arriar la bandera, exclamé interiormente: que me maten; pero me han de oir.
--No diga barbaridades, hermano--le contesté;--todos los hombres son iguales, lo mismo un cristiano que un indio, porque todos son hijos de Dios.
Y dirigiéndome al padre Burela que, como el convidado de piedra de Don Juan Tenorio, presenciaba aquella escena turbulenta sin tener ni una mirada ni una palabra de apoyo para mí, dije:
--Que conteste ese venerable sacerdote, que se encuentra entre los indios en nombre de la caridad cristiana; que diga él, á quien el Gobierno y los ricos de Buenos Aires le han dado plata para que rescate cautivos, si no es cierto lo que acabo de decir.
El reverendo no contestó, tenía la cara larga, caídos los labios, más abiertos los ojos que de costumbre, inflamada la nariz, sudaba la gota gorda y estaba pálido como la cera.
¡Qué contraste hacía con el padre Marcos y el padre Moisés!
Ellos no hablaban porque no podían hablar, nadie los interpelaba; pero en sus rostros simpáticos estaba impresa la tranquilidad evangélica, y la inquietud generosa del amigo que ve á otro comprometido en una demanda desigual.
--Que diga--continué,--el padre Burela, que no tiene espada, de quien ustedes no pueden desconfiar, si los cristianos aborrecen á los indios.
El reverendo no contestó, su facha me hacía el efecto de un condenado.
La voz de la conciencia, sin duda, le trababa la lengua al hipócrita.
--Que diga el padre Burela--proseguí,--si los cristianos no desean que los indios vivan tranquilos, todos juntos, renunciando á la vida errante, como viven los indios de Coliqueo cerca de Junín.
El reverendo no contestó.
En ese momento, sea que los caballos se espantaron; sea lo que se fuere, no puedo decir lo que hubo, sintióse algo parecido á un estremecimiento de la multitud. Lo confieso, temí una agresión.
Redoblé mi energía y seguí hablando.
--Yo soy aquí--les dije,--el representante del Presidente de la República; yo les prometo á ustedes que los cristianos no faltarán á la palabra empeñada; que si ustedes cumplen, el Tratado de paz se cumplirá.
Ustedes pueden faltar á sus compromisos; pero tarde ó temprano tendrán que arrepentirse; como les sucederá á los cristianos si los engañaran á ustedes.
Yo no he venido aquí á mentir. He venido á decir la verdad y la estoy diciendo.
Si los cristianos abusasen de la buena fe de ustedes, harían bien en vengarse de la falsía de ellos, así como si ustedes no me tratasen á mí y á los que me acompañan con todo respeto y consideración, si no me dejasen volver ó me matasen, día más, día menos, vendría un ejército que los pasaría á todos por el filo de la espada, por traidores; y en estas pampas inmensas, en estos bosques solitarios, no quedarían ni recuerdos ni vestigio de que ustedes vivieron en ellos.
Camargo se acercó á mí en ese instante, y me dijo al oído:
--Hable de lo que se da por el Tratado, Coronel, hable de eso.
--¿Y qué más quieren--continué diciendo,--que hagan los cristianos? ¿No les van á dar dos mil yeguas para que se repartan entre los pobres; azúcar, hierba, tabaco, papel, aguardiente, ropa, bueyes, arados, semillas para sembrar, plata para los caciques y los capitanejos?
¿Qué más quieren?
Mariano Rosas tomó la palabra después de un largo silencio, y dijo:
--Ya estamos arreglados; pero queremos saber qué cantidad de cada cosa nos van á dar.
--Diga, hermano--agregó.
Y, dirigiéndose á los indios:
--Oigan bien.
Volví á hacer la enumeración de lo que se había de entregar según el Tratado.
La calma se restablecía y la junta parecía tocar á su fin.
Aproveché las buenas disposiciones que renacían para hacer presente, á fin de quitar todo motivo de resentimiento futuro:
Que la paz no era hecha conmigo, que yo era un representante del Gobierno y un subalterno del general Arredondo, mi jefe, con cuyo permiso me hallaba entre los indios; que no creyesen si otro jefe me reemplazaba, que por eso la paz se había de alterar, que ese jefe tendría que cumplir el Tratado y las órdenes que el Gobierno le diera; que ellos estaban acostumbrados á confundir á los jefes con quienes se entendían con el Gobierno; que así, en ningún tiempo la desaparición mía de la frontera debía ser un motivo de queja, una razón para que se negaran á observar fielmente lo convenido; que cerca ó lejos tendrían siempre en mí un amigo que haría por el bien de ellos, si lo merecían, todo cuanto pudiera.
Mariano Rosas se puso de pie, y con una sonrisa la más afable, me dijo:
--Ya se acabó, hermano.
Nueve horas consecutivas los frailes y yo habíamos estado sentados en la misma postura y en el mismo lugar; cuando quisimos levantarnos, las piernas entumidas no obedecían.
Para incorporarnos tuvimos que prestarnos mutua ayuda.
Nos levantamos.
Mariano Rosas me dijo que algunos indios de importancia querían conversar particularmente conmigo.
Para conferencias estaba yo.
¡Pero qué hacer!
Accedí.
Mi primer interlocutor fué el viejo de las muletas.
Nos sentamos cara á cara en el suelo, nombramos nuestros respectivos lenguaraces y empezó la plática.
El viejo era un conversador lo más recalcitrante.
Me habló de sus antepasados, de sus servicios, de su ciencia y paciencia, de las leguas que había galopado para venir á la junta, de este mundo y el otro, en fin, y cuando yo creía que me iba á decir que había tenido muchísimo gusto en conocerme, me salió con esta pata de gallo:
--He oído con atención todas las razones de usted y ninguna de ellas me ha gustado.
--Pues estoy fresco--dije para mi capote.--¿Si querrá éste armarme alguna gresca?
Varios indios le habían formado rueda, asintiendo á lo que acababa de decir.
Tomé la palabra y le contesté:
--Que me alegraba mucho de haberle conocido; que sentía infinito que un anciano tan respetable como él, tan lleno de experiencia y de servicios, tan digno del aprecio de los indios, se hubiera incomodado en venir desde tan lejos para verme, que cuando fuera de paseo al Río 4.º tendría mucho gusto en alojarlo en mi casa y regalarlo, y que ahora que la paz estaba hecha y que iban á recibir tantas cosas--las enumeré todas,--todos debíamos mirarnos como hijos de un mismo Dios.
El indio reprodujo al pie de la letra todo lo que me había dicho anteriormente, y acabó con la muletilla:
--He oído con atención todas las razones de usted y ninguna de ellas me ha gustado.
Hice lo mismo que él: reproduje mi contestación.
Así estuvimos larguísimo rato. Nueve veces dijo él lo mismo, nueve veces le contesté yo lo mismo también.
Cedió el viejo.
En pos de él vinieron otros personajes; con todos tuve que hablar, todos me dijeron casi la misma cosa y á todos les contesté casi la misma cosa también.
Dios se apiadó de mí; y después de once mortales horas inolvidables, como jamás las he pasado ni espero volverlas á pasar en lo que me resta de vida, me vi libre de gente incómoda.
Aquel día valió por todos los otros, y eso que no he hecho sino pintar á brocha gorda el cuadro. Para iluminarlo con todos sus colores habría tenido necesidad del marco de un libro entero.
Estaba harto y cansado; me eché sobre la blanda hierba, y me quedé pensativo un rato viendo á los indios desparramarse como moscas en todas direcciones y desaparecer veloces como la felicidad.
XVIII
Revelación.--Más había sido el ruido que las nueces.--Nuevas presentaciones.--El último abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita.--Otra vez adiós.--Mariano Rosas después de la junta.--¡Qué dulce es la vida lejos del ruido y de los artificios de la civilización!--Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización.--Una mujer azotada.--No era posible dormir tranquilo en Leubucó.
Mientras arrimaban las tropillas, descansaba y pensaba en el extraño concilio á que acababa de asistir, estaba completamente abstraído cuando se me presentó mi compadre Baigorrita.
Después de haberlo acompañado á Mariano Rosas cierta distancia, por el camino de Leubucó, volvía sobre sus pasos con la intención de ir á dormir en Quenque.
Llegó donde yo estaba, echó pie á tierra, se sentó á mi lado y me hizo decir con San Martín.
Que ya se iba, que no extrañase que no hubiera hablado en la junta en defensa mía, que no lo había hecho por los indios de Mariano, que si lo hubiese hecho habrían dicho, que era más amigo mío que de ellos; que yo tenía mucha _razón en mis razones_, que los hombres de experiencia lo habían conocido, que ninguno lo había conocido mejor que Mariano Rosas, pero que había tenido que portarse así, porque si no, sus indios habrían dicho, que era más amigo mío que de ellos; que me fuera sin cuidado, que Mariano era mi amigo, que tenía confianza en mí, y que con él contara en todo tiempo para lo que gustara, que para qué nos habíamos hecho compadres entonces.
Este lenguaje fué una revelación.
Recién comencé á ver claro y explicarme la actitud indiferente, reconcentrada, ceñuda de mi compadre durante toda la junta. Á fuer de diplomático, que conoce perfectamente bien el terreno que pisa, había estado haciendo su papel.
Más había sido el ruido que las nueces, según se ve.
Faltaba averiguar si aquellos discípulos de Machiavello me habrían dejado sacrificar dado el caso que el _pueblo bárbaro_, exasperado por la razón de mis sinrazones, se me hubiera ido encima.