Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2
Part 17
--Sí, un fuelle, ¿no se llama así por la Academia española «un instrumento para recoger viento y volverlo á dar», aunque habría sido más comprensible y digno de ella decir: un instrumento construido según ciertos principios de física, para recoger aire por medio de una válvula, y volverle á despedir con más ó menos violencia, á voluntad del que lo maneje, por un cañón colocado á su extremo?
--Entiendo, entiendo.
--Y bien, si entiendes, dime, ¿cómo lo harías?
--¿Cómo lo haría?
--¡Sí, hombre, por Dios! parece que te hubiera puesto un problema insoluble.
--No digo eso.
--¿Entonces?
--Es que...
--¡Ah! es que eres un pobre diablo, un fatuo del siglo XIX, un erudito á la violeta, un insensato que no quieres confesar tu falta de ingenio.
--¿Yo?...
--Sí, tú, has entrado en el miserable toldo de un indio á quien un millón de veces has calificado de bárbaro, cuyo exterminio has preconizado en todos los tonos, en nombre de tu decantada y clemente civilización, te ves derrotado y no quieres confesar tu ignorancia.
--¿Mi ignorancia?
--Tu ignorancia, sí.
--¿Quieres acaso que me humille?
--Sí, humíllate y aprende una vez más que el mundo no se estudia en los libros.
Incliné la frente, me acerqué á la fragua, cogí el manubrio de ambos fuelles, los que estaban colocados en la misma línea horizontal, tiré, aflojé y se levantó una nube de ceniza.
Eran feos; pero surtían el efecto necesario, despidiendo una corriente de aire bastante fuerte para inflamar el carbón encendido.
Todo era obra del mismo Ramón; invento exclusivo suyo.
Con una panza seca de vaca y sobada había hecho una manga de una vara de largo y un pie de diámetro; con _tientos_ la había plegado, formándole tres grandes buches con comunicación; en un extremo había colocado la mitad del cañón de una carabina y en el otro un tarugo de palo labrado con el cuchillo; el cañón estaba embutido en la fragua y sujeto con ataduras á un piquete. Naturalmente, tirando y apretando aquel aparato hasta aplastar los buches, el aire entraba y salía produciendo el mismo efecto que cualquier otro fuelle.
Pensaba el tiempo que habría empleado yo con todos los recursos de la civilización, si por necesidad ó afición á las artes liberales me hubiese propuesto hacer un fuelle; se me ocurría que quizás habría tenido que darme por derrotado, cuando un cautivo, blanco y rubio, de doce á catorce años, entró en el galpón y después de saludarme con el mayor respeto tratándome de _usía_, me dijo:
--Dice el cacique Ramón que si se le puede ver ya; que cómo ha pasado la noche.
Le contesté que estaba á su disposición, que podía verme en el acto, si quería, y que había dormido muy bien.
Salió el cautivo, y un momento después se presentó Ramón, vestido como un paisano prolijo, aseado que daba gusto verle; sus manos acostumbradas al trabajo, parecían las de un caballero, tenía las uñas irreprochablemente limpias, ni cortas ni largas y redondeadas con igualdad.
No estuvo ceremonioso.
Al contrario, me trató como á un antiguo conocido, me repitió que aquella era mi casa, que dispusiera de él, me anunció que ya me iban á traer el almuerzo, que más tarde me presentaría á su familia y me dejó solo.
En seguida volvió, se sentó y trajeron el almuerzo.
Era lo consabido, puchero con zapallo, choclos, asado, etc.
Todo estaba hecho con el mayor esmero; hacía mucho tiempo que yo no veía un caldo más rico.
Durante el almuerzo hablamos de agricultura y de ganadería.
El indio era entendido en todo.
Sus corrales eran grandes y bien hechos, sus sementeras vastas, sus ganados mansos como ninguno.
Es fama que Ramón ama mucho á los cristianos; lo cierto es que en su tribu es donde hay más.
Una de sus mujeres, en la que tiene tres hijos, es nada menos que doña Fermina Zárate, de la Villa de la Carlota.
La cautivaron siendo joven, tendría veinte años; ahora ya es vieja.
¡Allí estaba la pobre!
Delante de ella, Ramón me dijo:
--La señora es muy buena, me ha acompañado muchos años, yo le estoy muy agradecido, por eso le he dicho ya que puede salir cuando quiera volverse á su tierra, donde está su familia.
Doña Fermina le miró con una expresión indefinible, con una mezcla de cariño y de horror, de un modo que sólo una mujer observadora y penetrante habría podido comprender, y contestó:
--Señor, Ramón es un buen hombre. ¡Ojalá todos fueran como él! Menos sufrirían las cautivas. Yo, ¡para qué me he de quejar! Dios sabrá lo que ha hecho.
Y esto diciendo se echó á llorar, sin recatarse.
Ramón dijo:
--Es muy buena la señora,--se levantó, salió, y me dejó solo con ella.
Doña Fermina Zárate no tiene nada de notable en su fisonomía; es un tipo de mujer como hay muchas, aunque su frente y sus ojos revelan cierta conformidad paciente con los decretos providenciales.
Está menos vieja de lo que ella se cree.
--¿Y por qué no se viene usted conmigo señora?--le dije.
--¡Ah! señor--me contestó con amargura--¿y qué voy á hacer yo entre los cristianos?
--Para reunirse á su familia. Yo la conozco, está en la Carlota, todos se acuerdan de usted con gran cariño y la lloran mucho.
--¿Y mis hijos, señor?
--Sus hijos...
--Ramón me deja salir á mí; porque realmente no es mal hombre, á mí al menos me ha tratado bien, después que fuí madre. Pero mis hijos, mis hijos no quiere que los lleve.
No me resolví á decirle: Déjelos usted, son el fruto de la violencia.
¡Eran sus hijos!
Ella prosiguió:
--Además, señor, ¿qué vida sería la mía entre los cristianos después de tantos años que falto de mi pueblo? Yo era joven y buena moza cuando me cautivaron. Y ahora ya ve, estoy vieja. Parezco cristiana, porque Ramón me permite vestirme como ellas, pero vivo como india; francamente; me parece que soy más india que cristiana, aunque creo en Dios, como que todos los días le encomiendo mis hijos y mi familia.
--¿Á pesar de estar usted cautiva cree en Dios?
--¿Y él qué culpa tiene de que me agarraran los indios? la culpa la tendrán los cristianos que no saben cuidar sus mujeres ni sus hijos.
No contesté; tan alta filosofía en boca de aquella mujer, la concubina jubilada de aquel bárbaro, me humilló más que el soliloquio á propósito del fuelle.
Una mujer joven y hermosa, demacrada, sucia y andrajosa se presentó diciendo con tonada cordobesa:
--¿Usted será, mi señor, el coronel Mansilla?
--Yo soy, hija, ¿qué quiere usted?
--Vengo á pedirle que me haga el favor de hacer que los padrecitos me den á besar el cordón de Nuestro Padre San Francisco.
--¡Pues no! con mucho gusto, y esto diciendo llamé á los santos varones.
Vinieron.
Al verlos entrar, la desdichada Petrona Jofré se postró de hinojos ante ellos y con efusión ferviente tomó los cordones del padre Marcos, después los del padre Moisés y los besó repetidas veces.
Los buenos franciscanos, viéndola tan angustiosa, la exhortaron, la acariciaron paternalmente y consiguieron tranquilizarla, aunque no del todo.
Sollozaba como una criatura.
Partía el corazón verla y oirla.
Calmóse poco á poco y nos relató la breve y tocante historia de sus dolores.
Doña Fermina confirmaba todas sus referencias.
La vida de aquella desdichada de la Cañada Honda, mujer de Cruz Bustos, era una verdadera _viacrucis_.
La tenía un indio malísimo llamado Carrapí.
Estaba frenéticamente enamorado de ella, y ella resistía con heroísmo á su lujuria.
De ahí su martirio.
--Primero me he de dejar matar, ó lo he de matar yo, que hacer lo que el indio quiere, decía con expresión enérgica y salvaje.
Doña Fermina meneaba la cabeza y exclamaba:
--¡Vea qué vida, señor!
Yo estaba desesperado.
¿Qué otro efecto puede producir la simpatía impotente?
Nada podía hacer por aquella desdichada, nada tenía que darle.
No me quedaba sino lo puesto.
Ni pañuelo de manos llevaba ya.
Doña Fermina me contó que Carrapí no quería venderla para que la sacaran, y que un cristiano, por caridad, la andaba por comprar.
El indio pedía por ella veinte yeguas, sesenta pesos bolivianos, un poncho de paño y cinco chiripáes colorados.
--¿Y quién es ese cristiano?--le pregunté.
--Crisóstomo--me contestó.
--¿Crisóstomo?...
--Sí, señor, Crisóstomo.
Crisóstomo era el hombre aquél que en Calcumuleu hubo de pasar á caballo por entre los franciscanos: que tanto me exasperó, que me dió de comer después y me relató su interesante historia.
Está visto: los malvados también tienen corazón.
Bien dice Pascal:
El hombre no es un ángel ni una bestia.
Es un ser indefinible, hace el mal por placer y goza con el bien.
En medio de todo es consolador.
XXIX
La familia del cacique Ramón.--Spañol.--Una invasión.--Despacho al capitán Rivadavia.--Cuestión de amor propio.--Buen sentido de un indio.--En Carrilobo soplaba mejor viento que en Leubucó.--Suenan los cencerros.--Atíncar (véase bórax).--El hombre civilizado nunca acaba de aprender.--Me despido.--Cómo doman los bárbaros.--¡Últimos hurrahs!
Me invitaron á pasar al toldo de Ramón.
Dejé á doña Fermina Zárate y á Petrona Jofré con los franciscanos y entré en él.
La familia del cacique constaba de cinco concubinas, de distintas edades, una cristiana y cuatro indias; de siete hijos varones y de tres hijas mujeres, dos de ellas púberes ya.
Éstas últimas, y la concubina que hacía cabeza, se habían vestido de gala para recibirme.
No hay indio ranquel más rico que Ramón, como que es estanciero, labrador y platero.
Su familia gasta lujo.
Ostentaban hermosos prendedores de pecho, zarcillos, pulseras y collares, todo de plata maciza y pura, hecho á martillo y cincelado por Ramón; mantas, fajas y pilquenes de ricos tejidos pampas.
Las dos hijas mayores se llamaban, Comeñé, la primera, que quiere decir _ojos lindos_, de _come_, lindo, y de _ñé_, ojos; Pichicaiun la segunda, que quiere decir _boca chica_, de _pichicai_, chico, y de _un_ boca.
Se habían pintado con carmín los labios, las mejillas y las uñas de las manos; se habían sombreado los párpados y puesto muchos lunarcitos negros.
Tanto Pichicaiun, como Comeñé, tenían nombres muy apropiados; la una se distinguía por una boca pequeñita lindísima; la otra por unos grandes ojos negros llenos de fuego. Ambas estaban en la plenitud del desarrollo físico, y en cualquier parte un hombre de buen gusto las hubiera mirado largo rato con placer.
Me recibieron con graciosa timidez.
Me senté, Ramón se puso á mi lado, su mujer principal y sus hijas enfrente.
Las dos chinitas sabían que eran bonitas; coqueteaban como lo hubieran hecho dos cristianas.
Ramón es muy conversador, no me dejaban conversar con él; el lenguaraz trabucaba sus razones y las mías.
¡Qué maldita condición tienen nuestras caras compañeras!
Con su permiso diré, que son como los gatos: antes de matar la presa juegan con ella.
--¡Spañol! ¡Spañol!--gritó Ramón.--El cautivo blanco y rubio se presentó. Recibió órdenes, se marchó y volvió trayendo cubiertos y platos.
Sirvieron la comida.
Yo acababa de almorzar. Pero no podía rehusar el convite que se me hacía. Me habría desacreditado.
Comí, pues.
El cautivo no le quitaba los ojos á Ramón; éste lo manejaba con la vista.
--¿Cómo te llamas?--le pregunté, creyendo que las palabras ¡Spañol! ¡Spañol! tenían una significación araucana.
--Spañol--me contestó.
--¿Spañol?--repetí yo, mirando á Mora y á Ramón alternativamente.
--Sí, señor, Spañol--me dijo Mora,--así les llaman á algunos cautivos.
--Spañol--afirmó Ramón, que había entendido mi pregunta.
--¿Pero qué nombre tenías en tu tierra?--le pregunté al cautivo.
--No sé, se me ha olvidado; era muy chico cuando me trajeron--repuso.
--¿De dónde eres?
--No sé.
--¡Cómo no has de saber! ¿Te han prohibido que digas tu verdadero nombre y el lugar en donde te cautivaron?
--No, señor.
--Si no ha de saber nada, señor--dijo Mora,--por eso le llaman Spañol, hasta que sea más grande y le den nombre de indio.
--¿Y ésa es la costumbre?
--Sí, señor.
--Pregúntele á Ramón ¿qué quiere decir Spañol?
Ramón contestó.
--Spañol, quiere decir, de otra tierra.
En esto estábamos, cuando el capitán Rivadavia se me presentó, y hablándome al oído, me dijo:
Que Crisóstomo acababa de llegar de Leubucó y que á su salida se decía allí que había habido invasión por San Luis.
Le pedí permiso á Ramón para retirarme, comunicándole la ocurrencia; me retiré, y un momento después el capitán Rivadavia se separaba de mí con una carta bastante fuerte para Mariano Rosas.
Le exigía en ella el castigo de los invasores apoyándome en el Tratado de paz y le decía que en la Verde esperaba su contestación; que á la tarde estaría allí.
Ramón vino á hablar conmigo y me manifestó su disgusto por el hecho; me dijo que había de ser Wenchenao, calificándolo de _gaucho ladrón_ y me preguntó que á qué hora pensaba ponerme en marcha.
Le dije que en cuanto medio quisiera ladear el sol, estilo gauchesco, que vale tanto como después de las doce.
Me hizo presente que entonces había tiempo de carnear una res gorda y unas ovejas para que llevara carne fresca.
Le expresé que no se incomodara, y me hizo entender que no era incomodidad sino deber y que extrañaba mucho que Mariano Rosas me hubiera dejado salir de Leubucó sin darme carne.
En efecto, de allí habíamos salido con una mano atrás y otra adelante, resueltos á comernos las mulas.
Yo había hecho el firme propósito de no pedir qué comer á nadie.
Era una cuestión de orgullo bien entendida en una tierra donde los alimentos no se compran; donde el que tiene necesidad _pide con vuelta_.
Trajeron una vaca gorda y dos ovejas, mandé á mi gente á carnearlas y entramos con Ramón á la platería.
El indio me habló así:
--Yo soy amigo de los cristianos, porque me gusta el trabajo; yo deseo vivir en paz, porque tengo qué perder; yo quiero saber si esta paz durará y si me podré ir con mi indiada al Cuero, que es mejor campo que éste.
Le contesté:
Que me alegraba mucho de oirlo discurrir así; que eso probaba que era un hombre de juicio.
Añadió:
--Yo conozco la razón; ¿usted cree que no me gustaría á mí vivir como Coliqueo?[5] ¡Pero cuándo van los otros!
¡Están muy asustadizos! Es preciso que pase mucho tiempo para que le tomen gusto á la paz.
Yo repuse:
--¿Entonces usted cree que es mejor vivir juntos y no desparramados?
--Ya lo creo--me contestó,--viviendo así tan lejos unos de otros, todos son perjuicios, no hay comercio.
Llegaron algunas visitas. Tuve que recibirlas. Entre ellas venía el padre de Ramón, un indio valetudinario y setentón. Me contó su vida, sus servicios, me ponderó sus méritos con un cinismo comparable solamente al de un hombre civilizado; me dijo que había abdicado en su hijo el gobierno de la tribu, porque Ramón era como él, me hizo mil ofertas, mil protestas de amistad y por último me pidió un chaquetón de paño forrado en bayeta.
Me avisaron que la carneada estaba hecha; mandé arrimar las tropillas y le previne á Ramón que ya pensaba marcharme, á lo cual contestó que yo era dueño de mi voluntad; que cómo había de ser, si no podía hacerle una visita más larga y que iba á tener el gusto de acompañarme con algunos amigos hasta por ahí.
Le di las gracias por su fineza, le manifesté que para qué quería incomodarse, que no hiciera ceremonia, y me respondió que no había incomodidad en cumplir con un deber, que quizá no nos volveríamos á ver.
Yo no tenía qué replicar.
Pensé un momento para mis adentros, que en Carrilobo soplaba un viento mucho mejor que en Leubucó, como que Ramón no tenía á su lado cristianos que le adularan; que era el indio más radical en sus costumbres; el que me había recibido más á la usanza ranquelina, era el que se manifestaba á mi regreso más caballero y cumplido; y acabé por hacerme esta pregunta: ¿El contacto de la civilización será corruptor de la buena fe primitiva?
Sentí el cencerro de las tropillas que llegaban, mandé ensillar y le dije á Ramón:
--Bueno, amigo, ¿qué tiene que encargarme?
--Necesito algunas cosas para la platería--me contestó.
--Yo se las mandaré, y esto diciendo saqué mi libro de memorias para apuntar en él los encargos--añadiendo,--qué son:
--Un yunque.
--Bueno.
--Un martillo.
--Bueno.
--Unas tenazas.
--Bueno.
--Un torno.
--Bueno.
--Una lima fina.
--Bueno.
--Un alicate.
--Bueno.
--Un crisol.
--Bueno.
--Un bruñidor.
--Bueno.
--Piedra lápiz.
--Bueno.
--Atíncar.
Ramón había ido enumerando las palabras anteriores, sin necesidad de lenguaraz, pronunciándolas correctamente.
Al oirle decir atíncar, le pregunté:
--¿Atíncar?
--Sí, atíncar--repuso.
--Dígame el nombre en lengua de cristiano.
--Así es, atíncar.
Iba á decirle: ése será el nombre en araucano; pero me acordé de las lecciones que acababa de recibir, de mi humillación en presencia del fuelle, de mi humillación ante doña Fermina, discurriendo como un filósofo consumado y en lugar de hacerlo, le pregunté:
--¿Está usted cierto?
--Cierto, atíncar es, así le llaman los chilenos; y esto diciendo se levantó, se acercó á la fragua, metió la mano en un saquito de cuero que estaba colgado al lado de la horqueta de una tijera del techo, y desenvolviéndolo y pasándomelo, me dijo:
--Esto es atíncar.
Era una substancia blanquecina, amarga, como la sal.
Apunté _atíncar_, convencido que la palabra no era castellana.
En cuanto llegué al Río 4.º, uno de mis primeros cuidados fué tomar el diccionario.
La palabra _atíncar_ trotaba por mi imaginación.
Atíncar hallé en la página 82, masculino, véase: _bórax_.
--¡Alabado sea Dios!--exclamé.--Yo sabía lo que era bórax; sabía que era una sal que se encuentra en disolución en ciertos lagos; sabía que en metalurgia se la empleaba como fundente, como reactivo y como soldadura. ¡Loado sea Dios!--volví á exclamar,--que así castiga sin palo ni piedra.
Tanto que declamamos sobre nuestra sabiduría, tanto que leemos y estudiamos.
¿Y para qué?
Para despreciar á un pobre indio, llamándole bárbaro, salvaje; para pedir su exterminio, porque su sangre, su raza, sus instintos, sus aptitudes no son susceptibles de asimilarse con nuestra civilización empírica, que se dice humanitaria, recta y justiciera, aunque hace morir á hierro al que á hierro mata, y se ensangrienta por cuestión de amor propio, de avaricia, de engrandecimiento, de orgullo, que para todo nos presenta en nombre del derecho el filo de una espada, en una palabra, que mantiene la pena del talión, porque si yo mato me matan; que en definitiva, lo que más respeta, es la fuerza, desde que cualquier Breno de las batallas ó del dinero es capaz de hacer inclinar de su lado la balanza de la justicia.
¡Ah! mientras tanto, el bárbaro, el salvaje, el indio ése, que rechazamos y despreciamos, como si todos no derivásemos de un tronco común, como si la _planta hombre_ no fuese única en su especie, el día menos pensado nos prueba que somos muy altaneros, que vivimos en la ignorancia, de una vanidad descomunal, irritante, que ha penetrado en la obscuridad nebulosa de los cielos con el telescopio, que ha suprimido las distancias por medio de la electricidad y del vapor, que volará mañana, quizá, convenido; pero que no destruirá jamás, hasta _aniquilarla_, una simple partícula de la materia, ni le arrancará al hombre los secretos recónditos del corazón.
Todo estaba pronto para la marcha.
Me despedí de la familia de Ramón, cuyas hijas, apartándose de la costumbre de la tierra, nos abrazaron y nos dieron la mano, regalándoles sortijas de plata á algunos de los que me acompañaban.
En seguida marché, me acompañaban Ramón y cincuenta de los suyos al son de cornetas.
Ramón montaba un caballo bayo domado por él.
Parecía un animal vigoroso.
--Yo no soy haragán, amigo--me dijo.--Yo mismo domo mis caballos, me gusta más el modo de los indios que el de los cristianos.
--¿Y qué, doman de otro modo ustedes?--le pregunté.
--Sí--me contestó.
--¿Cómo hacen?
--Nosotros no maltratamos el animal; lo atamos á un palo; tratamos de que pierda el miedo; no le damos de comer si no deja que se le acerquen; lo palmeamos de á pie; lo ensillamos y no lo montamos, hasta que se acostumbra al recado, hasta que no siente ya cosquillas; después lo enfrenamos, por eso nuestros caballos son tan briosos y tan mansos.
Los cristianos les enseñan más cosas, á trotar más lindo; nosotros los amansamos mejor.
--Hasta en esto--dije para mis adentros,--los bárbaros pueden darles lecciones de humanidad á los que les desprecian.
Ramón me había acompañado como una legua.
--Hasta aquí no más--le dije, haciendo alto.
--Como guste--me contestó.
Nos dimos la mano, nos abrazamos y nos separamos.
Su comitiva me saludó con un ¡hurrah!
--¡Adiós! ¡adiós!--gritaron varios á una.
--¡Adiós! ¡adiós! ¡amigo!--gritaron otros.
Y ellos partieron para el Sur, y nosotros para el Norte, envueltos en remolinos de arena que obscurecían el horizonte como negra cortina.
Mi cálculo era llegar á la Verde al ponerse el sol.
Llegué á un campo pastoso, hice alto un momento, la arena nos ahogaba.
NOTAS:
[5] Coliqueo, indio amigo establecido en su tribu entre los departamentos de Junín y 25 de Mayo, Provincia de Buenos Aires.
XXX
Á la vista de la Verde.--Murmuraciones.--Defecto de lectores y de caminantes.--Dos cuentos al caso.--Reglas para viajar en la Pampa.--La monotonía es capaz de hacer dormir al mejor amigo.--Dos polvos.--Suerte de Brasil.--Reproche de los franciscanos.--¿Tendrán alma los perros?--Un obstáculo.
Los médanos de la Verde estaban á la vista, y es probable que, en mi caso, otro viajero no se hubiera detenido. Pero la experiencia es madre de la ciencia, y yo me reía de algunos de mis oficiales que, viendo el objetivo tan cerca, murmuraban:--¿Por qué se parará aquí este hombre?
Ellos no habían recorrido como yo cuatro partes del mundo, en buque de vela, en vapor, en ferrocarril, en carreta, á caballo, á pie, en coche, en palanquín, en elefante, en camello, en globo, en burro, en silla de manos, á lomo de mula y de hombre.
Es defecto de lectores y de caminantes apurarse demasiado.
Unos y otros debieran tener presente que la igualdad del movimiento produce en el espíritu el mismo efecto que hace en los oídos la igualdad de la entonación.
Voltaire lo ha dicho:
«_L'ennui naquit un jour de l'uniformité._»
Lo que nos sucede cuando oimos leer en alta voz con excesiva rapidez olvidando la marcha más ó menos mesurada del autor, la fuerza, energía ó pasión del pensamiento, nos sucede también viajando en ferrocarril.
La velocidad de la locomoción no hace efecto porque es continua.
Siempre que oigo leer en alta voz muy aprisa, me acuerdo de un cuento, y cuando recorro á caballo las pampas argentinas me acuerdo de otro.
En una comedia de Sedaine, no estoy cierto si en _Rose et Colas_, hay una escena muy larga entre dos aldeanos, y cuentan las crónicas que los actores á fin de terminar cuanto antes el ensayo, se apuraban demasiado, y que no por eso la escena parecía más corta.
Consultando al autor á ver si se prestaba á hacer algunas supresiones, contestó:
«Díganla más despacio y harán que parezca más corta.»
Sedaine tuvo, á no dudarlo, presente el dicho de otro poeta francés como él:
«Dans tout ce que tu _lis_, hâte-toi lentement.»
Pues lo mismo sucede cuando se recorre un país á todo galope; todo parece lejos y nada se ve bien, se llega al término de la jornada abrumado de cansancio y sin haber disfrutado de los agradables espectáculos de la Naturaleza.
Y eso es cuando se llega, que á veces se queda uno en el camino.
Era tarde, poníase el sol, un viajero ecuestre galopaba á toda brida por los campos.
Encontróse con un gaucho y le preguntó:
--¿Á qué hora llegaré á tal parte?
--Si sigue al galope--le contestó,--llegará mañana; si marcha al trotecito llegará _lueguito_ no más.
--¿Y cuántas leguas hay?
--Así como dos.
--¿Y cómo es eso; si está tan cerca, cómo he de tardar más andando más ligero?
--¡Oh!--contestó el paisano, echándole una mirada de compasión al caballo de su interlocutor;--es que si lo sigue apurando al _mancarrón_, _ahorita_ no más se le va á aplastar.
Lo cual, oido por el viajero, hizo que recogiendo la rienda se pusiera al trote.